Eran los años cincuenta del siglo pasado. En una aldea de la Galicia profunda de doce habitantes, vivía el protagonista de este relato (que contaré en primera persona) con su madre, con su padre y con su hermana Remedios.
La casa donde vivíamos había sido hecha con piedras y barro, era de planta baja y tenía dos habitaciones y la cocina, ya que el cagadero estaba fuera de la casa, concretamente en las huertas, entre la verdura alta, entre el maíz... Donde se pudieran hacer las necesidades y tener a mano algo para limpiar el culo sin que a uno lo vieran.
Mis padres, mi hermana y yo, criábamos animales para comer, y trabajábamos en el campo. En nuestras huertas poníamos patatas, trigo, cebada, verdura... Cultivábamos casi de todo, entre ese todo estaban las vides, y con sus uvas hacíamos vino blanco y tinto.
Lo malo de tener vino en casa es que mi padre se emborrachaba una noche sí y la otra también, y después de estar borracho se le daba por meterse con mi madre, cariñosamente. Esa noche no iba a ser una excepción.
-Esta noche vas a arder, Basilia.
Mi madre sonrió y le dijo:
-No debías decir esas cosas delante de Remedios y de Benito, Fulgencio.
-No debía, pero vas a arder.
Arder ardían las mechas de dos candiles en la cocina, que más humilde no podía ser, ya que tenía una cocina de piedra con dos tres pies encima y un horno también de piedra a la izquierda y un fregadero a la derecha, luego una mesa de madera de pino, cuatro sillas del mismo material y poco más. Sentada en una silla, de espaldas a la cocina de piedra, le dijo mi hermana a mi padre:
-Me dijo Tiburcio que en su pueblo ya están poniendo los postes para la luz, papá.
-Les quedó la cabeza aliviada.
-Les quedará cuando la pongan.
-No hablaba de la luz.
-¿De qué hablabas?
Mi padre se bebió media taza de barro de vino tinto de una sentada, y echando más vino de la jarra en la taza, le dijo:
-De los padres de tu nonio, mira que ponerle de nombre Tiburcio.
-Pues a mí me gusta más que el suyo.
-Tienes el gusto perdido -miró para mi madre- ¡Vas a arder, Basilia!
En fin, que era una velada más en la que salía a relucir el nombre del novio de mi hermana. Me voy a extender en este personaje porque gracias a él comprenderéis hasta donde llegaba mi ignorancia sexual.
Todos los años, en el día de san Bernardo, se celebraba la fiesta del pueblo. No tocaban más que una charanga y unos gaiteros, pero venía gente de otras aldeas y con poca cosa nos lo pasábamos genial. Pues bien, en una de esas fiestas, en la que mi hermana y yo estábamos bailando, dado que no había más gente joven en la aldea, aprovechando que la charanga tocaba en el palco y que aún no empezáramos a bailar, un hombre de treinta años llamó a mi herma a bailar. A mi hermana le cayó bien. Le pidió permiso para visitarla. Se hicieron novios y acabó viniendo en bicicleta a visitarla todos los jueves. Casi un año llevaba el tipo visitando a mi hermana cuando empezó a ocurrir una cosa extraña, y esa cosa fue que noche tras noche veía cómo se movía la colcha de la cama de mi hermana, luego cómo se movía la cama haciendo ruidos raros y después como mi hermana se encogía debajo de las sábanas. Pensé que se nos había metido un trasgo en la habitación. Mi hermana no se enteraba de que era poseída, y yo, que estaba cagado de miedo, no le decía nada para no asustarla.
Esa noche en que mi padre le había dicho a mi madre que la iba a hacer arder, después de encender la mariposa que teníamos en la mesilla de noche que separaba nuestras camas, de ponerse ella el camisón y yo el pijama y de meternos en nuestras respectivas camas, le pregunté a mi hermana:
-¿Por qué le dijo papá a mamá que iba a arder?
-Porque va a hacer cochinadas con ella.
-¿Qué cochinadas?
-¿No sabes eso que hacen los perros cuando quedan pegados?
-Sí.
-Pues le va a hacer eso para que arda.
-¿Y van a quedar pegados?
-No sé. Si te has fijado el carnero y la oveja no quedan pegados... Como yo a eso aún no llegué con Tiburcio.
-¿Qué haces con el viudo?
-Esas no son cosas tuyas.
-Si dijiste que no que llegaste a lo el carnero, es que algo hiciste con el.
-Ya te he dicho que no son cosas tuyas.
-Hace un mes os vi entrar en el cobertizo donde tenemos a los animales, y a darles de comer no ibais.
-¡Qué perra te entró!
-Es que quiero saber que hacen los novios cuando están juntos.
-Te lo diría, pero no me fío de ti.
-¿Por qué no te fías?
-Porque no sé si sabrás guardar el secreto si te cuento lo que hacemos.
-Sabes que sí, tenemos muchos secretos.
-De robar fruta y cosas así, pero estas son cosas fuertes.
-Conmigo tu secreto estará seguro.
Mi hermana se sentó en la cama y susurró:
-Nos damos besos con lengua.
Yo, también susurrando, le dije:
-Un poco asqueroso. ¿No?
-Para nada. Luego le chupo a él la picha y él me lame y me chupa a mí el coño.
-¿Eso tampoco es asqueroso?
-Sí, es asqueroso, pero me gustan y me acabo corriendo.
-¿Yo si fuera tú, también saldría corriendo?
-Que tonto eres. También me chupa las tetas.
-Eso no es asqueroso. ¿Ves?
-También me hace una paja y cuando me la hace, me corro, luego le hago una paja yo a él, le chupo la picha y se corre él.
-¿Él también sale corriendo después de chupársela?
-Incultivado, correrse él es echar leche por la polla, y correrme, yo es echar aceite por el coño.
En aquel tiempo yo era analfabeto. Aprendería leer y a escribir de mayor, pero aquello no me lo tragaba.
-A ver, Remedios, si te arrepentiste y no me quieres contar el secreto, no me lo cuentes, pero no me digas que un coño es cómo una aceitera, ni que una polla es como el cuarterón de una vaca, se parece al cuarterón, pero no lo es. Es más, creo que me has mentido desde un principio. Nadie da besos con la lengua, los besos se dan con los labios, y las pajas no se hacen, se hacen pajares con ellas y luego dices que le chupas la polla, ni que fuera la cabeza de una trucha o que él te lame el coño cómo si tu coño fuera dulce como el azúcar..
-Si no fueras mi hermano...
-Pero lo soy, y a mí no me engañas.
-¡Qué coño! Alguien te tiene que abrir los ojos.
La entendí mal.
-¡A mí no me toques en los ojos que te zumbo!
-Desnúdate y ven aquí, atontado.
-¡¿Para que quieres que me desnude?!
-Para a enseñarte todo lo que sé.
-¿No me estás engañando?
-No, ven y siéntate delante de mí.
Me desnudé y mi hermana vio mi polla colgando y mi cuerpo musculado por el trabajo en el campo. Luego fui a su cama y me senté entre sus piernas.
-Ya estoy aquí.
-Ya te veo. Echa la lengua fuera.
Saqué la lengua, mi hermana aplastó su lengua contra la mía y luego me la chupó. Mi polla se puso tiesa cómo cuando despertaba por las mañanas con ganas de mear, pero ahora era diferente, ya que me latía y además mi cuerpo era cómo si estuviera ardiendo. Después de besarme un rato, me dijo:
-Ahora chupa tú mi lengua.
Se la chupé, me la chupó ella a mí... Nos besamos largamente. Empuñó mi polla y moviendo su mano hacia abajo y hacia arriba, me dijo:
-Así es como se hace una paja.
Al rato sentí que me subía por el cuerpo, un no sé que, que, que sé yo, que se convirtió en un gustazo. Mi polla escupió leche y mi hermana se lo tragó. Al acabar de correrme me la siguió chupando, y no para limpiarla, no, me chupó la polla para que me me viniera el gusto otra vez otra vez. Ni un minuto tardé en correrme en su boca. No dejó de chupar hasta que me acabé de echar leche , luego de tragarse hasta la última gota, me dijo:
-Tragando la leche no se mancha la cama.
-¿Era leche lo que eché?
.-¿Y muy rica? Eso es lo que se llama correrse.
-Rico fue lo que sentí, eres maravillosa.
-Lo que soy es una cerda, pero me gusta serlo.
-De cerda, nada, si acaso una perra cariñosa.
Me volví a sentar y mi hermana me preguntó:
-¿Qué quieres que te enseñe ahora?
-Tu cuerpo. Nunca vi a una mujer desnuda.
-Me da un poco de vergüenza.
-Yo estoy desnudo.
-Ese es el peligro.
-¿Peligro? ¿Qué peligro?
-El de que te pases de la raya.
-Te prometo que si veo algo que no me guste no te lo diré.
-A veces pienso que eres tonto.
-A veces también lo pienso yo.
-En fin, no debía, pero allá voy.
Mi hermana se puso de pie sobre la cama, quitó el camisón y vi sus grandes tetas con areolas oscuras y pequeños pezones. Mirando para sus tetas, comencé a salivar.
-Tienes unas tetas maravillosas. ¿Me dejas mamarlas?
Mis tetas son solo para Tiburcio.
-Dijiste que me ibas a enseñar todo lo que sabes.
-Y ya te besé, ya te hice la paja, ya te la chupé, no sé más.
-Quiero aprender a mamar tetas.
Se empezó a hacer la importante.
-Pídelo por favor.
-Por favor.
No se hizo mucho de rogar.
-Vale, solo las tetas y vas a hacer lo que yo te diga.
Acepté al momento.
-Sí, sí, cómo tú me digas.
-Agarra las tetas por debajo, estrújalas y lame mis pezones.
Me puse en pie y me tuvo un tiempo magreando las tetas y lamiendo los pezones, luego me dijo:
-Ahora mámalas.
Mamé queriendo sacar leche. Cómo no salía, le dije:
-¿Qué hago mal para que no haya salido la leche?
Mi hermana sabía tanto como yo.
-No sé, pero a Tiburcio tampoco le sale. A lo mejor es que aún no tengo. A lo mejor sale de los veinte años en adelante... Mal no lo estás haciendo porque tengo el coño lleno de aceite.
-¿Y si apretara los pezones?
-Eso no me lo hizo Tiburcio, aprieta.
Apreté y me dijo:
-Para qué me duele y me podrías dejar los pezones tullidos.
Paré y le dije:
-Continúa desnudándote.
-Vale, pero siéntate, mira y no toques.
Me senté en la cama.
-Lo que tú digas.
Se quitó las bragas y vi su coño peludo. Tenía un clítoris grande con un enorme glande. Quedé asombrado.
-¡Tienes una picha enana!
Me puso un dedo frente a los labios y me dijo:
-Chsssss. No hagas ruido que nos pueden oír.
-¿Cómo es que tienes picha?
-No es una picha, es la pepitilla que se me empalma cuando estoy cachonda y sale de su escondite, yo la llamo Pepita.
¿Qué más tendría? Le pregunté:
-¿Me enseñas el coño por dentro?
Se volvió a sentar en la cama.
-Mira, pero no toques.
Acerqué mi cabeza al coño, lo abrió con dos dedos y vi que sus jugos eran blancos y que tenía un agujero muy pequeño. Le pregunte:
-¿Por dónde se mete?
-Por el agujero.
Mirando fijamente para el agujero, le dije:
-No me mientas, por ahí no cabe.
-Si le cabe a las otras a mí también me tiene que caber.
-Visto así.... Oye, se está abriendo y cerrando igual que se le abre y se le cierra a una burra cuando anda al macho.
-Debe ser porque estoy muy caliente.
Tenía que hacerle la pregunta del millón.
-¿Hacemos lo de la burra y el burro?
-Eso sería una burrada.
-No, decía...
-Sé lo que querías decir, pero eso no lo haré hasta mi noche de bodas.
-¿Qué más podemos hacer?
-Ya te corriste dos veces. ¿Qué más quieres hacer?
Lo que no quería era que aquello se acabara, así que le dije:
-Si me enseñas, podría hacerte algo yo a ti.
Mi hermana, que era morena, pecosa, rellenita, con barriguita, con poca cintura y mucha cadera, de estatura mediana, tenía pelo largo y marrón, que en aquel momento llevaba en dos trenzas. Se abrió de piernas, tocó con un dedo el coño, y me dijo:
-De esto ni una palabra a nadie.
-¿De qué?
Enseguida lo supe. Metió un dedo dentro del coño, lo sacó pringado de jugos, me lo enseñó y me dijo:
-Este es el aceite del que te hablaba.
-Parece leche.
-Parece, pruébalo, y si te gusta, lame mi coño hasta que me corra y eche más aceite.
Probé los jugos y su sabor me agradó.
-Me gusta.
-Lame.
Lamí. Pringué mi lengua con aquella especie de leche y la saboreé.
-Tienes el coño muy mojado.
-Siempre está así cuando estoy cachonda. Lame el coño y a Pepita como si fueras un perro, hazlo todo de corrido, y cuando te diga, ya, chupa a Pepita.
Lamí cómo lamería un perro y poco después, me dijo:
-Ya.
Le chupé el glande del clítoris, que medía unos tres centímetros y que tenía casi el grosor de mi dedo meñique... Mi hermana, arqueándose, sacudiéndose y tapando la boca con las dos manos, se corrió diciendo:
-Me corro.
Mi polla me latió de tal manera que casi me corro yo también. Debió ser el instinto animal, pero me moría por enterrarle polla en el coño a mi hermana.
Al terminar de gozar, le di un beso en un pezón y luego le dije:
-Deja que te meta la picha.
-No le dejo a mi novio y voy a dejarte a ti, si hombre.
Le besé el otro pezón.
-La puntita, deja que te meta la puntita.
-No, que si te corres dentro me puedes dejar preñada.
Le di un beso en el clítoris.
-Me corro fuera.
-Es que eres mi hermano.
Le lamí y le chupé el glande del clítoris
-¿Y para lamerte el coño no lo era?
Cambió de opinión.
-Solo la puntita.
Le puse la polla en la entrada de la vagina y le pregunté:
-¿Empujo fuerte?
-No, métela despacito.
Me echó las manos a pecho por si tenía que separarme de ella. Empujé muy despacito. Sentí como mi polla iba entrando en aquel agujero pequeño, agujero que se iba abriendo con dificultad y vi a mi hermana mordiendo su labio inferior. Me vino. La saqué y me corrí fuera, pero llenándole los labios del coño de leche.
Al acabar de correrme me dijo:
-Límpiame el coño.
Como no tenía con qué, metí mi cabeza entre sus piernas. Vi mi leche por primera vez. La lamí leche junto a sus jugos, y mi hermana se puso aún más cachonda de lo que ya estaba.
-Lame también la Pepita.
-¿Y la chupo hasta que te corras?
-Esas cosas no se preguntan, hombre, se hacen.
Lamí de abajo a arriba lentamente y al llegar arriba chupé el glande de su clítoris cómo si fuera una polla. Mi hermana, me dijo:
-Jódeme el coño con dos dedos de paso que lames y chupas.
Mis dedos entraron resbalando por su vagina mientras chupaba a Pepita. Mi hermana tapó la boca con una mano para ahogar sus gemidos. Luego la sacó para decir:
-Más aprisa, jódeme el coño más aprisa.
La follé con mis dedos a la velocidad del rayo, lamí a la velocidad de la luz y se corrió cómo envuelta por un tornado. Vale que exagero, pero su coño, escupir, escupió jugos en mi cuello.
Quedo baldada y respirando con dificultad. Viendo que no iba a querer más. Sali de su cama. Me senté en el borde de la mía, cogí el tabaco en la mesilla de noche, encendí un cigarrillo y me puse a fumar. Acabé el cigarrillo y mi polla seguía tiesa. Mi hermana, viéndola, me preguntó:
-¿Quieres seguir?
Sus palabras me sonaron a música celestial.
-Claro que sí.
Me metí en su cama y me eché encima de ella. Me cogió la polla con su mano derecha, la puso en la entrada de la vagina, y me dijo:
-Métela despacito.
La punta de la polla entró bien, pero al llegar a la corona hizo tope. La saqué y luego la metí de un trallazo. Se quejó:
-Ayyyy, bruto.
Viendo su cara de dolor, le pregunté lo que ya sabía.
-¿Te dolió?
-Te dije despacito.
-Es que no entraba. ¿La quito?
-¿Te vas a correr?
-No.
-En ese caso dame besos cómo te enseñé y acaba de meterla, pero poquito a poco.
Le comí la boca. Al tiempo que espachurraba sus tetas con mi pecho fui metiendo el resto de la polla dentro de su coño. Mi hermana no paraba de gemir y de quejarse. Con toda la polla dentro de su coño, me dijo:
-Ahora vete sacándola poco a poco y déjame hacer a mí. A ver si sé.
La saqué un par de centímetros. Mi hermana me echó las manos a las nalgas, tiro despacito y la volvió a meter, luego dejó que la sacara hasta la mitad, y la volvió a meter.
-Ahora jódeme tú, y no te corras que la liamos.
-¿Cómo hice con los dedos o despacio?
-Despacio, despacio.
La follé despacio y sin dejar de besarla. No sé el tiempo que la estuve follando, lo que sé es que mi hermana, de repente, me dijo:
-Como con los dedos, jódeme como con los dedos.
Le di a mazo. Mi hermana se arqueó, me miró y dijo:
-Me corro.
Sus ojos se pusieron en blanco y me puse malo. La iba a quitar para correrme fuera, pero Remedios me clavó las uñas en las nalgas, me apretó contra ella con fuerza y me corrí en el fondo de su coño.
Al acabar de correrse vi que no abría los ojos y me asuste. Luego vi cómo sacaba la lengua y la pasaba por los labios. Respiré aliviado al saber que solo había perdido el conocimiento. Me pasó por la cabeza borrar con mi lengua el cuerpo del delito, pero tenía la polla dentro del coño y otra corrida no la iba a dejar más preñada, o eso fue lo que pensé. Así que le volví a dar a mazo y poco después le volvía a llenar el coño de leche.
Era el momento de borrar las huellas del delito. Metí mi cabeza entre sus piernas, y lamí, lamí, y lamí hasta que le dejé el coño limpio como una patena. Cuando retiré la boca del coño, mi hermana levantó la pelvis. Intuí que buscaba mi lengua, le lamí y le chupé el glande del clítoris, le metí dos dedos dentro de la vagina, le di caña mientras lamía y chupaba y de nuevo su coño escupió jugos en mi cuello.
Tapé a mi hermana, regresé a mi cama y me eché a dormir.
Una hora más tarde me desperté corriéndome en la boca de mi hermana y no era un sueño. Mi hermana tenía mi polla en la boca y se estaba tragando la leche. Al acabar de tragar, me dijo:
-Yo ya voy servida de leche, ahora sírvete tú de aceite.
Me sentí culpable por haberme corrido dentro de ella, pero cuando me puso el coño en la boca, y se echó las manos a las tetas, la sensación de culpa, se fue. Magreando las tetas, me dijo:
-Méteme la lengua dentro del coño.
Se la metí. La lengua entró como un tiro dentro de su coño.
-Mete y saca, mete y saca.
Metí y saqué hasta que me puso el ojete en la boca. Volvió a decir:
-Mete y saca, mete y saca.
No era plato de mi gusto, pero decían los viejos que si vas a la ciudad tienes que hacer lo que hacen los ciudadanos, así que me amolde a la situación y metí y saqué la lengua de su ojete. Sentí unos ruidos muy familiares, le eché una mano al coño y supe que los ruidos los hacían sus dedos al entrar en su coño... Y pensar que me habían acojonado aquellos ruidos... ¡Que daño hace la ignorancia, coño!
Me sacó de mis pensamientos algo líquido cayendo en mi boca y la voz de mi hermana diciendo:
-Me estoy corriendo en tu boca.
En mi vida me sentí más cachondo, si me toca en la polla, ya me corro... Pero no me iba a tocar, con las manos, lo que hizo después de descargar fue inclinarse, meter la polla en la boca, chupar tres veces y mi polla le dio leche para parar un tren.
Acabamos boca arriba y agotados, pero el cansancio de una corrida enseguida desaparece, y a mi hermana le duraba menos, ya que me dijo:
-Quiero hacer contigo algo que aún no hice con mi novio.
-¿Quiere practicar a ver qué tal te sale?
-Sí.
-Pues practica.
Sin dejar de mirarme a los ojos, con una mano, y lentamente, acarició una de mis tetas y jugó con la yema de su dedo medio en mi pezón izquierdo, luego lo besó, lo lamió y lo chupó. Paró para preguntarme:
-¿Te gusta?
-Sí.
Al dejar de jugar con la teta izquierda, jugó con la derecha. Luego, poniendo ojos de felina, lamió hasta mi cuello, lamió mi mentón y después la lengua acabó dentro de mi boca. Se la chupé y a continuación nos seguimos besando. Más tarde me pasó las tetas por la cara, luego me las dio a mamar y me preguntó:
-¿Te gusta lo que te hago?
-Mucho.
Frotó sus tetas con las mías y después metió mi polla entre ellas y comenzó a hacerme una paja.
-¿Te gusta?
-Me gusta tanto que me voy a correr.
Se puso en plan mandona.
-De eso nada, tú te vas a correr cuando yo te mande.
Dejó de masturbarme con las tetas, le echó la mano a la polla y me lamió y me chupó los huevos, luego subió lamiendo... Lamió el glande y después, en vez de chupármela, se dio la vuelta, se incorporó, me dejó la polla mirando al techo y me puso el coño en la boca. El coño goteó en mis labios y mi polla volvió a latir.
-Hazme lo de antes.
Lo de antes era meter y sacar mi lengua de su vagina y de su ojete y fue lo que le hice.
Cuando estaba cachonda a más no poder, se volvió a girar, me cogió la polla, la acercó a la entrada de la vagina, metió la punta y me dijo:
-Métemela despacito.
-Si te la meto, me corro.
-Tú te vas a correr cuando yo te mande.
Movió el culo alrededor y me corrí. Sintiendo la leche entrar en su coño, bajó el culo, y la polla fue entrando lentamente. Aún iba por la mitad, cuando empezó a sacudirse, sus ojos se cerraron y desplomándose sobre mí, se corrió. Sentí como su coño apretaba y soltaba mi polla y cómo la bañaba y me volví a correr. Ya yo había acabado y su coño seguía con las pulsaciones.
Después de corrernos, me preguntó:
-¿Piensas que le gustará a Tiburcio?
No conocía a mi hermana.
-¡¿Vas a dejar que se corra dentro de ti?!
Me miró de mala manera.
-Si antes no te hubieras corrido dos veces dentro de mí no le dejaría ni meterla.
Dos meses más tarde mi hermana se casó con Tiburcio, Iba preñada, y la verdad es que no sé de quien.
Quique.
@quique que buen relato José saludos
scripsit nyctidromus
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