LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 12 - 26.07.2012 - apuesta
A pesar de todas las vueltas a la cabeza que le había dado al tema mientras me duchaba, o precisamente por ello, antes de salir de la habitación de mis amigas había decidido, en el último momento, ponerme braguitas. Cogí unas de Nuria, que fue lo primero que pillé a mano, un semitanga de tejido oscuro bastante traslúcido, aunque limpias eso sí. De repente había sentido esa urgente necesidad de volver a poner alguna barrera de protección sobre mi sexo frente al peligro cada vez más evidente que representaba mi pequeño primo. Era irracional que estuviera sintiendo algo tan fuerte por un crío como él, pero es que al abrir la puerta para ir de vuelta hacia la salita me di cuenta de que iba con el corazón en la boca y muerta de ganas de…
En fin, traté de no pensar en ello, aunque cuando me asomé por el hueco que comunicaba la cocina con la salita pude notar que tenía los pezones todavía durísimos, con un nivel de empalme claramente excesivo con aquel calor y para haber salido hacía un rato de la ducha. Pablo, que estaba acabando de preparar una bandeja con las cosas para desayunar, fijó precisamente su mirada sobre mis duros botones cuando me saludó al verme llegar, sin tratar de disimular lo más mínimo. Instantáneamente, su verga dio un salto y al momento estaba semilevantada en un voladizo inestable y tembloroso, pero exageradamente evidente respecto a su cuerpo. Al girarse hacia mí, sin calibrar aquel cambio excesivo y repentino de su cuerpo adecuadamente, no calculó las distancias y se la golpeó aparatosamente con el respaldo de la silla que estaba junto a la mesita baja que separaba sala y cocina.
- ¡Ay! ¡Joder! – dijo llevándose la mano a la polla y encogiéndose de golpe. La incipiente erección se le había bajado en seco.
- Joder, primo… me ha dolido hasta mí – le dije, tratando de contener una risa absolutamente inapropiada – ¿estás bien?
- Sí, sí… no ha sido nada – dijo irguiéndose de nuevo con una sonrisa y descubriendo sin más su paquete. Su polla colgaba flácida de nuevo, aunque hermosamente alargada sobre sus hinchados cojones - …es solo que…
- Es solo que te has empalmado al verme las tetas, ¿no?
- Jo, prima… - yo seguía empitonada, todavía más si cabe que antes… estar así, sin más, hablando como si nada de su polla y de la excitación que le producía mi cuerpo, era algo que me ponía brutísima.
- Tranquilo, si no pasa nada – le dije, llevándome la mano instintivamente a mi teta izquierda. Sentí mi pezón dolorosamente duro sobre una areola hinchadísima. Aquel gesto hizo vibrar de nuevo el pene de mi primito.
- Uffff…
- ¡Jijijiji! Anda, busca un calzoncillo, ¿vale?
- ¿Qué? No jodas, prima…
- Que sí, anda… vamos, no protestes, si por eso me he puesto braguitas yo también – le dije pasando un dedo por el interior del elástico que rodeaba mi cintura, estirando para dejarle ver mi coño pelado por un segundo – estamos los dos demasiado calientes por todo lo… por todo lo que ha pasado esta noche, y creo que es mejor que tratemos de calmarnos un poco ahora.
- Pero es que…
- Pero es que nada, Pablo – me giré y encontré unos slips suyos tirados junto al sofá de la sala – mira, toma, ponte estos mismos – al cogerlos mis dedos se hundieron en una mancha costrosa, todavía algo húmeda y pastosa en el interior de la prenda; traté de controlar la oleada de calor que me arrasó al pensar en la procedencia de aquella mancha – vamos a tener que hacer un buen repaso de toda la casa antes de que lleguen tus padres – le dije mientras le alcanzaba sus gayumbos – porque lo tenemos todo regado de braguitas y calzoncillos – Pablo sonrió al escucharme aquello, mientras estiraba su mano para alcanzar su prenda íntima que mi mano le estaba entregando.
- Con lo bien que estábamos así…
- ¿Así qué?
- Así en bolas – me soltó con descaro, cogiendo por fin la prenda.
- Anda, anda… mira, hazlo solo por un rato, ahora mientras desayunamos, ¿vale?
- ¿Y luego nos podemos desnudar otra vez?
- Sí, te prometo que es solo un rato, hasta que vuelvan Meri y Nurita… cuando vengan ellas podemos estar todos en bolas otra vez ¿vale?
- Entonces vale – me contestó, sonriendo satisfecho ante mis palabras - …pero estos están todos sucios, prima…
- Como si eso te hubiera importado estos días… – le respondí divertida, mientras tomaba la bandeja que había dejado en la mesita y la llevaba a la mesa del comedor de la salita, junto al amplio ventanal por donde entraba a raudales el sol del jardín.
Imaginé que Pablo debía de estar tan hambriento como yo, después del intenso ejercicio físico que llevábamos encima, jiji. Desayunamos juntos, apenas cubiertos por unas braguitas obscenamente traslúcidas y por unos slips escandalosamente pequeños para lo que tenían el deber de ocultar, que además estaba abultando entre sus piernas más de lo recomendable. Por no hablar de la evidente mancha de semen semiseco que decoraba aquel paquete hinchado y jugoso…
En cualquier caso, yo estaba a gusto con él. Pero a gusto de verdad, sin el menor pero. Por primera vez en mucho tiempo. Disfrutando, es más, buscando su compañía. Su complicidad. Bajo el brillante sol de la mañana, descubrí sorprendida que estar con él así me reconfortaba. De repente estaba siendo él mismo quien me estaba dando las energías, las herramientas, la oportunidad para...
Aunque yo no tenía ningún plan preconcebido que no fuera, realmente, tratar de aguantar la situación al menos hasta que regresaran mis amigas. Mantenerlo todo en aquel estado de dicha, de perfección, en el que había soltado por fin todo mi deseo sobre él y habíamos reconfigurado nuestra relación hasta un extremo diametralmente opuesto a cuando llegamos a aquella casa, pero todavía en ese paso previo al salto al vacío definitivo, en aquel descanso perfecto que parecía que se me había brindado antes de la tormenta definitiva. Sin tener que pensar en nada, sin tener que decidir. Si aquel momento no se estiraba más allá de la cuenta, la perfección de lo que le había hecho a mi primo en el baño, la claridad de mi entrega, bastaría para mantener aquel equilibrio precario que había alcanzado con él, y para poder presentarme ante mis amigas pudiendo decir que había cumplido con los deberes que me habían puesto antes de marcharse. Y ya, cuando ellas regresaran, veríamos cómo continuar la cosa… Evidentemente, confiaba que no tardaran en aparecer, ya que el nivel de calentura que teníamos Pablo y yo era considerable, y temía no poder aguantar, y aquello significaba que podía acabar cediéndolo todo sin más, hasta el final, o bien emprender un repliegue inaceptable a aquellas alturas hasta posiciones pasadas y ya por completo inasumibles por ninguno de ellos tres.
Pero en el momento en que nos sentamos a desayunar todo parecía perfecto y mi plan, por liviano que fuera, parecía capaz de llevarme sin problemas por encima de aquel día que había empezado tan eróticamente. Para mi sorpresa, el desayuno con Pablo se hizo fácil, divertido, estimulante. Pablo siempre ha sido muy hablador, muy comunicativo, y desde niño, desde niño de verdad me refiero, siempre me contaba montones de cosas cuando nos veíamos. Claro, yo siempre era como que jugaba a hablar con él, a forzar conversaciones impostadamente adultas, que él vivía con toda la naturalidad de su tierna edad, como si estuviera experimentando con lo que suponía ser un adulto. Lo cierto era que siempre había tenido una conversación notablemente madura para su edad, y eso facilitaba la relación con él aunque, como es inevitable, yo nunca le había tomado realmente en serio, por lo que siempre tenía en realidad la sensación de estar hablando con un niño. Incluso aquel último año, después de haberme entregado físicamente a él el verano anterior, después de meses jugando al gato y al ratón, regalándole mi coño y mis tetas y mi boca, disfrutando de su rabo en mi boca y de cada vez que me sodomizaba como un animal, incluso entonces, y más todavía en los meses que vinieron después, en que le empecé a negar insistentemente todo a cuanto le había entregado derecho sobre mí en aquel momento inicial, siempre le había tratado como un niño, y cada vez lo fui haciendo más, un niño travieso al que debía educar, y al que tenía castigado por su comportamiento inadecuado.
Y, sin embargo, de repente me vi hablando con un amigo de toda la vida. O con una amiga, quizás, dada la naturalidad con la que tocábamos temas cada vez más personales e íntimos. Así vestidos como íbamos, además. O así desnudos, debería decir. De repente me vi contándole cosas que solo a mis amigas más íntimas les contaba. A Nur y Meri, desde luego, a Ana, y poco más. Jamás con ningún chico, lo máximo con Guille o Javito, así de desnudos y más, después de… ¿Qué había cambiado? ¿Realmente había madurado él? ¿O era yo la que había madurado? La que había conseguido, por fin, liberar a mi mente de prejuicios…
Nuestra conversación fue derivando cada vez más hacia temas explícitamente sexuales. Pablo iba indagando con tacto y habilidad, entrando en tromba cada vez que yo le abría tan siquiera la más mínima rendija de alguna puerta. Y yo, en el fondo, estaba tan excitada y tenía tantas ganas de exhibirme así ante él que, si bien al principio pensé que simplemente estaba tratando de responder a su morbosa pero natural curiosidad de casi preadolescente, haciendo rebotar con acierto sus ataques más peligrosos, pronto me vi echándole anzuelos y abriéndole caminos que hasta entonces resultarían absolutamente inimaginables para él como para cualquier chico de su tierna edad. Inevitablemente, sus preguntas empezaron en seguida a tratar de explorar también la intimidad de mis amigas, de Nuria y María principalmente, sobre las que pronto su curiosidad exaltada empezó a palpar babosamente sus cuerpos y sus mentes tratando de que le fueran revelados sus más íntimos secretos, pero también de otras amigas y amigas a los que Pablo conocía en gran número, normalmente por haber coincidido con ellos alguna vez precisamente allí, en casa de mis padres, a la que mis tíos y él eran asiduos (especialmente en verano, por la piscina).
Cuando me quise dar cuenta yo estaba dando demasiados datos y demasiado personales, demasiado explícitos, no solo de mí, sino también de Nuria y Mer, y de algunos otros amigos y amigas. Pablo sonreía cuando le desgranaba alguno de mis vicios y prácticas sexuales, y se relamía al escuchar historias con mis dos amigas. Me di cuenta de que no le estaba poniendo ningún filtro pero, a pesar de ello, ambos parecíamos todavía extrañamente contenidos, dentro de nuestra evidente excitación, que no había hecho más que crecer. Sorprendentemente, su paquete no parecía haber ido a más en aquel rato. No se podía decir lo mismo de mí. Tenía la entrepierna mojada y pastosa, ya que estar contándole todo aquello a la persona que más caliente me ponía en aquellos momentos sobre la faz de la tierra me estaba excitando demasiado. Podía notar un leve olor a coño en el ambiente, incluso, aunque en realidad lo más escandalosamente evidente eran mis pezones, que se habían erizado y crecido tan voluptuosamente que Pablo ya no miraba otra cosa mientras hablábamos, ni yo era capaz de sacarme aquella mirada de encima, porque en realidad solo quería que me siguiera mirando así y sentirme desnudada, comida y violada por aquellos ojos azules de angelito salido.
- ¿Te gustan mucho mis tetas, verdad?
- Jo, prima, claro, es que siempre me han gustado, y poder verlas así… - extendió la mano para acariciarme el lateral de uno de mis senos, luchando ostensiblemente contra su voluntad para esquivar el pezón empalmado en su caricia.
- ¿Siempre te han gustado? – reí divertida – Pablo, ¿pero desde cuando te has fijado tú en…?
- En las tuyas siempre, prima… que nos conocemos desde que nací.
- Ya, pero…
- No sé, siempre me han gustado. Desde que tengo uso de razón, vamos…
- Joder…
- Recuerdo que me di cuenta la primera vez porque me costó entender que lo que tienes tú es lo mismo que lo que tenían las demás mujeres. Mi madre, la tía..
- Ay, Pablo, para…
- No, en serio… en la playa siempre me fijaba en las chicas en bikini, desde niño. Mamá siempre me lo decía, que no mirase así de fijamente eso… Las chicas en topless… Pero cuando te miraba a ti se me ponía dura.
- ¿Qué?
- Eso, que se me ponía dura la picha. Yo entonces no entendía aquello, claro…
- Joder, Pablo.
- No era lo mismo que ahora, claro, pero…
- Pero…
- Tienes las tetas más bonitas que he visto nunca, prima…
- Ay, Pablo, ¡pero no puedes decir eso! Si hasta hace dos días es que solo habías visto las mías… y bueno, a ellas dos aunque se las hayas visto, te concedo que en eso sí que les gano, sobre todo a Nurita…
- Ya, pero cómo están, aunque sean más planas…
- Dímelo a mí, jijiji mmmmm… - reí – pero eso, que no tienes con qué comparar realmente, para decirme esas cosas.
La mirada de Pablo desmentía mis palabras sin dudar. Se le salían los ojos literalmente mirándome las tetas. Mi coño se abrió y empezó a escurrir flujo. Iba a pasar algo y yo no iba a ser capaz de pararlo…
- Que sí, prima. Que en la playa te hartas a ver tetas, aunque sea en bañador. Y las tuyas son las mejores, hasta en bañador… o en sujetador – sus dedos se cerraron por fin sobre mi pezón, provocándome una convulsión orgásmica. Cuando me lo apretó con fuerza, tironeando y sacudiéndolo lateralmente con violencia, yo grité entre jadeos…
- ¡¡Hostia, primo!! – pero lo hice aferrándome con fuerza a la silla, apretando las piernas y los ojos para reprimir mi corrida, incapaz de detenerle y de demostrarle nada que no fuera el placer universal que me estaba dando.
Pero Pablo había venido a jugar. Yo creo que había leído bien mi actitud en aquel momento y sabía que, si bien todos mis muros se habían desmoronado por completo durante aquella noche, yo no estaba preparada todavía para dejarle entrar… Y, sin embargo, ya no era más que una cerda cachonda hambrienta de polla. Mis amigas estaban cada vez más cerca de llegar, y él debía actuar rápido. No iba a tener mucho tiempo para calentarme y llevarme al límite. Pues al límite me tenía que tener cuando llegaran ellas. Desde luego, y pese a mis íntimos deseos de tener la fiesta en paz por el resto del día, no entraba en los planes de mi primo desaprovechar todas las preciosas horas de aquel prometedor día. Ni conmigo ni, naturalmente, con mis amigas.
- Tienes unas ubres de vaca con las que podría alimentarme toda la vida, Laura – me dijo Pablo, relamiéndose groseramente.
- ¿Qué dices, Pablo…? – le dije retorciéndome de placer en la silla, amplificando los movimientos en los que sus dedos me retorcían aquel pezón dolorido y estirado que no soltaba ni para atrás.
- Que podría ordeñarte como a una vaca, prima… mira este pezón… - dijo mientras seguía pellizcando y reorciendo.
- ¡¡¡AUUUUUU!!! Ahhhhhmmmm jodeeeer… mmmmmm Pablohhhh…
Entonces mi primo tomó la jarra que habíamos llenado de leche fría y me miró, entre travieso y amenazante, absurdamente amenazante para ser un niño de su edad.
- Quiero que seas mi vaquita, Laura… quiero comer tu leche…
- Pablohhh… - fue lo único que conseguí decir cuando él, por fin, liberó mi pezón y me empezó a echar un delgado hilo de leche fría por el canalillo entre las tetas, hundiendo allí su carita para lamer ávidamente el líquido cremoso calentado por mi cuerpo ardiente.
Lenta y delicadamente iba soltando leche sobre mis pechos, que se movían agitados y jadeantes, mientras él me los comía con delicadeza extrema, a besos realmente, besos y lamidas amplias y lascivas, que pese a todo trataban de evitar los pezones, limitándose a alguna ocasional pasada veloz por las abultadas areolas, y concentrándose sobre todo en mi generoso canalillo, en el que tendía a concentrarse todo aquel blanco líquido emulsionado con mi sudor.
- Por dios, Pablohhh… - le decía, empezando a acariciar involuntariamente su pelo revuelto y dorado, mientras me revolvía de placer.
- Slurp, slurp, slurp… - mi primo no daba más contestación que sus continuos lametones y chupadas en mis tetas.
- No podemos seguir primo… no… esto no está bien – me sorprendí hasta a mí misma cuando me escuché pronunciando aquello – no eres más que un niño… - maldición, pensé, aquellas palabras ¿por qué había vuelto a caer otra vez en lo mismo? ¿iba a acabar tan de repente aquel momento perfecto volviendo a la oscuridad absurda de meses atrás? Lo había dicho impulsivamente, sin pensar, pero es que me estaba poniendo tan bruta lo que me estaba haciendo Pablo que, por un momento, sentía que se me iba a ir todo de las manos.
- Ah… ¿con que ahora soy un niño? - me dijo levantando súbitamente la cabeza, con una mirada fiera y retadora que me dejó helada - ¿y qué vas a hacer entonces con este niño, Laura? – clavó sus ojos azules en mí, y sonrió maliciosamente mientras me ponía la jarra de leche en la mano - ¿vas a darme de comer, Laura? ¿vas a dar de mamar a este niño? Quiero ser tu bebé, prima… - me dijo de pronto, estirándose desde su silla para recostarse sobre mis muslos.
Instintivamente pasé una mano bajo su cabeza para recogerla, ya que con el impulso y lo inestable de su nueva e incómoda postura me pareció que se iba a caer. De repente me vi allí, con mi pequeño primo tumbado en mi regazo, entre mis brazos. Y, siguiendo un instinto irrefrenable, acerqué mi pecho a su boca. Él estaba recogido contra mi cuerpo, como un auténtico bebé hiperdesarrollado, con los ojos cerrados. Guiándose por el olor quizás, por el calor de mi pecho, por su hambre de mí, infinita y profunda, avanzó la carita, rodeó con su nariz un par de veces mi enorme pezón de piedra volcánica, me olisqueó. Olía a leche. Olía a mi sudor y sus babas. Olía a sexo, fuerte, a esencia pegada de mi coño. Olía a ganas. A mis ganas. A ganas de puta, a esas ganas que no se detienen por nada.
Pablo separó los labios, levantó un poco más la cara y yo le empujé el pezón entre los labios. Sus manos rodearon mi pecho, haciéndome sudar copiosamente, y empezó a succionar. Los labios se cerraron con fuerza contra mi teta, tanto que más que una boca aquello parecía un pico de un ave, duro, fuerte, implacable. Me había cogido con fuerza toda la areola y daba fuertes chupadas que hacían un ruido de succión exagerado y descomunalmente lúbrico. Con su lengua y sus dientes jugaba con el pezón duro y lo chupaba con fuerza también, haciéndome orgasmar con cada chupetazo. Os juro que si hubiera tenido una gota de leche en mis tetas él la habría encontrado, pero aún así me ordeñó con aquella mamada a mi pezón, vaya que si me ordeñó… lo que pasa es que la leche se me estaba saliendo entre las piernas.
Incapaz de pensar lo que hacía, me vi levantando la jarra de leche por encima de su cabeza e inclinarla poco a poco hacia mi teta. Me estremeció el golpe del fino chorro frío al impactar contra mi piel tensada. Pablo me estaba masajeando todo el pecho sabiamente, agarrándolo con las dos manos mientras me mamaba sin parar. La leche escurrió, y alcanzó la comisura de sus labios, y mi primo empezó a beber la leche de mi pezón, chupando y chupando sin parar mientras mi coño se vaciaba. Solo dejé la jarra sobre la mesa cuando ya hacía rato que no quedaba nada de líquido por soltar.
Cuando recuperé la noción de la realidad, me di cuenta de que estaba mirando desesperada el brutal bulto que se había formado en los absurdamente ajustados slips de Pablo. Y, lo peor, que Pablo había dejado de chuparme la teta y me estaba mirando mirarle.
- ¿Qué pasa, Laura? ¿Qué ahora quieres sacarme la leche tú a mí?
Aquello me descolocó. Por completo.
- Sí – me escuché decir.
Antes de que pudiera darme cuenta, mi mano me transmitió la sensación de calor y dureza de su pene empalmado directamente al cerebro y, de ahí, estremeciendo mi columna vertebral, se me hundió en las entrañas revolviendo mi agitado sexo. Me costó sacarla de su envoltorio, aquella tela elástica apretada, completamente dada de sí por toda aquella carne inflamada, aquella mandanga desmedida aprisionada por aquel slip sucio y muy húmedo de sudor, también. Al final se la pude sacar por una de las perneras del calzoncillo, ya que la tenía tan grande y tiesa que era imposible bajarle la prenda sin más. Cuando la tuve fuera se la agarré con fuerza, y empecé a pajearle duro pero con precisión, y con una cadencia rítmica pero contundentemente contenida. Lo hice sin mirar en ningún momento aquello que estaba haciendo, por más que aquel candente objeto en mi mano me atrajera más intensamente de lo que nada había sido capaz de atraerme antes en este mundo. Lo hice mirándole fijamente a la cara, a los ojos, aquellos ojos que de repente no eran en absoluto ya los ojos de un niño, sino unos ojos maduros, adultos e infinitamente atractivos, unos ojos a los que me acababa de entregar peligrosamente. Pablo se entregó al goce de mi masturbación, sobándome suavemente las tetas y mirándome con ternura, amor y deseo infinito. Y, a medida que su excitación aumentaba al ritmo de mi pajeo, tanto más crecían nuestro deseo y nuestras ganas.
Quiero pensar que entenderéis si os digo, y hasta os resulte normal, que en ese momento, y pese a todas mis divagaciones previas de aquella mañana, a pesar de haber tomado una decisiones por completo irracionales y equivocadas, ya que en ninguna de ellas había contado para nada con él, con mi primo, después de lo que habíamos hecho en el baño, y después de toda la noche, pues que efectivamente todo se me fue de las manos. Se me fue literalmente de las manos, sí: en concreto, a la boca. La cosa se puso complicada por un momento, claro, pues en aquel momento en el que yo ya no aguantaba más sin echarle un vistazo al portento que llevaba un rato magreando, se me hizo agua la boca, y todo se me hizo agua a la vez, me licué completita, y como una loca me vi abalanzándome sobre su falo con toda la boca abierta. Claro, nuestra postura en aquellas dos sillas era complicada y precaria, y nuestro equilibrio tuvo que ir reacomodándose en un deslizar lento y trastabillante hacia el suelo, en el que en todo momento mi boca se obstinaba por mantener aquella barra de carne dura bien adentro.
Pese a todo, aterrizamos en el suelo junto a la mesa, y aterrizamos bien. Pablo quedó tumbado boca arriba, en sentido inverso a mi cuerpo, que pasó sobre el de él quedando a cuatro patas con la cara pegada a un nabo duro y tieso que se alzaba en perfecta vertical, agitándose en convulsiones reflejas, golpeando mi cara empapándome con cada golpe con su babosa humedad, como si estuviera reclamando que le dejar volver de nuevo adentro de mi boca, de donde jamás debería haber salido.
Siempre me han dicho que soy muy buena comiendo pollas. Y siempre me ha gustado muchísimo hacerlo, desde la primera que probé… Os aseguro que las comidas que le hice a mi primo durante aquel día se encuentran sin duda entre las mejores y más jugosas y con más ganas que jamás he hecho.
Mi postura ahí a cuatro patas como una perrita comiéndole el rabo era malamente soportable durante demasiado tiempo, y evidentemente pronto fui bajando el culito y empezando a acostarme sobre él. En parte por comodidad para poder mamar mejor y más fácil, claro, pero en mayor parte, también, para acercarle la entrepierna a la cara, ya que no en vano mi coño llevaba rato pidiendo guerra. Pablo se había puesto a jugar con él, claro, cuando se lo coloqué delante de la cara. Estirando sus brazos había empezado a sobarme el culo y la entrepierna empapada, y a meter sus ávidos dedos bajo la tela y entre mis pliegues. Intentó bajarme las bragas varias veces, a lo que yo respondía, invariablemente, tirando hacia arriba de la tela para tratar de evitar quedarme expuesta por completo. No sabía cómo había vuelto a acabar en aquella postura otra vez, tan rápidamente, pero sí sabía que por nada del mundo quería dejarla. Así que me limité a comer y dejarme comer, simplemente concediendo a los restos desmoronados de mi plan de acabar el día tranquila el tratar de mantener mis bragas en su sitio. Claro, con una mano tirando de las braguitas, mi otro brazo no aguantó mantenerme en vilo, y fue cuando acabé dejándome caer sobre Pablo, y plantándole el coño abierto en la cara de paso. Sus dedos, y diría que su lengua también, se introdujeron de inmediato en mi concha temblorosa. Yo tenía las patas abiertas de par en par, y el sexo tan perfectamente rasurado, sin el menor rastro de pelo, y estaba tan desmesuradamente abierta y cachonda, que me encontraba infinitamente más expuesta a su lujuria de lo que jamás lo había estado antes de manera que él no tuvo más que apartar un poco la estrecha tira del tanguita de Nuria para penetrarme. No iba a ser yo quien se lo impidiera, desde luego. En cualquier caso, la exposición absoluta de mi coño sin duda tenía cautivado a mi primito, porque se obstinó en dedicarme una comida tras otra, sin tratar de forzar la penetración más allá de lo que de por sí alcanzaba su larga lengua, si bien sus dedos tampoco trataron de ir más allá del magreo interno y externo necesario para ayudar a hacerme gozar como una perra. Mi primo estaba disfrutando al máximo el que yo le plantara el coño en la cara así, y por ello se esmeraba en repetirme sus mejores cunnilingus, sin intentar siquiera hacer amago de sustituir aquella práctica divina por la penetración o el más salvaje de los dedos.
No tardamos en corrernos los dos; yo por duplicado, para más datos. Rodé de lado en el suelo, exhausta y avergonzada. Pablo se tomó un rato para recuperar las fuerzas, y pronto lo tuve tumbado junto a mí, abrazándonos los dos y besándonos con auténtica pasión de enamorados.
- Joder… te quiero mucho, primo… - solté, incapaz de aguantarlo más tiempo dentro de mí.
- Y yo a ti… Laura, prima… mucho… - me contestó él con mucha más naturalidad de la que yo había empleado para decirlo, y me hizo al decirlo en voz alta la mujer más feliz del mundo – te quiero tanto prima, que te juro que si no tuvieras pareja ya, serías mi novia…
- ¿Pero qué dices, Pablo? – le pregunté de repente con un tono quizás algo alarmado, aunque en realidad estaba entre extrañada y divertida. - Que yo no tengo pareja… - durante el desayuno él había estado intentando sonsacarme sobre eso. Me había preguntado por mis amigas, y se quedó flipado de que Nur estuviera casada y de que María estuviera buscando niños incluso. Me obligó a hacerle un repaso completo de todos los amigos y amigas que él conocía para saber su situación sentimental, y luego me acabó haciendo un exhaustivo interrogatorio sobre los novios y líos más importantes que había tenido yo. Aquella vez fue la que le confesé lo de mi cuñado Guille con todas las de la ley y con todo lujo de detalles… se quedó todavía más flipado, claro, pero lejos de juzgarme me di cuenta de que se había sentido poderosamente estimulado por la revelación de la bisexualidad de Guille. Mejor, pensé, si se lo quiere tirar no se le ocurrirá pensar mal de que me lo haya tirado yo antes…
- Ya, bueno, Laura… que a mí no me engañas.
- Pero que es así, yo ahora mismo no estoy con nadie…
- ¿Pero por qué dices eso?
- Es que no sé por qué lo dices tú.
- Porque es verdad, prima.
- Joder, que no.
- ¿Qué te apuestas?
- ¿Ya estás otra vez con las apuestas, Pablo?
- Es que no me ha ido mal… - me sonrió pícaramente.
- Pues ya te digo que esta la pierdes…
- ¿Eso es que te atreves?
- ¡Que no! Joder. Además, si estás pensando en tu hermano, ya te digo yo que no…
- ¡Que no estoy pensando en mi hermano!
- ¿Entonces?
- ¿Quieres saberlo?
- Claro…
- ¡Pues apuesta!
- Joder, Pablo…
- ¿Vamos, qué te cuesta?
- ¿Pero por qué…?
- Porque quiero confirmarlo.
- ¿Confirmar el qué? De verdad, Pablo, que no hay nada que confirmar… - mi tono había sonado, de repente, evidentemente dubitativo. La acababa de cagar.
- No te atreves.
- ¿A qué?
- A apostar. Sabes que lo adivinaría y no te atreves.
- Es que aunque fuera verdad…
- Que lo es – su terquedad me asustaba, aunque también, inevitablemente, me ponía caliente.
- Pues es que si lo es no lo ibas a adivinar jamás – traté de parecer firme y segura.
- Me estás dando la razón.
- ¿En qué?
- En que estás con alguien.
- Joder. Bueno, primo, ya está bien. No pienso apostar ¿vale? No quiero que sigas con esto.
- ¿Qué te apostarías?
- ¿Cómo?
- Si quisieras apostar. ¿Qué te apostarías?
- Pero que te estoy diciendo que no quiero apostar, Pablo… - otra vez mi tono caía de la determinación a la duda con demasiada evidencia.
- Ya, pero te digo si quisieras. Por curiosidad…
- Mira, primo…
- Joder, Laura, dime al menos eso… hazlo por las buenas corridas que te acabo de pegar – me puse roja como un tomate – te has puesto roja, prima.
- No me he puesto roja
- Poco que no – me resultaba flipante estar así con aquel niñato. Me estaba poniendo caliente, además – dos veces seguidas, en esta última comida. ¿O te crees que no me doy cuenta? – puto cerdo, pensé ¿cómo coño era capaz de quedar siempre por encima de mí aquel niñato?
- Te haría una apuesta de verdad. Lo de ayer se iba a quedar corto con lo que…
- ¿Quieres apostar, entonces? – Pablo sonrió de oreja a oreja al preguntarme eso.
- ¡Que no, jo! – Te digo que, si lo hiciera, aprovecharía para machacarte, primo. No quiere decir que lo vaya a hacer, pero si lo hiciera no tendría piedad. Aprovecharía que sé que iba a ganar seguro… Bueno, tú has preguntado qué apostaría y…
- Y no me lo has dicho – empezaba a sentir como si mi primo me tuviera jugando a la pelota y fuera capaz de devolverme todos y cada uno de mis lanzamientos con total facilidad, mientras que a mí cada vez me resultaba más difícil y agotador seguir su ritmo. Iba a cometer un fallo en cualquier momento, lo sabía. Aquel crío del demonio me estaba sacando de mis casillas… las ganas de follármelo estaban creciendo ya exponencialmente.
- Pues eso, que te haría una apuesta de verdad…
- ¿Te parece poca la apuesta de ayer? – joder, no me daba tiempo ni a pensar…
- Bueno… he de reconocer que no me esperaba que llegases… que llegaseis tan lejos, la verdad – los ojos de Pablo brillaron desmesuradamente – pero bueno, no todo va a ser sexo, a ver… - traté de salirme por la tangente, antes de que fuera demasiado tarde. Afortunadamente, había sido capaz de reaccionar a tiempo y dejar de meterme en el pozo en el que yo misma me estaba enterrando. Y, sin embargo, aquel calor, aquella excitación creciente en todo el centro de mi coño era implacable, era del todo innegable ya. ¿Y si…?
A ver. Estaba cachonda. Quiero decir, llevaba caliente toda la mañana, pero en todo momento me había autoconvencido de ir relajando el ambiente para tratar de anular por completo durante aquel día el efecto brutal que nuestra pequeña orgía nocturna había tenido. Y, sin embargo, debía admitir ya que mi primo, o tal vez yo misma, o yo qué sé, la vida, si es que igual ya nada podía ser de otra manera y, sencillamente, había llegado ya el momento, por mucho que me quisiera parecer a mí que todavía era demasiado pronto… daba igual: me moría de ganas de follar con Pablo. De repente, me vi dudando, buscando la manera de tentar mi suerte sin que pareciera que lo hacía, me vi obligada a disimular para no ser demasiado obvia… Pero Pablo me tenía tan descolocada, con una sensación de inferioridad tan incontrolable… De repente me había visto en una magnifica posibilidad de liarle para acostarme con él y... ¡no podía ser cierto! mmmm ¿realmente iba a pasar ahora? Después de todo lo que… Pero, ¿realmente era eso lo que quería? Joder… ¿cómo lo había hecho? ¿Pero cómo podía haberme puesto tan sumamente cachonda, de repente? No era, ni mucho menos, lo que yo había pensado, pero es que, de repente, me apetecía tantísimo... El problema es que ya estaba actuando sin pensar. Aquel frenético peloteo mental al que me tenía sometida mi primo, con sus preguntas y respuestas insaciables, que apenas me dejaban hueco para tratar de colarme y escapar de aquel laberinto tupido y espeso en el que me estaba encerrando poco a poco, como quien no quería la cosa… Claro, en una situación así no conviene tomar decisiones, y menos decisiones como la que yo estaba tentada de tomar. Y, menos todavía, tratar de hacerlo intentando quedar por encima de mi primo, cuando era precisamente él quien había sido incapaz de reducirme, desarmarme, encerrarme y controlarme por completo, por mucho que yo pareciera no querer ser consciente de eso. Naturalmente, con los nervios, fui incapaz de pensar algo que tuviera el más mínimo sentido y, pese a ello, en lugar de tratar de echar marcha atrás para salir de allí cuanto antes, volvía a hacer la tontería de siempre, la absurda respuesta que, una vez tras otra, me había hecho caer estrepitosamente ante mi primo: huir hacia delante. Lo malo era que aquella vez podía ser la última que cayera, porque mi primo no me iba a seguir perdonando eternamente… No tenía apuesta. No tenía nada. No sabía ni qué demonios quería, en realidad. Era incapaz de pensar. Era incapaz de pensar con otra cosa que no fuera el coño, la verdad. Y así, como una niñata estúpida, salí con lo primero que se me ocurrió. No estaba, ni de lejos, a la altura necesaria para poder controlar a mi primo…
- Vamos, Laura… ¿qué apostarías?
- Te ibas a enterar. Si te ganara, que te iba a ganar… te iba a afeitar todo el cuerpo ...como lo que te hice casi entero en la polla... - añadí, instantáneamente enfadada por la tontería que acababa de decir. Joder, aquello podría haber sido una pasada en cualquier ocasión, pero después de la noche y la mañanita que le había regalado a mi primo, parecía lo más estúpido y ñoño que te podías imaginar, así que añadí, improvisando, aquel último comentario sobre su polla para, al menos, dejar claro en el ultimo momento que el matiz sexual, pese a lo que le había dicho antes, era total y absoluto...
¿Por qué coño había hecho eso? No sé, ya digo que me había llevado a donde yo no quería estar. Y que me había hecho desear algo que me había jurado no querer. No todavía. Pasaba también que, al comerle yo la polla un momento antes, con lo de nuestro 69 y demás, pues aunque yo me había esforzado bastante en evitar que él terminara de desnudarme del todo, bajándome las braguitas para comerme sin molestias, resulta que él no se había preocupado en absoluto de eso. Es cierto que, dado que la enormidad de su erección me habían impedido sacársela por arriba, pues todavía seguía con sus slips puestos pero, claro, aunque se le había bajado la trempada no la tenía ni mucho menos en reposo. Y con mi mamada le había dejado los calzoncillos retorcidos, medio bajados y deformados. El vello de su pubis, largo y sedoso pero pulcramente rebajado y nítidamente recortado por mí misma días atrás había estado asomándose provocadoramente en todo momento durante nuestra inédita conversación. Evidentemente me había agarrado como una desesperada a aquello como única tabla de salvación posible a la hora de tratar de echarle un órdago a Pablo. Pero yo sabía que aquel salvavidas a por el que me había lanzado como una estúpida había estado fatalmente pinchado desde un principio. No podía dejar de pensar que, haber hecho aquello en aquellas condiciones evidenciaba una actitud abiertamente suicida que solo podía reafirmarme la fuerza con la que yo misma estaba empezando, de repente y sin motivo, a pisar el acelerador que me llevara a consumar lo inevitable con mi primo.
Pablo rió. Había entendido que yo misma estaba a punto de ponerme la soga al cuello. Y entendía también a la perfección que aquello solo podía significar lo que, evidentemente, significaba.
- Está bien, prima… - afortunadamente, Pablo no estaba muy dispuesto a seguir perdiendo el tiempo conmigo.
Me sentía de repente como si estuviera ante un hombre adulto, maduro incluso… un dominante, un Amo capaz de someter a cualquier mujer a su voluntad. Como si, de repente, para mí lo importante hubiera dejado de ser el seguir resistiéndome a sus enfermizos deseos y ahora fuera yo quien estuviera obsesionada en tratar de resultar la esclava perfecta de su voluntad, de ser digna de él y poder resultar, por fin, admitida y aceptada como víctima para el más elevado y más perfecto (y más definitivo, también) de los sacrificios. Mi primo decidió jugar todas sus cartas de una sola vez. Se levantó un momento, y cogió un taco de papel de notas y un bolígrafo del cajón de los papeles de mis padres. Garabateó un “Si Laura gana la apuesta podrá afeitar a Pablo todo el cuerpo por completo”, y puso la nota frente a sí. Luego tomó otro de los papelitos del taco de notas, escribió una cosa en él, lo dobló en dos y me lo dio, diciendo:
- Si yo gano, tú haces eso.
- No pienso follar contigo ahora, primo – me escuché diciendo, como si alguien más en la habitación estuviera por fin velando por mí, tratando de mantener la cordura y poner un mínimo de cabeza en todo aquello.
- Lee primero el papel, y luego me dices – fui incapaz de reprimir mi curiosidad, aun a sabiendas de que mi única opción de parar todo aquello era romper aquel papelito en mil pedazos y salir de allí cuanto antes, alejarme de él y cortar aquella absurda conversación de raíz.
Cogí el papel y, no sin dudar por un último instante antes de abrirlo, leí en silencio mis condiciones: "Si Pablo gana la apuesta Laura se desnudará completamente y dejará que Pablo le unte crema por todas partes todo el tiempo que él quiera y luego le mamará la polla y le hará una paja con el coño". Maldito cerdo, pensé… ¡Era perfecto! Pero era... ¡demasiado! no podía entrar en eso, no… aceptar una proposición así de bestia, así de explícita… una que él mismo había puesto por escrito, además, de su puño y letra... Yo que estaba convencida de que él iba a ser tan evidente como para poner, directamente, que yo iba a tener que dejar que me la metiera, tan dura, tan grande, tan caliente… ufffff. Aquel niño era un loco pervertido, no era normal que pensara aquellas cosas, y mucho menos que me las pidiera así, tan crudamente, por escrito.
Pero era la jugada perfecta. Sencillamente. Estaba claro que yo le habría dicho que no, sin más, a lo de follar. Aunque me muriera de ganas. Pero… ¿cómo decirle que no a aquello? Tampoco era peor que lo que llevábamos horas haciendo. Ya había tenido así la polla en mi coño, no en plan pajearle yo, vale, pero ya habíamos llegado a ese punto de contacto… Joder, le había metido la punta dura a Mer. Le había llenado el coño de lefa. Yo quería sentirla allí. En la entrada misma de mi… Reprimí un enorme deseo, absolutamente irracional, de saltar sobre él. De follármelo ya.
No, no, ¡joder, Laura! Las cosas debían pasar... una cosa era dejarme hacer aquella barbaridad por él, aquello que había escrito y que… pero entregarme a él, sin más, no, no podía… Pero joder, una paja con el coño, algo así sí lo habíamos hecho ya, total ¿qué podía significar repetir ahora? Tenía tantas ganas… Pero era imposible que él me ganara aquella apuesta. Joder, que estaba con Nur. Pero nadie lo sabía todavía, claro, y nadie de mi familia iba a enterarse nunca (quizás Guille sí, vale). Ni siquiera a María se lo habíamos dicho oficialmente todavía, claro. Si casi ni nosotras mismas nos lo creíamos aún. Pero si Pablo me estaba pidiendo aquello tan abiertamente, solo podía significar... Cuando lo leí, confusa, no supe cómo reaccionar. Sería cabrón. Ponerme en aquella situación era digno del mayor de los sádicos, y más teniendo en cuenta que, aunque yo aceptara la apuesta, él nunca podría ganarla y yo me iba a quedar con las ganas. Joder. ¿Eso era lo que quería? ¿Dejarme con las ganas y que fuera yo quién…? Dios, me iba a estallar la cabeza. Era incapaz de saber qué responder ni cómo reaccionar.
Reaccioné mal, claro. Me hice la ofendida y le solté una bofetada. Absurdo, pero consideré que lo único seguro era que yo debía interpretar mi papel hasta el final. Además que no pensaba seguir dejándome mangonear por él más. Las cosas sucederían cuando yo lo dijese pero, sobre todo, sucederían como yo lo dijese. Y no cuando Nurita o Meri quisieran, y mucho menos cuando y como lo decidiera aquel sátiro insensato.
Inmutable, me dijo:
- Eso es que aceptas, ¿verdad? - Hijo de puta... pensé.
Respondí enfadada:
- ¡No, no! ¡Ni de coña!
- ...
- Joder, primo. Vale. Sí. Acepto la apuesta – su cara permanecía inmutable: ni rastro de asombro, ni rastro de sorpresa. Solo al advertir mi nerviosismo, cuando mi hablar tembloroso denotó que a mí me faltaba el aire, en su boca asomó un amago de sonrisa. Aún así, conseguí continuar, tratando vanamente de mantener un resto de dignidad - Pero esta cerdada te va a salir cara, te lo advierto. Cuando hablo de afeitarte todo el cuerpo incluyo la cabeza.
Me tiré aquel inútil farol, subiendo además la apuesta por la cara, pasándome cualquier norma por el arco del triunfo. Naturalmente quería que él se atemorizara, quizás, o que se cabreara por mis trampas, más bien, y acabáramos con esta absurda tontería.
- Sabes que no me vas a ganar, Pablo. Es imposible que lo hagas. Estoy convencida de que tengo razón, y voy a disfrutar dejándote calvo primo - seguí presionando contra toda razón.
- Está bien. Pero primero prométeme que si pierdes cumplirás lo acordado. - Mierda, o su aplomo era infinito o estaba demasiado seguro... No era posible, trataba de decirme a mí misma…
- Pablo, yo creo que ya está bien con esta tontería, ¿no?
- Has aceptado, Laura. ¡Ahora no puedes echarte atrás! – por primera vez la cara de mi primo se arrugó en un infantil mohín, y durante un segundo volvió a ser lo que era en realidad: tan solo un niño - ¿O es que no quieres que te lo haga…? – su gesto se volvió a endurecer salvajemente, torciéndose en una sonrisa pícara.
- Pero es que no me vas a ganar, Pablo… es imposible… no puedes…
- Promételo, Laura - Joder, ¡¡¡¡no había tiempo!!!!
- Está bien, está bien. Lo prometo. – dije; otra vez la patada hacia delante – Pero hazlo tu también – añadí, en un vano intento de recuperar terreno. Joder ¿pero cómo coño iba yo a explicarle a mis tíos que había dejado calvo a su hijo pequeño? Sin hablar del resto de su cuerpo. De su sexo…
- Lo prometo, claro. Aunque no me va a hacer falta – Cabrón. Él lo hizo sin dudar, y solo ver su cara en aquel momento me hizo entender que estaba perdida. Pero… ¿cómo coño? ¿Cómo había conseguido que yo aceptara aquella absurda apuesta? Mi cerebro trabajaba a toda velocidad. Pero no veía más salida, si Pablo no estaba convencido de que yo estaba liada con su hermano, solo podía pensar que tenía algo con Javito, al que él no solo conocía, sino que habíamos llegado a follar los tres juntos aquella vez que… Joder, es que estaba claro. No podía ser de otra manera… Y, sin embargo, ganar aquella apuesta no solo no me iba a aportar nada, sino que me iba a meter en un lío monumental. No podía cumplir mi premio. Mis tíos llegaban en dos días… Al final iba a joderlo yo solita en el último momento…
- A ver, prima… está claro que estás con alguien. Poco menos que lo has admitido, así que… no vale que tu respuesta ahora sea que no estás con nadie. ¿Vale?
- Pablo… - traté de protestar pero no sabía cómo. Aquello era una locura absurda – Esto es estúpido – sentencié.
- ¿Vale? – Pablo no iba a parar ya.
- Vale, sí, vale - Me estaba enfadando pero bien. Pero conmigo misma.
- Y una última cosa.
- ¿Qué quieres ahora?
- No vale mentir, ¿vale? Lo sabré.
- ¿Cómo…? – aquello me había dejado fuera de combate. ¿Qué era aquello de que lo sabría? ¿Cómo podía tener tanta seguridad en…? Y yo que estaba justo en aquel momento pensando en mentir, en decir que sí, que estaba con Javito para que él pudiera ganarme la apuesta y… porque yo lo que quería era…
- Que voy a saber si me mientes, prima.
- ¿Pero tú no…?
- Vamos, Laura. Has aceptado, prima. Lo prometiste… - otra vez volvía el niño, casi como si estuviera jugando en el patio del colegio. Me dolían los pezones de la excitación. Estaba verdaderamente caliente.
- ¿Cómo quieres que lo hagamos?
Pablo cortó otros dos papelitos del taco de notas. Tapándose con la mano, escribió algo rápidamente y dobló su papel en cuatro. Dejó aquella pequeña bomba junto al papel donde había escrito su lasciva y guarra apuesta, delante de él, y empujó el boli y el otro papel, avanzándolo hacia mí. Como llevada al matadero tomé el boli y escribí el nombre de Nuria en mi papel. Cuidadosamente lo doblé en cuatro, y lo dejé junto a mi apuesta. Miré a mi primo.
- Pues ya está – sonrió.
Cogió su papelito con el nombre, y extendió su mano vacía hacia mí. Yo hice lo mismo, y solté mi papelito en su mano al tiempo que el hacía lo propio en mi mano vacía. Con el corazón en la boca, desdoblé el pequeño papel.
“NURIA”
El nombre de mi amiga estaba garrapateado con letras mayúsculas de niño con mala caligrafía. Junto a él colocó Pablo el mío, en el que figuraba el nombre de mi amada en primorosa letra femenina, minúscula y cuidada.
- Pero… ¿cómo…? – no daba crédito a lo que acababa de pasar.
- Joder, es evidente, prima… - Pablo se carcajeaba.
- Pero… - no sabía qué decir, era incapaz de reaccionar – no es posible, Pablo, tú no… - era del todo imposible que él supiera aquello - ¿nos has estado espiando? ¿has escuchado algo que…?
- Bueno… ya sabéis que os he estado espiando, claro… pero no ha sido por eso.
- Pero has escuchado algo que…
- Como si hiciera falta, prima.
- Joder, Pablo…
- Has perdido, prima.
- Pablo, no… Tú no puedes…
- Lo has prometido – mi pequeño primo era incapaz ya de reprimir su sonrisa.
- Joder. ¡Joder!
- ¡Has perdido! – se levantó él, gritando.
Yo me levanté con él, pero sin más salí corriendo, confundida y asustada. ¿Cómo era posible que mi primo se hubiera dado cuenta de que Nuria y yo habíamos pasado por fin, después de tantos años de tonteo y sexo sin más, a decidirnos a establecer una relación más profunda, más íntima, más especial? Me metí en mi habitación y cerré la puerta de un portazo. Sin embargo, mi primo no tardó en aparecer allí, abriendo la puerta airado:
- Prometiste cumplir tu parte.
No podía negarme. Pero, sencillamente, no podía entregarme sin más a aquel depravado.
Le miré cabrada. Aquel mocoso no podía salirse con la suya, es que no podía ser que todo fuese a acabar ahora así, por aquella tontería. Era poco... ¡romántico!
Mi coño rezumaba abundante flujo. Mi cuerpo temblaba y mis pezones estaban duros y erizadísimos, apuntando furiosamente a su cara.
Le miré con cara de cabreo.
- Te mueres de ganas, prima.
- ¡Qué coño dices!
- Mírate, joder. Con esos pezones de guarra que tienes…
- Pablo, soy tu prima mayor… ¡no puedes hablarme así!
- Sí, eres la zorra de mi prima mayor – dijo, sobándose su desmedida erección, que tenía ya a punto de desbordar literalmente su maltrecho slip – y estás caliente como una cerda.
- Sal de mi habitación, Pablo – no podía quitar los ojos de aquella mano sobándose tan impúdicamente el sexo delante de mí.
- No pienso hacerlo. Prometiste cumplir tu apuesta.
- Eso es una guarrada, primo.
- Una guarrada, ¿eh? – su mano parecía que iba a arrancarle aquella tranca brutalmente endurecida del cuerpo – pues tú estás deseando que te la haga ya, guarra…
- Qué dices… - por un momento me sentí sucia, y mis manos hicieron el torpe amago de taparme las tetas en un gesto tan absurdo ya como inútil.
- Por favor, Laura… que te huele el coño lo más grande…
- Joder… primo… - mis manos cayeron después de haberme hecho ver las estrellas con solo un ligero roce sobre mis pezones durísimos. Mi mano derecha deslizó sobre las braguitas de Nur. Estaban empapadísimas. Pude sentir mi coño abierto y empapado al dejar deslizar mi dedo corazón hasta mi entrada. Efectivamente, el olor de mi coño llenaba implacablemente toda la habitación.
Refunfuñando como una niña, me quité la braga tirándola con furia contra la pared y, ya completamente desnuda para él, de nuevo, salí de la habitación y al momento volví con un bote de crema que tenía en el baño en la mano. Él puso cara de triunfo. Tiré el bote sobre mi cama, y me tumbé en ella boca abajo.
- ¡Eres un guarro! ¡Proponerle algo así a tu propia prima!
Joder, lo que en realidad odiaba no era lo que iba a pasar, que me moría de ganas de que pasara, sino que fuese a pasar así, que fuese a pasar por SU decisión, y no por la mía. Aquella humillación por la manera en que él había estado jugando conmigo toda la mañana. Iba a llegar hasta el final, y lo iba a hacer porque yo era una puta y una tonta y me iba a entregar a él como una puta estúpida e incapaz de controlar a un crío como él porque lo único que pensaba era en follar con una guarra. Sin poder jugar a fingir luego que todo había sido inevitable, que no podía haber hecho nada por evitarlo. Todo aquello era demasiado para mi orgullo.
Y, desde luego, él estaba disfrutando de su victoria.
Pablo cogió la crema y se fui directo a mi culo. Lo sobó con ganas. Con las dos manos. Con todas esas ganas acumuladas en meses de negativas constantes.
Era humillante.
-¡Guarro! - le solté, por decir algo. Yo estaba temblando.
Pero temblaba de placer.
Él me agarraba las nalgas y las separaba para ver bien mi ojete. Me metía los dedos por la raja del culo y, bien untado en crema, me masajeaba el ojete con la yema del dedo índice. Hijo de puta… me dije… qué placer… Entonces sin previo aviso, Pablo me metió el dedo en el culo. Fue de un solo golpe, entero, hasta el fondo. Mi coño rugió. Sorprendida, me quejé:
- ¡Eh, pero qué haces! – sigue, fóllame primo, fóllame entera, fóllamelo todo, me decía a mí misma.
Aquel dedo empezó a pegar fuertes empujones hacia lo más profundo de mi intestino, dilatándome el ano al máximo y girando en el fondo de mis entrañas. Mi primo no se iba a parar ante mis quejas. Más bien al contrario.
Su prepotencia me ponía enferma, aunque más enferma me ponía estar disfrutándolo tan bestialmente. Porque estaba a mil, y yo ya sabía que, por más que me jodiera reconocerlo, me iba a dejar follar entera cuando él, en vez del dedo, me metiera el rabo.
- La apuesta incluía untarte crema por todas partes – me dijo con recochineo.
Pasé de contestar ya. Estaba sintiendo demasiado placer y, la verdad, creo que a aquellas alturas ya habría sido hasta incapaz de articular palabra. Así que me callé como una puta, y me dispuse a disfrutar… como una puta, mientras mi primito me metía y sacaba el dedo del culo con morbosa cadencia. Yo mordía ya mi almohada para no gritar de placer.
- ¿Estás disfrutando eh? Date la vuelta, guarra.
Lo hice, tapándome absurdamente las tetas con un brazo y el chocho con la otra mano.
- Quita las manos, pedazo puta. Quiero sobarte las tetas. Y sabes que tengo derecho a hacerlo.
-¡Marrano! – le contesté, como si en vez de una mujer madura fuera yo una niña con poco más de diez años. Pero, a pesar de todo, obedecí y levanté los brazos, poniendo las manos detrás de la cabeza con gesto lascivo. Me moría de ganas de que me hiciera gozar.
Mirándome directamente a los ojos, mi primo se puso a sobarme mis excitadas tetas con una mano. Con la otra, se bajó por fin su estiradísimo calzoncillo y me dijo:
- Qué buena estás, zorra. Mira. La tengo completamente tiesa. Por ti, Laura. Llevo así un año, por ti, prima…
Tras mirarla un momento, y tragando saliva, muerta de deseo, conseguí volver la cabeza hacia el lado contrario diciendo:
-¡Qué asqueroso! – Pablo solo respondió agarrándose aquella dura mandanga y usándola para golpear con violencia mi cuerpo.
Mi orgullo me pesaba como una losa, pero él no le dio importancia y, ignorando mi fingido enfado, se dedicó a aprovechar mi completa y explícita sumisión real. Pasó un largo rato aprovechándose del estado de excitación integral de mis tetas y luego, lentamente, fue bajando por mi estómago hasta mi chocho. Yo le abrí las piernas, porque estaba desesperada, y él tampoco le dio más vueltas y se puso a hacerme una paja en toda regla. Yo estaba en el cielo, desde luego, porque las ganas que tenía de que Pablo me tocara así el coño eran descomunales. Pero parecía que también él lo estaba disfrutando todavía más que antes, más que nuestros 69 de por la mañana y más incluso que todo lo que había pasado por la noche, ya que mi renuente sumisión le estaba poniendo inconcebiblemente caliente. Mi primo notaba que yo no dejaba de resistirme pero, a pesar de todo, le iba concediendo el permiso para todo sin que él tuviera ya siquiera que pedirlo. Y así, él iba derribando con saña todos y cada uno de nuestros tabús autoimpuestos durante mis largos y desesperantes meses de prohibición.
Mi primo me pajeó con decisión y rapidez hasta llevarme al límite, pero el hijo de la grandísima me volvió a hacer la jugada de la tarde anterior. Sin dejar de mirarme, esperó a que encogiera los dedos de los pies, señal de que estaba al borde del verdadero y definitivo orgasmo, y entonces paró en seco. Yo estaba tan en el séptimo cielo que me había olvidado por completo de la situación, abandonada al disfrute y al vicio. Así que, cuando me dejó caer desde allí, privándome de la explosión total, mi cara era un poema. Tuve claro que me había dejado al borde del orgasmo a propósito, pero no podía decirle nada sin reconocerle que aquello me gustaba. Estuve a punto de hacerlo, pero mi estúpido orgullo volvió a hacer acto de presencia, y más fuerte que nunca.
Aquel idiota, aquel mocoso. Estúpido, si me hubiese terminado en aquel momento, todo habría sido coser y cantar. Yo hubiera perdido de golpe todos mis pudores, incapaz de seguir negándole, de seguir negándome a mí misma ni un segundo más aquel placer tan total y tan deseado. Podíamos estar follando ya...
Pero él tenía ganas de jugar.
Estaba claro que Pablo y yo íbamos a llegar hasta el final. Y que la cosa no iba a ser normal ni evidente. Pero, por primera vez, entendí que no estaba en absoluto en mi mano fijar las condiciones del cuándo ni el cómo.
Mi primo me besuqueó la cara soezmente, estampando sus morros contra mi boca cerrada, forzándome a abrir los labios para dejarme llena de babas y lengua. Después de eso, me dio varias largas lametadas en mi sobaco derecho, extendido y perfectamente expuesto junto a su cara, llevándose todo mi sudor espeso y agrio, que dejó sustituido por abundantes grumos de saliva olorosa.
Después de aquello, simplemente se separó de mí. Noté una oleada de aire caliente refrescando la parte ardiente y sudada de mi piel sobre la que él había estado apoyado. Bajo mis pechos hinchados y vientre abajo se deslizaba un río de líquidos preseminales que su pene empalmadísimo me acababa de soltar encima.
Pablo se tumbó boca arriba en la cama, y me dijo:
- ¿Ya sabes lo que toca ahora, no?
¿Quieres tu juego, primo? pensé. Tu estúpido juego. Tú veras...
Sin hablar ni media palabra, me puse de rodillas en la cama a su lado, de espaldas a su cara, apenas girada de medio lado para poder mirar a su portentoso miembro, y le dije, tratando de evitar que mi orgullo en demolición me hiciera desmoronarme por completo a mí misma:
- Solo un mocoso salido puede querer que su prima le masturbe – pero, antes de acabar la frase, yo ya tenía su polla firmemente sujeta en mi mano.
- No quiero que me masturbes, Laura. Eso ya lo haces. Tú sabes que yo lo que quiero es follarte.
Aquella vez ya no aparté la vista. Ni participé en su juego de otra manera que no fuera obedeciendo, con total sumisión. Mi primo, aquel crío, aquel niño al que casi triplicaba la edad, se había convertido de pronto en mi amo. Cuando notó aquel cambio profundo pero evidente en mí, Pablo empezó a mirarme con un ansia especial, absolutamente incontrolada por primera vez en toda la mañana, mientras se la meneaba. Yo me estaba desmadejando de sentirle tan duro, tan caliente, aquel cipote de semental… mi cuerpo cedió, la rigidez de mi orgullo se quebró, y mis piernas se abrieron… traté de llevar mi mano libre allí para aplacar aquel calor insoportable, pero cuando me quise dar cuenta él ya me había visto y había aprovechado para meterme una mano por detrás, bajo mis nalgas, por en medios de mis piernas, y me estaba acariciando otra vez el chocho, de la manera más lujuriosamente posesiva que había hecho nunca.
Pablo me estaba tocando de una manera poderosa, excitante y especial, a pesar de estar haciéndolo sin poder verme y desde atrás. Su mano, aquella mano sensitiva y precisa, de dedos largos y sabios, había avanzado sus dedos índice y corazón siguiendo el perfil de mis labios menores encharcados, hasta la base misma del capuchón de mi clítoris. Tan solo un par de pasadas decididas a ambos lados de aquel órgano de placer bastaron para hacerlo salir de su escondite y empalmarse insensatamente para mi primo. Aquellos dos dedos lo recorrieron, ya duro, un par de veces arriba y abajo. Gemí si poder reprimir aquella demostración de placer desmedido; total, mi coño acababa de empaparle la mano, y yo sabía que lo que venía ya iba a hacerme imposible disimular nada. ¿Cómo era capaz aquel cerdo de conocer tan bien mi cuerpo? Su movimiento suavemente masturbatorio de mi clítoris empalmado lo obligo a terminar de desperezarse y a abandonar su cálido y húmedo refugio. Por completo. Nunca antes había estado tan empalmada con mi primo. Su propio nabo se endureció al máximo, vibrando en mi mano como si estuviera respondiendo a la propia vibración de la parte más íntima y sensible de mi sexo, que se había puesto como una pequeña piedra afilada entre los dedos de Pablo. Mientras me lo pajeaba así, el lateral de aquella mano, todo aquel largo dedo índice hasta donde arrancaba por fin su intrépido pulgar, se estaban refregando contra mi vulva abierta, separando cada vez más el nacimiento de mis labios menores, abultados y salidos entre las blandas aunque turgentes almohadillas de los mayores, liberados totalmente de pelo y expuestos a mi primo para su exclusivo placer. Su dedo pulgar había estado deleitándose con la inédita suavidad de mi piel en aquel punto, excitando cada vez más mi entrada, hasta que terminó por colarse dentro de mí, o mis propios labios mayores se las arreglaron para engullir su dedo. Y así, mientras sus otros dos dedos seguían pajeándome el clítoris y el lateral de su mano me refregaba toda la entrada, el pulgar empezó a repetir una y otra vez el largo y húmedo camino de mi raja, desde mi ano palpitante hacia delante, machacando y empujando las gruesas y agitadas membranas de mis labios menores, masajeándolas con furia hasta que, en su implacable avanzar, aquellas dos almejas babosas quedaban atrás, volviendo elástica y húmedamente a su sitio, y su dedo completaba el camino de mi raja ardiente hasta golpear también mi clítoris. Y entonces Pablo me hacía jadear como una pequeña furcia para él, justo antes de devolver su dedo gordo hacia atrás, haciendo una honda y chapoteante mojadita en lo más hondo de mi coño antes de sacarlo del todo y volver a empezar.
Al sentirle entrar por primera vez así en mi potorro abierto, separé un momento mis labios, pero no dije nada. Estuve tentada, al ver su ultimo atrevimiento, su ultimo impulso hacia mí, hacia mi cuerpo, hacia mi sexo, de pedirle que siguiera, de pedirle follar. Puto Pablo… era un Dios. No. Me limité a jadear en plan guarra para tratar de sobrellevar aquel placer desmesurado lo mejor posible, casi como una embarazada utiliza la respiración rítmica y violenta para calmar sus dolores. La mente es poderosa, y así, aunque él siguiera con su mano hurgándome, al cabo de un rato yo ya no sentía nada. Para mí había llegado ya el momento en que con Pablo íbamos siempre a todo o nada. Y todo lo que no fuera follarme para mí seguía siendo estirar el juego. Él podía dominar mi deseo ya, no sé cómo lo había conseguido para llevarme hasta aquella situación, pero lo había hecho. Y, sin embargo, aunque demostrara aquel conocimiento exhaustivo de mi cuerpo, todavía no era plenamente capaz de dominar mi deseo por completo, por mucha maestría que estuviera consiguiendo demostrar entre mis piernas.
Me había costado, pero estaba controlando aquel ataque inesperado por lo elaborado, cuidadoso y perfecto. Pero no me iba a doblegar, no aquella vez al menos. Si Pablo quería jugar, me tendría jugando. Sin esperar su orden, fui yo la que dio libremente el siguiente paso de su guión: me la metí en la boca, enorme y desmesurada como estaba, me la metí completa para dentro, llegando a meterme la mitad de sus gordos y calientes huevos incluso, mientras vomitaba sobre ellos litros de saliva y de mocos. Mi primo se había visto obligado a soltarme al sentirme así, tan inesperadamente entregada y guarra. Y yo había conseguido mi objetivo: liberar mi coño, aunque ahora él me estuviera agarrando la cabeza para obligarme a incrustarme su larga verga todavía más dentro de la garganta. Pero Pablo pronto empezó a jadear y a agitarse con violencia: solo la extremadamente intensa y continua exigencia sexual a la que le habíamos sometido en las últimas horas había impedido que mi primito se me corriera en la boca antes de terminar de obligarme a cumplir mi apuesta perdida. Pero, evidentemente, seguía siendo nada más que un niño, y ni siquiera aquel cuerpo que mi lujuria ya tenía exprimido hasta la saciedad iba a poder soportar aquella mamada mucho más. Sus manos habían dejado de hacer presión sobre mi cabeza y, aunque no me dijera nada, estaba claro que él mismo estaba deseando sacarme la polla de dentro, así que fui yo misma la que abrí la boca al máximo y eché la cabeza lentamente hacia atrás para dejar salir a aquella serpiente encantada de mi interior.
Aproveché aquel momento en el que él estaba tan caliente, y me trepé sobre él montándome a horcajadas, bien abierta sobre su cuerpo, dejando aquella infernal barra de hierro al rojo por debajo de mi culo, y frotándome como una cerdita enloquecida para su cuerpo, buscando el orgasmo desesperadamente, aunque sabía que debía hacer todavía lo posible para retrasarlo.
“La paja con el coño”, me dije a mí misma, enloquecida, desesperada, dudando ya si iba a ser capaz yo misma de llegar hasta el final. Aunque me costó varios intentos, incapaz de controlar mi cuerpo ni de medir adecuadamente las distancias, conseguí agarrar su verga a mis espaldas y, levantando todo mi gordo culo me empecé a pasar su verga ampliamente por todo el chocho, abierto y hambriento como una fiera salvaje. No me había dado cuenta lo caliente que estaba yo misma pero, sin embargo, él si que lo sabía perfectamente: lo había notado sin la menor duda, y lo había estado esperando mientras trataba de aguantar él mismo el dolor en sus huevos mientras mi boca se obstinaba en tragar su pene sin control.
Aquel maldito demonio fue finalmente capaz de hacerlo: mi primo consiguió controlar su cuerpo y mi cuerpo para llevarme por fin al sitio exacto donde llevaba horas esperándome tener, desde que empezó a urdir aquel increíble plan suyo de la apuesta conmigo. No sé cómo fue capaz, pero esperó a correrse a que yo estuviese a punto de hacerlo. En realidad, creo que tampoco le resultó tan difícil puesto que, al fin y al cabo, yo estaba ya al límite, muchísimo más al límite de lo que yo misma había querido reconocerme. Lo cierto era que, mal que me pesara, realmente él conocía mi cuerpo tan bien o mejor que yo, mejor desde luego de lo que yo misma era capaz de entender el suyo, y eso que todavía entonces me preciaba de poder detectar y controlar con enorme precisión los orgasmos de aquel niño. Sin embargo, aquella aciaga mañana fue él el único que realmente fue capaz de valorar exactamente la situación. Y, entonces, cuando supo que yo ya no tenía vuelta atrás, me metió el dedo en el culo hasta el fondo.
Entendí entonces, demasiado tarde ya, que justamente había empezado así aquella sesión de sexo con la que me estaba cobrando su apuesta ganada, como si fuera una zorra de club a su servicio, para calibrar y recuperar el recuerdo de mi culo, de sus reacciones y resortes de placer más ocultos. Llevaba demasiado tiempo sin hacerme el culo, y estaba claro que necesitaba refrescar su memoria táctil… y lo había hecho para bien. Y ahora había llegado el momento en el que me lo iba a demostrar: con aquel dedo metido allí, bien adentro de mi culo, Pablo debió de poder notar las contracciones salvajes de mi vagina mientras él mismo se dejaba ir en chorros de lefa, al tiempo que me decía:
- ¿Con que marrano, eh? Dime, Laura, ¿quién es la guarra ahora?
No pude más, y me vine literalmente abajo, derrumbándome hacia atrás como un fardo. Por fortuna, todavía teníamos puesta junto a mi cama la cama nido que él había utilizado para dormir las siestas y algo más conmigo, por lo menos hasta que terminaba por pasarse a mi cama… y a mi cuerpo. Las camas estaban pegadas por completo la una a la otra, por lo que al dejarme caer hacia atrás, acabé quedando patas arriba en el otro colchón, momento que él, a pesar de encontrarse también en plena corrida, aprovechó para saltar sobre mí quedando perfectamente pegado a mis piernas abiertas. Me las separó todavía más, dejándome el sexo separado de par en par mientras me corría. Grité de dolor, o de placer, no sé, en el momento en que Pablo empezaba a repasarme bien su verga dura y eyaculante por toda la vulva. Aquello era salvaje, si antes él me había dicho que olía a coño, la peste a mar profundo que nos estaba envolviendo a ambos en ese momento era ya tan fuerte que dudaba de que fuéramos a poder sacárnosla algún día de encima. Una paja con el coño era en realidad lo que yo, casi tímidamente me parecía en aquel momento, le había hecho el día anterior… pero la manera en que estábamos frotando nuestros sexos en pleno orgasmo, como manera de culminación de su premio como ganador de nuestra apuesta, estaba siendo tan demoledoramente lujuriosa que yo empezaba ya a encadenar una corrida tras otra. Y el me repasaba su cipote una y otra vez por la concha, y yo no podía pararle ni quería pararle y me corría cada vez que él me apretaba el nabo contra la almeja abierta, y mis labios mayores se abultaban cada vez más hasta separarse según aquella cabezota moqueante me abría el chocho y me soltaba un chorro de lefa en la ostra y me lo metía a golpes en el agujero de la vagina. Pero cómo le iba a a echar yo nada en cara a aquel niño, si había perdido la apuesta, y no había sabido o no había podido o no había querido defenderme de él, de un pobre crío que ahora me estaba haciendo correrme una vez detrás de otra, y otra, y otra, y me había puesto toda perdida de semen y ahora me estaba rellenando todo el coño de su esperma y yo quería que terminara de matarme con su tranca y me la metiera ya del todo y me dejara embarazada para poder follarme también a nuestros hijos…
Y mientras me iba del todo y terminaba de perder la cabeza por él, Pablo me tocaba con tal osadía, de forma tan dominante, que os juro que en aquel momento me hizo sentir de verdad como su esclava, su sumisa, incapaz de reaccionar, con aquella inmensidad aplastada contra mi vagina, abriéndomela con el miembro plano, y no solo eso, sino apretándome fuerte los labios, hinchados, excitados, para acentuar nuestra sensación de contacto total, perfecto, mi primo me abría, me estaba abriendo con su polla, su capullo me rozaba la entrada y me masturbaba el clítoris al tiempo que todo su pene me pajeaba...
Aquella había sido sin duda la venganza definitiva de mi primo. No pude pensar en Meri, en su concha abierta recibiendo el semen del pequeño niño… ahora era yo la que estaba absurdamente abierta de patas como un pollo asado, llorando de placer y de vergüenza mientras Pablo jugaba con mi concha ardiente, haciéndome gemir y gritar más caliente que una perra, temblando de miedo y sin ser capaz de pronunciar aquellas palabras que se habían vuelto mi mantra, el único asidero que me quedaba en mi vida de puta calentorra: “métemela entera ya, por favor”.
Pero Pablo nunca había querido utilizar aquella oportunidad para follarme. Me tenía justo donde me quería tener. Después de 12 días, había conseguido someternos a las tres y volvernos absolutamente locas, hasta el punto de estar dispuestas a todo por llegar hasta el final con él. Pajeándose con firmeza, apretó su capullo con fuerza contra mi concha y empezó a empujar, mientras no dejaba de bañarme con sus líquidos en mi concha. En seguida pude notar aquel torrente de semen, continuo, ardiente, calmado pero feroz. Su semen me impregnó al completo, por fuera, pero también, abierta del todo como estaba, por dentro. Sentí como chorreaba, deslizando quemante por las paredes de mi vagina hasta el mismo cuello de mi útero.
La peste infame a coño con la que yo había bañado toda la habitación e impregnado nuestros cuerpos, se había mezclado finalmente con el chapoteante y ácido perfume a leche recién ordeñada de mi primo.
Naturalmente, en aquel momento yo estaba ya tan hecha un trapo, tanto física como emocionalmente, pero tan caliente al fin y al cabo, que él ya solo habría tenido que haber apretado un poco para haber entrado del todo. Llevaba días pensando en lo fácil que habría sido todo si él hubiera querido violarme, a pesar de su edad y su físico apenas adolescente. En aquella última ocasión ni eso hubiera necesitado. Su cabeza me había abierto. Me había entrado. Me estaba preñando. “Fóllame, mi niño” me decía una y otra vez, sin ser capaz de pronunciar aquellas palabras tan deseadas. Naturalmente, yo lo deseaba, pero me sentía una mierda. Me sentía la más grande de las mierdas realmente. Una y otra vez, daba lo mismo hasta dónde yo fuera capaz de avanzar, todo lo que yo pudiera dejar listo, encaminado, que él una y otra vez volvía a darle la vuelta... ¿Cómo era capaz de aguantarlo el muy cabrón? Pablo no iba a follarme nunca si no era yo la que me lo follaba a él primero.
Aquel pequeño bastardo, una vez repuesto, sencillamente se fue de allí. Yo no podía más, era incapaz de parar de jadear, de temblar. Cuando lo sentí arrastrándose por la cama y saltando al suelo, dirigiéndose entre golpes, jadeos y maldiciones hacia el ventanal abierto del jardín para escabullirse por allí, yo seguía todavía sollozando. Y, una vez que él hubo salido, dejándome sola tirada en la cama, rompí a llorar abiertamente. Le escuché entrando de un sonoro golpe en el agua de la piscina.
¿Por qué? ¡¡¿Por qué coño se iba de allí?!! ¿Por qué me dejaba sola?
¿Por qué me había hecho todo aquello?
Sin duda necesitaba reafirmarse después de todo lo que había hecho yo con él, puede ser cierto. Llevaba días, meses en realidad, todo un puto año jugando con él. Y ahora me lo había devuelto todo de golpe. Pero el muy idiota lo había estropeado todo…
Yo había estado a punto, decidida.
Y ahora, de nuevo, yo no sabía qué hacer...
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