LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 11 - 25.07.2012 - despertares
Pero la noche aun no había acabado cuando nos dormimos aquella última vez. Porque, cuando estaba a punto de romper el alba, nos despertamos nuevamente los dos, casi a la vez. Aquella vez sí que recuerdo claramente que fui yo quien primero empezó con con besitos, juegos y tocamientos y caricias, acabando quizás así de manera definitiva con aquella pesada modorra que solo al sentir cómo mi deseo empezaba a desatarse otra vez, empezaba por fin a abandonarle a él a tan temprana hora de la madrugada. Nuestras noches estaban siendo cada vez más largas, más físicas, más intensas y más exigentes… pero los cuerpos no se resentían por la falta de sueño, al revés, lo vivido por la noche únicamente podía alimentar ya secretas y potentes energías durante el día, que además se aumentaban con los recurrentes ratitos de siesta y descanso en el jardín. En cualquier caso, y por si nuestras tórridas calenturas nocturnas no hubieran sido ya suficientes, fuera de día o de noche en aquel despertar nuestro, lo único que puedo recordar con seguridad de aquel momento es que lo vivimos con una intensa sexualidad contenida durante lo que debieron ser varias horas, en las que prácticamente nos la pasamos besándonos, tocándonos y corriéndonos de manera continuada, como si realmente no fuéramos capaces ya de hacer nada más en este mundo que entregarnos el uno a la otra…
La salida definitiva de Pablo del adormilamiento profundo de esa hora de la noche se produjo hundiendo su lengua hasta el fondo mismo de mi garganta, envolviéndome en un morreo exquisito y muy baboso. Después del beso que le plantó Nur la tarde anterior después de pajearle con María, me di cuenta de que, con la historia de haberle prohibido cualquier acercamiento expreso estos días casi no le había besado, porque solamente le permitía tocarme cuando supuestamente yo estaba dormida, como si realmente no me enterase de nada… y claro, solo las veces que llegamos a hacer cosas de manera consentida por mí, que fue únicamente en las contadas noches en que yo cedí a la tentación de dar un paso más adelante, y ahí sí que me entregué a él y pude disfrutar de la delicia que son sus labios cuando me come la boca. Naturalmente, aquello para mí significaba mucho más de lo que quizás podríais pensar, por yo normalmente solo beso cuando follo o a personas con las que quiero follar. No me suele gustar jugar por jugar, por lo que cuando me entrego, acabo siempre entregándome por completo. Es lo mismo que me pasó con Lucas cuatro tardes atrás... Me di cuenta de hasta donde llegaban los límites que me había auto impuesto con Pablo cuando fui consciente, viendo a Nuria morrearse con él, de lo mucho que echaba de menos sus besos. Así que aquel fue justamente nuestro despertar, besarnos mucho, besarnos largo y rico, y los dos lo disfrutamos durante un rato exageradamente largo antes de que las manos entraran de nuevo en acción (vale decir que, realmente, los cuerpos ya habían entrado en acción, porque ambos habíamos vuelto a sudar al empezar a refrotarnos y magrearnos cuerpo contra cuerpo, sintiéndonos los dos ya con todo lo nuestro empalmado mientras toda mi corpulencia aplastaba su todavía leve cuerpo adolescente. La llegada de las manos como refuerzo definitivo de nuestra pasión fue anunciando un incipiente folleteo que acabó conmigo incorporándome hacia atrás, quedando de rodillas sobre la cama, inclinada hacia atrás, apoyada sobre mi mano izquierda, ofreciéndole a él mi cuerpo, con mis tetas orgullosas y empitonadas por las que caían rodando espesas gotas de sudor casi blanquecino por la sal y la baba que cubrían la piel de mi cara, cuello y hombros, así como mis piernas abiertas, siempre húmedas y olorosas. El cuerpo de Pablo se alzó junto con el mío, siguiéndome, sus largas manos ávidas tanteando en la penumbra mi torso desnudo y mis tetas jugosas hasta hacerme gritar de dolor de la vehemencia con la que me dejaba claro su voluntad de poseerlas, y que contrastaba con la sutileza y perfección de sus besos que cuidaban mis labios como si fueran el mayor tesoro de esta tierra. Cuando sentí su largo cipote tieso golpeando mi vientre, llevé hasta él mi mano derecha, todavía titubeante y algo temerosa, no ya de su reacción que sabía de sobra que sería receptiva, sino de mi propia capacidad para resistir aquella tentación tan potente que iba a sentir cuando tuviera su carne palpitante entre mis dedos. Pero no me detuve a considerar los riesgos cuando, sin dejar de besarnos apasionadamente, me dediqué a hacerle muy lentamente y con todas mis ganas una soberbia y monumental pajaza de buenos días, o de mitad de la noche que, joder… ya no sabía ni en qué hora ni día vivía. Pablo empezó a soltar semen muy pronto, aunque eran casi goterones aislados, pequeños chorros que me pringaban las manos y el cuerpo sin que diera signos de una corrida total y real y sin que su pene desfalleciera tampoco, por lo que yo continuaba con la paja cada vez más exaltada y entregada a él, aumentando la fuerza y velocidad de la masturbación mientras me daba cuenta de que también él me comía y tocaba cada vez más arrebatado, tanto que un momento dado me vi obligada a apartarle de mí antes de que se me abalanzara y terminara por meterme aquella despampanante verga caliente de un tirón en muy mojado y abierto coño. Me di cuenta entonces de que ninguno de nosotros era realmente capaz de controlar nada, por lo que vivíamos una situación de peligro imprevisible por completo; y es que, efectivamente, cuando traté de separarle de mí al sentir que se me lanzaba encima, acabé por abalanzarme yo sobre él, dejándole tendido sobre su espalda en la cama y con mi cuerpo cayendo sobre el suyo, sin que mi mano fuera capaz de soltar su pene. Me encontré de nuevo tendida sobre él, abrazada a su polla dura que había quedado a la altura de mis tetas. Yo me dediqué a masturbarle así con las tetas y la mano, frotándome toda contra aquel deliciosamente híper duro vástago, hasta que sentí que sus manos me empujaban la cabeza contra ella. Me resistía a mamarla sin más, pero no pude evitar lamerla como una gatita, como una putita en celo desesperada por que le den ya su lechita, como si fuera una colegiala de su misma clase desesperada por perder la virginidad con él, deleitándome en aquella gayola larga y perfecta que la le hacía con manos, tetas, lengua y medio cuerpo en realidad, mientras cubría de besos aquella polla con la que quería pasar ya siempre el resto de mi vida. Mi coño rugía cuando su semen me volvió a pringar toda la cara, otra vez en aquellos chorros largos pero sin fuerza, que se escurrían de su glande suavísimo de tenso como estaba, aunque saliendo aquella vez de una manera algo más copiosa que cuando solo le follé con la mano; y lo lamí y lo esparcí y recogí con mi lengüecita de puta, una gatita feliz que por fin había recibido su premio. El calor cremoso y acre del esperma de mi primo, que manaba de su pene insaciable gracias a su furor juvenil y su increíble potencia y vigor sexual, alimentado siempre por aquella pasión frenética que parecía arder sin fin en su interior, me enardeció de tal manera que mi rumorosa melosidad a la hora de pajearle y mamarle en aquella incipiente y cariñosa madrugada se empezó a acelerar de manera inevitable, como si al saborear la esencia de su sexo más depurada e intensa, al alimentarme de él como una perra desesperada que a la que le fuera la vida beber de aquella fuente de placer infinito, hubiera despertado por fin, espoleada por la necesidad flagrante de recuperar el tiempo perdido. Que entonces empezara a mamarle con urgencia y pasión fue lo menos que nos podía haber pasado, y mi calentura acabó por despertar al completo nuestros cuerpos adormilados todavía, y que de hecho estaban cayendo en aquel dulce y ácido sopor del orgasmo masculino y juvenil sostenido en y por mi boca. De forma casi imperceptible, como a cámara lenta, mi cabeza se irguió sobre su nabo tragando su tranca con profundidad y ruidos de caverna. Mi cuerpo hipersensibilizado buscando el suyo con roces gatunos y tocamientos prohibidos hizo por fin tensarse sus fibras y extremidades, vibrar sus músculos, despertar su hambre de mí. No recuerdo ni cómo acabé sentada sobre él, en su regazo, mientras él devoraba mi cuello y me abrazaba desde atrás sobeteando mis doloridos pechos que suspiraban por su boca, mientras yo me aferraba como una puta a su monumental tranca que se alzaba entre mis piernas, le sobaba las pelotas que ardían tratando de producir más semen con el cual seguir bañándome, le pajeaba fuertemente a dos manos, agarrándome a su mástil como una niñita pequeña desesperada y asustada por la posibilidad de perder su juguete favorito. Posiblemente aquella sea una de las pajas más bellas y sensuales que haya hecho jamás a un hombre, sin que por ello dejara de ser una masturbación excesiva, dramática, brutal. Sentada sobre él, sintiendo todo su cuerpo en mi espalda, mi cuello, mi torso, sus dedos buscando bucearme el coño torpemente desde su postura, también, mientras yo misma le hacía sentir todo mi cuerpo y mis manos sobre su polla endurecida como nunca, como nadie, desplegada en una erección gigantesca y demencial, en una masturbación total de aquel sexo perfecto que era paja y era mamada y era cubana y era masaje corporal y eran ganas de follarle vivo. Si Pablo siempre ha tenido capacidad para aguantar y disfrutar y hacer disfrutar muy largo del sexo, a aquellas alturas después de una noche de entrega radical, sus ritmos eran ya mucho más lentos y pausados que nunca. No solo los suyos, claro: también yo estaba agotada, física y mentalmente, arrasada por la falta de sueño, de aire, de polla en mi coño, por las ganas de follar ya siempre con él, sin parar ni-a-comer-ni-a-dormir-ni-a-lavarnos-ni-a-cagar-ni-a-nada-más-en-este-mundo-que-no-fuera-follarnos-como-animales. Pero no podía hacer nada de eso que quería, ni tampoco era capaz de renunciar a su polla, y moría por ella y me desvivía por él, y vivía abrazada a aquel miembro divino que era mi dios y era el falo de mi dios que era mi primo, y le masturbaba con cuerpo y mente, con toda mi alma, con todo mi ser, hasta que me volví a sentir pringada y asquerosa y bañada y en tibio licor pegajoso, y yo no sabía si eran mis babas o su sudor o los mocos licuados de mi coño o la baba de su deseo por mí, que era oceánico, o el sudor de mi cuerpo deshecho de placer, pero era seguro que de su polla brotaba un manantial transparente y ácido de preseminal que me abrasaba como si de un residuo radiactivo se tratara. Cuando noté que el chapoteo entre mis tetas y en mi ombligo se incrementaba en ruido y calor, y pude escuchar por fin sus débiles quejidos y el temblor de su cuerpo en medio de mi abrazo más íntimo y cariñoso, me lancé sobre él como una furia en medio de aquel arrollador pero lento orgasmo suyo, desatado como un terremoto enorme y profundo que solo llegaba a su superficie en forma de aquella torrentera continua y fluida de su blanquecina lava. Pero yo me había jurado no dejar ya desaprovechar ni una sola gota de aquel preciado líquido, su mejor tesoro para recibir el cual yo había sido la afortunada elegida por él. Y así, sin importarme actuar como su puta, porque como tal realmente me sentía, me la tragué toda, toda la polla y toda su lefa, arrodillada sobre él mientras le ofrecía culo y coños abiertos y sudorosos, que él tomó con sus manos sin piedad ninguna, haciéndome llorar de dolor y rabia sobre su tronco embutido en mi boca con desgarradora ira. Le mamé desesperada, pajeando mi clítoris mientras él me ayudaba a correrme una y otra vez encima de su cuerpo asolado por mis ganas y su propia entrega, sacándole hasta su última gota en la que, sin duda alguna, debió de ser una de las sesiones de sexo oral más largas de las historia. Y, después de mamarle, se la volví a comer, porque él la tenía todavía dura, porque yo la tenía todavía dentro, porque los dos teníamos ganas de más y solo podíamos tener ganas de aquello porque ya no queríamos nada que no fuese aquello y solo aquello sabíamos hacer ya. El agotamiento nos amenazaba, pero cuando yo flaqueaba él se revolvía sobre mí, me follaba la boca cabalgándomela sobre el colchón, empotrándomela entera con él tumbado sobre mi cabeza, restregándome su desmedido cipote por mi emputecida cara de puta. Y así, aquella cuarta corrida consecutiva de mi primo acabó con su nabo de semental desbordando su esperma sobre mi rostro entumecido por los golpes de aquella cada vez más dura herramienta, porque por increíble que fuera el maldito sátiro parecía aumentar su vigor con cada eyaculación, endureciendo todavía más su ya portentosa erección y multiplicando la cantidad, espesor y blanquecina cremosidad se su leche, que terminó por cubrirme ojos, boca, nariz, frente y mejillas, resbalando ordinariamente por mi pelo y tetas hasta el resto de mi cuerpo y las sábanas revueltas de mi cama, convertidas ya en un santo sudario de todo lo que Pablo y yo habíamos hecho sobre ellas en aquellos días. Y yo, saturada y vencida, no podía hacer otra cosa que aferrarme a su cuerpo y recibir henchida de gozo aquel trofeo que mi primo me brindaba, con la entrega total de quien se sabe bendecida por un dios. Mis ganas de él eran todas en aquel momento… El problema fue cuando me di cuenta de que mi primo me seguía meneando la verga dura, como si tal, por toda la cara, que tenía aferrada entre sus manos como dos garras, mientras me miraba con cara de felicidad y amor absoluto, pero también de sádica determinación. Todo aquello era precioso, sí, pero yo únicamente estaba allí para saciar su insaciable apetito sexual… ¿En qué momento me había convertido en la furcia personal de mi primo? Pero tampoco voy a negar que sentir aquella firme determinación de Pablo hacia mi persona me enardecía como nada en este mundo, hasta el punto de provocarme espasmos de placer del mero deseo que me llenaba al sentir su deseo por mí inundarme y rodearme una y otra vez. Incapaz de darle placer con mi boca, desencajada todavía de la última comida, no supe hacer más que enterrar de nuevo su mandanga empapada entre mis tetas, tratando de calmarle en una cubana interminable que, al final, él me obligó a rematarle en semi mamada después de casi veinte minutos de dolorosísima follada sin piedad sobre mis tetitas y mi cara. Yo no podía ver, casi no podía respirar ni hablar de toda la mierda de esperma, babas, preseminales y demás fluidos que tenía empegotados en mi rostro, pero en realidad igual daba ya todo, porque hacía rato que mi primo había tomado las riendas de mi destino. Y, en honor a la verdad, a mi lo único que me importaba en aquel momento era ciertamente ver eyacular bestialmente su gorda y dura polla justo delante de mi nariz encharcada en él, y si para ello tenía que hacer trabajar a mis tetas hasta reventarlas lo iba a hacer sin dudar, porque todo mi cuerpo era de él. Cuando se volvió a correr en mi puta cara yo no daba crédito: aquello volvió a acabar en una auténtica orgía de semen, como si fuera su primera vez, como si no llevar toda la noche, como si no llevara casi dos semanas cascándosela y follándonos sin parar… La corrida fue monumental, y mis senos acabaron anegados en lefa, lubricando mis tetas y mi deseo de tal manera que todavía aprovechamos para alargar la follada un largo rato más, hasta que él, sencillamente, se dejó caer sobre mi cuerpo, que no fue capaz de contenerle, acabando los dos tumbados en la cama, retorcidos y con su joven y sudada anatomía aplastándome por completo. Pablo jadeaba todavía, removiéndose apenas lo justo para recolocar su rabo tieso entre nuestros cuerpos o tratar de despegar algún tramo de su piel, que había quedado íntimamente soldada a la mía en la asfixiante atmósfera de caldera a presión en que habíamos convertido el cada vez más escaso y viciado aire de mi habitación cerrada a cal y canto en aquella tórrida noche de verano. Y lo cierto era que, aunque yo estaba ya tan agotada, y feliz al mismo tiempo por aquella sensación de intimidad y sumisión total con mi primo, que no me hubiera importado morirme en aquel mismo instante, pues a pesar de todo me encontraba diametralmente alejada de una situación real de equilibrio y satisfacción plena. Para ser sincera, estaba que echaba humo, tan caliente que hasta estar encerrada en aquel cuarto a casi 50 grados, sin ventilación alguna, y cubierta por completo con la manta que formaba el cuerpo caliente de mi primo desmadejado sobre mí, me parecía casi una refrescante sensación para mi atribulado cuerpo. Me sentía avergonzada, después de todo lo que habíamos hecho, si yo misma era casi incapaz de comprender aquella erección imposible de Pablo, que no se bajaba ya por más caña que le diera, pero lo cierto es que a mi también me pasaba, estaba perrita como nunca, con unas demenciales ganas de correrme y echando humo casi literalmente. Así que, después de llevar toda la noche guarreando con él, allí seguía yo, aplastada bajo su cuerpo y su polla y tocándome a mí misma como una cerdita insaciable incapaz de parar, incapaz de otra cosa que no fuera cerdear en el sexo como si fuera un verdadero pozo sin fondo. Al principio lo hice algo tímidamente, pero no por falta de ganas, sino más bien porque en realidad me daba reparo que él se diera cuenta, como si me avergonzara de que él fuera consciente de lo insaciable sexualmente que era su querida prima, o quizás más bien como si me atemorizaba a mí misma el constatar que él mismo era en eso igual que yo… Pero, además, es que era consciente también de mi creciente y casi total vulnerabilidad, desnuda y abierta como estaba, bajo él, ansiosa y deseosa, sometida y enamorada como la más perra de las perras. Si aquella noche había conseguido mantener mi virtud intacta frente a sus eternos intentos de profanar mi cuevita había sido a base de mucha fuerza de voluntad para defender aquel último bastión que me negaba a entregarle sin más. Y es que era cierto que, si bien casi desde el primer día le había dejado usarme con bastante libertad en nuestras siestas, simulando mi inconsciencia al respecto como excusa barata para poder permitir algo así, lo de tocarme libremente estando despierto había sido un límite que, al igual que lo de los besos, solo había ido dejado ir cayendo poco a poco. Y todavía en aquel momento no le había entregado la llave maestra para ello pues, si bien nos besábamos ya como dos furibundos amantes, me había empeñado en atormentarle todavía un poco al prohibirle cualquier tipo de penetración aquella noche en sus sucesivos ataques digitales u orales a mi sexito cachondito. Ni que decir tiene que Pablo se dio cuenta casi al momento de que yo me estaba pajeando debajo de él, y besándome a boca abierta me echó mano al potorro haciendo que yo me derritiera al instante, por lo que me vi incapaz de negarme a eso. Joder, es que ¡menudo puto placer! Tenéis que entenderme, le necesitaba, le necesitaba tanto a él… naturalmente que accedí, joder, pero todavía aquella última vez fui capaz de repetirle entre gemidos las mismas reglas que había impuesto para aquella noche: nada de penetración. Lo que pasa es que el Pablo de la madrugada ya no era más el Pablo que se había acostado conmigo aquella noche. De hecho, ninguno de los dos lo sabíamos todavía, pero ambos habíamos cambiado ya aquella noche. Y lo habíamos hecho para siempre. Pero claro, es que su primer síntoma de aquello no fue otro que el que ya venía repitiendo desde muchos meses atrás: él estaba tan jodidamente caliente que, pese a mi prohibición expresa, intentó penetrarme varias veces. Pronto me di cuenta que aquello que me estaba intentando abrir todavía más la muy abierta bocota del coño no eran precisamente los cinco dedos de su mano derecha con los que me sobaba y masajeaba la vulva, sino el capullo de su muy hinchado cipote que amenazaba con rebasar mis fronteras más íntimas como un tren de mercancías lanzado a toda velocidad en medio de la noche. Instintivamente bajé de nuevo mi mano a mie entrepierna tratando de detener su avance, y para distraer su atención y procurarme a mí misma un placer añadido, de nuevo se la empecé a machacar yo misma mientras él jugaba a repasar su punta por mi flor abierta y desmesurada, al borde mismo de orgasmar encima de él. Como todo lo que hicimos en aquella noche, ese dedo y paja conjuntos fueron muy largos, muy espesos y húmedos, muy placenteros, llevándonos por fin a una corrida conjunta que, solo en aquel momento nos dábamos cuenta, los dos llevábamos deseando desde hacía horas. Aquel despertar nuestro estaba siendo un Paraíso sostenido que me estaba resultando difícil de creer ¿cómo era posible tanta perfección? ¿Cómo era posible tanta compenetración con mi primo sin llegar a caer en lo que deseaba pero que era justo en lo que no quería caer? ¿Cuánto tiempo de buen sexo llevábamos ya desde que nos despertamos, a pesar de no haber consumado nada? Lo habíamos hecho bien, lo habíamos hecho despacio, deleitándonos. Había sido una pasada tras otra. Y lo peor era que seguíamos locos… Ni con su hermano había llegado a vivir algo tan intenso, ni con el más macho de mis ligues; ni remotamente parecido. Joder… si le dejara metérmela solo una vez, si le dejara follarme. Pero cuando mi mente volvía a pensar en ello, mi cuerpo actuaba solo: cuando me quise dar cuenta estaba a cuatro patas sobre mis rodillas y manos frente a él, sentado en la cama y recibiéndome entre sus piernas abiertas para entregarse a otra desbocada cubana que mis tetas incasables le regalaban una vez más, descubriendo que mis pechos y su sexo eran el complemento perfecto, como si hubieran salido del mismo molde y contramolde y encajaran a la perfección. El tema es que, como digo, nuestra excitación no hacía más que crecer por más que nos tocáramos y nos corriéramos, como si nuestros cuerpos se negaran a caer también en mi engaño y no estuvieran dispuestos a deponer sus erecciones y rendir su excitación más que con un polvo verdadero, definitivo y total. En aquella demencial situación lo que empezó con mi cuerpo buscando frotarse con su verga con creciente desesperación, animado al poco por mis manitas que trataban de hurgarme el potorro para buscar allí dentro un nuevo y rico orgasmo, acabó conmigo asaltando el desvalido cuerpo de niño de mi primito para acabar sentada cual ramera desbocada sobre su cara, frotándome y refrotándome sobre sus firmes labios, su fornida y ávida lengua, su poderosa nariz o sus celestiales ojos azules. Sácame tú el orgasmo, Pablo, pensé, sácamelo tú y hazme reventar otra vez, fóllame una y mil veces y méteme la lengua o lo que me tengas que meter y mátame por fin porque no aguanto más… Él me folló, Pablo me folló, mi primo me folló con su lengua toda bien metida en mi coño abierto y despatarrado para él, sobre su boca, que yo le follaba con mi clítoris empalmado mientras él me tiraba hacia atrás del pelo reunido en una coleta, o me aferraba las manos a mi espalda, juntas como esposada, y tiraba de mí, de mi pelo y mi cabeza o de mis brazos y mi cuerpo para echarme hacia atrás, para arquearme y levantarme y hacerme abrirme y separar las piernas donde meter él su cabeza de guarro buceando en el mar de mi chochamen disparado, dándome lengua a embestida limpia hasta que mis gritos amenazaron con despertar a todo el vecindario. La siguiente vez que abrí los ojos, la siguiente vez que fui consciente de que seguía con vida, había amanecido ya con toda la fuirosa plenitud de una mañana de verano. El sol golpeaba el exterior de la casa, y se filtraba implacable ya en nuestra habitación en forma de luz blanca y cortante y de un calor opaco, denso y asfixiante que secaba nuestras pieles cuarteadas de semen, flujo y sudores salados, esquilmando también cualquier resto de humedad en el ambiente cargado y escaso en oxígeno, que nos tenía emborrachados por completo el uno con la otra. Pablo dormía debajo de mi cuerpo. Estábamos abrazados, y lo primero que hice al despertarme fue comerle la boca. Él reaccionó casi instintivamente al principio, pero en seguida supe que estaba tan despierto como yo, y nos besábamos con seguridad y amplitud mientras yo dejaba que sus manos me recorrieran el cuerpo sin ponerle ningún freno. “Joder, prima… qué maravilla de noche… ha estado tan bien…” “Ha sido la mejor, mi amor… te quiero tanto, primo… pero no quiero estar sin ti, te quiero tner siempre así… yo no quiero que esta noche termine nunca, Pablo…” “Uffff… Laura… prima…” Había sentido su polla dura bajo mi cuerpo desde el primer momento, quizás era eso precisamente lo que me había despertado, no sabía e igual me daba. La notaba allí, debajo de mis tetas y mi barriga, y la quería mía, y antes de que me diera cuenta ya estaba arrastrando mi cuerpo como una babosa en busca de esa serpiente que me iba a zampara y por la que en realidad yo misma quería ser devorada… Pablo estaba empalmado al 120%, como siempre, pero yo me la metí enterita. Hasta los huevos. “Jooodeeerrr… primaaa… ¿qué haces? Uffff… es demasiado tía, yo no puedo… joder, joder, ¡¡joder!! ¿pero cómo haces eso? qué puta eres y qué buena estás, Laura…” Era cierto, nunca antes le había comido la polla así a Pablo, en un garganta profunda completo y absoluto… sí se los había hecho a él y a Carlos, su hermano, desde el principio… pero eso de meterme hasta las pelotas dentro, y encima como lo estaba haciendo en aquella madrugada, completamente desnuda después de haber pasado la noche con él, follando, y emputecida del todo como iba… Para mí estaba siendo una pasada también, por lo que podéis imagina cómo debía de estar el pobre niño en aquel momento. Se la empecé a comer a conciencia, aunque sin sacarla casi de la boca, sino utilizando únicamente mis labios, lengua y músculos de la mandíbula para ello, ya que cuando estás en ese plan y has llegado realmente hasta los huevos como si fueran parte misma de la tranca, pues es que meter y sacar se vuelve muy difícil, era algo que me costaba a horrores, y en realidad podía hacerle el mismo trabajo follándole con los labios y la lengua, que además podían llegar a concentrarse en sus cojones, que tenía hinchadísimos por la excitación. Cada vez que yo me abalanzaba hacia él para follarle las bolas, tiraba de la piel del resto de su rabo, levantándole el capullo tieso en el fondo de mi garganta por acción de la tensión repentina de la piel retraída del prepucio y de la extrema dureza de su rabo tieso, que hacía que su glande se estirase descapullado al máximo y mi primo se revolviera en mi interior entre placenteros jadeos de dolor. ¿Quién necesitaba mete saca en una situación así? Por mucho semen que hubiera soltado aquella noche, sabía bien que le iba a hacer correrse pero bien con solo follarle así con labios, lengua y mandíbula, y de hecho a él se le notaba lo excitadísimo que iba y lo mucho que le ponía tenerme así de zorra, porque siempre lo había deseado, pero ni las veces que me folló yo me había revelado tan perfectamente sumisa como aquella noche. Pablo se puso a gritar libremente, y no solo insultos hacia mí, sino también alabanzas y todo tipo de barbaridades en general. El muy cerdo estaba muy salido, aunque la verdad es que yo también lo estaba, y de repente me descubrí tocándome también, otra vez, con todo el coño chorreando y muchas ganas de estallar… mojada, muy mojada y abierta… y necesitando más. Joder… aquella polla dentro de… uffff… No sé si él llegó a detectar aquella necesidad extrema mía, o quizás sencillamente le salió así (las dos opciones valen, porque Pablo siempre ha sido muy sensible a mis necesidades sexuales, pero también ha tenido sin más un instinto sexual brutal), pero lo cierto fue que, en aquel momento tan sumamente especial para los dos, me empezó a tocar el culo. Al principio lo hizo solo estirándose para azotar mis nalgas, que sobresalían en pompa al fondo de aquella máquina de mamarle la verga en que me había convertido. Al constatar que, al hacerlo, yo me ponía aún más bruta, y que además mi cuerpo era capaz de asumir sin problema aquellas embestidas que él me daba en la garganta a base de pollazo limpio cuando se estiraba para pegarme sonoras bofetadas en las nalgas, mi primito se acabó por aferrar con sus manos a mis glúteos rellenos, clavando en ellos sus garras afiladas y usándolos de punto de apoyo para acelerar y profundizar el taladro de su rabo en mi boca. Pero no era ya solo aquella sensación única e irreal de estar siendo poseída por la boca de forma brutal lo que me estaba haciendo volar directa al cielo, sino que sus insaciables manos, una vez que hicieron presa en mis glúteos, siguieron avanzando en búsqueda de carne blanda y presas más fáciles y gustosas. Quizás era cierto que, entre mis prohibiciones de penetración de aquella noche, no había estado nunca la de no penetrarme el culo. O igual era que, visto la sádica manera en que me estaba violando la boca, ya le daba todo un poco igual. Lo cierto es que hubiera gritado de placer, si hubiera podido, cuando empezó a deshacerme a base de profanarme el ano. Yo podía haberle echado, claro. Necesitaba mis manos para aferrarme a su cuerpo, pero en realidad era él quien se encargaba de empujarme su polla y sujetarme la cabeza contra él, y tenía la verga tan clavada en la garganta que solo aquello bastaba para sujetarme en vilo y anclarme a su cuerpo de manera implacable, por lo que bien podía haber llevado una o dos manos al culo para apartar las suyas, cuyos dedos me tiraban del esfínter y me abrían la raja para torturar y desgarrar mi orto sin perdón. Pero, por supuesto, yo no quería que saliera de allí. No solo era incapaz de frenarle ya, sino que le quería dentro, y dentro entraron sus dedos, uno detrás de otro, y le sentí por fin deliciosamente follando mis intestinos, con sus dedos deslizando en mi interior sudado y lúbrico, profanando mi ano con alegría, y yo le quería, le necesitaba como nunca… y Pablo se dio cuenta de que me tenía. De pronto, yo me estaba corriendo por todos los poros, y era incapaz de otra cosa que no fuera tratar de respirar con aquella barra dura y caliente metida en la garganta, y de no retorcerme en medio de la corrida ya que corría el riesgo de ser desgarrada en canal si me desbocaba. Pero él no paraba, sino que aceleraba y consolidaba su dominio sobre mi cuerpo, hinchándose de poder y de avaricia por mí, queriendo tomar más cada vez hasta conseguir poseerme entera, activando su penetración dentro de mi boca hasta conseguir anularme por completo, y jugando a su vez con aquel jugoso mete saca de mi culo que sentía empapado como si me estuviera corriendo también por allí. Pablo necesitaba sentirme más cada vez, y para hacerlo me penetraba cada vez más profundo por la boca y por el culo, como si se quisiera tocar el capullo con sus dedos por dentro de mi cuerpo, y mi culo rugía y mi coño chorreaba gusto y olores según sus dedos me lo estimulaban hasta lo insoportable, empujándose dentro con tal fuerza que su follada en mi culo me obligaba a clavarme todavía más en su verga, y él me apretaba por delante y por detrás y yo temía que me rompiera, que me comprimiera entre sus manos y sus caderas y me destrozara y me hiciera reventar de dedos, de pollazos y de placer. Lo que hubiera dado por ver mi culo abierto en aquel momento, tan castigado bajo sus manos… aunque el castigo a mi cuerpo era ya generalizado, su pene incrustado en mi garganta se había hinchado horrorosamente y me obstruía las vías respiratorias casi por completo, sentía como la baba escurría por mi barbilla untando su vello púbico, afortunadamente recortado por mí, y escurriendo hasta mis sábanas sucias, guarrísimas de mí y de él, de nuestro sexo desenfrenado y continuo, y los golpeteos de su vientre reventaban mi cara a cada impulso, si bien su polla, imposibilitada de ejercitar cualquier posible retroceso al estar sus cojones hinchados, a punto ya de empezar a bombearme el semen directamente en el estómago, tan encajados en mi mandíbula dislocada, que el incesante retumbe de su cuerpo enardecido dentro de mi boca se traducía únicamente en una profunda percusión de aquellas pelotas endurecidas de tan excitadas y llenas como estaban en mi boca colmatada de huevos peludos, y de aquella vergaza que me había rebasado la garganta y me dañaba la tráquea a fuerza de negarme yo a permitirla penetrarme el coño. Aquella follada bucal me había atrapado y sometido a él de tal manera que no era más que un fardo atado a su miembro empinado en mi interior, deshecha además completamente de placer y de dolor con la tortura anal a la que me estaban obligando sus desenfrenados dedos, que me estaban abriendo tan soezmente que me estaban dando ganas de cagar, y así estaba yo, sin poder respirar, corriéndome y muerta de miedo de morir asfixiada clavada a su polla si estallaba su eyaculación de una manera tan violenta como prometían sus hinchados y bombeantes cojones, y acojonada igualmente de cagarme en sus manos, en mi cama, de deshacerme ante él y volverle tan loco que terminara por clavarme su polla dura con tal violencia que después de mi mierda lo siguiente que iba a aparecer por mi ano iba a ser la punta de su polla dura y detrás de ella el cipote completo como una palanca de hierro enorme y rígida después de haberme reventado el interior de forma irreversible para dejarme reducida a la nada, porque eso me sentía, nada, mierda, un mero apéndice de mi primo, de su vigor, una simple excusa para complacer la virilidad excesiva del pequeño Pablo.
CLAC
- Preciosa, que estoy con Nur, que tenemos ya el desay… ¡¡¡JODER, LAURA!!! Hostia… ¡Joder! ¡JODER, TÍA! Mi madre, ¿pero qué coñ…? ¡Joder! Perdona, perdona preciosa ya me voy… - como llegando desde otro mundo escuché a lo lejos la dulce vocecita de María irrumpiendo en mi cabeza… pero no era otro mundo, era mi propia habitación, la misma habitación donde mi primito me mataba a base de buena polla dura y de abrirme el orto con mañas de destripador, solo que su voz, aquella voz melosa y tierna, suave y hermosa que debía tener tan cerca, llegaba filtrada y apagada por le golpeteo incesante del martillo percutor que avanzaba hacia mis entrañas, abriéndome en canal y quitándome la vida poco a poco, sin que aquello a mí pareciera preocuparme, sino que más bien se diría que yo misma me había entregado a una espiral autodestructiva que acabaría en mi propia aniquilación, por gozosa y golosa que esta fuera.
- ¿Se puede saber qué pasa ahí dentro, Mer? – Pablo empezó a gritar al tiempo que la voz de Nuria trataba de invadir también el aire viciado por el sexo de mi dormitorio. Pero esos gritos de mi primo… joder, no eran por ellas… ¡eran por mí! Ya le venía, le estaba llegando, aquella hinchazón de sus pelotas rellenando hasta el último rincón de mi cavidad bucal, aquel temblor y aquel ardor insoportable de su falo en mi tráquea, con el glande como una flecha en llamas abriéndose camino, afortunadamente cada vez más bañado en su propio jugo, lo que al menos ayudaba algo a calmar el dolor de mi garganta inflamada por su brutal intromisión gracias a la lubricación que me brindaba…
- Quita Nur, déjame…
- Pero qué pasa, tía…
- Es mejor que te apartes, de verdad…
- Pero ¿por q…?
- Noooo…
- ¡JODER!
Creo que no escuché más de todo aquello, solo sé que se marcharon, que Meri consiguió cerrar por fin la puerta con Nuria fuera, o no, quién sabe, o qué más da. Yo solo estaba luchando contra mi primo, me corría y me tenía viendo las estrellas de placer y dolor, pero al menos mi culo había quedado momentáneamente invadido tan solo por su dedo corazón, que me follaba por contrapartida con toda la hondura y convicción posibles, animado por una exagerada lubricación anal que mucho me temía que no era debida únicamente a mis sudores ni a los litros de flujo que se escurrían de mi coño. En todo caso, aquella pequeña relajación de su asalto a mi culo me permitió empujarle con fuerza apalancando mis manos contra su cintura, y aunque sentí mi esfínter abrirse y estirarse hasta lo imposible (tuve que contener un grito atroz que me hubiera gustado soltar por el dolor, pero que me habría supuesto cerrar con violencia la boca, arrancándole con ello de cuajo la verga repleta de sangre a mi pequeño primo), y aunque tuve que hacer un esfuerzo absurdo para descoyuntar mi mandíbula al mismo tiempo, conseguí la separación suficiente como para que aquellos globos a presión en que se habían convertido los testículos de Pablo abandonasen por fin mi interior.
No me dio tiempo ni a darle una lamida en la chorreante piel gruesa y arrugada de su escroto cuando aquellas criadillas, felices sin duda de verse liberadas de aquella prisión de mi boca donde se habían estado cocinando largo rato a fuego lento, empezaron a hacer su trabajo. Pero, afortunadamente, el espacio recuperado por mí al expulsarlas me había dado el margen suficiente como para asegurarme una vía de suministro de oxígeno mínima que me asegurase la supervivencia ante lo que estaba a punto de venir.
Su corrida fue, efectivamente, implacable. Lo único bueno es que la violencia de su orgasmo le impidió mantener su atención en mi culo, obligándole a arquear el cuerpo para tratar de vencer la brutalidad de sus convulsiones que amenazaban con partir en dos su joven cuerpo. Sentí primero su capullo terminar de hincharse como un globo en el fondo de mi tráquea, colmatando hasta el último resquicio de ese espacio tan vital para mi supervivencia. Luego se le hinchó el resto de su tranca, llenándome por completo en todo el tramo con el que había irrumpido más allá de mi campanilla. Calor y dolor, desde el esófago hasta la boca del estómago. Ganas de vomitar e imposibilidad absoluta de hacerlo al tener cualquier instinto vital anulado por la repentina sensación de asfixia absoluta. Pero, al haber podido expulsar por fin de mi boca sus huevos, que habían estado actuando como freno para el retroceso de su follada, el movimiento de mete saca, que Pablo no había dejado de buscar al sentir que por fin empezaba a correrse, hizo que aquel tronco infernal se retirara lo suficiente como para dejar pasar hacia mis pulmones una última riada de aire, antes de que una inundación de semen lechoso y amargo avanzara en sentido contrario hacia mi boca, como arrastrado por la violencia hidráulica de la retirada momentánea de su miembro. Al retomar éste su impulso hacia mi interior, el esperma ocupó primero todo el espacio que inmediatamente iba a volver a ser rellenado por su carne henchida de sangre y excitación, de manera que su leche fue empujada a presión hacia mi boca y mis orificios nasales. Sentí que lloraba y que toda mi cara se llenaba de una mezcla de lefa y mocos babosos, y ya no pude respirar más, porque además Pablo me rodeó sádicamente el cuello con sus manos apretando con fuerza hasta conseguir tocarse su propio miembro muy a pesar de mi destrozada garganta, como si se fuera a pajear a dos manos como un animal aquel rabo desmedido y enfurecido embutido en el envoltorio ya inservible de mi piel y de mi carne… Instintivamente, como único impulso posible ya, lleve mis dos manos hasta mi sexo inflamado y quemante. El orgasmo fue instantáneo y fulminante, llenándome como un relámpago de un placer aéreo y fulgurante que me envolvió con su calor y me arrastró hasta el cielo antes de dejarme caer con ira en los abismos del infierno al que pertenecía.
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com
@laualma siempre me pones muy duro cuando te lo mami puta calienta pollas
scripsit nyctidromus
sanguine et pulvis
n****@gmail.com
@nyctidromus sii
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com
@laualma me la estoy meneando y casi no puedo escribir solo pienso en tu coño velludo y con ese aroma a zorra fresca y viciosa mami 🍆🍆🍆🍆🔥🔥🔥🔥🔥
scripsit nyctidromus
sanguine et pulvis
n****@gmail.com
@nyctidromus oh
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





