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Navidades privadas con mi prima

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Conde Bizantino
(@ephejota)
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Mi prima tenía la misma nariz que yo, aunque a ella le quedaba mejor, sus ojos eran del color de los granos del café, que se trataba de otra herencia genética que compartíamos. Nuestra familia no era poseedora de grandes rasgos característicos o exclusivos. Tenía la misma altura que yo, puede que fuera ligeramente más alta, pero la diferencia era despreciable. Su piel joven y tersa se mantenía bronceada todo el año por poco sol que hiciera en otoño e invierno. Su cuerpo era delgado, pero tonificado, sus pechos rematados cada uno con un pezón como un botoncito, eran firmes y con el tamaño exacto para agarrarlos sin abarcar demasiado. Sus piernas eran largas y elegantes, sus muslos prietos, y siempre parecía alardear de esto llevando cortas falsas y pantalones ajustados. Su voz era grave, puede que más bien ronca, aunque sin perder femineidad. Y fue la protagonista de mi primer sueño erótico. Sueño que recuerdo con vagancia: recuerdo a mi prima desnuda tumbada frente a mi con las piernas flexionadas y abiertas y yo entrando en ella. A lo largo de los años dicha quimera se repitió diversas ocasiones mientras dormía. Pero nunca ni en los rincones más perversos y pervertidos de mi mente imaginé que pudiera realizarse tal fantasía.

Por las fortunas y desventuras de la vida, solo nos veíamos una vez al año: en casa de nuestra abuela por Navidad. En estas ocasiones yo siempre tratada de pasar el máximo tiempo con mi estimada pariente, aunque no se en que año exactamente este amor fraternal se convirtió en un deseo carnal.

Este año, recién llegado a casa de mi abuela, fui a dejar mi abrigo en su habitación como era costumbre y allí me encontré con ella, la estrella de este relato. Estaba agachada haciendo no sé qué, lo cual hacía que su falda bruna y ajustada se ciñera más a su piel. Debajo de la falda y cubriendo el tramo de piel descubierta que había desde el final de su falda hasta el principio de sus botas altas llevaba unas medias de rejilla. Por último ocultando su juvenil torso vestía un jersey holgado de color marfil, o puede que perla. Al levantarse, sus nalgas rozaron todo mi muslo hasta mi entrepierna, lo que me causó una de las erecciones más potentes que pueda recordar. Luego se arregló la falda y se acomodó la copa frente a mi en un espejo que había en la habitación. Yo no comprendía el por qué de su comportamiento, aunque suficiente tenía entonces con ocultar mi excitación, que era clara y evidente. Cuando terminó volvió con el resto de comensales y yo esperé a que el bulto de mis pantalones rebajase su magnitud antes de seguirla.

El resto de la velada transcurrió con normalidad y al terminar de comer, mientras el resto de mi familia tomaba el postre o el café y charlaban, yo fui a buscar mi teléfono móvil que para evitar distracciones había dejado en mi abrigo. Mi prima debió haberme seguido por que cerró la puerta justo detrás de mi.

-¿Qué haces?- me preguntó.

-Solo he venido a por mi móvil.

-¿Algún mensaje importante?

-Nada, todo tranquilo.

Y entre pregunta y pregunta se tendió sobre la cama de nuestra abuela y el montón de abrigos que la cubrían. Y mientras se acomodaba flexionó una de sus rodillas por lo que su falda retrocedió dejando a la vista más centímetros de su juvenil piel y sus elegantes muslos.

-¿Cuánto te mide?

Con esa pregunta el ambiente empezó a caldearse. Yo seguía de pie junto a la cama con el móvil en la mano y ella relajada sobre las prendas de toda la familia se acariciaba el tramo de piel desprotegida de su muslo que inexplicablemente cada vez era mayor.

-¿Medirme el que?- como si no supiera de lo que estaba hablando.

-La polla, naturalmente, ¿qué iba a ser si no?

-¿Para que quieres saber eso?

-Si no me lo quieres decir por qué te da vergüenza no me lo digas. -contestó con picardía.

-Estoy por encima de la media pero tampoco soy muy grande.

-¿Has follado alguna vez?

-Tal vez no sea muy atractivo, pero los feos también lo hacemos de vez en cuando.

-¿Por que no te tumbas conmigo?- dijo restregando su mano por encima de los abrigos.

-¿Para que?

-¿Te imaginas hacerlo en la cama de la yaya?

-No me lo había planteado nunca.

-¿Te imaginas hacerlo conmigo en la cama de la yaya?

No contesté, pero ella interpretó mi miembro erecto y terminó de remangarse la falda hasta la cintura descubriendo unas braguitas de color rosa chicle que para nada concordaban con su conjunto glamuroso. Yo me quedé inmóvil, perplejo.

-¿A que esperas?¿A que lo haga yo sola?-replicó con un tono que hasta parecía serio al mismo tiempo que se daba una palmadita en el pubis.

Yo asomé mi miembro por la bragueta y obedecí. Ella apartó su pueril ropa interior y dijo:

-Avísame antes de correrte.

Yo ya dentro suyo, me limité a asentir.

Entraba y salía de ella con brío y presteza, pero oírse solo se oían nuestras respiraciones jadeantes y acompasadas. Ninguno de los dos gemía ni hacía grandes gritos de exaltación, aunque al menos por mi parte no era por falta de excitación. Tras una intensa pero probablemente corta fase de vulgar “metesaca”, mi vehemencia era tal que descuidé totalmente que no debía eyacular en su interior, pero cuando ella empezó a notar el calor en el interior de su útero me empujó rápidamente, aunque no ha tiempo de que impregnase su interior.

-Te dejo follarme, solo te pido una puta cosa y tienes que pasar -replicó enfadada mientras escarbaba en su vagina con el dedo índice, extrayendo mis fluidos incestuosos de su interior para posteriormente llevárselo a la boca- te iba a dejar follarme el culo, pero ahora te aguantas.

Yo no repliqué, penetrar a mi prima y haber eyaculado en ella ya era más que suficiente para mi satisfacción y realización. De modo que deduciendo el final de la libidinosa escena, resguardé mi pene tras los pantalones.

-¿Qué haces? Aún no has acabado. Yo aún no he acabado- dijo enfatizando la última frase mientras se daba otra palmadita en el pubis.

Yo no sabía exactamente qué quería, que la volviera a penetrar, que la masturbara o que le practicara sexo oral, de modo que entre mis nervios y mis dudas no reaccioné.

-Que me comas ¿o es que necesitas un mapa?- vaciló separándose los labios con los dedos índice y corazón.

Le quité las braguitas que aún llevaba puestas ya que empezaban y acerqué la cara a su entrepierna. Honestamente no sabía por donde empezar, no es que esté yo demasiado versado en esto del sexo oral. Entonces impaciente oprimió mi cara contra sus genitales y yo lo hice tan bien como supe. Lamí y sorbí sus labios e hice círculos con la lengua alrededor de su clítoris hasta que deje de sentir la opresión de sus muslos sobre mis mejillas. Lo cierto es que no sé cuánto estuvimos con aquello, me centré tanto en el momento que perdí la noción del tiempo, pero debió de ser un buen rato.

-No lo has hecho tan mal después de todo- dijo a la vez que me apartaba suavemente de ella para luego pegar un salto y ponerse en pie- tal vez el año que viene te deje repetir.

Se empezó a arreglar y a ponerse la falda bien, yo le ofrecí su ropa interior, que no había soltado en ningún momento:

-Quédatelas.

Cuando terminó de adecentarse, se me acercó y me dio un beso en la mejilla. Después se fue. Yo me quedé cinco o diez minutos más allí y luego fui con mi familia como si nada hubiera pasado. Y ya veremos qué pasa el año que viene.



   
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