El delincuente, un cincuentón moreno, alto, fuerte, vestido con un traje gris y que tapaba su cara con un pasamontañas negro, había estado vigilando el chalet y sabía que el fin de semana Jenny, una treintañera, estaba sola hasta la una de la madrugada, que era cuando llegaba el marido. Pasaba de las doce y media de la noche cuando saltó la tapia trasera de la muralla que rodeaba el chalet. Rompió un cristal, abrió la ventana, se metió dentro y luego subió las escaleras que llevaban al piso se arriba y a la habitación que había visto iluminarse por las noches. La puerta estaba entreabierta. Miró y vio a Jenny en su dormitorio sentada en una silla giratoria delante de un ordenador de mesa. Llevaba puesta una enagua negra de seda transparente, estaba descalza y tenía su largo cabello negro recogido en una cola de caballo. Se le acercó por la espalda y le tapó la boca con una mano, Jenny se puso en pie y forcejeando quiso huir, pero el delincuente era muy fuerte. La llevó a la fuerza a la cama. Se sentó sobre la mujer. Le puso una mordaza, le dio la vuelta, le ató las manos a la espalda, le volvió a dar la vuelta. Vio que estaba temblando y le dijo con voz ronca:
-No te preocupes, tu integridad física no corre peligro.
Se sentó en el borde de la cama, sacó una pistola del bolsillo, y con ella en su mano derecha y mirando al piso de la habitación, se puso a esperar por el marido de Jenny. La mujer intuyó lo que se avecinaba y se revolvió e hizo ruidos con la boca para que le quitara la mordaza. El delincuente, le dijo:
-Te voy a quitar la mordaza, pero si chillas te la vuelvo a poner y ya no te la quito por más que refunfuñes y te revuelvas.
Le quitó la mordaza y Jenny le dijo:
-No voy a chillar. ¿Esperas por mi marido?
-Espero.
-¿Por qué lo quieres matar? ¿Se folla a tu mujer?
-¿Es que sabes que te engaña con otras?
-Sí, pero eso no me preocupa, yo también lo engañaba a él
-Te veo muy tranquila para tener a un delincuente en tu habitación.
-Has dicho que mi integridad física no corre peligro.
-¿Y crees a alguien que irrumpió en tu habitación y tiene una pistola en la mano?
-Sí, si tuvieras intención de matarme, habrías venido a cara descubierta.
-Ni que fueras psicóloga
-Lo soy. No me has respondido. ¿Se folla a tu mujer?
-No, se folla a mi hija, pero no voy a ajustar cuentas con él por eso.
-¿De qué va el pleito?
-No parece que te importe mucho que le pegue dos tiros.
-Claro que me importa, pero de aquella manera.
-¿De qué manera?
-Digamos que no es precisamente el amor de mi vida.
-¿Y por qué te has casado con él?
-Tiene un buen trabajo y es hijo de ricos.
-En fin, dentro de unos minutos sabré cuanto te importa.
-Va a ser que no.
-¿Por qué dices que va a ser que no?.
-Porque va en Londres por asuntos del banco y no vuelve hasta el domingo por la noche.
-¿No me mientes?
-No, no te miento.
El delincuente le miró para las tetas y le dijo:
-Pasé diez años en la cárcel, diez años sin ver unas tetas y sin oler un coño.
Jenny, viendo lo que se le venía encima, le dijo:
-¡No! Has dicho que mi integridad física no corría peligro.
-Y no la corre, no te voy a hacer daño, te voy a dar placer.
La besó. Jenny intentaba librarse de sus besos girando la cabeza, pero no podía. Cuando pudo hablar, le dijo:
-Déjame.
Le mordió la enagua por el escote, luego tiró y se la rompió.
-No sigas o pido auxilio.
-¿Quieres que te vuelva a poner la mordaza?
-No, me agobia.
-Pues ni una voz más alta que la otra.
Le cogió las bragas por la goma, hizo fuerza con sus manoplas y se la rompió a la mitad.
El delincuente miró para Jenny y vio sus gordas tetas con areolas oscuras y pezones medianos, su coño peludo, sus anchas caderas, su cintura de avispa, sus piernas largas y moldeadas, y le dijo:
-¡Qué polvo tienes!
-No...
Le puso un dedo en los labios, luego ese dedo se posó sobre un pezón, después se lo besó, le besó el otro y lamió los dos. Luego el dedo bajó por su cuerpo, llegó al coño, se posó sobre el capuchón de su clítoris y se lo acaricio mientras su lengua lamía las areolas y su boca chupaba las tetas. Le dijo:
-¡Qué ricas están!
Jenny gimoteaba si parar. El delincuente le separó las piernas. Le olió el coño profundamente, y le dijo:
-¡Qué delicia!
Le lamió el coño de abajo a arriba, Jenny le dijo:
-No.
Siguió gimoteando mientras le devoraba el coño.
-Llevo años deseando comer tu coño de nuevo.
Jenny, que estaba al loro de todo lo que le decía, se sorprendió con lo que le acababa de decir, dejó de gimotear y le preguntó:
-¡¿Mi coño?! ¿De nuevo? ¿Nos conocemos?
-Quería decir, un coño, de nuevo.
Siguió comiendo el coño con lujuria y entre alabanzas. Luego la quiso besar. Jenny le hizo la cobra, pero ya no le decía que parara.
El delincuente bajó de la cama, se desnudó y se descalzó. Jenny, con la cabeza de lado y las piernas cerradas, miró para su abusador. Vio que era todo músculos y que tenía la cabeza de una águila calva tatuada en el pecho depilado, un dragón en cada pierna y un piercing Príncipe Alberto en la polla. Al girarse vio el tatuaje de otro dragón en su brazo. Le gustó lo que veía, pero siguió mirándolo cómo si tuviera la lepra.
El delincuente volvió a la cama y se arrodilló a su lado. Jenny tenía las piernas cerradas. Tuvo que hacer fuerza para que las abriera. Al tenerlas abiertas se metió entre ellas, hizo que flexionara las rodillas... Lamió sus labios, metió y sacó la lengua de la vagina, lamió y chupó el clítoris, lamió y chupó el coño..., pero Jenny no se corría ni a tiros. Le dio la vuelta, le comió el culo. La besó en el cuello, bajó besando y lamiendo su espalda, besó sus manos atadas, le mordió las nalgas, le lamió y folló el ojete y luego le frotó la polla en la entrada. Jenny exclamó:
¡Nooooo!
Le metió la puntita.
-Sí.
La nalgueó y se la metió un poquito más.
Lo insultó.
-Maricón.
El insulto hizo efecto. Sacó la polla, se la clavó en el coño de una estocada y luego la folló a romper al tiempo que magreaba sus tetas, y nada, era cómo follar con un saco de patatas. La cogió por la cola de caballo, tiró, le dio aún más aprisa y le dijo:
-¡Córrete!
-Eso no lo verán tus ojos.
Dejó de tirarle del cabello. Le azotó las nalgas con las palmas de las manos: "Plas, plas, plas, plas, plas, plas..." Y la folló de nuevo a romper.
-¡Córrete!
Jenny, gozando cómo una perra, le dijo:
-No lo vas a conseguir.
Le volvió a dar la vuelta, le separó las piernas, la cogió por la cintura, le levantó el culo y le dio lo que no está en los escritos al tiempo que le magreaba las tetas.
-¡Córrete!
-Ni lo sueñes.
Le siguió dando, pero nada, que no haba manera de que se corriera. El delincuente, sintiendo que se iba a correr él, se la quitó y le dijo:
-Eres dura cómo una piedra, joder.
Le echó las manos al culo, se lo levantó, lamió y chupó su coño y su clítoris, y esta vez Jenny no se pudo aguantar.
-¡Mierda!
Jenny se arqueó... La pelvis sufrió un espasmo, su cuerpo comenzó a temblar y de su coño salieron jugos en cantidad, jugos que el delincuente se tragó.
Al acabar de gozar, la volvió a coger por la cintura. Se la metió en el coño. La folló y poco después Jenny se volvió a correr, y no una vez, ni dos, ni tres, ni cuatro veces, se corrió cinco veces seguidas antes de que el delincuente le quitase la polla y se corriera en su cara.
Al acabar de correrse le soltó las manos. Jenny se limpió la cara con la sabana. Tenía una sensación contradictoria. Estaba satisfecha y al mismo tiempo enfadada. El delincuente, le dijo:
-No avises a tu marido ni llames a la policía. Si veo movimientos extraños alrededor del chalet, no respondo de lo que te pueda hacer cuando te vuelva a ver.
Se fue. Jenny no llamó a la policía ni a su marido, pero el marido la llamó a ella. Al coger el teléfono que tenía sobre la mesita de noche, oyó que le decía:
-Si va tu padre por ahí, no lo dejes quedar en casa.
-Mi padre está en la cárcel.
-No, ya no está. Me llamaron diciéndome que hace un mes que lo dejaron en libertad.
-¿Por qué no puedo dejar que mi padre se quede en nuestra casa?
-Porque tenemos asuntos pendientes. Ya te contaré.
-No, cuenta ahora.
Braulio le colgó el teléfono.
-¡La madre que te parió! Ya no duermo en toda la noche.
Jenny no pegó ojo hasta altas horas de la madrugada pensando en su padre. Caía de cajón que era el delincuente que había abusado de ella. Los diez años en la cárcel lo habían cambiado. Cierto que su madre se había divorciado de él y que se había casado con otro hombre y que ella no fuera a visitarlo. Pensando en esto, comenzó a hablar sola:
-A ver, papá fue a la cárcel por robar el banco donde trabajaba Braulio. El dinero nunca apareció. Braulio se compró este chalet dando una entrada que no teníamos y me prohibió visitarlo... Aquí hay a gato encerrado.
A la mañana siguiente Jenny, vestida con un jersey negro, una falda larga y calzando unos zapatos negros con tacón de aguja, estaba lavando la loza de su desayuno. Sintió un ruido, giró la cabeza y allí estaba el delincuente vistiendo la misma ropa del día anterior. Fue a su lado y la besó. Luego hizo que se agachara y le frotó la boca contra su paquete. Jenny le preguntó:
-¿Por qué te ensañas conmigo?
El delincuente sacó la polla empalmada, se la puso en los labios y le dijo:
-Chupa y calla.
Jenny, moviendo la cabeza de un lado al otro, se resistió a chupar, pero acabó por abrir la boca. El delincuente con las dos manos sobre la cabeza de la mujer le folló la boca. Poco después le echó las manos a las tetas por debajo del jersey, le subió la copas del sujetador y se las magreó. Jenny no apartó la boca... De cuando en vez la dejaba respirar y de la boca caían babas que ponían perdidos el jersey y la falda. Así estuvo hasta que se corrió. Cuando le quitó la polla de la boca, Jenny, respirando con dificultad, echó toda la leche fuera, leche que acabó de ensuciar el jersey y la falda.
Cuando la dejó ponerse en pie se fue para su habitación a cambiar la ropa. Al pasar por la sala de estar, el delincuente, que iba detrás de ella, le echó las manos a las tetas.
-Déjame, quiero cambiarme.
Ni puto caso le hizo. Le quitó el jersey y el sujetador.
-No quiero, vete de mi casa.
Le bajó la falda y las bragas. Le separó las nalgas y le lamió el ojete. Jenny estaba de un cachondo subido, pues estaba casi segura de que el delincuente era su padre. Tenía el sofá de tres plazas enfrente de ella. Se echó en él, se puso en posición fetal y le dijo:
-No abuses más de mí.
El delincuente se desnudó. Jenny lo volvió a ver desnudo y su coño se mojó aún más de lo que ya estaba. Cuando fue a su lado giró la cabeza. El delincuente se arrodilló delante del sillón y la besó. Jenny puso cara de asco, aunque lo que quería era comerle la boca. Cuando el delincuente se echó encima de ella, estiró las piernas y se puso boca arriba. La volvió a besar, pero Jenny no abría la boca. Le agarró las tetas y se las lamió y mamó yendo de una a la otra. La volvió a besar. Jenny seguía gimiendo y resistiéndose. Le abrió las piernas, le levantó el culo y le lamió el ojete. Jenny dejó de gemir. El delincuente metió y sacó la lengua en el ojete varias veces, luego lamió su coño de abajo a arriba y su lengua se pringó de jugos. Miró para Jenny y vio que estaba con los ojos cerrados chupando el dedo pulgar de su mano derecha. Lamió desde el periné hasta el clítoris cada vez más aprisa. Jenny comenzó a gemir y acabo corriéndose en silencio y entre convulsiones. El delincuente siguió lamiendo. Poco después, Jenny, volvía a chupar el dedo pulgar. Le metió la polla en la boca y Jenny se la mamó con ganas.
-Esto ya es otra cosa.
Cuando la tenía bien dura volvió a meter su cabeza entre las piernas de Jenny y le volvió a lamer el coño cómo lo había hecho antes. El resultado fue el mismo, se corrió cómo una perra.
Al acabar de correrse le frotó la polla en el coño encharcado y le preguntó:
-¿La quieres?
Jenny ya estaba perra perdida.
-En el culo, quiero que te corras dentro de mi culo, pero antes, átame.
El delincuente fue a por la cinta y la volvió a atar, le clavó la polla y luego la folló al estilo martillo pilón, o sea, clavándola con fuerza hasta el fondo y siempre al mismo ritmo. Así se corrió la primera vez. La segunda fue follándola a cuatro patas y al estilo conejo, o sea, a toda hostia, la tercera, fue dándole lento y rápido, pero ella a él, ya que se sentó sobre su polla con las manos atadas a la espalda. La cuarta fue de lado y otra vez al estilo martillo pilón. La quinta en la posición del misionero y la sexta no pudo ser porque el delincuente sintió que se iba a correr, la sacó y se la metió en el culo. Jenny le dijo:
-No te corras aún, no te corra aún que estoy llegando.
El delincuente dejó de darle. Jenny lo folló a él moviendo el culo hacia atrás y hacia delante. Pasados un par de minutos, le dijo:
-¡Córrete conmigo!
Se corrieron juntos. Luego volvió a por su coño y se lo comió hasta que Jenny se corrió diciendo:
-¡Me matas de gusto, papá!
Cuando su hija acabó de correrse, desatándola, le dijo:
-Te había dicho que no llamaras a tu marido.
Severiano se sentó en el borde de la cama, Jenny se sentó a su lado y le dijo:
-No lo llamé, me llamó él a mí y me dijo que hacía un mes que habías salido de la cárcel y que no dejara que te quedaras aquí. ¿Puedes explicarme que es lo que pasa?
El padre quitó el pasamontañas y lo tiró al piso.
-Pasa que éramos socios y dio el chivatazo para quedarse con todo el dinero del robo al banco.
-Me imaginaba algo así. ¿Cómo sabes que fue él quien te delató?
-Me lo dijo el sargento de la comisaría de policía donde trabajaba.
-¿Y qué vas a hacer?
-O me da todo lo que robamos multiplicado por tres, o lo mato.
-No tendrás que matarlo. Ahora es el director del banco y tiene dinero a punta pala. ¿Y qué hay de nosotros?
-Pasaron diez años, ya no soy tan joven.
-Estás más cachas que cuando eras policía, y solo tú eres capaz a hacer que me corra varias veces. Sabes, si no te fui a visitar fue porque...
-Has ido a visitarme, de hecho has estado conmigo todo el tiempo.
-Eso es muy bonito. ¿Has desayunado?
-No.
-¿Te hago huevos con tocino?
-Haz lo que quieras.
Jenny cogió en el armario un chándal azul, y descalza se fue a la cocina. Severiano se puso los calzoncillos y fue con su hija. Desayunando siguieron hablando. Al acabar de comer se fueron a la habitación.
Jenny se echó boca arriba sobre la cama, abrió la cremallera de la chaqueta del chándal, estiró los brazos y sonriendo le dijo:
-Ven.
Severiano se quitó los calzoncillos y se echó sobre su hija. Jenny lo recibió rodeando su cuello con los brazos y dándole un beso con lengua. Severiano le devolvió el beso, lamió y beso su cuello y sus orejas, besó sus ojos, su nariz y su mentón. Luego le echó las manos a las tetas y se las mamó. Jenny le acariciaba el cabello y gemía sin parar. Le quitó el pantalón del chándal, se echó a su lado y comiéndole las tetas, le metió el dedo medio dentro de la vagina. Moviendo la palma de la mano de abajo a arriba, de arriba a abajo y alrededor comenzó a masturbarla. Dejó de comerle las tetas y le comió la boca, mejor dicho, se la comió Jenny a su padre. Él bastante hacía con chuparle la lengua cuando se la daba a chupar. Bajó a su coño y comenzó a lamerlo con lujuria. Jenny, entre gemidos, le dijo:
-¡Me gusta mucho, me gusta mucho!
Le folló la vagina con la lengua.
-¡Me voy a correr, me voy a correr!
Lamió a toda mecha.
-¡Me corro!
Haciendo un arco con su cuerpo, convulsionándose, y gimiendo en bajito, le llenó la boca de jugos.
Al ratito Severiano se echó boca arriba con la polla tiesa, Jenny la empuñó con una mano y le cogió los huevos con la otra. Lamió el grande, lamió la coronilla, lamió el frenillo, la metió en la boca y la mamó mientras le acariciaba los huevos. Severiano le dijo a su hija:
-¡Cuánto te eché de menos!
-Ya no me volverás a perder.
-Suéltate el pelo.
Jenny se soltó el cabello. Le cayó en cascada por la espalda y por las tetas. Subió encima de su padre. Le puso las manos en el pecho y lo folló despacito, moviendo el culo de atrás hacia delante y de delante hacia atrás. Lo folló despacito al principio, pues luego fue aumentando el ritmo hasta coger una velocidad endiablada. Tan bien lo folló que Severiano le dijo:
-¡Quítala, Jenny, quítala que me corro!
-¡La quiero dentro! ¡¡Lléname el coño de leche!!
Severiano se corrió y Jenny se corrió con él.
Se estaban besando cuando sonó el teléfono. Jenny lo cogió.
-Diga.
-Acabo de aterrizar.
-¿Pero tú no tenías el vuelo a las diez de la noche?
-Tenía. ¿Fue tu padre por ahí?
-Sí. Me explicó cómo lo vendiste y me dijo que vayas preparando seis millones de euros si no quieres que te mate.
-Es bien tonto, podría haber pedido más
-¿Le vas a pagar?
-Tan pronto cómo me digo el número de la cuenta a la que tengo que hacer la transferencia. Voy a coger un taxi y en meda hora estoy en casa. Jenny colgó y le dijo a su padre:
-Ya has oído lo que ha dicho. ¿A dónde nos vamos a ir a vivir, papá?
-¿Te gusta Brasil?
-Me encanta. ¿Seguimos?
-¿Y si te engañó y está más cerca de lo que te ha dicho?
-Tienes razón, será mejor dejarlo.
Jenny sacó la polla del coño y una plasta de jugos y leche cayó sobre la pelvis de su padre, la vio, se excitó y dijo:
-¡Hostia! -volvió a meter la polla en el coño - Un poquito más.
Se corrió dos veces más. Luego Severiano se vistió y se fue.
Quince días después estaban el padre y la hija en Copacabana tumbados en una hamaca tomando dos caipiriñas.
Quique.




