LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 12 - 26.07.2012 - comienza el día
Me desperté bien entrada la mañana con unas ganas horribles de hacer pis. Me sentía muy sucia, y lo peor era que además estaba sudando como una cerda, porque seguía íntimamente abrazada a mi primo, y además el calor infernal de aquel verano entraba ya a raudales por el ventanal abierto de par en par. No solo habíamos dormido, o bueno, digamos más bien que “habíamos pasado la noche” con el ventanal abierto por completo, sino que cuando entramos en la habitación tampoco nadie se había acordado de bajar la persiana, o de echar los visillos siquiera. Teníamos otras urgencias en aquel momento, imagino. Además, la noche había sido demasiado tórrida (en todos los sentidos) como para que la hubiéramos pasado encerrados a cal y canto. Cuando empezó a amanecer, estábamos también demasiado ocupados tratando de satisfacer nuestras ansias sexuales como para que nos molestara el ofensivo sol que reventaba nuestra intimidad y nos exponía cruelmente a la realidad más clara y evidente, pero es que lo cierto era que aquello no hacía sino ponernos todavía más cachondos a los cuatro: aquella brutal evidencia de nuestros cuerpos desnudos y amándose por fin, sin freno y con los únicos límites que yo era capaz de mantener en pie todavía. Para cuando habríamos podido pensar en la conveniencia de cerrar ventanales y persianas para protegernos del calor y del sol naciente, ya estábamos todos rendidos e inconscientes, así que nuestro torpe y fugaz descanso discurrió como pudo entre aquellas brumas desérticas y asoladas entre las que transcurrían nuestros veraniegos días de desenfreno y lujuria.
Me incorporé, y pude ver que Nuria estaba sentada en el suelo de mármol blanco, hecha un ovillo, encogida y abrazando sus piernas a los pies de la cama, mirando meditabunda hacia el jardín. Al levantarme mi piel se despegó de la de Pablito, quien abrió los ojos somnolientos.
- Hola, precioso - le dije, pasándole una mano dulcemente por el pelo.
- Buenos días, prima – me sonrió él de oreja a oreja. Pude darme cuenta por el rabillo del ojo de que Nur se giraba un momento, alertada por nuestros susurros, pero en seguida se volvió a girar, dándonos la espalda y sumiéndose otra vez en sus pensamientos. Miré un momento a Meri, que dormía profundamente a mis espaldas.
- ¿Qué tal?
- ¿Qué tal? – me devolvió la pregunta él - ¿En serio me lo preguntas?
- Bueno… sí… jijijiji – me sentía casi como una colegiala recién desvirgada. Bueno, me sentía como debía estar sintiéndose él, en realidad…
- Joder, prima, ha sido brutal…
- Uffff… - no pude evitar bajarle la mano hasta la polla. Fue un gesto instintivo, pero necesitaba de repente recorrer otra vez su cuerpo y, sobre todo, tocar su pene de nuevo. Estaba flácido por completo, blando como creo que nunca se lo había tocado, aunque caliente y muy pringoso.
- ¡Hostia, prima! – protestó, nervioso.
- Lo siento, Pablo… yo… - Nuria se había girado instintivamente una nueva vez al escuchar quejarse a Pablo, pero al descubrir mi mirada clavándose en sus ojos se volvió a poner mirando al frente, para terminar agachando su cabeza entre sus hombros mientras se balanceaba, sentada en el suelo y abrazada a sus rodillas flexionadas.
- No, no, Laura… es solo que…
- ¿Demasiada tralla, no?
- ¡¡Jajaja!! No, no es eso… quiero decir, ¡sí, claro! Joder, ha sido increíble, de verdad… es que pensaba que tú…
- ¿Que yo nunca te iba a dejar tocar a mis amigas?
- Bueno, en realidad tampoco las he tocado tanto… yo, quiero decir…
- Ya, bueno, eso puede ser verdad… ¿pero ellas sí te han tocado a ti, no?
- Ufffff…
- Y a base de bien… - mi mano volvió a posarse sobre su pene, y esta vez me deleité en estrujárselo.
- Joder… - por su cara en un principio pensé que podía tenerlo dolorido realmente, pero en seguida me di cuenta de que lo que pasaba es que tenía miedo de ponerse cachondo otra vez tan rápidamente – igual sería mejor esperar un poco, prima…
- Sí, jijijiji, si tienes razón… no sé, se me van las manos, perdona…
- No, Laura, por favor… - retiré mi mano de su cuerpo y me giré para quedar tendida de nuevo boca arriba junto a él, acariciando mi entrada acuosa y pegajosa mientras lo hacía, para asegurarme de que no volvía a ponerle la mano otra vez en la polla.
- Entonces te ha gustado que te tocasen…
- ¡Muchísimo! Claro que me ha gustado, prima…
- ¿Y que te la comiesen?
- Joder Laura, es que me lo han hecho ahí, las dos a la vez y…
- ¿Eso ha sido lo que más te ha gustado?
- ¿Lo que más? Bueno, prima… es que no sé…
- ¿Ah, no? ¿Es que ha habido algo mejor?
- Bueno, es que, en realidad… ha habido cosas… entre tú y yo que… - no pudo continuar: mi primo se puso rojo al decir aquello, pero yo me excité todavía más y me hinché como un pavo de pura felicidad.
- ¡Ay, Pablo! Jijiji… no sé, supongo que tenemos que recuperar el tiempo perdido tú y yo…
- ¿De verdad? – su cuerpo se giró bruscamente, buscando el mío, aunque sus manos no se atrevieron a ir mucho más allá de mi vientre, donde se quedaron cosquilleando.
- Mi niño… mira, no sé, de alguna manera sigo teniendo dudas, no puedes pedirme que… en fin, no puedes pedirme según qué cosas, pero…
- ¿Pero…?
- Ay, no sé… cómo decirte… supongo que no me arrepiento de absolutamente nada de lo que hemos hecho estos días. Y creo que es la primera vez que no me arrepiento de algo que hago contigo.
- Jopé, prima, pero ¡no es justo! Mi hermano…
- Oye, que te estoy diciendo que no me arrepiento de lo que hemos hecho esta noche, y vas tú y me sales con Carlos… no me hagas arrepentirme ahora, Pablo, por favor, demuéstrame que de verdad no eres un niño porque si no…
- ¡Pero es que precisamente Carlos tampoco es tan mayor! No entiendo por qué él sí puede hacerlo todo y a mí me tienes así, ¡y además luego me estás calentando todo el rato!
- Joder, Pablo, que tu primo es mayor de edad y te saca unos cuantos años, que ya hemos hablado esto muchas veces… oye, ¡¡y yo no te estoy calentando!!
- Pues mira que has tenido problema para meterme en la cama con tus amigas…
- Pablo, que no has llegado a… joder, y que no he sido yo la que…
- ¿Qué no he llegado? ¡Pues ya me dirás por qué he podido sentir tan bien el coño de María con toda la polla, prima!
- ¿Pero qué coño dices, Pablo? – noté moverse la cama, pero rodeada como estaba por los cuerpos de Meri y de Pablo supe bien que no habían sido ellos, por lo que deduje que era Nuria la que se revolvía de nuevo en el suelo… aquello debía haberle gustado tan poco como a mí.
- Oye, que has sido tú la que…
- No, no, digo que ¿qué coño es eso de que se lo has tocado con la polla? ¿¿A María?? Joder, no, primo, le has tocado el chocho pero bien a Nur, que la has pajeado y hasta la has hecho correrse, pero Meri…
- Que te digo que sí…
- Pero paja también, ¿no?
- Bueno, paja también, sí…
- ¿Pero cuándo?
- Pues no sé… te estaba tocando a ti, pero ella estaba tumbada debajo de tu cuerpo, si es que teníais ahí los coños casi pegados y… bueno, al tocar el tuyo el de ella estaba tan cerca, y estaba tan caliente y mojado que…
- Joder… - no daba crédito a lo que estaba oyendo… o, más bien, a lo que no daba crédito era a que me estaba poniendo caliente de escuchar aquello.
- Y luego lo de la polla…
- ¿Pero de verdad que con la polla también le has…?
- Que sí… ¡digo no!
- A ver, aclárate… - me estaba poniendo nerviosa con su historia y su nerviosa forma de contarla.
- Que no, que lo que digo es que realmente yo no le hice nada… quiero decir, que fue ella la que…
- ¿Ella? ¿¿María??
- Sí. Bueno, a ver… ha sido una de esas veces que estábamos liándonos los cuatro así en círculo, todos a la vez con todos… yo creo que tú te estabas morreando con ella mientras Nuria y yo te hacíamos una… joder, una…
- ¿Una comida?
- Sí, bueno, eso, que te estábamos comiendo el coño, jopé…
- Y bien rico…
- Rico estaba, desde luego, y hacerlo ahí juntando la lengua con Nuria ha sido…
- Bueno, bueno, sigue… - en aquel momento no estaba yo para escuchar alabanzas a los morros de Nur, que otra vez se había girado para mirarnos mientras nos escuchaba.
- Pues es que mientras estábamos así, María me la estaba meneando…
- Joder…
- …y lo que pasa es que yo estaba súper empalmado y no aguantaba ya mucho más, y justo ella empezó en ese momento a tirarme de la polla para pegarla a su coño…
- ¡Joder! ¿Pero cómo sabías que era su coño, primo?
- A ver, prima… que el tuyo lo tenía yo en la boca y Nuria estaba por el otro lado de tu cuerpo. Y tú mientras le estabas comiendo la boca a María, precisamente.
- No, joder, que digo que cómo estás tan seguro de que era un coño lo que…
- ¿Seguro? No sé, Laura, es un tacto tan especial… igual si nunca antes hubiera tocado uno podía no saber lo que había pasado, pero es que una vez que tocas uno luego ya nunca se te olvida eso…
- Joder… ¿incluso con la polla?
- Eh… bueno, sí… incluso con el pene duro, claro… he estado dentro del tuyo, ¿recuerdas?
- Joder, Pablo…
- …
- Pero sigue, ¿qué pasó?
- Bueno, pues eso, que ella se puso a repasarse mi punta por todo el chocho mientras seguía meneándomela y…
- ¿La tenía abierta?
- ¿Qué?
- La vulva digo. Que si tenía el coño abierto, Pablo, ¡joder!
- Sí, sí…
- ¿Abierto del todo?
- Estaba abierta como una puta, prima, ¡hostia!
- ¿Y tu polla…?
- Pues la tenía dura como una piedra, y ella me la tenía cogida con la mano y me pajeaba mientras se frotaba como una perra todo el coño con ella y me estaba mojando, y como estaba tan abierta pues…
- ¡No…!
- Fue solo la punta, prima…
- Te corriste… ¡¿verdad?!
- Sí. Compréndelo, yo estaba que no podía más, y va ella y se pone a hacer eso, y yo es que reventé directamente cuando sentí todo el capullo encerrado en su vagina caliente y…
- Uffff… déjalo, primo… da igual, además me estoy meando, y estoy mareada y necesito salir un momento de aquí…
No daba crédito a que, mientras mi primo me contaba todo aquello, María continuara durmiendo, plácidamente abrazada a mi costado. Nuria, por su parte, había seguido nuestra conversación sin intervenir, y se le salieron los ojos cuando Pablo confesó aquel amago de penetración con fuegos artificiales de final que había tenido con nuestra amiga. Sin duda, los motivos de su sorpresa eran muy diferentes a los de la mía… En mi caso aquella revelación me había pasado por encima por dos razones: la primera era una obviedad, pero no dejaba de resultar demoledor saber lo cerca que habían estado de llegar hasta el final, saber que María había llegado hasta donde yo misma había llegado aquella semana, saber que mi privilegio de decidir si mi primo llegaba a follar hasta el final o no, y de que fuera conmigo con quien lo hiciera, en exclusiva o al menos por primera vez, pendía de un hilo cada vez más débil. La segunda era más prosaica, pero si cabe más grave todavía: Meri llevaba unos meses buscando quedarse embarazada con Portu; a mí aquello era algo que me horrorizaba bastante, pero ellos lo tenían muy claro. En fin, al fin y al cabo Lucía acababa de ser madre hacía nada, y Nuria también tenía claro que iba a hacerlo, aunque en su caso era más que nada por tener un seguro definitivo para su matrimonio de conveniencia. Pero el caso era que, mientras que Nur y yo estábamos tomando la píldora en aquella época, Merita iba a pelo, sin protección alguna. Cuando follaba con tíos distintos de portu pues usaba preservativos, claro… menos aquella noche. Con mi primo. Y claro, más allá de todo, para mí no era una cuestión menor que Mer fuera a quedarse embarazada de alguien diferente a su pareja, así de repente. Y menos aún que el padre pudiera ser el insensato de mi primo. Un puto chiquilllo que, literalmente, no tenía mas que cinco polvos… Joder. Al puto chiquillo se le había vuelto a poner la polla como un martillo mientras me contaba aquello, y nadie habría dudado que con semejante herramienta habría sido más que capaz de pegarnos 5 polvos a cada una de nosotras en aquel mismo momento.
La cara de puta de Nuria al escuchar cómo Pablo le había chorreado a Mer toda la boca del coño, por su parte, me había dejado claro cuáles habían sido los motivos de su sorpresa, que no eran otros que los puros celos por no haber sido ella la elegida para tan excitante baño, además de la sensación de estúpida por no haberse decidido a llegar más lejos con él, a llegar ya hasta el final a pesar de mi expresa prohibición.
Mis ganas de hacer pis se habían juntado con unas repentinas ganas de vomitar, y ni siquiera el majestuoso rabo de mi primo, vibrando erecto ante mi cara de nuevo fue reclamo suficiente para detenerme, así que salté rumbo al baño de la habitación de mis padres, rodando sobre María, despertándola:
- Ey, preciosa… ¿qué pasa? – preguntó con voz pastosamente somñolienta - ¿dónde vas tan rápido?
Yo ni contesté ni paré hasta llegar al baño, que invadí como un bárbaro allanado Roma. Ni me molesté en cerrar la puerta que había abierto de un golpe, y me lancé a meter mi cabeza bajo el grifo de agua fría. Afortunadamente, aquello bastó para recomponer mi cuerpo, que no mi mente, aunque me tiré un rato largo disfrutando de aquella sensación adormecedora tratando de no pensar en nada. Cuando mi vejiga, alentada por el acuático fluir del agua, decidió que ya no podía más, me levanté chorreando y me senté en la taza del váter para dar rienda suelta a mis necesidades.
La escena que me esperaba en la habitación, cuando salí después de una larga meada, no podía ser más dramática: mi primo estaba sentado, completamente empalmado, sobre mi amiga María que, por el gesto asustado de su cara, parecía que todavía ni siquiera había sido capaz de despertarse por completo. El pequeño sátiro estaba dando saltos sobre sus tetas y su estómago para conseguir inmovilizarla, apartando a codazos y fuertes manotazos las manos de Meri cuando éstas intentaban defenderse. Mientras, con su mano libre se meneaba firmemente la polla, con la que golpeaba ocasionalmente también la carita confundida de Mer con una ira y una fuerza desagradables, especialmente teniendo en cuenta la enorme dureza de aquella contundente porra que tenía entre las manos. Yo había pasado demasiado tiempo en el baño, y para cuando quise llegar y caerle a golpes a Pablo ya era demasiado tarde, y su nardo estaba explotando una vez más, la última de aquella larga y aberrante noche, sobre la cara de Meri, que parecía una inocente niñita bajo los brutales pollazos de mi primo.
- Ya… está… aquí… creo que ya me viene, María… - farfulló mi primo.
Nuria estaba observando todo aquello pegada al ventanal, pero completamente inmóvil, sin la menor intención de intervenir. Su cara revelaba un cierto temor, sí, pero como de alguien asustado por las consecuencias no previstas o no controladas de unos actos que, pese a todo, mantenía la determinación de haber ejecutado con corrección.
Por mi parte, me quedé perfectamente paralizada también cuando vi desaparecer la preciosa carita de María bajo aquella súbita inundación de lefa que empezó a manar copiosa pero lentamente del miembro de mi primo. Con las fosas nasales repletas de semen, Meri empezó a boquear, lo que hizo que también la boquita se le llenara de leche, una vez que ya sus ojos y el resto de su cara habían desaparecido, bañados en blanca crema.
- Joder, primo, hostia… ¿qué has hecho? – musité entre lloriqueos pero sin poder moverme yo tampoco.
Casi arrastrándose por la cama, mi primo empezó a retirarse con la polla todavía medio tiesa y sin dejar de correrse. Nosotras tres temblábamos y todavía no éramos capaces ni de reaccionar, más allá de las palabras incoherentes y malsonantes que brotaban a chorro de mi boca. La liberación del orgasmo debía de haberle devuelto por fin el riego al cerebro de aquel pequeño imbécil que, quizás empezando a tomar por primera vez conciencia de lo que acababa de hacer, se bajó de la cama trastabillando y emprendió sin más la huida por el pasillo hacia la parte delantera de la casa. Mientras, María seguía tumbada en la cama, recién violada y empapada en semen, tan desvalida que todavía no sabía qué coño hacer ni cómo reponerse de aquel inesperado asalto. Tratando al menos de sobrevivir, por el momento, liberó sus vías respiratorias comiendo un poco de aquel semen para despejar su boca, esparciéndose el resto por la cara y el cuello para dejar al aire sus ojos verdes y sus fosas nasales anegadas en blanca leche. Nuria se había acercado hasta la cama y ella y yo, cada una desde un lado, bajamos instintivamente nuestros cuerpos hasta el de Mer, arrimando nuestras caras a la suya para empezar a lamerla como dos gatitas, besando y comiendo toda aquella fuerte esencia que mi primo había abandonado tras de sí, ayudando de aquella sensual manera a nuestra amiga en sus labores de limpieza. Ella, por su parte, no estaba para tantas atenciones: se movía nerviosa, agitada, y pronto empezó a manotearnos protestando para que nos quitáramos de encima.
- ¿Pero qué coño ha pasado, Meri? ¿Por qué ha hecho eso mi primo? – le pregunté. Todavía no daba crédito a lo que acababa de pasar.
Nur empezó a retirarse ligeramente al escuchar mi pregunta.
- ¿Qué qué coño ha pasado? ¡Hostia puta! Que la zorra de tu amiga ha empezado a provocar al niño llamándome puta sin venir a cuento y diciéndole que me violara, ¡así por la cara!, con esas palabras “por qué no te violas a la puta de María”, ¿pero se puede saber qué cojones habíais estado haciendo para poner así a tu primo? Joder, no le había visto la polla tan dura ni siquiera esta noche cuando…
- ¿Cuándo qué? ¿Cuándo te metiste su capullo en el coño, pedazo de zorra? – No pude evitarlo, me salió del alma. A Meri, claro está, le sentó fatal aquello.
- ¿Pero se puede saber qué os pasa? Joder, a ver si echáis un polvo las dos de una puta vez porque estáis insoportables, ¡coño ya!
María sí que cerró la puerta del baño cuando se encerró en él tras levantarse, todavía chorreando semen sobre la cama. En concreto, lo hizo con un portazo que amenazó con desencajar el marco de la puerta. Aquel trueno fue como un mazazo que me devolvió la conciencia de repente. Joder… había sido Nur la que le había echado encima a un Pablo enfurecido y desquiciado… aquella noche había sido demasiado para todos, eso estaba claro, pero era algo que ya no iba a tener vuelta atrás.
- Tía, Nur, ¿por qué has hecho eso? – le pregunté, sorprendentemente tranquila. En realidad, tampoco estaba enfadada por su reacción. Y entendía perfectamente sus motivos, ya los he mencionado antes: los celos y la sensación de haber dejado pasar su oportunidad por mantenerse fiel a mí, solo para ver cómo María había sido mucho más lista y más rápida que ella.
De todas maneras, Nur no fue capaz de explicar nada. De hecho casi no fue capaz ni de contestar. Estaba terriblemente alterada. Alterada y triste. Por mí, por Pablo, por ella misma…
- Esto no puede seguir así, Lau… - sollozó – Tía, yo ya no sé ni qué me pasa, pero te juro que deseo hacérmelo con ese niño como hace tiempo que no deseo hacérmelo con nadie. Reconozco que no soy capaz de explicártelo, no puedo justificarlo porque es que ni yo misma lo entiendo… no tiene sentido, Lau… joder, no sé cómo te las has arreglado, pero es como si a base de forzarte a renunciar absurdamente a Pablo nos hubieras transmitido esa puta obsesión tuya para tratar así de negártela a mí misma.
- Oye, Nur, no creo que sea justo que…
- No me jodas, Laura.
- De verdad, mira, yo creo que…
- Te digo que dejes ya de darme por culo, por favor – zanjó, sollozando todavía, pero con un tono inconfundiblemente inconstestable. – Mira, tía, te quiero muchísimo, te quiero más que a nadie. Siempre hemos estado juntas en todas nuestras alegrías y en todas nuestras mierdas, y quiero que siempre lo estemos, y en esta mierda también voy a estar contigo y lo sabes… Pero te lo voy a decir claro, y de una vez: no tiene ni el más mínimo sentido que sigas tratando de negarte esa obsesión que tienes, y que puede quesea la mayor obsesión que has tenido nunca. Tía, le estás haciendo daño a Pablo, nos estás haciendo daño a nosotras, y hasta me jugaría el cuello que también le estás haciendo daño a tu otro primo, Carlos. Pero lo peor, y eso si es algo que no estoy dispuesta a dejarte que sigas haciendo, es que te estás haciendo daño a ti, Laura. Te quiero demasiado, y me jode mucho verte así.
- Nuria, no puedes pedirme que…
- Claro que puedo. Estás obsesionada, Laura, obsesionada y emputecida como nunca te había visto, y es mucho decir esto. Tu única salida es hacerlo.
- Ya, si sabes que antes o después lo haré…
- Eso está claro, las dos sabemos de sobra cómo somos. Lo vas a hacer, y lo vas a hacer mucho antes de lo que piensas. Lo vas a hacer ya, antes de que vengan tus tíos. Te conozco demasiado, y jamás habrías permitido lo de esta noche si no fuera así.
- Pues entonces, ¿de qué…?
- No me entiendes, Lau… no tiene sentido volver loco a Pablo, y menos todavía volvernos locas a nosotras también… joder, ¿has visto lo que acabo de hacerle a Mer? Es que no te imaginas el ataque de celos que me ha dado al escuchar que se le ha corrido con el capullo dentro del…
- Nuri, no…
- Que la ha llenado, Lau.
- Ya, tía. Si más me jode a mí.
- Pues eso. Se te va de las manos, Lau. Nosotras ya no aguantamos más.
- Joder, Nur, yo…
- Tienes que hacerlo ya.
- …
- Mira, tía, yo a estas alturas ya me he convencido de que en realidad tu intención teniéndonos aquí no ha sido nunca que te sirviéramos de escudo frente a Pablo, sino que en realidad siempre has querido usarnos como cebo, más bien – Joder… pensé, ésa era exactamente la misma conclusión a la que había llegado yo después de lo que había pasado los últimos días.
- Tampoco me parece justo, Nur… - traté de defenderme, más por orgullo absurdo y por no darle la razón directamente que por otra cosa - ¡Que Pablo te espió y se pajeó viéndote en el baño ya el primer día, sin necesidad de decirle yo nada!
- A ver, Lau, que tu primo es un salido, y que está increíblemente salido, y también increíblemente dotado para su edad, nadie lo va a poner en duda, ¿no? Aunque que esté tan salido es en buena parte tu culpa, también, y más si le vas provocando y luego dejando a medias sistemáticamente.
- Coño, Nur...
-Tía, lo siento, estoy obsesionada con ese crío, ya te lo he dicho. ¿Lo entiendes? Si no me lo follo ya, me va a dar algo.
-¡Vale, vale, vale! Lo entiendo, Nur, lo entiendo… - intenté calmarla – Pero joder, me jode que me lo eches en cara como si realmente tuviera yo la culpa. Que, además, al fin y al cabo también es cosa tuya. Que Meri no está así, tía.
- ¿Pero de qué coño vas? ¿Cómo puedes decir eso, tía? ¡Que se ha metido su rabo en el coño y se las ha arreglado para llenárselo de su leche! ¡Que se supone que aquí nadie podía tocar al niño sin tu permiso y casi se lo cepilla en tu puta cara!
- Joder, es verdad… puta Mer…
- Además, que era mi noche…
- ¿Qué?
- Que era mi noche, Lau. Que había ganado la apuesta. El póker…
- ¡Ah! Sí, sí. Claro – me di cuenta de que me estaba viniendo abajo.
- Tía, yo… lo siento, ¿vale, Lau? – Nuria se dio cuenta de mi abatimiento, y en seguida la tuve encima cubriéndome la cara y la boca de sus tiernos besitos mientras me acariciaba con suavidad y pasión las mejillas y los pechos desnudos.
- ¿Tú te lo follarías ahora mismo?
- Joder, claro. Me muero de ganas.
- ¿Y de verdad crees que Meri…?
- Seguro. A ver, vale que ella igual no está tan obsesionada como yo. Yo es que no sé lo que me da ese niño, pero mataría por follármelo. Pero Lau, joder, que aguantamos hasta que tú… Si vas a hacerlo, claro.
- Joder, pero ahora mismo…
- Mira, Lau, yo no sé si tanto como echarle un polvo, pero sí ehhh, algo más que lo de hasta ahora...
- ¿Algo más? ¿Pero te parece poco, so zorra? ¡Pero si habéis pasado una nochecita con él, que vamos!, ¡¡joder!!, ¡¡¡si es un crío!!! Bueno, bueno… antes de que sigas insistiendo… si creo que en el fondo tienes razón. Yo soy la culpable, vale. Lo reconozco. Pero joder, tampoco sois vosotras unas santas, que también habéis hecho todo lo posible para contribuir a calentar el ambiente vosotras solitas...
- Oye Laura, creo que...
- Pajas, mamadas, ¿qué dices a eso? ¿De verdad quieres que me crea que todo eso ha sido solamente por contaros yo mis historias? ¿O sencillamente se os ha hecho el chirri agua con mi primo desde el principio?
- Lau, espera…
- ¿Que espere? ¿De verdad sabes lo difícil que ha sido luchar contra todo esto? ¿De verdad no te das cuenta de lo que me cuesta a mí luchar contra la tentación de mi primo? ¿Y de que eso se vuelve mil veces más difícil si vosotras dos me tenéis también todo el día cachonda?
- Lauri... – la voz de María me sorprendió repentinamente.
- ¿Mer? ¿Pero…? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Joder… ¡joder, no!
- Lau, estaba tratando de avisarte, pero… - susurró Nuria, roja como un tomate.
- Tranquilas, chicas, no pasa nada. Digamos que he escuchado lo suficiente, Lau. Vamos, que lo he escuchado todo, si es que simplemente he hecho un pis rápido y he vuelto a salir en seguida, porque me sentía mal de haberme ido así de cabreada, y…
- Mira, da igual, Mer… Si has escuchado, dime que tú no…
- Yo sí, Lau. Naturalmente que sí. Joder, pero ¿qué querías?
- ¡Joder, María!, que es un crío… - le dije.
- Tía es lo que hay, yo...
- ¿De verdad te lo quieres tirar, Mer?
- ¿Pero tú estás de broma? pues claro... pero Laura, insisto, ¿qué querías?, mira, yo lo siento, pero...
- No, deja, deja, Meri, ya os he dicho que sois mayorcitas, sabéis que no me va a importar, sólo es que, bueno, en parte… Vale, creo que Nur tiene razón, creo que no estoy bien, pero es que no sé que pensar ni qué hacer... aunque quizás tampoco me esperaba que tú lo tuvieras tan claro...
- De verdad, tía, que si tú vas para delante nosotras esperamos, ¿a que sí, Nur? – preguntó María a mi novia.
- Pero si no podéis aguantar más, y yo no sé si… - mi voz crujió, sin esperar la respuesta de Nuria, y ahí me quebré definitivamente y me puse a llorar.
- Tía, Lauri… mi amor… - Nuria me acunaba entre sus brazos…
- Mira Lau, es que ayer... – trató de explicar María.
- Ya, es verdad, fue demasiado... – contesté yo, tratando de reponerme.
- No, no me refiero...
- ¿Por fin se la comiste, eh? – dije, tratando de sonreír.
- ¿Eh? Cómo? No...
- Aunque fuese compartida, y os quedaseis con las ganas de que se corriera con la polla totalmente metida en vuestras boquitas...
- ¡No! Lau... quiero decir... yo, lo que me refería...
- Os confieso que a mí también me puso cachondísima veros a las dos con él, y…
- ¡Lau, mi amor, vale ya! – me gritó Nuria – Lo que Meri trata de decirte es lo de… joder, lo que hemos hablado antes de… - esta vez fue Mer la que se puso como un tomate, mirándome de reojo con la cabeza gacha.
- Joder, Mer… - no me salían las palabras de la boca. En el fondo quería matarla, quería saltar sobre ella y abofetearla y arañarla cada vez que pensaba en el capullo de mi primo restregándose por toda su vulva y echando su leche recién ordeñada dentro de su vaginita de puta…
- Laura, yo…
- … - no me salían las palabras. Tampoco me salía pegarla. Por eso precisamente había tratado de evitar que ella sacara el tema, pero…
- ¿Vas a tomar la píldora?
- ¿Cómo? – Mer levantó la cara, mirándome extrañada.
- La píldora. La pastilla del día después… Que te puede haber preñado, tía. Que será un crío, pero ya se corre…
- Joder, ¡y cómo lo hace! – exclamó Nuria para sí.
- Ya, ya, claro que la tengo que tomar, ya sabes que llevo unos meses buscando con Portu y dejé de tomar la píldora pero… joder, es que estoy sin nada ya. Tenía varias pastillas de esas, que me las da el ginecólogo este amigo de mi padre que…
- Al que te tiras – le ayudó Nuria.
- Sí, a ése. Para conseguirlas. Joder, es que es la única manera que tengo de…
Que sí, María – le dije – ni caso a ésta. Si aquí cada una nos hemos buscado la vida para conseguirlas. Esas putas pastillas del día después a veces no es nada fácil que te las den… menos mal que tú y yo estamos ahora con la píldora, ¿verdad, amor? – le dije a Nur, juntando mi cara a la suya para darle un piquito de amigas.
- Sí, sí… - Nuria me rehuyó, inexplicablemente evasiva - ¿Y qué vas a hacer, Mer? - ¿pero qué había pasado? ¿a qué había venido aquella cobra de Nur? – Porque necesitarías tomarte una, por sí…
- Sí, claro, a ver…
- …joder, yo es que tengo alguna en el bolso, pero me cuesta tanto conseguirlas a veces que…
- Nada, nada, tranquila… si el otro día me dijo mi madre justamente que el ginecólogo éste pasaba todo el verano en Madrid… aunque sea seguro que me recibe en su casa…
- ¿Ése? Encantado - rió Nur – con tal de…
- Joder, Lau… de verdad, no sé qué me ha podido pasar esta noche… definitivamente ha sido una tontería, y no solo por hacerlo sin protección… si justo me compré una caja de preservativos grande el otro día para el del videoclub…
- Mira, Meri, da igual… lo hecho, hecho está. Ahora lo importante es que consigas esa pastilla, como dice Nur.
- O mejor varias – rió Nurita – si de verdad te quieres levantar al primo, ésa polla suya es una de esas que no querrías meterte enfundada en una triste goma…
- ¡Nuri, tía! – protestó María.
- Tranquila, Mer... – la tranquilicé - entiendo que va a pasar, y te lo aseguro, cuando pase no me molestará... Solamente me gustaría... necesito tiempo para... bueno, ya me entendéis... me gustaría poder hacerlo yo primero… y no me gustaría que antes vosotras...
- ¡Ya, ya! ¡¡YA!! Joder. - cortó Nur, molesta. No estaba entendiendo su actitud reticente ni sus salidas pretendidamente jocosas. Pero su expresión dejaba claro que, en el fondo, estaba bastante molesta. - Te entendemos. O no, Lau. Mira, la verdad que da igual. Bueno, en cualquier caso, ahí tienes a tu primito – zanjó - Creo que el tema está claro, supongo que si hemos aguantado hasta aquí… si “yo” he aguantado hasta aquí, más bien, y Meri casi, pues seguramente nos podemos aguantar un día más… Aunque, por lo menos yo, necesito ayuda. Bueno, y ésta un ginecólogo salido. Así que nosotras nos vestimos y nos vamos al centro comercial, a ver si el del videoclub nos da un repaso, o por lo menos me lo da a mí, que estoy que reviento. Meri, tú dirás si prefieres al calamar del videoclub o al pervertido del amigo de tu padre. Ya desayunamos allí, Lauri. Y aprovecha el tiempo, por dios…
- Sí creo que nos vendrá bien un poco de aire – le contestó nuestra amiga - A todos. Pero desde luego a nosotras… Y a mí ese repaso también, no lo dudes. Quizás lo necesitabas tú también, Lau, pero como comprenderás...
- Ya, ya... tranquila, preciosa...
- A ver si os quedáis solos qué pasa – dijo Nurita saltando de la cama y empezando a vestirse con lo primero que pilló por allí, sin preocuparse por pasar primero por el baño a quitarse toda la mierda que llevaba encima - ¿Entonces videoclub, cari? – le preguntó a María.
- Entonces todo, preciosa. Hoy necesito toda la artillería. Me voy ahora contigo, y ahora llamo a este señor y le pido cita para esta tarde. Así aprovecho y amortizo la pastilla…
- Joder, a ver si te da unas cuantas… - la miró Nuria, expectante.
- Sí, eso intentaré, aunque no siempre está igual de generoso… me acordaré de ti si me da muchas, aunque… ¿tú no necesitas, no? Que aquí la única de las tres que ha dejado de tomar la píldora soy yo…
- Sí, sí… - farfulló Nuria, desapareciendo de repente por el pasillo hacia la parte delantera de la casa.
- Joder, esta guarra ni se lava un poco… - dijo Mer sorprendida, saliendo de la cama corriendo tras ella, mientras se embutía por el pasillo un vestido ligero sin nada debajo y sus sandalias de cuero.
- ¡Jajajaja! – reí yo con ganas, por primera vez en aquella extraña mañana - ¿total para qué? Si os vais a manchar de lo mismo en un rato… ¡jajajaja!
- Anda, anda – me gritó Mer mientras desaparecía a la carrera por el pasillo – ¡y tú a ver si aprovechas!
Total, que para cuando me quise dar cuenta estaba allí, sola y desnuda, con aquella extraña sensación pegada al cuerpo después de una tórrida noche follando en grupo con mi pequeño primo y aquel despertar atormentado que había desembocado en una molesta conversación que, por fortuna, había acabado bien. O eso creía. La verdad que era difícil de saber lo que acababa de pasar. ¿Realmente se habían ido de casa a la carrera pidiéndome que aprovechara para tirarme a mi primito? Bueno, pensé pasando de ellas… ayer precisamente no quería eso, ni por todo el oro del mundo, quedarme sola con él, pero hoy… Hoy es distinto todo, me dije. ¿Voy a ser capaz de follar con él? Joder, para mí seguía siendo, como mínimo, demasiado pronto. Un poco pronto todavía, al menos. Pero lo que tenía claro era que no me importaba que me hubieran dejado allí con Pablo. Por lo menos ahora, me apetece jugar un poquito, jiji, pensé. Aunque eso no quitaba, ni mucho menos, que tuviera todavía la cabecita echa un lío. Eso sí, para mí estar liada nunca ha sido un problema: yo siempre he follado primero y pensado después, así que...
Confundida, pese a todo, salí de la habitación y me dispuse, directamente, a buscar a mi primo. No me vestí, claro. No me vestí en absoluto, me refiero. Evidentemente se había acabado el absurdo de la ropa interior en aquella casa para tratar de simular que manteníamos un mínimo de decencia. Tampoco me preocupé en lavarme, aunque olía tremendamente a sudor, pescado y semen seco. Pablo no estaba en su habitación, así que proseguí mi exploración pasillo adelante. “¿Total para qué? Si os vais a manchar de lo mismo en un rato…” Acababa de decirle eso a María, entre risas, para quitar hierro al hecho de que se fueran de casa sucias de sexo. Si total, salían para eso. Para follar. La puerta de mi habitación estaba abierta de par en par. Avancé por el pasillo. Desnuda. Sucia de sexo. Si total, iba a eso. ¿Para follar?
Pablo estaba en mi cuarto, tendido en mi cama.
Desnudo.
Sucio de sexo.
- ¡Hola, primo! ¿hace un baño juntos? – no sabía qué decirle, así que aquello fue lo primero que se me pasó por la cabeza, y tal cual lo solté. Supongo que de tanto pensar en suciedades eróticas, y en la necesidad o no de limpiarlas… era casi inevitable que saliera por ahí. Además, hacía un calor de mil demonios, y podía sentir un sudor copioso y espeso brotando por cada uno de mis poros.
- ¡Prima! ¿Y Nuria y…?
- Que si te bañas. Conmigo. Estamos solos…
- ¿Eh? Pero… ¿en la pisci?
- Ay, Pablo. No. En mi bañera. Tú y yo, solos...
No me quedé a esperar su respuesta, sino que directamente me metí en mi habitación y pasé hacia el vestidor y, de ahí, entré al baño. Escuché a mi primo saltando como un resorte de la cama para venir detrás de mí. Prácticamente entramos juntos en la bañera.
Abrí el grifo del agua fría a tope y me giré hacia él. El pobre se estremeció al sentir el golpe de frescor, pero no se apartó ni un milímetro cuando sintió que me pegaba por completo a su cuerpo.
- Joder… qué cerdos estamos primito…
- ¿Qué? Prima… - Empecé a frotarle mis tetas contra el pecho y le abracé con fuerza, bombeando mi coño hacia su sexo, tratando de atrapárselo entre mis piernas. Estaba muy caliente y con pocas ganas de dar rodeos.
- Que estamos sucios, Pablo… - le dije lamiéndole la cara y el cuello – joder… hueles a Nuria, cabrón…
Era verdad, mi primo olía a sexo y sudor fuerte, pero sobre todo olía a ella. A coño de hembra. A cuerpo caliente de mi novia…
Tratando de obviar las marcas de chupetones de ella que cubrían su cuello, posé mis labios sobre los suyos y empecé a besarle con pasión. Dios, qué ganas le tenía. Me abrazaba a él y le besaba de una manera que jamás había hecho. Con ganas. Sin pudor. Sin remordimientos… Igual que había visto a Nuria hacerle aquella noche.
Mi primo respondió. Vaya que si respondió… Sus brazos me rodearon, sus manos empezaron a magrearme soezmente el culo, abriéndome las nalgas sucias de sudor y restos de todo tipo. Su tranca tiesa y dura como un mazo se me clavo entre las piernas y yo empecé a frotarme contra ella histérica. Necesité toda mi fuerza de voluntad para separarme de aquella auténtica maravilla y no empezar a retorcerme del orgasmo allí mismo, nada más empezar. Me separé lo suficiente como para poder agarrársela firmemente con la mano. Joder, se había empalmado por completo, de golpe, nada más empezar… ¿Juventud, divino tesoro? No sé, lo de mi primo siempre han sido un vigor y una potencia superiores, muy por encima de lo que, simplemente, pueda dar la juventud a cualquiera. Apartándole de mí con la mano izquierda, usé la derecha para masajearle el rabo o, más bien, pajeárselo abiertamente, recorriéndole toda la durísima tranca y retorciendo mi mano al llegar a su capullo. Él empezó a estremecerse con cada pasada, así que con mi mano libre tomé un bote de champú y le eché un buen chorro en el rabo, empezando en seguida a fabricar abundante espuma con el agua de la ducha, que vino a ayudar a mis manos y mi lascivia a bombearle la polla.
- Jijijiji… ¿lo habías echado de menos, mi amor? Mmmm… hay cosas que ninguna mujer te va a hacer jamás igual de bien que tu querida primita, Pablo… vamos, reconócelo, ¿lo echabas de menos?
- Joder, Laur… uffffff… sííí… muchísimooo…
- Yo también te he echado muchísmo de menos todos estos meses, primo – le solté de golpe, abalanzándome sobre su boca para cerrársela en un contundente morreo. No quería, por nada del mundo, que me contestara a aquella barbaridad de confesión que le acababa de hacer - esta polla tan dura y caliente que tienes, primo… uffffff… - le decía con mi lengua casi metida en su boca mientras le hablaba, sin dejar de machacarle el cipote - es única… mira como me pones, primo, nadie me pone así… no hay nada igual a tu polla, mi amor…
- Pero… pero, Carlos… - trató de protestar.
- ¿Carlos? Pero, ¿por qué me hablas de tu hermano ahora? Él no está aquí ahora… ahora estamos tú y yo solos, aquí… - le obligué a volver a poner sus manos sobre mis nalgas, animándole a no dejar de sobarme, y volví a concentrarme en pajear su polla con hondura, fuerza y decisión, disfrutando de sentírsela tan tremendamente empalmada en cada pasada – joder, primo, Carlos, tu hermano… ufff, sí, la tiene más grande, vale, pero no tan dura, nunca tan dura... y tí tienes un pedazo de, pollón, y estos cojonazos que me han dado tanto placer esta noche, primo...
No podía parar de tocársela, de tocarle las bolas, que pese a la noche de locura con mis amigas parecían de nuevo llenas, calientes, bombeando semen como si estuvieran a punto de escupírmelo, una vez más, en los morros. Agarrada a aquel brutal mango me estremecí, y tuve que apretar las piernas y agacharme para reprimir un violento orgasmo que me acababa de llegar sin que el muy hijo de la gran puta hubiera pensado tan siquiera en rozarme todavía el coño.
- Joder, joder, Laura…
- Joder, qué tranca, primo…
Me giré y me quedé dándole la espalda. Él empezó a sobarme las tetas con ganas, y yo respondí volviendo a masajearle y acariciar su nabo. Estaba empalmado por completo, tanto que creo que no he llegado a tocar jamás algo taaaan duro y caliente.
- Me encanta, primo… me encanta así de dura…
Pablo me estrujaba las peras tan fuerte que me hacía ver las estrellas de dolor, pero aquello no impedía que cada vez que sus manos tomaban posesión de aquellas partes tan íntimas de mi anatomía de una manera tan ruda y grosera, yo sentía que se me iba a salir el corazón por la boca. Con cada estrujamiento de mis maltratados pechos, parecía que mi primo me estuviera dando un masaje cardíaco, ya que mi corazón reaccionaba lanzándose al galope desbocado. Al mismo tiempo, con aquellos feroces estrujamientos de ubres, pareciera que Pablo me estaba ordeñando como a una vaca. Sin embargo, lejos de obtener el fruto de mi excitación de mis propias tetas de vaca machacada (y eso que me había puesto los pezones como dos pelotas de golf, duros, gordos y enrojecidos), cada vez que me ordeñaba las lolas en uno de aquellos salvajes aplastamientos, era mi coño el que escupía un chorro de flujo, que se perdía como lágrimas en la lluvia fría y violenta que escupía duramente la ducha sobre mi cuerpo. Siguiendo los latidos de mi cuerpo, una de las manos de Pablo descendió desde el cabalgar agitado de mi corazón por el retumbar sordo de mi vientre, hasta alcanzar el golpeteo profundo y cadencioso de mi coño, que se revolvía ya como el terremoto que anuncia una erupción volcánica.
- Joder, prima… ¡estás a mil! – Pablo tenía razón. Lo peor es que para que yo alcanzara un estado de excitación tan sublime en un tiempo tan absurdamente corto, él no había tenido que hacer absolutamente nada: había bastado con que yo me aferrara a su increíblemente dura polla y, sobre todo, que me hubiera entregado a él sin barreras ni remordimientos.
Sin darme cuenta, no sé si siguiendo el impulso de mi propio deseo, o quizás como una reacción inconsciente de autodefensa para continuar evitando que un orgasmo brutal y definitivo me arrollara irreversiblemente tan pronto, nada más empezar, yo había caído de rodillas ante él, ante su polla, mi ídolo, mi divinidad, y me la estaba pasando por toda la cara como si fuera una puta, me golpeaba y me lanzaba contra ella, se la lamía y bebía el agua que resbalaba por aquel tronco, arrastrando los restos de semen y flujo y babas resecas, y me la hundía en el pelo y refrotaba mi cara y mi cabeza contra aquella maravilla, y de pronto me vi con mi primo encima de mí mientras yo le tiraba del rabo para jugar con todo su capullo a rodear mis pezones empalmados y a golpearme las tetas con su vástago y a follarle el agujero del glande con mis pezones duros y empalmados… Tras un rato sometiéndole a aquel castigo, a base de tirones fuertes en su rabo que amenazaban con desgajarle el falo de su cuerpo para goce de mis pechos turgente y henchidos, sentí que mi coño empezaba a retumbar también, reclamando su parte.
Gateando en la bañera bajo el agua que brotaba con fuerza de la ducha, como una perra en celo bajo la lluvia, me recoloqué trepando mis manos hasta el borde de la bañera tratando de ponerme a cuatro patas delante de él, apalancándome y ofreciéndole mi culo, que me abrí cuidadosamente utilizando para ello su propio rabo, cuta cabeza hinchada, dura y tersa, ardiente, me repasé con ganas por toda, untando en mí su nabo tieso, arriba y abajo, una y otra vez.
Al entrar mi culo en acción, Pablo salió de su pasividad, como si, por fin, se hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando realmente, de lo que suponía mi cambio de actitud: después de tantos meses, por fin había vuelto a acceder a ponerme abiertamente en sus manos. A poner mi coño en su polla. O, al menos, de momento mi culo. Él empezó por cogerme las nalgas con cuidado, apretándomelas y acompañándome con su masajeo en mi movimiento masturbatorio con su cipote. Juntos hacíamos que su larga polla resbalase completa por toda mi raja, abriéndome la vulva y el culo a su paso, y en cada pasada yo llegaba a bajar el culo hasta por debajo de sus huevos, de manera que su polla tiesa caía golpeándome la parte baja de la espalda, restallando como un látigo y salpicando agua trufada de su presemen mojado en mí. Luego yo volvía a subir hasta que su capullo volvía a tocarme otra vez el ojete. Me di cuenta demasiado tarde que, de repente, yo había dejado de ser la voluntad que guiaba aquellos lascivos deslizamientos entre nuestros húmedos y perturbados sexos, y aunque seguía meneándole el culo sobre el miembro agarrotado, él me tenía aferradas las nalgas con una de sus manos mientras me abría groseramente toda la raja para meterme aquella tranca caliente cada vez más intensamente en mi latiente caminito de la gloria. Era demasiado tarde, Pablo había tomado el mando, y los feroces latidos en mi coño y en mi ano cada vez que sentía su dura punta asomarse en mi interior, evidenciaron una realidad nítida y dolorosamente aguda: yo estaba vencida en aquel momento. Resbalando a cuatro patas sobre el fondo inundado de la bañera, tratando de evitar caerme, golpeándome la cara con la grifería cada vez que un estertor de placer me recorría el cuerpo y me hacía retorcerme en una convulsión de dolor divino, en un espasmo de gozo incontrolado que me obligaba a manotear buscando un asidero imposible en los grifos, en las tuberías o en el borde curvado y baboso de la bañera… En aquel momento, Pablo podría haber consumado, sin más, con solo dejarse caer sobre mí. Haberme violado, porque habría sido una violación al fin y al cabo, en la que me habría matado de una sola estocada para después poder tomar posesión de mi cuerpo, inerte y destruido, y follado a placer por aquel de mis agujeros que él hubiera preferido, o por todos, igualmente, qué más daba. En una de aquellas pasadas de su miembro implacablemente erecto, enorme, sobre mis agujeros cada vez más abiertos y más ávidos, que tragaban agua fría a falta de poder tragar nada mejor. Mi primo era, físicamente (y polla y cojones aparte), todavía poca cosa en aquella época. Sin embargo, en aquella posición, en aquel patético estado de indefensión y minusvalía por mi parte, dominada, sometida, absurdamente entregada a él por la ceguera demencial de mi deseo infinito y desbocado, en aquel momento yo habría sido incapaz de otra cosa que no fuera abrirme y recibirle, dejarme ensartar y empotrar feliz de tener al menos así un vástago al que asirme, de sentirme sujeta y firme aunque fuera clavada en aquella dura polla incrustada hasta el fondo de mi vida. Pablo solo habría tenido que dejarse caer haica delante en una de sus pasadas por mis orificios, perder el equilibrio y sentir cómo su falo hiperexcitado se iba enfundando en mí, vistiéndose con mis entrañas a medida que me penetraba. Taladrada así ¿habría sido capaz de reaccionar yo? ¿Habría sido acaso capaz de impedir que, una vez con él dentro, comenzara a follarme con su duro mazo, con furia de martillo percutor? Por un momento creí sentir la inminencia de aquel ataque, el retumbar de ese golpeteo neumático en mis caderas que iba a terminar de romperme en mil pedazos, para que luego mi primo los recogiera, si es que acaso todavía me seguía deseando.
Instantes después, quise pensar que en su renuncia a aprovechar aquel momento de duda fue donde de verdad se manifestó la debilidad de su edad, de su inexperiencia. Cualquier hombre de verdad no habría dudado en aprovechar aquella oportunidad única y clara para tomarme, poseerme, someterme. La debilidad de la voluntad de aquel pequeño niño fue, pensé entonces, lo que le hizo trastabillar hacia el lado erróneo, amagando una caída hacia atrás en lugar de dejarse caer sobre mí para enfundar su sable en los pliegues de mi carne. Mi cuerpo se deslizo con él, en un movimiento instintivo aprendido en infinidad de masajes, en un deseo innato por su cuerpo al que no quería abandonar, también. Y así, mi culo se estiró para no perder nunca el contacto con su pene, mis brazos se estiraron de golpe, lanzándome hacia atrás con impulso para agarrarme a él al tiempo que él me agarraba, recuperando los dos el equilibrio en nuestro mutuo abrazo y movimientos follatorios de mi espalda y mi culo sobre su pecho y su rabo, su cara hundida en mi pelo y sus labios buscando tan desmesuradamente mi cuello y mi oreja que, de nuevo, mi coño volvía a palpitar bajo su mano llenándole de babas y ganas de correrme.
Tiempo después, sería el propio Pablo, un Pablo ya entrando en la edad adulta con todas las de la ley, maduro y en plenitud de su glorioso físico, el que me explicaría el por qué de su negativa a hacerme suya en aquel momento. Aquel cabrón siempre había sido un pequeño sádico nacido para el sexo, y ya entonces, inexperto e infantil, sabía mejor que yo que la única manera de marcarme como suya, para siempre, iba a ser conseguir que fuera yo la que terminara de entregarme, de una jodida vez, después de aquellos meses de negativas continuas y aquellos demenciales días de deseo expuesto e irrefrenable. No había sido por temor a tomarme que Pablo no me había follado en aquel momento, sino por temor a no tenerme siempre, suya, puta, vencida y arrastrada.
Pero aquel instante fugaz de decisión había pasado ya, yo me volvía a desplegar sobre su cuerpo mientras él se replegaba hacia atrás. En ese momento yo me echaba para atrás, hasta sentir mi espalda pegada a él, a su pecho tembloroso por ese amago, que había sido tan evidente, de ensartarme el culo en su tranca, o aún mejor, de dejarse caer en mí para empalarme el coño con aquella espada implacable, rotunda y candente, y me acariciaba las tetas con cuidado, como tratando de calmarse, de no correrse quizás, de recuperar la conciencia y el equilibrio después de haber soportado aquel insoportable momento de tensión, y yo me dejaba hacer por él, por Pablo, tratando de ser capaz de recuperar la respiración, de calmarme un poco, de poder pensar y moverme siguiendo algo que no fuera solo mis instintos, y me dejaba llevar por mi pequeño primo que, pese a ello, de nuevo volvía a ser un niño en mis manos ahora que le sentía temblar, temblar todavía más fuerte y más peligrosamente que yo.
Creyendo controlado al fin mi propia amenaza de explosión, y valorando que era él ahora quien debía temer por la llegada inesperada de un orgasmo no deseado, aunque largamente esperado, volví a recuperar por fin la iniciativa, frotándome la espalda contra su cuerpo con mis mejores artes de puta, y poniendo en marcha de nuevo, a velocidad creciente, aquel erótico masaje de su pene con mi culo. Totalmente perdida en aquel demencial estado de excitación, me movía lujuriosamente para hacérselo como una verdadera experta: era su prima quien estaba tocando así al pequeño Pablo, sino una pervertida, una auténtica maga del sexo en su mejor y más salvaje momento, por eso le tocaba como nunca nadie iba a saber tocarle, porque se lo estaba haciendo como una autentica puta, como la verdadera puta que era, y además con la mayor de las pasiones y el mayor de los deseos… He de reconocer, de hecho, que ya para entonces muchos hombres me habían considerado una auténtica experta en lo que le estaba haciendo a Pablo en aquel momento; para llegar a él, había practicado antes incontables veces, a lo largo de mi vida, aquel tipo de delicioso masajillo que tanto me gustaba.
Estiré mis brazos sobre mi cabeza para agarrarme a su cuello, aprovechando así para estabilizarme y acercarme todavía más a él y, a la vez, exponerme completa a su vista, a su gusto, a su olfato y a su tacto, acariciando su pecho con mis espalda y levantando el culo cada vez más como buscando conseguir que me penetrara el orto con la punta en uno de aquellos saltitos (y si hubiera tenido una pequeña polla de 10 centímetros, como sin duda le correspondería por su edad, os juro que lo habría hecho…) Era delicioso sentir sus manos sobándome todo, abrazando mis peras y golpeando mi coño, su lengua deliciosa lamiendo mi cara cubierta de agua y lágrimas de felicidad, buscando golosamente la mía en lo más profundo de mi boca, dientes con dientes mientras sus cerdos y largos dedos comenzaban a hurgarme, por fin, el sexo…
Todo aquello volvió a poner a mi primo como un toro enfurecido, y le hizo, en un momento dado, tirar de mí hasta ponerme de nuevo mirando hacia él. Mientras, la bañera se había ido llenando, y ya tenía agua suficiente para lo que se supone que habíamos ido a hacer allí: bañarnos. Asustada por un momento de su mirada perdida de sádico sin control, desnuda entre sus brazos, metí los míos entre nuestros cuerpos para apalancarme y conseguir separarme de él. Pablo respiraba agitado, …casi tanto como yo misma.
- Mira, primo, ya esta bastante llena… podemos ponernos cómodos, ¿te parece?
Él se limitó a sonreírme mientras me acuclillaba dentro del agua, poniéndome su el pene tieso y bamboleante entre sus piernas justo delante de la cara, y me dejó hacer cuando, aprovechando aquel magnífico asidero natural, tiré de él para abajo, sentándole primero frente a mí y luego tumbándole, empujándole con suavidad hacia el respaldo de la bañera que quedaba detrás de él. Su cipote se levantó fuera del agua, golpeándome las tetas y la barbilla mientras le tumbaba, aunque yo resistí por el momento la horrible tentación de metérmela entera en la boca. Pablo me dejó acomodarle, flipado y feliz, mirándome mientras casi todo su cuerpo iba quedando poco a poco cubierto de espuma, al ritmo que yo agitaba el agua y esparcía sales de baño en ella. Tan solo su cabeza y la cabeza de su falo emergían, temblando sobre la espuma. De rodillas ante él, con sus piernas metidas entre las mías, los labios de mi sexo abierto frotándose sobre sus espinillas, empecé solícitamente a acariciarle el pecho, sus costados, las piernas, la entrepierna misma, joder qué puta delicia, qué cojones más caliente y más llenos, ¡con qué alegría bombeaban su semen para mí!, hasta terminar pasar mis piernas sobre las suyas y sentarme directamente sobre sus muslos, mi sexo abierto y expuesto directamente contra su cuerpo: podía sentir claramente sus huevos duros contra mis ingles, y me acerqué todavía más a su cuerpo, acariciándole dulcemente el pecho, besándole muy lascivamente en los labios, hasta bajar las manos y acariciarle por fina directamente la condenada polla.
Pablo se dejaba hacer, tranquilo como un maestro del sado, así que yo, como buena sumisa, repetí incansablemente mi juego, arriba y abajo, varias veces, subiéndome en cada asalto un poco más hacia arriba, hasta lograr apretar el rabo de Pablo con mi coño de manera casi casual, pero tan firme y determinada que pareciera inevitable e imposible de frenar. Para cuando empecé a hacer aquello, a sentir su hirviente dureza quemándome directamente en la vulva desesperada, yo ya estaba tan caliente y salida que me veía capaz de todo. Sentí mi propio clítoris descapullar buscando encontrarse con la dureza gemela del falo de mi primo, y volví a sentir la corrida estremecer mi columna vertebral mientras me frotaba así contra él. Al sentirme así de guarra y entregada, frotándome como una perra contra su tronco, deslizándome tan abierta y dura sobre su tronco, él flipó de verdad por primera vez, entendiendo al fin la magnitud de mi entrega, la plenitud de la relación que él estaba consiguiendo en aquellos momentos, fraguándola y convirtiéndola, de manera lenta y casi dolorosa, pero inexorable, a una relación que iba a ser plena, total, absoluta y definitiva. Supongo que fue aquello lo que le hizo entender que había llegado el momento de dejar otra vez su pasividad y empezar a tomar mi cuerpo en sus manos. O quizás, una vez más, no fuera más que su innato sentido del sexo. El caso fue que, por fin, Pablo sacó sus manos del agua y me empezó a acariciar, muy lenta y deliciosamente, la espalda y el culo.
Era acojonante: le estaba haciendo un verdadero numerito de puta, de sauna relax, y él estaba consiguiendo mantener la compostura como un verdadero macho. Aunque le conocía, y el brillo de sus ojos y la ácida humedad de la punta de su polla no me dejaban la menor duda: mi primo estaba alucinando conmigo... y me estaba gozando.
Ha llegado el momento en que mi experiencia va a pasar sobre tu instinto, primito, me dije. Y, cogiendo su pene con ambas manos, se lo empujé cuidadosamente hacia abajo y hacia mí, levantándome sensualmente para poder llevarlo entre mis piernas hasta que lo pude sentir pasando bajo mi coño y saliéndole por detrás de mí. Su verga tiesa había quedado así enteramente atrapada bajo mi raja, pero en una postura horriblemente forzada para él, que me permitió por fin a mi jugar a acentuar su placer al máximo, controlando mejor las reacciones de mi propio cuerpo. Solo con ir bajando poco a poco mi cuerpo sobre el suyo le hizo cerrar los ojos y abrir la boca en un gemido sordo y hondo, y todo su joven cuerpo empezó a temblar al sentir el deslizar de mi vulva abierta sobre su verga dura y aprisionada, abrazándola e incrustando la quilla de mi clítoris empalmado en el fondo rocoso de su pene endurecido a medida que, con mi lento pero implacable descenso, él empezaba a gemir bajo mi cuerpo en movimiento continuo.
Apoyándome en la bañera, inicié así aquel pajeo mutuo, a base de frotarme abiertamente el coño contra el tronco de él. Cuando por fin Pablo consiguió reponerse de aquella sensación tan nueva y completa, y cuando ambos acomodamos por fin la posición de su cuerpo y de su verga entre mis piernas de la manera menos dolorosa para él, acompasando con ello nuestros frotamientos, que cada vez se hacían más amplios y extensos, pasando de producirse tan solo en nuestros respectivos centros para alcanzar poco a poco la totalidad de nuestros cuerpos, volví a sentir sus manos recorriendo mi espalda tensada de placer, buscando delicadamente las glorias de mi culo. En aquellas caricias a mi culo, de vez en cuando mi primo aprovechaba para acariciarse su propio sexo, y lo sentía apretándolo contra el mío, y aquello me daba gran placer porque sentía que Pablo se lo estaba dando a sí mismo también. Yo me estremecía totalmente de gusto al imaginar la cabeza de su gran rabo, emergiendo del agua entre mis nalgas, mmmmhhhh era una imagen tan excitante… siempre me lo había parecido cuando se lo había visto hacer a alguna tía, amiga o... en algún trabajo, jiji.
Me giré un poco, sin dejar de besarle, y estiré mi mano derecha hacia mi espalda para empezar a acariciar la parte superior de su monstruo con la punta de mis dedos, muy delicadamente al principio, pero podía notar que iba necesitando ya mucho más, aunque mi coño parecía estar vivo, masturbándole con destrezas y voluntad propias, mis pliegues estaban estrujando con ganas su duro cipote, y con ello me estaba volviendo loquita yo también, y eso me descontrolaba porque normalmente no me pasaba nunca, la concentración que empleaba en masturbar a los tíos con mi vulva solía ser siempre mucho mayor que el placer que podía sentir con aquel sencillo frotamiento, y eso normalmente me suponía que solía controlar si problemas la eventual excitación que pudiera sentir haciendo aquel numero, pero ese día, aquella mañana, con Pablo... o acaso era él, era Pablo y mi deseo desmesurado por tenerle, porque me tomara de verdad y para siempre, mi deseo irracional por su polla única y su joven cuerpo de niño... oooooohhhh ¿cómo era posible? Me estaba matando. Sencillamente, me moría cuando le sentía acariciándome la espalda y el culo...
Nononono... necesitaba separarme o me iba a ir por completo muchísimo antes que él. Joder, que una podrá ser multiorgásmica y todo lo que queráis, pero hay corridas de las que no te recuperas tan fácilmente, y lo que Pablo me estaba haciendo crecer entre las piernas en aquel momento, no tenía nombre.
Me quité de encima suyo de repente, para no darle tiempo a dudar (aunque sus manos todavía intentaron aferrarse y tirar de mí, incrustadas en mis caderas). En el brusco movimiento pude notar, al salir bruscamente de entre mis piernas, como un resorte, su verga golpeándome las tetas. No pude reprimir un gritito de dolor: las tenía extraordinariamente duras y sensibles. Recuperándome de aquel latigazo imprevisto, me entretuve largo rato en acariciarle todo el cuerpo, antes de conseguir hacerme sitio a su lado. Había ya mucha menos espuma, y su polla emergía con ganas de una pequeña isla blanquecina que se empeñaba en aferrerarse, burbujeante, a los largos pelos de su pubis.
- Estás súper cachondo, primo… - le dije, agarrándosela mientras me giraba hacia él con mi mirada más lasciva y una actitud inconfundiblemente lujuriosa, para empezar a pajeársela con fuerza un rato antes de abrir bien la boca y metérmela dentro.
Completa. Enterita. Sin más. Porque ya no aguantaba ni un segundo más sin hacérselo…
Bien, Pablito, te va a quedar claro de una puta vez quién es de verdad tu primita del alma y (casi) todo lo que quiero hacer contigo... me dije. Esta noche te has portado, te has ocupado de mí, ¡tan bien! pudiendo haberte perdido sin más en ella, como cualquiera habría hecho (y no puedo culparte porque a mí misma me habría pasado, como a cualquiera). Solo tú has sido capaz de resistir la irresistible atracción de Nuria, y te lo voy a compensar. Ya está, primito, pensaba, estás por fin taaan cerca de conseguir lo que querías, lo que tanto anhelas, y de momento te voy a ir dando, de una vez, el resto, y ahora sí que te lo voy a hacer todo de manera oficial... con luz y taquígrafos.
Y así, por fin, hice por fin aquello que también yo llevaba ansiando hacer como nada en este mundo, y me metí para dentro todo aquel rabo desmesurado, duro como una palanca, completo, hasta notar los huevos bombeando a toda velocidad contra mis labios. Soportando a duras penas unas violentas arcadas se lo chupé con fuerza y decisión, una, dos, tres, diez veces, envuelta en sonidos guturales que me impedían ocultar mi ansiedad, mi ahogamiento, agravado al prácticamente tener que sumergir nariz y cara en el agua para entregarle mi garganta más profundísima al amor de mi vida, las limitaciones físicas de mi cuerpo para deshacerme en él como fuente máxima de su placer, pues nada deseaba yo tanto en aquel momento como ser capaz de hacer sentir a mi primito un placer tan inmenso que ya no pudiera ser capaz de desear ninguna otra cosa en su vida que no fuera estar conmigo, con su prima… en su prima.
Expulsada entre arcadas, babas, toses violentas y gemidos guturales de mi primo, me vi violentamente devuelta para dentro, casi entero otra vez, pero era ahora mi primo quien me obligaba a hacerlo, con sus manos hundidas en mis cabellos mojados, apretando mi cabeza contra su cipote mientras su cuerpo culeaba con saña en mi boca abierta hasta el dolor y la náusea. Y, cuanto más gritaba yo, o lo que fuera que hiciera con mi boca desencajada y mi garganta desgarrada por su nabo hinchado, cuanto más pataleaba y mordía, más duro me culeaba Pablo y con más fuerza empujaban sus manos, apretándome la cabeza como si quisieran reventarme el cráneo.
- Chupa, ¡chupa, puta! ¡JODER!
Afortunadamente, antes de que él me obligara a incrustármelo en la boca, yo había cogido su nardo con mi mano, para seguir pajeándosela mientras trataba de tomar aire por unos segundos así que, mientras él me obligaba tan rudamente a retomar mi mamada, mi mano todavía se lo sujeta con fuerza en la base. Aquella mano me estaba dando, literalmente, un respiro. Seguramente no habría podido seguir de no ser por la enorme experiencia de años que llevaba acumulada en el arte de felar todo tipo de pollas. Y, sin embargo, había estado a punto de sucumbir ante aquel maldito crío… Pero aquella mano me había salvado, y ahora podía ser su perdición, al empezar un rotundo bombeo de su miembro que fui poco a poco acrecentando y acompasando a mis movimientos mamatorios. Acercando mi otra mano, empecé a ensañarme también con sus huevos, aquellos cojones crudos, violentos, hinchados y tan duros, bien cargados a pesar de la nochecita de desenfreno, ¡joder, qué tío!.
Varias veces repetí el ciclo, demasiadas, incontables, inagotable el niño, mi primo, mi macho, me la metía, se la sacaba, le lamía, se la chupaba, y le pajeaba mientras y luego otro rato, fuerte y duro si trataba de descansar al tenerla fuera, y su cuerpo se desmadejaba y temblaba, y había dejado de resistirse o de tratar de forzar, impotente ante tanto placer, deshecho de gozo y deseo cumplido, queriendo dármelo todo cada vez con más ganas, y yo volvía a chupar, adentro, una, dos, veinte y mil veces, y él gemía y jadeaba cada vez más fuerte, y gritaba a rabiar, y él era incapaz de creer su suerte... yo, así, tan entregada... es más de lo que le había hecho nunca, realmente... y todo esto cuando quizás no estaba esperando de mí más que una bronca por lo de ayer, por exceder los límites a los que su victoria al póker le habían dado derecho sobre Nuria, al penetrar en inseminar a María, al cubrirla tan violentamente de semen por la mañana contra su voluntad, como si fuera un vulgar pajillero salido... Pero no, su prima mayor, lejos de abroncarle, de castigarle, de repudiarle, de odiarle, se lo estaba comiendo vivo como la puta hambrienta que siempre había sido, y el pobre niño se me estaba deshaciendo literalmente en la boca, mi niño, siempre tan caliente... tan inconcebiblemente duro.
Por un momento, en el que un fiero destello de realidad me recordó dónde y con quien estaba, deseé que Meri y Nur reapareciera en aquel preciso instante de su incursión en el videoclub en busca de mambo, y me descubrieran así, violando a aquel pobre crío, que descubrieran la puta pervertida que tenían por amiga. Que me admiraran y desearan. Que se desnudaran y se metieran en la bañera, y disfrutaran de la fiesta, conmigo.
Me deleité, ya recuperado el dominio de la situación por completo, mientras mi primo amenazaba con ahogarse en la bañera, incapaz de mantener la compostura de su cuerpo de tanto placer que estaba recibiendo, lamiéndole muy lento el capullo, reventón, oloroso, muy terso y duro, y le seguí comiendo, chupando y besando el capullo, lamiendo entero el tronco de nuevo, me iba entera para dentro, una y otra vez, él jadea, cardíaco, taquicárdico, mientras yo me la sacaba, victoriosa, pletórica, invencible por fin, y jugaba con ella como con un trofeo, en su puta cara, disfrutando del dolor de su placer desbordado, de su indefensión de mierda, deseando ahogarle de gusto como estaba a punto de ahogarse en mi bañera, con mi cuerpo violento y desmedido abalanzándose sobre él, arrancando su polla a tirones para empezar a pasármela por las tetas, jugando con ella, su capullo rodeando mis duros pezones, haciéndole gritar con cada uno de mis violentos chupetones en el glande, y de nuevo para dentro, ya a fondo, tocando los huevos con los labios sin miedo, sumergida mi cabeza en el agua sin temor, porque mi primo ya era impotente para controlar su cuerpo, para tratar de forzarme o forzar nada, impotente para nada que no fuera reventar como nunca lo había hecho, explotar y corrérseme dentro, convulsionando, tan dentro que mi cuerpo mismo convulsionó, conmocionado por lo violento y excesivo de su corrida.
Sin embargo, yo estaba en el cielo y él se estaba hundiendo en el fango, desahuciado y perdido. Tuve que agarrarle, porque parecía a punto de desvanecerse, su cabeza caída y su cuerpo desmayado.
- Joder, primo… - le dije, asustada, todiendo y vomitando semen, mientras salía toda prisa de la bañera, tratando de levantar su cuerpo leve e inútil.
No imagináis lo que agradecí en aquel momento que hiciera aquel calor absurdo de mitad de julio, motivo que me había llevado a llenar la bañera con agua helada. De habernos bañado con agua caliente, el desvanecimiento de Pablo podía haber sido total. Y fatal. Naturalmente, por primera vez en mi relación con él agradecí también lo limitado de su edad, ya que de haber estado él un poco más desarrollado, no sé si hubiera sido capaz de sacarle del agua.
Jadeando ambos, ahogado él de agua y yo de lefa, tosiendo, convulsos y felices, muertos de amor y placer, le pedí, todavía asustada, que se tumbara un momento en el suelo, sobre un improvisado lecho toallas, para descansar. El pobre niño, estaba completamente desfallecido después de la corrida.
- Joder, primo… ha sido monumental – pude acertar a decir, incapaz de contener mi estado de ánimo exultante – pero te va a dar algo, mi amor… Supongo que tanto correrte esta noche te ha dejado hecho polvo, mi niño, descansa, yo te ayudaré...
Incapaz de nada que no fuera seguir tocándole, con la mayor lujuria que podáis imaginar, agarré un bote de crema, y se la esparcí torpemente por todo su cuerpo tumbado de espaldas. Estaba levemente ladeado, y yo podía ver que lo hacía para dejar hueco a su pene, perfectamente duro todavía, que había quedado colocado mirando hacia arriba. Aquello me resultó tan irresistible que no pude reprimir la tentación de voltearle como un fardo y, controlando su cuerpo inane como una muñeca de trapo. Repetí la operación vaciando medio bote de crema en su cuerpo, tratando de controlar mis impulsos al recorrer nuevamente su falo empalmado, por el que no parecía haber pasado aquella brutal corrida. Cuando le hube untado crema hasta en el último rincón, me la empecé a esparcir también por todo mi cuerpo: vientre, muslos, brazos y pechos, y me tumbé nerviosa y agitadamente sobre él, boca abajo y del revés, con mi cara contra sus pies y su cabeza entre los míos. Y allí, con él todavía medio desmayado e incapaz de imponer su voluntad, empecé a frotarme como una perra en celo contra el cuerpo desvalido de mi primo, bien abierta sobre su polla, frotando y frotándome todo. Aquel vigoroso y lujurioso masaje terminó por devolver el vigor al cuerpo de Pablo (que no a su polla, que nunca lo había perdido). Pronto volví a notarle vivo, sus brazos abrazando mis piernas poderosas y macizas, su boca lamiendo y besando mis pies, succionando suciamente mis dedos, y yo seguí frotándome, cada vez más cachonda y emputecida, hasta que empecé a notarle a él no solo vivo, sino bien caliente también, y supe que había llegado el momento porque mi coño abierto no dejaba de manar flujo como si todo ya hubiera acabado, y empecé a deslizarme, a deslizar hacia abajo, rumbo a su cara, inexorable, y podía sentirle jadear con fuerza al sentirse invadido por aquel olor espeso, tibio y fangoso de mi sexo orgasmando, respirándome entre las piernas, entre los muslos, temblando cada vez más fuerte, resoplando, acojonado, muerto de miedo. No era ni mucho menos la primera vez que su boca iba a tocar mi coño, pero desde luego era la primera vez en la que no era él quien se abalanzaba sobre mí para tomarlo, sino que era yo la que me entregaba completa a él, deseando como no había deseado con nadie deshacerme completa en su boca y ser comida viva por sus ansias y temblores.
Pero Pablo es Pablo. Nació por el sexo. Todos sus miedos, todo aquel temblor cesó de súbito cuando mi coño se cerró sobre su cara. Mi primito cumple, siempre. Cómo no. ¡Y qué manera de hacérmelo! Su lengua, tan hábil, tan sabia... yo iba tan perra que ya antes de empezar me estaba muriendo del gusto, pero al tenerle dentro, al sentirle en mi chocho hirviente, reventé de placer, pero para entonces ya estaba tan pletórica y cachonda que empecé a encadenar orgasmos sin más, uno tras otro, disfrutando así de él un largo rato en el que no dejó de buscarme, comerme y beberme para instalarme una y otra vez en su Nirvana. Sin embargo, todo tiene un límite, y mi cuerpo hacía rato que venía reclamando su premio definitivo. Así pues, decidí que había llegado el momento de darle su merecido a mi travieso primito y, al mismo tiempo, darle mi merecido a mi propio cuerpo sediento. Al fin y al cabo sentía ya que me iba a hacer correrme hasta vaciarme, así que, con ademán de buenecita, me pegué bien a su cuerpo y agaché la cabeza, abriendo bien la boquita, sacando la lengüecita y tomando con decisión su falo entre mis labios, decidida a regalarle a mi primo un tórrido 69. Con pleno dominio de la situación esta vez, volví a tragarme todo aquello enterito, aunque esta vez más calmada y entregada en realidad al disfrute total, tanto al que me producía estar mamando aquel portento como el irresistible que me estaba provocando con tanta facilidad y acierto mi deseado primito. Por mi parte, fui alternando el comérsela entera con recorrérsela con toda la boca por los lados, pegándole lametazos y mordiéndola, hasta que Pablo empezó a gritar de placer dentro de mi coño, llenándome el sexo de sus alaridos y la boca, nuevamente, de aquel líquido transparente, ligero y amargo que presagiaba ya la llegada de su semilla. Yo me había corrido ya del todo, hacía rato, completa y definitivamente, pero sabía bien que él, siempre tan macho y vigoroso, y después de su noche y la reciente corrida del baño, demasiado reciente, iba a necesitar bastante más caña que yo, que le había entregado mi coño latente absolutamente cachondo, así que, sin dejar de mamarle, empecé también a pajearle con auténtica furia.
Pablo jadeaba y sollozaba con fuerza, incapaz ya de mantener la boca metida dentro de mi coño que, por otra parte, hacía rato que había dejado ya de sentir nada después de tan continuos y electrizantes orgasmos. Así que me di la vuelta para ponerme de nuevo mirando hacia su cara y, siempre acostada sobre él, continué pajeándole con la verga muy cerca de mi cara, con la boca siempre abierta y siempre sacando la lengua, que iba repasando sin cesar por todo su capullo como buenamente podía, ya que el resto del rabo se me escapa inevitablemente de la tralla que le estaba metiendo. Con eso mi primo muy pronto empezó a gemir agitadamente con unos sonidos profundos y animales, y yo pronto me vi acompañándole, incapaz de contener aquella calentura que me volvía a crecer en el cuerpo y que me llevó a frotarme con fuerza el coño sobre sus piernas para calentarme aún más y hacer todavía más eróticos mis propios gemidos. Quería acompañarle hasta el final, pero además sabía bien que tenerme así de puta y caliente le iba a poner a mil. Y, efectivamente, tenía ya a mi primo en la recta final: pegué el último acelerón y pronto me estaba empezando a escupir semen en la cara y la boca. Sin parar de pajerale con fuerza, bebí lo que puedieron recuperar mis ávidos labios, y me esparcí el resto el resto por el cuerpo, mientras empezaba a subir reptándole por el cuerpo, untándonos los dos de baba, crema, semen, muchísimo sudor mezclado y abundantes flujos que no paraban de manar de mi chocho todavía caleinte y abierto. Así, plenamente satisfechos al fin, nos quedamos todavía un buen rato besándonos abrazados para descansamos un rato.
Cuando nos calmamos por fin, no tardé en rodar de su cuerpo al suelo, absolutamente asfixiada de calor. Nuestro hedor era ya considerable y llevábamos tantas capas de sudor y sexo encostrado pegadas al cuerpo que la higiene personal e íntima profundas eran ya incuestionables. Sin embargo, dudaba mucho de su capacidad de contenerse si volvíamos a meternos juntos en la ducha, por lo que le pedí ducharnos separados.
- A ver, tampoco te voy a decir que no me fíe de ti, primo, porque en realidad… de la que no me fío lo más mínimo ahora es de mí misma. Si te lo estoy pidiendo no es porque no quiera estar contigo, que al revés, pero creo que al menos por un rato es lo mejor para evitar calentarnos y volver a liarla… porque no sé tú, pero yo personalmente estoy tan agotada que necesito un pequeño respiro para recuperar fuerzas, que la noche ha sido muy larga y nos espera un día… curioso – no había podido evitar ponerme indeciblemente cachonda al decirle abiertamente a Pablo que me ponía follar con él, por lo que creo que mi cerebro se lanzó ya en un ataque final suicida sin molestarse en pensar lo que estaba a punto de decirle - Es que estas tan bueno, primito… y follas tan bien... - le halagué innecesaria e inmerecidamente.
El pobre me decía que sí a todo, completamente anonadado.
Salí del baño en bolas, porque francamente, no me fiaba de mí ni metiéndole a él en la cabina de la ducha de mi baño mientras me duchaba yo en la bañera. Sabía que no iba a ser capaz de aguantar ni un segundo más viéndole la polla, que todavía no había perdido ni mucho menos toda su dureza, sin sentarme del tirón encima de ella. Fui hacia la habitación de mis padres, y me duché en el baño de Mer y Nur. Naturalmente, aproveché el momento de relax para tratar de soltar toda esa excitación tan íntima y brutal que acababa de acumular con mi primo, pajeándome lento y gozoso… pero oye, tampoco os lo voy a contar todo, ¿no? Dejadme al menos que me quede para mí ese momento de intimidad y placer profundo… y quedaros, simplemente, que por un rato estuvimos así mi primo y yo, disfrutando de la casa vacía, completamente sola para nosotros...
Recuperada tras una larga y productiva ducha, pude ser consciente por fin de que había sido inesperadamente capaz de superar la noche en que entregué a mi primo a la voracidad de Nurita y que, después de eso, y lejos de venirme abajo, había conseguido también dar el paso adelante que me ellas dos me habían pedido. Sin duda habrían deseado que hubiéramos llegado hasta el final ya, pero estaba convencida que entenderían la enorme magnitud de lo que acababa de hacer con Pablo. Mi cambio de actitud era total ya. Y, estaba convencida, no tenía marcha atrás. Joder, tanto era así que, mientras me secaba y me echaba el desodorante de Nur y las cremitas de María, me decía a mí misma que me veía capaz de follármelo ya mismo… eso era un paso incontestable, pero… Tenía que haber un pero, claro, y en mi caso era evidente: me lo quería follar, vale, pero ¿qué coño iba a pasar después? Si Nurita y Meri volvían y les decía que ya lo había hecho… ¿quién iba a ser capaz de parar a esos tres cuerpos excitados? Temía una verdadera locura colectiva con ellas... Y, de repente, me sentí egoísta. No eran celos, sino un simple egoísmo, puro y ciego, de repente dudaba si realmente quería compartirle tanto. Joder, siempre habíamos compartido a todos los tíos nosotras tres, sin excepción. Hasta a Portu, el futuro padre de los hijos de María (especialmente a Portu, yo, con el que siempre he tenido una relación muy bonita), hasta el marido de Nur o mi propio cuñado, Guille, además de todos y cada uno de mis alucinados y efímeros novios… Traté de engañarme diciéndome que realmente iba a ser todo mucho más morboso si conseguíamos aguantar hasta el final, hasta justo antes de que llegaran mis tíos a buscarnos a Pablo y a mí... Pero ¿y qué? Aun en el improbable caso de que eso llegara a producirse, igualmente él iba a acabar follándoselas a las dos después del verano. Que mis amigas se acostaran con mi primo era ya algo imparable, inevitable... ¿De verdad ahora eso iba a ser un problema para mí? Siempre había puesto la excusa de mí misma, bueno, también de su edad, claro, pero… ¿realmente había querido protegerle a él de algo alguna vez? ¿Realmente quería protegerle a él de… ellas? ¿Y por qué iban a ser ellas más peligrosas que yo para mi primo? ¿No se trataba, simple y llanamente, de que ahora que había decidido dejarme de leches y pasarme a mi primito por la piedra, como a cualquier otro, lo que de verdad me molaría era poder tenerle todo el verano todavía solo para mí? Bueno… para mí y para su hermano, Carlos, claro. Me puso inexplicablemente caliente fantasear con esperar realmente hasta el ultimísimo momento, hasta cuando sus padres –mis tíos- estuvieran llegando, con él metido en mi cama mientras el coche de ellos entraba en casa, con Carlos dentro preguntándose si lo habríamos llegado a hacer finalmente, justo en el momento en el que Pablo reventaba derramándose dentro de mí... Bueno, realmente, y sin llegar a apurar tanto, esperar hasta el último día antes de que ellos vinieran solo me suponía estirar el chicle dos días más, porque aquellas semanas habían pasado voladas y llevábamos ya 11 días juntos allí metidos. Si lograba pasar este día, el 12, que iba a ser lo más complicado, igual podía conseguir una ventaja cierta para poder manejar la situación a mi antojo. Joder, era mi primo, ¿por qué coño tenía que verme condicionada por ellas para…? Aunque... pfff, a decir verdad... esperar dos días podía ser algo realmente duro, al nivel al que estábamos todos ya, incluida yo, jijiji. Tenía que decidirme por algo, pero, al menos, creo que salí de aquel baño con una idea bastante clara de tratar de pisar un poco el freno por lo que restaba de día, y quizás sí tratar de esperar al último día, y que total, en la última noche, si tenía que pasar, que pasase. Podría soportar una sola noche de lujuria desatada de ellas dos con mi primo si tenía por delante dos semanas enteras con él y su hermano solos para mí… jijiji
Bueno, lo confieso, lo único que estaba realmente claro cuando avanzaba de nuevo por el pasillo, plenamente limpia y perfumada, y por mucho que yo intentara negármelo, era que yo estaba súper caliente, se ve que ni la nochecita ni el comienzo del día con mi primo habían sido suficientes para... o sería por eso, precisamente.
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@laualma tu siempre de calientapollas con tus relatos Laurita ten la polla a reventar de lo salido que estoy besos donde tu quieres saludos desde Venezuela
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@laualma primero te daría unos azotes por salida y calienta pollas y después me comería tu coño y ano y después de daría polla en tus agujeros de guarra puta
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@laualma uff mami zorra tengo la polla dura deseando tu boca para correrme en tu boca
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