LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 12 - 26.07.2012 - aperitivo... y comida
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Después de mi corrida final a manos de mis amigas, nos quedamos completamente relajados y tranquilos los cuatro, con aquella estúpida sensación de bienestar que casi rozaba la más insana de las felicidades. Nos costó algo despegarnos, y no solamente porque nuestras pieles hubieran quedado pegadas por todo tipo de líquidos viscosos y pegajosos, sino porque nuestros propios cuerpos parecían haberse quedado tan adormecidos como nuestras conciencias. Poco a poco, nos conseguimos separar lo suficiente como para que cada uno de nosotros se pudiera ir replegando hacia una esquina de aquel pedazo del salón en el que nos habíamos instalado, justo al lado del porche.
- Hostia puta, no podemos estar más asquerosas… - dijo Nuria, mientras su cara se encogía en una mueca de disgusto al pasar su mano por aquel canalillo suyo, casi inexistente pero brillante de sudor en el perfecto moreno de su piel. – Si es que tengo encima babas hasta del calamar…
- ¡Jijijiji! - Reí yo, con malicia - Babas y la corrida que no ha atinado a meterte dentro…
- Ya… desde luego que no tan abundante como la que acaba de echarte encima a ti tu primo, so puta… - me contestó, molesta.
- Ey, ya vale, por favor… - nos interrumpió Pablo, con voz de queja.
- Sí, joder – saltó María – tiene razón el niño… con lo bien que estábamos.
- Oye, ¡que no soy ningún niño! – Aquello parecía haberle molestado a Pablo todavía más que el enésimo inicio de discusión entre Nuria y yo.
- Vale, vale… - corté. No me apetecía que se jodiera sin más aquel buen rollo. – Mira, no sé vosotros, pero yo tengo un hambre que da calambre. Y creo que por eso estamos los cuatro un poco enfadados, de repente.
- Pues no te digo que no… - me siguió María, repentinamente ansiosa por buscar una salida a aquella metedura de pata que acababa de tener con mi primo.
- Ahí te doy la razón, morena – me sonrió Nurita, haciéndome una larga caricia con su pie.
- ¡Eso, eso! – graznó mi primo - ¿Vamos a comer?
- Joder, Pablo – le reprendí – pero tendremos que lavarnos antes, ¿no? Que es verdad lo que dice Nur… estamos asquerosos los cuatro, primo… - le dije, señalando su cuerpo recubierto de pegotes de líquidos resecos – Yo creo que nos deberíamos duchar primero, y así además nos refrescamos ¿no? – pregunté, mirando a mis amigas. – Que no sé vosotros, pero yo estoy asfixiada con este calor.
- Pero… ducharnos… ¿juntos? – preguntó Mer con una repentina sonrisa de expectación en su carita preciosa.
- ¡Joder, qué puto peligro tienes, nena! ¡¡Jajajaja! – Nuria le escupió su carcajada a la cara.
- Jijiji… no, no, eso ni de broma… ¡que entonces no probamos un alimento de verdad hasta la cena! – confirmé yo. – De hecho… creo que lo más sensato ahora será separarnos del todo, ¿os parece?
- Jo… - aquella tibia queja de Pablo rebotó contra el suelo, donde tenía clavada su mirada, mientras jugaba a hacer dibujos sobre el mármol blanco en lo que parecía un charco de su lefa.
- Esta casa tiene justo cuatro duchas, ¿no? – seguí, ignorándole por completo – Pues mira, Mer y yo nos vamos a mi cuarto, yo a la bañera y tú a la cabina de ducha, ¿vale? Y vosotros dos, - seguí, señalando con la barbilla a Nur y ami primo, - tú a la ducha del baño de mis padres, preciosa, y tú, primo, pues aquí al de la entrada, ¿ok?
- ¿Y no puedo ducharme yo en la bañera del baño de tus padres? – protestó Pablo.
- Joder… tú vas por la directa, primo, di que sí… - rio Nur.
- ¿Vosotros dos juntos? ¿Pero tú estás loco o qué? Jijijiji ¡pero si sois los que más peligro tenéis!
- ¡No es justo! Vosotras dos…
- Ay, Pablo, no empieces…
- Tiene razón, primo… ya tendremos tiempo – zanjó Nur, guiñándole un ojo. Le habría agradecido la ayuda para aplacar aquella insensata petición de mi primo pero, sinceramente, su guiño final había ido tan inadecuadamente cargado de erotismo que a punto estuve de mandarla a la mierda. ¿ya tendrían tiempo? ¿Pero qué hostias se había creído aquella guarra?
Antes de que me diera cuenta, Nurita ya se había levantado y estaba meneando su hermoso culo por el jardín, rumbo al ventanal que daba acceso a la habitación de mis padres. Merita se levantó también, y me tendió la mano para ayudarme a seguirla. Escuché a Pablo remolonear mientras se levantaba, aunque preferí ignorarle mientras le dejábamos allí para atravesar el jardín también nosotras hacia el baño de mi habitación.
Agradecí el hecho de que Mer tuviera tanta necesidad de limpiar su cuerpo y aplacar sus calores como yo, por lo que al entrar al baño nos fuimos directas cada una a nuestra ducha, sin necesidad de mediar palabra ni de nada más que darnos un tierno pico.
La ducha de Meri fue realmente rápida.
- Me rugen las tripas, Lauri – me explicó – me muero por comer de una vez…
- Vale, preciosa… - le dije. – Yo creo que no me vendría mal un poco más debajo del agua – Mer me sonrió.
- Tranqui, claro, yo voy avanzando para preparar las cosas, ¿vale? – me dijo mientras se secaba ligeramente con la toalla de mi primo. – Tú quédate el tiempo que necesites.
Y, sin más, salió de allí tan absolutamente desnuda y radiante como había entrado, pero oliendo, ahora sí, a rosas.
Confieso que yo estiré la ducha mucho más de lo que había considerado prudente, pero necesitaba aquello más incluso que llenarme el estómago de algo que no fuera semen. De hecho me habría quedado más, pero al final reconozco que me acabó pudiendo el temor de que mi primo estuviera en la cocina a solas con Mer. O, peor aún, que hubiera decidido por su cuenta y riesgo pasar de mi y meterse en la ducha con Nurita… o incluso que hubiera sido la guarra de mi amiga quien hubiera ido a la ducha de él.
Me sentí rara saliendo del baño y del vestidor, sin más, sin ponerme siquiera unas braguitas. Creo que si no hubiera visto a Meri hacerlo y yo hubiera salido primero, me las habría puesto sin pensarlo. Sin embargo, ¡qué maravillosa sensación aquella de avanzar por la casa totalmente en bolas, y con el cuerpo todavía a penas secado tras la ducha! Aquella sensación se me cortó en seco al llegar a la cocina: demostrando que la realidad seguía muy alejada de mis lascivos temores, no solo mi primo era el único que faltaba allí (resulta que Nuria se había duchado tan rápido como Mer (entre las dos ya habían preparado un contundente almuerzo a base de embutidos y restos de ensaladas variadas) sino que, por si fuera poco, estaban las dos vestidas con braguitas, tan castas y decentes que casi parecían la parte de debajo de un bikini negro normalito. Quería que me tragase la tierra, aunque ellas no llegaron a decir nada (lo que no quita que Nur me echara una mirada seria, escaneándome de arriba abajo). Traté de disimular, pensando que casi era preferible tomarme aquello con naturalidad, mientras sopesaba si me compensaba seguir adelante con mi desnudo total o si debía buscarme una manera de correr a buscar unas bragas que no cantase mucho. Digamos que la llegada de mi primo, todavía un rato después, me ayudó a solucionar mi dilema, aunque no precisamente de la forma que hubiera querido.
- Jo, ¡qué bien me ha sentado esta ducha! – le escuchamos cuando entró, sin más, en la cocina. Su cuerpo lucía tan perfectamente desnudo como el mío - ¡Hostia! Pero… - su cara se puso como un tomate al verlas vestidas. – Perdón, perdón… yo pensaba…
- Jejejeje… tranqui, precioso… creo que tu prima también ha “pensado” lo mismo que tú – María se acercó a Pablo y le plató un pico en los morros. Sus equeños y siempre duros pezones oscuros rasgaron la delicada piel del pecho de mi primo, que pareció que empezaba a sudar. Sí que te van a durar poco los efectos de la ducha a ti, primo, me dije.
- Ya, ya – salté yo, todavía en shock por aquel recibimiento de María, tan gratuitamente cariñoso. – Igual es mejor que te pongas algo, sí, primo – le dije señalando su polla.
- Eso, que te estás empalmando ¡jajajaja! – se descojonó Nuria.
- Y tráeme unas braguitas, ¿sí? – le dije, tratando de pasar por encima de Nur. Improvisando tontamente, le pegué yo otro pico que dejó al de María en una mera anécdota. Mis pechos, considerablemente más abultados que los de mi amiga, se aplastaron contra el pecho de mi primo, haciéndonos sentir a ambos cómo se me empalmaban los pezones. No fue la única empalmada que sentimos a la vez, ya que su pene acabó metido entre mis piernas al coger dureza. El calor se disparó tan rápido entre nosotros que, aunque Pablo se separó de mí en el acto, un leve hilo de saliva unió nuestras bocas el breve lapso que tardó en romperse y caer restallando como un látigo entre mis tetas.
- Joder con los primos… - suspiró María.
- Perdón, perdón… - retrocedió compungido Pablo, ante las risas de mis amigas que evidenciaban su maravillosa y repentina erección. – Perd… ¡Ay! Hostia puta! – aquello se había venido arriba tan rápidamente que mi primo no calculó las distancias y se fue directo contra una esquina, estampándose el rabo duro contra aquel filo molestamente rugoso. Las tres nos reíamos mientras le veíamos recular, con las manos entre las piernas tratando de agarrarse el dolorido cipote.
Para mi sorpresa, Pablo fue al jardín a buscar la ropa, en lugar de cogerla de mi vestidor. Y, claro, no tardó en aparecer con los gayumbos rotos que se había puesto antes de su masaje, y que María y yo habíamos terminado de rematar, haciéndole tremendo siete en el culo.
- Toma, prima – me dijo, extendiéndome un guiñapo mojado.
- Joder, Pablo ¿pero esto qué es? – le dije, cogiendo aquellas braguitas de Nur que había llevado yo por la mañana.
- Tía, ¡qué peste a pescadazo! – Me dijo ella – Más te vale que se vaya el olor, porque desde luego…
- Como si no te gustara a ti el olor a chochamen de Lau – rio María. – Pablo miraba alucinado aquella tela absolutamente cubierta de manchas blancas resecas y con una plasta mucosa y brillante en todo el medio, que casi parecía un coágulo de semen recién ordeñado.
- Anda, poned la mesa en el salón casi, que fuera va a hacer demasiado calor. Yo voy a cambiarme – dije, resignada.
La verdad, toda aquella escena me había dejado inexplicablemente avergonzada pero, una vez a solas, entendí que era un buen momento para tratar de volver a sacar una mínima ventaja de nuevo, por lo que recuperé un tanguita viejo que no estaba demasaido tocado y me lo puse. Me quedaba algo pequeño, lo cual venía a significar que, vista por detrás, parecía estar totalmente en bolas todavía. Por delante el reducido triángulo de tela blanca y transparente me marcaba los labios de una forma bastante escandalosa. Hala, ¿queríais bragas?, me dije. Pues, ¡toma bragas! Aquella prenda me quedaba tan justa que apenas era capaz de recoger mis labios mayores, dejando el monte de venus y parte de la vulva, incluso parte de la raja, completamente salida por fuera. En un arrebato de locura, decidí probarme también el sujetador de aquel conjunto, y el espectáculo era tan sublimemente exagerado como me había temido: los finísimos triangulitos de aquel sujetador era tan mínimos también que a duras penas conseguían sujetar mis tetas, que colgaban prácticamente como si no llevara nada. De hecho hasta la mitad de mis abultadas areolas se me salían directamente fuera, aunque aquello era tan transparente que lo mismo daba. Además, que estaba tan empitonada que los pezones, endurecidos como gordas canicas, parecían amenazar con desgarrar aquel sutil e inservible velo. Llevar aquello era una provocación directa, después de cómo había puesto a Pablo en la cocina. Pero, después de mirarme al espejo… ya no era capaz de pensar en nada que no fuera presentarme así ante él. ¿Quería que fuera su puta? Pues aquí me tenía.
Para rematar la jugada, y como todo aquello me había vuelto a acelerar demasiado, me asomé a mi baño y metí la cabeza bajo el agua fría. Estaba acalorada, aunque en realidad creo que estaba deseando ya volver a estarlo todavía más. Chorreando literalmente, salí de allí y fui hacia el salón. Lo poco que no trasparentaba aquel absurdo conjunto se volvió nítido como el cristal con el agua que resbalaba desde mi pelo.
Les alcancé todavía saliendo de la cocina. Peblo iba delante de ellas dos, que llevaban cada una bandeja con las cosas. Que mi primo fuera con las manos libres ayudó a precipitar las cosas, porque así me las pudo plantar encima cuando me presenté ante ellos “vestida” de aquella guisa y chorreando agua.
- Estaba muerta de calor - les dije, como intentando justificar lo injustificable.
- JO-DER – aclaró mi primo, por si hacía falta evaluar el impacto de mi insensatez.
- Hostia con la Lau… - escuché a Nuria detrás de él.
Pero ya era tarde. Verme así les había dejado, directamente, parados y boquiabiertos a los tres. Pero es que les había pillado justo saliendo por la puerta de la cocina, y de hacho hasta me choqué con mi primo, al que se le salieron los ojos de las órbitas cuando, casi sin quererlo, acabó con las manos abiertas sobre mis peras para evitar darnos de cara. El que mis amigas fueran tan pegadas detrás de él remató la jugada: primero María le empujó con su bandeja, al pararse él en seco para no chocar conmigo. Y, aunque ella consiguió controlar, se vio obligada a echarse todavía un poco más hacia delante para evitar hacer chocar también a Nuria, que venía por detrás de ella. Aquel segundo impulso terminó por empotrar a Pablo contra mí. Y ahí sí nos dimos de cara. De cara, de cuerpo y de todo, y se ve que aprovechando que ya tenía sus manazas en mis peras y que, además, me debió notar ya bien caliente, pues el muy cerdo, antes de que me pudiera dar cuenta, ya se me había echado encima y, completamente pegado a mí, me buscaba la boca y me abrazaba cogiéndome el culo y sobándome toda. Yo intenté quejarme al principio, con cierta sinceridad, pero me bastó abrir la boca para que él se me metiera dentro y me la empezara a comer, con tal deleite, con tal placer, ¡¡mmmmmhhhh!!
¡¡¡Ahhhhhhh!!!!
- ¡Pero no puede ser esto, Laura! ¿Qué coño es...? – el amago de protesta de Nurita sonaba absurdo viendo lo que Pablo estaba haciendo con mi cuerpo. Ninguna de las tres parecíamos capaces de reaccionar.
Y para cuando conseguimos hacerlo, ya era demasiado tarde. Yo no me había dado cuenta de que el muy cerdo se había sacado la chorra, o quizás es que sencillamente se le había salido, porque la llevaba como un martillo. Antes de que ninguna de nosotras pudiera hacer nada ya me había dejado completamente bañadita...
- Joder, joder, joder… - repetía como un gilipollas mi primito, doblado sobre su polla y resollando babas sobre mis tetas. Yo trataba de quitármelo de encima a manotazos, aunque fue finalmente Nuria la que lo hizo, después de dejar la bandeja en la mesita que separaba la cocina de la salita y haber apartado a María, que seguía conmocionada e incapaz de reaccionar.
- ¡Guárdate eso, hostia! – le ordenó furiosa. Él obedeció como buenamente pudo, ya que a duras penas era posible meter aquello dentro de su apretada ropa interior. Aprovechando su retirada, yo me apresuré a intentar limpiarme con las manos la tripa y las tetas, sin parar de chupar todo cuanto recogía para hacer desaparecer su semen... era brutal, pero es que fui incapaz de reaccionar de otra manera, de alguna manera quería hacer que nada de aquello hubiera sucedido…
- Joder... lo siento, esto es demasiado para mí ahora, - les expliqué, muy nerviosa - necesito un baño...
- Ya, pues no eres la única, morena… - me contestó Nur señalando a María, justo antes de darse la vuelta y empezar a correr ella misma hasta la piscina...
Al seguir la indicación del dedo de Nurita, Pablo y yo pudimos admirar el bello espectáculo que era la linda María sentada en la silla que estaba junto a aquella mesita en la que habían tenido que abandonar aquellas inoportunas bandejas que les habían impedido, quizás, detener lo que mi primo me acababa de hacer. Miré pamada a María. No podía ser de otra manera, porque ella se estaba haciendo una pajaza, con las piernas todo abiertas y directamente sobre las braguitas. Tal cual, mirándome. Mirándonos.
- No sé... yo… Mer… me acerqué a ella, dudando. Miré a Pablo. Miré a Meri.
Me dejé caer de rodillas entre sus piernas abiertas, y empecé a acariciarle aquel fruto, tan dulce y deseado... mierda, estoy tan caliente, trataba de decirme a mí misma, sé que no debo, me insistía, pero no puedo dejarlo... huele tan bien... Yo ya estaba rota por entonces. Le aparté las bragas, y le metí un dedo dentro para mojarlo.
- Uffffffff – flipé al notar el calor y la cantidad de humedad que llevaba María - estás empapada, mi reina... – le dije, retirando un poco mi mano y mostrándole aquellas babas viscosas que nos mantenían unidas. Mer no era capaz de contestarme, se golpeaba con los puños cerrados y se mordía los labios.
- Lauriiiiii... – acertó a jadear por fin, cuando volví a poner mi mano sobre su coño. Sentí como si se me estuviera meando entre los dedos. Aspiré aquel aroma y me llevé la mano a la cara, chupándomela como una perra, alucinando de aquella abundante producción de flujos. Levanté un poco la cara y, efectivamente, pude ver que mi amiga tenía una enorme mancha por debajo de su concha, como de meado que no dejaba de gotear, viscoso y cada vez más blanquecino sobre el suelo... No pude evitar mirar a mi primo, como queriendo enseñarle aquello.
- Diosssss, ¡qué guarra! - confieso que dudé cuando lo dijo sobre si se refería a mí o a ella, pero entenderéis que tampoco me parase a preguntarle.
Le saqué las bragas a mi amiga, aunque las tenía ya bastante pegadas a su sexo de tanto flujo, que chorreaba siempre viscoso, caliente y oloroso. Aquellos hilachos se estiraban como chicles entre su sexo y las bragas, como tentáculos de un moco lleno de sabor y de un aroma penetrantemente embriagador.
Lo mismo me daba Pablo: iba a empezar a chupar.
- Qué rica estas Meri... – jadeé.
Podía notar a mi primo pegándose a nosotras, y pronto empezó a acariciarme la empapada cabeza... Molesta, me aparté un momento del coño de maría para decirle:
- Ahora no, primo, por favor...
Al pobre niño no le quedó otra que obedecer y cortarse un poco mientras que yo no lo hacía en absoluto, ya decidida a atacar a muerte a mi amiga. Desesperada, Meri echó su cuerpo hacia mí, dejándose resbalar en el asiento de aquella silla y buscándome ávida de ser llenada. Conocía aquel cuerpo tan bien como el mío, y supe que me estaba pidiendo a gritos que la penetrara. Bien, mi zorrita, empezaré entonces por hacerte un dedo primero… me decía a mí misma, violentamente excitada de tener así de caliente a mi amiguita entre mis manos. Después de haberla follado a saco con dos y tres de mis deditos, cuando la noté ya tan putita y tan suave que era incapaz de pensar ni darse cuenta de lo que tenía alrededor, apliqué de nuevo mi carita contra su coño y me dispuse a chuparle todo lo chupable. Cuando nos quisimos dar cuenta, ella se había dejado caer sobre mí y, retorciéndonos sobre el suelo me estaba también mamando a mí después de apartarme el tanga (no necesito explicar que tampoco tuvo que esforzarse, siendo aquello tan mínimo, tan flojo y tan elástico). No sé ni cómo fue capaz de hacerlo ella, pero acabó metida debajo de mi cuerpo, mientras yo me abalanzaba sobre el suyo, con las piernas flexionadas y muy separadas para poder hundirle el coño en su cara mientras hocicaba como una cerdita en el suyo. Pronto el placer que me estaba haciendo sentir fue tan inmenso que empecé a culearle en la cara, restregándome el coño sobre ella para marcarle el ritmo e incitarla todavía más, mientras devoraba su caliente chirla y me frotaba entera las tetas contra ella. Debo decir que iba salidísima, y aquí por salida me refiero a física y literalmente salida, lo que en mí viene a significar que mis alerones de los labios menores habían terminado por desbordar a las mullidas y gruesas almohadillas de los labios mayores, pese a estar estos hinchadísimos. Mer, en medio de su desenfreno, se dedicó a tironearme de aquellos labios menores desbocados mientras me mamaba el clítoris empalmado. Yo gritaba desaforada, claro, pero es cierto que en una situación así yo necesitaba no menos que aquello, y mi amiga lo sabía a la perfección. Así que, pese al dolor ocasional, yo lo estaba gozando, y entre gritos seguía mordiendo su chocho de niña, mientras azotaba y golpeaba su precioso y perfecto culo, con un moreno absoluto y continuo, sin la menor marca del bañador.
Diréis que la cosa se nos había ido un poco de las manos… Pues sí, diríais bien: era ya demasaido tarde cuando me di cuenta de que había dejado de oír a mi primo diciendo barbaridades a nuestro lado mientras flipaba de poder ver todo lo que nos estábamos haciendo.
Me bastó levantar la cabeza un segundo para recordar que estánamos cuatro personas en aquella casa…
¡Oh! Nur había salido del agua, aquella ninfa, aquella puta diosa, aquella delicada sirena negra, con sus tetitas casi inexistentes pero tan delicadas, tan preciosas, tan sublimemente perfectas... Afortunadamente, había tenido la decencia de mantenerse puestas sus braguitas, aunque venían tan mojadas como el resto de su cuerpo, brillante tras el baño… joder, estaba absolutamente deliciosa, casi desnuda… Pero, con nosotras fuera de combate, enredadas como estábamos en nuestro tórrido abrazo, Nurita tenía vía perfectamente libre hacia su destino, que no era otro que aquella desmedida e incontrolada excitación que, por mi culpa, había hecho presa en Pablo. La has liado pero bien, Laurita, me dije, antes de volver a hundir la cara en aquel chocho brillante y abierto que tenía ante mí, no sin mantener mientras tanto un ojo atento a lo que hacía mi primito…
Con su habitual ademán felino, la loba de mi amiga se acercó a Pablo, sin más, aunque él todavía seguía allí sentado, excitadísimo aunque abatido junto a nosotras, en aquella silla que María había estado ocupando justo hasta el momento en que su cuerpo resbaló hacia el mío y acabamos las dos rodando por el suelo. Aquel enfado infantil por no haberle permitido jugar con nosotras iba a ser solucionado muy pronto por Nurita. Al fin y al cabo, mi primo estaba otra vez con toda la verga de nuevo tiesa, dentro de los calzones, y ella ya se había arrodillado para empezar a acariciársela, a retorcerle la verga por encima de la tela, así de rodillas a sus pies… Joder… aquella forma de frotarle el nabo… pobre Pablo, pero tal como iba no le iba a durar ni un asalto a mi amiga, si seguía así.
Y, efectivamente, mi primo empezó a gemir hondo casi desde el primer momento, pero tampoco se quedó quieto… Habían pasado ya los días en que aquel crío se comportaba todavía como el niño cuya edad tenía, y habían llegado aquellos en que se iba a mostrar, por fin, como el hombre que en realidad ya era. Pablo se incorporó con ansia, visiblemente nervioso, pese a todo, temblando, aunque estaba claro que sabía lo que quería Nuria mejor que nadie, mejor que ella misma… y estaba deseando dárselo... porque, precisamente, era lo que él también se moría por darle, claro… Bueno, y porque hubiera sido del todo imposible negarle nada a ella en su estado… y con aquella desmesurada belleza que estaba desplegando ya.
Frente al nerviosismo agitado de mi primo, mi amiga demostró una naturalidad y una profesionalidad a la altura de su experiencia: sin que le temblara lo más mínimo el pulso, de rodillas ante él, empezó a tirarle de sus calzoncillos con decisión, con las dos manos en sus caderas (¿en qué momento se había decidido que ellas tenían el derecho a desnudar por completo a mi primito con claro objetivo sexual, y sin contar siquiera al menos con mi consentimiento previo?), y aquello salió sin más disparado, enorme y exageradamente oloroso, no solo por la corrida que se acababa de pegar sobre mi cuerpo, sino por todo el nuevo deseo que estaba ya acumulando en su interior. A Nur se le hacía la boca agua, y ya estaba allí boqueando inconscientemente como una puta, cerrando los ojos y sacando la lengua. Aquella lengua, desenrollada como la de un camaleón, entró en contacto directo con el capullo, lamiéndolo completo primero, para recoger todas aquellas abundantes esencias, entre visibles gestos de placer de mi primo, para luego rodearlo y guiarlo directo hacia la boca, que ya se acercaba ávida. Nuria se introdujo ella solita el enorme glande al completo, al primer bocado. El brutal empellón de Pablo hizo el resto.
Nuria pegó una monumental arcada cuando aquella bestia le golpeó en la boca de la garganta. He de decir que, a diferencia de mí (y sobre todo de Mer), mi putísima amiga siempre ha tenido dificultades con las pollas grandes… jijijiji. ¿Quién lo iba a decir, eh? Ella, la reina del sexo… ¡atragantándose por hacer un garganta profunda! Aunque, he de decir, el tamaño y, sobre todo, la rígida dureza de la herramienta, daban buenas razones de su tropiezo. Pablo le estaba cogiendo ya la cabeza, dispuesto a follarle la boca como había estado haciendo conmigo. Y, pese a los intentos de Nuria de pararle, tampoco pudo hacer gran cosa para refrenar el deseo desatado del animal de mi primo. Podía haber tratado de pararle pero, francamente, pensé, que se buscara ella solita la vida…
Al final, la cosa se desmadró pero bien y, aunque hubo un mometo que parecía que Nuria iba a morir asfixiada o, peor, a vomitarle encima hasta el primer biberón, al final consiguió domar a aquella serpiente, como no podía ser de otra manera (Nur enseguida puso sus manos de por medio para pararle en sus furiosas lanzadas; ella no quería que le follara la boca, al menos no todavía, sabía bien que no iba a poder con toda, al menos no aquella primera vez todavía, pero he de reconocer que, aún así, le hizo una mamada de campeonato). Joder, me mataba ver a Nur siendo capaz de hacerle eso a mi primo, directamente, sin que ninguno de los dos hubiese siquiera hecho el menor amago de contar para nada conmigo mientras lo hacían…
Mer y yo nos habíamos corrido ya hacía rato (yo un par de veces), y lo cierto era que habíamos perdido ya aquel repentino interés de la por la otra, y que llevábamos un buen rato embobadas mirándoles. Me levanté de encima de su cuerpo, y las dos nos acercamos como perritas hambrientas a aquella maravillosamente erótica pareja. Dado que aquel juego estaba lógicamente vedado a nuestra avidez, sencillamente nos tuvimos que limitar a mirar, animar y tocar… mmmmmm… Hasta que pudimos ver, por fin, ahí pegado a nuestras caras, cómo ella le volvía a llevar a un nuevo orgasmo absoluto, magnífico, explosivamente brutal, que acabó con él totalmente derrumbado en aquella silla, mientras ella seguía metiéndose como si nada aquel capullo enrojecido y durísimo que no podía parar de escupir sin parar un chorro tras otro, que saltaban sobre la cara de mi novia (los que no se estrellaban en ella directamente), empapádole de blanca leche su pelo azabache y el caoba intenso de su piel lustrosa y brillante…
Cuando se cansó de mamar leche, Nur se levantaó, grandiosa y tranquilísima, como si todo aquello fuera lo más normal del mundo y lo repitiéramos los cuatro a diario, como si no hubiera pasado absolutamente nada, limpiándose la boca babeante de lefa y la cara bañada en aquella película lechosa con el dorso del brazo. Su espalda y todo su pelo seguían surcados por blancas líneas, pero desde delante casi parecía que no había pasado nada de lo inmaculada y seca que iba… salvo por sus braguitas, claro. Aquella prenda era la evidencia de su placer orgásmico, puesto que estaban pastosamente empapadas, con aquella humedad viscosa y chapoteante, blanquecina y pringosa que dejaba claro que prácticamente nada de aquello era ya agua de la piscina, y que el líquido más inocente que saturaba aquella tela era su propio sudor. Pareció por un momento, cuando se puso de pie y notó aquel exagerado chapoteo entre sus piernas, que ella misma se sorprendía de haber mojado tanto; es más, en un movimiento de pubis, y tirando de ellas hacia arriba con las manos, nos las enseñó a nosotras… o, quizás, se las estaba mirando, en verdad, sin poder dar crédito ni ella misma a una respuesta tan provocativamente vulgar de su perfecto y divino cuerpo... Sus bajos estaban cubiertos de una pasta lechosa que hacía que pareciera que ella misma se había corrido con lefa...
Pese a todo, mi novia seguía tranquila, con su respiración perfectamente acompasada, sin una sola gota de sudor visible por su cuerpo, más allá de aquel brillo sutil que perlaba su oscura piel. Parecía fresca, y moderadamente compuesta con aquellas bragas tan perfectamente colocadas, pese a lo guarras que las llevaba, que hacía que pareciera impecablemente vestida, frente a la total desnudez de nuestros cuerpos, agotados, desmadejados y completamente empapados en sudor. Su control total de la situación desquiciaba todavía más nuestros nervios, y terminó de darnos la puntilla cuando, plantándose ante nosotros tres, con los brazos en jarras y apartando nuestros cuerpos con sus pies, soltó (con asombrosa naturalidad) aquello de:
- Pues estuvo bien el aperitivo, pero… ¿Comemos? Que ahora sí que estoy muerta de hambre.
Yo no sé cómo lo hizo, después de haberse zampado la polla de mi primo en mi puta cara como lo había hecho pero, a pesar de todo, se las estaba arreglando para hacernos sentir mal a los tres. Como idiotas, empezamos a vestirnos como pudimos, sobre todo Pablo, que no paraba de soltar su semen por la boca de la polla...
Cogiendo una bandeja, Nur se fue hacia el salón, meneando su culito de Miss Pervertida delante de nosotros.
- ¿Venís? – nos lanzó, a modo de reproche, pero con una encantadora voz cantarina.
- Sí, sí… ¡vamos! – corrí yo detrás de ella con la otra bandeja y las braguitas clavadas en el culo de lo mal que me las había puesto por culpa de la humedad. Mi “¡vamos!” sonó, en realidad, como lo que era: una orden hacia el despojo de cuerpos que quedaban detrás de nosotras, mientras yo corría solícita a la voz de mi Ama, como la perrita faldera que era. Como la perrita faldera que siempre había sido con Nuria.
Sentí a Meri a mis espaldas, tropezando lo menos un par de veces. El último vistazo atrás que eché no fue para mirarla a ella, ni mucho menos para tratar de ayudarla, sino para comprobar aturdida que mi pobre primito seguía peleando con su verga para tratar de esconderla dentro de sus apretados gayumbos, cosa que parecía misión imposible después de lo que Nurita le había hecho.
Nur terminó de colocar todo en la mesa baja del salón, mientras cerraba a cal y canto el gran ventanal y las ventanas de atrás y echaba las persianas.
- Como dejemos abierto nos va a entrar todo el calorazo ahora, que estamos en el momento más tórrido del día… - sentenció como si nada.
Aquel inesperado encierro me pesó como una losa, y de inmediato Comemos empecé a sentir una insoportable sensación de claustrofobia. No voy a decir que no tuviera razón; en realidad, y pese a que yo sudaba cada vez más y sentía que me ahogaba, es cierto que la temperatura del salón dejó de aumentar, e incluso parecía que en aquella penumbra inquietante se estuviera desplegando hasta un suave frescor. Pero yo tenía las entrañas atenazadas de nuevo. Nuria y Pablo habían dejado ya de ser una simple amenaza en vacío para convertirse en una amenaza real, que había llegado ya con nosotros y estaba allí para quedarse. Y, lo peor, era que yo misma moría de ganas de que aquel par de cerdos salidos se decidieran a dar rienda suelta a su lujuria delante de mí… nadie nunca me ha dado tantísimo morbo como el que ellos me dieron en aquel momento. ¿Qué pasaría si ella volvía a tomar una decisión tan bestia como la que había tomado tan solo unos minutos antes, sin preocuparse ni de comentármelo primero? Pablo había sido incapaz de resistirse, claro. Pero es que yo tampoco iba a tener esa capacidad. Al revés, igual que él, me iba a entregar como una cerda desmedida, más preocupada por mi propio placer al verles que por tratar de cortar aquello de raíz, como debía.
Pero no era yo la única. También mi primo, claro, el pobre, pero igualmente María… En aquel momento mi novia nos tenía a los tres en sus manos. Y yo no sabía si estaba pasando de aquel sentimiento tan evidente que teníamos, o si realmente estaba jugando con nosotros… Todavía estuvimos un rato en silencio mientras comíamos, o casi. Lo que era a nosotros tres, nos estaba costando demasiado tranquilizarnos, dejar de sudar y poder empezar a llevar una conversación fluida. Nuria, por su parte, no paró de rajar desde el primer momento, aunque en realidad durante un largo rato estuvo más bien hablando sola…
Para cuando terminamos de comer, parecía que estábamos ya más relajados María, Pablo y yo, y que la cosa se había normalizado bastante entre los cuatro. Pero el inesperado frenesí sexual de la mañana, después de aquella noche de locura (que ahora parecía incomprensiblemente lejana) nos estaba pasando factura a todos. Estaba claro que el desenfreno nocturno nos había impedido pegar ojo a los cuatro hoy. Y, dado que aquella sensación de la noche parecía que se nos había quedado pegada en la piel y ya no habíamos podido parar de follar en toda la mañana… En fin, que cuando terminamos de comer ninguno de nosotros podía ya más, y hasta Nuria estaba pidiendo tregua.
- Creo que es hora de la siesta – dije yo, con voz confundida. Hasta a mí me suena raro escucharme diciendo aquello. Sé que nuestros sexos rugen, los de los cuatro… pero es que nos estamos quedando dormidos allí, saciados de comer y de follar, encerrados en aquel agobiante salón a oscuras…
- Sí – afirmó Nurita, como si nada – y, al menos yo, creo que no voy a hacer absolutamente nada más que dormir en un buen rato – aclaró. Joder con la explícita… Todavía no era capaz de acostumbrarme a aquel clima de desinhibición absoluta que habíamos generado con mi primo. Y eso que yo era la única que llevaba un tanga inútilmente enano, que tenía colocado retorcido además, pero aún así no me importaba estar tirada en aquel sillón delante de él, despatarrada y con todo abierto y salido, despeinada y con las tetas manchadas de comida. Estaba tan agotada que me daba todo igual… por una vez quería pillar una cama ¡para dormir y solo dormir!
Y, sin embargo, aquella manera de expresarlo tan crudamente por parte de Nur… Joder. Al menos ella era la única que, aunque veladamente, verbalizaba algo de todo lo que estábamos haciendo realmente... ¿Hasta cuando iba yo a seguir tratando de aparentar normalidad entre nosotros, como si siguiéramos en aquellas supuestas vacaciones ideales de mi tía en las que, ya de paso, le cuidábamos al niño?
La verdad, estaba hasta el coño de mí misma.
- Vamos, Pablo – le ordené a mi primo, inesperadamente, mientras me levantaba con decisión. La verdad, ni yo misma me esperaba aquello. - Vamos a dormir – intenté matizar. Él no sabía qué demonios quería yo ahora. Quizás ni siquiera yo lo sabía… Nuria se mordió la lengua hasta el último momento, estaba claro que le faltó un pelo para intervenir.
Pero Pablo se levantó, con aire cansado. Y me siguió sin más, claro.
Yo me desentendí de ella y de los restos de la comida que dejábamos en el salón. Por mí se los podían meter las dos por el chocho.
* * *
Cuando mi primo llegó a mi habitación detrás de mí, yo ya estaba tumbada en mi cama, con los ojos cerrados y completamente desnuda. Las braguitas de tanga y el sujetador de aquel conjunto salvaje que le había puesto a mil hasta el punto de hacerle saltar sobre mi cuerpo pajeándose como un mono, yacían tirados junto a mis pies.
Yo no sabía lo que hacía, claro. Imagino que, simplemente, estaba demasiado cansada, claro. Por un momento quise jugar mi última carta. Utilizar la siesta, que siempre había sido el momento en que mi primo se atrevía a desplegar sus avances sobre mi cuerpo, para darle la última estocada. O para que me diera él a mí la definitiva, más bien. Aquel encierro del salón. Aquella sensación de claustrofóbica oscuridad… Joder, no soy capaz de explicarlo, pero con aquella sensación de que mi amiga Nuria se estaba comiendo el pco aire que teníamos allí para respirar, de que iba a ser capaz de asfixiarnos a todos para poder devorar por fin a mi primo después de follárselo, como si fuera una mantis religiosa que llevara todos aquellos días planeando su estrategia mientras se frotaba las manos untadas en semen…
No sé lo que pasó por mi cabeza, pero en aquel opresivo ambiente me había visto tan amenazada que, de pronto, había tenido la certeza de que aquella iba a ser mi última oportunidad. La imagen de Pablo cabalgándole la boca con el miembro como una puta barra de hierro metido hasta dentro no se me quitaba de la mente. La última oportunidad, Laura, me repetía a mí misma una y otra vez. Tu última oportunidad…
Pero, agotada como estaba, era incapaz de reconocer que había cometido un error demasiado grave, un error irreversible ya. Mi último momento no era aquella siesta, qué va. Mi último momento había pasado entre mis dedos aquella mañana en esa misma cama. Y yo lo había dejado escapar. Mi primo ya no estaba dispuesto a seguir jugando conmigo. Lo que había hecho con Nur antes de comer me lo debía de haber dejado claro ya, a esas alturas. ¡Qué locura de día! Había echado un vistazo al reloj de la mesilla antes de desnudarme y dejarme caer sobre mi cama, y aún no marcaba ni la una de la tarde. Habíamos arrancado nuestro día bien temprano, convulsos como estábamos los cuatro por los acontecimientos de la noche y, pese a que la intensidad de todo lo vivido no parecía haber hecho otra cosa que ir en aumento, las horas se obstinaban en seguir su curso habitual que, para mí en aquel instante, parecía en realidad anormalmente lento. Se me había hecho eterna la mañana, y el darme cuenta de que, por mucho que ya hubiéramos comido, ni siquiera había empezado realmente la tarde, cayó en mi ánimo como una losa. Quedaban demasiadas horas por delante y yo hacía ya demasiado rato que me había dado por vencida.
Al fin y al cabo, mi primo y yo ya habíamos hecho demasiado durante todo aquel día que yo me había jurado que sería tranquilo… Y lo habíamos hecho con pleno consentimiento y pleno disfrute por mi parte, a plena luz del día y, para más datos, delante incluso de mis amigas. Pero es que no era solo el hecho de que yo le hubiera dado ya mi pleno consentimiento para tocarme y penetrarme coño y ano con las manos, para mamarme y besarme, para tocarme entera y frotar su sexo con el mío, todo ello libremente y sin condicionantes previos ni línea roja alguna… no, es que, además, él me había controlado aquella mañana, me refiero a que me había dominado… me había sometido. Y para mí, y creo que él lo entendía, aquello significaba en realidad que aquel consentimiento mío le había sido otorgado de por vida y sin necesidad de consultarme, sin importar ya que yo pudiera o no estar de acuerdo… Salvo para follarme con todas las letras, yo era ya suya. Le pertenecía… era suya hasta tal punto que no solo estaba dispuesta a masturbarle y mamarle siempre que él quisiera, y se lo había demostrado ya sucesivas veces, sino que al entregarme a él me había abierto igualmente a entregarle a mis amigas conmigo... porque todo lo que era mío, era suyo ya.
En definitiva, que si no estaba dispuesta todavía a pedirle tal cual que me follara… ¿qué podía esperar él de mí que no me hubiera arrancado ya? El único juego mío que le valía ya a él era mi entrega total, ya solo esperaba que yo le suplicase que me follara. Porque, como acabo de decir, para todo lo demás yo ya me había convertido en su juguete. No había más que eso. Y, si llevaba jugando conmigo todo el día, ¿para qué coño iba a querer seguir jugando conmigo porque yo lo deseara? Cuando, además, se veía claramente que mis ganas de jugar no eran sino ganas de seguir mareando la perdiz, que no iba a llegar a nada, que parecía como si pretendiera tratarle todavía como un niño, si además le estaba privando de aquel morbo añadido de hacerlo delante de mis amigas…
Soy tonta, me dije, ya iban dos veces que intentaba seguir por aquel camino, y dos veces que había sido él quien había acabado jugando conmigo con aquella mierda... que me hubiera dado buen resultado durante diez días no debía haberme impedido entender que, finalmente, la situación había cambiado: él me había ganado, y yo me había entregado. Que no me hubiera metido la polla en el coño era, para entonces, un mero trámite pendiente.
Tuve la oportunidad de martirizarme pensando todo aquello, siendo consciente de lo absurdo de mi situación y de lo ilusa que había sido en mis pretensiones durante toda aquella semana. Hubiera sido todo mucho más fácil si yo me hubiera tragado mi orgullo desde el primer momento. Quizás así no me estaría sintiendo en aquel momento tan miserable cuando él, sin mediar palabra, se subió a la cama nido de mi habitación, que estaba pegada a la mía, y se pasó sin más a la mía. Cuando me quise dar cuenta Y así es, cuando me doy cuenta él estaba ya a mi lado, tumbado, abrazado a mí. Y yo me sentía una puta, una cerda, una traidora a mi familia y a todo mi mundo, había tocado fondo en mi perversión para poder ser su guarra. ¿Hasta dónde iba a llegar mi vicio por el sexo? Sentía que ya no iba a poder parar nunca. Y, lo peor, es que sabía que en el fondo todo aquello me gustaba. Aquello era lo que quería.
Sabía que me iba a matar, que me iba a volver a dejar tirada como una idiota. Sabía que estaba a punto de volver a sufrir por él, y que lo iba a hacer más profunda e intensamente de lo que lo había hacho jamás por nadie. Nunca ningún hombre me había importado como me importaba Pablo en aquel momento. Nunca había deseado tanto a nadie. Y no podía evitar sentir todo aquello, por mucho que supiera que estaba a punto de volver a apuñalarme más hondamente y con infinita mayor crueldad que las dos veces anteriores. Me había parecido escuchar cómo se despojaba de aquel andrajo agujereado y sucio que llevaba por ropa interior y, efectivamente, pude notar el contacto directo de su verga en mi muslo derecho. Mi primo estaba caliente pero en reposo, todavía, pero la podía notar nítidamente, desnuda contra mi muslo. Su mano empezó a recorrer mi cuerpo desde mis muslos, muy lentamente, tropezando con mi chocho que demostraba una humedad absolutamente inexplicable y que él, sin embargo, ignoró, continuando aquella larga caricia hasta acabar encajando sus largos dedos bajo mis pechos. No pude evitar ponerme a gemir, y tengo claro que él se dio cuenta de eso también, porque para entonces ya estaba totalmente pegado a mí, echándome su cálido aliento en mi cara...
Y, entonces, su mano se detuvo por completo, tan solo levemente apretada al nacimiento de mi seno izquierdo, y su cabeza descendió hasta quedar apoyada en mi hombro, que se tiñó de inmediato con el sudor espeso que bañaba su pelo. Y ya. Por mucho que le costara a mi agitado cuerpo asumirlo, diría que mi primo se estaba durmiendo de verdad en esos instantes.
¿De verdad era posible aquello?
Joder, ¿de qué me sorprendía? Sabía de sobra que eso iba a pasar. ¿O no estaba esperando, de hecho, algo mucho peor?
También era cierto que con el ritmo que llevábamos, realmente todos estábamos agotados. Tampoco era tan raro pensar que incluso él podía no tener tantas ganas ya, que hasta él necesitaba descansar antes de seguir. Pero si yo misma estaba totalmente rota, ¿por qué me empeñaba en…? Diossss y, pese a todo, aquella humedad en mi coño que no hacía más que crecer y crecer, y la sentía ya resbalando entre mis muslos y empapando otra vez mis sábanas…
¿De verdad era posible? Pablo llevaba un año detrás de mí. Ahora podía tumbarse sobre mí, comerme todo o violarme la boca mientras me cruzaba la cara a hostia limpia, si era lo que quería. Es que si lo hiciera, quién podía saber… quizás yo… yo me atreviera a… pedirle que… ufffff. ¿Era posible que no quisiera hacerme el amor teniéndolo por fin a huevo? Sí, aunque lo llevásemos haciendo todo el día… Joder, después de todo un año, no podía ser posible que con una sola mañana se hubiera podido saciar ya...
Joder, estaba taaan cansada yo también.
Pero cansada de todo. De mi vida. De haberme pasado todo un año cagándola y perdiendo el tiempo como una tonta. ¿Qué más me daba mi familia? ¿Quién había decidido qué edad era o no correcta para…? Mi primo era ya mucho más maduro que demasiados tíos supuestamente adultos con los que había estado… demasiado maduro.
Duerme, Laura, me dije. Es lo mejor que puedes hacer ahora.
¿Y si Nurita no había mentido tampoco cuando dijo que no pensaba ya en seguir follando sino que solo quería dormir? ¿Por qué siempre tenía que tratar de ser yo más que nadie?
Pero, qué más daba. Si tampoco podía dormir. Si, además, tras solo unos interminables minutos de agonía tratando de buscar el sueño, aquellos bramidos y golpes sordos que me llegaban desde el pasillo me estaban dejando claro que estas dos follaban como locas en su habitación, porque tampoco sabían hacer otra cosa en cuanto tenían oportunidad, porque eran tan putas y tan viciosas como yo, en el fondo, porque también ellas tenían el cerebro sorbido por el sexo y, no podía seguir negándomelo, también ellas estaban que perdían el coño por el cabrón de mi primito. Que coño, si se podían escuchar sus gritos por toda la casa.
Tan absorta me había quedado escuchándolas que, cuando me quise dar cuenta, él se había separado totalmente de mí, para terminar desplazado e instalado en aquella cama nido que yo le había puesto expresamente para que la usara en nuestra primera siesta juntos, pero que él se las había arreglado para no utilizar en absoluto… hasta aquel día. Después de que mi primo se apartara así de mí yo ya no pude parar de dar vueltas en mi cama, hasta que asumí que estaba demasiado nerviosa para soportarlo, y me levanté y me fui al baño. Necesitaba pajearme, y no podía esperar mas. Lo más inteligente habría sido irme con ellas, claro, pero me había puesto tan nerviosa que no estaba ni siquiera para... joder, ¡y que no me daba la gana de humillarme así delante de ellas!
- ¡Pero, prima!
- ¡Pablo! Joder... ¡¡mierda!!
El cabrón de mi primo lo había vuelto a hacer, otra vez más, y empezaba a perecer vicio...
- Lo siento, lo siento Laura... siempre te pillo masturbándote... pero cómo eres tan puta, joder... que tampoco cierra la puerta ni de casualidad, so zorra… joder, qué guarra eres, pero ¿cómo puedes estar tan abierta, puta?
Me puse roja como un tomate. Me sentía fatal, no podía evitarlo. Si había vuelto a hacer aquello para humillarme, aquella vez lo acababa de conseguir con todas las de la ley: para cuando él asomó su carita de pervertido por el baño, yo ya estaba con una mano entera metida hasta el fondo, tirada en el suelo jadeando como una sucia guarra, dale que te pego bien dentro, con todo, y además es que no podía parar, por mucho que hubiera aparecido así, desnudo el muy cerdo, ni decirle nada a aquel enano cabrón a pesar de las barbaridades que me soltaba impunemente, porque yo me estaba retorciendo del gusto, y en realidad tenía razón, era humillante estar así delante de mi pequeño primo, pero es que era una puta, y una zorra y estaba abierta como una guarra, pero es que además estaba así por él y solo por él, ni Nurita ni María ni hostias, él me tenía con el coño dilatado y desbocado y corriéndome mientras imaginaba que la mano y el brazo que me estaba metiendo dentro era en realidad el tremendo pollón de aquel cerdo. Joder, solo estando muy burra podía haberme llegado a hacer algo así de corrido y casi sin prepararme. Y sí, estaba muy burra. Estaba burrísima. De verdad que no podía más…
Ufff, lo escribo ahora y, por mucho que me excite, no puedo evitar seguir avergonzándome todavía de lo que pasó… Supongo que puede parecer excesivo, pero os juro que yo estaba en una situación extrema… y en esas situaciones, pues es normal que a veces la cosa se nos vaya de las manos y nos pasemos un poquito, ¿no? Bueno, a ver… hay un detalle que no he mencionado todavía. Y quizás es relevante, sí. Sin duda lo es. Mi mano estaba metida en mi culo, no en mi coño… Joder, el espectáculo que le estaba dando al chiquillo no tenía nombre, lo sé.
Arrasada por la corrida, por la culpa y por la humillación, me vine abajo, y me quedé tumbada en el suelo, medio recostada contra la bañera, boca arriba y abierta de piernas para él, jadeando y deseando, realmente, que aquella sensación de falta de oxigeno terminara por hacerme perder el conocimiento. Dejar de tener que ver y sentir todo, dejar de pensar e imaginar, dejar de desear… de desearle. Poder vivir, sin más, experimentar todo aquello como si no fuera más que un sueño, como si yo fuera la protagonista de una película, una peli porno, la más guarra y depravada que seáis capaces de imaginar.
Poder soñar que mi primo se me acercaba al verme así, que pese a todo verme así le gustaba, y le excitaba, y le hacía venir a mí, desnudo y empalmado… Estaba tan rota en aquel momento que hasta me costó entender que sí, que lo estaba haciendo, venir a mí, desnudo, completamente empalmado, pegado a mi cuerpo, casi tumbado, apoyándose en una mano… por un instante pensé que me iba a besar, pude sentir aquel aliento suyo quemando mi cara, su rabo duro y suave acariciando mis muslos y, de repente, su mano, suave y cariñosa, masturbándome por fin, tan delicada pero, a la vez, con tanta efectividad, girando en velocísimos círculos con todas sus yemas de los dedos aplastándome la vulva...
Me escuchaba jadear fuerte, como desde fuera, como si no fuera yo, jadear sucio, jadear húmedo en su cara, en su oído, me estaba calentando tanto, tan rápido y a lo bestia, joder Pablo, estoy tan empapada, no aguanto nada contigo, me pones tan bruta, amor, me escuchaba perdiendo la cabeza por él, me escuchaba reconociéndoselo todo, además, porque ya todo me daba igual y solo me importaba que me estuviera metiendo una mano en el coño, él, mi primo, mi pequeño primo Pablo, no sabía cuándo, en qué momento me había metido así los cuatro dedos de la mano, enteros, padentro, la paja era brutal, pero era una follada exagerada, sucia, dominante, abusiva, humillante. Me estaba pajeando a lo bruto, sin cuidado, y en seguida me di cuenta de que lo hacía queriendo incluso dañarme... Mi pequeño primo. Y aquello era lo que lo hacía taaaan erótico, claro. Porque, en mi situación, aquella se había vuelto la única forma de darme placer, porque mi cuerpo no estaba ni mucho menos para tonterías, y placer me estaba dando, me estaba matando del gusto joder, y yo quería eso, quería ser su zorra, la puta de su prima y ya está, ¡hostia joder! Y estaba tan sensible que no podía decir nada, no hacía nada más ya que jadear confundida entre el deseo, la vergüenza, el dolor y el placer, y cuando me empecé a correr pues ya solo pude gritar, mientras él me agarraba por la nuca y me escupía, “¡guarra!”, a la cara, y yo lloraba, lloraba y repetía te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, como una niña tonta.
Recuerdo que durante todo aquel día estuve obsesionada con aquella paja de Pablo. Bueno, y con todo lo que vendría después, claro. Pero aquella paja… aquella paja marcaba un comienzo. Pablo nunca me había tratado así antes. Quiero decir, me había hecho de todo ya, bueno, me había hecho muchas cosas, y siempre había tenido un fondo violento y soez (que me encantaba), pero era niño, joder, era un niño… Y, de repente, aquella manera de meterme la mano… ufffff… la mano entera, que se dice pronto. Bueno, es verdad que él me estaba metiendo los cuatro dedos y la palma, mientras que su pulgar se quedó insoportablemente guiando, tocando y apretando todo desde fuera, pero es que así casi era hasta peor. Claro, luego fui entendiendo, Los masajes. Los que le habíamos hecho Nuria y yo aquella misma mañana, pero sobre todo el que Nur le había enseñado a hacer con mi coño. Joder, y mis pajas, que me acababa de pillar con toda la mano en el culo. Y las pajas de ellas, claro, también, que nos había estado espiando desde el minuto cero… y todas y cada una de las veces que nos había pillado follando, o las que directamente lo habíamos hecho sin cortarnos ya delante de él… Joder, qué putas. Y aquel cabrón pervertido aprendía, vamos que si aprendía, aprendía de todo y en cada momento. No conozco a nadie con su capacidad de aprender, todo, pero especialmente de sexo. Y su habilidad innata para ponerlo luego en práctica, era demoledora, pero es que además no se limitaba a copiar tal cual, no, el pequeño bastardo tenía una creatividad sin límites… y, cuando me puso allí empotrada contra la bañera, no se limitó a repetirme el masajito de Nur, ni mucho menos, no… sino que lo mezcló con lo que me acababa de ver hacer a mí, sazonándolo con aquella ira sexual suya, que cada vez resultaba más exageradamente desmedida y salvaje. Evidentemente, si yo estaba empezando a perder los nervios, él estaba completamente histérico ya a aquellas alturas. Lo malo es que para entonces era él quien tenía la sartén por el mango; o a su prima por el coño, lo que, para el caso, en ese preciso momento venía a ser más o menos lo mismo.
Mis sucesivas y cada vez más explosivas corridas en su mano contribuyeron a apaciguar lo más mínimo sus ánimos. Más bien al contrario y, en realidad, tan solo accedió a sacarme la mano de dentro cuando no le quedó más remedio que reconocer que mi azotado cuerpo ya no iba a dar más de sí en aquella postura. Pero aquello no se había terminado para él, ni mucho menos. Yo ya lloraba rogándole que parara, que me dejara, pero él me ignoró, claro, y tal como estaba tampoco le costó nada empujarme y tirarme al suelo. Os recuerdo que yo lo tenía todo abierto y más bien dado de sí en aquel momento. Y él seguía con ganas de humillarme, eso estaba claro. La paja que me acababa de hacer le había puesto a mil y, si a mí me había reventado, a él le tenía en su mejor momento. Así que sí, mi primito no había terminado de reventarme todavía, ni mucho menos. Sentir su mano abierta sobándome la raja entera, desde el coño hasta el culo, como tratando de arrastrar hacia allí toda aquella humedad que yo continuaba produciendo, me dejó claro por dónde iba a ir la cosa. Traté de agarrarme al suelo, a la bañera, a la taza del váter, a lo que fuera, cuando noté sus cuatro dedos juntarse y colocarse, afilados, sobre mi esfínter. Me iba a matar. Y lo hizo de golpe, claro. Como procede en esos casos. Mi alarido debió escucharse en toda la casa. Casi mejor, recuerdo que pensé… que me escuchen ellas y vengan, que vengan a ayudarme, por dios, me decía mientras no solo sus cuatro dedos, sino también hasta el quinto esta vez, se introducían poco a poco pero sin marcha atrás posible en mi muy abierto y empapado culo. Aquella vez sí que repitió, tal cual, lo que me acababa de ver a mí cuando entró en el baño: toda su mano metida en mi culo… Con eso sí que flipé, os podéis imaginar, lo del coño pues ya lo había hecho, aunque no tan sádico, qué va, si en el fondo él era muy bruto hablando pero luego follaba siempre más bien cariñoso y con cuidado, porque en realidad seguía siempre un poco muerto de miedo… hasta aquella mañana. Aquella manera de agarrarme por el cuello, haciéndome llorar de dolor, gritándome y escupiéndome sus insultos en mi boca que no dejaba de babear, sollozante, mientras me violaba el coño como si se hubiera decidido a destriparme allí mismo… Y, todavía incluso aquello, había parecido un juego de niños comparado con lo del culo... pero yo lo entendía todo, era capaz de comprenderle, el pobrecito estaba desquiciado, por mi culpa, me había visto a mí, a mí y a mí con ellas, también a ellas solas, claro, había perdido la cabeza y por eso me metía la mano así y no paraba de insultarme mientras lo hacía.
Animado por aquel sadismo incansable suyo, cuando notó que yo estaba ya a punto de volver a explotar deliciosamente, él paró en seco y me sacó la mano. De golpe. Con un sonoro PLOP, y un dolor inconcebible en el agujero del culo. Aquel hijo de puta… yo estaba perrísima, como comprenderéis, y para cuando me conseguí acomodar a lo de tenerle así, apalancado dentro de mi cuerpo, conseguí estirar la mano para buscarle. No me costó encontrar aquella barra de hierro, tan caliente y enorme, que le vibraba entre las piernas. Y no se la buscaba por él, qué va, se la busqué por mí misma, porque estaba salida como una puta y quería tocar rabo, porque quería su polla en vez de su mano en mi culo, y sabía que la tenía que tener más dura que en toda su corta vida, y así era, por tenerme así de guarra y sometida, y con mi otra mano me busqué también el coño y empecé a masturbar lo que pude en aquella incomodísima postura nuestros dos sexos a la vez mientras él parecía querer removerme toda la mierda de mis intestinos con su mano, que cada vez se metía más y más adentro...
Imaginad cómo estaba yo, que ni siquiera fui consciente de que, si continuaba pajeándole a él, no iba a durarme demasiado, tal como era de excesivo el estado de excitación en el que se encontraba. Lo malo fue que, cuando se retiró de mí, el dolor en mi culo era tan inmenso que yo ya no podía hacer nada distinto de desear mi muerte, el final de todas las cosas, la oscuridad. Y, en aquella neblina, se volvió a alzar él ante mí, aquel rabo enorme sujeto por las manos de mi primo que, con una expresión gélida, glacial, se agarraba fuerte el nabo sobre mi cuerpo, y se lo empezó a menear firmemente. Quizás fue verdad que le bastó hacerlo solo un par de veces. No sé. Solo soy capaz de recordar aquella explotándome encima. El calor de su semen al saltar con fuerza, disparado en un chorro tras otro, sobre mi sudor. Aquella sensación de humedad, aquel mareo, todo resbalaba viscosamente, como si me estuviera hundiendo en el barro.
Yo me ahogaba y aquel semen quemaba. Yo estaba deshecha, confundida, no es ya que dudara qué hacer, es que creo que no sabía qué hacer con mi vida, con mi cuerpo, hacía una media hora que me había levantado desesperada de la cama porque necesitaba correrme y ahora, pese a que llevaba casi esa misma media hora corriéndome sin parar, sentí como si mi calentura, lejos de haber remitido, se estuviera disparando hasta lo insoportable. El pequeño problema era que, aunque lo intentaba, no me conseguía mover, mi primo me había inmovilizado, no físicamente sino por todo lo que me había hecho. Como lo único que podía mover, a duras penas, eran mis manos, las utilicé para ayudarme a empujar todo aquel líquido espeso y quemante, abriendo bien la boca para beberle, como si mi recuperación dependiera de que yo tragara el máximo posible de aquel elixir mágico. Su polla seguía dura, lanzando aquellos chorros a presión que me empapaban el cuerpo entero, del pubis al pelo. Así era fácil llenarme la boca, casi no me hacía falta que yo me metiera todavía más de aquello dentro, de hecho tenía tanto que se me salía, empapándome la cara y cegándome mientras mi coño seguía clamando por ser llenado con la madre de todas las corridas, el orgasmo definitivo que me quitara, de una vez por todas, aquella inasumible sensación de puterío.
Para cuando acerté a querer y poder limpiarme y pude, por fin, abrir los ojos, que tenía pegados por aquellas balsas de semen dulzón, él ya no estaba allí.
Me había calentado hasta el límite y, aunque me había hecho correrme hasta el agotamiento, me había dejado cuando más le necesitaba. Otra vez.
Ya que mis manos parecían seguir siendo la única parte de mi cuerpo que todavía era capaz de mover, me las bajé al coño y me metí allí los dedos de nuevo, volviéndome a pajear sin cesar, como una ninfómana incontinente, hasta estallar una, dos tres veces... hasta conseguir perder por fin el sentido, perder la cabeza y la noción del tiempo. ¿Cómo podía estar tan, tan salida? Jamás me había sentido así antes. Me dejé ir, gritando y pataleando, y aunque me mordía la mano intentado no hacer ruido, me resultó imposible lo de pasar desapercibida...
Un golpe en la puerta. Su voz, otra vez su voz gangosa de niño que no termina de conseguir dejar de serlo:
- ¿Laura? Joder. ¿Pero todavía sigues así? ¡Qué puta! Todavía estás pajeándote, prima.
Su cuerpo desnudo volvió a llenar mi campo visual. No sé decir cuánto tiempo me había dejado allí tirada, pero como dato quizás os sirva saber que él tenía todavía el pene a medio empalmar. La punta le brillaba, cubierta aún de evidentes restos líquidos que no se había molestado en limpiar. Y una sonrisa malvada le brillaba, también, en los labios.
- No paras, ¿eh? Te has quedado caliente, ¿verdad? …como esta mañana después de perder la apuesta…
Aquel maldito cabrón… era demasiado consciente de lo que me estaba haciendo, estaba midiendo todos y cada uno de sus movimientos conmigo, y mi cuerpo y mi mente parecían llevar días obedeciendo, sin poder resistirse, a aquel plan maquiavélico que él había trazado para mí. Y ahora, encima, ¡venía a restregármelo por la cara! Yo seguía tirada en el suelo, completamente indefensa. Me lo había ganado a pulso, Pablo me estaba devolviendo de una todos aquellos meses en que había sido yo la que jugaba con él, la que jugaba a hacer valer, estúpida de mí, la pretendida superiorirdad que me daban mi edad y mi experiencia. Casi un año de negativas, de portazos en su cara. Tenía claro que ahora me tocaba recibir mi merecido. Luego, seguro, luego podría recuperarme, y cuando lo hiciera, cuando saliéramos por fin de allí y volviéramos a la normalidad, iba a poder otra vez con él… Carlos, su hermano mayor, me ayudaría a controlarle. María, y sobre todo Nuria, dejarían de desplegar su influjo maligno sobre él. Todo podría volver a ser como antes… salvo ms piernas, que deberían estar ya abiertas para siempre a la voracidad insaciable de su pene. Todo esto podía ser cierto, o no. Pero lo único realmente seguro era que, en aquel preciso instante, yo volvía a estar otra vez en sus manos, y esta vez se estaba complaciendo incluso en regodearse de su dominio absoluto, en decir alto y claro, para que yo lo oyese, que me estaba comportando como una puta porque no era más que eso, una puta. SU puta.
Yo ya no tenía fuerzas ni para querer luchar. Había comprendido que ya no tenía sentido seguir intentando resistir.
- Zorra – sentenció. Y su sonrisa se hizo más afilada y violenta que nunca.
Pude entender aquella sonrisa en cuanto él sacó sus manos de detrás de su espalda. Mi primo había vuelto a mí con mi prótesis grande entre las manos, aquel soberbio pollón con arnés que mis amigas me habían regalado y que teníamos escondido en su maleta. ¿Lo teníamos escondido? Joder, le habíamos estado dando realmente buen uso entre nosotras aquellos días. Incluso entre ellas, sin estar yo presente. Yo misma recordaba haberlo recogido de cualquier rincón de la habitación de mis padres. ¿Hacía cuánto que Pablo era consciente de aquello? Y yo disfrutando diciéndole aquella mañana que jugábamos con consoladores, pensando que realmente se estaba escandalizando por eso. O… ¿igual sí se había escandalizado sinceramente? Quiero decir… puedo que realmente no fuera consciente de aquello hasta aquel día… que solo después de contarle yo aquello él se hubiera molestado en ponerse a buscar entre nuestras cosas…
Joder. ¿Para qué coño traía aquello ahora? Y… ¿como la había conseguido? ¿Acaso no seguían mis amigas follando en su habitación?
No tuve mucho espacio para seguir pensando en aquellas cosas, que pronto pasaron a ser irrelevantes: supongo que es difícil explicar lo que sentí al verle calzarse aquel arnés en su joven y fibroso cuerpo, ajustándoselo a su cintura y sus piernas, removiéndolo para hacerlo encajar justo encima de su verga. Sujetando ambas a la vez, su polla y mi polla, comparándolas.
- Son casi iguales, prima…
- Vete. Vete, Pablo. Vete de aquí por favor… por favor, por favor... – Sentí un miedo sincero y real de mi primo.
También de mi coño. Lo sentía arder de nuevo ante aquella visión irreal, maravillosa. Pablo con dos pollas. Dos enormes pollas en un mismo cuerpo… No podía aguantar, no iba a ser capaz de aguantarlo. Tampoco podía huir. No podía ni siquiera tratar de moverme. No me quedaba otra salida que rogarle que se fuera…
Él no me hizo caso, claro. Cuando se vio aquella segunda polla crecida entre sus piernas, mi primo se vino arriba. Era un superhombre, y aquello no hacía sino corroborarlo. Y, en realidad, la mera contemplación de su imagen me destrozaba, lo que estaba viendo: mi primo con dos pollas, dos pollones de campeonato… el deseo por aquellas vergas me fundía, aquel deseo era demasiado fuerte, y los gritos de las putas de mis amigas, que no paraban de follar a lo bestia en la habitación del fondo, me volvían loca y me hacían pensar que todo iba a ser posible... inconsciente de mis actos, me empecé a pajear de nuevo delante de él, dándole la razón, me he convertido en una perra, Pablo, sí, y eres tú quien me ha puesto así, y cuando me corría, rápidamente, implacablemente, entre gritos que competían en intensidad con los de ellas, pude escuché su voz retumbando, como si viniera de dentro de mi cabeza.
- ¿Estás bien, Lau? ¿te pasa algo? - ¿Lau? Pablo nunca me llamaba Lau entonces… aquel diminutivo era propio de mis amigas, nunca había sido usado por mi familia.
Jo… pero, ¿y a qué venía de repente auella pregunta? ¿por qué el bastardo se hacía el gilipollas de esa manera? Su sonrisa me parecía grotesca, toda su cara de cerdo me parecía grotesca, aún en medio de la confusión del sexo, el deseo y la corrida.
- Haces ruidos raros… ¿necesitas ayuda, prima…?
¿Era yo, o Pablo estaba poniendo voz de niño?
- Nooo, pablo, nooooo - gemí, asustada - por favor....
- Pero… yo quiero ayudarte otra vez, primita...
- ¡¡¡Vete!!! Joder… ¡vete! – rompí a llorar, otra vez.
- Toma, esto te ayudará...
Mierda, aquello sí que no me lo esperaba. No era solo mi consolador, mi primo había venido con más refuerzos… Para cuando conseguí desempañarme los ojos y recuperar la visión, y el ánimo, pude ver por fin la prenda que me tendía. Como yo no me movía, me la lanzó con desprecio.
- Cógela, puta.
Aquella especie de trapo, mojado de semen, caliente, sucio, oloroso, impactó contra mi cara. Mi primo me había lanzado sus calzoncillos a la cara. Aunque le quería lejos de mí, yo no podía evitar ser, realmente, una puta. Evidentemente, aquello me hizo obedecer como una niña buena, y coger sus destrozados slips y empezar a repasarme toda su suciedad por mi cara, por mi cuerpo después, por mi coño finalmente. Qué más daba si él me veía masturbarme con aquella prenda íntima suya, metérmela en el coño, llenármelo con todos sus restos de lefa. Me deleité haciendo aquello para él, y después de las dos pajas anteriores, ésta fue más calmada, conseguí hasta demorarla, porque quería disfrutarla auténticamente y que él también la disfrutara, y para ello necesitaba que fuese larga y honda, pausada… que fuese definitiva.
Cuando abrí los ojos, mi primo todavía seguía allí. Delante de mí, mirándome con deleite, relamiéndose mientras yo estaba todavía en pleno orgasmo.
Todas las cosas horribles que pensé de él en aquel momento... oh... no soy capaz de escribirlas, me avergüenzo hasta de recordarlas. No era justa pensando todo aquello de Pablo.
Ni siquiera cuando, mientras lo pensaba, él estaba empezando a levantar ya entre sus manos mi consolador gigante, bajo el cual vibraba su verdadera polla henchida de sangre.
- No se te quitan las ganas hoy, ¿eh?
- Pablo… - supongo que gemirle, desnuda desde el suelo, con una cara de placer indescifrable, los ojos entrecerrados mirándole intensamente, los labios hinchados y brillantes de saliva, mi mano majándome el chocho todavía, nada de aquello ayudaba a aplacarle.
- Igual necesitas esto, puta.
- ¡¡¡¡¡DIOOOOOOOSSSSSS!!!!!
Supongo que una polla de plástico no cuenta. No puede contar. Al fin y al cabo, no dejaba de estar masturbándome. Una vez más. Aunque lo estuviera haciendo con un consolador tan enorme y real, en vez de con toda su mano. Pero fue raro. Fue raro y a la vez tan maravilloso, sentirle de nuevo así, tirado sobre mí, empotrándome a golpes de polla contra la bañera, mientras yo me aferraba a él, arañándole la espalda con saña, anudando mis piernas alrededor de su cintura, que estaba haciendo todo el trabajo, junto con sus piernas y sus brazos que temblaban, empapándome con todo el sudor que escurría de sus peludas axilas.
Era una polla de plástico. Mi polla de plástico. Pero m primo me estaba follando con aquella polla, me estaba follando con mi propia polla. Me estaba follando despacio con aquella herramienta, y yo no solo no quise pararle, sino que me había abierto para él como nunca necesité abrirme antes para nadie, porque nunca había sentido una necesidad de polla tan grande como en aquel momento. Le busqué la boca con avidez y dejé que me morreara con todas sus ganas, porque quería tener la lengua ocupada y asegurarme así que evitaba decirle todo aquello que quería decirle, que se dejara de consoladores y me follara con su verga auténtica, que quería ser suya de verdad y quería que me empalara con su lanza, que ya no iba a querer dejar de follar con él nunca, todo aquello quería decirle y hundía mi lengua en su boca para evitar hacerlo, y me apretaba a él mientras me follaba, por fin, me follaba tan absurda y falsamente como me habían follado María o Nuria una y otra vez en aquellos días dementes, con aquella polla falsa en un polvo falso, en una follada de mentira que no iba a conseguir sino volverme más loca todavía…
Comprendí lo absurdo de todo aquello, que no revelaba sino lo absurdo de mis propias y continuas negativas, cuando a mitad de follada Pablo empezó a pajearse su polla real, sin disimulo alguno. Y, cuando sintió que yo me iba a correr, dios, gritaba como una perra, habría sido imposible no notarlo, cualquiera de vosotros lo habríais notado también si hubierais estado así conmigo, cuando Pablo lo notó acercó su capullo real a su verga falsa de plástico, y a l momento aquel líquido blanco como de plástico fundido le empezó a manar espeso y asqueroso entre el consolador y mi carne, la carne de su consolador real, aquella verga enorme que no era capaz de consolarme porque yo no le dejaba, amenazando con meterse entre la carne real de mi coño y la falsa carne plástica de su verga de mentira, hundida hasta el fondo de mi vagina, y a cada gope de su follada me arrancaba un grito y su semen me entraba y trepaba a buscar mi útero, bañando mi polla falsa que estaba tan dentro y tan hundida en mí, con aquellos golpes tan bestias de Pablo que parecía querer matarme, y mi primo me estaba metiendo su semen en la vagina al compás de los empujones de su polla, de su polla real pegada a mi coño y a su polla falsa, apoyada y casi metida la punta en mi chocho hirviente. No solo le había notado follarme otra vez, aunque fuera falsamente, sino que le noté correrse dentro de mí con toda su falsedad, llenándome al follarme con el calor de su esperma, perdiéndose de nuevo en mi interior, lubricando mi vagina real para que mi polla falsa pudiera seguir destrozándome un poco más, y ya no se trataba de que me hubiera fregado la vulva y la boca del coño con su vagina, ya no se trataba de que me hubiera vertido dentro su semen fresco como hizo con María (pero a ella con riesgo de preñarla), sino que había conseguido llevarlo mucho más lejos que aquella mañana, aquella mañana después de perder yo la apuesta, sí…
Casi un año más tarde, el esperma de mi primo volvía a alcanzar mi útero, metido a golpe de falsa polla por el propio Pablo. Afortunadamente, yo estaba esterilizada ya para aquella nueva remesa de espermatozoides que había logrado colarme en el interior, ya que (a diferencia de María, que también se los había dejado meter dentro durante la noche, puta inconsciente) yo llevaba unos meses ya tomando la píldora para facilitar mi relación (igualmente incestuosa y considerablemente salvaje en aquel momento) con, precisamente, Carlos, el hermano mayor de Pablo. Por lo menos, aquello era un alivio. No tener que preocuparme de… No en vano, era ya la tercera vez en aquel día que se me corría en las puertas.
Cuando acabó de correrse, Pablo parecía fresco y sereno. También era fácil, ya que no dejaba de haber sido una paja más para él, por erótico que le hubiera resultado hacérsela encima de mí. Pero, para mí, había sido más que una paja. Aunque falsamente, aunque fuera mentira. Pablo me había follado. Se retiró de mí, despegando su piel chorreante de mi piel empapada hasta llegar al final, y empezar a separar también nuestros pubis. Dolorosamente, me sacó aquel falo completamente rígido de mi dolorido interior. Él estaba tranquilo, pero yo temblaba de la cabeza a los pies. Aquello había sido demasiado para mí, y él se había dado cuenta.
Por un momento pareció que se retiraba el sátiro, y que entre mis piernas volvía a estar, una vez más, aquel niño que era mi primo. Me besa en el coño con ternura, y luego subió para besarme en los labios. Sin embargo, en ese momento yo le rehuí de mi boca. Le había estado comiendo la suya solo unos segundos antes, pero si lo hice entonces fue únicamente para asegurarme de que conseguía mantener la mía cerrada. Pero después de aquello… Ni aunque volviera a tener al niño delante de mí era capaz de sacarme aquella sensación de encima. Joder, estaba verdaderamente aterrada por lo que me acaba de hacer, por todo, por...
Por no ser capaz, yo.
- Hostia. Eres una puta, prima, de verdad. Solo te importan las pollas.
Me quedé deshecha cuado se levantó de golpe y me dejó allí, tirada y otra vez llorando silenciosamente.
Joder. Es que tenía toda la razón, estaba deshecha, pero con todo y con eso sabía que seguí siendo injusta con él, cruel, tratándole siempre con aquel eterno e inmerecido desprecio. Porque él, él... ¿cómo estaba él? Si tanto me preocupaba que no fuera más que un crío, si tanto me repetía que tenía que protegerlo… ¿cómo lo estaba pasando él? ¿De qué coño tienes que protegerlo, Laura?, me dije. ¿De ti? ¿Y ellas? Mis dos amigas me habían confesado ya que habían llegado a su límite con aquello. Que no podían más. Me habían pedido, por favor, que parara ya de una vez. Soy una zorra, me dije. Soy una zorra, me repetí. No puedo seguir haciéndoles esto por más tiempo, ninguno lo va a aguantar… Yo ya no lo aguanto más…
Lloré.
Cuando recobré la consciencia no supe si simplemente me había despistado por unos segundos, o es que realmente había dormido durante días. De repente mi cuerpo había dejado de sentirse tan agotado, no sabía si porque había, por fin, descansado de verdad, o simplemente era que mi primo, al follarme con mi polla de plástico, había abierto por fin aquel grifo de mis orgasmos profundos que llevaba tanto tiempo necesitando vaciar…
Él estaba allí, en el suelo del baño, tirado junto a mí.
- ¿Me he dormido? – le pregunté.
Pablo no respondió. Me había despertado porque había sentido la calidez de su cuerpo pegado al mío. Empezó a acariciarme el pelo, la cara. Yo le respondí, girándome hacia él para abrazarle. Nos besamos instintivamente, y de pronto estábamos besándonos como locos. Revolcándonos como dos amantes acostumbrados a disfrutar la pasión con total normalidad, todos los días, a todas horas.
Fui yo la que tiró de él hacia la bañera. Había sido tan bonito allí con él aquella mañana… Pablo se dejó, entró allí conmigo, nos abrazamos los dos de pie, debajo del chorro de la ducha fría que parecía reconfortar nuestros cuerpos y tonificar nuestras almas.
Él seguía con aquello en su mano. Me lo dio. El tacto pringoso del plástico de mi polla me dejó claro que no lo había limpiado después de sacarlo de mí. Mi prótesis estaba pegajosa de su semen y de mi flujo. Mezclados. Yo quería mezclarme con Pablo…
- Póntelo – me dijo, con una inesperada voz metálica.
Aquello me sorprendió tanto que no fui capaz de reaccionar.
- Que te lo pongas – su nuevo tono sonó imperioso, esta vez, como si después de aquello viniera una hostia por desobedecer.
No hizo falta más. Yo había entendido. Metí mis piernas dentro del arnés. Me lo ajusté y lo apreté para dejarlo fijo. Pablo se resobó la polla, que le empezó a crecer de inmediato, al verme allí delante de él, con polla y tetas y visiblemente excitada. No me dijo nada más, simplemente se dio la vuelta, puso el culo en pompa y se aferró a la barra de la ducha. Yo había visto tantas veces a su hermano Carlos hacérselo… Así, tal cual, en aquella misma posición. Incluso, en aquella misma ducha…
Empapada por el agua que caía, me pegué a él, abrazándole desde atrás. Muy pegada. Muy cerca. Agaché mi culo, mucho, lo suficiente como para poder ponerle la punta entre las piernas. Me la agarré con la mano y la empujé en su raja. Mi primo gruñó. Pude notar su esfínter. Pablo estaba muy abierto. Exageradamente abierto. Mi niño se había estado masturbando, también. Mi niño tenía tantas ganas de polla como yo.
- ¿Le echas mucho de menos, verdad? – le susurré besándole el cuello con pasión mientras se la endiñaba toda dentro. Estaba tan dilatado ya que entró sola, no me hizo falta golpetear, tan solo apretar, empujar hacia dentro. Milímetro a milímetro me hundí en sus carnes.
- Carlossssss… - Pablo gimió el nombre de su hermano mientras, por primera vez en mi vida, empezaba a follármelo.
Hay que joderse, me dije. El muy subnormal consigue por fin que tenga unas ganas insuperables de que me folle, y acaba haciendo que sea yo la que me lo folle a él…
Déjate de mierdas, Laura, me dije… esto no significa nada, esto no es más que una tregua… Solo un momento antes me estaba preguntando cómo estaba él. Pues muerto de ganas. Ganas de que su hermano le reventara el culo, claro. Pero ganas de follarme, siempre, eso siempre. No era más que un niño, pero aquel niño iba a follarme, me decía mientras me lo follaba yo a él, culeándole con dificultad, joder, aquella enorme polla estaba apretadísima allí dentro, pero cómo conseguía meterse la tranca de su hermano aquel crío, sentía que se me despegaba al tirar de ella para atrás para sacarla del culo, y volvía dentro una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más fuerte, mientras mis manos y las suyas se juntaban felices en torno a su polla para pajearle, y ya me lancé a cabalgarle sintiendo que aquel resorte mágico de mi prótesis me estaba haciendo correrme también a mí, y me corrí dentro de mi primo mientras sentía que su semen volvía a bañarme, y era feliz.
¿Era aquello, por fin, una reconciliación?
Pablo giró su cara hacia mí y nos besamos con sincero amor, mientras yo se la machacaba con ganas. Dios… me dije.. nos falta tan poco ya…
Acabamos los dos tirados en el fondo de la bañera, el agua cayendo sobre nosotros, fría pero incapaz de reducir nuestra temperatura, mientras no podíamos parar de besarnos y tocarnos tórridamente.
Cuando salimos, por fin, nos secamos levemente y asomamos la cabeza fuera del baño. La casa estaba, por primera vez en un largo rato, en completo silencio, y la temperatura brutal de aquel inicio de la tarde más tórrida se dejaba sentir en mi habitación. Aún así, nos dejamos caer juntos, en mi cama, entrelazados… Pero estábamos físicamente agotados y, aunque quizás seguíamos deseando íntimamente otras cosas, lo cierto es que debíamos dormir.
...dicen de mí que tengo buen sabor
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