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La Libertad III_38: día 13_confesiones de madrugada

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laualma
(@laualma)
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LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.

 

 

 

  

 

día 13 - 27.07.2012 - confesiones de madrugada

 

 

 

Me folló, mi primo me folló aquella noche. Una y otra vez. Ni que decir tiene que siempre me lo hizo por el culo: no hizo el menor amago de intentarme el coño, ni siquiera un comentario. La situación tuvo algo bastante extraño, y es que más allá de mi consentimiento tácito, adornado con alguna que otra súplica más bien expresa, su forma de tomarme repetidamente fue desde el principio de lo más parecido a una auténtica violación. Quiero decir, que Pablo tomó de mí solo aquello que estaba claro que yo quería darle en ese momento, que no era otra cosa que devolverle la potestad total sobre mi ano de la que él ya había disfrutado durante casi un año, hasta que yo me corté y le prohibí volver a mantener relaciones conmigo, atormentada por su parentesco conmigo y por su edad. Sin embargo, él aquella noche, como todas las noches desde que puse mi mano sobre su polla por primera vez, mas de un año antes, deseaba poseerme de manera completa y total, deseaba mi coño. Y, aunque yo todavía no le hubiera abierto aquella puerta, ¿por qué no la descerrajó él, simple y llanamente, si al fin y al cabo me estaba violando ya, una vez tras otra? Nunca conseguí una explicación a eso, pero íntimamente estoy convencida de que él tenía ya la seguridad de que mi rendición total era inminente, y después de todo lo que había luchado por someterme, a aquellas alturas ya prefería que fuera yo la que terminara de hundirme para suplicarle, arrastrada como una furcia ante él, evitando así cualquier posible reacción imprevista por mi parte si él intentaba acelerar el proceso. Total, para lo que yo iba a aguantar… Sin embargo, si el me violaba el coño antes de tiempo y contra mi voluntad, podía acabar perdiendo toda aquella ventaja que tanto le había costado acumular.

 

Así pues, una vez abierto mi culo, mi primito ya centró en él toda su atención, y no volvió a salir de ahí en toda la noche. A penas tuvimos tampoco sexo oral, prácticamente nada que no fuese reventarme el culo, sólo algunas veces, cuando Pablo notaba que yo no podía más, o él mismo necesitaba un descanso, se salía de mí, y yo le acababa con una paja hasta que el se corría suavemente sobre mi culo antes de volver a empezar otra vez. Aquellos juegos de zorra experimentada con mi primito, con los que le ayudaba a mantener el ritmo y el vigor de su cuerpo, con los que le demostraba mi entrega y mi deseo de ser follada sin fin por él, me ponían casi tan zorra como los propios polvos por el culo. Cada vez que su semen caía en mi trasero y me lo untaba, escurriendo por mis sudadas nalgas, sentía que me corría como si me lo acabara de meter dentro a golpe de polla…

 

Finalmente, el pobre niño, completamente agotado, cayó desfallecido sobre mi cuerpo tras el último polvo de una serie larga, casi infinita. Se quedo allí resoplando, babeándome entera, derramando sudor sobre mi cuerpo y litros de esperma en mi ano, temblando sobre mi carne temblorosa y colmada de placer. Sentí que su polla se iba retirando por sí misma, sin que fuera necesario que ni él ni yo nos moviéramos. Simplemente fue perdiendo poco a poco su dureza, hasta que se me desencajó del recto, y luego ya se fue desinflando sin más, recortando al tiempo aquella longitud suya tan indescriptible, con la que había llegado a remover de veras mis entrañas. Fue un proceso lo suficientemente lento y pausado como para no resultarnos traumático ni a él ni a mí. Realmente cuando por fin salió de mi interior su polla, arrugada ahora, encogida, en las antípodas de la robusta, orgullosa e imbatible columna con la que me había doblegado aquella maravillosa noche, me sentí extraña, vacía después de horas de tenerle en mi interior.

 

No sabía ya ni que hora era, pero sin duda era noche cerrada. Me había hecho perder casi la consciencia varias veces, pero sí había sido, en cambio, plenamente consciente del paso del tiempo. Un transcurrir lento inexorable de los minutos, de las horas, entre oleadas de dolor y maremotos de placer. Con el ritmo implacable de sus folladas, había sentido en mí -en nosotros, porque realmente fuimos uno- el paso de cada minuto en las mil y una horas durante la que Pablo me estuvo haciendo el amor esa noche. Porque, pese a su rudeza, pese a lo violento que había terminado siendo nuestro reencuentro, pese a mi sumisión y su sadismo, puedo aseguraros que hubo amor verdadero entre nosotros, hubo calor e, incluso, llegado un cierto momento, hasta una descomunal ternura.

 

Mi ano vacío empezó a supurar sus líquidos, su semen abundantísimo que me había llenado los intestinos, su sudor y su saliva, de las veces que me había comido el culo entre medias. Todos aquellos líquidos suyos mezclados con los míos, escapaban ahora de mi culo apretado y tembloroso, tan desesperadamente dilatado que era incapaz de retener nada en su interior. Mi primo me besaba la espalda, me acariciaba... hasta que rodó junto a mí, quedando tendido boca arriba, a mi costado. Me sentía nueva, feliz, y creo que también él lo estaba, feliz como nunca después de aquel logro que para él era inmenso, desproporcionado. Lo cierto es que, aunque él pudiera pensar aquello, yo sabía, en lo profundo de mi conciencia, que el logro mayor era, sin embargo, mío. Que Pablo se convirtiera en un follador era cuestión de tiempo, con su cuerpo, su carácter y sus ganas, iba a hartarse de follarse todo lo que se le pusiera por delante, porque estaba claro de que tampoco le iba a hacer ascos a nada. Sin embargo, para mí, que tantos pasos había dado ya hacia mi liberación personal y sexual plena y definitiva, lo que había hecho aquella noche me había hecho salir, por fin, de las brumas en las que me había estado escondiendo durante meses, y me había llevado, bajo un sol radiante, hasta el borde mismo del precipicio, de aquel abismo de la Libertad que ahora enfrentaba con ánimo renovado. Solo me faltaba dar un último paso…

 

Pero todavía no estaba plenamente convencida de que fuera a ser capaz de hacerlo. Y, en todo caso, pensé que, en aquel preciso momento, bien merecía al menos un mínimo descanso en el que disfrutar de un esperado premio. Un momento en el que disfrutar del contacto con el cuerpo mágico de mi desvergonzado primo. Así pues, allí nos quedamos durante un largo rato, abrazaditos, desnudos y agitados como dos adolescentes que acabaran de perder la virginidad. Me dolía un poco el culo, la verdad. Quizás me dolía terriblemente, en realidad. Su ímpetu había sido excesivo en demasiadas ocasiones, y un ímpetu excesivo en alguien con una herramienta como la de mi primo, siempre deja secuelas… pero era poca cosa para el placer que me había regalado y, sobre todo, para la felicidad que me estaba haciendo sentir. Porque, pese a ser él, pese a su juventud, pese a todo, Pablo me acababa de hacer vivir algo realmente único, una experiencia sexual que la inmensa mayoría ni siquiera llegarán nunca a ser capaces de soñar, ni los más osados, ni los más salidos siquiera... Una experiencia sexual de esas que, inevitablemente, te cambian la vida. Para bien, desde luego.

 

Según mi cuerpo se iba recuperando, el arrebato de mi amor por él se fue haciendo mayor, desmedidamente mayor… y poco me importaba si aquello era o no algo posible, algo aceptable. Para mí, por fin, solo contábamos Pablo y yo. Me aproximé al máximo a su cuerpo para poder sentirle, tumbada junto a él, primero, cuerpo con cuerpo, sobre él, después, piel con piel, abrazándole, acariciándole, besándole como una demente...

 

- Mi niño, mi chico… Mi hombre, - le dije, le confesé... - te amo, primo, te quiero y te deseo como a nadie...

- Y yo a ti más, Laura, lo sabes de sobra, llevo deseando que seas mía desde el primer día...

 

No quise que siguiera, aterrada por la inmensidad de aquello que estaba sintiendo. Solo abrí mi boca y la pegué fuerte a sus labios. Nos besamos largo y suave... la sensación era curiosa, plena, desmesuradamente placentera. Estuvimos un larguísimo rato así, abrazados, besándonos, amándonos sin más.

 

- ¿Sabes?, yo también echo de menos a Carlos - le dije de repente.

 

No soy capaz de comprender por qué hice aquello, si ni siquiera había pensado dos segundos seguidos en su hermano mayor en todo aquel tiempo con Pablo y mis amigas. No puedo decir si de repente había querido darle celos, por absurdo que pudiera ser algo así, pero es que todavía hoy no soy capaz de encontrar otra motivación a mis palabras, más allá de la mera provocación, quiero decir. Y lo peor es que seguí:

 

- Si estuviese él, podría hacérmelo por delante mientras tú me lo haces por detrás, como hacíamos al principio…

 

Escuché aterrada mis propias palabras según saleron de mi boca. ¿A qué había venido aquello?

 

Pablo cayó durante un rato. Luego me acaricio los pechos, con la confianza del que usa algo de su propiedad con frecuencia, como queriendo demostrarme que, por más que yo insistiera en seguir tratándole como a un niño, él tenía más que claro que yo era suya. Y, que además, era una puta. SU puta. Me besó con displicencia, e incorporándose levemente para mirarme a la cara, me dijo con una seguridad tan exagerada que me dejó helada:

 

- Sabes de sobra que terminaré haciéndotelo. – Aquella era la primera vez que Pablo verbalizaba sus intenciones hacia mí, por más que nuestro juego del gato y el ratón hubiera sido tan escandalosamente evidente durante todos aquellos días.

- Sí, claro… cuando cumplas 18.

- Para cuando tenga 18 este coño va a llevar ya mi nombre, pedazo de zorra… - me escupió de repente, agarrándome la vulva entre sus dedos con mano de hierro. El dolor de su garra aferrando mi sexo me dejó sin aire por un momento, pero en verdad yo ya me estaba ahogando antes, con aquellas insensatas palabras con las que había tratado de provocarle atragantadas en mi garganta reseca.

 

Aquellas palabras seguían resonando en mi cerebro como si las hubiera pronunciado una voz externa a mí, una voz desconocida e impertinente, una voz estúpida e indeseable, pero una voz llena de autoridad y, quizás aquello era lo que más temía, conocimiento. Afortunadamente, allí se quedaron aquellas palabras. La voz no habló más, ni mi primo se molestó en contestar. Y, sin embargo, era demasiado consciente de que había tenido que hacer un esfuerzo enorme para callarla: había estado a punto de seguir con aquel absurdo ataque… Joder, ¿tenía algún sentido calentarle así? ¿Realmente me servía para algo todo aquello? ¿No había jugado suficiente con él? Además, que estaba claro que todos mis anteriores intentos de ponerle celoso habían sido bastante fracaso… creo. ¿O había sido quizás todo lo que llevaba haciendo con él, con mis amigas, durante casi dos semanas, lo que precisamente nos había conducido hasta aquella cama, aquella noche...? ¿Quién había jugado realmente con quién? Porque yo era consciente de haber estado forzando la situación constantemente, en un juego demasiado peligroso que jamás debería haberme atrevido a desplegar. Pero, sin duda, Pablo había sido el campeón a la hora de dirigir y condicionar voluntades en aquellas dos semanas. Y también teníamos que tener muy en cuenta, claro estaba, hasta donde habíamos llegado con Nuria y María… y hasta dónde habían llegado ellas mismas, sobre todo Nur. Hasta dónde querían llegar. La situación era comprometida, desde luego. Por no decir crítica. Porque yo había querido, desde el primer momento, que Pablo se lo hiciera también con ellas. (¡¡Con Nuria ya se lo había hecho!! No, no, no, me repetía, no, nada ha pasado aún...) Estaba claro que eso tampoco era algo que se pudiera improvisar luego. ¿Qué otra cosa podía haber hecho yo? De alguna manera, había tenido las manos atadas.

 

Pffff, lo importante era que, al menos, me había tragado mi última provocación, y él había tenido la última palabra. Una última palabra que había sido tan absolutamente impropia de su edad como la manera en que me había follado el culo aquella noche. Como sus ansias de follarme y poseerme por completo. Por supuesto que iba a terminar siendo suya. Yo sabía que terminaría haciéndomelo, claro. Era algo inminente, y sería absurdo haber tratado de pensar de otra manera. Porque, al fin y al cabo, ¿qué carajo podía hacer yo ya? Sí, y era eso y no otra cosa la respuesta que yo había estado esperando de él durante meses, justamente aquello era lo que necesitaba que me dijera. Me sentí feliz, mientras mi coño latía de dolor una vez que su implacable garra consintió en liberarlo. Dolía, sí, pero mi cuerpo necesitaba sentir aquella sensación de dominio para poder avanzar. Nos quedamos un rato así, mirándonos con deleite, como si nada hubiera pasado, como si aquella conversación fuera de lugar jamás hubiera llegado a producirse. Él seguía tocando mis pechos y mi sexo como si nada, con aquella naturalidad absoluta con la que demostraba un sentido de la posesión total sobre mi cuerpo  sobre mi mente. Fue entonces cuando yo le empecé a sonreír. Aquella pequeña muestra de cercanía debió bastarle para comprender que, efectivamente, había ganado. Tranquilizado por su triunfo, a mi primo empezaron a sonarle las tripas.

 

- ¿Sabes lo que te digo, prima? Que tengo hambre. De comida, me refiero. - Yo me reí.

- Claro, si es que al final nos hemos liado los cuatro a follar, y entre unas cosas y otras, ¡no hemos cenado! Pero, aún así, y he de reconocer que te has portado como un auténtico hombre, primito... me vas a tener que explicar de dónde sacas todas esas nergías…

- joder, prima…

- ¿Sabes, primo...? Yo lo he hecho mucho, mucho… creo que eso ya lo sabes, o lo imaginabas por lo menos… he follado mucho y muy bien, con muchísmos hombres diferentes y…

- ¿Y…? – me animó a contestar. Le temblaba la voz…

- Joder… que lo de esta noche contigo...

- Pero prima… ¡si no ha sido mas que el principio! – me contestó, completamente relajado ahora, y entre carcajadas.

 

Yo también reí, y me descubrí riendo a carcajadas mientras le daba fingidos golpes con mi almohada, nerviosa y feliz como una chiquilla... La situación se había vuelto tan íntima que casi me daba miedo.

 

- ¿Te parece que vayamos a la cocina a comer algo? - le propuse, para tratar de salir de aquel extraño momento en el que me estaba entrando ganas de pedirle que me llevara con él para siempre.

 

Pablo saltó de la cama con una agilidad y una energía que solo eran posibles a sus años. Desde luego que también él parecía inmensamente feliz, no era yo la única rara. De algún lado recogió unos de sus calzoncillos, sucios y sobados, claro está, pero lo peor fue que, al enfundárselos, me di cuenta que eran aquellos que tenían el roto enorme en el culo. E fin, la verdad que ya lo mismo daba, me dije. En realidad si por mí fuera podíamos haber salido en bolas y ya, estaba claro que había asumido la desnudez total con él como algo no solo normal, sino deseable. Es cierto que la situación con mis amigas seguía siendo un poco rara todavía, en ocasiones, pero en aquellos momentos yo con Pablo me encontraba muy a gusto en pelotas los dos. Sin embargo, para no empañar aquel instante con una negativa de ningún tipo, decidí seguirle la corriente. Por el suelo de mi habitación había varias prendas interiores tiradas, no todas mías. Pillé unas braguitas cualquiera y me las puse también.

 

Fuimos hasta la cocina: allí no había mucho que aprovechar, la verdad. Bueno, lo cierto es que rebuscando por la encimera, me encontré una prueba de embarazo usada metida en su caja junto al horno… Como en una sucesión de fogonazos me asaltaron las escenas de aquel día frenético, desde la confesión de Pablo de que se había corrido sobre el coño abierto de María, la decisión de ella de ir a buscar pastillas del día después donde el ginecólogo pervertido amigo de su padre, al que se había entregado sexualmente para conseguir aquellas píldoras, el encuentro inesperado con el hijo de aquel cerdo, al que le había sacado unos cuantos buenos polvos que la habían dejado nueva, además de un cargamento de píldoras y un puñado de pruebas de embarazo… Pude comprobar en un vistazo, antes de tirarla disimuladamente a la basura, que la prueba era negativa, afortunadamente. Aunque, la verdad, tampoco me preocupaba tanto que mi primito hubiera dejado preñada a mi amiga, algo que me parecía impensable, como que lo hubiera hecho aquel cerdo salido del ginecólogo. Bueno, al menos si el hijo le salía tan bien dotado como aquel otro hijo que se había tirado ella después, reí para mis adentros. En fin, bien estaba que se hubiera quedado segura de que no tenía de qué preocuparse. Y esperaba que, en cualquier caso, se hubiera zampado una de aquellas píldoras también. De repente entendí que mis amigas tampoco debían haber probado bocado de la cena, y que ese era el motivo de que ahora no encontráramos los restos en la cocina... entre follarse la una a la otra y venir luego a ver cómo mi primo me reventaba a mí, debían haber tenido bastante. Se ve que de ahí se habían ido directamente a su cama, seguro que a seguir con su fiesta, porque estaban calientes como dos zorras, sobre todo mi novia.

 

Efectivamente, cuando llegamos al salón, con los estómagos rugiendo de hambre, nos encontramos la cena casi intacta encima de la mesa baja. Estuvimos picoteando un rato en silencio. A pesar de nuestra repentina falta de palabras, me sentía extrañamente a gusto con él así, casi desnudos los dos después de hacer el amor, a solas y con un grado de intimidad infinitamente superior al que había sentido nunca con su hermano mayor, por ejemplo. Es que lo que sentía allí con Pablo era espacial, algo que casi no me pasaba nunca después de follar con nadie que no fueran María o Nuria. Por ejemplo, el mero hecho de estar en tetas allí con él me resultaba excitante y divertido. Estaba con ganitas de más… Sin embargo, me di cuenta en seguida de que el tenía algo en la cabeza.

 

- ¿Estás bien? - le pregunté, a bocajarro.

- Sí... No, es sólo que... Tengo que contarte algo, prima.

- ¿Pero qué pasa? – no pude evitar alarmarme…

- Tranquila, no es nada… es solo que…

- ¿Es por lo de Nuria? – mi eterna obsesión salió a flote de forma inevitable. Sin embargo, mi primo contestó a mi pregunta con un gesto de extrañeza.

- ¿Nuria? ¿Qué de Nuria? No, joder… - ¿Que qué de Nuria? Me dije a mí misma… ¿pero qué tenía que contarme aquel imbécil que pudiera ser más importante que el hecho de que se había cepillado a mi amiga en mi puta cara aquella tarde? Aunque, entendí tiempo más tarde, estaba claro que, al menos desde su óptica, aquello no era nada de lo que él tuviera que informarme, ya que precisamente lo habían hecho a la luz del día y delante de mí, sin esconderse ni tratar de ocultarme nada. Lo cierto era que si aquella tarde yo no había dicho nada, ¿qué sentido tenía darme explicaciones ahora? – No, qué va, me refiero a María…

 

¡Mierda!, me dije, qué idiota he sido. De repente, caí en la cuenta… Si es que aquella mañana ella misma había intentado contármelo un par de veces, si es que ayer se habían metido los dos solos en el baño por la mañana cuando Nuria y yo nos pusimos a follar en mi habitación y... Claro, hoy por la mañana yo estaba muy nerviosa después de que Pablo me confesara que, durante la noche que habíamos pasado liándonos los cuatro juntos, se le habían escapado unos chorros de lefa en el coño de mi amiga. A mí me había cabreado mucho el hecho en sí, claro, más que la posibilidad de que Mer, que no estaba tomando ninguna protección en aquella época, hubiera podido quedarse embarazada. Bueno, ya he explicado que mi amiga tenía recursos para eso, así que… pero, joder, es que lo que mi primo me había contado me pareció muy fuerte… y ahora, ¡ahora venía con otra confesión sobre Meri! Yo había borrado de mi mente lo del ellos en el baño el día anterior, porque al fin y al cabo ya le había preguntado a ella, que me lo había contado todo. Bueno, es cierto que habían entrado muy nerviosos y excitados en el baño los dos juntos, los cuatro lo estábamos en realidad, nuestro reencuentro por la mañana se nos había ido de las manos y al final nos pusimos los cuatro muy cachondos. Yo me olvidé de ellos, porque acabé follando a saco con Nuria. Claro, delante de ellos al principio, sí, si de hecho Mer se llevó de allí a mi primo por eso. Según me contó, él la había intentado sobar en el baño, y ella no fue totalmente capaz de pararle, porque al fin y al cabo también ella estaba muy cachonda, claro. Total, que fue inevitable que se sobaran los dos y se besaran, hasta que ella comprendió que tenía que bajarle la calentura a él como fuera y se la acabó pajeando. A mí aquello me había parecido bien cuando me lo contó, la verdad, aunque la escena distaba mucho de ser neutra y tranquila, claro, y una no se chupa el dedo y ya sabía que Meri tampoco me estaba contando todo lo que había llegado a pasar. Bueno, según ella solo le hizo la paja, realmente, aunque él se le acabó corriendo en toda la cara, pero ya, no hubo más… ¿Por qué Pablo me sacaba ahora el tema? Joder, si después de haberle llenado el coño de lefa… ¿pero por qué esa obsesión de mi primito con María? Era algo que me costaba entender, porque además estaba claro que, al final, como siempre era Nuria la que en realidad le tenía firme como una vela… Pero, más allá de mis posible elucubraciones inconsistentes y absurdas, Pablo estaba empezando ya su relato. Y lo cierto fue que aquella vez lo hizo totalmente tranquilo y confiado. Entendí que él había asumido, mejor que yo misma, que algo había cambiado ya entre nosotros dos. Y ese algo no solo le daba confianza para contarme, casi presumiendo, sus hazañas sexuales con mis amigas sino que, de alguna manera, le garantizaban el convencimiento personal de que follarse a mis amigas era ya un derecho propio, en el que yo no tenía ya nada que decir.

 

- A ver, tú te acuerdas que ayer por la mañana ella y yo nos metimos juntos en tu baño, ¿verdad? Justo después de despertarnos, que habíamos estado los cuatro en tu cama hablado, y…

- Sí, sí, que yo me quedé mientras allí con Nur…

- Sí, follando como putas…

- ¡Joder, primo!

- ¡Hostia, Laura! Pero que os pillé luego haciendo la tijera como dos furcias, qué quieres que te diga…

- Da igual, sigue… - le pedí yo, roja como un tomate.

- Vale. Bueno, pues eso. Comprenderás que nosotros dos íbamos tan calientes como vosotras, ¿no?

- A ver, Pablo, claro que lo entiendo. De verdad, mira, no tienes por qué preocuparte, ¿vale? María ya me lo contó todo ayer, y bueno, creo que has hecho ya cosas peores con ellas dos después de eso… mucho peores – me vi en la necesidad de recalcar, mientras en mi mente golpeaba una y otra vez la imagen de Nuria ensartándose en el falo tieso de mi primo.

- ¿Qué te lo contó María? ¿Pero qué te ha contado?

- Pablo, que nos lo contamos todo, tío… parece mentira que no lo sepas…

- Pero que ¿qué te ha contado?

- Que nada, que te pajeó para ayudarte a que te calmaras. Y que te corriste en su cara…

- Joder. Mira prima, siento decírtelo, pero tu amiguita, cuando me metió dentro del baño, me tiró al suelo sin decir nada, se despelotó del todo y empezó a comerme la polla sin más…

- ¿Pero qué dices, Pablo?

- Te digo lo que de verdad pasó, prima. Eso y que…

- ¿Qué? No me jodas que hay más… quiero decir, ¿te corriste con la mamada?

- Mira, es que… es que no la terminó… tan solo me la chupo cuatro o cinco veces, no sé, pero en plan puta, tragándosela entera, que no veas qué tragaderas tiene la muy zorra…

- Oye, Pablo…

- Me puso como una moto, prima…

- Creo que no me gusta que hables así de María…

- Quiero decir, es que era eso lo que ella estaba buscando…

- ¿A qué te refieres?

- A que quería ponérmela como un martillo, prima…

- …

- Se me montó encima.

- ¡¡¿Qué?!!

- Eso. Que luego se la sacó de la boca, y sin decir nada se abrió de piernas encima de mí y se me montó.

- ¿Te la follaste? ¡¡¡Cerdo!!! – quería llorar.

- ¡Que no, hostia! Joder, prima, pareces imbécil… que te estoy diciendo que fue ella… - Pablo aguantó estoicamente el bofetón impotente con el que le crucé la cara. – Como me vuelvas a tocar te dejo aquí y me voy con ellas, ¡puta! Y no se te ocurra llorar… - su tono brusco hizo salir a flote mi actitud más sumisa, y me tragué mis lágrimas y mi orgullo como me estaba ordenando.

- Sigue – conseguí pedirle.

- Pues ahí nada más. Yo me puse nervioso, porque sabía que no querías que folláramos todavía. La empujé, ella perdió el control y conseguí quitármela de encima.

- Fue entonces cuando apareciste de nuevo en mi cuarto, ¿verdad?

- Si… te estaba escuchando follar con Nuria, las dos gritando como putas, y no pude resistir las ganas de ver cómo lo hacíais…

- Y Mer te llevó de vuelta al baño… - dije yo, recordando vivamente la escena.

- Exacto. Se me volvió a echar encima…

- Joder.

- Yo no sabia que hacer, prima. Quiero decir, estaba alucinado, alucinado de que una mujer como María me hubiera desnudado para follarme, en fin, estaba así frente a ella, completamente en bolas, y ella también sin bragas ni nada, y con mi polla que se me había puesto durísima, totalmente horizontal y tiesa, y que por mucho que intentara darme la vuelta o escapar ella me traía de vuelta, y me pedía que le dejara tocarme…

- ¿Pero qué hiciste?

- Pues que uno no es de piedra, prima.

- Claro – tuve que admitir.

- Ella me dijo que yo tenía tantas ganas de aquello como ella. Yo le dije que no quería que tú te enfadaras… - joder… ¡joder!, ahora entendía el cabreo tan enorme que María tenía esta mañana con el tema de no poder follarse a Pablo… ¡¡se lo había intentado levantar el día anterior!! ¡¡Antes todavía que Nuria!! Zorra…

- ¡¿Pero qué pasó?!

- Pasó que yo ya no podía aguantar más, Laura. María está buenísima, y me pone súper bruto… Es que no veas las ganas que tengo de follármela…

- Uffff… - escuchar aquello de boca de Pablo me ponía a mil.

- Y ella me estaba metiendo mano por todas partes, me la agarraba todo el rato y me decía dame polla, cabrón, y decía que le encantaba mi polla y que se moría de ganas de comérmela y de mojar conmigo desde que me la vio, me pidió que se la diera, Laura…

- ¿Qué hiciste entonces?

- Yo es que me moría de vergüenza, prima, quiero decir, que me la quería tirar, claro, pero ella estaba tan salida que… no hacía más que alabar mi polla, decir que era un hombre superdotado, que quería probarme, que no tenía por qué avergonzarte de haberme empalmado así, que era muy normal y que tenía un pene muy grande para mi edad y que a ella le encantan las pollas grandes como la mía… yo es que no podía más, porque al final ella me empezó a arrinconar, y acabamos metidos en la bañera, y ella me puso contra la pared, debajo de la ducha que empezó a soltar agua, y ella me estaba dando besos y acariciándome el pecho y luego fue bajando por el estómago hasta mi entrepierna, y yo entonces no pude resistirme y le empecé a tocar las tetas también porque tenía muchísimas ganas de tocárselas y ella se estaba dejando, es que parecía dispuesta a dejarse hacer todo, y yo le dejé tocarme la polla porque además me daba mucho gusto, y entonces la cara de ella se puso cada vez más provocativa y cada vez tenía más cara de puta caliente, y entonces me puso la boca en la oreja y me empezó a hablar metiéndome la lengua dentro, lamiéndome y llenándome de babas me preguntó si se me había puesto así de tiesa porque tenía ganas de metérsela, y yo me puse nerviosísimo, y no supe que hacer y cogí lo primero que encontré a mano, que fue un bote de gel, y le eché un chorro en la cara, ya sé que es una estupidez, pero entonces la muy zorra dejó de tocarme y sin más salió del cuarto de baño cerrando la puerta tras ella.

- Jodeeeerr… - no me gusta admitir algo así, pero la charlita me había puesto muy caliente. - ¡Sigue, coño!

- Pues eso. Que allí me quedé yo, de pie en bolas dentro de la bañera, con la polla como una estufa... Joder, prima, que yo llevaba días con el juego de hacerme el inocente con ellas, pero de repente María lo había reventado todo y me estaba pidiendo un paso adelante...

- ¿Pero tú volviste a por ella, no? Joder, si me acuerdo de eso, ella volvió a salir y tú viniste detrás…

- Sí, sí… claro. Salí del baño completamente desnudo, y me quedé cortadísimo al ver lo que estabais haciendo tú y Nuria, y además que María se estaba metiendo la camiseta otra vez, y me gritaba que me pusiera los gayumbos yo también, y al final sin gayumbos ni nada ella volvió a por mí y me sacó de allí y me llevó a su habitación…

- ¿Pero…? ¿Entonces no te pajeó en el baño? ¿No te corriste en su cara? – yo no daba crédito… sin embargo, todo lo demás cuadraba a la perfección con mis recuerdos, borrosísimos por lo demás, ya que Nurita me estaba poniendo mirando a Cuenca mientras María y mi primo hacían sus jueguecitos de entrar y salir del baño… Luego fue Nurita la que me metió a mí en el baño, y ahí sí que les perdí ya la pista a ellos dos.

- Que no, Laura… ¿no me has oído? No fue en el baño… pasó en su habitación. Cuando me llevó con ella, María se tiró en la cama y se volvió a desnudar del todo otra vez… se me quedó allí, abierta de piernas y mirándome con una cara de loba que no veas… Yo no sabía qué decir, así que me tumbé a su lado en la cama, boca arriba. Ella me preguntó que qué hacía, y yo, sin contestar, cogí su mano por la muñeca y la puse sobre mis huevos...

- Ufffff… ¡joder, Pablo! ¡Joder!

- Ella, acariciando mis pelotas con ganas empezó a sonreírme y a lazarme piropos otra vez… Me preguntó si quería follar.

- ¿Será puta? – yo no daba crédito - ¿y tú que le dijiste? – el corazón se me salía por la boca mientras esperaba su respuesta.

- No fui capaz de contestar, prima.

- ¿Pero querías que te follara?

- Pues claro. Pero no era capaz de decírselo, porque en el fondo sabía que no debía hacerlo. Que tú no querías que lo hicera…

- ¿Pero lo hicisteis?

- No. Al final no…

- ¿Hiciste eso por mí? ¿Renunciaste a follarte a María… por mí…? – no era capaz de asumir la felicidad tan inmensa que me llenaba en ese momento.

- Laura… es que yo… - le cerré la boca de un morreo que nos tuvo atareados un largo rato, mientras él descargaba su tensión sobándome las peras. La dureza de su falo me dejó claro que a él aquella charlita le tenía tan caliente como a mí misma. Sin embargo, cuando recordé que todavía no me había terminado cómo había acabado todo aquello, corté en seco mi morreo y le pregunté:

- ¿Pero qué paso entonces, al final?

- Pues que como yo no respondía – me contestó Pablo, secándose los morros de mis babas con el dorso de su antebrazo -  ella me preguntó si le dejaba al menos masturbarme… me dijo que se moría de ganas por tocármela y por provocarme un orgasmo…

- Jodeeer…

- Yo no dije nada tampoco, eh… pero me quedé allí con ella. Y al final, ella se puso ahí a hacerme una paja. – Yo pensé entonces que no acababa de entender por qué María me había mentido tanto, más allá de que claramente había sido ella y no mi primo la que lo había provocado todo, y que además si hubiera sido por ella se lo habría trajinado alegremente en aquel momento, pasando de mí, lo que en la práctica habría venido a ser como ponerme unos cuernos pero de los grandes… Mi primo estaba, sin embargo, a punto de darme la clave definitiva de la historia paralela que se había montado la zorra de María para contarme.

- ¿Y a ti te gustó? – le pregunté yo, por preguntar algo.

- Pues claro, prima. ¡Pajea súperbien! – me soltó, con exagerada emoción. Al darse cuenta de que aquello no me hacía especial gracia, él trató de contener su éxtasis al recordar su momento con María, para seguir con la traca final – Lo que pasa es que después de un minuto o así ahí dale que te pego, que parecía que me la iba a arrancar, ella se paró y acercando su boca a mi oreja otra vez me preguntó que si no prefería que me hiciera una mamada… yo no conseguí decirle que sí, pero supongo que debí poner cara de que sí, porque ella ya sin más agachó su cara sobre mi polla y se puso a darle besitos a mi capullo. Luego se puso a pasarme la punta de la lengua por la rajita del glande y por último se la metió entera en la boca, de un tirón, haciéndome una mamada sensacional. De verdad que me cuesta decirte esto, prima, pero es que nunca había sentido nada igual… - Aquella puñalada me dolió como no me había dolido nunca antes nada igual… - Como un cuarto de hora después, que joder yo no me creía que se pudiera sentir tanto placer durante tanto tiempo seguido, pues sin previo aviso, empecé a eyacular en su boca. Es que me vino de repente, y yo había querido avisarla, pero ella igual me miró a los ojos, yo pensé que la iba a ahogar, pero ella no se la sacó de la boca, tragándose todo lo que pudo mientras mi lefa se le escurría de la boca por sus labios. Luego se la sacó de la boca y después de tragarse toda mi lefa y limpiarme la polla y todo el cuerpo con su lengua, me dijo que tenía que avisar cuando notara que me iba a correr. Que yo ya lo sabía, porque me lo has dicho tú muchas veces, y María me dijo lo mismo que me dices tú siempre, que a otras chicas puede darles asco que les eche la lefa dentro de la boca, aunque a ella tampoco le importaba, igual que a ti... yo por lo que he visto hasta ahora a ninguna chica le da asco eso, porque a Nuria tampoco y…

- ¡Joder, joder! ¡Para, Pablo…! ¡Para! – me di cuenta de que estaba temblando… las confesiones de mi pequeño primo me estaban afectando terriblemente, mucho más de lo que podría haber imaginado… me di cuenta que no era ya en sí lo que hubieran hecho él y mi amiga María, porque al fin y al cabo eso ya lo habían superado ampliamente ambos –y Nuria, sobre todo Nuria- a lo largo del último día, con o sin mi patrocinio personal… pero es que la cosa iba mucho más allá, mi primo me estaba dejando meridianamente claro que tanto él como mis amigas tenían ya perfectamente interiorizada su atracción sexual mutua, y los tres sabían que la iban a llevar hasta el extremo. Con o sin mi consentimiento. Entendí, de repente, que los tres sabían que yo iba a ceder en todo, que no estaba más que jugando, estirando el momento. Sabían eso mejor que yo. Pero también entendía, por fin, que lo que había nacido entre ellos ya hacía mucho que me había superado. Mis amigas se iban a tirar a mi primo sí o sí. Y si yo, por el motivo que fuera, seguía negándome a hacerlo con él, ellas lo acabarían haciendo igualmente, ya se buscarían la manera. No sería ni en ese momento ni ese lugar, claro está. No sería conmigo, pero sería incluso a pesar de mí, si era necesario.

 

Mi reacción, en aquel momento, fue instintiva y sincera. Porque sé que no podría haber reaccionado de otra manera: nadie podría haber reaccionado de otra manera. Temblando de frío, casi desnuda frente a él en la madrugada, y de emoción, busqué protección en su cuerpo, en sus brazos, que me recibieron amorosa y masculinamente. Besé a mi primo con una devoción que jamás había sentido por nadie, y me di cuenta que lo que realmente me movía en aquel momento era un deseo inmenso y desconocido, una admiración sin límites por la personalidad, y también por el cuerpo y el instinto sexual de aquel crío que había conseguido dar la vuelta a mi vida en poco más de un año. Pablo se aferró a mí, a mi cuerpo y a mi boca como quien dependiera de ello para continuar su vida.

 

- No pasa nada, primo… no pasa nada… - le dije, casi llorando de emoción – Mira… creo que es normal, todo eso que me cuentas es muy fuerte… pero es normal… con todo lo que nos está pasando estos días aquí, entre nosotros dos, y con ellas… sé que no es habitual esto, que la gente quizás no nos va a entender, y por eso lo hemos mantenido en secreto todo este año, y así tendremos que seguir, pero ahora sé que esto es bueno y que es normal, que tú y yo no hacemos nada mal, y que es normal lo que te ha pasado con Mer… joder, primo… es que no me extraña, si cualquier tía… cualquier mujer querría comértela, Pablo… - cuando le dije aquello él ya la tenía considerablemente dura, y el fuerte masajeo de mi mano sobre sus gayumbos estaba ayudando a su sangre a retornar a aquel lugar de magia y placer que tenía entre las piernas, y por el que yo sabía que suspiraría cualquier mujer, sí… - bueno, y cualquier hombre – añadí, pensando en su hermano.

- Ya, bueno… - dijo él, con gesto repentinamente compungido… todos menos Carlos – era evidente por qué le había dicho yo aquello, así que era natural que él me contestara así. Me di cuenta de lo realmente pillado que estaba con su hermano. Y comprendí, además, que no se resignaba con él a asumir siempre el papel pasivo. Bueno, no dudaba de que Pablito disfrutaba comiendo la pollaza de su hermano mayor, y dejándose penetrar por él… pero ahora me confirmaba algo que yo, en el fondo, había vislumbrado ya desde el principio: en realidad, Pablo siempre había tenido una personalidad mucho más activa que su hermano, por mucho que Carlos, con una evidente homofobia cultural que le impedía dar el paso adelante para aceptar el cipote que su hermano pequeño le ofrecía incondicionalmente, llevara queriendo jugar a ser un machito con él y conmigo desde el principio, a pesar de que estuviera claro que siempre había sido un pasivo de libro. Joder… estaba claro también, entonces, que antes o después Pablo acabaría clavándosela igualmente a su hermano. Aquel niño del demonio nos iba a joder a todos… literalmente.

 

Empecé a frotarme contra él con una entrega absoluta, sin dejar de abrazarle, tocarle y besarle por todas partes. Me entregué como hago con los hombres de verdad, con aquellos pocos machos de nacimiento que de verdad saben cómo tratar a una mujer, esos hombres que supuran dominio y sexo por cada uno de sus poros, y que te lo hacen tragar hasta emborracharte de ellos para hacer que te entregues, sumisa y arrastrada ante su divina presencia, dispuesta a todo cuanto su capricho pueda llegar a desear de ti. Pablo no era más que un niño, pero era ya uno de esos pocos superhombres. Y era mío… o podía serlo, para siempre, si le daba de una vez lo que él quería, lo que él siempre había merecido: todo, hasta el final.

 

- Tranquilo, primo… tú vas a tener todo lo que quieres. También a Carlos.

- ¿Por qué dices eso?

- Porque ninguno somos capaces de resistirnos a… - no supe cómo seguir, así que, simplemente, le metí un fuerte apretón a su paquete, que estaba cada vez más hinchado y caliente en mi mano.

- ¿Tú tampoco?

- Yo menos que nadie… igual que Mer… igual que Nurita.

- Entonces… ¿no te importa que ayer me follara a Nuria? – su pregunta fue como un puñetazo en la boca del estómago. Mi respuesta, como siempre, fue una auténtica huida hacia delante. Así se ha escrito siempre mi historia; en el fondo, todas mis grandes decisiones no las he tomado yo, sino que alguien las ha tomado por mí, alguien que tuvo la decisión, o el deseo suficiente como para obligarme a dar el paso que yo no me atrevía a dar.

- Pablo… - le dije, lanzándome como una auténtica loba sobre él, frotándome emputecida contra su cuerpo sudoroso – me pone como una moto que te tires a mis amigas… estamos las tres perdiendo el coño por ti, y lo sabes de sobra, mi amor…

 

Mi primo me agarró por el culo, metiéndome las manos debajo de las bragas para aferrarme y abrirme las nalgas, impulsándome con vigor hacia él, mientras me besaba con una pasión y una habilidad totalmente impropias de su edad.

         - Estoy feliz por todo lo que hemos hecho, primo… por todo.

         - Pero yo quiero más, prima… lo quiero todo, todo de ti…

         - Mi niño…

         - Nadie me lo hace como tú, prima…

- Me voy a correr, Pablo… - tras decir aquello, sus largos dedos empezaron a acariciar con destreza mi raja bajo las bragas, para arrancarme aquel orgasmo que se me estaba saliendo solo de la pura excitación que me suponía estar así con él.

         - ¿Vas a dármelo todo, Laura?

         - Pablo…

         - ¿Vas a ser mí otra vez, puta?

         - Primo… quiero ser tuya… siempre…

 

Pablo apretó su paquete endurecido contra mi entrepierna abierta y chorreante, y me hizo correrme entre alaridos mientras me comía las berzas con dolorosos mordiscos reales. Tras la corrida, entre sollozos, le pedí que confiara en mí:

 

- Solo necesito un poco más de tiempo, Pablo… solo un poco más…

- Siempre me dices lo mismo, Laura… pero yo te quiero ya. No quiero seguir esperando. Ni por ti… ni por ellas… ni por Carlos.

- Mi niño… te mueras porque tu hermano te coma el rabo, ¿verdad?

- ¿Tu crees que la comerá tan bien como tú? – su pregunta me hizo reír.

- ¿Por qué dices eso?

- Bueno… es que hasta comparada con ellas, tus comidas son… ¡ufff!

- ¡Jijijijiji! Mmmmm… ¡gracias, precioso! ¿sabes? Siempre me han dicho que soy muy buena comiendo pollas…

- ¿De verdad?

- De verdad. Pero es que, además, creo que se me dan especialmente bien las pollas grandes, como la tuya.

- ¿Sí?

- Es que no todo el mundo puede con ellas, son… bueno, ya sabes, no es lo mismo meterse una polla normal que una como la tuya… joder, que además no solo es que sea grande, como le pasa a Carlos… es que a ti se te pone tan brutalmente dura que… ¡joder! – me costaba seguir, francamente no es fácil hablar de esto con tu primo pequeño ¡jijjijiji!

- ¿Eso te gusta?

- Me pone a mil – le dije, estrujándola con fuerza y comprobando complacida cómo se le endurecía, de hecho, cada vez más bajo mis tocamientos. – Mira, Pablo… no es por presumir, pero ya te digo yo que Nur, ahí donde la ves, nunca ha sido capaz de meterse un rabo entero como el tuyo, así hasta la garganta. Mer sí, ella sí es buena en eso… es una fanática de las pollas grandes, mucho más que yo, incluso… Pero claro, es que lo de Nur en el fondo es normal, es una técnica que hay que aprender, pero es que además no todo el mundo tiene la misma capacidad, yo creo que es también algo físico, ¿entiendes?

- Pues yo lo hice... con Carlos, me refiero…

- Joder, sí… Es cierto, y aprendiste a hacerlo sólo con verme a mí hacérselo... Pues ya te digo que si puedes con Carlos, puedes con todo... – mi admiración por Pablito aumentó todavía más al ser consciente de que su increíble capacidad sexual era, realmente, universal. Él sonrió al escucharme hablar sobre sus comidas a su hermano. Yo siempre había censurado su relación, a pesar de consentirla tácitamente, en realidad más por no incomodar a Carlos que por Pablo, a quien igualmente le había prohibido seguir con las relaciones con su hermano mayor, con nulo éxito por lo que se ve.

- La que si que lo hace bien es Mer, ¿verdad? ¿Cómo fue su mamada de ayer? – tenía ganas de que me siguiera hablando de lo cerdas que ponía a las putas de mis amigas. - Si no te lo hizo ayer hasta el fondo, ya te lo hará en algún momento, y ya verás que gusto...

- Uffffff… - contestó él. Sonreí. Normal, pensé… ¡nunca ha sido propio de Mer dejar una buena polla a medias!

 

Después de todo aquello, y a pesar de mi corrida, mi temperatura y mi excitación habían llegado a un punto máximo. Realmente quería llegar hasta el final, cuanto antes. Solo necesitaba apretar un poco más el acelerador… porque, muy en el fondo, sí, pero todavía ahí amenazante, seguía ese oscuro temor de que lo que estuviera haciendo terminara por escapárseme de las manos. Pero, en alguna parte, estaba naciendo ya una nueva Laura, una Laura más valiente y decidida, una Laura capaz, quizás, de empezar a tomar con decisión aquellas oportunidades que el destino era capaz de brindarle. O, al menos, de no cerrarse a ellas sino, simplemente, dejarse llevar por la corriente. Aún así, después de todos aquellos días de continuas negaciones, flipé con las palabras que escuché salir de mi boca. Y, sin embargo, sabía de sobra que no estaba siendo más que realista: 

 

- ¿Te apetece hacerlo otra vez?

- ¿Quieres más? – me preguntó él, abriendo mucho los ojos. A pesar de todo, aquella proposición mía había sido una verdadera sorpresa para él. Por primera vez Pablo empezaba a creer que algo en mí estaba cambiando de veras - ¡Pero Laurita, prima, eres insaciable! – me dijo con una voz traviesa, pero masculinamente madura. Le acaricié el paquete con fuerzas redobladas, y noté una firmeza ya muy considerable envuelta en aquel calor húmedo tan excesivo pero, al tiempo, tan enormemente agradable.

- Es que lo haces tan bien, primo....

- Sabes que no soy capaz de decirte que no… podría estar follándote hasta el amanecer, si me dejaras…

- Mmmmmhhhh pues no suena mal eso… - le dije estrujándole la polla sobre el calzoncillo con violencia, hasta conseguir arrancar un gesto de dolor a su carita de niño bueno. - ¿Sólo culo? – le pregunté, con cara de súplica.

- ¿Otra vez? Joder… Bueno, Laurita… está bien… no aguanto más, tía… me pones demasiado cachondo… pero que sepas que no voy a ser capaz de resistirme eternamente…

- No, no… de verdad, tranquilo… ya te lo he dicho… solo dame este poquito de tiempo más, ¿vale?

- ¿Vamos a la cama otra vez? – me cortó él, ansioso… su erección se estaba desbocando ya bajo mi mano. - Estaremos más cómodos… - propuso.

- Yo no llego hasta la cama, Pablo… estoy chorreando, joder…

 

Era verdad. Si él estaba a punto de reventar ya, mi coño llevaba rato echando chispas y soltando flujos a mares. Incapaz de pensar en levantarme siquiera del sofá, me dejé caer de encima de sus piernas hacia atrás, quedando tumbada boca arriba. Es cierto que allí en el salón estábamos mucho más expuestos si alguna de ellas se levantaba, pero al fin y al cabo era noche cerrada aún, y ellas estaban en la otra punta de la casa. Además, al fin y al cabo habían visto ya todo lo que podían haber visto en mi baño y en mi habitación… joder, se me iba a caer la cara de vergüenza cuando me encontrara con ellas por la mañana, pero… ¡había merecido la pena!

 

Pablo me miró un momento, como dudando. Estaba claro que no se sentía tan cómodo haciéndolo allí en el salón, pero me costaba creer que aquello fuera a poder más que su evidente apetito voraz hacia mí. Sin embargo, aquel instante de indecisión, mucho más largo de lo esperado, me hizo preguntarme por unos segundo si se decidiría o no... Joder, primo, no me digas que no ahora, pensé para mí, suspirando hondamente… necesitaba tenerle dentro otra vez, necesitaba aquella última ración de polla para convencerme de que estaba de verdad preparada para… joder, pero lo que sí que no podía soportar era la idea de un rechazo… si era necesario estaba dispuesta a… joder… me hacía falta como la vida aquel último respiro, no puedo decir por qué, pero, en última instancia, estaba dispuesta a todo con tal de no perderle ahora… Abrí las piernas con una actitud exageradamente sumisa y caliente. Si él quisiera…

 

Finalmente, mi primo, que parecía haberse quedado en shock por un breve instante, reaccionó. Recuerdo que fue aquel momento en el que, casi de manera irrevocable, dejé de verle como el niño que, pese a todo, iba a seguir siendo todavía durante unos años, y no pude evitar verle, ya para siempre, como el hombre que había decidido ser por y para mí. Como mi hombre. Y mi hombre se echó encima de mí, gateando sobre mi cuerpo, haciéndome sentir su calor y su deseo mortal por mí. Se sentó sobre mi pecho, empezando a sobarme las tetas con aquella actitud tan posesiva que había desarrollado ya aquella noche hacia mis órganos mamarios. Pero yo estaba demasiado perra ya, y no era capaz de esperar más. Estiré mis manos para abrirle el calzoncillo, tirando de él para separarlo de su cuerpo, bajándole la parte delantera hacia mí al mismo tiempo. Pablo jadeaba, pero yo resoplaba deseando que se le saliera ya y me la entregara toda, larga y dura, caliente y vibrante. Su polla, considerablemente más que morcillona, no tuvo más remedio que salir a mi encuentro en cuanto el borde de su calzoncillo superó el punto crítico, cayendo disparada dentro de mi boca, que ya se había alzado ávida a por ella en cuanto sentí su aroma denso y pegajoso llenándome las fosas nasales, que quedaron anegadas luego de su sudor y sus pelos según aquella serpiente se iba hundiendo con ansiedad hasta rebasar mi garganta atormentada pero feliz. Pablo echó las manos a mi cabeza, hundiendo sus dedos en la cabellera humedecida de sudor y atrayéndome aún más hacia él, apretándome desde la parte trasera de mi cráneo en dirección a su pubis. Aquello terminó de hincharse en mi interior, apalancándose en mi garganta dada de sí pero sin capacidad de escapatoria ya: Pablo había empezado a empujar, y pronto su culeo en mi cara se hizo contundente e implacable. Yo acababa de alardear ante él de mi extraordinaria capacidad para tragar polla. Ahora él se estaba cobrando el precio de mi vanidad.

 

- Joder, Laura, ¡qué puta ereeeeees! – a juzgar por sus jadeos, he de decir que parecía bastante satisfecho con mi trabajo. Extasiada de tenerle dentro, empecé a masturbarme a mí misma mientras me aplicaba a hacerle la mamada de su vida.

 

Chupaba como una zorra. Ávida, feroz, con ganas. Su verga sabía a mí ligeramente, no tanto en realidad, pero sí mantenía aquel sabor profundo y potente de mi culo, con matices de intensidad desmedida cuando mi lengua resbalaba sobre su carne endurecida arrastrando alguno de los restos que habían quedado pegados a ella después de que mi primo me la hubiera introducido una y otra vez, incansablemente, por el ano aquella noche. Pero después de tanta follada continuada, en realidad casi no quedaba nada allí de mí, no era como cuando otros hombres me habían obligado antes a limpiársela después de practicarme un anal, porque en aquel caso con Pablo la repetición incesante de sus penetraciones habían conseguido limpiarme a mí y limpiarle a él hasta que todo acabó siendo en realidad una misma mugre, una especie de moco viscoso y suave con su sudor y el mío, mi mierda y su semen seco, con pegotes de esmegma y presemen y sabor a baba también, en realidad su cipote sabía a él, un fuerte sabor a macho en celo, pero particularmente intenso, reconcentrado y espeso. Bueno, llevábamos horas sudando, follando, corriéndonos, así que nuestros cuerpos sabían y olían salvajes, rancios, fuertes, como no podía ser de otra manera. Personalmente, me pone muy cerda ese olor, sobre todo cuando sé que se debe a una intensa jornada de sexo compartido… sé que es algo que la mayoría de la gente no entiende, y a veces eso es algo que me hace sentir guarra, pero es algo superior a mí, una especie de instinto animal que me lleva a aparearme como una zorra desquiciada. Cuando mi cuerpo y el cuerpo que me folla han llegado a un punto tan extremo de identificación con los más bajos y desenfrenados instintos naturales, es entonces cuando soy capaz de las mayores perversiones, soy capaz de dejarme hacer absolutamente cualquier cosa, por cualquiera… Qué os voy a decir, el sexo saca el animal que todos llevamos dentro, ¿no? Desde luego en mí sí que lo saca. La loba, zorra, la perra… la cerda. Todas esas soy yo. Hasta un crío como mi primo en aquel entonces era capaz de sentir eso. Y hasta un crío como él era capaz de oler a macho alfa encerrado durante días, despidiendo hormonas a chorros mientras ruge feroz reclamando montar a su hembra…

 

Pablo tendría la edad de un niño, sí, pero ya he dicho que era todo un hombre. Pablo aquella noche era esa fiera, ese macho alfa, ese animal que quería follarme. Y ni siquiera mi boca rota,entregada al máximo, era ya suficiente para él. Por eso fue él mismo quien en seguida se bajó de mí. Aunque yo le fui detrás como una puta desesperada, me rechazó a golpes. Tuvo que abofetearme con fuerza para lograr finalmente dejarme claro que no iba a dejar que le siguiera mamando.

 

- Levanta las piernas, puta… - me dijo.

 

Él estaba totalmente desnudo ya. No sé en qué momento había perdido del todo sus gayumbos, que yo misma le había bajado, pero tampoco era algo que me importara. Al revés, ver su prometedora erección, aquella brutal trempada que mantenía tiesa y horizontal su enorme verga, disparada hacia mí, me ponía perrita de verdad y me hacía mojar como un grifo abierto. Sonriéndole, levanté mis patitas y se las ofrecí para que él mismo me sacara las bragas por completo, con deleite pero sin suavidad alguna. También él estaba demasiado cachondo para andarse con tonterías. Según arrastraba aquella prenda maltratada por mis muslos y mis pantorrillas, las gotas de flujo que la saturaban iban saltando disparadas sobre el sofá y sobre nuestros cuerpos calientes, dejándole claro que no podía estar más cachonda. Nos miramos a los ojos, y nos reímos al reconocernos, felices, pletóricos.

 

- Te voy a joder viva, primita… es increíble lo buena que estás, zorra…

- Y caliente… joder… Soy toda tuya, primito… - dije yo, temblando de felicidad y sintiendo que me dolía la boca de tanto sonreír.

 

Sin más, tiró mis bragas a un lado y apoyó sus manos sobre mis piernas. Yo temblé, pensando que me iba a atacar por delante. Y, para mi sorpresa, de pronto me vi entre sus brazos, siendo manejada por una fuerza que no era capaz de asociar a su joven cuerpo. Con una destreza admirable y un ímpetu salvaje, Pablo me dio la vuelta como a una mueca hinchable y, poniéndome boca abajo me levantó el culo y me empaló completa, de un único y doloroso golpe. Lo llevaba demasiado abierto ya a aquellas alturas, como para que mi cuerpo fuera capaz de oponer la más mínima resistencia a su entrada. Yo gemí de dolor, pero hice lo posible por aguantar, aferrándome desesperada a los cojines del sofá. Mi primo no perdió el tiempo, sino que ignorando mis gritos y quejidos aceleró sus movimientos en el interior de mi ano para rápidamente coge ritmo y  empezar a cabalgarme veloz y sádicamente. Yo gritaba, golpeaba y pataleaba, agitando mi cuerpo en convulsiones, llorando y suplicando pero abriéndome cada vez más para él, entregada y vencida como si fuera mi dueño. Joder, es que no soy capaz ni de describirlo, algo en él había cambiado, aquella forma de poseerme, aquella manera de mandar sobre mí, algo en nosotros había cambiado, en realidad, también en mí, algo tremendo que de repente me estaba haciendo entregarme a él como a un rollo cualquiera, como a un novio, o un follamigo, como a cualquier desconocido con el que me hubiera liado en una noche de copas, liándome con él y dejándome que me llevara a su casa o al hotel, enrollándome con él y acostándome con él, con ganas de todo, y entre polvo y polvo habláramos, riéramos o bromeáramos, con esas formas de desnudarnos y de tocarnos para buscar más, para acabar así, joder, así, tan sádicamente penetrada por él, por aquel puto crío del demonio, tan viril, tan macho, pese a todo...

 

Aquel fue un polvo duro y largo, una feroz jodida que no dejó de avanzar y de crecer en su intensidad, a pesar de haber comenzado como una auténtica furia desatada, hasta la explosión final que fue, por increíble que parezca, conjunta y máxima.

 

- No pares, Pablo… por favor, no pares ahora, joder… - le imploré.

 

Naturalmente, él estaba más que dispuesto a complacerme aquella noche. Sin tiempo a recuperarse, pero parece que también sin tiempo que perder, Pablo continuó su cabalgada asesina. Yo ahí empecé a tocarme mi culo también a ratos, porque lo tenía tan destrozado que había dejado ya hasta de sentir tanto dolor, y quizás por eso cada vez me apetece más aún, y quizás por eso también me estaba sobando el coño a lo bruto, era terrible, restregándome y dejándome restregar todo mi sexo abierto y salido, que babeaba empapándonos y empapándolo todo, mientras Pablo me follaba entre alaridos y me golpeaba, indómito y salido, fuera de toda medida, divino, endiosado, perfecto. Tanto que yo misma sentía que moría por él y por él era capaz de me matarme yo misma, porque no podía parar y quería correrme ya, lo necesitaba, y me corrí y mi corrida vino acompañada de una eyaculación feroz e inaudita que a él terminó pillándole por sorpresa. Un grito desencajado tras una embestida bestial de su verga le hizo caer hacia atrás, expulsada su polla también por una feroz contracción de mi ano debida a la violencia del orgasmo.

 

- ¡Hostia, zorra! – gritó él asustado, cuando se sintió bañado por aquel chorro a presión de líquido caliente y abundante que mi coño acababa de escupirle encima. Parecía que le hubiera roto aguas encima… - ¿Cómo puedes ser tan puta, prima?

 

Pablo sabía de sobra lo a punto que me ponía que me hablara sucio mientras me follaba, y así lo hacía mientras, reponiéndose de su tropiezo y empapado en mí, me embistió de nuevo, clavándomela con precisión y energía redoblada, entrando, entrando, entrando en mi ano una vez tras otra, y haciéndome expulsar aquella cascada de flujos intermitentes con las que coronaba cada uno de las arremetidas de su nardo en mi interior, y así siguió martirizándome y maltratándome hasta que sintió que yo me rompía de verdad, de forma definitiva.

 

Mi cuerpo cayó, exhausto, y él se retiró por un momento, farfullando barbaridades, sorprendido tras mi final, mirándose alucinado todos aquellos restos míos que le habían dejado empapado. Delicadamente, se dejó caer sobre mi cuerpo, tratando de acompasar nuestras respiraciones mientras nuestras cabezas iban volviendo, poco a poco, a la vida.

 

- Hostia, prima, ha sido brutal… pero… ¿cómo puedes correrte así, tía? Joder… eres una auténtica cerda, me has puesto perdido con tu corrida de guarra… ¿cómo ha podido ser, si yo estaba por detrás…? – me preguntó, con una curiosidad sincera que revelaban, pese a todo, su juventud e inexperiencia. Yo, aunque casi no podía ni hablar, fui capaz de explicarle que para mí eso era igual, que yo me corría igual si me estimulaban como él sabía hacerlo, igual que él se corría también a veces sin necesidad de que le tocaran la polla, solo con dejar que su hermano mayor se la metiera por el culo…

- A ver, primo, es que, además de la forma que tú has aprendido, por delante, bueno, y lo de la estimulación del punto G que te enseñó a hacer Nur…

- ¿El masaje de coño?

- Sí, el masaje de coño… ¡ése que se te da tan bien! – reí, deliciosamente aplastada por el peso de su cuerpo rendido sobre el mío – Pues eso, que además de así, otra manera muy buena, y que a mí por lo menos me pone aún más bruta si cabe, es esto que me acabas de hacer, la penetración anal acompañada de una estimulación fuerte de mi chocho…

- Joder… ya te digo… pero ahora te lo has pajeado tú sola…

- Bueno, sí – reí traviesa – es que creo que tú estabas un poquito desconcentrado como para poder… pero, oye ¿quieres probar a hacerlo?

- ¿Pajearte?

- Sí, eso… pajearme ¡jijijiji! Pero mientras me follas el culo, me refiero…

- Jodeerrr…

 

Pablo me dedicó una profunda sonrisa de pervertido mientras le sentía meterse en mi interior de nuevo, despacio y suave, pero implacable. Aquello me cogió por sorpresa…

 

- Pero… ¡joder! Hijo puta… no puede ser que la tengas tan dura siempre… - él me rió en la oreja.

- ¿Qué querías, primita? Si no me había llegado a correr, y tú además me calientas contándome esas cosas…

 

Su follada se fue acelerando, pero esta vez lo hizo de una manera más suave y calmada. Bueno, si se puede llamar calmado a tener un cipote como el suyo incrustado hasta lo más hondo del ano… aquella profundidad en su penetración y, sobre todo, aquella dureza tan extremada, hacían que cada embestida, por lenta y suave que fuera, me desgarrara los intestinos hasta la boca del estómago… Sin embargo era todo deliciosamente dulce, con nuestros cuerpos así unidos, empastados en un mismo ser, envueltos en nuestros sudores como en una capa de barro primigenio, como en una placenta en la que permanecíamos aislados, juntos, protegidos del mundo frío y triste… Sentirle así, a la vez cubriéndome por completo y llenándome de una manera tan honda e intensa, fue una sensación deliciosa e incomparable, que he querido repetir cada día de mi vida después de aquello. Tenerle tumbado sobre mi espalda mientras me follaba nos permitía poder besarnos, poder reírnos y gozar juntos de estar follando, aunque todavía no pudiera ser más que así, pero mirándonos, besándonos y amándonos…

 

Después de un rato de besuqueos y mimitos tan deseados, sin parar de follarme, la cosa se fue calmando un poco y él empezó a hacer lo que quería hacerme… sentí su mano tanteando mi pubis, abriendo rudamente mi raja, penetrándome con un dedo con una torpeza nerviosa impropia de él. Su polla se puso durísima al hacerlo, y empezó a acelerar violentamente su ritmo en mi culo. El problema fue que, al sentirle así, mi coño empezó a convulsionar y mi culo se contrajo con violencia, apretando su polla dura con vigor. Mi primo empezó a jadearme con desesperación en la oreja. Se me iba a venir dentro antes de que yo me volviera a correr… decidí pararle antes de que fuera demasiado tarde, no me parecía justo no darle aquel merecido premio después de lo que acababa de hacerme él a mí jsuto antes. Girándome hacia él, me dispuse a abrirle la puerta de salida, mientras, en un esfuerzo supremo, me esforzaba por concentrarme en dilatar mi ano para permitirle relajar la presión y retirarse un poco.

 

- Pablo, si sigues así me voy a correr otra vez… no aguanto, ya te he dicho con tu verga en el culo y pajeándome me corro seguro… - le mentí.

- Quiero verte… - me dijo.

- Dame la vuelta – le pedí. Y aquello bastó para recomponer la situación…

 

Mi primo me la sacó un momento, y me dio la vuelta, ayudado por mí. Yo levanté las piernas y le ofrecí mi orto reventado. El solo tuvo que apoyar su capullo allí y dejarse caer sobre mí para endiñármela entera. Empezó a sodomizarme desde delante, mirándome alucinado mientras me volvía a meter su largo dedo corazón dentro del coño. Mi cara se desencajó de placer en aquella postura, al sentirle tan dentro a la vez en los dos agujeros. Pablo empezó a bombear en ambos a la vez, esforzándose al máximo por llenarme a fondo, acompasando el ritmo de ambas folladas.

 

         - Joder… ¡joder, prima! ¡esto es brutal!

 

Yo no era capaz más que de resoplar rítmicamente, como si me hubiera puesto de parto. Y casi lo parecía, allí con las patas abiertas y levantadas, el coño salido y descerrajado y aquellas contracciones rítmicas en el fondo de mi útero, provocadas por las constantes arremetidas de mi primo en mi culo. Empecé a temblar y me sentí sudando a mares, con todo el pelo empapado pegado a mi cara y a mi cuello. Me faltaba el aire y me estaba mareando, aquella postura me había vuelto loca demasiado rápido, la posición de entrada de Pablo en mis dos agujeros, el hecho de estar frente a frente con él, mirándonos mientras me hacía todo aquello… entendí demasiado tarde que mi cuerpo no iba a ser capaz de resistirlo, estaba agotada y su follada estaba drenando todas las energías que quedaban en mi atribulada y caliente carne. Tenía que correrme, pero tenía que hacerlo ya, para poder parar aquella locura. Instintivamente, me llevé la mano abierta a la vulva y me la empecé a frotar con enérgicos restregones, confiando en que la estimulación directa y feroz de mi clítoris, que sentía duro, salido y empalmado, consiguiera arrancar la chispa que terminara por detonar de una maldita vez aquel desmedido orgasmo que mi primito llevaba cargando en mi interior demasiado tiempo ya…

 

Fue Pablo quien primero se dio cuenta de que me iba. Sacándome el dedo del coño de golpe, me apartó la mano del coño de un manotazo y me empezó a refrotar la vulva él de manera directa. El muy bestia me estaba machacando el clítoris… ¿pero cuándo coño había aprendido a hacer eso aquel insensato?

 

Exploté. Cuando me quise dar cuenta me estaba yendo a chorros, de una manera aún más violenta y copiosa que la vez anterior. Pablo reía y gritaba, al sentirse tan gozosamente bañado por mi orgasmo, que él solito me había provocado. Un orgasmo de una dimensión y una profundidad que ni yo misma era consciente entonces de que fuera posible algo así… yo lloraba, suplicaba, y sin embargo no era capaz de hacer otra cosa que pedirle más, y más y más… La única forma que se me ocurre para describir aquello es: salvaje. Salvaje y muy, muy húmedo.

 

Francamente, he de reconocer que lo que acababa de hacerme mi primito había sido algo memorable. Joder, llevaba acumulando esa tensión sexual con él durante días, qué coño, lo cierto es que la llevaba acumulando meses. Quería tirármelo, sí, lo había querido desde aquel lejano día ya, aunque tan solo hubiera sido apenas un año antes, en el que solos en su casa, sentada junto a él me acurruqué en el hueco de su brazo, dejando que me abrazara con él, dejando caer el tirante flojo de mi holgado y ligero camisón veraniego para permitirle luego dejándole deslizar su mano hasta mi pecho, para permitirle agarrar mi teta desnuda con su mano mientras la mía se deslizaba, asustada por mi osadía, para sentir por primera vez aquel calor tan duro y demente entre sus piernas. Todavía tiemblo al recordar aquel momento, y todavía ahora me humedezco al recordar aquellos polvos en el salón de casa de mis padres, un año más tarde, en los que mi pequeño primo pareció ser capaz de redescubrirme lo que era realmente el sexo anal. De alguna manera, aquella forma tan franca y directa de hacerlo parecía habernos incitado, era como si fuéramos conscientes de que estábamos en nuestro mejor momento, y sabíamos muy bien que no podíamos desaprovecharlo... así que, instintivamente casi, no nos quedó más remedio que seguir adelante.

 

Desde luego que, al menos en lo que a mí respectaba, yo seguía híper caliente, los dos desnudos por completo, los dos empalmados y abiertos, salidos y con todo duro, y fuera… Yo todavía temblando, en realidad, con las patas abiertas, aunque derrumbadas sobre el sofá, ya que la violencia de mi corrida me había impedido mantener la postura, con ellas levantadas… Pablo alucinado del todo, bañado en mis jugos, esparciéndose el fruto de mi corrida por su cuerpo y por su polla dura… Seguía empalmado, claro, como una bestia, ya que no había llegado a correrse en aquellos dos últimos asaltos. Era todo demasiado evidente, estaba demasiado a huevo… y desde luego que yo tampoco hice nada por evitarlo. De hecho, lo estaba deseando. Y é lo hizo, claro, como lo más natural del mundo. Acercó la polla a mi almeja; nada más, solo ponerme la tensísima piel de su glande hinchado pegada a la vulva abierta, recorriéndome los pliegues y las expuestas mucosas de mi sexo con la delicada pies de su capullo. Se le puso todo tiesísimo por completo con solo aquel mínimo contacto, que yo recibí agradecida y al que respondí con un desenfreno y una vulgaridad que no dejó de sorprender a mi primito, quien me había puesto la polla en el coño con bastante indecisión y miedo, por qué no reconocerlo. Nos frotamos como dos animales desquiciados hasta corrernos a la vez. Sospecho que el esfuerzo que tuvo que hacer él para no follarme en ese momento tuvo que ser aún mayor que el que tuve que hacer yo para no agarrársela y obligarle a penetrarme de una puta vez con ella. Pero en realidad, o quizás precisamente por ello, también, aunque lo hiciéramos todo por fuera, yo tuve la sensación de que mi primo realmente me estaba haciendo el amor en aquel momento como hasta entonces lo había hecho con muy pocas personas.

 

Cuando él empezó a gemir y a expulsar semen por su nabo, muy suavemente en realidad, casi como un grifo que se hubieran dejado abierto y olvidado, para nada sus habituales trallazos sino más bien un reguero de lágrimas de semen que se escurrían sobre mi coño, yo, en medio de un nuevo y violento orgasmo, perdí el control y se la agarré con ambas manos, quitándosela de las suyas para frotármela y restregármela más duramente por toda mi vulva, hasta sentir que su semen caliente se me escurría deliciosamente por todo el interior, vagina arriba, y terminar clavándome impulsivamente aquella cabeza dura en mi coño desquiciado y boqueante…

 

- No, no, no empujes, no lo hagas, Pablo, por favor… - le suplicaba absurdamente, en contra de mis propios deseos, mientras le sentía llenarme, no de rabo esta vez, sino de lefa hirviente…

 

La corrida se aplacó, dulce, suavemente. Casi no sentí su retirada, y él consiguió calmarme, tumbado sobre mí, besándome y hablándome, cariñoso, acariciándome y llenándome de mimos.

 

- Qué ganas tienes, zorra… joder, si es que tienes todavía más ganas que yo, Laura, puta…

 

Yo no podía negarle aquello, claro está. Tampoco se lo podía reconocer, por otro lado… Al final hice lo único que pude, que fue seguir besándome con él desesperadamente, como si aquello fuera lo único que me permitiera seguir agarrada a este mundo. Así pues, estuvimos morreándonos con ganas durante un largo rato, y eso nos sirvió para reponernos lo suficiente a ambos. Y cuando me refiero a que Pablo consiguió reponerse, estoy queriendo decir, obviamente, que su polla flácida empezó a responder de nuevo a sus incontenibles e inagotables impulsos sexuales.

 

Por primera vez con él aquel fue un proceso pausado, lento, casi exageradamente largo. Por primera vez, necesitó de mi ayuda activa para lograr completar su erección al máximo. Bueno, tampoco me estoy refiriendo a que yo tuviera que hacer nada excepcional, ni que me tuviera que tirar media hora sobándole el nardo para que se le empinara, sino simplemente que aquella vez no se le vino arriba sin más, de forma automática e inmediata después de correrse, sino que se le llegó a bajar por completo (algo ya de por sí raro, porque hasta entonces solo había visto que eso le pasara cuando se la meneaba él solito, o cuando alguna de nosotras le había pajeado o algo así pero sin intención de seguir más allá; sin embargo, siempre que como ahora su corrida se producía en medio de una sesión de sexo más larga y completa… uffff, es que la mayoría de las veces ni se le llegaba a quitar la trempada con la corrida, sino que seguí tal cual, igual de duro y cachondo que antes de eyacular). Cuando digo que se le bajó del todo, me refiero exactamente a eso, se le desinfló casi en el acto, y se le quedó como un colgajo, más pequeño y retraído quizás de lo que se la hubiera visto nunca antes. Recuerdo que estábamos los dos en bolas, tumbados piel con piel, y que no dejábamos de comernos la boca y todo lo demás, de tocarnos todo y de sobarnos sin parar, además diciéndonos todo tipo de guarradas y, en general, entregándome yo a él de una manera todo lo cerda y sucia que él quiso que fuera. Quiero decir, que tranquilitos precisamente no estábamos… vamos, yo seguía toda cerda, a pesar de todas las corridas, aquella situación me tenía a mil, y me bastaba tocar el cuerpo de mi primo para saber que también él estaba híper excitado: su piel estaba húmeda todo el rato, increíblemente caliente, su cuerpo temblaba y podía notar el ritmo de su corazón latiendo aceleradamente, como si fuera un pequeño animalito asustado entre mis brazos. Con muchísimo menos que eso, a Pablo le hubiera bastado en cualquier momento para que su miembro viril se irguiera orgulloso e imbatible en cuestión de segundos, sin necesidad siquiera de contacto físico. Contacto que, como digo, no nos estaba faltando en aquel momento precisamente… Joder, si es que desde que empezamos a tener contacto íntimo un año atrás yo sabía que él se empalmaba a tope con solo mirarme el culo, aun estando vestida por completo. No, estaba claro que el pobre niño estaba exhausto, ya digo, porque nunca antes había visto que le costara tanto conseguir una erección, se diría que aquello le estaba pasando por vez primera en su vida, pero también es que llevábamos horas dale que te pego, ¡si es que lo increíble es que siguiera vivo y con ganas!

 

Y joder que si tenía ganas… yo me esmeraba en excitarle al máximo, porque estaba tan perra allí subida en aquella nube de sexo brutal y placer insuperable que me negaba a bajarme de allí, pero sin pretender en ningún momento forzar la situación. De alguna manera, me pasaba con él que, por mucho que fuera un puto crío, me daba una confianza total en cuanto al sexo… quiero decir, que tenía claro que aquel pequeño cabrón sabía demasiado bien lo que se hacía, y si estaba allí con ganas de seguir follándome, me iba a seguir follando. Cómo y cuándo iba a tener su polla a punto, era algo que, sin duda, él tenía más que controlado.

 

Y, efectivamente, cuando me quise dar cuenta, en medio de nuestro continuo revolcarnos en el sofá, volví a notarle duro de nuevo entre mis piernas. Fue algo alucinante, porque fue realmente repentino. Quiero decir, que no estaba y, de repente, ¡estaba! Había estado sintiendo su pequeño y flácido apéndice restregándose contra mi pubis y contra las puertas abiertas de mi chocho hasta un segundo antes, pero bastó un leve cambio de postura para que notara que lo que tenía entre mis piernas era, otra vez, aquella durísima barra ardiente de hierro al rojo. Se le puso tan tiesa de golpe, y yo estaba tan imprudentemente abierta, que en medio del revolcón casi me acaba la mitad dentro. Afortunadamente, me dio tiempo a reaccionar antes de que fuera demasiado tarde, y lo cierto es que estaba tan puta y tenía tantas ganas de polla que, en realidad, tampoco quise rechazar del todo aquello que el destino parecía empeñado en regalarme. Montándome sobre él, empecé a restregarme aquella polla divina por mis labios abiertos, sintiendo toda su dureza resbalando golosamente por la boca de mi vagina sedienta. La sangre le palpitaba corriendo a raudales para colmatar aquel ya increíblemente duro miembro que yo pajeaba, ahora sí, con auténtico fervor y frenesí. Y, de aquella manera, volvimos a dar rienda suelta a nuestra pasión repitiendo el numerito de antes. Aquella noche habíamos enloquecido por completo, amándonos como nunca y follando como he follado con pocas personas. Siempre por el culo, eso sí.

 

Sin embargo, mi primo tenía toda la razón: mi coño tenía todavía muchas más ganas que él de ser penetrado de una puñetera vez por aquel cipote brutal. Y, quizás, esta vez podría haber sido la definitiva. Yo también estaba cansada, lo admito. Pero sobre todo estaba caliente, y aquella calentura empezaba a hacerme descontrolar ya, pero mucho. Intenté repetir exactamente la jugada de antes, para meterme su capullo hinchado justo cuando empezara a soltar la leche, pero él, otra vez, estuvo mucho más sensato que yo. Estaba claro que aquello no podía repetirse sin más, no gratuitamente. Él o yo íbamos a quebrarnos del todo si aquello volvía a pasar. Era demasiado, en aquel momento era demasiado. En aquel momento, habríamos acabado follando a saco de haberlo hecho. Por eso, Pablo me obligó a dejarle a él el mando, a dejarle controlar el final. Apartó mis manos de su verga tiesa y se la cogió él mismo, agarrándola por la punta, y me la empezó a repasar por la almeja abierta y colgona sin cesar, cada vez más rápido y fuerte, cada vez más íntimo y duro. Yo me puse a temblar como un puto flan cuando él empezó a acelerar el ritmo… ¡diosss! ¿pero qué era aquello, queé me estaba haciendo? Llevaba una vida follando, y desconocía que fuera posible sentir un placer así…

 

Pero él también estaba igual de desquiciado. Su glande empezó  salpicar gotas gruesas y ligeras de un liquido transparente, que se mezcló enseguida con los regueros de flujo blanco y espeso que caían de mi chocho. Los dos estábamos a punto. A punto de morir, cuando no aguantaba ya más empecé a darle señales evidentes de que me estaba corriendo, porque veía que en realidad él tampoco iba a aguantar ya mucho más. Al final, su desquicie demostró ser tan grande como el mío, porque en ese momento se lanzó a atacarme enfurecido la concha con su glande, que hundió feroz entre mis labios salidos, abiertos, palpitantes. Yo bramé y me tragué un suspiro hondo al sentirle dentro de mí así otra vez, y me empecé a correr sin remedio. Joder… no podía moverme de tanto placer, y efectivamente aquello impidió que le obligara a metérmela más dentro de mí. El condenado chiquillo había conseguido hacerme aquello, justo lo que yo deseaba que me hiciera, pero lo había hecho de la que era, seguramente, la única forma posible en la que no íbamos a terminar follando.

 

Fue algo increíble, era tanta el ansia que tenía yo de él, tanta el ansia que tenía mi sexo de su sexo, que pude notar cómo me abría del todo para él, con los labios mayores separados de par en par, y los menores lanzados hacia fuera, aleteando alrededor de su capullo y sorbiéndolo, chupando su punta y tirando de él hacia dentro. Él no tuvo necesidad ni de empujar, no tuvo ni que colocarse pero, en realidad, tampoco yo me estaba moviendo: era mi coño el que parecía haberse colocado solo. Por un momento, Pablo dudó; se había dado cuenta de nuestra postura y de todo lo que implicaba aquel momento: podía notar mi flor en su flor, la punta descapullada de su verga en mi entrada profanada. Temiendo que reculara justo ahí, decidí que por un momento debía retomar yo el mando, así que agarrándole el cipote con mis manos cerradas sobre las suyas, le obligué a repasármelo con vigor por todas mis partes… Lo hice despacio, casi cuidadosamente en realidad… sabía bien que mi primo no se iba a aguantar ya, pero yo tampoco podía aguantar más. Hubiera pagado por ver de cerca su capullo resobando mi coño, pero solo su olor y el sonido, aquel sonido a marea brava arrollando mis costas, salpicándolo, empapándonos todo… joder, fue completamente increíble...

 

Mi primo me descargó allí, precisamente allí, todas sus ganas con toda su brutal potencia. De repente mi entrepierna se había inundado de semen, todo, desde el agujero de mi chocho hasta los pliegues y repliegues de mi vulva, la piel sudada de mis muslos, Pablo me la salpicaba a presión hacia las piernas, hacia el abdomen, en su violencia me llegaba hasta la cara y hasta su propio cuerpo.

Yo conseguí mantenerle pegado a mí, lo suficiente como para que la punta de su polla siguiera incrustada en el orificio de mi vagina, mientras él no paraba de gemir y retorcerse. Pablo tenía toda la razón: yo no podía aguantar más así. No iba a ser capaz de resistir una corrida más sobre mi coño de aquella manera. Le necesitaba dentro, entero, ya.

 

Su cuerpo se arqueó de repente, y con un quejido roto me empujó uno o dos brutales trallazos de esperma, que me penetraron directos hasta el fondo de mi vagina, quemándome el cuello del útero donde aquel glorioso líquido quedó depositados a buen recaudo. Gimiendo, separé mis manos de su falo y levanté mi culo con cuidado. Sentí que aquel capullo me resbalaba fuera mientras mi coño se dilataba para expulsar aquel cuerpo extraño pero tan deseado. Detrás de su glande brotó un borbotón de semen que me resbaló muslos abajo, mientras Pablo me seguía escupiendo sus últimos trallazos sobre el pubis. Girándome, me senté sobre su propio pubis, sintiendo como sus líquidos me resbalaban por todo el cuerpo. Sabía que le estaba aplastando, pero estaba totalmente destrozada y no podía colocarme de otra manera, además de que me resistía a perder el contacto con aquella polla todavía dura. Hice oscilar mi cuerpo sobre él para acentuar el contacto de aquel trozo de carne duro con mi raja. Pablo gritaba y su esperma se deshacía sobre mi cuerpo.

 

Traté de calmarme, de parar un momento, de poner perspectiva en todo aquello… ¿Cómo habíamos llegado hasta allí? ¿Pero cómo coño era aquel niño capaz de ponerme tan a mil? ¡Me había follado, joder! Desde fuera, está bien, lo que queráis… pero realmente me había follado. Su esperma me escurría vagina abajo, rezumando por mi coño hacia fuera de mi cuerpo. Tenía su corrida dentro, dentro de mi sexo, metida en mi coño. Joder. Le había costado tanto empalmarse, y, sin embargo… se había corrido de una manera total, absoluta, nunca antes había visto un placer tan inmenso y expresivo en su infantil cara, y a pesar de ello había sido tan capaz de controlarlo todo, controlar para no perder nuestro contacto íntimo y total en los extremos de nuestro ser más intenso y sexual... Tan solo un empujón, tan solo con que me hubiera pegado ese empujón dentro cuando me tuvo abierta y llena... Pero había controlado, y ahora seguía y seguía corriéndose, seguía manando esperma con fuerza de su rabo tieso, se estaba corriendo laaargo, como nunca, como yo, también yo me estaba corriendo todavía en un orgasmo tras otros, encadenados.

 

Instintivamente le volví a agarrar el rabo. Demasiado cerca, demasiado excitante como para quedarme quieta. Él ya no podía más. Estaba aplastado por mi peso, sentada como estaba sobre su cuerpo, y estaba eyaculando todavía, azotado por aquella descomunal corrida. Por eso ya no pudo controlar más. Ya no pudo controlarme. No sé si decidí hacerlo, o si simplemente lo hice pero, sentada sobre él, con el chocho abierto y su pene empalmado en mi mano, acabé con su rabo metido en mí, entero, entero o casi, qué más da, desde luego mucho más allá de su capullo… lo hice cuando noté que empezaba a dejarse de correr, él ya estaba en su final, claro está, por eso no fue una follada, me estaba metiendo y sacando aquella tranca dura según iba escupiendo semen, sus últimos chorros, dentro y fuera de mí, no me lo estaba follando, en realidad fue solo una paja que terminé de hacerle con mis manos y con mi propio coño… ¿joder, una paja con todo mi coño no es follada? ¿Y qué más daba eso ya? Yo no podía pensar nada, yo no era consciente siquiera de lo que hacía. Simplemente, ¡¡¡¡¡moría del gustooooo!!!!!

 

Estábamos los dos completamente idos, como borrachos de sexo, drogados, perdidos. Cuando Pablo terminó por fin, o se cansó y del todo y ya no pudo aguantar más mi peso sobre él, o se excitó nuevamente y se sintió arder y recobrar vigor, se empezó a remover para zafarse y apartarse de mí, intentando salirse, total, qué coño ganaba ya él, una vez estaba claro que ni por esas iba a estar dispuesta todavía a dejarme follar por el coño, pese a tenerle ahí dentro metido ahora, pese a que yo me intentaba todavía mantener pegada a él, mantener su cipote incrustado dentro de mi sexo, pero él no, él ya se había encendido con aquello, con aquellas ganas siempre reprimidas con las que le golpeaba una y otra vez, por eso se revolvía, casi gimoteando, compungido, como el niñito que era:

 

- ¡¿Lo ves, so puta?! ¡¡¡Cómo te voy a acabar follando, si lo estás deseando!!!, ¡¡¡ZORRA!!!

 

Y mientras yo me pegaba a él, tratando de seguirle en su escurridiza huida bajo mi cuerpo, aquel ágil crió consiguió darse la vuelta y resbalar entre mis piernas, de repente le tenía a todo él metido allí, bajando la cabeza y cogiéndome las piernas pasando los brazos por debajo, haciéndome levantarlas y abrirme, otra vez, abrirme a su voracidad más sádica e insaciable.

 

- ¡¡Te voy a comer el chumino, cacho puta!! ¡¡Te voy a comer el chumino que tienes todo lleno de mi lefa, pedazo de furcia, me voy a dar un baño en mi lefa saliendo de tu coño de cerda, para que luego me vuelvas a decir que no me quieres follar, hostia ya!!

 

Estaba enfurecido, estaba fuera de sí, y estaba súper salido. Yo también estaba emputecidísima, él tenía toda la razón al llamarme todo aquello. Estampó su cara contra mi entrepierna abierta, y ya os digo que me comió el chumino, pero es que me lo comió como nadie, como un verdadero hombre, como no lo había hecho ni él antes, como nunca, y como siempre, porque se había convertido ya en un maestro comedor de coños, y porque mi coño era para el el coño máximo, el coño supremo, el mayor y mejor coño al que podría aspirar en toda su vida, y por siempre ya me lo comía y me lo come y me lo comerá así de bien, y me lo hará millones de veces en mi vida que ya es la suya... Me devoró el sexo bebiendo y bebiendo su propia lefa mientras me comía, su lefa toda mezclada con mis flujos, y me limpió el coño entero y sus pliegues, por dentro y fuera, y me mete la lengua para limpiarme más aún por dentro, y con su lengua dentro me folló el coño, me folló con la lengua el coño que yo no le dejaba follarme con la polla, y lo hizo mientras me pajea el coño y el clítoris con sus manos mientras me comía y me devoraba y yo, que no había parado de correrme, me seguía corriendo sin freno, me corría histérica, me corría destruida y deshecha, y solo cuando él se hubo hartado de mi, de mi sexo, de comerse mis corridas, cuando consideró que, por lo que fuera, él había acabado ya conmigo, sin importarle o no que yo hubiera acabado o no, sin importarle más bien que quizás yo estuviera ya acabada, el paró, sin más, emergiendo su cabeza de entre mis piernas, ahogada, empapada, como quien emerge de una sima oceánica en la que ha encontrado el mayor de los tesoros, y se dejó caer sobre mi abdomen, trémulo, tembloroso, descansa allí sobre mí un largo rato que yo viví enajenada, confundida, incrédula por todo lo que acababa de hacerme, preguntándome a mí misma cómo, ¿cómo iba a ser yo capaz de devolverle algún día siquiera una millonésima parte de todo aquel placer? Así hasta que, de repente, todo volvió a empezar, sus dedos dentro, su mano entera quizás, de nuevo su boca, sus dientes ¿su polla acaso, echando más esperma? ¿me estaba follando o solo violando? ¿comiendo? ¿penetrando? ¿pajeando?

 

Nunca jamás he vuelto a pegarme un viaje de sexo como el que me pegó Pablo aquella noche. No sé lo qué pasó, no sé dónde estuve. Aquella hora se ha borrado de mi memoria. Solo recuerdo luz, un calor inmenso, y un placer insoportable. El infierno quizás, seguramente. O tal vez el cielo, el paraíso, todo aquello en las puertas de mi coño.

 

Ni que decir tiene que todo aquello nos dejó físicamente agotados, pero el problema es que cuando yo recobré un estado mínimamente parecido a la consciencia, me di cuenta de que seguía a mil, que estaba salidísima, agotada de cuerpo quizás, pero con unas ganas de follar que parecía que no lo hubiera hecho en mil años. Aquel hijo puta tenía el rabo a medio gas, medio hinchado, sí, pero es que medio hinchado de Pablo le da veinte vueltas a la pitencia máxima de la mayoría… Joder, Laura quería rabo, Laura tenía hambre y necesitaba comer rabo. Mi primo no estaba en condiciones de rechazar mi ataque, por puro agotamiento, en primer lugar, pero imagino que básicamente porque nunca jamás habría rechazado una oferta parecida viniendo de mi parte. Pese a ello, se limitó a disfrutar bastante pasivamente de mí, pero tenía que reconocer que se lo había ganado, y hasta me alegraba de que me dejara tratar de darle también un poquito de placer yo a él, después de todo aquello tan rico que me había hecho. Le comí el rabo con ansiedad, y sin piedad alguna. Una y otra vez. Se la comía hasta que ya no podía más, hasta que mi garganta se sentía desgarrada y los estertores de mi estómago me hacían vomitar baba y restos de semen y vete a saber ya qué coño mierdas más, junto con bilis, quizás, no sabría decir, mientras le dejaba hacerme mucho en todo mi cuerpo y le permito violarme y forzarme la boca y la garganta y hasta los ojos y las narices, y a él yo le tocaba por todas partes, también, especialmente juego con su ano, y con mis dedos dentro de él su tranca reaccionaba y se me ponía dura dentro de golpe y me hacía vomitar más, pero yo no podía vomitar porque tenía aquello incrustado en mi boca, y él se corría y me violaba y yo no podía parar pero me daba igual porque me negaba a dejarle ir, ¿cúanto llevábamos ya en quel plan, así follando aquella noche sin parar? ¿eran siete horas ya, o era una vida entera juntos, con él metido y mí y yo metida dentro de él? Estaba ahogada, arrasada, muerta de hambre, rendida, sucia, agotada de sueño y cansancio… pero saciada, al fin. Nunca con nadie había tenido tanta necesidad de sexo, de polla, de semen. Y aquella noche debí beber litros de su esperma.

 

No creo que durásemos mucho más de una hora durmiendo, después de todo aquello. La claridad empezó a llenar el salón, y el frescor de la noche empezaba a retirarse, diluido en aquella temperatura ya pastosa por el golpear de los primeros rayos de sol de un día que se prometía tórrido y largo… También mi calor despuntó de nuevo cuando abrí los ojos y empecé a salir de aquel sueño profundo, corto pero reparador. Sí, pese a todo, yo seguía muy caliente. ¿Y Pablo? El pobre Pablo había quedado, sencillamente, roto.

 

Mi última salida de la noche había sido que, aprovechando que él había caído en un momento rendido, de espaldas sobre el sofá, entonces fui yo la que le trepé, felina y agresiva, subiéndome en él,  con mi culo abierto como el oscuro túnel de un tren por el que un convoy de mercancías estaba a punto de entrar de nuevo, reclamando acabar aquella noche igual de bien que la habíamos empezado… Pablo, doblegado y vencido, por supuesto, respondió, pese a todo. Yo solo necesitaba su polla tiesa, desplegada, bien dura, y eso él me lo dio. A partir de ahí, el resto ya lo puse yo, y puedo jurar que eché el resto… Me levanté, busqué a tientas la cabeza de aquel misil cargado y preparado con el ojo de mi culo abierto, y me dejé caer sobre él de golpe. Pablo gritó, gimió y resopló, ya ya no pudo decir más, porque mis manos le ahogaron con un cojín, mientras me mordía los labios para no gritar. Me había empalado en él, y empalada me lance a cabalgarle, desaforada, apretando el cojín contra su bella cara para evitar seguir escuchando sus últimas palabras claras:

 

- ¿¡Lo ves, so puta!? ¡Cómo te voy a acabar follando!, si lo estás deseando…

 

Aquellas palabras siguieron resonando en mi cabeza mientras me corría como una puta feliz, después de follarle con una energía y una fuerza inconcebibles en mí, no solo en aquel momento, sino en general en toda mi perra vida. Pero estaba tan extasiada que mi cuerpo parecía moverse solo, y eso a pesar de que aquel polvo fue infinitamente mas largo que todos los anteriores, porque así montada sobre él era yo quien controlaba, y aquello me permitió estirarlo hasta lo indecible, además que después de todo lo que lleva mi primo encima, tampoco estaba para corridas rápidas, y a pesar de ello el pequeño cabrón me respondió como un auténtico animal, pero eso sí, os juro que al final conseguí dejar seco a aquel maldito gallito del demonio… Después de aquello, simplemente caí rendida, sobre él, que ya estaba dormida cuando mi cuerpo aterrizó sobre el suyo.

 


...dicen de mí que tengo buen sabor
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nyctidromus
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@laualma mami que gran relatos saludos desde Venezuela 🇻🇪🇻🇪 y besos y lamidas a tus axilas tetas y agujeros viciosos


scripsit nyctidromus

sanguine et pulvis
n****@gmail.com


   
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nyctidromus
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@laualma mami que gran relatos saludos desde Venezuela 🇻🇪🇻🇪 y besos y lamidas a tus axilas, tetas y agujeros viciosos


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laualma
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