Sinopsis:
Cuando Maro, su esposo, parte a una larga misión militar, Mar (35) se queda sola con sus dos hijos y su padrastro Griseo, un hombre autoritario y obsesionado con ella desde que era una adolescente. Lo que comienza como un chantaje brutal se convierte rápidamente en una pesadilla de dominación absoluta: Griseo le da a elegir entre someterse completamente a él o permitir que comience a corromper sexualmente a Mateo, su propio hijo de 18 años. Aterrorizada ante la idea de que su hijo sea convertido en un monstruo, Mar acepta convertirse en la puta familiar. Sin embargo, lo que no imaginaba era que Mateo descubriría todo… y que pronto se uniría con entusiasmo al “relevo generacional”. Ahora, entre humillaciones extremas, doble penetración, lactancia forzada y una degradación sin límites, Mar descubre con horror que su cuerpo traicionero anhela cada vez más la depravación a la que su padrastro y su propio hijo la someten.
CAPÍTULO 1: La elección de Mamá
POV: MAR
El mensaje llegó a las 10:47 de la noche.
“Despacho. Ahora. No me hagas esperar, hija.”
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Maro se había ido esa misma mañana a su misión de dos meses. Diego ya dormía profundamente en su cunita después de mamar, y Mateo había salido con unos amigos de la universidad. La casa estaba en silencio… demasiado silencio.
Bajé las escaleras descalza, con la bata de algodón bien cerrada sobre mi cuerpo. Mis senos seguían hinchados y pesados; todavía me goteaba leche aunque Diego había terminado hacía apenas una hora. Dos círculos húmedos ya se marcaban en la tela a la altura de mis pezones.
Entré al despacho de Papá con la cabeza baja. Ahí estaba él. Griseo. Mi padrastro. El padre de Maro. 57 años, piel morena, estatura baja pero con esa presencia de militar que nunca se le había quitado. Sentado detrás del escritorio de caoba, con una carpeta gruesa frente a él.
—Cierra la puerta —ordenó sin siquiera mirarme.
Obedecí.
—Siéntate.
Me senté frente a él, cruzando las piernas con fuerza. El corazón me latía en la garganta.
Papá abrió la carpeta lentamente y empezó a dejar caer fotos y pantallazos sobre la mesa. Eran mías. Decenas de ellas. Algunas de cuando tenía 19 años, otras de hace apenas unas semanas. Saliendo de la regadera. Amamantando a Diego en la sala. Tocándome desesperadamente en la cama mientras Maro estaba de misión. Incluso un video corto donde se me escuchaba gemir “más fuerte” mientras me masturbaba.
Sentí que el mundo se me caía a los pies.
—Papá… —susurré con voz temblorosa—. ¿De dónde sacaste…?
—Cállate —me cortó seco—. Llevo años vigilándote, Mariana. Desde que eras una pinche adolescente flaca que se mudó a esta casa con tu mamá. Te crié. Te di todo. Y mientras mi yerno Maro anda defendiendo a la patria, tú eres una puta que se moja viendo vergas en internet y se toca como perra en celo.
Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Quería desaparecer.
Papá se levantó y rodeó el escritorio. Se paró frente a mí. Con una mano me agarró fuerte del mentón y me obligó a mirarlo a los ojos.
—Ahora vas a escuchar con mucha atención, hijastra. Porque tienes exactamente dos opciones.
Tragué saliva.
—Opción uno: te conviertes en mi puta. Completa. Sin límites. Cada vez que Marose vaya de misión, este cuerpo me pertenece. Te voy a coger cuando me dé la gana, donde me dé la gana y como me dé la gana. Vas a aprender a servir a tu Papá como la puta que siempre has sido por dentro.
Sentí cómo uno de mis pezones soltaba un chorrito de leche solo por el miedo. La traición de mi propio cuerpo me dio asco.
—Opción dos —continuó con una sonrisa cruel—: Empiezo a entrenar a Mateo. Tu hijo ya cumplió 18 años. Es hora de que el relevo generacional empiece. Voy a convertir a tu propio hijo en el nuevo macho de esta casa. Le voy a enseñar a coger a su mamá, a usar tu boca, tu culo y esa pinche vagina que ya parió dos veces. Y tú vas a estar presente en cada lección.
El pánico me golpeó como un balde de agua fría.
—No… Papá, por favor… —supliqué entre sollozos—. A él no… Mateo es tu nieto… por favor…
Me apretó el mentón con más fuerza hasta que me dolió.
—Entonces elige, Mar. ¿Vas a dejar que tu propio hijo te folle como la puta de la familia… o vas a ser tú la que se arrodille y abra las piernas para tu padrastro como debe ser?
Me soltó el rostro y metió la mano sin permiso dentro de mi bata. Agarró mi seno izquierdo con fuerza y lo apretó brutalmente. Un chorro fuerte de leche salió disparado, mojando su muñeca y el piso de madera.
—Decídete rápido, hija. Porque si no eliges en los próximos veinte segundos, subo ahora mismo a la habitación de Mateo y comienzo su entrenamiento esta misma noche.
Sentí su verga dura presionando contra mi muslo a través del pantalón. Mis pezones estaban completamente erectos. Mi coño, el muy traidor, ya empezaba a palpitar.
Bajé la mirada, completamente derrotada, y con la voz rota por la vergüenza susurré:
—Yo… elijo yo, Papá.
Una sonrisa oscura y victoriosa se extendió por su rostro moreno.
—Buena decisión, hijastra.
Me levantó de golpe, me dobló con violencia sobre el escritorio y me subió la bata hasta la cintura de un tirón. Escuché cómo abría su pantalón. Sentí la cabeza gruesa, caliente y venosa de su verga vieja restregándose contra mi entrada ya mojada.
Me agarró del cabello con fuerza brutal y acercó su boca a mi oído:
—Y de ahora en adelante, cada vez que te esté partiendo el culo o el coño, solo me vas a llamar de una forma. ¿Entendiste?
Empujó con toda su fuerza. Su verga gruesa me abrió de golpe, metiéndose hasta el fondo de un solo golpe brutal. Grité contra la madera del escritorio.
—Papá… —gemí entre lágrimas y placer prohibido.
—Así me gusta, puta.
Empezó a cogerme con fuerza salvaje, haciendo que mis senos golpearan contra el escritorio y soltaran leche con cada embestida.
—Bienvenida a tu nueva vida, hijastra.
CAPÍTULO 2: Miradas desde la oscuridad
POV: MATEO
No se suponía que estuviera en casa tan temprano.
Había salido con los cuates pero la peda se puso aburrida rápido. Llegué como a las once y media, entré por la puerta de la cocina para no hacer ruido y subí a mi cuarto. Iba a ponerme los audífonos y ver algo de porno antes de dormir, como siempre.
Pero entonces escuché los gemidos.
Primero pensé que era mi mamá viendo televisión o algo… hasta que reconocí la voz. Era ella. Un gemido ahogado, casi como si estuviera llorando y gimiendo al mismo tiempo. Luego escuché la voz grave de mi abuelo:
—Así, puta… aprieta esa verga de Papá.
Se me heló la sangre.
Bajé las escaleras en silencio, descalzo, con el corazón a mil. La puerta del despacho de mi abuelo estaba entreabierta. Solo una rendija. Lo suficiente.
Y lo que vi me dejó paralizado.
Mi mamá estaba doblada sobre el escritorio, con la bata subida hasta la cintura y las panties rotas tiradas en el suelo. Sus tetas pequeñas y morenas colgaban pesadas, goteando leche con cada embestida brutal que le daba mi abuelo. Griseo la tenía agarrada del cabello como si fuera una yegua, follándola con fuerza salvaje. Su verga gruesa y venosa entraba y salía del coño de mi mamá, completamente mojada, haciendo un sonido obsceno con cada golpe.
—Mírate cómo estás, hijastra —gruñía mi abuelo sin dejar de cogerla—. Toda mojadita para tu Papá. ¿Esto es lo que querías en lugar de que entrene a tu hijo, verdad?
Mi mamá sollozaba pero movía las caderas hacia atrás, como si su cuerpo la traicionara.
—Sí, Papá… por favor… no a Mateo… yo… yo soy la puta… yo soy la que te tiene que servir…
Sentí que se me ponía dura. Muy dura. Ver a mi propia mamá siendo usada de esa forma, escucharla llamar “Papá” a mi abuelo mientras le chorreaba leche de las tetas… era lo más enfermo y excitante que había visto en mi puta vida.
Estaba tan concentrado mirando que no me di cuenta de que mi abuelo ya me había visto.
De repente levantó la mirada y me clavó los ojos directamente a través de la rendija de la puerta. No se sorprendió. Al contrario. Sonrió como el diablo.
Sin dejar de follar a mi mamá, le jaló el cabello con más fuerza y le habló al oído, lo suficientemente alto para que yo escuchara:
—Mariana… creo que tenemos público.
Mi mamá se tensó.
—¿Qué…?
—Mira hacia la puerta, puta.
Mi mamá giró la cabeza lentamente. Nuestras miradas se cruzaron a través de la rendija.
Nunca voy a olvidar su cara. Puro terror. Pura vergüenza. Pura humillación. Y aun así… su coño seguía contrayéndose alrededor de la verga de mi abuelo.
—Mateo… —gimió con la voz rota, casi sin aire—. No… por favor… vete, mi amor… vete…
Mi abuelo se rio y le dio una nalgada tan fuerte que retumbó en todo el despacho.
—Ni se te ocurra moverte de ahí, Mateo —ordenó sin dejar de bombear a mi mamá—. Ya viste lo que pasa aquí. Tu mamá eligió ser la puta de la familia para que yo no te entrene a ti. Pero ya es tarde. Ya estás viendo.
Sacó su verga del coño de mi mamá con un sonido húmedo y la obligó a arrodillarse frente a él. La verga brillaba con los jugos de ella y con leche. Mi mamá tenía la cara empapada de lágrimas y los senos chorreando.
—Ven, abre la puerta del todo, nieto —dijo mi abuelo mirándome fijamente mientras agarraba a mi mamá del cabello—. Entra. Es hora de que empieces a aprender el relevo generacional.
Mi mamá negó desesperadamente con la cabeza, sollozando.
—Papá… por favor… él no… es mi hijo… no lo hagas ver esto…
—Cállate —le ordenó Griseo, y le metió la verga hasta la garganta de un solo empujón. Mi mamá se atragantó, con arcadas, mientras la leche de sus tetas seguía cayendo al piso.
Yo estaba congelado. Mi verga palpitaba dentro de mis pantalones como nunca en mi vida.
Mi abuelo me miró con esa sonrisa oscura y perversa.
—¿Qué esperas, Mateo? Entra. Tu mamá ya empezó a pagar… y tú vas a ver exactamente cómo se hace.
Mi mano temblaba sobre el picaporte.
Sabía que si abría esa puerta ya no habría vuelta atrás. Ni para mi mamá… ni para mí.
Y aun así, con la verga dura y el corazón a punto de explotar, empecé a empujar la puerta.
CAPÍTULO 3: La primera lección
POV: MATEO
Empujé la puerta del despacho hasta que se abrió por completo. El corazón me retumbaba tan fuerte que parecía que me iba a reventar el pecho.
Mi mamá estaba de rodillas en el piso, con la bata completamente abierta, las tetas pequeñas y morenas chorreando leche por los pezones hinchados. Tenía la cara empapada de lágrimas, saliva y vergüenza. Mi abuelo la tenía agarrada del cabello con una mano mientras le metía la verga gruesa y mojada hasta el fondo de la garganta. Cada vez que empujaba, mi mamá se ahogaba y más leche le salía disparada de las tetas.
—Así se ve una verdadera puta, Mateo —dijo mi abuelo sin dejar de follarle la boca—. Mira bien. Esta es tu mamá. La misma que te daba de mamar cuando eras bebé. Ahora va a aprender a mamar verga de su propio hijo.
Mi mamá intentó decir algo, pero solo salió un sonido ahogado porque mi abuelo le tenía la polla metida hasta las amígdalas. Sus ojos se encontraron con los míos. Nunca había visto tanto terror y humillación en una mirada.
—Ven aquí, muchacho —ordenó Griseo—. Sácate la verga. Vamos a empezar tu primera lección.
Tenía las manos temblando tanto que apenas pude bajarme el cierre del pantalón. Cuando saqué mi verga, estaba más dura que nunca en mi vida. Morada, venosa y goteando precum. Tenía dieciocho años y nunca había estado tan excitado.
Mi abuelo sacó su verga de la boca de mi mamá con un sonido húmedo. Ella tosía y respiraba con dificultad, con hilos de saliva colgando de sus labios.
—No… Papá… por favor… —suplicó mi mamá con la voz destruida—. Es mi hijo… Mateo, mi amor, por favor no mires… vete…
—Cállate la boca —le gruñó mi abuelo, dándole una cachetada que le movió la cara—. Tú elegiste esto. Elegiste ser la puta de la familia para “protegerlo”. Pues ahora vas a protegerlo chupándole la verga como la buena madre que eres.
Me miró a mí con esa sonrisa enferma.
—Acércate, Mateo. Ponle la verga en la boca a tu mamá.
Di dos pasos tambaleantes hasta quedar frente a ella. Mi verga quedó a centímetros de sus labios. Podía sentir el calor de su aliento.
Mi mamá levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, llenos de lágrimas. Susurró casi sin voz:
—Perdóname, mi bebé…
Y entonces mi abuelo le empujó la cabeza hacia adelante con fuerza.
La boca caliente y mojada de mi mamá envolvió mi verga de golpe.
— ¡Joder! —gemí sin poder contenerme.
Era una sensación indescriptible. Cálida, húmeda, suave. La lengua de mi propia madre se movía torpemente alrededor de mi cabeza mientras mi abuelo la sujetaba del cabello y la obligaba a bajarla más profundo.
—Chúpalo bien, puta —le ordenó Griseo—. Es la verga de tu hijo. La verga que tú pariste. Muéstrale cuánto la quieres.
Mi mamá empezó a mover la cabeza, sollozando alrededor de mi polla. Cada vez que lloraba, la vibración me subía por toda la verga. Era lo más enfermo que había sentido en mi vida… y no quería que parara nunca.
Mientras tanto, mi abuelo se puso detrás de ella, le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió directo en el culo. Sin avisar, metió su verga gruesa otra vez en su coño de un solo empujón brutal.
Mi mamá gritó alrededor de mi verga. El grito vibró directo en mi glande.
—Así, hijastra —gruñó mi abuelo empezando a cogérsela con fuerza—. Tú chupas a tu hijo y yo te parto el coño. Esta es la nueva dinámica de la familia.
Empezó a follarla con golpes secos y violentos. Cada embestida empujaba a mi mamá más profundo sobre mi verga. Mis bolas le golpeaban la barbilla. La leche de sus tetas caía al piso formando charcos mientras sus tetas se balanceaban con cada golpe.
— MAMÁ… —gemí sin poder evitarlo. Se sentía tan pinche mal… y tan rico.
Mi abuelo se rio con esa risa oscura que me erizaba la piel.
—¿Escuchaste eso, Mar? Tu hijo ya te está llamando “mamá” mientras le chupas la verga. ¿No te da vergüenza, puta? ¿No te da vergüenza estar mamando al hijo que pariste mientras tu padrastro te llena el coño?
Mi mamá solo pudo sollozar más fuerte. Pero no se apartó. Al contrario. Empezó a chupar con más fuerza, como si ya se estuviera rindiendo. Su lengua subía y bajaba por toda mi verga mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Yo no aguantaba más. Sentía que me iba a correr en cualquier momento dentro de la boca de mi propia madre.
Mi abuelo se dio cuenta.
—No te vayas a correr todavía, Mateo —me advirtió sin dejar de partirle el culo a mi mamá—. Esta es solo la primera lección. Todavía falta mucho para que te corras dentro de ella.
Me miró con los ojos brillantes de pura maldad.
—Porque hoy vas a aprender a usar cada agujero de tu mamá… y Papá va a estar ahí para enseñarte cómo se hace.
CAPÍTULO 3: La primera lección
POV: MATEO
Empujé la puerta del despacho hasta que se abrió por completo. El corazón me retumbaba tan fuerte que parecía que me iba a reventar el pecho.
Mi mamá estaba de rodillas en el piso, con la bata completamente abierta, las tetas pequeñas y morenas chorreando leche por los pezones hinchados. Tenía la cara empapada de lágrimas, saliva y vergüenza. Mi abuelo la tenía agarrada del cabello con una mano mientras le metía la verga gruesa y mojada hasta el fondo de la garganta. Cada vez que empujaba, mi mamá se ahogaba y más leche le salía disparada de las tetas.
—Así se ve una verdadera puta, Mateo —dijo mi abuelo sin dejar de follarle la boca—. Mira bien. Esta es tu mamá. La misma que te daba de mamar cuando eras bebé. Ahora va a aprender a mamar verga de su propio hijo.
Mi mamá intentó decir algo, pero solo salió un sonido ahogado porque mi abuelo le tenía la polla metida hasta las amígdalas. Sus ojos se encontraron con los míos. Nunca había visto tanto terror y humillación en una mirada.
—Ven aquí, muchacho —ordenó Griseo—. Sácate la verga. Vamos a empezar tu primera lección.
Tenía las manos temblando tanto que apenas pude bajarme el cierre del pantalón. Cuando saqué mi verga, estaba más dura que nunca en mi vida. Morada, venosa y goteando precum. Tenía dieciocho años y nunca había estado tan excitado.
Mi abuelo sacó su verga de la boca de mi mamá con un sonido húmedo. Ella tosía y respiraba con dificultad, con hilos de saliva colgando de sus labios.
—No… Papá… por favor… —suplicó mi mamá con la voz destruida—. Es mi hijo… Mateo, mi amor, por favor no mires… vete…
—Cállate la boca —le gruñó mi abuelo, dándole una cachetada que le movió la cara—. Tú elegiste esto. Elegiste ser la puta de la familia para “protegerlo”. Pues ahora vas a protegerlo chupándole la verga como la buena madre que eres.
Me miró a mí con esa sonrisa enferma.
—Acércate, Mateo. Ponle la verga en la boca a tu mamá.
Di dos pasos tambaleantes hasta quedar frente a ella. Mi verga quedó a centímetros de sus labios. Podía sentir el calor de su aliento.
Mi mamá levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, llenos de lágrimas. Susurró casi sin voz:
—Perdóname, mi bebé…
Y entonces mi abuelo le empujó la cabeza hacia adelante con fuerza.
La boca caliente y mojada de mi mamá envolvió mi verga de golpe.
— ¡Joder! —gemí sin poder contenerme.
Era una sensación indescriptible. Cálida, húmeda, suave. La lengua de mi propia madre se movía torpemente alrededor de mi cabeza mientras mi abuelo la sujetaba del cabello y la obligaba a bajarla más profundo.
—Chúpalo bien, puta —le ordenó Griseo—. Es la verga de tu hijo. La verga que tú pariste. Muéstrale cuánto la quieres.
Mi mamá empezó a mover la cabeza, sollozando alrededor de mi polla. Cada vez que lloraba, la vibración me subía por toda la verga. Era lo más enfermo que había sentido en mi vida… y no quería que parara nunca.
Mientras tanto, mi abuelo se puso detrás de ella, le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió directo en el culo. Sin avisar, metió su verga gruesa otra vez en su coño de un solo empujón brutal.
Mi mamá gritó alrededor de mi verga. El grito vibró directo en mi glande.
—Así, hijastra —gruñó mi abuelo empezando a cogérsela con fuerza—. Tú chupas a tu hijo y yo te parto el coño. Esta es la nueva dinámica de la familia.
Empezó a follarla con golpes secos y violentos. Cada embestida empujaba a mi mamá más profundo sobre mi verga. Mis bolas le golpeaban la barbilla. La leche de sus tetas caía al piso formando charcos mientras sus tetas se balanceaban con cada golpe.
— MAMÁ… —gemí sin poder evitarlo. Se sentía tan pinche mal… y tan rico.
Mi abuelo se rio con esa risa oscura que me erizaba la piel.
—¿Escuchaste eso, Mar? Tu hijo ya te está llamando “mamá” mientras le chupas la verga. ¿No te da vergüenza, puta? ¿No te da vergüenza estar mamando al hijo que pariste mientras tu padrastro te llena el coño?
Mi mamá solo pudo sollozar más fuerte. Pero no se apartó. Al contrario. Empezó a chupar con más fuerza, como si ya se estuviera rindiendo. Su lengua subía y bajaba por toda mi verga mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Yo no aguantaba más. Sentía que me iba a correr en cualquier momento dentro de la boca de mi propia madre.
Mi abuelo se dio cuenta.
—No te vayas a correr todavía, Mateo —me advirtió sin dejar de partirle el culo a mi mamá—. Esta es solo la primera lección. Todavía falta mucho para que te corras dentro de ella.
Me miró con los ojos brillantes de pura maldad.
—Porque hoy vas a aprender a usar cada agujero de tu mamá… y Papá va a estar ahí para enseñarte cómo se hace.
CAPÍTULO 4: Doble penetración
POV: GRISEO (Papá)
Ver a mi hijastra arrodillada, con la boca llena de la verga de su propio hijo, me ponía más cabrón que nunca. La puta estaba llorando, babeando y gimiendo al mismo tiempo, mientras Mateo gemía como un pendejo de dieciocho años que nunca había sentido una boca decente.
Ya era suficiente calentamiento.
—Basta —ordené con voz ronca, sacando mi verga del coño empapado de Mar de un jalón—. Ya es hora de acelerar esto, hijastra. El relevo generacional no se hace a medias.
Mar levantó la mirada, con los labios hinchados y brillosos de saliva y precum de su hijo. Tenía los ojos rojos y llenos de pánico.
—Papá… por favor… ya no —suplicó con voz quebrada—. Esto ya está demasiado lejos… es mi hijo…
Le di una cachetada fuerte que le movió la cara.
—Cállate la pinche boca. Tú elegiste esto. Ahora vas a tomar verga de los dos hombres de esta casa al mismo tiempo. Levántate.
La agarré del brazo con fuerza y la jalé. Sus tetas pequeñas seguían chorreando leche, dejando un camino húmedo en el piso del despacho. La puse de pie frente a Mateo, que estaba ahí parado con la verga tiesa, goteando, mirando todo como si no pudiera creer lo que estaba pasando.
—Quítate la bata completa, puta. Quiero ver ese cuerpo de madre que crié.
Mar obedeció temblando. La bata cayó al suelo. Ahí estaba: menuda, esbelta, piel morena, tetas pequeñas pero llenas de leche, el coño depilado y brilloso de lo mojada que estaba. Una verdadera puta familiar.
Me senté en el sillón grande de cuero y jalé a Mateo del brazo.
—Siéntate aquí, muchacho. Abre las piernas.
Mateo obedeció, todavía en shock. Se sentó en el sillón con la verga apuntando al techo. Bien dura. Más grande de lo que esperaba para su edad.
—Ahora tú, hijastra —dije agarrando a Mar del cabello y poniéndola a horcajadas sobre su propio hijo—. Vas a sentarte despacito en la verga de Mateo. Vas a meterte la verga de tu hijo en el coño hasta el fondo. ¿Entendiste?
Mar negó con la cabeza, llorando.
—Papá… no puedo… es mi bebé… por favor…
Le di una nalgada brutal en el culo.
—¡Hazlo! ¡Ahora!
Entre sollozos, Mar se agarró de los hombros de Mateo y empezó a bajar. Vi perfectamente cómo la cabeza gruesa de la verga de su hijo separaba los labios morenos de su coño. Centímetro a centímetro, la verga de Mateo desapareció dentro de la vagina que lo había parido dieciocho años atrás.
— ¡Ay, Dios mío! —gimió Mar cuando estuvo completamente sentada, empalada en la verga de su hijo.
Mateo echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y gutural.
—Mamá… estás tan apretada… joder…
Yo sonreí con pura satisfacción enferma. Me escupí en la mano, me unté bien la verga y me coloqué detrás de Mar. Le abrí las nalgas con las dos manos. Su culito moreno se contrajo cuando sintió la cabeza de mi verga vieja y gruesa presionando contra su ano.
—Relájate el culo, hija —le susurré al oído mientras le mordía el lóbulo—. Hoy vas a tomar verga de tu hijo en el coño… y verga de tu Papá en el culo al mismo tiempo. Esta es tu nueva realidad.
Empujé.
El culo de Mar era estrecho y caliente. Tuve que hacer fuerza para meter la cabeza. Ella gritó fuerte, clavando las uñas en los hombros de Mateo.
— ¡Papá! ¡Me duele! ¡Por favor, sácala!
—No —gruñí, empujando más profundo—. Aguántala, puta. Aguántala como la buena hijastra que eres.
Poco a poco, centímetro a centímetro, metí toda mi verga en el culo de Mar hasta que mis huevos chocaron contra ella. Ahora sí estaba completamente llena. Coño lleno con la verga de su hijo. Culo lleno con la verga de su padrastro.
—Muévanse —ordené.
Empecé a follarla por el culo con embestidas fuertes y profundas. Cada vez que yo empujaba, la verga de Mateo se clavaba más adentro de su coño. El roce entre nuestras vergas a través de la delgada pared era brutal.
Mar estaba perdida. Lloraba, gemía y gritaba al mismo tiempo.
— ¡Papá! ¡Mateo! ¡Por favor…! ¡Me están partiendo…! ¡Ay, Dios…!
—Diles cómo se siente, puta —le exigí mientras le daba nalgadas fuertes—. Diles lo que eres.
Entre sollozos y gemidos rotos, Mar logró balbucear:
—Soy… soy la puta de Papá… y de mi propio hijo… Estoy llena de verga… de los dos… ¡Me están cogiendo los dos al mismo tiempo!
Mateo ya no aguantaba. Tenía la cara enterrada entre las tetas de su mamá, chupando leche sin que yo se lo ordenara. Bebía de su propia madre mientras la cogíamos.
Yo sentía que se me hinchaban los huevos. Esta imagen era demasiado: mi hijastra de 35 años, madre lactante, siendo doblemente penetrada por su padrastro y su propio hijo al mismo tiempo.
Aceleré el ritmo, cogiéndole el culo con fuerza salvaje.
—Esto es solo el principio, Mar —gruñí cerca de su oído—. De ahora en adelante, cada vez que Maro se vaya… los dos te vamos a usar. Juntos. Como la puta familiar que siempre debiste ser.
Sentí que me iba a correr.
—Prepárate, hijastra… Papá te va a llenar el culo mientras tu hijo te llena el coño.
CAPÍTULO 5: El primer doble creampie
POV: MAR
Estaba completamente llena.
Sentada sobre mi propio hijo, con su verga gruesa y joven enterrada hasta el fondo de mi coño, mientras Papá me partía el culo con su verga vieja y gruesa. Los dos al mismo tiempo. Los dos moviéndose dentro de mí como si quisieran romperme.
Mi cuerpo ya no me pertenecía.
— ¡Ay, Dios mío…! —gemí rota, con la frente pegada al hombro de Mateo.
Cada embestida de Papá empujaba mi cuerpo hacia abajo, haciendo que la verga de mi hijo se clavara más profundo en mi vientre. Sentía cómo sus dos pollas se rozaban dentro de mí, separadas solo por una delgada pared. Era demasiado. Demasiado grueso. Demasiado profundo. Demasiado prohibido.
—Estás temblando como perra en celo, hijastra —gruñó Papá detrás de mí, cogiéndome el culo con golpes brutales y secos—. ¿Te gusta sentir la verga de tu hijo en tu pinche madre-cuna?
No quería contestar. No quería admitir nada.
Pero mi cuerpo me traicionaba otra vez.
Mis paredes vaginales se contraían sin control alrededor de la verga de Mateo. Mis pezones soltaban leche sin que nadie los tocara, mojando el pecho de mi hijo. Y mi clítoris… mi maldito clítoris palpitaba como si tuviera vida propia.
Mateo tenía la cara enterrada entre mis tetas, chupando con desesperación. Bebiendo mi leche mientras me cogía. Mi propio hijo. Mi bebé.
— Mamá… estás tan caliente por dentro… —gimió contra mi piel, con la voz ahogada—. No voy a aguantar…
—Ni yo —gruñó Papá, acelerando el ritmo, follándome el culo como un animal—. Esta puta ya está a punto de correrse. Se le está escurriendo el coño alrededor de tu verga, Mateo.
Tenía razón.
Sentía que algo enorme se estaba formando en mi vientre. Una presión caliente, asquerosa y deliciosa al mismo tiempo. Quería llorar de vergüenza, pero mi cuerpo pedía más. Mis caderas empezaron a moverse solas, bajando con fuerza sobre la verga de mi hijo mientras Papá me reventaba el culo.
— ¡No…! ¡Por favor… no me vengan adentro…! —supliqué entre gemidos rotos.
Pero mis palabras sonaban falsas incluso para mí.
Papá se rio con esa risa oscura que tanto odio y me agarró del cabello, jalándome la cabeza hacia atrás.
—Te vas a tragar hasta la última gota, puta. Tu hijo te va a llenar el coño y Papá te va a llenar el culo. Y después… vas a expulsarlo todo para que veamos lo que le hicimos a tu cuerpo de madre.
Eso fue lo que me rompió.
El orgasmo me golpeó como un camión.
Empecé a convulsionar entre los dos, gritando como loca. Mi coño se contrajo con tanta fuerza alrededor de la verga de Mateo que lo sentí palpitar dentro de mí. Y entonces pasó.
Empecé a squirtear.
Un chorro caliente y fuerte salió disparado de mi coño, mojando el abdomen de Mateo, el sillón y el piso. No podía parar. Chorros y chorros salían mientras ellos seguían follándome sin piedad.
— ¡Mírenla! —rugió Papá triunfante—. ¡La puta está squirteando mientras su hijo y su padrastro la llenan! ¡Qué vergüenza, Mar!
Mateo fue el primero en correrse.
— ¡Mamá…! ¡Me voy a correr…!
Sentí cómo su verga joven se hinchaba dentro de mí y luego explotaba. Chorros calientes y espesos de semen de mi propio hijo me inundaron el útero. Una, dos, tres, cuatro descargas fuertes y profundas.
Casi al mismo tiempo, Papá soltó un gruñido animal y se enterró hasta el fondo de mi culo.
— ¡Toma, hijastra! ¡Toma la leche de Papá!
Su verga vieja empezó a disparar dentro de mi recto. Sentí cada pulsación, cada chorro caliente llenándome el culo. Ambos se corrían dentro de mí al mismo tiempo. Mi hijo en mi coño. Mi padrastro en mi culo.
Estaba completamente llena de semen familiar.
Cuando terminaron, me quedé temblando entre los dos, gimiendo bajito, con el cuerpo bañado en sudor, leche y mis propios squirts.
Papá fue el primero en salir de mi culo. Escuché un sonido húmedo y obsceno. Luego me levantó de la verga de Mateo con rudeza. El semen de los dos empezó a escurrir de inmediato por mis muslos.
—Al piso —ordenó Papá—. En cuatro patas. Ahora vas a expulsarlo todo para que tu hijo y yo lo veamos.
Me puse en cuatro sobre el piso frío del despacho, todavía temblando del orgasmo más fuerte y humillante de mi vida. Tenía el culo y el coño completamente abiertos, palpitando.
—Empuja, puta —dijo Mateo, hablando por primera vez con esa nueva voz oscura que no reconocí.
—Quiero ver cómo sale el semen de tu hijo de tu coño —añadió Papá.
Cerré los ojos, muerta de vergüenza… y empujé.
Primero salió del culo. Un chorro espeso y blanco de semen de Papá cayó al piso con un sonido húmedo. Después, de mi coño empezó a salir más semen, esta vez el de Mateo. Más líquido, más abundante. Chorreaba de mí como si fuera una fuente.
Los dos se quedaron ahí, mirándome. Observando cómo su semen salía de mi cuerpo.
—Qué puta más asquerosa estás hecha —dijo Papá con satisfacción—. Acabas de squirtear como una perra mientras tu hijo te llenaba el vientre. ¿Te gustó, verdad?
No contesté.
Pero mi coño volvió a contraerse y soltó otro pequeño chorro de squirt mezclado con semen.
Mateo se rio bajito.
—Mamá… estás volviendo a mojar el piso.
Bajé la cabeza, completamente destruida, excitada y humillada hasta lo más profundo.
Ya no había regreso.
CAPÍTULO 6: El cierre definitivo
POV: MAR
Estaba tirada en el piso del despacho como un trapo usado.
Mi coño y mi culo aún palpitaban, abiertos, rojos e hinchados. El semen espeso de mi hijo y de Papá seguía saliendo lentamente de mí, formando un charco blanco y viscoso debajo de mi cuerpo. Mis tetas colgaban pesadas, goteando leche que se mezclaba con el semen en el piso. Temblaba sin control.
Ya no podía llorar más. Ya no me quedaban lágrimas.
Papá se sentó en su sillón como el rey de este infierno que acababa de crear. Su verga aún semi-dura brillaba con restos de mi culo. Mateo estaba de pie a su lado, mirándome con una expresión que ya no era de shock… era de hambre. La misma mirada oscura que tenía su abuelo.
—Esto ya no tiene reversa, hijastra —dijo Papá con voz calmada y cruel—. Maro regresa en dos meses. Para entonces, tú ya vas a estar completamente entrenada. Vas a ser nuestra puta las 24 horas del día cuando él no esté. Y cuando él esté… aprenderás a esconderlo.
Se inclinó hacia adelante, mirándome con esos ojos fríos.
—Mateo ya probó tu coño y tu boca. Mañana por la noche va a probar tu culo. Y en menos de una semana, los dos te vamos a coger al mismo tiempo todos los días. En tu cama matrimonial. En la cocina. En la habitación de Diego. Donde se nos dé la gana.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
Pero lo peor… lo más enfermo… es que mi coño volvió a contraerse solo de escuchar sus palabras. Otro pequeño chorrito de semen mezclado con mi propia humedad cayó al piso.
Papá se dio cuenta, por supuesto.
—Mírate —se burló—. Ni siquiera puedes controlarte. Tu cuerpo ya entendió cuál es su lugar. Eres la puta de tu padrastro y de tu propio hijo. La madre de la familia que abre las piernas y las tetas para los hombres de esta casa.
Mateo se acercó. Se arrodilló frente a mí y me levantó la cara con una mano. Ya no parecía mi niño. Parecía… un hombre. Un hombre que acababa de descubrir el poder que tenía sobre su madre.
—Mamá… —dijo con voz baja y cargada—. Quiero que me mires a los ojos y digas la verdad.
Tragué saliva. Mi voz salió rota, débil, derrotada:
—Soy… la puta de mi hijo… y de mi Papá.
Mateo sonrió. La misma sonrisa oscura de Griseo.
—Buena mamá.
Papá se levantó y tomó su teléfono. Empezó a grabarme mientras yo seguía tirada en el piso, chorreando semen de ambos agujeros.
—Esto es solo el comienzo, Mariana. Vamos a grabar todo. Cada vez que te cojamos. Cada vez que te llenemos. Cada vez que te hagamos squirt como la perra que eres. Y si alguna vez se te ocurre contarle algo a Maro… todo esto va a terminar en internet. Incluyendo los videos donde llamas “Papá” a tu padrastro mientras tu hijo te llena el vientre.
Se acercó y me escupió en la cara.
—Ahora levántate. Ve a tu habitación, dúchate y duerme con el semen de tu hijo y de tu Papá todavía dentro de ti. Mañana por la noche continuaremos tu entrenamiento.
Me arrastré como pude hasta ponerme de pie. Las piernas me fallaban. Sentía cómo más semen se escurría por mis muslos con cada paso.
Antes de salir del despacho, Papá habló por última vez:
—Una cosa más, hijastra.
Me detuve en la puerta, sin voltear.
—Desde hoy… cuando estemos solos los tres… ya no nos vas a llamar ni “Papá” ni “Mateo”.
Hizo una pausa larga y perversa.
—Nos vas a llamar Amo.





