Mi nombre es Salomé, soy una mujer de treinta años, morena, de estatura mediana, de cabello negro, rizado y largo y poseo un buen cuerpo. Estoy casada y no tengo hijos. Mi marido es soldado profesional y viene a casa de pascuas en viernes, y la verdad es que follaba muy poco hasta que ocurrió algo que cambió mi vida sexual. Os cuento.
Una tarde noche estaba sentada a la barra del bar que hay en el bajo de mi edificio de viviendas teniendo una conversación telepática con un vaso de tubo que contenía un gin & tonic. Le decía al vaso que me vendría bien una polla con su grosor, o con la mitad de su grosor, con la cuarta parte de su grosor, o mismo una polla delgadita, que ya estaba harta de darme dedo. Me sacó de la atípica conversación mi nueva vecina, se llama Laura y es una mujer muy especial. Me preguntó:
-¿Aburrida, Salomé?
-Mucho.
-Yo no tengo tiempo para aburrirme. Trabajo me cuesta tener un rato libre para tomarme una copa.
-¿Mucho trabajo?
- Sí, tengo que llevar un club.
-No lo sabía. ¿Me puedo hacer socia?
-Claro, das el perfil.
Me picó el gusanillo de la curiosidad.
-¿Pero qué clase de club es ese que hay que dar el perfil para entrar?
-Un club de alterne.
Aquella confesión me cogió desprevenida.
-¡¿Tienes un club de putas?!
-No es un club de putas. Es un club de mujeres casadas muy necesitadas.
-¿Y por qué me cuentas algo tan personal?
-Porque te veo aburrida.
-¿No me estarás ofreciendo trabajar de puta porque me ves aburrida?
-Y porque estás muy necesitada.
Laura parecía tener dotes de vidente.
-¿Y cómo has llegado a esa conclusión?
-Por el modo de pasar tu dedo medio alrededor de la boca del vaso y porque tu marido está muy lejos de casa.
Vidente no era, pero sabía atar cabos.
-Hay otras formas de quitarse las ganas.
-Las hay. Yo también le daba al dedo, pero tuve la feliz idea del club y me estoy haciendo de oro. Doscientos euros por cada polvo, de dos a cinco polvos por semana y el diez por cien de las sesenta y dos mujeres restantes... Calcula.
-¿Es que te llevas una comisión?
Laura bebió un sorbito del ponche que había pedido y luego me respondió:
-Yo escojo a los clientes masculinos y a las clientas femeninas. Les cobro mi comisión y luego ellos les pagan a ellas.
No me cuadraba lo de las mujeres en un club de mujeres casadas.
-¿Femeninas?
-Sí, algunas trabajamos los dos géneros.
-Eres una madame.
-Online.
-¡Ah! Que no es un club al uso.
-No, mis chicas follan cada una en su casa, por eso cobran doscientos eros, porque ponen el coño y la cama.
-Y tú coges parte de los beneficios.
-Yo trabajo más que ninguna de ellas.
-¿Por qué?
-Porque pruebo a todos los clientes, hombres y mujeres. No quiero que las chicas se lleven una sorpresa desagradable.
-Tienes el negocio bien montado.
-No, yo, no, lo tenemos, sin las otras no soy nadie.
-Te agradezco la proposición, pero no me interesa.
Laura se levantó de la mesa y le dijo:
-Si cambias de opinión, sabes donde vivo. Llama a mi puerta, y si no estoy trabajando le saco unas fotos a tu coño y a tus tetas.
-¿Fotos estando desnuda?
-Sí, pero sin que se vea la cara.
-No me vas a sacar nada porque ya te he dicho que no me interesa.
Laura acabó el ponche y se dispuso a irse.
-Tengo que irme, dentro de una hora me espera mi cliente favorito.
-Que te preste.
-Me prestará. Está superdotado y folla de maravilla. Piénsate lo que te acabo de decir.
-No voy a pensar nada.
Tiempo más tarde, ya en mi cama, intenté dormir, pero saber que Laura estaba gozando del superdotado no me dejaba conciliar el sueño. Me sonó el teléfono móvil. Lo cogí. Era Laura.
-Me acaba de llamar uno de nuestros mejores clientes. Le hablé de ti. Le dije que sería tu primera vez fuera del matrimonio y dice que estaría dispuesto a pagar mil euros por un par de horas. ¿Le doy tu dirección?
Le respondí:
-¡La madre que te parió, Laura! Ni por mil ni por cien mil, déjame en paz.
Ya me costaba dormir y ahora me había desvelado. No me quedaba más remedio que hacerme un dedo para relajarme. Me levanté de cama, me puse una lencería blanca y me miré en un espejo donde me reflejo de cuerpo entero.
-¡Qué buena estás, ladrona! Te voy a hacer una paja que te van a quedar las piernas temblando y los ojos en blanco.
Me respondí a mí misma:
-Ya sé que estoy buena. ¿A qué esperas para darme dedo, boquita de piñón?
No os aburriré con la conversación que tuve conmigo misma, ni con los detalles de la paja, pero os diré que me hice un dedo mirándome al espejo que acabé corriéndome como una perra, y luego dormí a pierna suelta.
A las diez de la mañana del día siguiente llamaron al telefonillo.
-Sí.
-Telegrama.
Le abrí el portal. Al ratito llamaron con los nudillos a la puerta. Abrí en bata de casa y en zapatillas. Me encontré en la puerta a un cuarentón vestido con el uniforme ce correos. Tenía el pelo cano, era alto, de ojos azules y sonreía de manera encantadora. LLevaba una bolsa al hombro y un telegrama en la mano. Me dio el telegrama y al cogerlo se me abrió la bata. Por debajo no llevaba nada y el cartero vio mis gordas tetas con areolas oscuras con largos pezones y vio mi coño peludo. Me tapó la boca con una mano, me metió dentro del piso, me quitó la bata y cerró la puerta. Mal y como pude me zafé de él y, desnuda, eché a correr hacia mi habitación con la idea de cerrarme con llave. No me dio tiempo a hacerlo. Me encontré acorralada al lado de la cama. El cartero cerró la puerta con llave para que no pudiera escapar de nuevo y luego me miró. Le dije:
-¡No te acerques a mí!
Se acercó. Tiró la cartera al piso y desnudándose, a un metro escaso de mí, me espetó:
-Ya me he jugado el puesto de trabajo entrando en tu casa. Ahora no hay vuelta atrás.
-Ahora lo que te juegas es la cárcel, si me violas.
-Con lo buena que estás valdrá la pena.
Al quitarse los calzoncillos mi vista se fue a su polla. A media asta, era más larga y más gorda que la de mi marido. Me dijo:
-Cuanto antes acabe, antes me iré.
Se sentó en el borde de la cama, me cogió una mano, tiró de mí y quedé sentada a su lado. Le dije:
-No te lo voy a poner fácil.
-Me excita que una mujer se me resista.
La verdad es que tenía ganas de echar un buen polvo, así que como la oportunidad la pintan calva, le dije:
-En ese caso no me resistiré.
Me echó sobre la cama, me quitó las zapatillas, me cogió el pie izquierdo, y masajeándolo, lamió la planta, los tobillos, entre los dedos, me chupó los dedos uno por uno, y luego hizo lo mismo con el pie derecho, para luego subir besando y lamiendo el interior de mis muslos. Al llegar al coño dio un salto y metió su lengua dentro de mi ombligo. Después, sin tocar mis tetas con las manos, lamió y chupó un tiempo mis pezones y mis areolas, luego lamió mi cuello y mis orejas y por último, me besó. Permití que su lengua entrase en mi boca y que acariciase la mía, pero no le devolví los besos. Poco después me dio la vuelta y besó y lamió desde los calcañares hasta las nalgas. Me las separó con las dos manos y lamió su interior sin rozar el ojete. A continuación subió besando y lamiendo mi espina dorsal hasta llegar al cuello. Cómo subió, bajó, y al llegar al culo me separó las nalgas de nuevo, ahora sí, ahora lamió y folló mi ojete. No os podéis ni imaginar el trabajo que me costó no gemir, pero me aguanté. Al cansarse de comerme el culo, me puso boca arriba, me levantó las nalgas con las dos manos, enterró su lengua en mi coño encharcado y luego lamió de abajo a arriba cada vez más aprisa. Pude evitar de nuevo los gemidos, pero lo que no pude evitar fue correrme, y como soy de esas que al correrse echan fluidos espesos y lechosos, el cartero gozó tragándolos.
Al acabar de correrme, el cartero, tenía un empalme brutal. Acercó su polla erecta a mi boca y me dijo:
-Recompénsame.
No debía, pero quería, así que le dije:
-¿Si te la mamó, cuando te corras te vas?
-Sí.
-Promételo.
-Prometido.
Cogí la verga y le lamí y le chupé los huevos, luego se la chupé, se la lamí y se la mamé. Me puse tan cachonda que llegué a desear que se corriera en mi boca para tragarme su leche.
Creí que se iba a correr cuando empezó a gemir, pero no era así. Me sacó la polla de la boca y se puso encima de mí. Haciéndome la decente, le dije:
-Habías prometido irte.
-Sí, pero cuando me corra.
Me clavó la verga hasta el fondo del coño. Había entrado apretadísima. Le debió parecer poco porque se giró, se puso encima de mí y me dijo:
-Cierra las piernas.
Cerré las piernas.
-Ahora con toda la polla dentro del coño, apoya las manos sobre la cama, y frota tu clítoris contra mi pelvis como la frotarías contra una almohada para masturbarte.
Apoyé las manos sobre la cama y comencé a frotar mi clítoris contra su pelvis con toda la tranca dentro de mi coño. En mi vida había echado un polvo en aquella posición y me estaba encantando. No iba a durar nada, lo intuí la primera vez que apreté mi clítoris contra su pelvis para frotarlo... Así fue, ni un minuto tardé en apretar mis nalgas y en correrme. Me vino con tanta fuerza que acabé derrumbándome sobre él y comiéndole la boca mientras me corría.
Al acabar de correrme, me volvió a poner debajo, la sacó y me comió el coño encharcado hasta que me lo dejó limpio de jugos. Era un goloso, pues quería más.
-¿Quieres correrte en mi boca?
Quería, pero no se lo iba a decir, así que le dije:
-¿Para que preguntas si vas a hacer lo que te salga de los huevos?
Separó los labios vaginales con los dedos pulgares de sus manos y luego lamió mi clítoris de abajo a arriba con la mitad de su lengua. Lo hizo en un continuo. Lamiendo lento, más aprisa y a toda mecha. Al principio aguanté mis gemidos, pero a los cinco o seis minutos, al lamer a toda mecha, comencé a gemir. Los gemidos le anunciaron mi orgasmo. Dejó de lamer y me comió las tetas bien comidas. Luego volvió a lamer despacio, más aprisa y de nuevo mis gemidos lo avisaron de que me iba a correr. Volvió a parar y a comerme las tetas.... Así estuvo hasta que no pude aguantar más. Lo quité de entre mis piernas, lo puse boca arriba y lo cabalgué a lo loco, y a lo loco, me corrí de nuevo sobre su polla.
Al acabar de correrme estaba tan cabreada por haber sucumbido ante el cartero que iba a hacer que se corriera,. Se iba a correr por lo civil o por lo criminal. Lo follé a romper, pero a romper de verdad. Lo que conseguí fue correrme yo otra vez.
Su sonrisa de sobrado al ver cómo me corría, no me gustó, pero no le di importancia porque me lo estaba pasando, como nunca antes me lo había pasado.
Viendo que no podía con él, probé algo nuevo a ver si funcionaba. Lo que hice fue frotar el glande de su polla en mi ojete. Se alborotó:
-¡Por la puerta de atrás, no!
Ahora mandaba yo.
-Por la puerta de atrás, sí.
Empujé con el culo. El glande abrió el ojete y entró hasta la cocina. Al cartero le hicieron los ojos chiribitas y se corrió dentro de mi culo.
Cumplió lo que me había prometido, irse luego de correrse.
Yo me había ido a dar una ducha mientras el cartero se vestía. Al regresar a la habitación vi el telegrama encima de la cama y lo abrí. Tenía dentro dos billetes de 500 euros y ponía:
-Si quieres ser una de mis chicas, tenemos que sacar esas fotos.
¿Cómo había hecho Laura para engañarnos a los dos?
En fin, que ahora soy miembro del club de las mujeres casadas muy necesitadas.
Quique.
@quique que relato tío
scripsit nyctidromus
sanguine et pulvis
n****@gmail.com




