La Libertad II_10: ...
 
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La Libertad II_10: me pierden las pollas de los primos...

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laualma
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Iniciador del debate   [#1378]

Regreso después de tanto tiempo a tratar de poner fin a una historia cuyo final me ha marcado de tal forma que no soy capaz de contarlo. Pero os lo debo, lectores, os debía este final, aunque sea a modo de un resumen veloz e incompleto como el que os doy y, sobre todo, os debo poder contar luego la continuación de esta historia, que es mi vida. Soy consciente de que este relato solo interesará a quienes puedan estar siguiendo mi historia completa, quizás el resto pueda saltárselo o leerlo en diagonal, y pasar directamente a la siguiente parte de la historia (La Libertad III) que voy a empezar a publicar ya. Arrancará suave también, pero una vez pasados los dos o tres primeros capítulos espero que el nivel de escenas explícitas y de un contenido sexual capaz de saturar el ambiente sea capaz de poneros vuestros clítoris y vuestras pollas completamente a tono para mí. Y que me lo contéis.

Besos y lengüetazos, no sabéis lo que agradezco y lo cachonda que me pone saber que me leéis...

 

 

LIBRO 2. PENETRACIÓN. CAPÍTULO IV. TERCER DÍA

entrega: carlos + sacrificio: los dos. anales. verano. lucas.

 

Hola a todos. Sé que llevo desaparecida mucho tiempo, y sé que he dejado colgada no sé si a mucha gente, pero al menos sí a un puñado de personas, ese extraño grupo que, por algún motivo, habéis tenido las ganas y la paciencia de leerme. Muchos me habéis contactado a través del correo, y entre juegos y flirteos, casi todos me habéis llegado a preguntar alguna vez por la continuación de la historia, por mi desaparición, por qué dejé de publicar…

 

A todos os he contado lo mismo.

 

Hay historias que nacen de dentro, hay historias que son como una cura o surgen como una necesidad. En mi caso, esta historia es mi vida, pero la decisión de ponerme a contarla, de buscar compartirla abiertamente con vosotros, gente de mente abierta y gustos voraces como yo, fue en un momento una necesidad tan implacable para mí que me puse a escribir y no pude dejar de hacerlo. Todo lo que pasó, pasó como un huracán sobre mí, arrollándome y revolcándome para cambiarme por completo. Bueno, creo que no puedo decir por completo, porque cuando comienza esta historia, como ya os he contado, yo ya llevaba mucho camino andado. Pero lo que pasó aquellos días, lo que pasó el verano siguiente y el año que vino después… todo aquello me hizo entender de verdad cuál era mi camino y quién era yo. Y me ayudó a, sencillamente, dejar atrás cualquier atadura y seguir, completamente libre, el rumbo que quería seguir en mi vida.

 

Todo pasó demasiado rápido, y los acontecimientos posteriores fueron también tan precipitados que no pude reflexionar seriamente sobre lo que me había pasado hasta mucho después. Solo cuando, por fin, pude frenar un poco, me di cuenta de la inmensidad de lo que había hecho, de cómo me había transformado íntimamente para, por fin, liberarme de todo. Y esa reflexión vino acompañada, como algo natural, con ponerme a escribir y tratar de reflejar todo aquello que había removido mis entrañas de una manera tan definitiva. Yo ya había escrito antes, alguna vez me daba por ahí, y relataba encuentros sexuales que me habían marcado de alguna manera, o desvariaba dejándome llevar incluso por alguna fantasía que entremezclaba con mis experiencias eróticas reales. Pero, la primera vez que escribí, fue precisamente en respuesta a otro gran momento iniciático en mi vida sexual, cuando me lié por primera vez con una mujer, y aquello desencadenó en mí una oleada de erotismo tan intensa que acabé probando en pocos días tríos de diversos tipos, sexo oral, juegos anales y diversas experiencias de todo tipo, que ahora me resultan absurdamente ingenuas, pero que entonces abrieron todo un mundo nuevo para mí. Después de todo aquello, me encontré un día escribiendo sin parar para tratar de relatar todo aquello que tan profundamente me había conmovido, en mi sexualidad y en mi propia forma de ser y vivir. Descubrí que el sexo me había cambiado, y tenía que escribirlo para conseguir entender el por qué, y averiguar cómo poder vivir con ello, y cómo llegar a más, si ése era el caso.

 

Aquella historia nunca se la llegué a enseñar a nadie. Ni siquiera cuando, de manera puntual, me decidí a publicar anónimamente otras historias aisladas en alguna web. Tiempo después, cuando ya había pasado la historia que he narrado en esta serie de La Libertad, volví a sentir aquella necesidad de sentarme a escribir, de desnudarme y vaciarme por completo. La experiencia de escribir fue casi tan arrolladora como la propia realidad que narro. Volver a pensar todo aquello, interiorizarlo y expulsarlo así, en negro sobre blanco en la pantalla de mi ordenador. Puedo confesar sin rubor que he escrito casi toda la serie completamente desnuda. A veces me sentaba a escribir directamente así, pero si no lo hacía en cada capítulo mi ropa iba desapareciendo siempre a medida que la acción avanzaba y me sumergía en alguno de los encuentros sexuales con mis primos que os he contado. Había días que escribía sin parar, hasta caer agotada de cansancio mental y físico, pues la escritura se mezclaba de forma continua con masturbaciones en las que utilizaba todo mi arsenal de consoladores , satisfyer y aparatos de todo tipo. Las letras que habéis leído han sido ampliamente regadas con mis flujos en todas y cada una de las palabras de esta historia.

 

Debo decir que, realmente, empecé a escribirla por el final: esto es, la tercera parte, o Libro III, al que titulé “EPÍLOGO: LIBERACIÓN”, porque he de decir que lo más importante no pasó esos días en que caí y me dejé follar por mis dos primos (los Libros I y II de mi historia, “Apertura” y “Penetración”), sino que en realidad el vuelco en mi vida y en mi forma de pensar, mi liberación sexual más radical y absoluta, no ocurriría hasta el verano siguiente, después de un largo año de dudas y remordimientos absurdos. Llegué a escribir ese libro casi entero, cuando tomé la decisión de publicarlo todo. De alguna manera, entendí que para que mi liberación fuese completa, necesitaba exhibirla públicamente. Mi entorno privado tiene muy poco conocimiento real de todo esto, salvo quienes forman parte de la historia, y en su mayoría solo en la parte que realmente comparten conmigo.

 

Siempre he tenido esa faceta exhibicionista. Me gusta enseñar mi cuerpo, disfruto como una loca en una playa nudista, pero he de reconocer que esta pequeña manía suele ir bastante más allá. Quienes me tratan con una cierta intimidad saben bien de lo que hablo, y tienen ya interiorizado que, cuando están conmigo, puedo perder los papeles, y hasta la última prenda de ropa, con completa facilidad. Supongo que, por ello, me resultaba tan necesario de repente exhibir esa otra intimidad más profunda mía que estaba escribiendo. Así que, sin planearlo en absoluto, me puse a escribir La Libertad desde el principio. Quienes habéis llegado hasta aquí sabéis que ha sido muy largo. El proceso de escritura lo ha sido, claro, y entiendo que también la lectura para quien realmente haya podido hacerla completa, cosa que os agradezco profundamente. Aunque, por lo que me habéis contado muchos y muchas, creo que quien ha dedicado tiempo a leerme lo ha disfrutado también; creedme que he recibido como un inmenso premio cada una de esas corridas, cada una de esas pajas que me habéis contado que os habéis hecho leyéndome, deseándome, imaginando que erais uno de mis primos recorriendo mi cuerpo con vuestras manos, jugando con mi sexo y mi deseo hasta hacer que yo también me corriera con vosotros.

 

Sois precisamente vosotros, quienes me habéis escrito preguntando por qué había dejado de escribir y qué pasaba con la continuación del relato, pero también quienes sin haberme escrito, por el motivo que sea, habéis podido tener esa misma inquietud al respecto de mi repentina desaparición, sois vosotros, decía, el motivo de que vuelva aquí ahora a rendir cuentas y a tratar de poner fin al relato de aquella noche mágica y trascendental en que desvirgué a mis dos primos dejándome por fin follar por ellos. Pero, antes de ello, os debo también una explicación respecto a estos años de silencio, que creo que explicará este extraño texto que os escribo ahora, a modo de carta o confesión (más bien petición de perdón). Como ya he dicho, quien me ha preguntado de manera directa ha recibido ya respuesta, todos la misma. En primer lugar, y como ya he explicado, el proceso de escritura de mi historia fue tan exigente para mí, física y mentalmente, que he de confesar que llegué a este punto agotada, tanto como lo llegué a estar en aquellos días en que la voracidad sexual de mis primos me tuvo sometida y entregada como seguramente no he vuelto a estar en la vida, ni desde luego había estado antes, aunque solo fuera por esa demoledora sensación de haber quedado al margen de toda moralidad convencional, al margen de mi familia, al margen de la sociedad. Si pensáis que reviví cada momento, cada orgasmo de esta historia (no olvidéis además que empecé a escribir la tercera parte primero, aún más plena en escenas sexuales que estas dos que ya os he publicado), no una sino varias veces, os podéis hacer una idea de mi estado.

 

A ello hay que añadir que en aquel momento se estaban produciendo ciertos cambios importantes en mi vida que, de repente, mi privaron del tiempo necesario para desarrollar esta escritura (o más bien me llenaron ese tiempo que una vida anterior, rémora de mi vida previa al encuentro sexual con mis primos, había mantenido vacío). La falta de fuerzas, junto con la falta de tiempo, fueron el sencillo y único motivo de que cortase la publicación de estos relatos. De repente, me había quedado sin materia prima que publicar, ya que aunque, como digo, tengo casi la tercera parte completa esperando a ver la luz para vosotros, un necesario rigor cronológico me obligaba a publicar primero el desenlace de esta segunda parte. Desenlace crucial, por otro lado, ya que comprendía el ansiado momento en que mi querido primo Carlos por fin me penetraba con su inmensa tranca, así como las posteriores consecuencias de todo aquello en los meses siguientes, pero particularmente en aquella misma noche, que terminó con mi cuerpo y mi mente completamente entregada, sin límite ni filtro alguno, al apetito sexual desatado de aquellos jóvenes, de aquellos niños, salvajemente recibidos en la edad adulta por mi propia fogosidad llevada al éxtasis.

 

Y es que, de hecho, el relato en sí de lo que pasó aquella noche ha actuado siempre en mí como un verdadero tapón a la hora de tratar de recuperar la escritura y el relato de lo sucedido después. A pesar de lo arduo de la tarea para mí, he intentado en varias ocasiones retomar el proceso, porque os lo debía y, sobre todo, porque creo que los capítulos ya escritos de la Tercera Parte merecen ver la luz (en serio que diría sin temor a equivocarme que contienen escenas de alto contenido erótico, a un nivel superior al de aquellos relatos más sexuales que puedan llegar a encontrarse en esta web). Sin embargo, cada intento de dar forma a un relato escrito de aquella noche ha sido como estamparme contra una pared. Una y otra vez. Reflexionando sobre ello, me doy cuenta que, realmente, lo que hicimos aquella noche fue una enormidad en términos absolutos. Que tres personas, familiares en primer grado y con un trato de especial cercanía hasta entonces, contando además con que ellos dos eran plenamente vírgenes e inexpertos (y Pablo lo era total y absolutamente, por descontado), cayéramos en la espiral de sexo desatado en la que nos vimos envueltos durante varias horas seguidas, en la que únicamente obedecimos a nuestros instintos más primarios, ya es algo que, hasta para mí, resulta un reto enorme poder transmitir por escrito. Nunca he tenido pelos en la lengua (bueno, solo cuando como uno de esos sexos peludos que me encantan, pero nunca cuando hablo jijijiji), por lo que no era precisamente el lenguaje lo que me detenía. ¿Cómo deciros entonces lo que me pasaba?

 

Sencillamente, me veo incapaz de llegar a transmitir siquiera una mínima parte de las arrolladoras sensaciones que experimentamos los tres aquella noche. Cada vez que me ponía a escribirlo, mi relato me parecía hueco, vacío, insulso, infantil, comparado con ese recuerdo de la realidad de aquella noche, que todavía me pone el vello de punta y me hace mojar copiosamente las braguitas cada vez que me pongo a recordarlo. Sí, tan tonto como eso, no me veo suficientemente buena como para dar forma a una historia consistente que explique todo lo que pasó, lo que vivimos, lo que sentimos, lo que se rompió en mí aquella noche y cómo nos transformamos cada uno de los tres por el encuentro sexual compartido entre nosotros.

 

Esta es mi explicación, mi rendición de cuentas. Ahora que la leo, me parezco absurda, infantil. Pero sé que, si borrara estas líneas y comenzara a relatar de nuevo lo que pasó cuando mi primito Pablo rodó de mi cuerpo, vaciando mi vagina destrozada de su pene flácido y complacido después de haber conseguido follarme tras una persecución implacable durante varios días, volvería a encontrarme con ese muro frío, ciego, infinito, eterno.

 

¿Qué hacer entonces? ¿Desaparecer para siempre, disolverme sin más en el olvido de internet? Lo habría hecho, pero habéis seguido escribiendo. No me lo explico, pero durante todos estos años me habéis leído y, muchos y muchas, me habéis escrito felicitando, preguntando, pidiendo. Con varios de vosotros y vosotras he llegado a vivir momentos bonitos, calientes o abiertamente sexuales a través de los correos. No podía dejaros sin más. Y tampoco quería que lo ya escrito de la Tercera Parte quedara encerrado en un disco duro perdido en un armario.

 

Os pido perdón, os suplico de rodillas, desnuda y con lágrimas en los ojos que perdonéis esta desaparición imperdonable, debida únicamente a mis limitaciones como escritora. Este texto marca el punto de partida para la publicación de la Tercera Parte. Al menos, de lo que ya llevo escrito, que es aproximadamente un 80% del total. No sé si algún día terminaré esa parte de la historia tampoco, aunque ya no será tan trascendental, creo.

 

Ahora bien, antes de abrir el grifo a esa Tercera Parte, os tengo que poner en antecedentes mínimamente. Aunque sea a modo de guión, os debo contar aquella noche. La noche en que todo pasó. En la última entrega que publiqué (la número 9 de La Libertad II, ya entrando en el final de la Segunda Parte), llegué a contar detalladamente mi rendición final ante el pequeño Pablo. Cada vez que pienso en ése momento… mi primito, mi niño, me había parecido hasta aquel día tan infantil todavía. Y sin embargo, solo al tenerle dentro por primera vez aquella noche, logré entender verdaderamente lo que es un hombre. Esa última entrega termina con nosotros dos follando, desatados, imparables aún a pesar de la pillada que nos hizo Carlos, el hermano “mayor” al entrar en su casa. Pero ni el pánico por haber sido descubierta, ni lo inadmisible de mi entrega a Pablo ni mi deseo ya para nada oculto de follarme al mayor de los dos hermanos me hizo parar. Tampoco Pablo paró, ya que por supuesto ni se enteró de la llegada de su hermano, entregado por completo como estaba a hundirse dentro de mi cuerpo. Así que yo me dejé follar, abierta, puta, perdida, buscando un orgasmo tras otro como una constelación de estrellas. Pablo siguió hasta vaciarse, dentro de mí.

 

Cuando recuperé la consciencia, mi primo había resbalado fuera de mí, rodando agotado a mi lado. Yo me levanté, trastabillando. La voz gangosa, llorosa, estúpida de Carlos resonaba en mi cabeza: “Joder… estáis follando… joder, joder, ¡qué puta, Laura!”. El cuerpo de Pablo, ovillado y desnudo en el suelo mojado, brillante su piel de mis flujos, hermosísimo su largo siempre aunque flácido pene, su cara de niño. Parecía todavía más pequeño de lo que en realidad era, y eso me hizo multiplicar el cargo de conciencia que cayó sobre mí como una losa repentina. Estuve a punto de vomitar. Pero una fuerza más poderosa me hizo reponerme, pasar sobre aquel cuerpo infantil que acababa de profanar sin el menor pudor, y avanzar hacia el pasillo. Después de lo que Carlos me acababa de ver hacer, ya nada tenía sentido ocultar. Yo había perdido el pudor, había perdido las formas, me había perdido el respeto. Y, sin embargo, solo pensaba en follarle. Esa polla de otro mundo de Carlos iba a ser mía. Aunque tuviera que violarle, y me veía capaz de hacerlo.

 

Rápidamente, os puedo decir que no fue ni mucho menos necesario. Cuando entré en su habitación él lloraba desnudo, acuclillado en el suelo junto a la cama, desnudo y bello como solo un adolescente de su edad podía serlo, mil veces más desnudo y más bello que ninguno con su enorme y perfecto falo erguido apuntando firme hacia el techo, con una verticalidad insultante y una dureza prodigiosa, que él acariciaba con sus largos dedos mientras repetía mi nombre. No hablamos, no dijimos nada. Avancé hacia él, me monté sobre su cara, que le obligué a meter entre mis piernas, me dejé caer sobre él y me froté sobre su rostro. Él abrió la boca instintivamente, buscando mi vagina abierta como un pozo aún tras la follada de Pablo. Le escuché tragar mis mares de flujo mezclados con el esperma furioso de su hermano que goteaba desde el interior de mi cuerpo. Disfruté de los primeros orgasmos provocado abiertamente por él, mientras sus manos me iban reconociendo el cuerpo ya sin miedo, ya sin pudor, ya sin escondernos, y sus dedos me follaban todo agujero que podían encontrar.

 

Orgasmo tras orgasmo, perdí la noción del tiempo, y perdí también la determinación que me había llevado hasta allí. El problema era la incapacidad de mi primo, virgen e inexperto, que por excitado que estuviera no era capaz de dar el siguiente paso, entre otras cosas porque ni siquiera sabía qué paso tenía que dar. Inesperadamente, fue su hermano pequeño el que volvió a desbloquear la habitación. Una vez más reapareció Pablo, al que yo ya había dado por amortizado de por vida después de nuestro primer polvo. Parece mentira que yo, a esas alturas, no lo hubiese entendido. Pablo siempre ha tenido un instinto sexual innato. Él sí sabía siempre lo que había que hacer, en todo momento. Y no se cansaba: siempre reaparecía. Y seguiría reapareciendo durante los meses siguientes, por mucho que yo me fuera a afanar todavía en tratar de sepultar su deseo por mí, y mi propio deseo por él que, como el tiempo demostraría, acabaría siendo inmensamente mayor.

 

Como digo, fue Pablo el que me tomó entre sus brazos, metiendo sus manos entre mi coño y la boca de Carlos que lo había aprisionado, sacando su larga y babosa lengua de mi interior, y recolocando mi sexo abierto sobre el capullo inflado de su hermano mayor. No tuvo ni que empujarme. Un niño como él era incapaz de sujetar el peso de mi cuerpo, que cayó muerto sobre la brutal tranca del mayor de los hermanos. Así empezamos a follar. Así entendió por fin Carlos lo que tenía que hacerme.

 

No. No soy capaz de contar lo que fue aquello. No hay palabras para describir un polvo con Carlos. Y menos aquel polvo. El primero. Pablo no dejó de meterse entre nosotros, dándome su pollón recuperado a comer, duro y tieso como un palo, largo, inexplicable para su edad. Pero simplemente quería eso, mi boca en su polla, su querida prima sin dejar ya nunca de darle placer, de hundirle en el sexo más explícito y descarnado. Lo hacía ahora, por primera vez, respetando por fin mis deseos por su hermano, dejándonos follar, dejándonos vivir ese momento único que, sin embargo, él quiso compartir así con nosotros. No podía pensar, pero a pesar de ello recuerdo haber flipado al descubrir que, al ritmo de su follada en mi coño y de la mamada que yo le estaba haciendo a su hermano pequeño, Carlos le estaba comiendo el culo a este, glotona y sonoramente. No podía saber lo que ya había pasado entre ellos, claro. Ni mucho menos imaginar lo que estaba a punto de pasar.

 

La primera follada de la vida de Carlos acabó desbordando en mi interior, llenándome y vapuleándome de tal manera, que me vi reducida a la nada como nunca antes me había pasado. Me desperté inconsciente, ovillada en el suelo de la habitación de mi primo, en la misma postura en que su hermanito había quedado tras follarme ni siquiera hacía una hora. Lo que vi al levantar mi cabeza me cortó la respiración. Los dos hermanos en la amplia cama de Carlos, desnudos, sudorosos, besándose, buscándose, enroscándose. Insultantemente empalmados. Frotando sus largas y duras vergas, la polla perfecta, bella, ideal, marmórea de Pablo con el monstruo venoso y desproporcionado de su hermano, con cuatro manos aferrándolas, juntándolas, sobándolas…

 

Retrocedí, sintiendo de repente todo el sudor y la mugre de saliva, semen y flujos resecos que encostraba mi cuerpo. Estaba mareada, me faltaba aire. Salí de allí a rastras por el suelo, corrí por el pasillo, desnuda, imprecisa, golpeándome con paredes y muebles. Me lancé a la ducha buscando alivio, quizás perdón, quizás solo pidiendo una prórroga. Mis dedos se afanaban en mi interior, que me devolvía orgasmos tan intensos y generosos como los que las pollas de mis hermosos primos me habían provocado hacía solo unos momentos. Una nueva forma de correrme que, sin embargo, parecía haber hecho presa en mí y repetirse y multiplicarse con cada movimiento de mis dedos en mi concha y mi vagina.

 

Regresé chorreando agua y sudor por el pasillo, mezclados con ansia y deseo, dispuesta a saltar de nuevo sobre ellos, a devorar sus cuerpos, a enterrar sus vergas en mi sexo desbocado. Caí de rodillas ante la imagen con que me recibieron: Pablito empalado en su hermano, montado a horcajadas sobre el cuerpo de Carlos que yacía tumbado boca arriba en su cama, incrustando su verga de caballo en el pequeño cuerpo de su hermano. Carlos se corría ya cuando llegué yo, así que evidentemente llevaban follando entre ellos todo el tiempo que yo había pasado en la ducha. Las manos de Pablo, extendidas hacia detrás de su cuerpo, le apuntalaban contra el colchón mientras arqueaba el cuerpo de placer buscando recibir a su portentoso hermano por completo, mientras lanzaba su propia verga, insultantemente hermosa y cachonda contra su deseada y deseable pareja. Carlos, mientras boqueaba en medio de su propio orgasmo, le masturbaba con ganas y generosidad, con lascivia y una lujuria sin pudor que me resultaba tan impensable en él… Los chorros de semen que saltaron del glande hinchado de Pablito, restallando sobre el pelo encrespado, la cara roja y el musculoso torso de Carlos, queman todavía mi recuerdo cada vez que mi memoria revive aquella escena. Posiblemente, sea la escena más eróticamente brutal que haya vivido nunca.

 

Si alguna vez os habéis sentido tan calientes, tan cachondas, tan salvajemente erotizados como para parecer que actuáis drogados, movidos únicamente por ese deseo sexual tan fuerte, tan incontenible, quizás entendáis siquiera ligeramente, como me sentí yo en aquel momento. Solo recuerdo que me encontré entre ellos, besuqueando a mi primito Pablo, relamiendo su polla que todavía manaba lefa, luchando contra los efectos de su orgasmo que amenazaban con retirar por completo las oleadas de sangre que acababan de llenar aquel prodigioso trozo de carne. Entregué a Carlos mi coño abierto, sucio de flujos otra vez a pesar de acabar de ducharme. Le entregué mi culo que se moría por ser llenado por su proverbial cipote como acababa de hacer con el de su hermano. Pero mis dos primitos todavía tenían algo que hacer conmigo antes…

 

Yo me había entregado, por fin, a ellos. A los dos. Me habían follado, y ahora había vuelto a ellos pidiendo más. Y ellos me habían recibido, cual ofrenda carnal a los auténticos dioses que eran, tanto ellos como sus falos en sí. Pero solo ellos habían entendido que mi entrega no sería sincera, completa, si no accedía a mi propio sacrificio. Yo no entendía nada, pero ellos habían decidido ya aceptar ese sacrificio, mi sacrificio, y lo iban a ejecutar con sus cuerpos, con sus pollas. Creo que no recuerdo haberme sentido tan tocada, tan sobada, chupada, besada, penetrada, profanada como en el largo rato que estuvimos los tres magreándonos. Los tres estábamos muy calientes, pero ellos dos acababan de correrse, acababan de vivir un experiencia intensa, única, brutal, y necesitaban tiempo para volver a venirse arriba. Y lo hicieron disfrutando de mi cuerpo emputecido que yo les había entregado como una verdadera perra.

 

Pablo nunca llegó a perder la erección del todo, y fue el primero que volvió a recuperarla por completo. Carlos me comía el culo y el coño con una maestría que yo desconocía y que jamás habría asociado a mi primo. Bueno, eso y que yo estaba caliente como una mona salida. Sintiendo siempre sus manos, sus bocas, sus cuerpos por todas partes, por cada rincón de mi piel, por cada hueco de mi sexualidad, volví a sentirme llena de repente, sin saber casi por quién ni cómo, a pesar de llevarlo buscando lo que me habían parecido horas, siglos, eones. Comprendí por la rigidez y calores extremos que me penetraban que era la verga del menor de los niños la que me estaba follando. También por el sadismo con el que se empujaba dentro de mí, separando mis piernas y reventando mi coño. Me daba igual su sadismo, de hecho le empecé a gritar, a escupir, a increpar hasta conseguir sacar ese demonio que escondía su inverosímil cuerpo infantil, hasta que conseguí que su follada se convirtiera en una auténtica cabalgada demencial en mi interior, acompañada de gritos, insultos y golpes, abofeteando con sus manos de niño mi cara, mis tetas, mi coño y todo mi cuerpo, mientras su hermano, a mis espaldas, me inmovilizaba para facilitarle la tarea. Aquella reacción de Pablo embruteció a su hermano Carlos, pude sentir su serpiente crecer y endurecerse, apalancando de pronto mi espalada, empapándonos de sudor su torso musculado y mi culo y mi espaldas suaves y curvados, ávidos de él. Cómo deseaba que Carlos me hiciera el culo no soy tampoco capaz de expresároslo, de transmitirlo, ni lo seré nunca. Sin embargo, no fue mi culo lo que buscó su verga al terminar de desplegarse.

 

Revueltos siempre nuestros cuerpos en un lascivo y continuo forcejeo, Pablo había buscado una posición tal que le permitían en cada embestida retirarse por completo de mi interior para lanzarse luego de golpe y clavarme la polla dura de un solo golpe hasta la boca del útero. En una de sus embestidas, sin embargo, sentí un dolor intenso en los labios y en la boca de mi vagina, que de pronto se vio dilatada súbitamente, como si mi primo se hubiera puesto todavía más cachondo y su polla se hubiese hinchado hasta amenazar con reventarme el coño. El ritmo de la follada se detuvo en seco, con Pablito forcejeando y resollándome junto a la boca, llenándome de babas por todas partes, mientras las manos de su hermano me retorcían los pezones y el clítoris haciéndome gritar y ver las estrellas. La polla, encajada en la entrada de mi coño, seguía empujando sin embargo, inasequible a mi dolor y a los límites físicos de mi vagina. Mis ojos se llenaron de lágrimas y mis gritos solo fueron contenidos por la lengua de Pablo que se hundió de pronto en mi garganta, hasta que por fin aquel glande hinchado como un champiñón descomunal y duro como una piedra de fuego, desgarró mis paredes interiores arremetiendo al asalto contra mi castigado útero. Solo el alarido de Carlos al entrar de golpe en mi coño me reveló que el hermano pequeño le había cedido el turno al mayor. Los dos vimos las estrellas mientras su sexo se arrastraba hacia el exterior para separarse del mío. La siguiente embestida volvió a ser radical, dura y caliente como si me hubieran metido una palanca de hierro en el chocho. Pablito gimió en mi boca, volvía a ser él quien me reventaba el coño. Yo me había corrido al sentir a Carlos salir, y me volví a correr con la nueva entrada de Pablo. Fui incapaz de entender ni de sentir nada más a partir de ese momento.

 

Los orgasmos ya fueron continuos, brutales, a chorro. Estuvieron un rato ¿cómo veinte mil años quizás? turnándose así, jugando a alternar la animalada bestial de Carlos y la palanca de hierro de Pablo, que se incrustaban una detrás de otra en mi interior, acelerando cada vez más el ritmo y aumentando asimismo el furor y la energía con que se clavaban en mi interior. Mi coño creció y creció, obligado como estaba a recibirles y dejarles entrar sin permiso una y otra vez hasta lo más profundo de mi ser. Pronto lo tuve como si acabara de dar a luz a quintillizos y, aún así, hubo un momento en que la polla, quise pensar que nuevamente la de Carlos, volvió a quedarse encallada en la boca de mi sexo, aunque yo estaba ya a esas alturas tan follada, tan destrozada y agotada, tan corrida, que me parecía sentir permanentemente un pollón en mi interior, por más que notaba de nuevo esa punta encallada en la boca de mi cueva. ¿Cómo podía ser si me habían abierto como a una vaca preñada dando a luz?

 

Cuando, a base de empujar brutalmente, mi coño volvió a ceder, permitiendo el paso arrollador de un falo descomunal embistiendo mi vagina como un ariete, sentí que me rompía y que mi cuerpo cedía, junto con un dolor en mi estómago como si me lo acabaran de golpear, acompañado con una sucesión de orgasmos tan incontestables como jamás había sentido en mi vida. Pasé el resto de aquella larguísima follada como drogada, borracha de sexo, en un estado multiorgásmico desaforado y continuo, como flotando en el espacio y a la vez hundida a mil metros bajo el mar, sometida a la lujuria irrefrenable de aquellos dos niños, de aquellos dos machos, de aquellos dos hombres que me estaban haciendo suya como nadie más sabría hacerlo nunca. ¿Nunca pensaban dejar de follarme? No me daba cuenta que ambos se habían pegado dos corridas apoteósicas y monumentales poco antes, por lo que sus sexos estaban repletos de semen para mí, pero con capacidad para darme mucha tralla antes de entregarse de nuevo.

 

Tardé mucho en comprender que, en medio de ese juego de alternancia de pollas follándome en mi coño, los dos hermanos acababan de cumplir el mayor de los sueños de ambos, que era estar juntos en mi interior. Durante uno de los turnos de Pablo, Carlos aprovechó para buscar mi entrada antes de que su hermanito saliera de mí. Y tanto la buscó, que llevábamos ya un rato follando así, follándome ambos con las dos pollazas dentro de mí a la vez, antes de que me diera cuenta. Me puse tan cachonda que no podía dejar de gritar y convulsionar. El cabrón de Carlos apretaba mi clítoris haciéndome escupir chorros de squirt en cada embestida, lubricándonos a los tres y facilitando aquella demencial follada. Hicieron conmigo lo que quisieron Yo no aguanté mucho más, claro, volvía a perder el conocimiento, pero aquella vez entre sus brazos, entre sus cuerpos, con los pollones de ambos bien incrustados en mi coño.

 

Lo siguiente que recuerdo es estar tumbada boca abajo en la cama, con la polla dura de Carlos buscando mi garganta, sin parecer importarle mis arcadas ni aquella sensación de asfixia. Notaba la lengua ávida de Pablo en mi ojete a la vez, y aquella sensación era tan placentera, que me corrí cuando me penetró el culito con su lengua dura y traviesa, follándomelo mientras sus largos dedos se mojaban en el interior de mi sexo haciéndome ver las estrellas.

 

Después de aceptarme en sacrificio, de profanar mi cuerpo brutalmente, de asediarme, penetrarme, rajarme y desmembrarme, los dos hermanos habían tomado posesión de mí y se disponía a hacer lo que llevaban días esperando, lo que llevábamos días deseando los tres: utilizar mi cuerpo libremente y a su antojo para dar rienda suelta a sus ansias de sexo y a sus deseos más oscuros e inconcebibles.

 

Yo quería culo, y culo iba a tener. Pero no fue Carlos quien enterró primero su tranca sin igual en él, sino el sátiro de su hermanito. Aquel niño imberbe (y hasta hubiera dicho que impúber, cualquiera que no hubiera sentido su tremenda polla en su interior arrancándole un orgasmo tras otro como llevaba rato haciendo conmigo) me folló el culo de un solo golpe. Si os gusta el sexo anal, sabéis lo que puede suponer meterse una polla gruesa por el culo, sobre todo si es larga. Pero solo quien se haya metido una polla bien dura como la de Pablo, de un único y violento golpe, puede saber lo que sentí en ese momento.

 

Joder, me supera tanto aquella noche… como os decía al principio, cada vez que recuerdo todo esto me pongo a mil. Hacer rato que escribo desnuda, he parado varias veces a masturbarme, mirando fotos y videos de ellos, escribiendo mensajes demenciales tanto a Pablo como a Carlos (tenemos un grupo de wp especialmente para esto) mezclados con fotos de mi cuerpo desnudo y excitado, recibiendo sus pullas y comentarios soeces que buscan, como siempre excitarme aún más…

 

No puedo más, lo siento. Después de que Pablo me hiciera el culo, creo que jugaron conmigo un rato, comiéndome y tal. Cuando yo me dormía o me desmayaba, ellos seguían follando por su cuenta. Al menos una vez más me desperté con Pablito tumbado boca abajo en la cama junto a mí, gritando con la cara roja de dolor y placer mientras su hermano, tumbado sobre él, se la clavaba con saña por el culo otra vez. Carlos me hizo el culo por fin, claro, y otra vez que me estaba follando por delante fue Pablo el que me volvió a encular al mismo tiempo, haciéndome de nuevo ver las estrellas al tenerles otra vez a los dos follándome a la vez, aunque al menos esa vez no era ambos por el mismo agujero…

 

No sé cuánto seguimos así, no soy capaz ni de calcular cuántas veces lo hicimos aquella noche, en parte porque en realidad no era yo la que lo hacía, sino que más bien solo me dejaba hacer por ellos, todo cuanto querían hacer conmigo. Tampoco podía ser de otra manera, porque la verdad que habían conseguido anularme por completo.

 

Amanecimos en la cama de sus padres. Yo me sentía como después de la peor de las resacas, y aún así tuve que dejarles hacerme el coño, el culo y la boca por la mañana todas las veces que quisieron. Mientras, tratamos de recoger la casa, porque esa tarde volvían ya sus padres del viaje. Recogimos prácticamente equivale a decir que yo recogí todo e hice la comida mientras ellos me follaban y se follaban sin fin. Tanto vigor era inasumible para mí, la verdad. La diferencia de edad se demostraba, por primera vez en aquellas semanas, con una evidencia implacable. También toda la tensión que yo había ido acumulando aquellos días, tratando de sepultar unos sentimientos y unos deseos que ya se habían liberado y que eran imposibles de contener.

 

Los días siguientes, en los que yo me imaginaba arrasada por el arrepentimiento, fueron en realidad los de una adolescente enamorada buscando momentos para encontrarse con su amado. En este caso amados y, la verdad, casi a duras penas adolescentes (en realidad no podía considerar que Pablo lo fuera más que por sus más que demostradas capacidades sexuales, que evidenciaban un desarrollo físico y mental que desafiaba a las matemáticas más elementales). Conseguir un pequeño ático sin ascensor cerca de casa de mis tíos fue lo mejor que pude hacer en mi vida. Buscábamos momentos para encontrarnos así, en mi casa o en la suya, y nos la pasábamos jodiendo como animales desatados todo el tiempo que podíamos. Y, para mi propia sorpresa, yo no hacía diferencias al principio entre los dos hermanos. En un par de semanas, después de eso, nos fuimos de vacaciones. Como cada año mis padres pasaban unos diez o quince días con los suyos. Aquel año yo quise aprovechar allí todos y cada uno de aquellos días. Follar en la casa que compartíamos no siempre era fácil, pero nos buscábamos la manera de escaparnos los tres para revolcarnos juntos en cuanto podíamos. La última semana, Carlos salíamos a correr cada mañana temprano. A veces llegábamos hasta una playa nudista cercana, que a esas horas solía estar vacía, nos desnudábamos al entrar en la arena y allí sobre la arena mojada o dentro del agua me follaba con unas ganas y un ímpetu total y desmedido.

 

Creo que en esos días me enamoré incluso un poco de él. Creo que también me dejé obsesionar por su cuerpazo, por su polla única y enorme, por esa habilidad al follar que poco a poco iba ganando gracias a la práctica conmigo. Creo, bueno no creo, sé ahora que todo eso tenía bastante que ver también con un cierto rechazo que empezó a nacer en mí en esos días de vacaciones compartidas y fin de verano hacia su hermano. El día a día con una persona de su edad me hizo volver a verle como lo que realmente era, un niño, un niñato. Me di asco a mi misma por estar follándomelo. Aunque al principio tampoco podía dejar de hacerlo, ya que su capacidad sexual era, sencillamente, insuperable (lo que unido a un pene enormemente desarrollado para su edad, pues ya podéis imaginar lo difícil que era dejarle de lado). Supongo que por eso busqué también una cierta intimidad especial con su hermano esos días, como tratando de marcar distancias. Y, de alguna manera, me la creí esa intimidad, los dos llegamos a creernos (o a querer creernos) esa intimidad, o al menos en parte.

 

Acabamos el verano medio encoñados, y la vuelta a casa, después de más de un mes en que nuestras familias se separaron, cada una por su lado en ese final de verano, pues fue sencillamente torrencial y abrumadora. Carlos y yo nos reencontramos como dos cerdos salidos que se buscaban y se follaban como si no hubiese otra opción para seguir vivos. Yo luego supe que el mes que estuvimos separados él había seguido teniendo sexo frecuente e intenso con su hermano. Para él follarse a Pablo era en realidad ya más normal que follarme a mí, pero yo quise seguir haciéndome mi película. Especialmente después de unos días en que mis padres se fueron con los suyos a ver a unos amigos, y me dejaron a cargo de Pablo. Carlos empezaba en unos días la universidad, y andaba liado y con su grupo de amistades, así que sus padres llevaron a Pablo a casa de mis padres, donde yo me instalaba normalmente en verano para aprovechar la piscina y el jardín. Yo para entonces me había empezado a proponer firmemente el dejar de follar con él, porque volvía a entender que aquello superaba todo lo admisible. Pese a todo lo sucedido, mis pudores absurdos seguían ahí. Hasta había liado a un amigo para que se viniera a hacerme compañía y todo el primer día que Pablo iba a estar conmigo.

 

Ah, ojalá fuera capaz de hablaros bien de todo esto, de contaros esta historia con pelos y señales… Pero no he sido capaz hasta ahora, y creo que ya no lo seré nunca. Pese a mis reticencias, los planes de Pablo eran otros. Como siempre, él nunca desaparecía, y nunca pensaba desaparecer. Por mucho que yo me hubiera empeñado en anularle, él sabía ya el camino para meterse entre mis piernas. Y eso, es algo que no se olvida.

 

Como veréis muy pronto en la Tercera Parte de mi historia, como habéis visto en las dos primeras, no, Pablo no desaparece nunca. Una vez yo misma le entreabrí la puerta, él había decidido tomar posesión de mi cuerpo, y no paró hasta conseguirlo. Yo ya le pertenecía, aunque me fuera a obstinar durante casi un año más en reconocerlo y admitírselo. Aquellos dos días en casa de mis padres me lo volvió a demostrar. A pesar de encontrarme el primer día con mi amigo Javito, el amigo al que había liado tras confesarle una mínima parte de lo que había hecho con mis primos, y a pesar de que yo me mostré sexualmente activa con él delante de Pablo para bajarle los humos, éste llegó a la casa tan salido que su triunfo fue rápido y radical. Aquella misma noche acabó liándose con Javito y consiguiendo que yo le dejara follarme, para acabar los tres acostándonos juntos. Aunque lo peor fue al día siguiente, en el que apareció providencialmente en casa Lucas, el hijo de una vecina que tenía la edad de Pablo y con el que se llevaba bastante bien. Me dio miedo que Pablo le rechazara para buscar follarme de nuevo, una vez que Javito había desaparecido del mapa para irse a trabajar, pero me sorprendió que se enganchó con él enseguida, y pronto estuvieron los dos jugando como siempre, como los niños que en realidad eran. Eso me hizo sentir alivio, porque no quería volver a hacer nada con él, lo de la noche anterior con Javi había sido demasiado, sentía que con Pablo todo se me iba de las manos y era incapaz de controlar. Aquel segundo día me lo volvió a demostrar. Cuando fui a buscar a los dos amigos para comer, me sorprendí al encontrarlos completamente desnudos, mientras el pequeño Lucas trataba de hacer una mamada a la descomunal polla de mi primo. Dejar que aquel crío me mirara y tocara mientras Pablo me follaba como un jodido semental fue tan humillante como excitante. Todavía no sé ni cómo conseguí evitar que Lucas lograra meter su pequeña polla en mi coño, pero debo decir que seguramente fue en el único sitio donde no la metió. Pablo le dejó hacerle el culo también, y le comía la verguita con ansias, pero se notaba que lo que más le ponía era empotrarle la tranca bien tiesa en el culito. Aquel momento supuso mi caída definitiva en la mierda. Porque una cosa había sido meter la pata con Pablo, porque lo nuestro había sido eso, una monumental metida de pata, pero quería auto convencerme en que había sido imposible de evitar, porque su desarrollo físico y sexual era tan desmesurado que era casi imposible ponerlo en perspectiva con la realidad. Pero lo que me había llevado a hacer con Lucas, que no tenía ni de lejos su cuerpo ni su hombría… joder, jamás me había sentido una mierda tan grande como después de aquello.

 

Y así, por fin llegamos a las puertas de la Tercera Parte de mi historia, el Epílogo en el que alcanzo la liberación total. Supongo que eso quiere decir que puedo dar con esto, por fin, por terminada la Segunda Parte.

 

Espero con ello haberme ganado, al menos en parte, vuestro perdón. Aunque sé bien que nada de esto puede compensar mi desaparición estos años, y que estoy en deuda con vosotros. Comprenderé y asumiré por ello todos vuestros comentarios y peticiones, si es que hay gente que todavía tiene ganas de escribirme.

 

Espero, en todo caso, que quienes seguís esta historia estéis atentos, porque espero publicar en breve, por fin, el principio de la continuación hacia el final definitivo, en la Tercera Parte.

 

 

 

 

FIN del Libro 2

 

[CONTINUARÁ]


...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
1
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nyctidromus
(@nyctidromus)
Miembro Erótico Autor
Registrado: hace 6 años
Respuestas: 933
 

UFFF relato @laualma que relato tan cachondo, ¿te encanta que te den por el culo mamacita? ¿te gusta que te llenen la boca con lefa? Querida tengo lunares en la base de mi polla mami, y me gusta chupar y lamer coños y culos.


scripsit nyctidromus

sanguine et pulvis
n****@gmail.com


   
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laualma
(@laualma)
Miembro Súper Activo Autor
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 467
Iniciador del debate  

@nyctidromus mmmmm precioso… tal como lo dices, parece que estamos hechos el uno para el otro

y con la maravilla de polla que tienes, te aseguro que te dejaría hacerme cualquier cosa… cualquiera!!

voy a comerme todos tus lunares, mi cielo


...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
1
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