Ya había caído la noche. Benito estaba en un puticlub con una mulata sentada en su regazo cuando le sonó el teléfono móvil. Lo cogió.
-Sí.
-Soy Doli, tu ahijada,
-¡Cuanto tiempo, Lolita!
María Dolores, Loli, Lolita, Doli, en las pasarelas, no estaba para hablar del tiempo que había que no se veían
-¿Me puedes venir a buscar? Me paró el auto.
-¿Por qué no llamas a tu padre?
-No me coge el teléfono.
-Pues llama a una amiga...
-Mis amigas están en Madrid y yo estoy en Galicia.
-Yo no puedo ayudarte, estoy muy ocupado.
-Por la música que se oye estás en un sitio poco recomendable.
-Al contrario, para lo que quiero, es el sitio ideal.
-Ven a buscarme, por favor, estoy en un apuro.
Lolita fingió una llorera y Benito al sentir cómo lloraba se ablandó.
-¿Dónde estás?
Le dijo dónde le había parado en coche.
Lolita estaba en una recta al lado de un Seat Ibiza. Benito paró su viejo Renault a su lado, abrió la puerta del copiloto y le dijo:
-Sube.
Paso a contar la historia en primera persona.
Lolita era rubia, tenía el pelo cortado al al tres, llevaba un bolso blanco colgado en el brazo, una blusa blanca, un pantalón de pitillo de color café, calzaba unas sandalias de plataforma de color blanco y llevaba un perfume delicioso. Me preguntó:
-¿Te molesta si me descalzo?
Poniéndome en marcha, le respondí:
-Para nada.
-Es que tengo una bocha en el talón
-Ya te he dicho que no me molesta.
Quitando una sandalia me dijo:
-¡Qué alivio!
Le miré para los pies y le dije:
-No sé cómo has podido conducir con esas sandalias.
-No conducía con ellas, conducía con unas bailarinas de Carolina Herrera.
-¿Las modelos os intercambiáis el calzado?
-No, la ropa y el bolso también son de Carolina Herrera.
-¿Se la has mangado?
Con una sonrisa en los labios, me dijo:
-Carolina Herrera es una diseñadora.
Al darme cuenta de que había metido la pata, cambié de tema.
-¿A dónde te dirigías?
-A Madrid.
-Hasta Madrid no te voy a llevar.
-Ya lo sé, llévame a un hotel que por la mañana arreglo lo del coche.
-Echa el asiento hacia atrás que vas encogida.
-No sé cómo hacerlo.
-Busca una palanca en el lado derecho..
Estaba buscando la palanca cuando vio a lo lejos un control de la guardia civil.
-¡Tira para un lado, tira para un lado que acabamos en la cárcel!
Giré a la izquierda y me metí hacia un monte por una pista de tierra. Supuse que la guardia civil había visto el movimiento y nos iba a seguir, así que torcí hacia la derecha en el segundo cruce, me metí por un camino de carro y aparqué entre unos pinos. En menos de un minuto sentimos pasar el Land Rover de la guardia civil por la pista. Sin comerlo ni beberlo me había metido en un lío, pues al evitar el control ya no podía decir que nada tenía que ver en lo que fuera que había hecho mi ahijada. Le pregunté:
-¡¿Qué coño has hecho?!
Abrió el bolso y sacó un paquete que pesaría sobre medio kilo.
-Llevo algo desde la Coruña a Madrid por lo que me mi representante me va a pagar 12.000 euros.
-¿Algo? ¡Ese algo es droga, cabrona!
-Ya lo sé. ¿Qué vamos a hacer?
No me quedaba más remedio que ayudarla.
-Agacharlo en el monte por si la guardia civil da con nosotros. Esperar a que amanezca y rezar para que no nos volvamos a cruzar con ellos
-No me fío de ti.
-¡Mira, nena! He vivido demasiado cómo para querer abusar de mi ahijada, que en edad podría ser mi hija
-Me refería al paquete.
-¡Ni muerto cogería algo de esa gente! Trae para acá que lo agacho donde no lo encuentre nadie.
Me lo dio, fui, lo agaché, volví y me eché hacia su lado para coger en la guantera una botella de aguardiente de hierbas que me había regalado un amigo mío esa tarde cuando lo visité para comprarle un barril de vino.
-¡¿Qué hace, padrino?!
-¡Calla, coño!
-¡Y decías que no eras un abusador!
Abrí la guantera, cogí el aguardiente, que estaba en una botella de gaseosa, y de paso le eché el asiento para atrás. Luego me senté bien en mi asiento y le dije:
-A ver si así te llega la sangre al cerebro.
Mi ahijada era educada, ya que se disculpó.
-Lo siento, padrino, pensé que tus intenciones eran otras.
Estiró las piernas, unas piernas delgadas e interminable. Puse la botella sobre el salpicadero, y le pregunté:
-¿Cuánto mides?
-Un metro ochenta y nueve, descalza, y peso 66 kilos. ¿Y tú?
-Un metro setenta, calzado, y ya no me peso.
Le eché un trago al aguardiente.
-Esto me ayudará a pasar la noche.
Lolita se encogió.
-Empiezo a tener frío.
-Echa un trago, te calentará el cuerpo.
-Nunca probé el aguardiente, pero oí decir que es muy fuerte.
-Suave no es, no.
Abrí la puerta del coche. Me dijo:
-¡No me dejes sola!
-Voy a buscar una manta al maletero. Ahora vuelvo.
Cogí la manta y al volver al coche se la di.
Se estaba tapando cuando se posó una lechuza en el capó del coche. Me dijo:
-¡Qué feo es ese pájaro! Pítale para que se vaya.
-Sí, para que se vaya ella y venga la guardia civil.
La lechuza nos miró con sus grandes ojos
-¡Me mete miedo!
Abrí la puerta del coche y el ave echó a volar. Volví a cerrar la puerta. Mi ahijada me dijo:
-Dame un trago de eso.
Le di la botella y echó un trago generoso. Mira que era guapa la muchacha, pero la cara se le contrajo tanto que le quedó fea, pero fea de cojones. Luego abrió la boca y la abanicó con las dos manos. Cuando pudo hablar, hablar de aquella manera, dijo:
-Queeeemaaaaa.
A mí me dio la risa. Le cogí la botella, le eché otro trago, y después le dije:
-Pero calienta el cuerpo.
Ni un minuto había pasado cuando comenzó a hablar por los codos.
-Eres un pedazo de pan.
-¿Qué has dicho?
-Que eres bueno cómo un pedazo de pan.
Un trago y ya estaba piripi, o sea, lo suficientemente contenta cómo para ver las cosas de color de rosa. Le dije:
-Vengo de un sitio que dice lo contrario.
-Echar una cana al aire de cuando en vez no le hace daño a nadie.
-¿Tú la echas?
-Si no la echara sería una rara.
-¿Quién te ha dicho eso?
-Una de mis amigas.
-¿Eres lesbiana?
-No, tengo novio, es modelo, pero de vez en cuando...
Entré a degüello.
-¿Cómo lo tenéis las modelos?
-¿Lo qué?
-¿El coño?
Se tapó la cabeza con la manta.
-No sigas por ahí, por favor.
-Siendo modelos lo tendréis depilado. ¿El tuyo es grande o pequeño?
-¡Qué vergüenza me estás haciendo pasar!
Levanté la manta y le abrí el botón de arriba del pantalón de pitillo.
-Estate quieto.
-Solamente quiero verlo.
Le bajé la cremallera del pantalón y vi que no llevaba bragas, luego le incliné el asiento hacia atrás. Lolita se destapó.
-Si no paras te tiro de los pelos.
Le besé y le lamí el pubis. Me tiró del pelo con fuerza.
-¡Quita!
-Solamente lo quiero ver, mujer.
-Y yo no quiero que me lo veas.
Le volví a besar y a lamer el pubis y le dije:
-¿Cómo tienes las tetas?
Puso las manos sobre ellas.
-No me toques.
Tenía que seguir intentándolo y lo hice con un farol.
-¿Ya te has corrido comiéndote las tetas?
Se sorprendió con la pregunta.
-No digas tonterías, una mujer no se corre comiéndole las tetas.
-Porque tú lo digas.
Había despertado la curiosidad en mi ahijada.
-¿Me estás diciendo que me correría si te dejo comerme las tetas?
Eché otro trago de aguardiente.
-La primera que se corre comiéndole las tetas no ibas a ser.
-¿Cómo las comes para que eso ocurra?
-Déjate y lo sabrás.
Le eché la mano al botón de arriba de la blusa. Me dio con la palma de su mano en el dorso de la mía.
-¡Quita!
-Cómo te callaste supuse...
-Supusiste mal. Aunque pensándolo bien... ¿Seguro que me voy a correr?
-Seguro, no hay nada.
-Me arriesgaré, pero me desabotono yo, no vaya a ser que se descosa algún botón
Despacito fue desabotonando la blusa. Luego la abrió y cómo no llevaba sujetador vi sus tetas, eran pequeñitas, de esas que caben enteras en la boca, y tenían pequeñas areolas rosadas y pezones del tamaño de granos de arroz. Me dijo:
-Son pequeñitas.
-Son preciosas. Oye. ¿Por qué no llevas ropa interior?
-Para mis tetas no necesito sujetador, y no llevo bragas para que no se marque la goma en el pantalón.
Empecé la faena. Lamí pezones y areolas al mismo tiempo, luego metí la teta izquierda entera dentro de la boca y la mamé. Al lamer el pezón y la areola de la otra teta a Lolita comenzó a gemir.
-Vas bien, vas muy bien.
Al rato ya no podía más. Me dijo:
-Necesito algo más.
-¿Quieres que te coma el coño?
No me respondió. Levantó el culo y se bajó el pantalón hasta los pies, quitó una pernera y se abrió de piernas. Ahora aún parecía más larga. Acerqué mi cabeza al coño, le pasé la punta de la lengua por la raja y me salió cubierta de jugos
-Tienes un coño pequeñito y precioso.
Se le escapó una sonrisa cuando dijo:
-Y muy rico, o eso dicen quienes lo probaron.
Me metí entre sus piernas y muy lentamente le lamí un labio, luego el otro, después mi lengua entró despacito en su coño y despacito volvió a salir. Subió hasta clítoris e hizo el remolino sobre él. Lolita levantó la pelvis, hizo un arco con su cuerpo y se corrió entre fuertes convulsiones.
Al acabar de correrse, saqué la polla empalmada y se la froté en el coño.
-¡No! Follar, no.
La tenía a huevo y no la iba a dejar viva. Se la clavé de una estocada.
-¡¡Cabrón!!
Le cerré las piernas, puse las mías por fuera de las suyas y luego le di caña. Lolita jalando mi cabello con las dos manos se desahogó.
-¡Eres un pedazo de pan, pero duro y podrido! ¡Sabandija - me escupió en la cara- ¡Mal nacido...!
Cuanto más me insultaba y más fuerte me jalaba el cabello, más me excitaba y más fuerte le daba. De repente se calló, dejó de jalar mi cabello, me clavó las uñas en las nalgas, se apretó contra mí, me metió la lengua en la boca, y convulsionándose, me bañó la polla de jugos.
Al acabar de gozar le volví a dar caña. No tardó ni diez segundos en volver a correrse.... Se corrió siete veces en menos de tres minutos, y no se corrió más veces porque me corrí yo.
Con la polla dentro del coño, acarició mi cabello, me dio un pico, y me dijo:
-Dame un poco más que casi me estoy corriendo.
Se debió olvidar de que no tenía su edad, o no sabía que a los maduros después de correrse se le pone blanda. Le dije:
-Vamos a acabar esta sesión cómo la empezamos.
Saqué la polla del coño. Metí mi cabeza entre sus piernas. Vi mi leche en el asiento y su coño echando jugos. Lamí de abajo a arriba el coño piscina, y en nada y me dijo:
-Sigue, sigue, sigue, sigue que ya me corro.
Seguí y se corrió de nuevo. Se corrió cómo era costumbre en ella, a lo grande.
Al acabar de correrse, me dijo:
-Me toca, vuelve para tu asiento.
Me estaba cambiando de asiento cuando la luz de una linterna iluminó el interior del coche. Era la guardia civil. Guardé la polla, Lolita subió el pantalón y se abotonó la blusa.
En fin, que nos pidieron los carnets. Registraron el coche y cómo no encontraron nada ilegal se fueron, no sin antes decirnos que para lo que estábamos haciendo había moteles.
Ya no follamos más, ni nunca más me volví a encontrar con ella. La volví a ver, sí, pero la volví a ver en un desfile que miraba mi mujer por televisión.
Quique.
Que buena faena y muy caliente la narración.




