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La Libertad III_37: día 12_la noche de los anales

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laualma
(@laualma)
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LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.

 

 

 

día 12 - 26.07.2012 - la noche de los anales

 

 

Evidentemente, mi mínimo momento de paz mental iba a terminar muy, pero que muy pronto.

 

Mer y yo fuimos hacia el porche, haciendo una parada en la cocina para coger un par de cosas que nos faltaban para la comida. Ya antes de alcanzar nuestro objetivo pudimos ver las sillas vacías y, al llegar junto a ellas, escuchamos los quedos jadeos de Nuria, que nos guiaron hasta el salón.

 

Mi novia se encontraba tumbada en el sofá, separando las piernas al máximo para Pablo, que se había arrodillado delante de su excelso sexo. María y yo realmente no habíamos tardado tanto tampoco, y supuse que aquello fue lo que había evitado que hubieran podido llegar más lejos, porque sin duda habrían ido bastante más allá si nosotras no hubiéramos vuelto. Y, aún así, el rato transcurrido les tenía que haber dado para probarse mutuamente. Besos, caricias, quizás demasiado explícitos, demasiado íntimos. Demasiado cariñosos, también.

 

Pero el calor de ambos era intenso, y debían estar deseando ir más lejos, ya. Otra vez. Quizás volver a llegar al final.

 

La cosa parecía, de hecho, estar acelerándose justo en aquel momento. Cuando nos asomamos detrás de él, las manos de Pablo, que habían estado recorriendo la aterciopelada piel de la cara interior de los muslos de Nuria, aquel territorio de extraordinaria suavidad y lujuria extrema, habían dado ya el paso y decidido asaltar la humeante tela de sus bragas, que lucía húmeda y, sin duda, caliente, bajo los titubeantes dedos de mi primo. Con delicadeza pero decidido, Pablo había cogido con la punta de los dedos de su mano izquierda el elástico inferior de la pernera derecha de aquella prenda mínima, dejando al aire los labios de Nuria, perfectamente abiertos y salidos. Sus labios mayores, oscuros y muy brillantes de baba y sudor, parecían más hinchados que nunca en su vida, pero ni a pesar de ello conseguían esconder la voluptuosidad de sus labios mayores, renegridos y moqueantes, por los que mi primo hacía deslizar con pasión dos o tres de sus dedos, sintiendo la excitación creciente de mi amiga, arrastrando toda la humedad de su almeja abierta en cada pasada, tanteando hondo hacia el interior de su vagina en cada retorno al punto de partida.

 

Mi primo pajeaba el coño de mi novia como si lo conociera de toda la vida, con precisión y mano experta. Mi primo estaba masturbando a Nuria tan bien o mejor de lo que yo misma habría podido hacer. Mi pobre amiga estaba excitadísima, y lo empezó a estar mucho más cuando aquellos dedos ya no se limitaron a abrirle las bragas, aquel ridículo tanguita blanco que me había cogido después de ducharse, sino que empezaron a abrirle ostensiblemente la vulva para poder jugar a su antojo con su coño y, sobre todo, poder jugar a su antojo en su vagina. Pablo le había separado los enormes labios menores, que había desplegado y abierto como las hojas de un libro. Nur se estaba corriendo viva con cada caricia, y su nivel de excitación había anulado su voluntad hasta tal extremo que su convicción para ignorar nuestra presencia era total. Para ella, solo existía mi primo en aquel momento, más concretamente sus dedos y, en particular, aquellos dedos que se afanaban en descapullar y pajear su pequeño clítoris inflamado, aquellos que luego se introducían, temblorosos pero decididos en su carne ardiente, que amenazaba con entrar en combustión de manea espontánea e irremediable.

        

         - ¡Pablo, joder!

 

Aquello era tan evidente que me vi obligada a pararle.

 

Nuria, y también Mer, parecieron recuperarse de un encantamiento al escuchar mi grito. La follada digital de Pablo era hipnótica, una forma de masturbación tan perfecta y delicada que Nuria había quedado indefensa frente a ella, y que había atrapado también a Meri, que no podía sacar su mirada del coño de Nurita. Quizás no era lo más fuerte que mi amiga les había visto hacer, es cierto, pero aquella tensión sexual entre ellos, tan brutal y demoledora, tan vasta e infinita, era algo que Mer no había experimentado, y que yo sí. Aquella misma tarde, de hecho, cuando María tuvo que abandonar la casa por unas horas. Nunca antes había visto así a aquellos dos amantes desbocados, y creo que ya no quería volver a verlos nunca más. Aquella atracción fatal entre ellos, yo ya sabía cómo acababa.

 

- Córtate un pelo, primo – zanjé, molesta por mi papel de mujer celosa.

 

Pablo pegó un respingo, asustado por mi voz. Aparentemente, estaba tan enfrascado en su tarea, tan literalmente metido entre las piernas de mi amiga, que no parecía ni haberse dado cuenta de nuestra presencia. Nur emitió un quejido, como si la brusca retirada de los dedos de mi primo de su coño inflamado le hubiera hecho daño por la rudeza del movimiento. Pedazo de puta… evidentemente te gustaba más tener sus dedos dentro, ¿no, zorra?, murmuré para mis adentros. Pero ya Pablo estaba rodando hacia el otro lado del sofá, dejando a mi novia en su esquina, intentando recomponerse el cuerpo, el ánimo y las bragas, y repasando la mano por el cuero del sofá del salón para tratar de secar el charco de flujo que se había formado debajo de su culo de cerda. Nurita parecía incómoda, y nos miraba con gesto raro, tratando como de taparse las tetitas y estirando sus braguitas sucias para intentar que nada de su coño quedase indecentemente al aire, pero aquel tanga blanco mío que llevaba era tan pequeño que, ni siquiera en ella, conseguía ni de lejos cubrir todo lo que le hubiera gustado tener cubierto en aquel instante. Pablo, por su parte, se dio cuenta demasiado tarde de que la total trempada de su polla había disparado la tela de sus calzones de tal manera que nos la estaba enseñando enterita a través del enorme balcón que se había abierto sobre su pubis. Debo recordar que, en realidad, mi primo no llevaba calzoncillos en ese momento, sino que se le había ocurrido la brillante idea de ponerse una de mis braguitas blancas de tira, exactamente iguales que las que tenía yo puestas también, aunque las mías se encontraban considerablemente más sucias, con restos acumulados míos y, sobre todo, de mi novia Nuria, que las había llevado por la tarde. Si el paquete sin empalmar de Pablo ya resultaba un absoluto escándalo, apretadamente envuelto en aquella tela elástica y delicada, lo que dejaba ver aquella prenda ahora, que era todo, constituía sin duda una imagen poderosísimamente sexual, a la altura de las más lujuriosas de todos aquellos días. Las cosas como son, yo entonces tenía bastante más cuerpo que mi pequeño primo (aunque él ya estaba en pleno desarrollo corporal, y pronto iba a llegar a ser un hombre hecho y derecho, fornido y con buen cuerpo, muy capaz de manejar el mío con total facilidad y soltura), lo que le permitía usar mis bragas con un cierto margen de libertad. Pero, claro está, nada era suficiente para una erección como aquella, que parecía estar a punto de hacer reventar el elástico de mis braguitas. Meri no se cortó, evidentemente tenía claro que aquella tarde habíamos hecho bastante más que mirarnos unos a otros, inocentemente. Mi amiga venía caliente, a pesar de su follada con el hijo del ginecólogo, Carlos Pollagrande, o precisamente por eso, y ahora miraba a Pablo, miraba a su polla, y se sobaba el coño sobre las bragas, dejando claro que ella también quería su parte.

 

Al constatar mi primo la consistente y rotunda evidencia de su erección, mi pillada metiéndole mano a saco a mi novia, y la clara actitud lasciva de la muy cachonda María, se empezó a poner nervioso, el pobre niño. Por un momento pareció que quería intentar balbucir alguna cosa, pero si fue así desde luego que no consiguió articular ni el menor sonido. Mer se estaba pasando las manos por debajo de sus senos, esparciéndose el sudor que caía alrededor de sus pequeños abultamientos por todo el pecho, haciendo brillar sus oscuros y duritos pezones. Sin cortarse ni un pelo, empezó a acercarse a mi primo. Nurita, al verla, se encogió  aún más en el sofá, pero su postura empezó a evolucionar de una actitud defensiva a una tensión propia de momento previo al ataque. ¿La pantera negra iba a lanzarse a defender a su presa?

 

Pablo se puso de pie, tropezando con todo cuanto pudo tropezar en una torpe huida de mi amiga María, que avanzaba decidida aunque lentamente hacia él. Nur se acuclilló en el sofá, tensando los músculos como si de verdad fuera a saltarle encima a nuestra amiga. Luego, ya, todo sucedió muy rápido. La inútil marcha atrás de Pablo terminó abruptamente con un último choque de su espalda con la librería que estaba al lado del sofá. Acorralado, mi primo debió ver su suerte echada con María y, sin duda, aquello le gustó, porque su enorme verga respondió con un último esfuerzo que hizo que su capullo mojado terminara de resbalar por la tela, rebosando el tenso elástico de la cintura. Todo lo demás se le salió detrás en tromba, claro, y de repente allí estaba ese niño desvalido de pollón descomunal, con aquel andrajo blanco mío colgándole entre las piernas, bajo sus huevos largos y peludos, y un enorme cipote, duro como una piedra, bamboleándose ante nosotras, como si estuviera blandiendo un enorme mandoble con el que pudiera, ja ja, detener acaso el avance de María.

 

Me río de solo pensarlo porque, evidentemente, lo que pasó cuando se le salió fuera toda la chorra dura fue que mi amiguita se lanzó como una hiena sobre él, pasando su mano derecha por detrás del cuello de él y agarrándole el nabo con la otra mano y empezando a sobárselo entero de arriba abajo, a mano abierta, mientras le morreaba y le lamía la boca y la cara con la lengua fuera, jadeando como una loca y sin parar de decirle, mientras le pajeaba sin pudor delante de nosotras:

 

- ¡Qué ganas te tengo primo, joder! ¿Sabes? …he pensado en ti cada una de las veces que me he dejado follar esta tarde por ese cerdo...

 

Genial, me dije, pues parece que ya somos todos primos aquí… Sin embargo, había algo tan arrebatador en la excitación total de María que hacía que, lejos de sentirme molesta porque ella también se estuviera apropiando por completo de mi primo, me estaba poniendo inesperadamente brutita a mí también. No podía evitarlo, he de reconocer: su historia con aquel chaval de polla grande y dura, Carlos, me tenía con unas ganas de sexo demenciales. Vi por el rabillo del ojo cómo Nur se intentaba recomponer, molesta, pero intentado aparentar indiferencia ante el ataque total de María. Había entendido que yo había decidido que era el turno de Mer: casi sin darme cuenta, había ido detrás de ella en su aproximación al cuerpo de mi primo, y ahora que ella le había apresado, yo había tomado las manos inertes de él y las había llevado al excelso culo de Merita, la joya de la corona que Pablito estaba deseando con toda la potencia y todo el vigor de su desmedido sexo. Le separé las bragas a mi amiga, tirando de su blando elástico, y le metí dentro las manos de él, haciéndole resbalar por el sudor de ella hacia su raja, para que en aquel electrizante encuentro él pudiera sentir también aquella parte de la anatomía femenina de mi amiga que tanto deseaba, la húmeda suavidad de sus glúteos, el calor de su ojete hambriento, abierto y, seguro, todavía chorreante de lefa licuada de aquel otro chico que la había llenado apenas una hora antes con su toda hiperdotada anatomía.

 

Allí junto a ellos, vi a mi primo cerrar los ojos, al tiempo que se ponía rojo como un  tomate. Joder, a Mer casi no le había dado tiempo a tocarle, aunque el contacto y al forma de tocarse entre los dos estaba siendo total y absolutamente intensa. María le estaba pajeando con cierta violencia, también era cierto. Pero diría que lo que más había tocado a mi primo habían sido aquellas palabras tan claras y directas que la bellísima y calentorra María le había metido en el cuerpo, empujadas por su enfurecida lengua, entre besos largos y muy húmedos. Sin duda aquello que le había dicho le ha llegado a Pablo hasta lo más hondo... Tanto que, casi de inmediato, el pobre empezó a doblarse sobre ella. Mer le notó vencido, y aceleró su desmedida paja en la polla de él, mientras se separaba lo justos para poder maniobrar y, abriéndose las bragas, introducirse por la cintura la punta de aquella polla que ya empezaba a escupir su eyaculación. Pablo se corrió una y otra vez encima de ella, mientras mi desquiciada amiga se aseguraba que toda la carga le cayera encima del chocho pelado. El pobre crío la llevaba tan dura que parecía que Mer se estuviera azotando el coño con un bastón tieso y robusto.

 

Yo me había separado de ellos en cuanto le metí a ella las manos de mi primo en las bragas. Se habían hecho un solo cuerpo, y de ninguna manera el mío podría haber conseguido entrar en aquella dura entidad que parecía dispuesta a protegerse del intento de invasión de cualquier cuerpo extraño. Casi asustada por el arrebato de María y Pablo, me volví hacia Nuria. Mi novia y yo nos miramos pasmadas. Pero, ¿qué decir? Si al fin y al cabo ya habíamos asistido impasibles a otras corridas de mi primo sobre el cuerpo desnudo de Meri sin decir nada, como si hubiera sido lo más normal… si precisamente una corrida libre sobre el coño boqueante de ella había sido lo que la había obligado a ir a ver a aquel ginecólogo pervertido por la tarde… ¿íbamos de repente a poner el grito en el cielo porque fuera ella la que estuviera haciendo aquello ahora? Podía imaginar la respuesta de Nurita: ¿y qué más da, si precisamente ahora tiene pastillas para quitarse problemas de posibles embarazos?

 

Desde luego, Nuria no se iba a quedar parada ya, a aquellas alturas. Lo mismo le daba lo que yo pudiera pensar, eso ya me lo había dejado claro aquella misma tarde. Y tampoco se iba a preocupar ahora porque Meri se hubiera decidido a zorrear también, como ella. La pantera se volvió a poner en acción, gateando felinamente por el sofá, saltando grácilmente al suelo y avanzando junto a ellos, frotándose contra las piernas de María, que sujetaba el cuerpo tembloroso de mi primo mientras él se vaciaba en sus braguitas, empapándole de nuevo todo el coño con su semilla. Allí, bien pegada a ellos, se apoyó con la espalda en la misma estantería que soportaba el peso de Pablo, medio tumbada en el suelo a la vez, y cerrando los ojos se empezó a sobar las planas y morenas tetitas. Mi novia sabía de sobre bien lo que había.

 

Y lo que había era que ni una Meri caliente ni un Pablito en pleno orgasmo iban a ser capaces de rechazar un reclamo tan evidente como el suyo. Así, no tardó en notar el glande de mi primo en la boca, que abrió lo justo como para dejarle entrar y poder relamer aquella delicia empapada en semen. Había sido la propia María la que había renunciado al cetro duro que sostenía entre sus manos y, sacándoselo de sus bragas, que lucían ahora un oscuro manchurrón de esperma, apretado entre la tela y la piel, rebosándole a presión por sus perneras y resbalando muslos abajo, lo había llevado con una decisión absoluta hasta la boquita ávida de nuestra amiga. Naturalmente, y dado que Meri no tenía ni idea de hasta qué punto había avanzado todo aquella tarde, ella pensaba que, si yo no terminaba de abrirles la puerta para poder acostarse con Pablo, la llave del placer prohibido tenía que estar, sin duda, mucho antes en manos de Nurita que en las suyas propias. Aquel, y no otro, tenía que ser el motivo de que ella, tan caliente como iba, renunciara a su trofeo y lo pusiera en manos –en boca- de aquella zorra excitada.

 

Mi primo, una vez que Mer hizo ese movimiento, separándolo de ella, se dejó caer de rodillas ante su diosa y, como quien resenta su ofrenda ante un altar, se la empezó a masturbar con fuerza nuevamente, todavía dura como un palo, además de chorreante, frotándose, retorciendo y exprimiendo su polla, encadenando rápidamente una nueva corrida cuando aun no había terminado de soltar la anterior. Nur fue dejando resbalar su cuerpo hacia abajo, buscando quedar tendida en el suelo ante él, abriendo su boquita solícita y hambrienta a la vez, para recibirla completa como si fuera una preciada medicina necesaria para mantenerse con vida, disfrutando excitada de aquel baño divino.

 

Mer los observaba, absorta, de pie sobre ellos, con la mano metida en sus bragas empapadas de lefa, sin duda arrastrándose todo el esperma de él, voluntaria o involuntariamente dentro del coño, en medio de su evidente masturbación. Pero, igualmente, ¿qué iba a decir Meri? Si, precisamente, ella había empezado justamente así aquel desmesurado día... Y, sin embargo, era inevitable, para ella, para mí, sin duda sobre todo para Pablo: no era lo mismo ver a Meri siendo sometida a aquel baño indecente por parte de mi primo que ver a la felina y lasciva Nuria, regodeándose con todo su cuerpo de aquella lujuriosa situación que la hacía elevarse hasta el punto de rozar el cielo con la yema de sus dedos. La muy zorra boqueba y babeaba, los ojos muy abiertos mirando aquella verga temblando sobre su cara, mientras Pablo se masajeaba los huevos, como buscando más esperma para ella, y se frotaba todo el tallo endurecido, con fuerza, estrujándolo de abajo a arriba, haciendo que nuevos hilillos blancos rezumaran por el agujero del casquete de su punta, restregones de semen que dejaba caer en aquella boca abierta de finos y tiernos labios. La puta tragaba, extasiada, cada gota que rozaba sus labios, mientras su pecho de pequeñas tetitas y furiosos pezones negros se agitaba, convulso, en una respiración espasmódica. Después de varias pajas delante de nosotras, o hechas de hecho por nosotras, después de varias comidas, también, mi primo se estaba pajeando en toda la cara de Nuria, y corriéndose, además, en su boca, y aquello nos resultó tan insoportablemente erótico que también María y yo caímos rendidas ante ella, arrebatadas por su belleza y el brutal despliegue sexual de su cuerpo, metiéndonos como dos ratoncillos entre sus piernas para comerle todo el coño, que tenía chorreando flujos como una fuente deseosa de ser bebida.

 

Nurita se nos corrió en la boca, mientras todo se desmadraba, y mi primo se desmoronaba dentro de la boca de mi novia, que tuvo que ayudarse de toda la fuerza de sus brazos para contener el peso muerto del cuerpo de aquel crío y, sobre todo, el ímpetu desenfrenado de sus embestidas, con las que parecía que quería clavar de una vez y para siempre su verga empalmada en el interior de la carita sublime de Nur. Meri y yo nos tuvimos que retirar, empujadas por el pataleo desenfrenado de nuestra amiga. Instintivamente, nos refugiamos en un rincón, abrazándonos, besándonos lascivamente, deleitándonos con el sabor a coño de Nuri que encontrábamos en la boca y en la cara de la otra, metiéndonos mano como dos guarras, buscándonos los coñitos calientes para masturbarnos mutuamente en un chapoteo escandaloso e increíblemente acuático. Había cierta confusión, pese a todo, en los verdes y enormes ojos de María, como una cierta alarma de fondo cuyo origen no se atreviera a averiguar, como si no quisiera ni pensar en preguntar el por qué de aquel frenesí absoluto con el que mi novia, mi primo y yo parecíamos haber pasado varias pantallas de golpe de nuestro alocado juego, hasta encontrarnos sin esperarlo a las puertas mismas de la gran final. Yo intuía el por qué ella no quería hacerlo; por una parte, era evidente que si yo no le había querido contar nada sería por algún motivo. Sin duda, debía de pensar ella, el principal motivo tenía que ser que nada que fuera indispensable ser contado había llegado a pasar, realmente. Es cierto que yo me debería estar sintiendo fatal por tenerla así de engañada, por estar mintiéndole, ocultándole una información vital, precisamente la única información que a ella, de verdad, le podría haber interesado conocer. Pero yo no lo veía así, ni lo veo ahora: no hubo engaño ninguno por mi parte. Sencillamente, y así me había convencido a mí misma, es que nada había llegado a pasar aquella tarde. Y nadie podía exigirme revelar una verdad que yo misma había borrado tan limpiamente de mi memoria… Pero, más allá de todo aquello, que ya digo que ella tampoco podía saber, ni de lejos, ocurre que si Meri pretendía exigir respuestas, hacerlo implicaría también tener que contar ella toda la verdad de su tarde. Y, desde luego, no parecía estar dispuesta a hacerlo, para empezar porque a mí misma no me había contado todo lo que había pasado, eso lo tenía claro. Hasta dudaba que absolutamente todo lo que me hubiera dicho fuera 100% cierto, la verdad. Por una u otra razón, lo suyo de aquella tarde con el ginecólogo (y, me atrevía a pensar, con el atractivo y potentísimo hijo de este), había debido estar por encima de lo normalmente asumible, incluso para nuestra escala personal, que en estos temas se puede decir que era casi infinitamente laxa. Pero poco o nada se le podía reprochar a nuestra amiga, al fin y al cabo ella había salido de mi casa suficientemente alterada como para llegar muchísimo más allá, no solo de lo aconsejable, sino directamente más allá de cualquier límite permitido, por exagerado que fuera. Todos lo estábamos, aquella tarde, sin duda nosotros tres no pudimos estar más alterados allí, después de marchar ella. Joder. Nur y Pablo… Y, sin embargo, nuestra alteración no tenía alcance ninguno, más allá del reducido y asfixiante microcosmos que había montado yo, estúpida de mí, en nuestro encierro compartido durante aquellas dos semanas, con unas normas absurdas e inflexibles cuyas costuras estaban a punto de terminar de reventarme por completo en plena cara. Sin embargo, en el caso de Meri, rebasar sus límites, rebasar cualquier límite conocido, era algo que tenía repercusiones siempre en términos absolutos y que, por mucho que ella jugara a veces a ser la mosquita muerta a nuestro lado, solía ser sinónimo de experiencias inconfesables. En el fondo ella había sido siempre la precursora sexual de nuestro grupo, en cuanto a prácticas sexuales, en cuanto a la homosexualidad y a la bisexualidad, en cuanto a los tríos, los intercambios de parejas, los juegos eróticos o el sexo en grupo… es cierto que luego, Nuria y yo, sus alumnas más aventajadas, evolucionamos rápidamente por caminos de depravación que ella nunca quiso recorrer con nosotras, iniciándonos en prácticas de riesgo, sexo con desconocidos, sado, comercio sexual, exhibicionismo... parecían aspectos definitivos, que marcaban la diferencia, pero ya digo que su voracidad siempre había sido, a su manera, más infinita y desmedida aún que la nuestra, por mucho que a nosotras nos atrajera siempre ese lado oscuro, sucio y radical del que ella, siempre jugando a ser la niña inocente, parecía renegar, cuando no dejaba de ser, en todo momento, la más absolutamente libre de todas nosotras. He de decir que, todavía hoy, no he conseguido saber del todo lo que pasó en su escapada al ginecólogo de aquel día, y sigo convencida de que hay mucho más de lo que llegó a contarme, entonces o posteriormente.

 

Todo aquello latía implícito en aquel nuevo comienzo de nuestra relación a cuatro que, estaba claro, había llegado ya mucho más allá de cualquier límite esperable el día en que llegamos a quella casa. Mientras nos corríamos juntos, nuestros cuatro cuerpos maquinaban, al tiempo, la forma de conseguir cerrar el círculo de una maldita vez, pasando por encima de mis estúpidos prejuicios e imposiciones sin sentido. Mientras Pablo taladraba a golpes la garganta de una siempre atormentada Nuria, todavía incapaz de gestionar del todo aquella larga y dura verga, María y yo nos dejábamos ir, suavemente, la una en las manos de la otra, todavía con el sabor a mieles de Nuria en nuestros labios, cada vez más mezclado con el de nuestras propias salivas compartidas, envuelto en aquel fluir insaciable de nuestros sexos. Correrse, besarse, acariciarse, amarse de aquella manera, mientras disfrutábamos del espectáculo de ver estallar a mi primo, que se iba deshaciendo poco a poco en la boca de nuestra amiga, era una sensación profunda pero suave, insuperable desde todo punto de vista. María parecía, por algún motivo, especialmente feliz y satisfecha entre mis brazos. Muerta de amor por ella, y sin dejar de besarla, la recosté contra mí, apoyándola en mis piernas, deleitándome en la contemplación y sobeteo de sus pechos pequeños pero perfectos, mientras le abría mi propio pecho para entregarle mis ubres globosas a su lengua y su boca, voraces.

 

Pablo terminó por caer redondo al suelo, resollando junto al cuerpo empapado de Nuria. Ésta, limpiándose la boca de su semen, se incorporó y se levantó lo suficiente como para quitarse esforzadamente el tímido tanguita, que se escondía, enredado entre sus pliegues, y que ni María ni yo habíamos considerado necesario retirar cuando nis pusimos a mamarle el coño. Siempre felina, gateando con esa cadencia sexual tan característica de ella, se fue aproximando hacia donde estábamos nosotras, para terminar girándose junto a nuestras caras hasta quedar de espaldas a nuestros cuerpos, plantándonos solícitamente el culo en la cara. Todos nos habíamos corrido allí, pero nuestra amiga nos estaba dejando claro que nos habíamos retirado demasiado pronto de su sexo, siempre insaciable, y que su cuerpo todavía estaba pidiendo guerra… Joder. Su culo. Nur nos estaba ofreciendo su culo. Su culo, abierto por el dedo de Pablo. Su culo, abierto por el capullo de Pablo… Un culo que era virgen, todavía, aunque algo menos virgen después de aquella tarde. Un culo moreno, divino, perfecto, macizo y duro, consistente aunque pequeño, compacto, agarrable, estrujable. Follable. Un culo que ella, por primera vez en su vida, nos ofrecía abiertamente, a nosotras, que lo deseábamos tanto… Entre las dos empezamos a besarla, allí, en sus nalgas y en su raja, en su ojete negro y estrellado, que fuimos abriendo y lubricando a lengüetazos, por turnos, mientras no parábamos de acariciarle el chocho, que ella nos ofrecía también, cada vez mas abierto e impúdico, oscuro y profundo, hasta que ya no fue posible seguir rechazando su oferta, y Mer empezó a meterle dentro uno, dos, tres y hasta cuatro dedos... Esto va para largo, me dije, mientras Nuria empezaba a mugir y yo observaba la expresión de disfrute infinito de María masturbando aquel coño desbocado con una violencia exagerada y furiosa, dejándome a mí la delicia de repasarle los colgajos con la lengua, saciándome de toda aquella riada marina que Meri estaba siendo capaz de ordeñarle. 

 

Para cuando me hube hartado de comerle el coño, Meri todavía estaba destrozando a mi amiga, que parecía estar deseando morir de placer en aquel mismo momento. Y ahí fue cuando yo, levemente tranquilizada, por fin, acabé por entender la estrategia de Nur. Me di cuenta de que Pablo nos miraba, con las piernas abiertas y un pene todavía a medio gas, sujeto entre sus pringosas manos. Verle allí, desnudo, después de haber provocado todo aquello, después de haber vuelto a desatar, otra vez, un placer tan inmenso en nosotras tres, me hizo verle diferente, como si de repente ya no fuera tan niño, como si hubiera crecido, como si fuera más maduro, más hombre… Y como a un hombre lo deseé, y como a un verdadero hombre me acerqué, a gatas por el suelo yo también, aunque torpemente, desmañada, sin alcanzar nunca esa gracia felina de Nurita. Ni falta que me hacía, mi anatomía, mi excitación visible, mi voluptuosidad, las ganas evidentes de follármelo, hacían innecesario nada más. ¿Esto era lo que querías, no, mi amor? me dije. Echarme de nuevo en brazos de él… No podía imaginar nada mejor en aquel momento que cumplir la voluntad de Nuria acaramelándome con mi primo. Empecé a frotarle el sexo, como le había visto hacer a María solo un rato antes, pero aquello no terminaba de reaccionar. No dejaba de estar morcillona, pero ni mis tocamientos ni mis besuqueos por todo su cuerpo parecían estar siendo capaces de levantársela más.

 

- ¿Te apetece darme un masaje en la espalda? – le pregunté de repente, buscando una salida ante la evidencia de que ni su polla iba a ser capaz de soportar un nuevo asalto tan rápidamente después de la tralla que le acababan de meter mis amigas, y de que mi propio primo parecía estar poniéndose mucho más nervioso por ello que yo misma. - Tanto sexo me tiene destrozada – añadí, como queriendo dejar clara la normalidad de la necesidad de tomarnos un descanso.

 

Pablo pareció dispuesto a aceptar de buen grado la salida que le estaba brindando, y se subió de nuevo hasta el sofá, donde se quedó sentado justo frente a ellas dos, que seguían follando. Yo me fui detrás de él, pero me quedé en el suelo, acuclillada entre sus piernas, muy cerca de ellas dos. Yo seguía vestida solo con mis braguitas, sucias todavía de Nuria, y siempre en tetas, bellas, hinchadas, orgullosas, con los pezones lascivamente empalmados señalando siempre fijamente a la cara de quien me las miraba. Allí metida entre sus muslos, flexioné las piernas y me incliné hacia delante, ofreciéndole la espalda. De repente, me pareció que estas dos me miraban con odio, pero no llegaron a decir ni a hacer nada. Juguetonas, se subieron también al sofá, haciéndose un ovillo en la otra esquina, follándose cada vez más provocativas. Lo que Meri estaba haciendo en el cuerpo de Nuria estaba siendo tan desmesurado y tan claramente dirigido a Pablo que no pude evitar pensar que lo estaba haciendo más que otra cosa para provocarle a él, buscando calentarle, de una manera tan directa y radical como había conseguido poco antes con la paja. Al mismo tiempo, se diría que las horas que había pasado fuera le habían dejado una sensación de ir algo desfasada con respecto a nosotros, motivo por el cual había acelerado su ritmo para tratar de alcanzar aquella desmesura que ya parecía normal en nosotros.

 

Y, pese a todo, mi primo, por fin, parecía que ni se había dado cuenta de la presencia de ellas. No pude evitar sentir un nerviosismo desmedido, como un agarrotamiento en la espalda y una desesperante falta de aire: Pablo parecía estar, por primera vez desde lo de Nuria, otra vez plenamente pendiente de mí. De repente, volvía a notar entre nosotros dos aquella energía inexplicablemente intensa, aquella atracción sexual sin tapujos que solo habíamos sabido demostrarnos muy torpemente durante todo un año. Mi deseo por él me hizo ofrecerme aquella vez sin tapujos, entregada a un disfrute sin duda exagerado su masaje, aunque también él se estaba entregando a fondo. De repente, parecíamos haber caído los dos en una especie de representación absurda, sobe todo porque en realidad a aquellas alturas ya no teníamos absolutamente nada que disimular ni que demostrar entre nosotros, ni tampoco con ellas pero, aún así, parecía complacernos el deleite extremo de nuestra representación, aquel avance desesperadamente lento, como si de veras fuese todo algo fortuito, inesperado pero, a la vez, arrebatadoramente inevitable... 

 

Para mi sorpresa, fui yo la que primero perdí la paciencia, y acabé inclinándome hacia atrás, mostrándole orgullosa las tetas y poniéndoselas en bandeja, mojándome solo de imaginar cómo me las iba a sobar. Y, a pesar de ello, él todavía parecía tener fuerzas para jugar conmigo, masajeándome primero los hombros, el cuello, orejas, calentándome bien antes de lanzarse a por mis peras, obligándome a sentir el cuerpo semi inflado de su pene apretado contra mi cabeza, enredándose todo lo largo que era entre mi pelo revuelto, pringándome con su suciedad y con sus pringues, todo ello mientras ellas me miraban alucinadas, deseosas, María cada vez más molesta y envidiosa, cabreada porque Nuria me haya rendido a mí el trofeo que ella le había entregado, pero en el fondo no hay molestia real alguna, porque las dos me observan sin poder evitar sucumbir por una brutal y abierta lujuria hacia Pablo quien, pese a todo, estaba consiguiendo pasar de ellas.

 

Yo no podía ser más feliz, y me había entregado al disfrute de su cuerpo sin ningún temor ni ninguna idea preconcebida, quizás dejándome llevar de verdad por primera vez en dos semanas, gozando del simple hecho de estar apoyando así mi cabeza en su entrepierna, taaaan dura y caliente, empujando cada vez más mi cabeza contra su paquete mientras él empezaba a bajar, ahora sí, por mis tetas. Y lo bueno era que había dejado de fingir que me estaba masajeando, qué va, me las estaba magreando claramente, ni siquiera igual que cuando antes me había visto con Nur dándome crema en las tetas, sino de una forma mucho más sexual y más explícita, tanto que yo empecé a jadear de manera exagerada pero incontenible, y muy sincera, cerrando fuerte los ojos para disfrutar y evitar llorar de felicidad. Me dejé hacer por él absolutamente todo cuanto aquel adolescente salido podía llevar años deseando hacer con mis tetas y, solo cuando me atreví de nuevo a abrir los ojos, deseando ver su cara, él se decidió a inclinarse para poner su cabeza directamente sobre mí. Me sorprendió enormemente verle abrir la boca y dejar caer un enorme chorretón de su saliva, con la boca abierta y sacando la lengua. Aquel líquido suave y aromático me cayó todo sobre la cara, pude sentir su olor y sabor, mientras se me escurría en un reguero abundante sobre el torso caliente. Mi primo me la empezó a esparcir con lujuria por las tetas, mientras yo me emputecía al máximo, abriendo la boca y sacando la lengua como una perra caliente. Sin dejar de sobarme como si mi cuerpo le perteneciera, mi primo volvió a escupirme, esta vez asegurándose de que su salivazo grumoso me cayera en toda la boca. Pablo acompañó su movimiento con un rápido descenso de su cabeza para darme una mojadita de su lengua en la boca, pero para cuando se me metió dentro yo ya me había asegurado de atrapar toda su baba en mi interior, disfrutando de aquella ácida cremosidad que envolvió untuosamente todas mis papilas gustativas, inundando mis fosas nasales con su penetrante aroma antes de descender hacia mi estómago. Aquella especie de morreo invertido de mi primo, metiéndome y repasándome la lengua por la cara, le sirvió para echarme todavía varios litros más de baba por encima, cosa que a mí me puso inevitablemente cachonda en grado sumo. Separé entonces todo lo que pude mis piernas flexionadas para abrirme todo lo posible. Lo hice, me abrí, pude sentir cómo mi cuerpo se abría, cómo se separaba y el aire ardiente del salón me inflamaba las mucosas empapadas de la vagina, mientras yo me empezaba a masajear de manera desmedida el potorro, que me había quedado todo salido a ambos lados de la empapadísima y estrujada banda central de mis braguitas, donde la costra pegajosa que había dejado emplastada Nuria por la tarde se estaba deshaciendo, por fin, arrastrada por mis propios flujos genitales. Porque ni que decir tiene que estaba empapada. Pero todo me daba igual, estaba dejando que mi primito me escupiera, me sobara como nadie, me metiera la lengua hasta la garganta en la postura más guarra y lasciva posible, con todo el chochamen salido y yo venga a darme, sin decencia posible, perdido todo el pudor frente a ellas, habíamos pasado cualquier posible punto de no retorno, si es que tenía que ser ya, lo de ellos dos no había pasado, pero pasó, y eso yo ya no podía ignorarlo más... Decídete, Laura, me dije, tienes que tirar para delante, esto ya es el fin, tiene que serlo, mi tiempo se agotó, y pronto será demasiado tarde. Joder, pero ¿cómo pensar? Estaba tan, tan, caliente... Moría de sed de Pablo.

 

Cuando separó sus labios de los míos, yo volví a abrirle mis labios para él: mi primo separó los suyos también, me sonrió por un momento, y de nuevo abrió la compuerta de su boca para volver a escupirme dentro, volviendo a agacharse, a hacerme sentir su lengua, sus labios… nos besamos... Yo ya no aguantaba más, iba tan cachonda como para querer dejar de hacer eso que estábamos haciendo, pero necesitaba sentirle, aunque tuviera que separarme aquel pequeño instante de él, para incorporarme y poder suborme así sobre él, sentada a horcajadas en su piernas, abierta como nunca mientras nos morreábamos largamente, con él me sobándome siempre las tetas y todo lo que era capaz por debajo de mis maltratadas braguitas. Pero no eran solo sus manos lo que se movía por mis bajos. Cuando la noté otra vez, empecé a frotarme como perrita, alegre y feliz contra su verga dura. Un leve atisbo de lucidez me invitó a calmarme un poco, si es que todavía pretendía no dejarme llevar. Si él se coloca un poco el rabo ahora mismo, me dije, me va directo al chocho: lo tengo fuera de la tira de las bragas… joder, sería perfecto… ¿perfecto? ¡claro! Pero… ¡no! No, no quiero que sea aquí, quiero decir, no quiero hacerlo delante de ellas, no ahora… no, hacerlo así, después de haber aguantado tanto… demasiado rápido y frío... ¿no? Joder… no, no, hostia puta, tienes que parar yaaaaa ¡Laura! Uffff… No sé ni cómo, pero fui capaz de frenar, fui capaz de separarme, de recular. Joder, mi  pobre primo estaba cachondísimo, y muy, muy, salido... de verdad que la llevaba a tope, como nuca.. a mí se me fueron las manos a aquella maravilla, a aquel prodigio, y empecé a acariciarle la verga, tiesa, desnuda entre ambos, pegada a su abdomen, como había visto hacer a Nuria aquella misma tarde… como una puta. Pablo lo había disfrutado con ella, y comprobé, complacida, que conmigo él reaccionaba tan bien o mejor, incluso, que con ella.... 

 

Hacía rato que estaba fuera, quiero decir, que había salido de debajo de mí, que su polla había dejado de estar en contacto directo, sobándome el coño abierto con el glande y con la tranca… Me podía haber follado, joder, sí, lo había tenido a huevo, ¡me podría haber follado!, sin esfuerzo… Sin oposición.

 

¿Por qué me respeta tanto?, me pregunté, bastante abatida. Bastante más que a Nuria... pero no, aquello solo fue un desliz, un error, joder, no, ¡que no pasó!

 

El muy cabrón… sabía bien que iba a caer, que estaba deseando caer. Y el día que cayera mi derrota iba a ser antológica. Cuando por fin me doblegara, aquello iba a ser definitivo, tenía que serlo… porque, sencillamente, lo nuestro no podía ser un error, tenía que ser algo más, mucho más: tenía que serlo todo. Tenía que ser deseado, deseado, consentido y hasta suplicado: hasta tal punto que, a partir de ahí, yo ya le iba a desear siempre, y nunca más volvería a decirle que no... Cómo estaba manejando todo aquello mi pequeño primo, es algo que todavía hoy día me tiene admirada. Mi niño… nunca tuvo un pelo de tonto.

 

Me incliné, agachando la cabeza entre nuestros pechos; tampoco tuve que esforzarme mucho para pasearle la punta de la lengua por su nabo tieso. Lo hice mirando a estas dos. Zorras… Se estaban metiendo las manos en los sexos hasta el brazo. Aquella tarde me había servido para comprobar que mi primo flipaba con aquello y, sin embargo, en ese momento estaba yo más pendiente de ellas que el propio Pablo. Aunque no negaré que, en aquel final de una tarde memorable, estaba disfrutando tanto de él que hasta estaba siendo capaz de pasar kilos de ellas dos.

 

- Anda, primo, dame gusto en las piernas, como tu sabes…

 

No entiendo por qué no fui capaz de pedirle que me hiciera correrme de forma más directa. Lo necesitaba. Le necesitaba. Es cierto que tampoco le estaba pidiendo un masaje, no, al menos ya estaba logrando pasar también aquella fase pero, aún así, todavía me costaba, era como si todavía no supiera cómo hablarle, después de tanto tiempo disimulando, después de tanto tiempo fingiendo... Después de tanto tiempo, en el que él me había perseguido incasablemente día tras día, de repente era yo la que iba detrás de él. Porque, en aquel momento, yo quería como nada que fuera él el que llevara la iniciativa… El muy cabrón, el muy cerdo, no, tenía que saber que no iba a llevar nunca el tipo de iniciativa que yo quería que llevara, tenía que entender que no iba a llegar hasta el final sin que yo le demostrara mi rendición total, primero. Pero no, no me pienso entregar así, me dije, tan fácilmente. Seré una puta, pero pienso venderme caro. ¿Todavía era pronto? No sé, estaba claro que nuestras voluntades aún se enfrentaban en aquella estúpida pelea que ambos sabíamos de sobra cómo iba a terminar. Afortunadamente, Pablo no era tan estúpido como yo para dejar pasar del todo aquella oportunidad. Estaba claro que no iba a follarme, pero aquello no le impidió guiarme hasta tumbarme, quedándonos él y yo en una posición simétrica a la que había ocupado con Nurita en el sofá cuando Mer y yo irrumpimos en el salón.

 

Arrodillado, ahora ante mí, Pablo se instaló entre mis piernas. Mi precioso primo, flipaba. Pablo flipaba conmigo. Le pude notar, demasiado tiempo parado, mirando, babeando. Le pude notar olerme… me olía hasta yo: el aire cliente del comienzo de la noche se espesaba con los aromas de mis flujos, que chorreaban a mares por los costados interiores de mis muslos ardientes. Por fin, por fin huelo mi coño más que el chocho de Nurita, me dije, cuyo empalagoso olor se había pegado al rabo de mi primo, y de ahí a todas las cosas, también a mi propio cuerpo, sobre todo al cuerpo de él. Pude notar las manos de Pablo en mis piernas, sus manos recogiendo mis fluidos, esparciéndolos por mis muslos, rodillas y culo, tocándome y masajeándome con vigor, sobándome toda, en verdad, así largo rato, deleitándose en mis piernas, alargando aquello hasta lo indecible. El subidón de temperatura que estaba sintiendo era lo máximo, Pablo me había calentado hasta el extremo. También él seguía caliente como nunca: su polla me golpeaba sádicamente en las piernas cada vez que se movía. Al cabo, empezó por fin sus expresivos tocamientos alrededor de mi vulva, sobre mis labios salidos… los fogonazos de sus manos recorriendo el coño de Nuria, al otro lado del sofá, tan solo unos minutos antes, aunque pareciera también al otro lado del tiempo, me golpeaban con cada pasada por mi clítoris, por el agujero de mi vagina… pero demasiado superficial, joder, primo, ¿no te das cuenta de que voy como una perra?, me decía a mí misma, piérdete de una puta vez en lo más profundo de mi sexo, no es el momento ya de disimular, de jugar a darnos masajes, no, primo, ahora no toca eso, pensaba, ¡míralas!, ellas gritan de placer y dolor, están desde hace rato instaladas en el orgasmo continuo, no podemos nosotros andarnos con estas, yo quiero que tú me tengas así, también, que me hagas correrme sin final en tus manos... Joder, ¡que tonta soy!, seguía diciéndome, el muy cerdo está jugando conmigo, él juega conmigo porque ya no quiere que yo siga jugando con él, mierda, no, la vas a cagar, Laurita... ¡No puedes dejarle escapar!

 

Pero yo ya no estaba, en absoluto, dispuesta a hacer una estupidez como aquella. Pablo era mío, y yo quería que me hiciera suya. Para siempre…

 

Con una especie de timidez, indecisión más bien, miedo, absurdo e irracional miedo, levanté el culo del sofá, levemente, lo justo como para adecuar mi postura a su juvenil ímpetu, como para disponer mi cuerpo en posición de entrega: para ofrecerme a él, en definitiva. Sin embargo, mi primo no parecía tener prisa por aceptar mi discreto ofrecimiento, sino que siguió a su ritmo y a sus cosas, sobándome el coño soez pero magistralmente con toda la insoportablemente placentera parsimonia de la que estaba siendo capaz. Aquella forma de demorarse, de estirar su pajeo mortal a mi coño, de deleitarse en mi vulva y mi vagina abiertas, sollozantes, disfrutando de mis gritos y pataleos, pidiendo más, cada vez más, hecha una puta, mientras ellas dos nos miran, también desesperadas, pajeándose a lo bestia con los puños...

 

Doce días, es lo que había tardado aquel pequeño mocoso en poner a sus pies, arrastradas como unas sucias furcias, a tres mujeres pretendidamente hechas y derechas, con una enorme experiencia y, supuestamente, todas las de ganar.

 

El momento era ya.

 

Y por fin se decidió o, al menos, eso pensé, muerta de ganas como estaba de ser follada… En todo caso, mi primo comenzó a dar los pasos, aquellos signos inequívocos de toma de posesión de mi cuerpo, un cuerpo que era ya suyo, un cuerpo que se había ganado por derecho. Pero, aunque yo no lo supiera, él todavía iba a avanzar más en mi sometimiento, quería anularme para poseerme sin remedio, y para ello iba a dejarme primero totalmente rendida, vacía, despojada de toda voluntad y toda dignidad. Finalmente, Pablo respondió a mi levantada de culo metiéndome la mano bajo las nalgas para agarrar la tira superior de mis braguitas, tirando con decisión de ellas hacia mis muslos. Estaba tan mojada que la sedosa tela deslizó sola, arrastrando un surco de flujos por mis muslos y mis piernas, hasta que mi primo me las sacó por los pies. Con el cipote tieso apuntando al techo, Pablo se volvió a meter entre mis muslos, que separó por completo, subiendo una de mis piernas sobre el respaldo del sofá y bajándome la otra al suelo. Antes de lanzarse a por mí, me miró, con mis bragas en la mano y, muy lentamente, se llevó aquella prenda íntima mía a su cara, metiendo su prominente nariz en toda la plasta que yo acababa de dejar pegada en aquella tela, y que se superponía a la costra reseca de flujos con la que la había bendecido Nurita aquella misma tarde. Esnifando mi esencia y hasta mis líquidos en sí, la verga de mi primo tembló de placer con mis aromas, que se repasó expresivamente por toda la cara, y terminó lamiendo con toda la lengua fuera para recoger el pringue de mi coño. Aquel fetichismo desmedido e indisimulado de Pablo me volvió loca por completo, sabía que él tenía esa filia muy desarrollada, algo que siempre me ha excitado mucho y que en su momento espoleó inevitablemente mis relaciones con María, o con mi cuñado Guille, sin ir más lejos… ver así a mi pequeño primo, haciendo eso delante de mí, era más de lo que podían soportar mis destrozados nervios.

 

En ese instante estuve ya a punto de pedírselo, de decirle el Pablo, fóllame.

 

Debería haberlo hecho.

 

Sin embargo, su último gesto consiguió acabar conmigo aún antes de empezar: le vi enredar mis bragas en la punta de su cipote tieso, justo por la parte de la banda central, en la que brillaba espeso mi pegote removido por sus babas, enroscando la prenda en su capullo, tensándola, retorciéndola con fuerza y resobándose para hacer que el contacto fuera tan pleno y total que le terminó por provocar un intenso latigazo de placer, que tuvo como consecuencia que su espalda se arqueara hacia atrás, cerrando los ojos y ahogando un gemido en su garganta, mientras por la tensa tela de mis bragas una gota de lefa espesa, lefa pura y olorosa, nada ya de preseminal, conseguía escapar al exterior, rezumando por mi prenda íntima que él había convertido en un atroz masturbador para su divina polla joven y tremenda. Ver aquel tributo a mi femineidad más profunda desplegándose ante mí, como la más brutal demostración del deseo incontenible que mi primo sentía por mí, me devoró de tal manera que tuve que llevar mis dos manos a mi chocho abierto y desplegado para tratar de detener un orgasmo que no fui capaz en absoluto de parar sino que, más bien al contrario, mis dedos se deslizaron en mi interior, empapado y resbaloso, arrancándome una feroz corrida que aliñé con disparos de flujo y grititos de puta histérica. En medio de mi desenfreno, Pablo se dejó caer sobre mi, apartándome las manos con rudeza para pegarse por completo a mi sexo, la cara embutida en mi raja, morreándose a saco contra mi coño, pasando sus brazos bajo mi culo y quedándose así anudado a mí… No era capaz de dar crédito a la comida que me estaba haciendo. Mi primito empezó a comerme como solo los hombres más experimentados y rudos saben hacer, casi como una mujer muy sexual y muy salida, que adora como nada que le coman el coño, sabe hacer… Solo me habían tratado de una forma similar en mis encuentros sexuales más depravados y exagerados, en aquellos que quedaban fuera de toda norma y de toda ley y, más allá de aquello, solo mis mujeres eternas, María y Nur, claro, Lucía y Sandra, tan insoportablemente sexuales ambas, y en general solo amantes del sexo desmedidos como ellas, que en el caso de los hombres me sobraban dedos en una mano para contarlos, porque solo aquellos a los que de verdad siempre les había puesto de una forma especial, total e insuperable, habían llegado a hacerme algo al menos remotamente parecido. Pero… ¿mi primo? Dios, era increíble, aquel niño del demonio, ¿cómo estaba siendo capaz de darme tanto placer? Solo me estaba comiendo, y aún así se estaba comportando ya como un auténtico semental, chupándome, lamiéndome, follándome a saco con la lengua dura, masturbando mi coño y mi culo con sus manos que, a la vez, me frotaban, me hurgaban y penetraban, machacándome al tiempo el clítoris salido, empalmado, duro y asalvajado.

 

¿Me estaba comiendo quizás como me comió María anoche, la primera vez que nos acostamos los tres juntos, y el flipaba mirándonos, pero sin duda preocupándose por aprender bien la lección? ¿Me comía como había visto devorarme a Nurita, tan desmedida y fiera por la entrega mutua que nos profesábamos ella y yo, de una manera tan intensa y especial, ahora que habíamos consumado nuestro noviazgo? La respuesta es sí a esas y a cualquier otra pregunta que pueda expresar la habilidad superlativa con la que me estaba practicando algo que era en todo muy superior a lo que la mayorías de la gente conoce como sexo oral. En resumidas cuentas, Pablo estaba haciendo conmigo lo que quería, mamándome y follándome por todos lados de una manera tan demencialmente profunda, intensa y completa que mis corridas empezaron a llegar, una detrás de otra y, además, había conseguido ponerme tan bruta que hasta había logrado que fuera yo misma la que le estaba haciendo ya yo gran parte del trabajo, y no era en absoluto capaz de controlar ni de parar, a pesar de que empezaba a darme la sensación de que me cuerpo no iba a poder aguantar aquel ritmo eternamente, que algo en mí iba a romperse o a reventar si seguía así, corriéndome sin freno, todas las veces que él quisiera.

 

Evidentemente, ni mi primo ni yo nos estábamos acordando ya para nada de ellas, aunque más tarde supe que estuvieron follando abiertamente a nuestro lado, pajeándose y masturbándose una a otra como dos zorras, comiéndose el chocho sin pudor y sin complejo junto a mi pequeño primo. Pobres infelices… ni de lejos podrían haber disfrutado ni tan solo una fracción de lo que yo disfruté con él. Aquella vez yo gané, y era una victoria sin paliativos, pese a no ser una victoria absoluta, y ni mucho menos una victoria final, definitiva… aún. Pero lo sería, lo iba a ser, estaba convencida, de manera inminente. Y, en cualquier caso, mío era el premio en aquel momento, porque mía iba a ser la noche.

 

Cuando mi primo por fin se agotó, o tal vez solo se había cansado de mí, no sé, se separó, emergiendo de entre mis piernas con una especie de hondo gemido ahogado, como si se hubiera pasado demasiado tiempo sumergido bajo el agua y sin respirar. Bien, estaba claro que yo no era la única que necesitaba un respiro…

 

Me di cuenta al verle incorporarse ante mí de que absolutamente todo estaba empapado de su semen: su cuerpo, mis piernas, el sofá, todo… Era increíble, ¡mi primo se había corrido de comerme el coño! Pero, eso sí… ¡¡qué comida!! Nuestros cuerpos se atraían todavía con un magnetismo eléctrico, Pablo no se había separado de mí ni un segundo, con esa misma fuerza que todavía mantenía sus manos pegadas a mi chocho, que parecía un pozo de fango revuelto, tan pegadas como las había tenido, de hecho, durante toda la comida. Siempre las había tenido sobre mí… nunca en su polla. Vale, quizás se había podido frotar un poco contra el sofá, no sé, pero estaba claro que no se había podido pajear libremente, sin más. No había tenido manos para ello... ¿De verdad Pablito se había corrido solo por sentir mi coño contra su cara? Joder… ¡Joder! No sé… era tan raro… ¡Moría de amor por él! No era capaz de entender aquellos sentimientos tan fuertes que me estaba provocando.

 

Finalmente, Pablo cayó redondo sobre mi cuerpo, añadiendo más sudor a mi carne sudorosa y anhelante. Era tan delicioso pegarse y resbalarse a la vez así con él... Dormitamos un poco los cuatro, absolutamente borrachos de sexo.

 

Fui yo la que se levantó primero, en cuanto fui capaz de recuperar un ritmo cardíaco y respiratorio lo suficientemente parecido a la normalidad. Aunque normal, normal, ya os digo que no estaba, para nada. Seguía extraordinariamente agitada, nerviosa como una adolescente primeriza a punto de perder el virgo…

 

- Venga primo, vamos a la cama ya… no soy capaz de esperar más… - le dije, después de deslizarme de debajo de él e incorporarme junto al sofá, tirando de su cuerpo para tratar de moverle. Pensé que no iba a ser capaz de conseguirlo, hasta que él me escuchó pronunciar aquellas palabras mágicas, que le hicieron levantarse también, de un respingo.

- Puta... - escuché susurrar a Meri mis espaldas.

 

Me giré para mirarlas. Evidentemente, María había vuelto de su escapada sexual al ginecólogo caliente como una ramera, soñando con que aquella noche yo iba a querer llevar hasta el extremo lo que ya habíamos avanzado la noche anterior. Qué equivocada estaba… después de lo que había pasado con Nuria por la tarde (no pasó nada, Laura, me repetía, esta tarde no ha pasado absolutamente nada), tenía bien claro que mi primo iba a ser solo para mí aquella noche.

 

En contraste con María, Nur callaba, y me miraba incluso sonriendo. Era normal. Yo no tenía duda de que ella se alegraba por mí, claro, pero sobre todo se alegraba por ella misma. Aún a pesar de lo que ya había hecho (no ha pasado, Lau, no ha pasado…) sabía de sobra que solo cuando yo lo hiciera ella iba a poder repetir, libremente, no una sola vez, robada, aislada, irrepetible, sino todas y cada una de las veces que quisiera hacerlo. Solo si yo follaba libre y sin complejos con mi primo, ella iba a poder hacerlo también, incluso a solas, sin tener que mediar mi presencia como excusa, una vez abandonáramos todos aquella casa y, después de las vacaciones de verano, nuestras vidas volvieran a su normalidad. No me cabía la menor duda de que su cuerpo se estaba consumiendo de deseo por hacerlo, ya, cuanto antes. Pero Nuria siempre ha sabido esperar cuando merece la pena esperar, y no le queda más remedio que hacerlo. Y, en aquel momento, no le quedaba más remedio. Pablo me tomó de la mano y me la apretó, mientras me sonreía. Y a mí todo lo demás me daba igual, porque yo no podía estar más feliz.

Fue él quien empezó a andar, tirando de mí con urgencia y nerviosismo. ¿Se había dado cuenta de lo que quería y por eso estaba así? Cuando llegamos a la puerta de mi dormitorio, se paró para dejarme pasar:

 

- Quiero dormir contigo, primo – le expliqué, incapaz de utilizar las palabras adecuadas.

- Y yo contigo, Laura… - replicó él. Parecía repentinamente molesto.

- Pero... Tengo ganas de hacerlo, Pablo. - Me había decidido, por fin, allí a las puertas de mi habitación, a pedírselo. Pero ni siquiera entonces era capaz de expresar mi petición como era debido y con todo el respeto que le debía a la persona a quien estaba suplicando su cariño y sus cuidados.

 

Quizás debería haberme esforzado por expresarme correctamente y con el debido respeto. O quizás nada había cambiado ya a aquellas alturas. El Pablo que me empujó dentro de la habitación era ya otro Pablo muy diferente del que yo había conocido. En el fondo, creo que él había decido ya en nuestro camino a mi matadero cuál iba a ser mi destino aquella noche, y que mis torpes palabras en la puerta no habían hecho más que darle la razón.

 

Un Pablo desconocido, visiblemente histérico, una vez hubo cerrado la puerta con delicadeza, se me echó literalmente encima, desaforado, después de haberme empujado dentro con violencia. Algo parecía haber explotado en él. Y supongo que era normal, un año de desplantes y negativas por mi parte no se podía borrar de un plumazo, y aquellas dos semanas de desenfreno y deseo desatado a cuatro bandas nos había conseguido desquiciar por completo a todos… sin contar que aquel último día había sido una auténtica locura. A ver, yo quería follar porque quería follar, claro, me moría de ganas, pero es que iba absolutamente salida también en ese momento, si es que cualquier roce con su piel ya me ponía a mil y me daba ganas de saltarle encima. Y él… joder, él venía empalmado, si es que no había dejado de estarlo en ningún momento desde que me empezó a tocar en el salón, no había dejado de estarlo mientras descansaba sobre mi cuerpo cuando todo parecía haberse calmado, a pesar de su corrida, que todavía hoy no soy capaz de entender cómo le había pasado, todo daba igual, aquella verga poderosa no se venía abajo, y parecía que no se iba a venir abajo ya nunca, por lo menos hasta que no se metiera dentro de mí, y si mientras descansaba sobre mi cuerpo en el salón al menos su pene perdió un cierto grado de su inexorable dureza, en algún momento del camino hacia mi habitación había vuelto a recobrar todo su vigor, o quizás fue justo en ese momento en el que, golpeándome y empujándome, me había hecho entrar en mi habitación y estaba ya saltando sobre mí, completamente desnudo, que ni sé cuando se había quitado mis bragas, quizás fue justo entonces cuando aquella polla de otro mundo se había puesto rígida y tan violentamente dura como el más inquebrantable de los diamantes, pero al rojo vivo.

 

Yo también iba completamente desnuda, claro, ya comenté antes que aprovechó mi sumisión en el sofá para quitarme las bragas, dejándome totalmente en bolas bajo su cuerpo, así que recibí aquella primera embestida de mi primo y su cipote directamente cuerpo contra cuerpo, polla contra cuerpo… Todavía hoy recuerdo el tacto de aquel martillo poderoso golpeando mis piernas, intentando abrirme en canal de un golpe. No puedo culpar a Pablo, nunca pude hacerlo, porque nunca fue culpable de nada, y sé que toda la responsabilidad fue siempre mía. Fui una calientapollas desde el principio, y en algún momento era hora de que recibiera, por fin, mi merecido. Y había sido una calienta aquellas semanas, había sido una puta calientapollas brutal durante todo aquel día, en el que todavía había pretendido que nadie iba a mantener relaciones sexuales en aquella casa… Fui una zorra pervertida, una calientapollas de mierda hasta el final, con él y con mis amigas, era yo la que le había puesto el nabo así de inexplicablemente tieso… todo aquel prólogo, todo había sido demasiado, le había calentado muchísimo, también el a mí, no se puede negar, pero hasta en eso él demostraba su superioridad, su energía y su capacidad sexual sobrehumanas… así de absurdamente empalmado, arrollador como un huracán, estaba como si nada, fuerte e impulsivo como un macho adulto en lo mejor de su desarrollo, pero yo no daba más, estaba física y mentalmente arrasada, sudaba como una cerda y me sentía sucia, guarra, y me volví de trapo cuando mi primo me cogió del cuello, apretándome hasta privarme del aire, insultándome y escupiéndome a la cara mientras me embestía a golpes con todo su cuerpo, una y otra vez. Yo me quedé blanda como un fardo, como un ser inanimado, carente de vida, como la muñeca hinchable con la que mi primo iba a sacarse la calentura. No era capaz de mantenerle fuera de enorme y bruta que la tenía, con cada una de sus embestidas, como de animal en celo, mis piernas trémulas y sin fuerza se doblaban y separaban, y su cipote se me metía entre los muslos como un tren de mercancías que hubiera perdido el control, golpeándome la vulva sin ton ni son, o atravesándome el hueco entre los muslos de lado a lado, o forzando mi esfínter, resbalando sobre mi monte de venus o machacándome a golpes el perineo…

 

Me di cuenta de que Pablo no quería follarme, quiero decir, no estaba intentando penetrarme realmente en aquel momento, sino que, simplemente, estaba histérico y brutalmente salido, de tal manera que no parecía capaz de hacer nada que no fuera empotrarse contra mí a lo bestia, una y otra vez. Me revolví bastante patéticamente, tratando de echarme hacia atrás, tropezando como una inútil con la cama de Pablo, la escalera del altillo y no sé cuántas cosas más. Al darse cuenta él de que trataba de recular, me cruzó la cara de un guantazo y se aferró a mi cuello con las dos manos, llamándome puta una y otra vez. A mí aquel golpe en la cara me puso indescriptiblemente cachonda y, aunque mis manos se aferraron instintivamente a las suyas tratando de liberar mi garganta, creo que él se dio cuenta de mi estado de excitación porque tuve como una especie de orgasmo involuntario, y pude sentir el líquido caliente que salió disparado de mi coño al suelo salpicando en mis pies y mi pantorrilla. El olor a coño caliente empapó al instante toda la habitación, y algo en el cuerpo de mi primo reaccionó de forma tan virulenta y automática que sus manos dejaron por fin mi cuello y se anclaron firmemente en torno a mi cintura, en esa curva pronunciada que se me marcaba entre el torso y mis anchas caderas. Al hacerlo, me atrajo firmemente hacia él, y aunque yo seguía estúpidamente tratando de sacarme su cuerpo de encima como fuera, intentando vanamente apartarle, frenarle sin rechazarle, todo fue inútil y la fuerza de su pasión me atrajo hacia su cuerpo caliente, tan caliente como yo misma estaba, y entonces yo le acaricié la cara y me abracé a él, a su cuello, desesperada y muerta de amor, mientras él se lanzaba a comerme la boca mientras sus manos me rodeaban las nalgas tomando posesión completa de mi culo y de mi raja. Yo le abracé con fuerza, y él me respondió, abarcándome completa desde la base de mis glúteos, mientras yo le besaba todo el cuerpo, salida y puta como una zorra, y al final nos morreamos ardientemente, como si el único lugar donde pudiéramos encontrar el aire necesario para vivir fuera en el fondo de la boca del otro.

 

He de admitir que Pablo estaba tan asalvajado y tan brutalmente cachondo que llegué a tener miedo, su comportamiento era demasiado rudo, por no decir abiertamente violento, estaba demasiado excitado, no sólo mentalmente sino también en lo físico, y eso implicaba no solo que actuara como un animal desenfrenado conmigo, sino que hasta su propio cuerpo parecía el de un animal enloquecido en medio de un celo salvaje. Jamás me había enfrentado a un pene así, me hacía daño en cada golpe que sus continuas embestidas propinaban a mi cuerpo, parecía una polla de caballo pero endurecida al máximo, y sus ataques me hacían sentir como si me estuviera azotando con un bastón de madera. Aquello me tenía a mí al borde del pánico, pero que mi primo pareciera un animal peligroso fue algo que hizo despertar mi propio instinto animal también, podía sentir miedo pero la adrenalina producida por mi cuerpo me ayudaba a superar todo temor, y al final acabé yo también nadando en aquella sensación de revolución total, la situación había acabado por volverme loca a mí igualmente, era tan endemoniadamente erótica que, de repente, sin más, cedí a su ataque por completo, dejándome llevar por aquel huracán, consintiendo conscientemente ser raptada por su furiosa ira sexual…

 

Amorrada desesperadamente a él, aferrándome a su cabeza y a su carita infantil, a su pelo goteando sudor salado, le dejé pegarse por completo a mí, sus manos hundidas en mi raja del culo, que me abrió groseramente con sus dedos hasta el punto de estar al límite de desgajármelo, y aquel enorme cipotón, aquel bastón de madera implacable golpeando entre mis piernas y arrasando con todo lo que encontraba a su paso mientras su lengua alcanzaba a cerrarme la garganta, jugando directamente con mi campanilla y me obligaba a luchar por gestionar aquella avalancha de carne y saliva en mi boca sin morir asfixiada en el intento.

 

Todo aquello pasó a la velocidad de la luz, pero a la vez duró tanto que parecieron milenios en los que nos besamos y juntamos flotando en un magma inerte que había hecho desaparecer todo cuanto no éramos nosotros dos en el Universo.

 

Y así sucedió, aunque no sea capaz ni de recordarlo, porque ni siquiera fui consciente del momento preciso en que me la metió. Supongo que no podía haber pasado otra cosa, claro, con sus embestidas constantes, mi coño abierto de par en par, obligado a abrirse todavía más por sus manos metidas en mi culo, mi cuerpo rendido, que ya no sabía lo que quería pero había renunciado al menos a luchar… solo era cuestión que una de aquellas irracionales arremetidas de su verga atinase en el punto exacto. Y, cuando lo hizo, todo sucedió de golpe y fue imparable. Quiero decir, que me entró entera, hasta los huevos metida en mí, y yo casi ni era consciente de lo que pasaba, porque las sensaciones que estaba experimentando en todo mi cuerpo eran tan plenas y totales que mi cerebro era incapaz de procesar ya más estímulos. Ni siquiera ese. Aquella fue una de las metidas más raras que me han hecho en mi vida, y es que estaba tan fuera de mí, tenía tal capacidad de sentir hasta en el último rincón de mi cuerpo, el último jirón de mi piel, que parecía casi como si estuviera completamente drogada, como si me hubiera metido de pastillas hasta las cejas y mi sensibilidad estuviera exagerada hasta más allá de los confines de la sensibilidad humana.

 

Todo podía haber pasado así, hasta el final mismo, si aquel contacto tan íntimo y total no hubiera hecho que la Tierra se frenara, que el Tiempo mismo detuviera su curso paralizando la vida y la existencia de todo cuanto ha sido en un terremoto inabarcable y profundo. Mi primo Pablo me la había clavado, cuando me quise dar cuenta él me había penetrado ya el chocho abierto, húmedo, chorreante, y jadeaba pegado a mi cara, cubierto de mis babas y de mis lágrimas igual que yo tenía la boca llena de su saliva, sus mocos y su sudor. Nuestras respiraciones agitadas se fundieron en una sola, igual que los dos éramos ya un solo cuerpo. La sensación era tan brutal que ninguno de los dos podía hacer nada que no fuera escuchar aquellos jadeos desbocados y el desenfrenado palpitar de nuestros corazones. Todo se había detenido hasta tal punto, y nuestra sensibilidad se encontraba tan desbordada, que casi podíamos escuchar las gotas de sudor rodando por nuestras pieles y el fluir de la sangre, veloz, hacia nuestros sexos, para rellenar aún más hasta el paroxismo su ya demencialmente grande y duro rabo, y para alimentar mi coño, colmado hasta los topes y superado en su capacidad y resistencia, y que estaba empezando a vibrar con fuerza, por sí solo, alrededor del miembro ultraerecto de mi primo encastrado en mi cuerpo como si acabaran de clavarme una lanza entera por la vagina. Esta vez sí, lo tenía dentro, no es lo que pretendía, pero había pasado, por fin ha pasado. Jamás un pene había entrado en mí de una forma tan brutal, tan rápida, de un solo y certero golpe, jamás había estado antes tan abierta ni había deseado ser follada de una forma tan desquiciada, y todo aquello hizo que diera lo mismo que mi primo tuviera una verga prodigiosa y que estuviera todavía más excitado que yo de manera que tenerle dentro era todavía pero que haber sido penetrada violentamente y por sorpresa por un potro desbocado. Pero tampoco Pablo parecía dar crédito, ¿realmente estaba dentro de mí? ¿realmente había pasado? ¿había sido todo tan fácil, estaba siendo de verdad tan exageradamente placentero como nos parecía? Me hace gracia recordar que, a pesar del prodigioso tamaño de su gran verga, y de la absolutamente desmedida erección que llevaba aquel crío, todavía fue capaz de farfullarme en la boca emocionadas alabanzas a mi sexo, joder qué coño tienes prima, es la hostia, menudo chochazo enorme de zorra que tienes, joder, me cabe toda y me folla sin moverme, es como una boca, como una cueva para mi polla, Laura, puta, tienes el coño enorme y abierto, mucho más grande que el de la zorra de Nuria… Y, sin embargo, más allá de toda aquella verborrea incontenible, ya de por si capaz de masturbarme la vanidad hasta el punto de provocarme un orgasmo en el orgullo al ponerme tan por encima de mi novia, resulta que el pobre niño estaba paralizado, tanto o más de lo que yo misma lo estaba, porque yo era también tan incapaz de moverme como casi lo estaba siendo de vivir. Estaba sintiendo un placer profundo, insondable, estaba sintiendo un placer cósmico. Era tan bestia que realmente hubiera querido poder morir en aquel momento para no sentir nada más en mi vida después de aquello.

 

Al final fueron las leyes físicas las únicas capaces de romper aquel momento eterno. Concretamente, la de la gravedad. Mis piernas, que ya estaban flojas cuando Pablo comenzó su ataque, se quedaron hechas un flan cuando me di cuenta de que me la había metido entera de una. Por un momento, que para mí igual pudieron haber sido horas, me quedé allí colgada de su mástil, inerte como una bandera sin viento, emparedada entre la fogosidad de su cuerpo sudoroso, inmóvil pero tembloroso, y la empinada escalera de subida al altillo, que se me clavaba en la espalda y en los glúteos pero que al menos contribuía a proporcionarnos a ambos, que éramos ya un solo cuerpo, un mínimo y necesario apoyo. Sin embargo, mi peso era demasiado para mi primito, siempre he sido algo corpulenta, de talla media tirando a alta, y aquellos kilos me empujaban cada vez más contra la verga de Pablo, hundiéndose tiesa y feroz en mis carnes como si fuera un clavo enorme empujado contra una pared por una presión descomunal. Al final, el endeble cuerpo de niño de mi primo no soportó más aquel esfuerzo, o quizás se vio arrasado por el placer, como lo estaba yo, por otra parte. El caso es que, tras un mínimo intento de recolocar sus piernas y mi peso, sus músculos cedieron, sus pies resbalaron, no sé qué coño pasó ni cómo reventó todo pero de repente sentí que nos precipitábamos, resbalando de lado hacia la cama de Pablo que, afortunadamente, teníamos pegada a nuestras piernas.

 

La caída fue limpia y mullida, ya que yo me fui directamente de espaldas sobre el colchón, golpeándome solo la parte inferior de los muslos con el borde de madera de aquella cama. Mi primo, para suerte suya, cayó completamente acogido por mi blando cuerpo, abierto y desplegado para ablandar su impacto y protegerle. Afortunadamente, porque con la trempada monumental que llevaba, cualquier otra postura en nuestra caída habría provocado que se le partiera el pene… Pero no fue así, ya digo. En realidad, en aquella postura en la que fuimos a caer, ocurrió más bien lo contrario: fue Pablo quien terminó por romperme el coño. Le tenía ya absolutamente metido dentro, y mi coño parecía de hecho estar tirando hacia dentro de su polla con tal fuerza que era como si le estuviera succionando aquel apéndice inflamado con una potentísima bomba de presión. Caímos los dos juntos, pegados por completo, abrazados, sus manos cogiéndome el culo, abriéndomelo y perforándomelo, las caras juntas compartiendo sudores, los sexos anudados con fuerza, con aquella vergota dando de sí las paredes de mi vagina hasta límites insoportables. Su pene siguió así rígidamente incrustado en mi interior durante nuestra caída, así como en mi mullido aterrizaje sobre el colchón. El impacto me hizo levantar instintivamente las piernas, casi abrazando su breve cuerpo de niño aún por desarrollar, apretándole más contra mí, si cabe, centrando su tiro en mi coño descerrajado, colocándole sobre mi anatomía despotricada en la posición perfecta para darme la estocada final.

 

- ¡AAAHHHHHHHHHHHHHH!- un grito ahogado me explotó en el fondo de la garganta, como si un temblor hubiera retumbado en lo más hondo de mi estómago haciendo salir todo el aire de mi interior con demasiada fuerza y velocidad.

 

La gravedad se había encargado, sí, de todo cuanto podía faltar. Todo el peso de Pablo pareció concentrarse por un momento en aquel grueso punto que lo mantenía tan íntimamente unido a mi cuerpo. Como si hubieran dado un mazado en la base de aquella lanza enhiesta y vigorosa que me estaba atravesando, sentí que mi vagina se abría hasta doler y que la carne de él me penetraba hasta extremos donde ningún ser humado había podido llegar antes. El cipote de mi primo se me había clavado de tal manera que no entendía cómo era posible que no me hubiera destrozado las entrañas con aquel golpe. Sentí mi vulva arder, dada de sí para recibirle hasta la mitad de sus hinchados huevos. Joder, aquel dolor tenía que ser peor que parir, y Pablo me tenía abierta de patas como una parturienta abandonada al rugir de su suplicio, con las caderas desencajadas, la raja de mi coño a mi culo desplegada y abierta en canal, los muslos apretados contra la cama en una postura antinatural. Mi primo me miró hondamente con sus ojos azules, que tenían una claridad y un brillo desconocidos al clavar su mirada en mis ojos azul mar, siempre profundos y chispeantes.

 

En aquel momento, Pablo hizo su único movimiento en aquella extrañísima follada que me estaba pegando, y no fue otra que tensionar cada uno de los músculos de su cuerpo para empujarse, todavía más, dentro de mí. Pude notar la cabeza de su polla en mi interior, la vagina me echaba humo dilatada como estaba con aquella monstruosidad en su interior, y sentí que los músculos de la vulva se me aflojaban por completo, incapaces de contener el avance de sus hinchadísimos huevos, que prácticamente ya me estaban haciendo su caliente bombeo de acumulación de semen dentro mismo de mi coño.

 

Y aquello fue todo. Creo que ni él, ni en realidad ninguno de los dos dábamos crédito a aquello que estábamos haciendo, que ninguno era capaz de entender del todo lo que acababa de pasar. Creo que Pablo tampoco había pretendido metérmela tan de inmediato, que no había creído que fuera posible realmente cavármela de una manera tan perfectamente sencilla y rápida. Después de entrar así, mi coño estaba reventado y dado de sí como jamás lo había estado, claro, que además aquella postura hacía que cada mínimo movimiento de nuestros cuerpos me abriera más todavía y él se clavara aún más en mí, pero es que iba tan zorra aquella tarde que ya al entrar en la habitación reconozco que tenía al chocho muy abierto y caliente, demasiado como para que ni aún la más grande de las pollas hubiera tenido problemas para follarme.

 

En resumen, mi primo Pablo no podía estar más dentro de mí, cosa que hizo que los dos nos pusiéramos más cachondos todavía, llevándonos casi hasta los límites de lo posible. Y, sin embargo, estábamos también tan perfectamente estupefactos, que ninguno de los dos fuimos capaces de reaccionar. Si es que eso fue lo que pasó, él desde el principio se mantuvo así, inmóvil, tumbado sobre mí, tumbado dentro de mí, en realidad, pero taaannn dentro… sintiendo el contacto absoluto de nuestros cuerpos sudorosos, mutuamente entregados, licuados el uno en la otra hasta no ser más que un único cuerpo, él sintiéndose por fin completamente rodeado por mí, del capullo hasta el último pelo de sus huevos, yo llena hasta literalmente no poder más, plena como nunca, a rebosar por su falo que aún escupía esperma de su última corrida de antes, en el salón, pero que ahora lo echaba dentro de mí. Sin embargo, aquella corrida tan reciente, y la tralla que llevábamos acumulada de aquella tarde, me daban seguridad también respecto a su aguante en aquel momento, por más que sintiera sus testículos fabricando semen, bombeando sin parar en la boca de mi coño.

 

No sé cuánto tardé en darme cuenta en que algo no iba. La situación se estaba dilatando demasiado. Yo había entrelazado mis manos con las suyas y le daba tiernos picos, como una adolescente enamorada, mientras permanecíamos así, anclados el uno a la otra por nuestros sexos y por nuestras azules y acuosas miradas. Los dos lo estábamos gozando, eso está claro, aún sin movernos ni un milímetro, aún sin follar, realmente, debería decir para que me entendáis, incluso así lo estábamos disfrutando con una hondura implacable, y eso se notaba, nos mirábamos y sabíamos los dos que ambos estábamos como tontos de lo inmenso que era aquello que estábamos sintiendo...

 

Y, sin embargo, por algún motivo, aquella petición desesperada, aquel FÓLLAME que tenía atravesado en mi garganta reseca, no terminó de salir. Mi voluntad luchó por decirlo, ¡¿pero por qué coño no te mueves, cabrón?!, pero las palabras no salieron, y el tiempo fosilizado se hizo demasiado largo, demasiado eterno y a mi frágil conciencia le dio tiempo a explotar en mil pedazos y derramarse como una lluvia de plata desde las alturas. Sentí que me precipitaba con ella, desde un plano superior y distante hasta la más dura y amarga de las realidades, en una caída veloz y heladora, atravesando capas y capas de un aire congelado e irrespirable. Todo aquello había terminado por superarme, hasta tal punto, que no fui capaz ni de expresar mi deseo total de follar. ¿Todavía quería hacerlo? ¿Era aquello lo que había buscado? ¿Dónde estaba mi pretendido control de la situación, la entrega medida y ordenada de mi sexualidad y mi propia vida a aquel sátiro de desenfrenado sadismo? No, esto no es lo que querías, Laura... querías controlarlo, saber cuándo y cómo y no, no era ahora, no era aún... me martilleaba un angelote vestido de Laura-puta agarrada a mi oreja, mientras la muy zorra se frotaba el coño abierto contra los pliegues cartilaginosos de mi pabellón auditivo, pero me impedía a mí disfrutar del sexo total y tan insoportablemente deseado con el falo de mi primo… Joder, Laura, ¿pero se puede saber qué coño te pasa? Iba a pararle, no me lo podía creer pero quería pararle, de pronto necesitaba quitármelo de encima, sacármelo de dentro… ¡era su olor!, su olor, ¡joder!, de repente me parecía que aquel crío olía a animal, aquel puto cerdo olía a sexo salvaje, a establo, a orgía de venados y jabalíes en celo… Aquel hijo de la grandísima zorra apestaba a coño de Nuria, ella otra vez, siempre ella, esa zorra, y con él, el puto, el bastardo, ¡¡aquel maricón se atrevía a follarme después de ponerme los cuernos con ella en mi cara!!

 

Ahora mientras escribo, pensándolo fríamente o, bueno, en realidad hace ya tiempo que lo supe, tengo claro que no fue otra cosa que miedo, un miedo atroz lo que me atenazó en aquel instante, lo que me paralizó y me obligó a desear huir de allí para no volver nunca jamás a sus brazos. ¿Miedo a qué?, me preguntaréis. Es sencillo: miedo al placer, a un placer tan grande que fuera incomparable, insuperable, que fuera un placer tal que ya nunca fuera capaz de repetirlo, de alcanzarlo de nuevo, otra vez. Miedo a tocar el techo de mi vida sexual con un crío que apenas había empezado a explorar la suya… miedo a su abandono, a su desprecio, a no ser válida para él. Miedo a Nuria. De repente, había dejado de negarme a follar con mi primo para protegerle a él y mi familia, para negarme a hacerlo para protegerme a mí misma.

 

Ya, reconozco que no tenía sentido, pero es que hacía ya demasiado tiempo que nada de aquello tenía sentido. Mi última tontería iba a durarme poco, por fortuna, también es verdad, pero aún tenía que hacerle pasar a Pablo por aquella última gripe hasta que yo tuviera, de una puta vez, la valentía suficiente para perder el único miedo que realmente me había impedido siempre llegar hasta donde había querido desde el principio: el miedo a mi Libertad.

 

Pero, en aquel momento, era lo que había, y él tampoco supo o tampoco quiso impedir mi estúpida actuación. Aprovechando su pasividad, conseguí juntar fuerzas para empezar a decirle que no. Al principio no fue más que eso, un no, no, no, repetido incansablemente como si se tratara de una letanía, de un oscuro conjuro invocado desde lo más profundo de la noche de los tiempos. Él se quedó perplejo cuando entendió lo que yo estaba diciendo, y comprendió que se lo estaba diciendo en serio. Aquello le hizo bajar la guardia, lo que me animó a empezar a decir mi NO con mayor fuerza y claridad, hasta que conseguí un no, Pablo, por favor, no sigas, saca de encima, y él estaba perplejo, aunque se mantenía tan duro y tan dentro de mí como en todo momento, y yo seguía gozando como una perra con un nivel de placer indescriptible y desbordante que me estaba haciendo mojarlo todo de forma casi inexplicable, tal era el nivel de lubricación que mis atormentadas vulva y vagina reclamaban para poder seguir albergando aquel miembro rotundo y vigoroso. Aprovechando, sin embargo, ese leve momento de incertidumbre de mi primo, conseguí sacármelo sin más de encima, metiendo mis manos entre nuestros cuerpos, obligándole a rodar de lado sobre la cama y girando y abriéndome yo para hacerle salir de dentro. Había estado al límite.

 

Lo peor, lo que más me dolió en aquel momento, no fue el hecho en sí de perder la oportunidad de un polvo histórico, que también, sino el haber sido yo misma la que había detenido aquello tan bonito, y encima que, por más vueltas que le daba, no era capaz de encontrar el motivo real de lo que acababa de hacer. La respuesta era sencilla, claro está, y no era otra que mi miedo a ser libre, miedo a nos ser capaz de procesar el haber alcanzado todo aquello que llevaba tanto tiempo soñando… por eso me empeñaba en disfrazar mi decisión en el asco, el pudor y los tabúes o, incluso, los celos. Aunque no puedo dejar de pensar que el hecho de que mi primo se hubiera quedado tan paralizado, también había tenido que ver, y mucho. Porque no era solo que aquello me hubiera dado la oportunidad de reaccionar, que era cierto que había pasado… pero es que solo con que él se hubiera movido un poco dentro de mí, solo con que hubiera hecho un mínimo amago de ponerse a follarme… joder, todo se hubiera precipitado de una manera tan imparable que, estoy segura, se habrían desencadenado las sensaciones más brutales de toda mi vida, y en vez de haciendo malabarismos para sacarme aquella enorme serpiente de dentro de mi cuerpo, ahora estaríamos los dos follando como locos, como nadie en este mundo había follado nunca ni podrá llegar a follar jamás.

 

No soy capaz de explicar ahora lo horriblemente mal que me sentí. Es que no hay palabras para hacer entender algo así… Joder, al sentirle así, encima, dentro, tan dentro… había sido todo tan distinto que nuestras otras (pocas) veces... Qué coño, había sido distinto que todas las veces con cualquier otro hombre, en toda mi vida. Qué mierda. A mi cabeza llegaron, agolpándose, imágenes de nuestras escasas pero deliciosas folladas previas, un año atrás, antes de que le prohibiera volver a intentar nada conmigo. La primera vez que tuvimos algo real, serio, algo que realmente se podía considerar como tener sexo, más allá de nuestros primeros tocamientos furtivos y sorprendentes, fue cuando le hice la primera mamada hasta el final, que se la hice compartida con la polla de su hermano. Aquel día él casi me viola, me saltó varias veces encima, de hecho en una de aquellas llegó a clavármela dentro también, pero pude desembarazarme de él sin dificultad. Era más pequeño, completamente inexperto, y estaba asustado. Ahora, más de un año más tarde, no sólo había crecido y era más fuerte (aunque no lo suficiente, es cierto), sino que, sobre todo, tenía una seguridad brutal en sí mismo y en mí, también, porque está claro que sabía lo que yo quería mejor que yo misma, y había llegado a manejarme mejor de lo que yo hubiera podido manejarle a él antes. Lo cual no dejaba de ser una putada, porque de otra manera él quizás habría vuelto a intentar forzarme otra vez en aquellos últimos días que acabábamos de pasar con mis amigas, y esta vez hubiera conseguido violarme hasta el final, seguro, porque también era lo que yo quería, poder follar sin tener que preocuparme por la culpa. Pero Pablo había cambiado mucho aquel último año. Y no había sido solo su iniciación al sexo conmigo, qué va. Su experiencia continuada con su hermano y Lucas, el hijo de la vecina de mis padres, le había dado aquella gran seguridad y, sobre todo, su rollo de estos días con mis amigas, me había dado cuenta de que le había permitido confirmar y reafirmar su hombría, su verdad. Aquella oportunidad única, que yo le había regalado, y él había sabido no desaprovechar, le había permitido follar con otra chica. Sí, joder, lo había hecho, ¿pero qué ganaba yo negándome que aquello había sucedido, aquella misma tarde, delante mismo de mis narices? Mi primo se había follado a otra, y nada menos que a un pedazo de hembra como Nurita, mi novia. Había sentido tantos celos…

 

¿Pero qué has hecho, estúpida?, me dije. Perder aquella oportunidad única de tener el mejor sexo de mi vida era algo de lo que podría llegar a arrepentirme eternamente. Pero, más allá de eso, privar a Pablo de lo que él ya había tomado posesión, había sido un gran error. Yo me había entregado ya, me había rendido y había llegado a pedirle, aunque fuera de una manera tibia e inconsistente, que llegara hasta el final conmigo. “Tengo ganas de hacerlo, Pablo”, le había dicho. Y, cuando por fin me la metió, yo le había obligado a parar y le había sacado la polla de mi coño. Su rabo duro temblaba ahora a mi lado, bamboleándose agitado frente a su cara alucinada y confusa. Mi primito estaba más que cabreado.

 

Y con razón.

 

Le miré asustada, y empecé a pedir perdón desde el primer momento, al entender que había hecho algo horrible, una tontería espantosa y cruel. Esta vez sí le había cabreado, y me lo iba a hacer pagar. A ver, Pablo ya estaba muy embrutecido por el deseo cuando me metió a empujones en mi habitación. Luego ya, el ansia de victoria, de triunfo sobre mí, a la que al fin había doblegado, le habían hecho castigarme, dominarme y someterme con una furia imposible de resistir. Pero yo había osado resistirme, insensatamente, sí, pero lo había hecho, le había vuelto a rechazar. Lo que pasa es que para aquel momento ya todo había cambiado entre nosotros. Pablo ya no era un niño pequeño, atemorizado y sorprendido, sino un hombre que llevaba un año follando con su hermano, que se había tirado a su prima mayor y a un amigo de su edad. Un hombre que había seducido a dos hembras hechas y derechas, y que se había ventilado ya a una de ellas, una de las mujeres más sexuales de esta tierra, y que poco iba a tardar en follarse también a la otra, a la que tenía obsesionada. Un hombre al que yo me había terminado por entregar, por someter. Ya era suya. ¿Con qué insolencia me atrevía a privarle de sus derechos sobre mí? Él no tenia por que consentirlo, no… esta vez mi primo podría violarme, forzarme sin esfuerzo, sin que yo pudiera hacer nada, porque tenía derecho a hacer de mí lo que quisiera, porque yo era, ya, suya, totalmente suya. De hecho, estaba segura de que, si se decidiera a hacerlo, aunque yo gritara y pidiera ayuda, mis amigas le iban a jalear él antes que intentar liberarme o ayudarme a mí. Sobre todo después de todo lo que había pasado aquel día, de lo que habíamos hecho justo antes delante de ellas. No era aceptable que yo le hubiera calentado de aquella manera para volver a negarle el paso definitivo, y menos aún cuando ya tenía su polla dentro. ¿Cómo podía ser tan ramera? No, mis amigas le habrían ayudado a atarme a una cama, si hubieran podido, para verle follarme hasta la muerte si era necesario, todo fuera para después poderse abrir de piernas ellas y entregarse también a mi primo en sacrificio, una detrás de otra, que es lo que habían deseado desde el principio, las muy zorras.

 

Aquella vez me lo esperaba, claro está, así que le vi venir cuando él saltó sobre mí, hecho una fiera. Me dio tiempo a apartarme, e intenté huir, separándome de él y levantándome de la cama para tratar de salir corriendo a refugiarme en el baño. Obviamente, él también estaba preparado para algo así, por lo que no le costó nada interceptarme y derribarme. Me agarró del brazo, y estiró la pierna para ponerme la zancadilla. En el estrecho espacio entre su cama y la escalera del altillo, no le fue difícil hacerme tropezar y derribarme, haciéndome caer. Me di un golpe contra la empinada escalera de madera, aunque su apoyo me ayudó para sujetarme en mi aparatosa caída hacia el suelo. Quedé tendida frente a él, entre la cama, la escalera y la puerta que daba al vestidor, pero antes de que pudiera recuperarme él me había saltado encima desde la cama. Le tenía sentado sobre mi cuerpo, le sentí tocarme, manosearme, darme golpes con aquella durísima polla suya, y yo gritaba asustada, con un miedo real porque sabía que, en el fondo, no iba a ser capaz de oponerle la necesaria resistencia si él se decidía a hacérmelo...

 

Para mi sorpresa, mientras yo pataleaba intentando reptar por el suelo, él se incorporó sobre mí y me permitió avanzar, patéticamente como una babosa reptando a sus pies, pero finalmente mi primo me había dado una inesperada salida. Avancé lo que pude, tratando de entender el motivo de aquella tregua repentina. Obviamente, Pablo había sobrepasado ya toda capacidad de aguante, así que aquello no se iba a quedar así. Pero quizás era tan tonto como que él seguía buscando de mí algo definitivo, buscando siempre mi entrega y sumisión total… que era cierto que yo le acababa de dar justamente eso, pero ante mi cambio de opinión en el último momento, ¿qué podía hacer él? En el fondo debía tener claro que forzándome ahora sólo conseguiría mojar hoy para no volver a tocarme en su vida (¿eso creía él? Joder, estaba tan húmeda y abierta por él que ya podría haberme violado una y otra vez, durante toda la noche, que yo ya iba a desear siempre ya su contacto, si en realidad me moría por tener sexo con él, pero solamente quería que el momento fuera el perfecto... ¿es que era tanto pedir?)

 

Me arrastré miserablemente, temblando, hasta que llegué al marco de la puerta del vestidor, al que me agarré para conseguir incorporarme. El ataque final llegó cuando Pablo me tuvo así, de pie por fin, ante él otra vez. Sentí el empujón de su cuerpo y sus golpes en mi cara y en mis tetas, provocándome, sobre todo estos últimos, un dolor atroz que me volvió a paralizar de nuevo. Mi primo me había arrinconado y, agarrándome fuertemente con su mano cerrada en torno a mi cuello, volvió a abofetearme mientras el hilo de aire que pasaba por mi garganta se iba haciendo más y más pequeño. Podía sentir la cabeza de su larga y dura polla haciéndome dibujos con su preseminal en el vientre y el pubis, cada vez que él se acercaba a mí para golpearme o escupirme o apretar más la mano con la que me estaba ahogando. Sentí que me faltaba el aire de una manera alarmante… joder… estaba acostumbrada a cierto tipo de juegos de ese tipo, pero siempre con personas que tenían amplia experiencia y un conocimiento claro de lo que hacían… aunque lo de Pablo, claro está, ni siquiera se trataba de una práctica sexual como tal: simplemente parecía dispuesto a matarme, sin más.

 

- Zorrazorrazorrazorra... – yo no sé si sentía más miedo o placer al tenerle así, visiblemente salido y desquiciado por mí. Era cierto que aquella ira suya se le podía ir de las manos, pero las mías en lugar de intentar defensa alguna se habían enterrado en el fondo de mi ciño. Desmedidamente salida, quería correrme, si era necesario por última vez antes de morir. Aquella forma de tratarme, aquel macho desconocido que había crecido del interior de mi primo me tenía arrebatada y calentorra como a una puta enferma. Espoleada por esas palabras que repetía sin cesar en mi cara, escupiéndomelas rítmicamente entre salivazos sobre mi boca, de repente me di cuenta de que le estaba pajeando... mis manos se habían aferrado desesperadamente a su tranca y, a pesar de tener que hacerlo en una postura más bien complicada, se afanaban por masturbarle con toda la fuerza que fui capaz de reunir en aquellos momentos, como si estuviera diciéndole Pablo, si he de morir quiero hacerlo agarrada a tu polla, primo, quiero morir bañada por tu semen…

 

En el fondo no le faltaba razón a mi primo, me estaba comportando como toda una prostituta profesional, nos solo aguantando sus insultos, sus golpes y salivazos, su estrangulamiento descabellado y peligroso, sino que de hecho aquella situación me parecía, en sí misma y precisamente por aquella actitud tan sádica y varonil, inesperada e irresistiblemente excitante. Aunque notaba cómo crecía de manera alarmante la falta de aire, al mismo tiempo aquello me estaba poniendo brutísima… ¡joder que si habría sido capaz de dejarme si él me hubiera intentado forzar hasta el final en ese instante! Mientras tanto, a la espera de que me la endiñase de una puta vez, o que se decidiera a terminar de apretarme el cuello hasta el final, yo aprovechaba para machacársela con ganas, completamente sumisa mientras le miraba embobada, muerta de admiración en verdad por aquella virilidad suya tan bestia que recién acabábamos de descubrir, con la boca abierta de pasmo, eso sí, pero también porque me hacía falta el aire, aunque él en vez de aire me la seguía llenado de baba e insultos. Cuando me quise dar cuenta, lo que noté fue una humedad caliente y viscosa resbalando por mi pubis, junto con un marcado temblor y flojera en el cuerpo de mi primo, cuya mirada se había perdido desde mis ojos, porque los suyos habían acabado de ponerse en blanco. Pablo estaba a punto de correrse.

 

El pobre chiquillo no aguantaba más… ¿qué clase de locura era aquella? Sentí que perdía el conocimiento, aunque debió ser solo por unas décimas de segundo, porque en seguida sentí que recobraba la consciencia cuando una bocanada de aire entró de golpe en mí, quemando mis pulmones y devolviéndome a la vida. Su mano ya no estaba en mi cuello, porque su cuerpo no estaba ya tampoco sobre mí. Naturalmente, aquello significaba que tampoco su pene estaba ya entre mis manos. Me incliné hasta casi tocar el suelo con mi cara. Estaba absolutamente mareada, y me sentía muy confundida. Me di cuenta que le había visto girarse y correr hacia el baño. Doblada por la mitad, resollé como si no fuera capaz ya de recuperar mi respiración con normalidad, desfallecida y resbalando contra la pared. Me palpé el pubis: estaba muy caliente, y mi vulva estaba deformada y asquerosamente abierta, pero el pubis en sí estaba apenas manchado, tan solo algo mojado y pringoso. Comprendí que solo me había llegado a escupir un chorro de preseminal, pero que Pablo no se había llegado a correr aún, realmente. Traté de pensar… oh, mierda, ni siquiera se ha quedado a que le masturbara, me dije, abatida, ni siquiera... joder, el muy cabrón… hoy… ¡hoy se ha follado a Nur…! Pero también me ha dado por culo, luego… y se la hemos mamado las dos juntas, y luego hemos hecho eso con ellas delante… le he tenido dentro… ¡le has tenido dentro, joder, Laura! ¡Espabila! Habéis estado a punto de follar, me decía a mí misma… Pablo no se va a conformar ahora con una paja, para mí podía ser excitante esa situación, pero para él debía de ser hasta humillante, una auténtica mierda que yo le acabara con una simple paja, cuando había llegado a entrarme por fin por la vagina...

 

Pero, ¿qué hago? me pregunté… joder, joder, joder, no puedo pensar, me falta aire en el cerebro, siento como si no me circulara la sangre, jodeeer... la única salida real sería seguirle y follar con él, Laura, ¿no te das cuenta? pero... ¿seré capaz? me dije... no puedo fallar otra vez, no puedo volver con él ahora, entrar en el baño dispuesta a dejármela meter y luego volver a pararle, volver a cagarla de nuevo… algo así sería mi final, el fin absoluto de todas mis posibilidades de normalizarlo todo, de ser Libre por fin… y, para él… para él sería aún peor… no sé cómo, no se cuál podría ser su reacción, aunque qué más daba, despreciarme, dejarme para siempre, acusarme ante nuestra familia, matarme, todo aquello era lo de menos, porque lo que tenía claro era que supondría mi fracaso, reduciría al absurdo todo lo sucedido aquellas últimas dos semanas, aquel último año desde que él y yo nos liamos la primera vez, toda mi vida en realidad dejaría de tener sentido... ¿Llamarlas a ellas? ¿Pedir ayuda...? Eso lo desbloquearía todo, pero ¿cómo iba a terminarlo todo así? Entregárselas ya sin haberme entregado yo misma antes, ya solo iba a provocar el despecho definitivo de él hacia mí. Y tampoco podía ignorar su deseo hacia ellas, sus ansias, un deseo que estaba claro que había sido correspondido desde el principio... ¿Quería desatar un trío brutal entre ellos, del que sin duda yo iba a verme absurdamente desplazada? Todavía era mi turno, aunque pudiera ser quizás mi última oportunidad, pero todavía podía salvarme. Estaba claro que debía ir yo, solucionarlo sola… y rápido, me dije, a juzgar por los jadeos fuertes de Pablo que me llegaban del baño. Había ido allí a pajearse él, a solas. Y lo estaba haciendo con ganas. Aquello no iba a durar mucho más, pero es que no me veía con fuerzas…

 

Sabía que no iba a poder.

 

Entonces lo vi claro, joder, ¡qué tonta! ¡¡¡El culo!!! Claro que sí, eso era, el culo me salvaría una vez más... Al fin y al cabo, Pablo ya me había abierto aquella tarde la puerta de atrás, así que... claro, que tontería, ¿pero cómo no lo había pensado antes? Era perfecto para salir de aquella… Él estaba tan caliente que seguro que una vez que tuviese la oferta delante no iba a ser capaz de rechazarla... y, una vez que empezara, si él por propia voluntad se decidía a ir a más… pero no lo iba a hacer, aunque qué más daba… ¿Me daba igual? ¿Realmente me daba igual? ¿Hasta cuándo te vas a seguir engañando, Laura? Sentía que me explotaba el cerebro, de verdad que no podía más… joder, pero Nurita, Nurita dio el paso ella, ¿por qué yo no podía hacerlo? ¿Qué me pasaba? Jamás había tenido tantas dificultades para follar con nadie, ni siquiera me había costado tanto ponerle los cuernos a mi hermana con su marido, por mucho que aquello nos hubiera llevado años para decidirnos, mi cuñado y yo lo habíamos tenido mucho más claro… aunque no puedo negar que también fue algo que me hizo dudar muchísimo y, sobre todo, una experiencia de la que salí cambiada. Y mejor, también. No tienes por qué decidirlo todo ahora, Laura, me aseguré… pero tienes que moverte, ya, si quieres perder tu última oportunidad en este mismo instante. Pablo no iba a tardar en correrse, y entonces sí que no iba a tener cómo arreglar aquello, porque ¿qué haría el después de pajearse solo? Si yo ya no iba a estar disponible, si yo no remediaba el dejar de ser una posibilidad, mi primo, sin duda todavía cachondo aún después de correrse… ¿no iba a ir, sin duda, a buscar un mejor diversión con aquellas dos zorras de mis amigas? ¿De verdad quería yo quedarme fuera de algo así?

 

Para cuando di un paso dentro del baño, he de decir que ya estaba totalmente convencida. Era incapaz de ir más allá, lo reconozco, pero estaba totalmente dispuesta a entregarle el final definitivo de mi prohibición de follarme el culo. Esperaba que, al menos, aquello consiguiera aplacar su enfado y me permitiera ganar un poquito más de tiempo.

 

Mi primo estaba sentado en la taza del váter, pero sobre la tapa cerrada, en pelota picada y empalmado como un mono. Lo cierto era que seguía con aquella trempada sin sentido, levantada en vertical como una columna de piedra, que se estaba meneando con fuerza usando sus dos manos, con cara de desesperación absoluta. No era capaz de entender cómo no se había corrido ya si se estaba pajeando a aquel ritmo. Me sentí muy puta y le deseé con toda mi alma. Sentí que me volvía a mojar, y con aquel temblor tan fuerte entre mis piernas no fui capaz de controlar mis manos, que instintivamente se lanzaron hacia mi coño y lo abrieron como un libro según me acercaba a él. Actué sin pensar, de manera compulsiva y absurda, pero la atracción de aquel falo mortalmente erecto era demasiado inmensa, y no pude evitar sentarme sobre él. Lo que hubiera querido hacer, en realidad, era haberme sentado sobre su polla, directamente, pero os podréis imaginar que no tenía el ánimo como para eso, después de tanta duda y tanta tribulación. Además, él se la tenía agarrada con las dos manos, y la aferró aún más fuertemente, pegándola a su torso, cuando vio que me acercaba a él, como si estuviera queriendo defenderla de mí, así que no me quedó otra que hacer lo que verdaderamente pretendía, en realidad, que era sentarme sobre sus rodillas, a horcajadas, abierta de piernas y embadurnándole los muslos con los ríos de flujo que se escurrían por los míos. Me pegué golosamente a su cuerpo y a su polla, haciéndole sentir mis labios mojados contra la mano que sujetaba la base de su tronco, buscando su boca con la mía y acariciando su plano pecho adolescente con mis pezones empalmados y la suavidad de mis tetas sudadas, que se encontraron también con la agradable sensación de su capullo mojado, duro y caliente entre ellas.

 

Demasiado bonito para ser cierto, ¿verdad? Cuando me quise dar cuenta le estaba mirando patas arriba desde el suelo, donde había aterrizado de golpe por el empujón cargado de desprecio que me acababa de dar.

 

- ¡Pero qué coño haces, zorra!

 

Aquello me impactó, pero hice lo posible para reponerme. ¿me tratas como a una zorra, cabrón?, pensé. Pues vas a saber lo tremendamente zorra que puede llegar a ser tu prima… Aquel niñato no iba a ser capaz de dejarme así. No, era imposible que fuera capaz de resistirse a… Ignorando el dolor en mi espalda y en mi culo, provocado por el golpe inesperado contra el suelo, aproveché mi poco decorosa postura, con las patas levantadas y todo el culo al aire, para tratar de echarme hacia atrás todo lo posible, levantando las piernas al máximo hacia mi cara para poder ofrecerle cuanto más mejor de mi trasero. Me tiré de las nalgas con las manos para separarme bien la raja. Todavía podía sentir mi ano muy abierto de la burrada que Pablo me había hecho por la tarde, y tanto que hasta podía notar las gotas de flujo que resbalaban desde mi vulva entrando por el agujero de mi orto.

 

Mi primo se puso inmediatamente en pie, mirándome el ojete fijamente, todo su cuerpo en tensión. Aquella forma de mirarme… ¡le tenía! Joder, es increíble lo caliente que está, me dije… ¡Vaya que si le tenía! Hice rodar mi cuerpo por el suelo, para quedarme boca abajo, apoyada sobre mis rodillas y mis antebrazos, siempre enfilando mi trasero hacia su verga, asegurándome de elevar bien el culito, sacándolo hacia fuera todo lo que era capaz. No necesitaba hacer más, normalmente cuando quiero incitar a alguien a comerme el culo, suelo estirarme de las nalgas para que se me abra, pero en aquel momento ya digo que podía notarme completamente abierta, toda la raja, de hecho, tanto por delante como por detrás. Además que esta muy húmeda, más bien mojada, en verdad, ésa sería la palabra correcta. Los segundos siguientes se me hicieron eternos, dudando con desesperación si me la clavaría sin más, o si acaso volvería a despreciarme, por una última y definitiva vez, y saldría de allí escupiéndome y corriendo a refugiarse en los brazos de mis amigas. Escuché el ruido de un golpe contra el váter, pero con la cara pegada al suelo no pude ver lo que se me venía encima.

 

Recuerdo que lo primero que creí sentir fue el dolor del golpe de mi cara estampándose contra el suelo, aunque en realidad tuvo que ser antes la patada que Pablo me había pegado, con todas sus fuerzas, en pleno centro del coño. Lo que pasa es que aquel fue un dolor tan brutal que pareció como si, antes de explotar, se hubiera tomado unos breves instantes para concentrarse en la boca de mi vagina, antes de expandirse hasta que ya no fue posible expandirse más, y reventó con una onda expansiva que me arrasó de los pies a la cabeza.

 

- ¡Puta, puta, que eres una puta, una grandísima zorra! – con cada insulto, mi primo me regaló un sonoro azote a mano abierta en mis nalgas. Es cierto que él entonces tenía poco cuerpo, ya lo he comentado, y poca fuerza también, por lo tanto, así que en realidad no me pudo dar tan fuerte, pero sí que me dio todo lo fuerte que fue capaz, eso seguro, con la mano abierta y sus largos dedos separados restallando contra la carne mórbida de mis glúteos, que debieron quedar pintados cada uno con el dibujo de dos manos enrojecidas y perfectamente delineadas.

 

Llorando de dolor, en parte por el golpe seco de mi cara contra el suelo, pero sobre todo por el innecesario, aunque merecido, patadón en el coño (los azotes en las nalgas, a decir verdad, me habían resultado bien estimulantes y reconfortantes), quise girar mi cabeza para ver, pero un nuevo y demoledor dolor en mi ano me lo impidió. Cerré los ojos al sentir la embestida atravesando mi carne a toda velocidad, es cierto, pero es que aquello fue casi lo de menos, porque la sensación de rotura y ardor fue tan aterradora que mi mente quedó invadida por un fogonazo blanco y brillantísimo, que pareció a la vez consumir todo el oxígeno de mi cuerpo y de aquella habitación. Me había quedado de golpe sin aire y sin sentidos, y el único estímulo que parecía llegar a mi cerebro era aquel rumor sordo y rítmico como de oleaje de un mar enfurecido golpeando una y otra vez contra el casco de una embarcación vieja y quejosa, así como aquel incendio que se había desatado en lo más profundo de mis entrañas, donde una y otra vez explotaban bombas de profundidad, secuencialmente y sin parar, haciendo que mi cuerpo se separara, rajado en dos como una tela rasgada al tirar con las dos manos con demasiada fuerza.

 

Evidentemente, mi lasciva actitud, desproporcionadamente incitadora, había sido demasiado para Pablo, y más aún en aquel momento de máxima excitación en el que le había encontrado. Habría sido imposible que no hubiera hecho lo que me hizo. Pero toda la culpa fue mía, fui yo y solamente yo quien provoqué que mi primo me violara. Tras patearme y azotarme, se había lanzado sin más contra mí. Ya digo que llevaba el ano tan abierto que no tuvo que hacer el menor esfuerzo para clavármela toda en una enculada brutal. Ni siquiera tuvo que apuntar. Mi raja abierta y chorreante redirigió el torpe impacto de su cipote contra mi cuerpo, y mi esfínter desbocado hizo el resto, engullendo aquella tranca imparable, impulsada con toda la fuerza de aquel cuerpo joven y caliente que hubiera matado en aquel instante con tal de poder entrar dentro de mí. Pablo me estaba violando, sí, pero he de decir que tampoco era lo que yo había esperado. El dolor era insufrible, mortal, exagerado. Aquel chaval tenía ya demasiada polla como para poder asumir algo así. Sin embargo, yo ya no podía hacer nada, era imposible echar marcha atrás ahora, porque aquel convoy de mercancías se había lanzado a toda velocidad contra mi culo y, una vez penetrado, ya nada sería capaz de arrancar su verga de recto. De verdad que no me esperaba que él se fuera a lanzar así, ni de que fuera realmente capaz de penetrarme sin más por completo, de clavarme toda su tranca, brutal, de un solo golpe asesino en el culo, de un único y primer golpe, rotundo, certero, imparable. De haberlo sabido, no le habría incitado de aquella manera, habría tratado de aplacarle, no sé. Siempre había disfrutado del sexo anal, he de decirlo, aunque me costó años conseguir decidirme a practicarlo, porque reconozco que era algo que durante mucho tiempo me había dado miedo. Me sorprendió luego no solo el intenso, persistente y profundo placer que provoca, sino también descubrir que, más allá del momento de la entrada (y, a veces, ni eso), no solía provocar el más mínimo dolor. Jamas habia sentido un dolor. Bueno, mentiría si dijera que nunca me han hecho daño follándome por detrás, por supuesto. Pero es que también me han hecho daño al follarme el coño, o la boca. Las pollas grandes hay que saber gestionarlas, tanto por quien da como por quien recibe, claro. Y, joder, una polla larga, o sobre todo una polla gorda y dura, mmmm, ¡qué ricas!, siempre pueden hacer daño en medio del frenesí de cualquier follada. Pero joder, aquella manera de Pablo de entrar de una, sin avisar, con una polla como la suya y, además, tan desmesuradamente empalmada y dura… ¿os imagináis que os meten un bastón de golpe, entero, hasta el fondo de vuestro culo? Joder, y el tío después de endiñármela tampoco se quedó quieto ya, qué va, al revés, empezó un mete saca desaforado, venga a darle dentro y fuera como un puto mono salido, que es lo que era… ufffff, jamás nadie me lo había hecho con tal sadismo, con tanta saña, joder, y tanta habilidad, también y, sobre todo, con tanta... ¡tanta polla! Y polla tan dura, rígida y rotunda, tiesa e inflexible… y tan caliente... putas… ufffff… ni siquiera la noche en aquel sucio almacén donde me metieron los senegaleses de María, aunque creo que al mastodonte del Alexander aquel no le debí recibir por detrás, porque me habría matado, joder, no sé, lo cierto es que hay tanto de aquella lejana y mala noche de alcohol, drogas y sexo, mucho sexo, que no recuerdo...

 

Pero ahora era la tranca de mi primo Pablo la que me había atravesado y, aunque afortunadamente a aquel cuerpo y aquel miembro les quedaba todavía mucho desarrollo por delante, algo que seguramente me evitó lesiones considerables en aquel encuentro, la verdad es que yo me sentía rasgada por completo, partida en dos, o quizás más bien hasta hecha añicos, y eso que aquella tarde ya me había forzado al limite al hacerme aquel fisting por el culo, pero ahora, joder, ¿cómo podía ser tan animal? ¿Cómo podía ser tan hombre, joder, tan viril, tan apasionadamente macho? Lo cierto era que había demostrado una cierta habilidad también, al metérmela. Aunque todo había sido rapidísimo, y yo no pude ni darme cuenta de aquello, luego dediqué muchas conversaciones con él a rememorar y recrear nuestras folladas de aquella noche, y él siempre fue capaz de describir con todo detalle cómo antes de entrar en mi culo me lo había tocado todo con sus manos, rápidamente, sí, porque decía que sentía que se corría y no quería echármelo encima antes de metérmela, porque su único objetivo ya aquella noche era follarme, y le daba igual si tenía que ser por el culo porque estaba decidido a partirme, así que me sobó veloz pero con destreza, separándome bien las nalgas con los dedos, las puntas de aquellos largos y sensitivos dedos, sudorosos también, que había utilizado para buscarme la raja, y de ahí deslizar hasta mi esfínter, entrando en él de súbito y tirando con sus dedos hacia fuera de mi ano, que ya estaba abierto y dilatado, y con aquella maniobra me dijo que me lo había dejado como si le hubiera dado la vuelta, quedando completamente separado con eso, abierto de par en par, y dispuesto ya para que él pudiera incrustarme aquella palanca de hierro de un solo golpe...

 

Yo, hasta entonces, tampoco era especialmente de gritar cuando me pegaban un polvo, a no ser que la situación lo exigiera o estuviera con uno de esos tipos que necesitan un poquito de espectáculo para sentirse satisfechos y con sensación de haber hecho una buena inversión. Claro que cuando me hacían daño o, al revés, cuando me hacían algo que de repente me hacía ver las estrellas, pues algún berrido se me escapaba, pero es que lo de Pablo aquella vez no tuvo nada que ver con esto, mi primo me acababa de destrozar la vida, literalmente, no es que me doliera el ano, es que no era capaz de soportar el cuerpo entero, lo que además a él parecía estar haciéndole disfrutar aún más de su triunfo, absoluto e implacable, y me follaba a toda velocidad y con todas sus fuerzas, separándome más y más el culo, todavía, tirando de él con las manos y abriéndomelo a golpes de polla dura, apretando con saña su pubis contra mis nalgas. Yo había perdido casi el sentido, ya digo que se me habían doblado los brazos y me había ido de boca contra el suelo, sentía la dureza del frío mármol en mi boca, y él seguía apretando mientras mi desesperado grito inicial, interminable, se quebraba, y continuaba en una sucesión de violentos alaridos realmente aterradores, pero ni con mucho tanto como aterradora era la follada me estaba pegando él. Tuve que obligarme a reunir toda mi fuerza física y de voluntad para forzarme a olvidar mi dolor y tratar de centrarme en aquellas sensaciones que, entre las doloridas y estiradas fibras de mi recto, empezaban a producirse, enviando feroces destellos de placer prometedores de un paraíso largamente soñado pero, me temo, nunca antes alcanzado, quizás.

 

En cualquier caso, y aunque estuviera ya comenzando a poder imaginar el placer por venir, en aquellos primeros momentos el dolor arreciaba, de tal manera que era sencillamente demasiado, aún para mí. Pero le dejé hacer, qué leches, si es que tampoco podía hacer otra cosa, ¿aún en el supuesto de que lo hubiera querido, cómo podría haber hecho para detener a la bestia de mi primo? Además, que es que sabía que no debía intentar resistirme, porque sabía de sobra que hacerlo sería aún peor: cualquier movimiento en falso por mi parte haría que Pablo me destrozara el culo, sin más. Porque lo que era él, no se iba a parar, eso estaba claro. Pero es que, además, yo quería con toda mi alma que me siguiera follando. Así sí, pienso, por el culo sí. Soy tuya, mi amor, soy tuya, primo, para siempre, ya nunca me negaré a darte mi culo, podrás metérmela siempre que quieras, como quieras, donde quieras, porque mi culo te pertenece… Me había entregado, sí, por fin lo había conseguido, me había empezado a follar el culo, a follármelo sin paliativos y, a pesar del dolor, yo me estaba dejando hacer. Había sido mucho peor, mucho más difícil y doloroso de lo esperado, pero lo estábamos haciendo, y eso era lo único importante. Lo bueno que tiene el dolor es que te vas haciendo a él. Y yo, personalmente, siempre he sido capaz de disfrutar del dolor una vez que a base de asimilación empieza a parecerse cada vez más a un placer intenso y desmedido. Sí, estaba empezando a sentir placer. Estaba empezando a sentir auténtico y genuino placer, tan desbocado que era, quizás, todavía un placer desconocido, prohibido, único y especial. Con el cuerpo medio adormecido, en realidad, por el dolor, aquella sensación empezó a tornarse tremendamente agradable, y me envolvió un efecto narcótico que me hizo sentir como si estuviera flotando en una nube mientras me dejaba follar por un ángel enorme y viril, sobrehumano e hiperdotado. Follar, dejarme follar el culo por mi primo, una vez tras otra, era ya lo único que yo quería hacer aquella noche, y estaba dispuesta a hacerlo, hasta el final, aunque al día siguiente no pudiera ni contarlo. 

 

Pablo había consumado mi entrega. Si no mi entrega total, si al menos mi entrega anal, completa y definitiva. En consecuencia, yo ya sabía que mi relación con él iba a ser de sumisión total por mi parte durante toda la noche. Porque yo me había ofrecido y él me había tomado, complacido, con toda la violencia y todo el deseo extremo que solo un verdadero y buen Amo es capaz de hacer. Aquello era algo que le daba poder, algo que le confería derechos absolutos sobre mí. Yo había conseguido dejar mi coño fuera de la ecuación, por el momento, casi para mi propia sorpresa, casi contra lo que yo misma había creído que era mi deseo. Pero, más allá de aquello, solo él iba a marcar nuestros límites aquella noche. Entregándole mi culo en pompa yo había realizado mi último acto voluntario de aquel día. A partir de ahí, ya no iba a tener capacidad para nada más. A partir de ahí, no iba a ser más que un pelele en sus manos.

 

Pero ahora nada de eso parecía importar, él se había lanzado a violarme, enardecido por estar dentro de mí, y su furia y sus ganas lo eran todo para mí. Aquella tarde cuando me había asaltado por detrás por sorpresa, no había tenido nada que ver con lo que me estaba haciendo en ese comienzo de nuestra noche más tórrida. Al revés, por al tarde fue todo tan suave, me la había metido con cuidado, casi como intentando que no le notara, aquel había sido un polvo robado, que yo no había querido ni esperado, aunque lo hubiera consentido y, a buen seguro, disfrutado. Nuestra noche no podía haber comenzado de una manera más distinta: Pablo estaba desaforado, enloquecido y, lo que era peor, estaba más jodidamente caliente que en toda su puta vida, yo aquello lo podía notar físicamente, aquel calor abrasador de su cuerpo salpicando sudor sobre mi espalda y mi culo y, sobre todo y aunque pueda parecer increíble, lo podía notar en su polla, porque aunque la llevara ya como un bate de béisbol cuando me la metió de golpe, todavía mientras me follaba yo pude notar su polla crecer en mi interior, ardiendo e hinchada, cada vez más grande y más dura, si es que era increíble, y si ya lo del principio me dolía hasta el martirio, ahora ya me sentía morir en cada golpe, por un momento pensé que no iba a ser capaz de soportarlo, era algo sencillamente físico, me estaba violando y me estaba machacando por cómo me lo hacía, cada embestida me arrasaba con nuevos golpes en mi cuerpo, nuevos golpes contra el suelo, nuevos y devastadores golpes y en mi interior, es que me sentía como si me hubiera metido un palo de golf por el coño y me estuviera machacando con él el útero, el estomago, el hígado, y al mismo tiempo me estuviera dando una paliza a puñetazos y patadas desde fuera.

 

Pero, mientras mi cuerpo siguiera siendo capaz de aguantar, yo seguiría permitiéndole follarme a su antojo, ya fuera de aquella violenta manera o, si él así lo quería, incluso de una mucho más definitiva y brutalmente mortal. Y, mientras me follara, yo seguiría buscando el placer hasta en el último rincón de mi dolorido cuerpo, sin importar lo desfallecida que me sintiera. No sé decir si fueron nuestros sudores mezclados, o las secreciones de mis intestinos, o acaso su pene que no dejaba de verter litros de preseminal mezclados con restos de corrida y sucio esmegma, pero según avanzaba aquel polvo demencial, mi ano parecía estar cada vez más apaciblemente dilatado, y sobre todo ayudado por una abundantísima e inexplicable lubricación, haciendo que aquel estrecho agujero estuviera siendo capaz de acumular cada vez más y más disfrute en formas de toneladas de buen sexo, que mi primo me estaba embutiendo a golpe de polla, de manera implacable e incansable. Me había convertido en una puta perra, en su perra, y con cada embestida suya no dejé de gritar como la perra que era en ningún segundo.

 

Hubo un momento en que, como si llegaran desde el otro extremo del sueño, envueltas en una nebulosa de niebla y calor, me pareció escuchar unas voces familiares, gritando escandalizadas, envueltas en golpes y tropiezos. Vi entrar en tromba en el baño, como si de un espejismo se tratara, primero a Nurita, detrás a la buena y bella Mer. Mi novia se quedo parada en seco, mirándonos boquiabierta y gritando entrecortadamente, braceando hasta que no fue capaz de aguantar más y empezó a pajearse delante de nosotros,  desesperada y sin parar de gritar y señalarnos. Mer parecía igual de aterrada que ella, o igual de excitada, pero todavía mantuvo el ánimo necesario para sacarla de allí, tirando de ella con todas sus fuerzas, berreándole furiosa que debían salir de allí, que tenían que dejarnos solos, la pobre Meri gritaba, nerviosa, y Nur le respondía gritando asustada, histérica, cachonda, no sé, en realidad yo no podía entender lo que decían, en mi cabeza solo se repetían, incansables los golpes sordos del bombeo continuo de mi primo a mis espaldas. Entendía, eso sí, que Mer se estaba peleando amargamente con mi novia, había empezado a golpearla, y yo no quería aquello, no quería que nadie tocara así a Nuria, no quería que nadie golpeara a mi novia, así que junté fuerzas para conseguir estirar mis brazos, buscando incorporarme para poder avanzar, aunque fuera a gatas, pero mi primo al darse cuenta me embistió con fuerzas redobladas una y otra vez, y al final fue él quien terminó por tumbarme a los golpes, empujándome y atestándome violentos puñetazos en la espalda y en la cabeza. En el reflejo que me devolvió el cristal de la mampara de la ducha, pude ver cómo aquel animal se había incorporado sobre mi cuerpo, sin dejar que su larga polla dura abandonara nunca la cálida guarida de mi culo, bombeando sin cesar, con fuerza y furia, pero a la vez avanzando a horcajadas sobre mi cuerpo para alcanzar mi cabeza y apoyarse sobre ella con las dos manos, obligándome a doblegarme y morder, literalmente, el polvo de aquel suelo frío y pringoso. Su movimiento, centrado siempre por su falo alrededor del ojo de mi abierto culo, me había forzado a levantar las nalgas tras él cuando avanzó lo necesario para hundir mi cabeza y detener mi frustrado intento de avance. La postura en que me dejó era antinatural y humillante. Como para demostrar todavía más su dominio absoluto sobre mi cuerpo delante de mi novia, Pablo me agarró de ambas muñecas y, tirando hacia sí de ellas, me empezó a arratrar a golpes de polla por el suelo, dándome ocasionales tirones del pelo con todas sus fuerzas, para tratar de que no me partiera la boca contra el suelo, “¡¡joder, Mer, pero mira lo que le está haciendo, se ha vuelto loco!!”, gritaba una Nurita desconsolada, mientras Mer la sujetaba, impidiéndole acudir en ayuda de mi cuerpo, que se había convertido en una especie de fardo que, envuelto en un sudor sofocante, era arrastrado por la descomunal polla de mi primo por todo el suelo como si realmente estuviera intentando sacar brillo al mármol con mi piel sudada y resbalosa.

 

Había jugado a ser una mala puta con él durante demasiado tiempo, y ahora él me estaba dando mi merecido, follándose a su antojo a su zorra traviesa y revoltosa, violándome con toda su violencia y su ira acumulada, usándome como un trapo, tratándome como si de veras fuera su trapo, destrozándome el culo que su verga implacable me obligaba a mantener elevado, en alto y abierto para permitirle taladrarme el ojete a plena potencia. Era horrible, cada segundo que pasaba su ira iba a más, y mi cuerpo se desmoronaba, destrozado, me estaba haciendo entender que me tenía ya tan derrotada que, dado que era evidente que él no pensaba detenerse jamás, llegué a pensar que en un momento dado, sin más, acabaría por morirme allí, y sin duda ése era también el mismo temor absurdo que le asaltaba a Nurita mientras Mer la obligaba a contemplar, sin poder intervenir, cómo mi primo me taladraba con toda su furia.

 

Pablo terminó de doblegarme del todo, precisamente a los pies de Nuria, aplastándome contra el suelo a base de embestidas repetidas contra mi culo, apoyándose sobre mi cabeza y mi espalda para mantener el equilibrio, me tenía totalmente tumbada contra el suelo, sometida a él en cuerpo y alma mientras me sodomizaba como una auténtica bestia, con la fuerza de un oso enfurecido y la velocidad frenética y compulsiva de un mono cachondo y descerebrado que se guiara únicamente por el sexo en su arbitrario y arrebatado comportamiento, arrastrando mi cuerpo desmadejado en cada embate, haciéndome levantar las pantorrillas y elevar el culo en sus embestidas para seguir a su cuerpo, para seguir el curso de su pene tratando de evitar que aquella barra de acero terminara por provocarme algún destrozo definitivo dentro del cuerpo, era horrible, horroroso, y lo peor de todo era que realmente estaba sintiendo cada vez siento más placer, a pesar del dolor, de lo insoportable de su ritmo, de la postura implacable, pero el no atendía a mis gritos ni a los aspavientos de Nuria, y yo no podía ya con mi vida y él sigue que te sigue, hasta que por fin, cuando menos me lo esperaba, pareció que se frenaba, agotado también él, quizás, o acaso tratando de darme al menos un respiro, aunque solo fuera por poder seguir follándose a un ser vivo durante un rato más, antes de terminar el resto de su noche practicando la necrofilia.

 

Sentía que, pese a que no terminaba de sacarme el rabo del culo, sí había al menos dejado de apoyarse sobre mi espalda, y había liberado asimismo mi cabeza. De repente podía estirarme, me estaba dejando hacerlo, aunque cada movimiento me hiciera ver las estrellas mientras siguiera con aquella enormidad alojada en mis intestinos. Necesitaba... sí, joder, noté que de repente podía incorporarme, levantar la cabeza, los brazos, ¡joder! Mis débiles brazos habían resbalado en un charco de algo indefinible y me habían hecho caer de bruces contra el suelo, haciéndome gritar del brutal golpe que tuvieron que sufrir mis pobres tetas.

 

- Joder – se quejó él, a mis espaldas - ¡Levanta, puta! - me ordenó, enfadado, tirando con violencia de mi melena negra que ya estaba completamente enredada.

 

Me dobló como a una muñeca, y tuve que apoyarme en el lavabo para evitar caerme. Cuando me tuvo así, volvió a empujarme con fuerza desde atrás, empotrándome sin piedad la cara contra el mármol de la encimera. Aquello me dejó medio inconsciente, o momentáneamente atontada al menos, permitiéndole a él levantarme, o dirigir más bien mis movimientos para ponerme sobre el lavabo, no sé, igual me daba todo porque lo único real era que yo ya no tenía fuerza ni capacidad de resistencia alguna, mi cuerpo se había desmoronado, como si mis miembros fueran de trapo, e iban moviéndose sin control en un alocado vaivén según él trataba de dirigirme, mientras seguía siempre ensartada en aquel despiadado miembro de hierro. Cuando me volvió a endiñar desde atrás me vi directamente aplastada contra el espejo, allí medio tumbada sobre el lavabo, mientras él me sujetaba ni siquiera podía entender cómo, más allá de que me tenía cruelmente empalada en su nardo endurecido y de que me seguía penetrando sádicamente una y otra vez con total facilidad, porque debía tener el ojete dilatado como la boca de un pozo, aunque al menos me estaba dando ya con un ritmo algo más relajado esta vez, eso era cierto, como más cadencioso y maduro, si es que tenía que estar agotado él también, o quizás también era que estaba buscando disfrutar más de mi cuerpo, una vez que se había quedado seguro de que me había sometido por completo y sin posibilidad de escapatoria alguna. Desde luego que sus embestidas eran ahora mucho más fuertes y profundas, aunque más duras también, ya que se notaba que las controlaba más y, sin duda, eso hacía que aquella nueva parte de su follada estuviera siendo casi peor aún, si es que algo así era posible.

 

Cuando Pablo me hubo follado un buen rato en aquella agónica postura, y quizás cuando hubo comprobado el reblandecimiento completo de mi cuerpo y de mi culo, que se había abierto de par en par y sin contemplaciones a su verga triunfante y al poderío de su voracidad sexual, se permitió el lujo de salir por un momento de mí, sacándome su polla temblorosa y enrojecida de dentro. Apoyado sobre el lavabo y contra mí, haciéndome sentir siempre aquella obscena dureza suya golpeando entre mis piernas y en mi sudorosa raja, resolló encima de mi cuerpo empapado, hundiendo su cara mojada y babeante en mi cuello y en mi pelo, aspirando el olor de mi sudor y llenándome la cara de besos guarros y lamidas mientras jadeaba con fuerza, como tratando de recuperar la respiración. Por fin, se despegó de mí y me cogió de los muslos, no sin antes propinarme una larga e innecesaria serie de azotes en mis nalgas que terminó por dejarme ardientes y escocidas, para acabar descargando los restos de su sadismo en mi vulva, que para entonces tenía completamente hinchada y salida reclamando también su parte. Sin duda no era precisamente aquellas hostias salvajes lo que estaba buscando mi coño moreno pero, de alguna manera, aquella violencia incontenible de mi primo consiguió también calentarme aún más a mí, y no solo a él, que parecía completamente ebrio de sexo y poder. Me obligó a girarme y a quedarme tumbada sobre la encimera del lavabo, mirándole a cara a cara. Estaba sublime, bellísimo, su cuerpo en tensión aparecía fibroso y perfectamente musculado ante mí, como si fuera mucho mayor de lo que en realidad era, detrás de aquella dura e imponente polla que se alzaba, amenazadora, por encima de su abdomen brillante y en tensión, con ríos de sudor delineando los músculos que se hundían en su pubis.  

 

Yo, allí medio tumbada sobre el lavabo, pero con los muslos casi colgando hacia el suelo, me sentía abierta y vulnerable, notaba no solo el ojo del culo dilatado, sino que también tenía dado de sí el chocho, como si me lo hubiera estado follando un caballo, de lo perra y caliente que iba. Me sentía sucia y olorosa, el cuerpo me sudaba por cada poro, cada pliegue, cada extensión de mi trémula carne, y todo me dolía a morir, la espalda pegada a la fría y dura encimera de mármol, los muslos colgando desde el afilado borde de ésta, la cabeza doblada contra el espejo. El potorro abierto supuraba líquidos sin parar, y mis ojos vidriosos miraban a mi primo con una mezcla de amor y odio, temor y admiración y, sobre todo, mucho deseo y lujuria extrema. No sé si me lo ordenó él o fui yo misma la que decidí abrirle mis piernas, lo cierto es que necesitaba que él me sujetaba para no resbalar, untada en sudor como estaba, encimera abajo dado mi precario equilibrio sobre el lavabo. Pablo se metió entre mis muslos sin dudar, y me apretó el cuerpo sin piedad, cosa que agradecí porque al fin conseguí acabar con aquella horrible sensación de estar cayéndome todo el rato, y pude dejar de tratar vanamente de aferrarme al mármol con mis manos empapadas. Los huevos calientes de él se me metieron entre los pliegues del coño, y yo gemí hondo porque fue como si me hubiera metido de golpe una polla gorda y blanda pero corta, ya que de lo abierta que estaba podía sentirle en el interior de mi vagina solo con que se pusiera así de pegado a mí. Pablo solo dedicó unos mínimos momentos a jugar con mi sexo, agarrándolo con su mano derecha e introduciéndome su pulgar impúdicamente, removiéndolo dentro de mí con vehemencia.

 

- Joder. Mira que eres puta, prima. No puedes tenerlo más abierto, zorra… - me dijo con gesto de asco. Al terminar su piropo, me escupió un gargajo que me acertó de lleno en la cara, escurriéndome por la nariz desde mi ojo izquierdo. Cuando lo sentí alcanzar mi labio superior saqué la lengua por completo como una vaca, y lo recuperé llevándolo a mi boca completo y jugoso, deleitándome con aquella cálida cremosidad de su saliva mezclada con la untuosidad de sus restos mucosos, que solo por la presencia de ciertos grumos de mayor dureza resultaba algo distinta que beber su semen. Mientras me relamía, mi primo me regaló una última hostia en la cara. – Puta – sentenció, haciendo rodar golosamente cada una de las letras por su boca.

 

 

Supongo que fue él quien me alzó las piernas, porque dudo mucho que yo hubiera tenido fuerzas para tal proeza, pero tenerla de repente juntas y apoyadas sobre su hombro derecho fue para mí un alivio máximo, descargándome por fin del peso insoportable de mi cuerpo, y exponiendo de nuevo mi culo abierto al soplar del aire y a todo ese goce inminente que estaba por venir. Suspiré y dejé caer mi cabeza hacia atrás, en actitud sumisa, entornando a penas los ojos con un ensayado gesto de erótica incitación. Sentí el capullo de Pablo deslizar húmedamente por mi nalga derecha, fuertemente cogido por su mano izquierda. No tuvo que hacer esfuerzo por encontrar mi raja, ya que casi se le quedó anclado y medio hundido en el agujero de mi orto al pasarlo por encima. Yo gemí y Pablo empujo. Al oír mi grito de dolor, su empujó se hizo fiero y total, y sentí que me partía. Intenté aferrarme a algo, pero su embestida me empotró contra el espejo. Su cara se distorsionó en una sádica sonrisa de maldad disfrutando por un momento de mis lágrimas y mi gesto descompuesto mientras se sentía deslizar los últimos centímetros que le separaban de mi estómago.

 

Y entonces empezó.

 

El ritmo fue frenético. No exageradamente veloz, pero es que eso hubiera sido hasta mejor, sino suficientemente rápido y constante como para no darme ni un segundo de tregua. Su cuerpo y sus muslos golpeando rítmicamente contra mi culo se acompasaron con mis gritos y el bamboleo desmayado de mi cabeza. Yo me tocaba las tetas mientras me follaba, y en ocasiones sentía sus manos allí entrelazándose con mis dedos y mis duros pezones. Sentir la dureza de aquella maza implacable desgarrándome el recto uno y otra y otra y otra vez era demoledor, y sin embargo mi cuerpo respondió comenzando a enlazar un orgasmo tras otro en un sinsentido de placer desbocado. Aferrado a mis piernas levantadas contra su cuerpo, mi primo mantenía su equilibrio y se impulsaba contra mí, utilizando todo el vigor e ímpetu de su joven cuerpo, así como su desenfrenado apetito sexual para endiñarme aquella durísima tranca que entraba en mi ano como si fuera un dulce bollo de mantequilla que aquella fiera estuviera devorando completo. Mi cabeza estallaba de gusto por aquel placer que estaba arrasando mi existencia hasta amenazar con dejarme reducida a cenizas de goce incendiado. No daba crédito a lo que me estaba haciendo mi primito, no habría dado crédito si me hubieran dicho que ningún hombre iba a ser capaz alguna vez de darme tan inmenso placer.

 

Entre las gotas de llanto y sudor que embarraban mi mirada, pude llegar a vislumbrar a María tirando como podía de Nuria para tratar de sacarla de allí cuanto antes. Nur se resistía, pero ya María había comprendido como yo que estaba vencida y entregada. Su abierta retirada me estaba dejando claro que ya no tenía salvación posible. Mi primo me tenía en sus manos. O, mejor dicho, en su polla. Pocas veces hasta entonces me había sentido tan controlada por un Amo como él. Aferrado a mi cuerpo, me folló el culo una y otra vez, a su antojo y hasta hartarse.

 

Cuando por fin se cansó y paró, sacando a la rastra aquella manguera de mi interior mientras trastabillaba hacia atrás, yo ya no podía ni moverme: mi primo me había partido el culo por completo. Puse un pie contra el lateral de la bañera para evitar caer de golpe al suelo, y me agarré torpemente al grifo del lavabo con la mano del lado contrario. Me sentía absurda e incapaz, pero la alternativa a aquel precario y deslucido equilibrio era resbalar lavabo abajo, golpeándome espalda y cabeza contra el borde de la encimera y cayendo aparatosamente al suelo ante él. Pablo había retrocedido casi hasta el váter, y estuvimos así un rato que a mí se me hizo eterno hasta que él consiguió reponerse lo suficiente como para avanzar hacia mí y ayudarme a incorporarme. Abrazada a él, elogiando su verga siempre dura por mí con excesivo ardor, como si fuera una colegiala borracha y salida rescatada por su amor platónico adolescente. Casi a rastras avancé colgada de su cuello, dejándole que me agarrara del culo soezmente y que me tocara todo por todas partes sin la menor objeción, tratando yo por mi parte de agarrar su pene erecto, como si estar sujeta a aquella barra de hierro fuera la única opción que tuviera para permanecer con vida. Me sentía como un fardo, como un peso muerto sin vida ni voluntad propia, dependiente en todo del furor y la lujuria de mi primo. Me obligó a entrar en mi habitación, empujándome con saña contra su cama. Recuerdo que me golpeé la rodilla contra la barrera lateral de madera que bordeaba el colchón de la cama nido, cuya endeble estructura gimió y se estremeció bajo el peso muerto de mi cuerpo al caer; el agudo y súbito dolor del golpe me hizo ver las estrellas, pero mi voluntad estaba tan anulada que no fui capaz ni de articular media queja. Además, me bastó girar sobre el colchón un poco para que el lacerante dolor que empezó a quemarme desde el centro de mi culo me hiciera olvidar cualquier otra posible sensación de mi cuerpo, por excesiva que pudiera ser.

 

Tanto Pablo como yo ignoramos por completo el gimoteante cuerpo de Nurita, que pateaba tirado en el suelo, pataleando en el reducido espacio que quedaba entre la cama nido y la escalerilla del altillo, mientras Meri intentaba obligarla a levantarse, o quizás tan solo quería ya poder llevársela de allí a rastras. La cerda de Nuria había enloquecido, y se masturbaba compulsivamente metiéndose uno de mis consoladores, que había debido coger del estúpido escondite bajo la mesilla de noche, donde yo guardaba los juguetes sexuales que tenía de reserva para emergencias en casa de mis padres, junto con un puñado de preservativos, que debían hasta estar caducados ya que debían de ser de la época en que empecé a tener relaciones de manera muy esporádica todavía, y vivía todavía en aquella casa de forma permanente. Pero ni sus cuerpos desnudos, ni el griterío de Nuria o su oloroso chapoteo en su coño descontrolado consiguieron atraer nuestra atención de una manera mínimamente convincente. Al fin y al cabo, nada en aquella habitación podía pretender ser comparable a mi propio cuerpo, que era toda una auténtica explosión de sexo vivo y un maremoto desenfrenado de todo tipo de olores, jugos y líquidos salvajes; estaba toda yo absolutamente pringosa, resbalosa de todos mis fluidos, y también de los de mi primo, claro.

 

Pablo se vino sobre mí y me hizo rodar sobre su cama, colocándome boca abajo. Yo me sentía como el objeto que era para él, mientras me movía el cuerpo y las extremidades, disponiéndome a su antojo para poder extraer de mí todo el placer que su cuerpo estuviera dispuesto a arrancarme. Y es que eso es lo que era en ese momento, realmente: un puto objeto de placer. Sería absurdo que pretendiera sentirme de otra manera, si había adoptado ya aquel papel de consolador para mi primo. Estaba siendo para él aquello en lo que llevaba tiempo deseando convertirme: su máquina de sexo, su muñeca hinchable. Un vulgar objeto, porque después de lo que me estaba haciendo, ya no llegaba para Pablo ni a la categoría de puta. Y, sin embargo, deshumanizada por completo, desnaturalizada como me sentía, seguía estando plenamente convencida de que para él no iba a haber aquella noche nada el mudo que pudiera ser capaz de exprimir toda su sexualidad como mi cuerpo lo iba a hacer. Ya que mi voluntad no estaba ni tenía sentido ya esperarla, al menos todavía podía entregarle mi materia viva, mi carnalidad, para que ellas obraran el milagro.

 

Sentí que se dejaba caer sobre mi cuerpo, quedando tumbado sobre mí. Él seguía completamente caliente y desmedidamente duro, aquella palanca entre mis piernas, contra mi culo, sobre el final de mi espalda, aquello era casi como si nunca se hubiera corrido, como si llevara días, años poniéndose cachondo conmigo endureciéndose, asalvajándose. Empezó a frotarse con ella contra mí, y de tan duro como estaba aquel mero deslizarse fluido sobre mi cuerpo hizo que se me separan las nalgas y se me abriera del todo la raja. Él lo notó, y empezó a frotarse más fuerte contra ella. ¿Era aquello un atisbo de humanidad en Pablo? ¿Estaba acaso tratando de preparar un poco el terreno antes de embestirme otra vez? O, quizás, ¿lo del baño había sido tan brutal que él mismo se había roto, también? No tenía manera de saberlo, porque además allí lo único cierto (y urgente) era que me iba a volver follar. Y, además, allí en la cama, con toda la comodidad del mundo, indiferente también por completo a cualquier posible estímulo externo a nosotros dos, lo iba a hacer como quisiera y cuantas veces quisiera. He de admitir que, en aquel momento, a mí el hecho de saber que ellas estaban todavía allí, junto a nosotros (el ruido acuoso de Nur majándose el coño y las maldiciones de María tratando de pararla para sacarla de allí hacían innecesario que levantara la cabeza para comprobar la certeza inmutable de su presencia) no me estaba resultando en absoluto indiferente: antes al contrario, rogaba al cielo que las borrar de allí con un relámpago y un estallido de humo, porque saberme tan absolutamente sometida por aquel crío fue algo que me hizo sentir una tremenda e inesperada vergüenza por ellas. Mi sensanción era tan plena, tan completa, tan absoluta, mi entrega a él estaba siendo tan pura y total, que pensaba que ellas no iban a poder entenderme jamás. Abrí un ojo lo mínimo necesario para constatar su posición frente a nosotros. Mer había conseguido levantar a Nur, pero las dos me miraban pasmadas, inmóviles, atónitas, y para colmo Nurita no paraba de gemir, asustada, totalmente fuera de control, y Meri parecía que, efectivamente, no estaba entendiendo nada, pero tampoco parecía que aquello le estuviera preocupando lo más mínimo, porque lo único que delataba su expresión era que estaba completamente muerta de deseo, porque realmente se la veía al borde del desmayo de tanto deseo mientras veía, olía y oía cómo mi primo me estaba volviendo a romper el culo.

 

Porque, finalmente, de nuevo había vuelto a entrar a matar como un animal, como un caballo, como un potro desbocado, como un toro semental, como una ballena de inmenso cipote que me estaba metiendo, partiéndome el ojete, entrándome con toda su tranca de golpe como un tren de mercancías, después de haberse retirado para tomar aire y tomar impulso. Durante ese leve instante, ese mínimo momento de separación me invadió una desesperación tal, una sensación de soledad tan fuerte, que sin darme cuenta me había llevado las manos al culo y fui yo quien me lo abrí hasta sentir el dolor, dándolo todo de sí hasta más allá de los límites de lo posible, más allá de los umbrales de la anatomía y de todo cuanto es natural en el cuerpo humano. Pero yo le quería a él dentro, a Pablo entero, toda su polla y todo su cuerpo y toda su alma por fin, otra vez, dentro de mí, llenando mi culo y llenándome toda y haciéndonos una, quería ser una y siempre con él, con mi primo, aquel hombre que me había enloquecido y por quien había enloquecido durante más de un año, haciendo saltar y reventar y derrumbarse una a una todas mis barreras, enfrentándome ahora por fin, de una y definitiva vez, contra el abismo de La Libertad. De alguna manera, sentía como si ya solo tuviera que dejarme caer para volar… Pero, eso estaba claro, antes de poder disfrutar de mi caída en aquel abismo, todavía debía cumplir mi pago a Pablo, saldar mis obligaciones de aquella noche, que habían sido contraídas con él, pero que yo misma deseaba vivir y sufrir hasta sus últimas consecuencias. Mientras notaba como el aire entraba a raudales acariciando las paredes de mi recto que había quedado a la vista, casi salido y dado la vuelta hacia mis nalgas, más allá del límite de mi destrozado esfínter, haciendo que se me salieran todos los abundantes restos de su esperma todavía vivo, espeso y blanco, mezclados con todo tipo de sustancias de mi cuerpo... 

 

         - ¡Fóllame, Pablo! Joder…

 

Y así, precisamente allí, en ese enorme y caliente agujero negro, rugiente y profundo que le acababa de abrir solo para él, mi primito se volvió a lanzar de un golpe, zambullendo su lanza enhiesta en mí de una, perdiéndose en mí como si ya no hubiera esperanza alguna para nosotros que permanecer así, unidos, temblando de placer, siempre. Pablo gritó al endiñarme. Yo grite cuando mi ano y mi recto se abrieron, grité, grité como si me estuvieran matando al sentir mis intestinos abriéndose para dejar espacio al avanzar de aquella bestia. Pero después de todo lo que me había dado ya en el baño, mi cuerpo estaba, al fin, tan preparado para él como mi mente. Y fue sentirle a él follándome de verdad, follándome de nuevo con todas las letras y todas nuestras ganas, que sentí que de veras mi primo me estaba matando de auténtico e insuperable placer. En contraste conmigo, después de su primer y desgarrador alarido al desgarrarme, Pablo ya no volvió a gritar, limitándose a jadear fuerte y fogosamente. Si bien por delante habían sido contadas las veces que permití que mi primo me penetrara, el sexo anal lo habíamos practicado libremente y con cierta asiduidad, hasta que yo cambié de opinión hace unos meses y me cerré en banda a volver a permitirle ponerme la mano encima, prohibiéndole volver a intentar cualquier tipo de contacto. Quiero decir con esto que le había dado mi culo un millón de veces ya, y que por eso sabía bien cómo follaba. O creía saberlo, al menos. Porque, al fin y al cabo, Pablo practicaba el sexo como supongo que lo tenía que hacer un crío de su edad. Bueno, tampoco es así excatamente… En realidad siempre había tenido ese instinto sexual especial, lo que unido a su extraordinariamente dotado miembro, le hacía estar follando ya muy por encima de la media de tíos mucho mayores que él. Pero, en todo caso, se seguía notando que era un crío, no sé, le faltaba esa contundencia, como ese manejo del cuerpo de su hembra para… uffff, ¡qué locura! Si hasta aquella misma tarde, cuando me volvió a penetrar por detrás después de tanto tiempo, volví a sentir en realidad a aquel mismo crío que tan solo un año antes se había estrenado conmigo… Sin embargo, allí en mi dormitorio aquella noche… por primera vez Pablo me folló como folla un hombre. Me estaba follando, de hecho, igual de fuerte y rotundo que me lo solía hacer su hermano, igual de vigoroso y contundente, arrollador y bestial pero, al mismo tiempo, incomparablemente más sensible y exquisito, indescriptiblemente más excitante y salvaje, más loco y deseable, en definitiva, mucho mejor. Me estaba dando vigor y sorpresa, toda la caña del mundo y, al tiempo, encontrando y removiendo resortes y palancas de un placer que diría que hasta entonces me era desconocido, inalcanzable.

 

Mi primo me follaba como un dios.

 

Escuché cerrarse la puerta con un sonoro quejido, pero no llegué a ver nada, porque de hecho no era capaz ya de ver ni oír nada que no fuese aquel conjunto de galaxias y constelaciones a las que el placer brutal del cuerpo de Pablo me estaba transportando. Unida a él, polla y ano, mi cuerpo ahora era mi culo, y mi culo era todo Pablo, todo polla de Pablo, para ser exacta. Pablo me folló, y me violó, y me mató a golpe de cipote, una y mil veces, y ya yo todo se lo dejaba hacer y todo se lo permitía, porque no quería para mi vida nada más que estar allí siendo follada por él.

 

Ya la noche había dejado también de ser mía, como me había robado antes el espacio de nuestras siestas compartidas, las siestas que él me había forzado a compartir. Como me había robado, en realidad, mi voluntad. Todo aquello ya pasó, y parecía de repente lejano como un sueño. Ahora todo había cambiado, por fin, afortunadamente. Ahora toda yo era suya, mi cuerpo había pasado a pertenecerle, y mi maltrecha voluntad parecía haber sido borrada por completo. Las reglas habían cambiado. Todo había cambiado, para bien.

 

Mientras escuchaba el sonoro chapoteo de su verga perforando mi trasero, licuando mi deseo, batiendo mi mierda y pulverizando mis entrañas, con cada golpe violento con el que su cuerpo se pegaba tan íntimamente al mío, pude recordar que, en realidad, todo aquello no era más que una tregua, en la que él estaba tomando la ofrenda de mi culo para permitirme alargar un poco más mi juego sin sentido. Por una última vez. En la mañana siguiente iba a tener que actuar, iba a tener que decidir, o iba a ser ya él quien tomara la decisión de dejarme atrás. A aquellas alturas, a Pablo no le iba a costar nada si tenía que decidir entre mis amigas y yo, si yo seguía perpetuando mi empeño en enrocarme en lugar de ofrecérselo todo de una puñetera vez.

 

Pero eso también parecía lejano, allí, empotrada sobre la cama que retumbaba, como yo, como toda mi existencia, con cada bestial arremetida de mi primo en mi interior. Ahora todo, absolutamente todo lo que no fuera él, lo que no fuera su polla, me daba igual, porque por fin estaba disfrutando de verdad, por fin estaba recibiendo lo que llevaba meses buscando, anhelando, necesitando para poder sentirme libre. Me había asomado a La Libertad, la había llegado a rozar con la punta de los dedos, pero me había faltado valentía para abrazarme a ella, para siempre. Ahora por fin me había conseguido despojar de mis temores, ahora por fin me estaba entregando a ella. Ahora por fin me estaba follando a mi Libertad.

 

Me dolía el culo como nunca, me dolía el culo y todo el cuerpo, me dolía hasta el alma, en realidad, con un dolor físico y terrible, pero el placer también era cada vez mayor, más físico y más terrible aún, si cabe (o quizás es que ya todo era lo mismo). Un placer terrible y hermosísimo, un placer total, absoluto. Y mi primo me buscaba siempre, una y otra vez, buscando mi calor también, haciéndome arder como solo él sabía, encontrando el fuego desatado entre aquella frialdad ártica de mi cuerpo, recibiendo con ello la bendición de mi carne entregada a él.

 

Me folló una y otra vez. Me hizo correrme una, dos, mil veces. Me regaló orgasmos desconocidos, galácticos, innombrables. Entre polvo y polvo, Pablo descansaba un rato abrazado a mí, disfrutándome, deleitándose con mi cuerpo rendido, con la feliz ensoñación de quien ha logrado cumplir un sueño después de haber luchado contra todo lo posible. Besándome y chupándome el culo, bebiendo sus restos de lefa y mis restos de mierda, nuestros sudores y flujos, nuestra sexualidad y todo nuestro amor, licuados y mezclados, alimentando su boca y sus ansias. Comiéndome el coño, de regalo, como si fuera poco todo lo que ya me estaba dando… No pude llevar la cuenta de los polvos, claro, todo aquello fue realmente exagerado, pero lo que es seguro es que por más que folláramos a los dos parecía siempre estar sabiéndonos a poco. Una y otra vez él volvía a mi culo; una y otra vez yo lo levantaba, buscándole, esperándole, y me agarraba a la cama intentando no gritar, esperando aterrada y feliz la violencia de su ataque, reprimiendo mis lágrimas, gozando mi dolor. 

 

Pero no existía el problema, no existía el afuera, no existía el mañana. Aquella noche tan solo existía el momento, que era nuestro momento, solo existíamos nosotros, solo existía nuestra verdad, que era el sexo real, total, único y compartido. De esa noche yo solo recuerdo el Gozo, con mayúsculas, un gozo supremo, absoluto.

 

No me arrepiento hoy de lo que hice.

Ya aquella noche supe que no me iba a arrepentir.

Nunca.

 


...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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nyctidromus
(@nyctidromus)
Miembro Erótico Autor
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@laualma relato tengo el cipote muy duro y me la voy a pelar leyendo las guarradas tu y tus amigas putas saludo y polla para vosotras 🔥🍆🍆💕💕💋💋🇻🇪


scripsit nyctidromus

sanguine et pulvis
n****@gmail.com


   
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laualma
(@laualma)
Miembro Súper Activo Autor
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Iniciador del debate  

@nyctidromus


...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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