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La Familia que Cogemos

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(@davidolopez7207)
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SINOPSIS:

Mar, una madre de 35 años aún en plena lactancia, siempre creyó que su familia era normal. Hasta el día en que regresa a la casa de sus padres y sorprende a su madre siendo follada salvajemente por Griseo, su padrastro, a quien ella llama “Papá” desde niña. Lo que comienza como un momento de shock y excitación prohibida se convierte rápidamente en una espiral de depravación cuando es descubierta espiando. Pronto, Mar se ve arrastrada a una oscura dinámica familiar donde su propio padrastro y su madre la inician en los placeres más tabú: ser ordeñada, usada y convertida en la nueva puta de la casa. Entre chorros de leche materna, creampies tragados por su propia madre y gemidos ahogados mientras su bebé duerme cerca, Mar descubrirá lo mucho que disfrutaba secretamente ser la hijita sumisa de Papá… y lo peligroso que resulta cruzar esa línea de una vez por todas.

CAPÍTULO 1: La puta que llevo dentro

POV MAR

Nunca pensé que volvería a sentir esta vergüenza tan caliente en el cuerpo.

Acababa de llegar de la ciudad. Maro llevaba ya doce días fuera en maniobras y Diego se había quedado dormido en el coche. Mateo estaba en la universidad, así que solo éramos mi bebé y yo. Aparqué frente a la casa grande de mis padres, esa que Griseo mandó construir hace años en las afueras. Solo quería dejar a Diego un rato con mi mamá para poder ir al supermercado sin tener que cargarlo.

Pero en cuanto abrí la puerta principal con mi copia de la llave, los escuché.

Gemidos. Claros. Sin vergüenza.

—Así, cabrón… métemela más duro, Sergio. ¡Más duro, hijo de la chingada!

Era la voz de mi mamá. Laura. La misma que me enseñó a rezar el rosario cuando tenía doce años.

Me quedé congelada en la entrada con Diego dormido en mis brazos. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la boca. Debería haber dado media vuelta. Debería haber cerrado la puerta y fingido que nunca escuché nada.

Pero no lo hice.

En vez de eso, caminé despacio hacia el pasillo que lleva a la sala principal. La puerta estaba entreabierta. Y lo que vi me dejó la boca seca.

Mi mamá estaba a cuatro patas sobre el sofá grande de piel. Completamente desnuda. Sus tetas medianas se balanceaban con cada embestida mientras Griseo —mi padrastro— la cogía como un animal desde atrás. Estaba sudado, con el cuerpo todavía fuerte a sus 57 años, las venas de los brazos marcadas mientras la agarraba de las caderas con fuerza. Su verga gruesa entraba y salía de la vagina de mi mamá con un sonido húmedo y obsceno.

—Eres una puta vieja deliciosa, Laura —gruñó él con esa voz ronca que siempre me había intimidado—. Después de tantos años todavía tienes el coño más apretado del puto mundo.

Mi mamá soltó una carcajada entrecortada que terminó en un gemido largo cuando él le dio una nalgada fuerte que le dejó la nalga roja.

Yo debería sentir asco. Debería sentir vergüenza por ellos.

Entonces… ¿por qué carajos me estoy mojando?

Sentí cómo se me endurecieron los pezones bajo la blusa de lactancia. Mis senos pequeños, aún llenos de leche, empezaron a doler de lo hinchados que se pusieron. Entre mis piernas, mi coño empezó a palpitar. Llevaba más de una semana sin que Maro me tocara y mi cuerpo estaba traicionándome de la forma más asquerosa posible.

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor de la sangre.

Griseo agarró el cabello de mi mamá y tiró su cabeza hacia atrás mientras aceleraba el ritmo. Cada embestida hacía que sus huevos golpearan contra el clítoris de ella.

—Dime a quién pertenece este coño, Laura.

—A ti, Papá… este coño es tuyo desde que tenía veinte años, carajo.

Papá.

La misma palabra que yo usaba con él desde que tenía ocho años.

Esa palabra, saliendo de la boca de mi mamá mientras la cogía como una perra, hizo que algo se rompiera dentro de mí. Sentí un chorrito caliente bajarme por el interior del muslo. Me había mojado tanto que me traspasó las bragas.

Diego se removió un poco en mis brazos. Lo apreté contra mi pecho, sintiendo cómo mi leche empezaba a filtrarse por los protectores de lactancia. Mis senos estaban tan sensibles que hasta el roce de la tela me estaba volviendo loca.

No podía dejar de mirar.

Griseo sacó su verga gruesa y brillante de dentro de mi mamá, la agarró de la nuca y la obligó a arrodillarse frente a él. Mi mamá abrió la boca como una puta bien entrenada y se la tragó hasta el fondo, con lágrimas en los ojos, mientras él le follaba la garganta sin piedad.

—Así me gusta, hija de la chingada… trágatela toda.

Hija.

Esa palabra también la usaba conmigo.

Y por primera vez en mi vida, mientras veía a mi padrastro follarse brutalmente la boca de mi mamá, me pregunté cómo se sentiría que me llamara “hija” mientras me metía esa verga gruesa hasta el fondo del útero.

Me di cuenta de que tenía una mano entre mis piernas, frotándome el coño por encima del pantalón como una depravada, mientras sostenía a mi hijo de dos años con el otro brazo.

Estaba enferma.

Estaba asquerosamente mojada.

Y no quería dejar de mirar.

CAPÍTULO 2: Leche y Culpa

POV MAR

Cerré la puerta de mi antigua habitación tan rápido como pude sin hacer ruido. El corazón me latía en la garganta y entre las piernas. Diego seguía profundamente dormido; lo acosté en el centro de mi vieja cama individual y lo rodeé con almohadas. Mis manos temblaban.

No podía sacarme de la cabeza la imagen de la verga gruesa de Papá entrando y saliendo de la boca de mi mamá. Esa forma brutal en que le follaba la garganta. La manera en que ella lo llamaba “Papá” mientras tragaba hasta las bolas.

Mis senos me dolían horrores. Estaban demasiado llenos. La excitación había hecho que mi leche bajara de golpe.

Me quité la blusa de lactancia con movimientos torpes y desesperados. Mis pezones estaban oscuros, hinchados y goteando. Apenas me bajé una copa del sostén de lactancia, un chorro fuerte de leche salió disparado y salpicó el piso de madera. Solté un gemido bajito, casi un sollozo.

Me senté en el borde de la cama, me saqué el otro seno y empecé a ordeñarme con ambas manos mientras mis muslos se frotaban entre sí. La leche caía caliente sobre mis piernas, sobre mi vientre, empapándome. Cada vez que apretaba mis tetas pequeñas, salían dos chorros blancos y potentes que me ponían más cachonda.

No podía parar de pensar en él.

En Papá.

En cómo agarraba el cabello de mi mamá. En cómo le decía “puta vieja deliciosa”. En esa verga gruesa, venosa, brillante de saliva y jugos.

—Puta… estoy bien puta… —susurré mientras me bajaba los pantalones y las bragas de un tirón.

Mi coño estaba empapado. Los labios hinchados y abiertos. Me recosté un poco hacia atrás, abrí las piernas como una perra en celo y empecé a masturbarme con furia. Dos dedos entraron sin resistencia, haciendo un sonido mojado y obsceno. Con la otra mano seguía ordeñándome, salpicándome la leche sobre las tetas, el cuello y la cara.

Cerré los ojos y solo podía imaginarlo a él.

Imaginé que era la boca de Papá la que estaba en mis tetas, chupando mi leche directamente de mis pezones mientras me metía los dedos. Imaginé su voz ronca diciéndome “¿Qué hace mi hijita masturbándose como una zorra mientras da de mamar?”.

—Ay, Papá… —gemí bajito, casi sin voz, mientras metía un tercer dedo en mi coño empapado.

Estaba tan mojada que me chorreaba por el culo. El olor de mi leche y mi excitación llenaba toda la habitación. Mis caderas se movían solas, follándome la mano como una desesperada. Sentía que el orgasmo venía rápido, demasiado rápido.

—Papá… por favor… métemela… quiero tu verga, Papá…

Las palabras salían solas de mi boca. Me daba asco. Me excitaba. Me rompía.

Estaba a punto de correrme, con las piernas abiertas, las tetas chorreando leche y tres dedos metidos hasta el fondo, cuando la puerta de mi habitación se abrió sin tocar.

Griseo estaba ahí.

Completamente desnudo. Su verga todavía medio dura, gruesa y brillante, colgando pesada entre sus piernas. Tenía el pecho sudado y me miraba con una mezcla de sorpresa y algo mucho más oscuro.

Yo me quedé congelada. Dedos aún dentro de mi coño. Leche chorreando de mis pezones. Las piernas abiertas como una puta barata.

Sus ojos bajaron lentamente por mi cuerpo: mis tetas pequeñas y mojadas de leche, mi vientre, mi coño abierto y chorreante, y mis dedos todavía metidos dentro.

Una sonrisa lenta y peligrosa se formó en su cara.

—Vaya, vaya… —dijo con esa voz grave que siempre me ponía nerviosa—. Así que mi hijita no solo es una mirona… también es una puta lechera bien cachonda.

Dio un paso dentro de la habitación y cerró la puerta detrás de él sin apartar la mirada de mi coño.

—Saca los dedos, Mar.

Mi mano tembló, pero obedecí. Saqué los dedos de mi interior con un sonido húmedo. Un hilo de mis jugos se estiró entre mis dedos y mi coño.

Griseo se lamió los labios lentamente.

—Ahora dime, hija… ¿desde cuándo mi lechecita sueña con que su Papá la coja?

CAPÍTULO 3: Las dos putas de Papá

POV MAR

El corazón se me detuvo cuando escuché los pasos descalzos acercándose por el pasillo.

Griseo ni siquiera se inmutó. Seguía parado frente a mí, completamente desnudo, con esa verga gruesa que empezaba a endurecerse otra vez mientras me miraba como si yo fuera un pedazo de carne. Mis dedos todavía brillaban con mis propios jugos. Mis tetas chorreaban leche sin control, bajando por mi vientre hasta mojar las sábanas de mi antigua cama.

La puerta se abrió.

Mi mamá apareció completamente desnuda, con el cabello revuelto y las mejillas todavía sonrojadas de la cogida que acababa de recibir. Sus senos medianos se movían con cada respiración y tenía las marcas rojas de las manos de Griseo en las caderas.

Sus ojos se abrieron como platos al verme.

—Mar… —susurró, claramente sorprendida.

Por un segundo pensé que iba a gritar, que iba a cubrirse, que iba a hacer una escena de madre ofendida. Pero Laura solo se quedó ahí parada, mirando mis tetas chorreando, mi coño abierto y brillante, y la forma en que su marido me miraba.

Una sonrisa lenta y perversa se dibujó en sus labios.

—Hija de la chingada… —murmuró casi con orgullo—. Así que la niñita también resultó bien puta.

Griseo soltó una risa baja y ronca.

—Ven, Laura. Mira lo que encontró tu marido. Nuestra hijita estaba aquí, ordeñándose las tetas y metiéndose los dedos mientras nos escuchaba coger. Dilo, Mar. Dile a tu mamá lo que estabas gritando.

Me temblaba todo el cuerpo. La vergüenza me quemaba la cara, pero mi coño seguía palpitando como loco. No podía creer lo que estaba pasando.

—Estaba… estaba pensando en la verga de Papá… —confesé con voz rota, casi un susurro.

Laura se acercó lentamente, sin dejar de mirarme. Se detuvo al lado de Griseo y pasó una mano por el pecho sudado de él hasta agarrarle la verga a medio endurecer. Empezó a masturbarlo despacio mientras me observaba como si me estuviera evaluando.

—Qué rico… —dijo mi mamá con voz cargada de lujuria—. ¿Sabías que tu Papá siempre ha querido probarte, verdad? Desde que te crecieron esas tetitas pequeñas y empezaste a llamarlo “Papá” con esa voz inocente. Yo lo sabía. Lo veía cómo te miraba cuando te quedabas a dormir.

Griseo gruñó de placer cuando Laura le apretó la verga con más fuerza. Ya la tenía completamente dura otra vez, gruesa y venosa, apuntando directamente hacia mí.

—Quítate todo, hija —ordenó él con esa voz que no admitía discusión—. Quiero verte completa. Y no dejes de ordeñarte mientras lo haces. Quiero ver cómo te chorrea la leche para tu Papá.

Con las manos temblando, terminé de quitarme la blusa y el sostén de lactancia. Me quedé completamente desnuda frente a ellos. Mis senos pequeños, hinchados y goteando. Mi coño depilado, hinchado y chorreando. Diego dormía plácidamente a un lado de la cama, ajeno a todo.

Laura se acercó a la cama y se sentó a mi lado. Me miró a los ojos un segundo antes de bajar la cabeza y, sin avisar, tomó uno de mis pezones entre sus labios y empezó a chupar con fuerza.

—Ahhh… ¡Mamá! —gemí fuerte, arqueando la espalda.

La sensación de mi propia madre bebiendo mi leche mientras mi padrastro nos miraba fue demasiado. Sentí que otro chorro de jugos me salía del coño. Laura gemía mientras tragaba, mirándome con ojos llenos de lujuria.

—Está dulce… —murmuró contra mi pezón, lamiendo el chorro que seguía saliendo—. Tu leche está bien rica, hijita.

Griseo se acercó al otro lado de la cama. Agarró mi otra teta con su mano grande y áspera y empezó a ordeñarla con fuerza, haciendo que la leche salpicara por todos lados. Con la otra mano tomó su verga gruesa y empezó a frotar la cabeza contra mis labios inferiores, sin meterla todavía. Solo restregándola contra mi clítoris hinchado.

—Dos putas en mi casa… —gruñó satisfecho—. Una vieja y una lechera. Las dos mías.

Mi mamá soltó mi pezón con un sonido húmedo y me miró con una sonrisa sucia.

—Bésame, Mar. Bésame como la puta que eres.

Cuando me acerqué para besarla, Griseo empujó su verga gruesa contra mi entrada y, de un solo movimiento lento pero implacable, empezó a metérmela.

Gemí contra la boca de mi mamá mientras mi padrastro me abría el coño por primera vez. Estaba tan mojada que entró casi completa de un empujón.

Laura me agarró del cabello y profundizó el beso, metiéndome la lengua mientras su marido comenzaba a cogerme con embestidas profundas y pesadas.

—Bienvenida a la familia de verdad, hijita… —susurró mi mamá contra mis labios—. Ahora sí eres una de las putas de Papá.

CAPÍTULO 4: Sabores de familia

POV MAR

Griseo no me dio tiempo ni de procesar que su verga gruesa ya estaba dentro de mí.

Con un gruñido animal, me agarró de las caderas con sus manos grandes y empezó a cogerme con fuerza. Cada embestida era brutal, profunda, haciendo que mis tetas pequeñas rebotaran y salpicaran leche en todas direcciones. El sonido de su pelvis chocando contra mi coño empapado llenaba la habitación junto con mis gemidos ahogados.

—Así se siente la verga de tu Papá, ¿verdad, puta? —gruñó sin dejar de martillarme.

Yo solo podía gemir como una perra. Nunca me habían cogido así. Maro siempre era cuidadoso, casi aburrido. Pero Griseo me estaba follando como si quisiera romperme.

De repente sentí las manos de mi mamá en mi cabello. Laura se subió a la cama con las piernas abiertas y una sonrisa viciosa en la cara. Se posicionó justo encima de mi rostro, de espaldas a Griseo, y se sentó lentamente sobre mi boca.

El olor de su coño me golpeó primero: una mezcla de sudor, semen y excitación femenina. El mismo coño que acababa de ser follado por Papá minutos antes.

—Lame, hijita —ordenó mi mamá con voz ronca mientras presionaba su coño mojado contra mi boca—. Prueba lo que sabe la puta de tu mamá. Limpia todo lo que tu Papá me dejó adentro.

No tuve opción.

Saqué la lengua y empecé a lamerla.

El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo por el semen de Griseo que todavía estaba dentro de ella. En cuanto probé esa mezcla prohibida, algo se rompió definitivamente dentro de mí. Empecé a lamer con desesperación, metiendo la lengua lo más profundo que podía dentro del coño de mi propia madre mientras Griseo me follaba cada vez más fuerte.

— ¡Mmmgh! —gemí contra su vulva, ahogada por su carne caliente y mojada.

—Así, mi amor… —ronroneó Laura, moviendo las caderas sobre mi cara, frotando su clítoris contra mi nariz—. Chúpale el clítoris a tu mamá. Hazme sentir esa lengüita de zorra que tienes.

Griseo soltó una carcajada oscura y me dio una nalgada fuerte que resonó en la habitación.

—Miren nada más a esta puta lechera —dijo mientras aceleraba el ritmo, follándome como un salvaje—. Con un hijo de dos años durmiendo al lado y todavía tiene la cara metida en el coño de su mamá. Eres una depravada, Mar. Mi depravada.

Cada vez que él me metía toda la verga hasta el fondo, yo gemía contra el coño de Laura. Ella empezó a moverse más rápido, casi ahogándome con su carne. Mis senos seguían chorreando leche sin parar, mojando mi vientre, la cama y mis propios muslos.

—Trágate mi jugo, hija —jadeó mi mamá—. Quiero correrme en la boca de mi propia hija… ¡Quiero que te tragues todo!

Sentí cómo el coño de Laura se contraía contra mi lengua. Empezó a temblar y de repente soltó un gemido largo y gutural mientras se corría violentamente. Un chorro caliente de sus jugos me inundó la boca y la cara. Tragué lo que pude, tosiendo y gimiendo, mientras Griseo no dejaba de destruirme el coño con embestidas brutales.

—Qué bien la estás educando, Laura —gruñó él, claramente excitado por la escena—. Ahora mírala… toda llena de leche y de los jugos de su mamá.

Laura se levantó un poco de mi cara, permitiéndome respirar. Tenía la boca, la nariz y la barbilla completamente empapadas de ella. Me miró con una mezcla de ternura enferma y lujuria.

—Qué bonita se ve mi hijita toda manchada… —susurró.

Griseo me agarró las piernas, las puso sobre sus hombros y empezó a cogerme aún más profundo, casi doblándome en dos. Su verga gruesa me llegaba hasta el fondo con cada embestida. Mis tetas rebotaban salvajemente, lanzando chorros de leche que salpicaban hasta el pecho de mi mamá.

Yo ya no era Mar.

Ya no era la esposa de Maro ni la madre de Mateo y Diego.

Solo era una puta chorreando leche con la cara llena de los jugos de su madre y el coño destrozado por la verga de su Papá.

Y estaba a punto de correrme como nunca en mi vida.

CAPÍTULO 5: Creampie familiar

POV MAR

Estaba completamente perdida.

Con las piernas dobladas sobre los hombros de Griseo, su verga gruesa me estaba partiendo el coño en dos con cada embestida salvaje. Mi cara seguía empapada de los jugos de mi mamá, que me miraba con una sonrisa satisfecha mientras se tocaba el clítoris a un lado.

—Papá… por favor… —supliqué entre gemidos rotos, sin saber si le pedía que parara o que me destrozara más.

Griseo soltó una risa oscura y bajó una mano para pellizcarme uno de mis pezones hinchados. Un chorro de leche salió disparado y le salpicó el pecho.

—Estás a punto de correrte, ¿verdad, hijita? Siento cómo tu coño me está apretando la verga como una puta en celo. Vamos… córrete para tu Papá.

No pude resistirlo más.

El orgasmo me golpeó como un camión. Mi cuerpo se arqueó violentamente, mis tetas pequeñas lanzaron leche en todas direcciones y mi coño empezó a contraerse alrededor de su verga gruesa. Grité contra la boca de mi mamá cuando ella se inclinó para besarme, tragándome los gemidos mientras me corría como una perra.

Griseo gruñó como un animal. Sus embestidas se volvieron más cortas, más brutales.

—Ahí te va, puta… Toma toda la leche de tu Papá.

Sentí cómo su verga se hinchaba dentro de mí y luego el primer chorro caliente y espeso de semen me inundó el útero. Se corrió con fuerza, soltando gruñidos guturales mientras me llenaba hasta el fondo. Chorros y chorros de semen caliente me llenaron el coño, tanto que sentí cómo empezaba a salirse alrededor de su verga con cada embestida.

Cuando por fin terminó, Griseo sacó su verga lentamente. Un hilo grueso de semen blanco quedó colgando de mi coño abierto y palpitante. Mi entrada estaba roja, hinchada y completamente destruida.

—Mírala… —dijo Griseo con voz ronca, admirando su obra—. Bien llenita de la leche de su Papá.

Laura se acercó inmediatamente, con los ojos brillantes de lujuria. Se lamió los labios al ver mi coño chorreando semen.

—Acércate, mamá —ordenó Griseo, agarrándola del cabello—. Quiero que limpies a tu hija. Come todo el creampie que le acabo de dejar adentro. Quiero que pruebes cómo sabe la mezcla de tu marido y tu hija.

Mi mamá no dudó ni un segundo.

Se tiró entre mis piernas como una perra hambrienta, me agarró los muslos con fuerza y hundió su cara completa en mi coño recién follado. Sentí su lengua caliente lamiendo desde mi ano hasta mi clítoris, recogiendo el semen espeso que salía de mí.

—Ay, mamá… ¡joder! —gemí, arqueando la espalda.

Laura gemía mientras me comía. El sonido de su lengua chupando y tragando el semen de Griseo era obsceno y húmedo. Me lamía como si estuviera desesperada, metiendo la lengua dentro de mi agujero para sacar más semen, tragándoselo todo con gusto.

—Qué rico sabe, Sergio… —murmuró contra mi coño, con la boca llena de semen y mis jugos—. Nuestra hijita tiene el coño más dulce después de que la llenas. Su crema mezclada con tu leche está deliciosa.

Griseo se sentó a un lado de la cama, todavía con la verga semi-dura y brillante, y empezó a masturbarse lentamente mientras nos miraba.

—Más adentro, Laura. Quiero que metas la lengua bien profundo y saques todo lo que le dejé en el fondo. Que no quede ni una gota de mi semen sin que la mamá de la puta se lo trague.

Mi mamá obedeció como la zorra bien entrenada que era. Me abrió el coño con los dedos y metió la lengua lo más profundo que pudo, follándome con ella mientras succionaba. Yo no paraba de gemir y retorcerme. Otro orgasmo más pequeño me atravesó mientras mi propia madre me comía el creampie de mi padrastro.

Cuando Laura levantó la cara, tenía los labios, la barbilla y la nariz completamente cubiertos de semen blanco y mis jugos. Me miró con una sonrisa sucia y se acercó a besarme.

—Prueba —susurró contra mis labios.

Me metió la lengua en la boca y me hizo probar la mezcla de mi propio coño, mis jugos y el semen espeso de Griseo. Tragué todo como una buena puta mientras ella me besaba con pasión enfermiza.

Griseo nos observaba con satisfacción, acariciando su verga que ya empezaba a endurecerse otra vez.

—Esto apenas empieza, hijita… Ahora que probaste lo que es ser una de las putas de Papá, ya no hay vuelta atrás.

 



   
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