Incestoi tras inces...
 
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Incestoi tras incesto 2

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José
(@quique)
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                              Belinda y Sergio

 Hacía un calor tan grande qué se podría asar un cordero en las tejas de la casa. Greta y Eduardo se habían ido a casa de sus abuelos y el patriarca se había ido para a la tienda a jugar la partida de los sábados. Sergio entró en la habitación de matrimonio. La contra de la ventana estaba entreabierta y entraba algo de claridad por ella. Vio a Belinda, desnuda, boca abajo, sobre la cama, con la cabeza ladeada hacia la izquierda. Tenía un culo enorme, sus robustas piernas separadas y los brazos en aspa. Fue a su lado y vio que tenía gotas de sudor en el cuello, en la espalda, en el culo, en los brazos y en las piernas. Mirando para su culo, la polla se le puso dura como una piedra. Belinda se dio la vuelta y se colocó  boca arriba. A Sergio se le heló la sangre, pero al ver que seguía con los ojos cerrados, respiró aliviado. Vio sus grandes tetas, unas tetas que caían hacia un lado y hacia el otro y vio su coño, un coño peludo, muy, pero que muy peludo. En la entrada del coño vio algo parecido a la leche condensada. Mojó el dedo medio de la mano derecha en aquella cosa blanca, lo chupó y le supo a ostras. Imaginó que se había masturbado. Sacó la polla erecta,  comenzó a masturbarse y oyó a Belinda decir.

-¿Qué haces, cabronazo?

La miró a la cara. Vio que tenía los ojos abiertos y una seriedad en el rostro que acojonaba. Con el susto que llevó, solo pudo balbucear:

-Yo, no..., yo...

-Tú te has pasado tres pueblos entrando en mi habitación, tocando mi coño y pelándotela.

Belinda se sentó en el borde de la cama. Sus tetas volvieron a ir cada una a su bola y la polla  de Sergio, también, pues parecía que tenía el mal de san Víctor, y siguió con él, luego de que Belinda se tapara con una sábana.

-Te voy a dar a escoger entre una paliza de tu padre o una paliza mía.

-¿Cómo sería la tuya?

Puso ojos de loca.

-¡Cómo me salga del coño!

Viendo su actitud, y sabiendo que su padre era muy aficionado a sacar el cinturón de cuero, le dijo:

-Vale, vale, prefiero que me la des tú.

-Pilla una de las zapatillas debajo de la cama y dámela.

Ya sabía cómo iba a ser el castigo. Agarró una de sus zapatillas, de esas abiertas por detrás, y que eran de color azul y tenían el piso de goma del mismo color. Se la dio.

-Baja el pantalón y échate sobre mis rodillas.

Hizo lo que le había dicho. Belinda le dio sin medida, le dio como si le debiera millones de euros.

-¡¡Esto, -plassss- es, -plasssss- para, -plasssss- que, -plasssss- no, -plasssss- vuelvas, -plassss- a, -plassss- hacer, -plassss- otra, -plasssss- igual, -plassss!!

Cuando dejó de darle tenía las nalgas en carne viva, y un cabreo criminal. El castigo había sido excesivo, pues al fin y al cabo solo la había mirado y rozado, pero aun así, se contuvo y le preguntó:

-¿Puedo irme?

La sábana se le había bajado y tenía de nuevo sus grandes tetas al aire, cuando le respondió:

-No. 

-¿Qué quieres?

-¿Quiero saber qué pretendías hacer con ese proyecto de polla?

No le gustaron sus palabras de menosprecio.

-No tengo un proyecto de polla.

-Sí que lo tienes. ¿Qué pretendías hacer con ella?

Se le agotó la paciencia.

-¡Romperte el culo!

Belinda volvió a poner ojos de loca.

-¡¿Qué has dicho?! 

-¡Romperte el culo!

Se levantó con la zapatilla en la mano.

-¡Te voy a poner fino!

Sergio usó su arma secreta.

-¿Tan fina como pusiste a aquella amiga tuya?

Se quedó mirándolo, y como si no supiera la respuesta, le preguntó:

-¿De quién me estás hablando?

-De Rosa, de aquella amiga íntima... ¿Sabe mi padre que te gusta comer coños?

-¡A mi hija la mato! ¿Te la follaste?

-No, me folló ella a mí.

-¡Será puta!

Le cogió la zapatilla de la mano, se sentó en el borde de la cama y empezó a mandar.

-Quita la sábana de encima y échate en mis rodillas.

Se resistió a ser manipulada.

-¡No!

-Sí, Belinda, sí, si no quieres que me vaya de la lengua...

-¡Puñetero chantajista!

La resistencia había durado poco. Se echó sobre sus rodillas y Sergio se vengó.

-¡¡Esto, -plassss- es, -plassss- para, -plassss- que, -plassss- sepas, -plassss- que, -plassss- a, -plassss- mí, -plassss- no, -plasssss- se, -plassss- me, -plassss-  toca, -plassss-, cooooooño, -plassss!!

Al dejar de darle, Belinda se puso en pie, y le dijo:

-Eres un enano, cabezudo y vengativo.

Vale que era más alta que él, pero a Sergio no le llamaba nadie enano cabezudo sin que se las pagara.

-Enano cabezudo, este... Arrodíllate y chúpale la cabeza.

Belinda, de mala gana, dijo:

-Vamos a acabar con este martirio.

Se arrodilló, Sergio, le puso la polla en los labios y le dijo:

-Mama.

Lamió la cabeza de la polla poniendo cara de asco y después la metió en la boca y se la mamó, lo hizo sin manos, y tampoco le hicieron falta, ya que al rato se corrió en su boca. La leche de la corrida salió de su boca, bajó por su mentón y cayó al piso. Al ponerse en pie, Sergio, vio que tenía el interior de los muslos mojados, le dije:

-Estás cachonda y no puedes negarlo.

No se lo negó, lo que hizo fue preguntarle:

-¿Aún no has acabado?

-Acabo de empezar. Échate en cama y ponte en posición para que mi lengua te entre hasta el útero.

Se echó en la cama. Con la cabeza sobre la almohada, flexionó las rodillas y se abrió de piernas. Sergio se echó boca abajo y lamió su clítoris de abajo a arriba hacia los lados y alrededor. Lo lamía con lentitud y tras cada lamida lo chupaba. Belinda parecía que no sentía ni padecía, y digo parecía, porque al rato le puso una mano sobre la cabeza y movió la pelvis de abajo arriba, cuando Sergio lamía de abajo a arriba, hacia los lados, cuando lo lamía hacia los lados, alrededor cuando movía la lengua alrededor y levantaba la pelvis cuando se lo chupaba. Pasado un tiempo dejó de trabajarle el coño y le dijo:

-Échate boca abajo y pon el culo en pompa.

-¿Qué me quieres hacer?

-Comerte el culo.

-Encima, cerdo.

-Calla y goza.

Se puso boca abajo, colocó la cabeza sobre la almohada y puso el culo en pompa. Le separó sus enormes nalgas con las dos manos y le lamió y le folló el ojete. Belinda volvió a hablar.

-¿Quieres que me corra?

-Sí, eso busco.

-Azota mis nalgas.

Recordó la humedad en el interior de sus muslos y llegó a la conclusión de que le había gustado que le dejara en carne viva el culo con la zapatilla, así que le dio con fuerza con las palmas de su mano.

-¡¡Plaffff, plaffff, plaffff, plafffff, plafffff, plaffff!!

Lo corrigió.

-Con más fuerza, dejando un tiempo entre golpe y golpe y sin dejar de comerme el culo.

Hizo lo que le dijo. Ya le dolían las manos, y sudaban como cerdos cuando Belinda comenzó a gemir. Poco después, le decía:

-Ahora lame desde el coño al ojete.

Lamió unas cuantas veces y ya se corrió, se corrió sacudiéndose y gimiendo como una loca.

-¡Me corro, pequeño cabrón, me corro!

 De su coño vio salir aquella especie de moco, pastoso y blanquecino, y como le gustaba, lo lamió y se lo tragó.

Al acabar de correrse, le dijo:

-Te la voy a meter hasta las trancas. 

No le iba a decir que no se la metiera.

-Antes coge un condón en el cajón de arriba de la mesilla de noche y póntelo.

La tenía a tiro. No iba a coger nada. Se la clavó de un trallazo.

Se puso a cuatro patas.

-¡Sin condón métemela en el culo, en el coño, no!

-Tranquila que no me voy a correr dentro.

La agarró por la cintura, le dio a mazo y se corrió con la rapidez de un conejo, eso sí, al correrse la sacó, le metió el glande en el culo, y se lo llenó de leche. A Belinda le gustó.

-Ya que estás, métela hasta el fondo.

Se la clavó toda y se acabó de correr en el fondo de su culo. Después le echó las manos a las tetas, y magreándolas, le siguió dando a mazo, poco después se volvió a correr.

Nada más quitar la polla de su coño, Belinda, se puso boca arriba, lo cogió por la cintura, le limpió la polla con la sábana, se echó encima de él, frotó la polla en el coño y después se sentó sobre ella y lo folló a mil por hora desde el segundo uno. Sus tetas volaron de abajo a arriba y de arriba a abajo, y gotas de sudor salpicaban la cara de Sergio, la salpicaron hasta que se las cogió, y se las cogió, porque si salía una teta disparada y le daba en la cara, dejaba a sus padres de luto, es broma, se las cogió porque una gota de sudor le cayó en un ojo y se lo irritó. Frotaba el ojo cuando Belinda comenzó a correrse. 

-¡Me corro, bandido!

Vio cómo se sacudía, vio su cara de placer y le costó una barbaridad no llenarle el coño de leche.

Al acabar de correrse, y con toda la polla enterrada en su coño, Sergio le dijo:

-Quítala que me voy a correr.

La sacó. Luego, Belinda, aplastó la polla con su coño y lo deslizó sobre él, al tiempo que le daba las tetas a mamar. Sergio se corrió como un bendito.

Cuando vio que Sergio había terminado de correrse, la volvió a meter en el coño y lo volvió a follar a mil por hora. Las tetas volvieron a volar y las gotas de su sudor a salpicarle la cara, de nuevo tuvo que agarrarle las tetas, y de paso, magreárselas.

Al sentir que se iba a correr, se inclinó, lo besó con lengua y le preguntó:

-¿Te falta mucho?

-No.

-Cuando me corra, córrete conmigo. Hace mucho tiempo que no siento una corrida calentita dentro de mi coño.

-¿Y si quedas preñada?

-No estoy en mis días fértiles.

Lo folló despacito y dándole picos. Al sentir la polla latir dentro de su coño, se quedó mirándolo a la cara y le dijo:

-Dámela, dámela, dámela... ¡Me corro!

Se la dio. Un gemido salió de la garganta de Belinda al sentir la leche caliente dentro de su coño. Comenzó a convulsionarse, su coño apretó la polla y sus corridas se mezclaron. Fue la mejor corrida de la corta vida de Sergio y una de las mejores de Belinda.

Al acabar de correrse, de besarse y de quitarse de encima de él, le dijo:

-Voy a lavarme al baño. Cuando vuelva, más te valdrá no estar aquí, porque si estás...

Sergio se puso chulo.

-¿Qué me vas a hacer?

-Te voy a dejar seco.

-¿Con qué?

-Con mi boca, con mis tetas, con mis manos, con mi coño y con mi culo.

Cuando volvió del baño, Sergio, ya no estaba, y no porque hubiera cogido miedo, sino porque había sentido el inconfundible ruido que hacía la moto de su padre y salió de allí cagando ostias.

Al día siguiente, que era domingo, Pedro, el padre de Sergio, apareció con unas ojeras que le llegaban a los pies. A Sergio no le costó mucho trabajo saber por qué las tenía.

                                           Pedro y Greta

Pedro, el padre de Sergio, que era un hombre moreno, alto y fuerte, llegó a casa y se encontró a Greta limpiando con un paño la mesa de la cocina,  y le preguntó:

-¿Dónde anda tu madre?

-Fue al cine de diez a doce, con Sergio y con tu hijo. ¿Quieres que te saque la cena del horno?

Pedro se puso detrás de ella y le echó las manos a las tetas.

-Tú vas a ser mi cena.

Greta, que llevaba puesta una blusa y una falda de tablas y que calzaba unas zapatillas de andar por casa, se puso en pie y se revolvió, pero no se pudo librar de él.

-¡¿Vienes borracho?!

-Ni una cerveza me he tomado..

-Estás loco.

-Loco por ti. Te deseo desde el primer día en que te vi.

-Suéltame.

-No puedo soltarte, tu madre me tiene muy desatendido.

Le restregó la polla en el culo. 

-¡Cómprate una mona! ¡¿Quieres soltarme?!

-Si te suelto echas a correr.

-Y si no me sueltas, se lo diré a mi madre.

-Me da igual, para lo que follo con ella...

La empotró contra la pared y le frotó la polla en el coño, la besó en el cuello y en los labios y le metió mano por debajo de la falda. Greta tenía las manos libres y podía arañarlo o darle bofetadas en la cara, pero lo único que hacía era revolverse y empujarlo.

-¡Eres un pervertido!

Pedro le quitó la camiseta. Vio sus bellas tetas y le mamó la teta izquierda.

-¡Para, depravado!

Le mamó la teta derecha. Greta se quedó quieta y ya no dijo nada, luego, Pedro, pensando que ya se dejaba, se puso en cuclillas y le levantó la falda con la idea de bajarle las bragas y de comerle el coño. Greta aprovechó para salir corriendo. Pedro echó a correr detrás de ella y la alcanzó en la sala.

-¡¿A dónde ibas, gatita?!

-¡Déjame!

Junto a un tresillo viejo que allí había, le echó las manos al culo, la apretó contra su cuerpo y después le metió las manos dentro de las bragas y le masajeó las nalgas, luego se las bajó un poco y le acarició el coño, coño que ya tenía mojado.

-Deja que te haga correr.

-¡Jamás!

Greta quiso escaparse de nuevo echándose hacia atrás sobre el tresillo, pero ya de aquella manera, o sea, gateando por el tresillo. Pedro se puso detrás de su hijastra, le subió la falda, le bajo las bragas, la cogió por la cintura y le comió el culo

-¡Para, para! No me gusta.

-Te acabará gustando.

-No soy tan cerda como tú.

Le comió el coño y el culo. 

-Si buscas que me corra no lo vas a conseguir.

Le dio un cachete en el culo.

-Zassss.

-Relájate.

-No me voy a relajar, no quiero relajarme.

Le dio otro cachete en la otra nalga. 

-Zasssss.

A Greta le estaba gustando lo que le hacía, por eso lo incitó a que siguiera con los cachetes y la comida de coño y culo.

-No sé quién te dijo que me gusta que me nalgueen, pero no te va a servir de nada.

Pedro siguió con los cachetes y la comida de coño y culo... Al rato, Greta, le dio cinco trallazos con el culo en la cara mientras se corría. Se corrió tapando la boca con una mano para no gemir.

Al acabar de correrse le quitó la falda y las bragas, la puso boca arriba y le abrió las piernas.

-Tienes el coño empapado. ¿Quieres que te lo coma otra vez, hija?

-¡No soy tu hija! Y no quiero que me comas nada.

Le lamió el coño. 

-Sí que quieres, hija.

A Greta, por el morbo, le gustaba que le llamara hija, pero no quería que Pedro lo supiera. 

-¡Qué no soy tu hija!

Le metió y sacó la lengua de la vagina, le chupó los labios vaginales, el clítoris, le lamió todo el coño... Le dio un repaso de los buenos. Greta, con una mano tapando la boca, y poniendo cara de "no quiero," se dejó hacer... Al sentir que se iba a correr, le dijo:

-No sigas, para, para, para.

Pedro, viendo que Greta se iba a correr, siguió lamiendo y Greta se corrió arqueando el cuerpo y gimiendo en bajito.

Al acabar de gozar, Pedro, se quitó los zapatos, el pantalón y los calzoncillos, se sentó sobre ella y le puso la polla erecta entre los labios.

-¡Quítame ese monstruo de delante!

 Le frotó la polla mojada entre los labios, pero no hubo manera, Greta, no abrió la boca. Cuando se cansó de frotarla, se echó sobre ella, le abrió las piernas y le metió la cabeza de la polla en el coño. Fue como si la desvirgara de nuevo.

-¡Me haces daño!

-Te acabará gustando.

-Y una mierda. ¡Me duele!

Le echó las manos a las tetas y se las magreó mientras la polla iba entrando despacito dentro del coño. Pasado un tiempo, ya la polla entraba y salía haciendo gemir a Greta. Pedro le dijo:

-Te dije que te acabaría gustado.

-Calla y acaba pronto.

-¿No te quieres correr otra vez?

Quería correrse, por eso lo provocó.

-No, además no creo que seas tan hombre como para hacerme correr otra vez.

El mete y saca comenzó a coger velocidad, y al rato, Greta, se volvió a correr. Al correrse le clavó las uñas en las nalgas, y en bajito, y entre temblores, dijo:

-No me estoy corriendo, no me estoy corriendo.

Pedro la sacó y se corrió en sus tetas. 

Al acabar de gozar, Greta, Pedro, volvió a meter la cabeza entre las piernas de su hijastra y le dio otra ración de lengua que la llevó a un potente orgasmo, y que la hizo decir:

-¡Me corro en tu boca, papá!

Después de ver como se corría, y de dejar que se recuperara, le preguntó:

-¿Quieres que te vuelva a comer el coño?

Greta, poniéndose las bragas, le respondió:

-Van a ser las doce y media de la noche y en cualquier momento vuelve la familia del cine.

-Eso quiere decir que otro día...

-Sí, eso quiere decir que otro día te lo dejaré comer.

Al hablar de dejarle comer el coño, a Greta le vino a la cabeza su prima Rosa.

 Quique

 

                                                      

 

 



   
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