Renata tenía cuarenta años, vestía de negro de la cabeza a los pies, era delgada y muy alta, más alta que cualquiera de los hombres de la aldea. Era virgen y beata, una de esas beatas que hasta a los curas les caen mal porque no salen de la iglesia, no era extraño que no la olieran ni los perros, a pesar de que vivía de las rentas de sus tierras y de sus casas.
Aquella mañana Renata y su hermana Paca, a la que le sacaba una cabeza, iban por el camino que llevaba al río con dos bañeras de ropa sucia sobre sus cabezas, le decía Renata:
-La chimenea me echa el humo hacia la casa en vez de echarlo fuera. Hoy tendré que echar mano de una lata de sardinas y hacer un bocadillo.
-Eso es que está atascada con hollín, tienes que limpiarla. Debiste ponerle bien la cubierta que impedía que se metiera el aire cuando te la dobló el viento.
-Un día por el otro... ¿Y con qué se desatasca?
-Paco desatascó la nuestra con un rastrillo después de subirse al tejado.
Renata le preguntó:
-¿Puedes decirle a tu marido que limpie la mía? Le pagaré lo que me pida.
-Claro, mujer, esta tarde te la limpia, y no te va a cobrar, aunque si le pones algo de pan, jamón y una botella de vino delante, te lo agradecerá.
- ¿Tinto o blanco?
-Tinto.
Paco, albañil de profesión y padre de dos hijos, era un hombre moreno, de estatura mediana y del montón. Llegó a la casa de su cuñada (la casa era de una sola planta) con un rastrillo y una alargadera al hombro y vestido con un mono azul. Renata lo estaba esperando en la puerta, al lado de una escalera que estaba apoyada en la pared.
-Ya te puse la escalera.
Paco, mirando para la escalera y para la chimenea, le dijo:
-Ya veo. Voy a desatascarla y a ponerle bien la cubierta antes de que empiece a llover.
En poco más de diez minutos ya tenía el trabajo de la chimenea hecho y empezaba el de Renata, pues parte del hollín había caído sobre la cocina de piedra y parte en el piso, un hollín que al estar mojado le facilitó la tarea, bueno, la tarea se la facilitó el hollín mojado y que Paco se lo llevó en cubos a la huerta.
Después de asearse estaban a la mesa comiendo el jamón con pan y bebiendo vino tinto, él, ya que ella bebía agua. Le preguntó Paco:
-¿Y a veces no te sientes muy sola en esta casa, cuñada?
-Sí, pero me agarro a mis creencias en esos momentos.
-Tus creencias no te dan un abrazo cuando lo necesitas.
-No, pero reconfortan.
-Para mí eso no sería un consuelo.
-Porque tú eres como eres.
Paco siempre le había tenido ganas a su cuñada, así que iba a intentar seducirla.
-¿Te puedo hacer una pregunta íntima?
-No.
Se la hizo igual.
-¿Después de darte dedo y de correrte se lo confiesas al cura?
Renata se persignó, y como no le gustaba mentir, le dijo:
-Los pensamientos impuros son pecados.
-Tu hermana se dio dedo delante de mí para que yo aprendiera a dárselo, y yo no pesé que fuera pecado, al contrario.
-El matrimonio es para procrear, pero supongo que se pueden tomar algunas licencias, y deja ya de hablar de cosas con las que me siento incómoda.
No solo siguió sino que subió la apuesta.
-¿Nunca se te pasó por la cabeza tener un hijo?
Renata se volvió a persignar.
-No digas barbaridades.
-Ya no volverías a estar sola nunca más.
Renata era muy tranquila, pero estaba perdiendo la paciencia.
-Me estás faltando al respeto y lo estás haciendo en mi casa.
Al decir la palabra casa, Paco tuvo una idea.
-Tienes las paredes de la casa sin recebar por dentro, me llevaría varios fines de semana recebarlas, tiempo suficiente para dejarte preñada.
Renata se puso en pie, y muy seria, le dijo:
-Haz el favor de irte de mi casa.
-Aún no he acabado de comer y de beber.
Le señaló la puerta con un dedo.
-¡Fuera!
Paco se levantó de la mesa.
-No le digas nada a tu hermana de lo que te he dicho.
-¡Fuera, y no vuelvas por aquí!
El lunes, yendo de nuevo las hermanas a lavar la ropa al río, le dijo Renata a Paca:
-Estoy pensando en recebar la casa por dentro.
-Ya iba siendo hora.
-¿Tú crees que Paco me podría hacerlo los fines de semana sin cobrarme mucho?
-Te va a cobrar los materiales, yo me encargo de hablar con él, eso sí, de comer le das tú los sábados y los domingos y tenle vino para la comida y una copa de coñac para el café.
-¿Que oñac le gusta?
-Veterano.
A las nueve de la mañana del sábado siguiente Paco llegó a la puerta de la casa de su cuñada vestido con su mono azul, con una visera en la cabeza y con su caja de herramientas en la mano derecha y un paraguas en la izquierda, llamó y le abrió Renata, que al verlo le dijo:
-Pensé que lloviendo no vendrías a trabajar.
Paco entró en la casa.
-Hay muchas formas de trabajar.
Renata pilló la indirecta, pero no dijo nada. Se fue a la cocina, donde tenía la taza de café con leche y sentándose para terminar de desayunar, le dijo:
-La arena y el cemento están en el cobertizo.
-¿Y el coñac?
A Renata le pareció una animalada tomar coñac a aquellas horas.
-¡¿Tomas coñac por la mañana?!
-Sí, para calentar motores.
-Está en la artesa junto al garrafón de vino tinto, y una copa la puedes pillar en la lacena.
Paco, que había dejado la caja de herramientas en el piso, fue a por el coñac, se echó una copa de Veterano, se sentó enfrente de su cuñada, tomo un sorbo, y luego le dijo:
-Si quieres tener ese hijo conmigo podemos empezar ya.
Renata había acabó de desayunar, se levantó de la mesa, y llevando la taza al fregadero, le dijo:
-Lo que quiero es que me recebes la casa. En caso de que me decidiera a follar contigo te lo diría.
Paco se puso en pie, fue a su lado y le echó las manos al culo. Renata se dio la vuelta y se encontró con la lengua de su cuñado dentro de la boca. Giró la cabeza y puso cara de grima.
-¡Qué asco!
Paco le levantó el vestido, le bajó las bragas hasta las rodillas, y comenzó a lamerle el coño.
-Lo que estás haciendo es una guarrería.
-El sexo sin guarrerías no es buen sexo.
Renata comenzó a rezar.
-Para de rezar o me voy.
Dejó de rezar. y le siguió comiendo el coño.
-Esto es asqueroso.
-Pero a ti te está gustando.
-Eres un prepotente.
-Es mejor que ser un impotente. ¿Qué te gustaría, niño o niña?
-Aún no decidí si quedar preñada o no.
-Yo creí que al llamarme era para que te dejara preñada.
-Es que... ¿Tú sabes lo que tendría que oír si tengo un hijo de soltera?
-Si un día llegas magullada del monte y dices que te violó un desconocido, lo que tendrás que oír son palabras de ánimo.
A Renata se le iluminó la cara.
-Una coa así es lo que necesitaba oír para decidirme
-Me alegra oír eso. Separa las piernas.
Separó las piernas. Paco le enterró la lengua en el coño y al sacarla lamió hacia arriba.
-Voy a hacer que te corras en mi boca.
-Eso ya no sería una guarrería, sería una indecencia.
-¿Algo más que decir?
Renata ya estaba demasiado caliente, por eso le respondió:
-Sí, la puerta de la casa no está cerrada con llave.
Paco fue a ponerle la llave a la puerta. Cuando regresó a la cocina Renata no se había movido del sitio. Paco le levanto el vestido y le dijo:
-Sujétalo para que no se baje.
Renata no solo lo sujetó, si no que se lo quitó y también se quitó el sostén. Paco se puso en pie y vio su cuerpo casi tan blanco como la leche, con unas tetas medianas con areolas rosadas y pequeños pezones. Había visto el vello de sus sobacos cuando se quitó el vestido por la cabeza y ahora estaba viendo el tremendo matorral de su coño.
-¡Qué polvo tienes!
Renata ya estaba metida en harina.
-Nunca he visto a un hombre desnudo.
Paco se desnudó y cuando lo vio desnudo y con la polla tiesa, le dijo:
-Esa cosa me va a romper el coño.
-Podría correrme metiendo solo la puntita.
-Hombre, ya que estoy pecando, que menos que disfrutar.
Paco la besó con lengua, al tiempo que le metía el dedo medio de la mano derecha dentro del coño y comenzaba a masturbarla. Pasado un tiempo, lamiéndole los pezones y las areolas, Renata comenzó a gemir y a temblar. Paco, mirándola a los ojos mientras se corría, le dijo:
-Si supieras la cantidad de pajas que me he hecho imaginando tu cara al correrte...
Renata logró balbucear:
-Cochino.
Al acabar de disfrutar, Paco se puso en cuclillas para comerle el coño. Vio colgado jugos de él, jugos que parecían mocos. Le lamió el coño, y luego se lo folló con la lengua. Renata le echó las manos a la cabeza y acariciando sus cabellos, movió la pelvis para que la lengua saliera del coño y poder así frotarla contra ella. Estuvieron él a meter y ella a sacar hasta que las piernas le comenzaron a temblar de nuevo, y le dio una deliciosa corrida diciendo:
-Me corro en tu boca.
Al acabar de correrse y con la satisfacción del trabajo bien hecho, Paco se puso en pie, le dio un pico y le pregunto:
-¿Dónde quiere que te desvirgue?
-En mi cama.
Llegaron a la habitación de Renata. La cama estaba sin hacer. Se metieron en ella.
-Me da un poco de miedo que me hagas daño, cuñado.
Le puso la polla en los labios.
-Dale mimitos para que no te haga daño.
-¿Cómo?
-Lame la cabeza como lamen los perros y chúpala como te chupas los dedos.
-¡¿Es así de fácil hacer una felación?!
-Bueno, también se coge la polla y se mueve la mano hacia abajo y hacia arriba.
-Tengo oído decir que así es como hacéis los hombres las pajas.
-Oíste bien.
-¿Y qué más se hace?
-También se lamen y se chupan los huevos, aunque esos no te los voy a meter.
-Pero ahí está la leche. ¿No?
-Está.
Renata le meneó la polla y le lamió y le chupó con ganas la polla y los huevos. Al rato le preguntó:
-¿A qué sabe la leche, cuñado?
-No tardarás en saberlo si me la sigues chupando.
Dejó de chupársela.
-No la quiero en la boca, la quiero en el coño.
-En el coño la tendrás.
Paco se arrodilló entre las piernas de Renata, la agarró por la cintura, la levanto, le puso la polla en la entrada del coño y empujó y le metió la punta:
-¡Me acabas de reventar!
-Si solo te metí la punta. Te la meteré y te la sacaré muy despacito hasta que me corra.
La punta de la polla fue entrando y saliendo. El coño se fue dilatando y en nada ya le estaba metiendo y sacando casi todo el glande. A Renata le estaba gustando.
-Métela un poquito más.
Le metió todo el glande.
Renata se volvió a quejar.
-¡Me has vuelto a reventar!
-¿La quito?
-Sí, y vuélvela a meter muy despacito.
Metiendo y sacando muy despacito la polla acabó entrando hasta la mitad. Paco no pudo aguantarse más y le lleno el coño de leche.
-Me gusta sentir tu leche dentro de mí.
-Y a mí correrme dentro.
-¡Métela toda!
Se la metió hasta el fondo del coño, y en el fondo se acabó de correr.
-No la quites. Ahora me quiero correr yo.
Paco la tiró hacia él y la puso encima. Renata fue quitando y metiendo la polla muy despacito. Al rato, como no le venía, mojó dos dedos de su mano izquierda en la boca, se acarició el clítoris, y en nada le bañó la polla con una tremenda corrida.
Al acabar se quitó de encima y le dijo:
-Dejó de llover.
-Ponte a cuatro patas que van a caer chuzos de punta.
-No creo que llueva...
No dejó que acabara de hablar.
-Llover, pero no agua, lloverá leche dentro de tu coño.
En cuatro fines de semana llovió tanta leche que a los nueve meses Renata tuvo una niña.
Quique.





