LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 12 - 26.07.2012 - mañana
Lo que me había hecho mi primo me dejó idiota para el resto de la mañana. Resulta increíble, lo sé, pero es que hacía nada que me había hecho pasar por una sensación semejante, y darme cuenta ahora de que aquel maldito niño parecía que podía repetir esos juegos conmigo cuando y como quisiera, que podía controlar la situación a su antojo y que podía someterme como un auténtico Dominante… Pero lo peor era que, realmente, desde la anterior vez que me hizo llegar hasta el límite para luego dejarme tirada, yo había vivido una auténtica revolución, le había entregado a mis amigas sin pensar, había permitido que se llevara a Nuria a la cama, había acabado montándole una pequeña orgía a aquel sátiro desalmado…. Y, sobre todo, había terminado por entender que yo ya no podía seguir negándome que le deseaba con todas mis fuerzas. Había decidido, por fin, después de tantas vueltas, de casi un año de negativas, volver a follar con él. Pero no era volver a follar. Era entregarme a él. Y era eso lo que veía ahora: Pablo no quería volver a acostarse conmigo, sin más. Quería someterme. Por completo y para siempre. No se trataba de poder tenerme otra vez, sino que se había decidido a hacerme suya de una vez y para siempre. Y aquella era una decisión que ya no tenía vuelta atrás. Había tratado de negarme aquella evidencia, pese a que la realidad de los últimos días me había hecho estrellarme contra ella una y otra vez. Mi primo no estaba dispuesto a que yo siguiera jugando con él como lo había hecho durante meses, como había pretendido hacerlo exageradamente aquellos días, además. Entendí que, efectivamente, la primera sádica allí había sido yo. Había utilizado a mis amigas como escudo contra él, en un principio. Pero, en cuanto estuvimos los cuatro solos en casa de mis padres, entendí el potencial de la situación y, como siempre, no pude evitar dejar llevarme por mis instintos más básicos. Siempre me pasa lo mismo, era la historia de mi vida: me pierde el sexo. Y parecía que mi pequeño primo había llegado a entender aquello bastante mejor que yo.
Y ahora, ya nada tenía remedio. Mis juegos no habían hecho más que desquiciar a mis amigas y ponerlas al borde de su resistencia. Y eso, ahora que había abierto por fin los diques de su deseo con la orgía de anoche, no podía presagiar más que el inminente diluvio. No es que amenazara tormenta, es que se acercaba la inundación total. Y Pablo había sabido llevar aquello mejor que ninguna de nosotras, pero sobre todo mejor que yo. Había sabido leerme a la perfección, y había conseguido colocarme en el centro de aquel huracán, desnuda, desarmada, desvalida… y cachonda. No tenía nada que hacer. Estaba vencida. Y lo estaba de veras porque mi vida ya no tenía sentido si no le volvía a abrir el camino hacia mis piernas. No era capaz de concebir ningún futuro inmediato que no pasara por levantarle todas mis prohibiciones. Y, la verdad, no creía que quisiera hacer aquello ya de otra manera que no fuera entregándome a él como la puta que soy. Como su puta. No es que me sintiera mal por el hecho de saber que me había pasado por encima con una violencia implacable e imposible de vencer, dejándome al borde mismo de la sumisión absoluta. Al fin y al cabo eso va en mi naturaleza. Pero, ¿un niño? Me costaba admitir todavía que mi pequeño primo hubiera sido capaz de algo así. Me di cuenta en ese momento de que, en realidad, un verdadero Dominante nace, no se hace. Quizás nuestra irracional relación había provocado que aquella virtud de mi primo se acelerara tan demencialmente, manifestándose demasiados años antes de lo que habría sido normal, conveniente. Quizás yo misma, con mis juegos de sádica intentando calentarle y volverle loco obligándole a convivir con una relación lésbica expresa y explosiva con mis amigas, había hecho que todos aquellos instintos de mi primo se desbocaran y salieran en tromba dispuestos a acabar definitivamente con mis tonterías. Daba igual lo que fuera. Pablo había decidido tomarme, y yo no deseaba ninguna otra cosa que no fuera entregarme a él, completa, en cuerpo y alma. Como su puta. Como su sumisa. Como su esclava.
El problema es que ya no sabía cómo hacerlo. Ser consciente de todo aquello, de repente, me había dejado tan desnuda y tan vacía que sentía que no era nada sin Pablo, que necesitaba de repente que fuera mi propio primo quien me dijera, ya, cuáles eran los siguientes pasos que debía dar en mi camino final hacia él. Llevaba casi dos semanas completas maquinando, intrigando para tratar de dirigir su voluntad y las de mis amigas. Había fracasado. Y ahora, de repente, no tenía ningún plan. Sencillamente, no sabía qué hacer. Y, lo peor, temía el momento en que reaparecieran mis amigas, porque ahora, en aquel camino largo y tortuoso, pero nítido e irrenunciable que me debía llevar a Pablo, se iban a cruzar de nuevo ellas dos. Una, dos, tres veces, las veces que hiciera falta. Porque ahora ellas tenían derechos propios sobre mi primo. Y, sobre todo, Pablo tenía ahora también derechos asumidos sobre ellas.
No me veía capaz de gestionar todo aquello. Me quedé allí, desnuda y sucia, deshecha y despreciada como un saco vacío arrojado con indiferencia. Quería ser capaz de dejar de pensar. No me atrevía a salir al jardín, no me veía capaz de encontrarle ni mucho menos de enfrentarle de nuevo. Sopesé salir y caer de rodillas ante él, agachar la cabeza y pedirle perdón, pedirle que me hiciera suya y me permitiera servirle. Aquello era lo que me pedía el cuerpo. Pero, ¿podía hacer eso ante un crío como él? ¿Qué sentido tenía? Mi pequeño primo podía llevar un Dominante en el cuerpo, pero estaba claro que no era un Dominante. No podía serlo. No podía ni saber lo que significaba aquello.
Seguí así, envuelta en un mar de dudas pero incapacitada para cualquier posible pensamiento lógico, inútil para la planificación, ajena a toda capacidad de decidir. Y seguí así hasta que las escuché llegar. Era todavía temprano, quizás. Estaba convencida de que tardarían más en llegar. O quizás es que no era tan pronto ya, y que las horas habían pasado tan rápidas y pesadas como la misma realidad sobre mí. Me hice la dormida cuando Mer abrió la puerta para ver si yo estaba allí.
- Shhhh… está dormida… Vamos a dejarla, debe estar agotada después de lo de anoche – la escuché decir.
- Y espero que también después de haber estado jodiendo sin parar desde que nos hemos ido – oí que respondía Nurita desde el pasillo, sin intentar bajar el tono de su voz lo más mínimo.
- Joder, Nur, tú siempre tan bruta – aquella protesta de Meri fue lo último que escuché, antes de que las dos se alejaran hacia el fondo de la casa entre risas.
Me hubiera gustado ir con ellas en aquel momento. Las amaba. Las deseaba con toda mi alma y, sobre todo, con todo mi cuerpo. Pero me iban a hacer preguntas y, francamente, yo no iba a saber qué decirles. Ni iba a saber tampoco cómo debía reaccionar cuando volviera a aparecer Pablo. Terminé por caer, efectivamente, dormida. El cansancio y la tensión me pasaban su factura…
Me desperté de golpe. Nerviosa, acalorada. Solo tuve un segundo de esa sensación de estupor, de incapacidad para reconocer la situación y el entorno, que te invade al despertar. Pero pasado aquel segundo, la realidad me golpeó como un mazo y todo regresó a mi cabeza de golpe. Sentí que mi cuerpo se arqueaba y se recogía en un ovillo con un espasmo inconsciente. Me levanté como pude y corrí hacia el baño, llegando justo a tiempo de abrir la tapa del váter y hundir mi cabeza dentro para soltar aquel demonio que me había puesto a centrifugar el estómago. Después de dos o tres violentas convulsiones pude respirar por fin. La taza del váter estaba manchada de pestilente bilis y blanquecinos restos. Supuse que de semen.
Me eché agua en la cara. Tenía el pelo revuelto, la cara ojerosa y el cuerpo sudoroso. Estaba sucia y olía. Pero me sentía vacía, completamente vacía por primera vez en todos aquellos días. Vacía de cuerpo y vacía de mente.
Escuché sus voces en la piscina, al otro lado de la ventana del baño, y no dudé ni un segundo en salir a encontrarme con ellos. No me molesté en lavarme ni adecentarme más, no merecía la pena. Al fin y al cabo, sabía que sus cuerpos también seguirían oliendo a sudor, salivas y sexo.
Cuando aparecí en el jardín, desde el ventanal de mi habitación, me los encontré efectivamente en la piscina en la piscina a los tres, sentados y sumergidos a medias en la escalinata de bajada al agua. Mis amigas, completamente en bolas, se abrazaban a él, le hablaban provocándole, le acariciaban y él se complacía de ello. Era mucho más que eso: se estaban metiendo mano abiertamente, los tres desnudos por completo.
Yo parecía una marciana, un ser de otro planeta, cuando me planté así ante ellos, vestida de nuevo con aquellas bragas de Nuria, descolocadas, retorcidas y sucias. Mi pecho se movía agitado cuando noté la mirada de mi primo clavándose en mí, ignorando por un momento hasta las caricias que las sedosas manos de mis amigas le regalaban en su polla morcillona. Me costó darme cuenta que estas dos estaban ahí, hablándome con un gesto de molesta extrañeza cada vez más exagerado. Les contesté mecánicamente, pese a que no me veía capaz de mantener una conversación. Nur empezó a reírse sin demasiado disimulo. Pablo la animaba y se daban piquitos mientras ella seguía sobándole la polla delante de mí, sin molestarse en disimular. Mi primo tenía abrazada a María por el otro lado, y me di cuenta también de que la mano de él se perdía en la entrepierna de ella, que Meri mantenía despreocupadamente abierta para él. Sin embargo, toda aquella intimidad sexual de mis amigas con mi primo de repente no me importaba lo más mínimo. Para mí en aquel momento ellas dos eran como atrezzo, empecé a seguirles la conversación pero, sinceramente, no tengo ni idea de qué fue lo que les pude decir... Para mí solo existía Pablo. Y si él en aquel momento estaba ocupado con ellas, a mí no me importaba, podría esperar. Sería capaz de esperarle una vida con tal de que él viniera finalmente a mí y me tomara.
- ¿Estás bien, preciosa?
No me di cuenta de que María había salido del agua y se había acercado hasta mí hasta que no la tuve encima.
- Joder, estás sudando a mares, Lau… ¿Por qué no te das un baño y te refrescas…? Y vienes con nosotros a…
- Estoy muy caliente, Mer…
María me miró con expresión de extrañeza preocupada. Evidentemente, yo no estaba bien.
- Anda, ven conmigo.
Mi amiga tiró de mí y me arrastró hacia su habitación. Mi cuerpo se vio recorrido por un latigazo helado al darme cuenta de que mi primo no estaba siquiera reparando en mi rápida salida de escena. Al levantarse Meri, la serpiente de Nuria había aprovechado para enroscarse alrededor de su cuerpo, y ahora ella y Pablo se morreaban apasionadamente mientras las manos de él recorrían su cuerpo moreno y siempre tórrido.
María me empujó sobre su cama nada más entrar a su cuarto. Tendida frente a ella, respirando nerviosamente, con la imagen de Nur y mi primo retumbando en mi cabeza, temía que Meri empezara sin más su interrogatorio, tratando de hacerme hablar de cosas de las que no quería hablar.
Pero mi amiga no estaba pensando en hablar, precisamente.
- Anda, quítate esta mierda… - me dijo arrodillándose en la cama, ante mí, y tironeando con habilidad de aquellas braguitas pegajosas de Nur que yo tenía metidas entre los pliegues de mi coño – joder Lau, cómo las has puesto, dios, esto está hecho un asco – dijo, sin poder resistirse a llevarse aquel despojo a la cara y hundir en él su traviesa naricilla, inspirando fuertemente antes de darle un lascivo lametazo al pegote de mugre blanca que apelmazaba la fina tela, escarbando con sus dientes para arrastrar hasta su boca mis restos rancios y resecos – sí que te has debido poner caliente, preciosa…
- Mucho… - gemí yo, sabiendo lo que venía, mientras entrecerraba eróticamente mis ojos y dejaba caer mi cabeza, desfallecida, al tiempo que ella lanzaba las bragas al suelo e inclinaba su cabeza en mi coño, levantándome y abriéndome las piernas con sus manos.
- Por dios… cómo hueles… ¡qué delicia, Laura! Ven que te voy a quitar toda esa calentura…
Por la forma de comerme, impetuosa y arrebatada, casi se hubiera dicho que la que estaba allí realmente caliente era mi amiga y no yo. Su habilidad y sus ganas, además de su elevado conocimiento de mi sexo, de mi cuerpo y mis reacciones, la ayudó a vaciarme con rapidez de mis calores, mis miedos y mis dudas, haciendo que mi cuerpo elevara realmente su temperatura interior hasta igualar a la exterior, provocando que me entregara al sexo sin pudores ni límites conocidos.
Cuando abrí por un momento los ojos, me di cuenta del tremendo error que había sido hacérnoslo en aquella habitación. El gran ventanal que daba al jardín quedaba justo pegado a la escalinata de la piscina, donde ahora Nuria estaba sentada a horcajadas sobre el cuerpo de mi primo, que devoraba con deleite y lentitud sus pequeños pechos mientras ella se refrotaba el coño abierto sobre su abdomen y pubis… la tranca de él emergía implacablemente erecta a sus espaldas.
Yo me estaba corriendo a mares en la boca de María, por lo que no me pareció plan parar en aquel momento. Sin embargo, no era capaz de seguir viendo aquello sin más. Cerré los ojos, y en cuanto noté que los temblores de mis corridas remitían mínimamente, rodé sobre la cama arrastrando a mi amiga conmigo. A pesar de todo, he de reconocer que Merita me había puesto súper guarra de repente. No estaba preparada para una comida de coño así, ni tampoco en general para aquella actitud tan inesperadamente arrolladora y absolutamente sexual. La verdad, me había esperado otro interrogatorio de mierda, ansioso y egoísta, pensando siempre y exclusivamente en la polla de mi primo… y, de repente, aquel huracán de pasión, aquella boca que parecía bucear en mi esencia y me había puesto a hervir como a una perrita en celo.
Al abalanzarme sobre Mer, no estaba buscando solo huir de la visión de Nurita entregándose como una víbora a mi primo, sin que ninguno de los dos hubieran pensado siquiera en plantearse la necesidad de recabar para ello mi permiso o mi asentimiento al menos, ya que aquello era ya, simple y llanamente, su derecho. No, mi movimiento envolvente sobre el cuerpo de mi otra amiga buscaba en aquel momento, también y sobre todo, su coño. Porque sí, para mí el sexo todo lo cura, y el buen sexo ha sido siempre capaz de hacerme sobrellevar hasta los golpes más bestias. Pero Merita tenía otros planes en aquel momento, otras necesidades… Justo cuando mi boca se lanzaba en picado hacia su almeja brillante de placer, mi amiga dio un último giro y arqueó su cuerpo, dejándome el culo en pompa ante la cara al tiempo que con sus tiernas manitas se abría las nalgas poderosas, firmes, redondas y bien llenas, y me dejaba a la vista su raja sudada, aquel camino de piel clara y brillante marcando la ruta del placer entre las tersas montañas de piel morena con aquel color tan hermosamente tostado por el sol de mi jardín.
Yo me entregué con lascivia a satisfacer sus deseos, con las mismas ganas que ella había conseguido aplacar los míos instantes antes. A cuatro patas, hundía toda mi cara en su culo y me empapaba de su ano y de los flujos que su coño disparaba para mí. Yo misma notaba la brisa que llegaba del jardín, mezclada con los jadeos piscineros de Nuria, en toda la entrada de mi culo, en el negro agujero de mi orto abierto al aire, entre mis nalgas temblequeantes de placer mientras con la mano que no usaba para apoyarme o hurgar el culo de Meri, me apretaba y castigaba el potorro tratando de no perder ni una micra de toda aquella maravillosa sensación. Joder, de repente me di cuenta de que, como María, yo también estaba loquita de que me abrieran bien el culo, ya que llevamos varios días jugando desesperadas con nuestros coñitos, pero por lo general dejando bastante desatendida la puerta trasera… desventajas del sexo con Nurita, imagino, y su proverbial e incomprensible aversión al sexo anal.
María había conseguido ponerme a mil, estaba logrando arrebatarme con deseos olvidados y sensaciones que tenía adormecidas por todos aquellos días de tensión, dudas y maquinación. Yo había llegado caliente a aquella cama por culpa de mi primo, claro, por su indiferencia y abandono, por su sádica decisión de destrozarme por completo antes de considerarme digna de ser aceptada nuevamente… Tenía que haber follado ya con él, tenía que haber sido follada por aquel hombre, aquel maldito crío que me había robado la cabeza y el corazón, y sin duda que aquello se hubiera torcido, que mi primo tuviera otros planes para mí, me había jodido pero, sobre todo, me había dejado cachonda perdida. Pero, María, mi tierna Meri, ella solita había sido capaz de limpiarme toda aquella mierda de la cabeza y hacerme entender lo único que de verdad importa en esta vida, y lo único que importaba en mi vida en aquel momento era ella y era su culo, volver a degustar la intensidad de aquel sabor violento y fiero mientras le clavaba la lengua en el ano a fondo a Meri… lo tenía tan durito, y a la vez se le abría y se deshacía toda con tanta pasión cada vez que mi lengua la follaba, y yo se la metía entera todo lo dentro que podía, una y otra vez, buscando su total satisfacción, y le limpiaba el ano y le devoraba todo y recibía el fruto de su placer en mi boca, y yo misma me corría cabalgando mi culo al aire, con el orto abierto y mis dedos hundidos en mi coño donde alguien acababa de dejarse un grifo abierto…
Fue así, precisamente así, como me pilló mi primito con María.
Había salido de la piscina sin que nos diéramos cuenta. Estábamos nosotras para darnos cuenta de nada, claro… Yo no lo advertí hasta que sentí aquella fuerte y dolorosa palmada en mi culo abierto, que llegó hasta mi propia mano, golpeándola y hundiéndola en picado todavía más en mi coño. Las gotas de agua de la piscina resbalaban por su cuerpo salpicando sobre el mío, mezclándose con mi sudor y los flujos que me resbalaban por los muslos. Sentí su hábil dedo gordo introduciéndose con fuerza en mi culo abierto, mientras sus otros dedos atrapaban los míos dentro de mi coño y me obligaban a masajearme con fuerza. Sus movimientos eran rudos, precisos. Autoritarios e incontestables.
- ¿Cómo lo pasáis, no? Anda que ya podíais avisar...
El mundo se me vino encima. No podía ser verdad, no... Noté un cuerpo subiéndose junto a mí a la cama, hundiendo sus rodillas junto a mis piernas…
- Joder, nenas, ¿cómo vais de caliente, no?
No podía ser, ella estaba allí también, mi primo había venido y se la había traído a ella, sin duda decididos a montarla...
A ver, mi reacción fue impulsiva, sí, irracional. No tengo explicación real para lo que hice, así que no me la pidáis. Desde luego que no voy a intentar darla ahora, tampoco. Ya os digo que mi cerebro se había frenado en seco cuando Pablo me dejó abandonada en mi cama aquella mañana. Ya no más elucubraciones, ya no más maquinaciones. De repente dudaba hasta que fuera capaz de pensar de nuevo alguna vez en algo que no fuera él. Que no fuera su polla. Desde luego, mi cabeza necesitaba reiniciarse, y no iba a ser follando con ellos dos como lo iba a conseguir.
Me levanté de un brinco, golpeando a mi primo en la polla sin querer. Mientras él se doblaba en un gesto de dolor, aproveché para salir al jardín, en algo que me hubiera gustado que fuera una carrera, pero que no fue más que una torpe y vergonzosa huida.
- ¿Pero dónde vas, zorra? – escuché decir a Nur, que se levantó de golpe a ayudar a Pablo. Meri me miraba despatarrada todavía en la cama, con un gesto de incredulidad y de placer que decía claramente que la había dejado en medio de una corrida.
Para cuando ellos aparecieron detrás de mí, yo ya me había lanzado al agua. Mi primo se lanzó conmigo al agua, mientras Meri me miraba angustiada y Nuria trataba de refrenar su evidente cabreo. Yo no esperé a ver emerger la cabeza de mi primo: nadé a toda velocidad hasta la otra punta de la piscina, y salí trepando torpemente por el áspero bordillo, que me dejó un rasponazo en el muslo que me duró varios días. Farfullando alguna excusa que soy incapaz de recordar ahora, agarré una toalla y me tumbé boca a bajo en el césped, con la cara hundida entre mis brazos. No quería saber nada de nadie.
La tensión entre nosotros se podía cortar en aquel momento.
- Dejadla – escuché que ordenaba mi primo.
No hablaron más, y al rato pude sentir como cada uno de ellos desaparecía en un rincón de la casa. Pablo había decidido concederme una necesaria tregua. Afortunadamente, iba a ser él mismo quien muy pronto me iba a sacar de mi estúpido ensimismamiento, y lo iba a hacer sin el menor de los complejos...
* * *
Justo estaba yo notando que me empezaban a rugir las tripas cuando escuché la seca voz de Nuria preguntándome:
- Laura, mi amor, ¿tienes hambre?
- Nuri… - me giré hacia ella, sonriendo - sí, creo que debería de comer algo – sentí sus caricias en mi mejilla, e inmediatamente noté cómo se me endurecía los pezones y mi clítoris empalmado abandonaba su funda.
- ¿No querrás una salchicha, prima? – escuché la voz de Pablo graznado tras mi novia.
Nur se retiró, y pude ver a mi primo y María sentados en el porche. Ella tenía en su pequeña manita la dura pollaza de Pablo, y se la sudaba despaciosamente, como tratando de mantenerle toda la erección pero procurando no aumentar su excitación.
Mi garganta se secó cuando, al girar yo mi cara hacia ellos y quedarme pasmada mirándole, él se levantó, dando un suave pico a Mer, y empezó a acercarse hacia donde estábamos Nuria y yo, con aquella dura barra bamboleando entre sus piernas. Al llegar donde yo estaba, se agachó y me tomó de la mano. Pude notar cómo Nurita me tomaba dulcemente por el torso y me invitaba a levantarme. Pablo tiró de mi mano con menos suavidad y, al notar cierta renuencia en mi actitud, me tomó del pelo con la otra mano y tiró de allí también, esta vez con fuerza. Conteniendo un chillido de dolor, me incorporé siguiendo su ruda orden, aunque en realidad más por propio convencimiento que por imposición.
Pese a todo, él me quería a mí. Y me quería como su puta.
Aquello no podía hacerme más feliz.
Su mano resbaló por mi mejilla, y de nuevo me encontré con aquel autoritario pulgar que me empujaba los labios y se introducía feroz entre mis dientes, apalancando mi boca para obligarme a abrirla. Los siguiente que noté intentando entrar ya fue su miembro, que María había dejado suficientemente endurecida para la ocasión. Para cuando apoyó la húmeda punta de su glande sobre mi labio inferior yo ya estaba babeando de placer. Para asombro de ellas, quizás, yo no intenté resistirme lo más mínimo. Más bien tuve que contener mis ansias y mi excitación para dejar que fuera él el que, tras agarrarme firmemente la cabeza por la nuca, se dejó caer sobre mí, endiñándomela entera y de una sin que yo fuera capaz de hacer nada. Yo no quería tampoco hacer nada que no fuera justamente aquello. Me hizo su puta, en aquel momento me hizo su puta, y que lo hiciera delante de ellas me daba alas...
- ¡!Joder!! – murmuró Nurita a mis espaldas. Escuchar su envidia me encendió. Nur se pegó a mi espalda, y suavemente empezó a rodearme libidinosamente con sus mañas de serpiente. Notaba su boca besar mi mejilla, pero yo sabía que buscaba también, ansiosa, aquel eventual contacto con la dura verga de mi primo que él, mandando sobre todas nosotras, se complacía en regalarle ocasionalmente. Pero yo era su elegida, me estaba violando la boca a mí, y Nuria lo sabía y me acariciaba todo mientras, solícita y, ella también, obediente, sus manos febriles perdidas en mis tetas duras, en mi estómago que se hinchaba y contraía al ritmo que la dura polla de Pablo marcaba en mi garganta, dejándome sin aire o llenándome en violentas arcadas. Finalmente, mi amada hundió sus suaves manos en mi sexo. Me conoce demasiado bien, y sabía que si no lo hacía ella iba a ser yo misma la que me pajeara, porque siempre me pongo como una moto cuando tengo una polla en la boca, y rara es la vez que aguanto sin correrme y hacerme un buen dedo a la vez.
Le dejé follarme la boca a su antojo. Nunca antes me había mostrado tan sumisa, tan perfectamente entregada, tan obediente, tan puta. Era solo un niño… Desde el principio él empezó a marcar un ritmo rápido, casi frenético. Nur sujetaba mi cuerpo para él, porque yo desfallecía de placer y no podía ni mantenerme erguida. Él mantenía mi cabeza aferrada firme pero gentilmente, y su larga polla completamente dura entraba y salía casi completa. Si no llegaba a meterla entera no era en realidad por no castigar mi garganta, que sufría igualmente sus embates insaciables, sino supongo por mantener al menos sus huevos fuera de mi ávida boca, y conseguir así durar un poco más. Joder, sí: no era más que un pobre niño. Por mucho que lo amase…
Seguimos así hasta que se me viene completo en la boca. Yo sentí la explosión violenta cuando, naturalmente, no era posible hacer nada. Él no se molestó en darme respiro en ese instante, naturalmente, sino que al contrario se apretó al máximo contra mí y sujetó con fuerza mi cabeza, obligándome a tragar todo de golpe, impulsando con fuerza hasta tres veces mi cara contra su cuerpo desmesuradamente duro e insoportablemente clavado en mi interior. Pero esta vez su orgasmo debió ser demasiado intenso, porque él se encogió súbitamente y se dobló sobre mí, retrayendo por un momento su dolorosa embestida en mi garganta y dejando ese espacio entre su nabo hinchado y las comisuras de mis labios por donde pudo escapar todo el exceso de su corrida que, inevitablemente, fue casi todo.
Le sentí caer de rodillas ante mí, a pesar de que mis manos se abrazaban a su culo y trataron de retenerle para siempre en mi interior. Su lefa chorreaba todavía desde mi boca sobre mi cuerpo desnudo cuando el suyo cayó redondo al suelo, resollando como si estuviera a punto de exhalar su último aliento.
Cuando recuperé mi consciencia y miré a mi alrededor, el espectáculo era dantesco: los tres cuerpos yacían en el suelo, y mis dos amigas lo hacían masturbándose con brutal fiereza, sobre todo Nuria quien, a mis espaldas, se lo majaba a saco mientras se estrujaba dolorosamente una de aquellas pequeñas y planas tetas suyas, sin poder dejar de pasarse dos dedos mientras, en fuertes y profundos círculos por su chochazo despampanantemente abierto. Yo veía aquella enorme ostra suya, tan abierta, mojada de un chapapote tan espeso y blanco que parecía esperma, y ella se daba con tanta fuerza que su coñazo se abría por completo y me dejaba ver toda la entrada de su vagina, y mi clítoris empalmado vibraba como pidiéndome a gritos penetrarla, y aquellos pequeños labios mayores se bamboleaban como dos bollos estrujados e inundados por el despliegue carnoso de sus labios mayores que mi amiga masajeaba en un húmedo y contundente dedazo centrando en torno a aquel asalvajado botón de placer que le había crecido en su centro, pero que ella se obstinaba en hundir y golpear, como si quisiera hacer desaparecer entre fuertes bramidos de dolor que aumentaban en intensidad con cata tirón y estrujamiento a que su mano libre seguía sometiendo a aquel pequeño y desafortunado pecho.
- Zorra… - la escuché escupirme entre gemidos - cómo te lo montas, y a nosotras nos tienes aquí esperando, que no podemos hacer más que majarnos el chocho – me soltó la muy bruta. Pero yo estaba tan feliz y tan puta, allí, recién violada, todavía temblando y cubierta de semen que, sinceramente, todo me daba igual.
Traté de ponerme de pie, aunque aquello me obligó a reunir todos mis esfuerzos. Sintiendo las babas de esperma resbalando por todo mi cuerpo desde mi boca, me sentía resurgiendo por fin, como un ave fénix. Mi primo seguía también en el suelo. Doblado. Rendido. Aluciné: estaba hundida, pero había sido capaz de anular a los tres, justo cuando era precisamente yo quien estaba anulada, y justo cuando mi primo estaba más subido y envalentonado con ellas...
Pero no era más que un niño. Y si él no se había atrevido a hacer nada con ellas en ese rato, y ellas tampoco habían juntado fuerzas para aprovechar mi momentáneo fuera de juego, aquello solo podía significar que, pese a todo, seguía teniendo la sartén por el mango. Y, sin embargo, había descubierto que me volvía loca aquella nueva actitud de mi primo. Si tan solo pudiera dejarlas fuera de combate a ellas por un par de días…
- Pues qué queréis que os diga, pero si os habéis ido a pasar la mañana follando con el pardillo ese del videoclub, algo os debería haber cundido... – quise entrar a matar.
De alguna manera, me di cuenta de que mi ataque había dado en el blanco. Por algún motivo las dos empezaron a protestar airadamente, cosa que yo no entendía, aunque ellas acabaron las dos por ignorar mis peguntas y aceleraron su masturbación al máximo entre espasmos debidos a sus inminentes corridas.
El que sí pareció salir de su ensoñamiento fue mi primo, que terminó por incorporarse para ponerse de pie junto a mí, aparentemente recuperado:
- ¿Qué? ¿Pero qué dices, prima? ¿Qué es eso de que se han ido a follar? – volvía a ser un niño pequeño otra vez. Un niño curioso, con una curiosidad de esas que terminan por matar al gato. O más bien un niño pequeño caprichoso, y celoso, para más datos, a punto de tener una monumental rabieta cuando sus padres le niegan lo que quiere.
Y, sin embargo, aquella vez no se había cortado en preguntar, cuando solo un día antes no habría sido capaz de otra cosa que no fuera tratar de espiarnos para enterarse de algo de nuestra intimidad. No debía confiarme, me dije. Sin duda estaba crecido, y aunque le hubiera dejado fuera de combate yo a él por una vez, nuestra situación no iba a cambiar ya, así como así. En el fondo me gustaba aquello, pensé. Yo no quería que cambiara salvo para llegar ya hasta el final. De una puta vez.
- Pues se han ido a follar con un mierda, primo... ¿qué pasa, te pone celoso eso? ¿Qué pasa, que no has tenido bastante con tu prima…? – le espeté con dureza – pues estate tranquilo, que no tienes por qué preocuparte... – seguí, sin darle tiempo a contestarme a él ni a interrumpirme a ellas. Pablo me miró con una furia inesperada – Joder, de verdad, Pablo. Olvida eso, ¿vale? Tienes que entender que las mujeres, a veces, también tenemos necesidades que… En fin, y tampoco tenemos por qué darte explicaciones de lo que hacemos, ¿no? No lo quieras saber todo, primo. - ¿Estaba siendo demasiado dura? Me pregunté. Pero Nurita se estaba mordiendo la lengua de rabia. Igual merecía la pena apretar un poco… – Bah, no pienses en ello, de verdad. Que, además, no te llega ni a la suela de los zapatos el mierdas ése. ¿No te llega lo que tienes? ¿Pero de verdad crees que estas zorras te van a dar exclusividad a ti, por muchas ganas que te tengan? Por dios, que no se la dan a nadie, Pablo. Y yo menos que nadie. ¿Qué pasa primo, te crees que toda esta tensión la vamos a descargar sólo con nuestros juguetes? - le solté, con un claro deje de desprecio.
- ¿Ju... juguetes? – preguntó, repentinamente alucinado. ¡Bingo! Acababa de dar en el clavo. Yo no me creía que el muy cerdo no hubiera estado hurgando entre las cosas de ellas, que no hubiera visto nuestro arsenal de consoladores, vibradores, dildos, plugs y arneses… Pero claro, había un enorme paso entre saberlo sin más y que su propia prima se lo reconociera sin el menor pudor por mi parte.
- Sí, primo... juguetes... ¡consoladores! Vamos, no me digas que no los has visto ya… - no podía evitarlo, pero la crueldad había hecho presa en mí después de lo inesperado de su brutal maltrato; por mucho que me hubiera complacido descubrirme siendo sometida por él, la forma de hacerlo había sido demasiado brusca e impredecible – Bah. ¿Estás de broma? ¿Pero de verdad crees que tres lesbianas salidas como nosotras iban a pasar una semana sin nada que llevarse al coño? – mi primo había ido retrocediendo ante mi no tan fingido ataque de ira, y había terminado por caer, sentado de golpe en una de las sillas de plástico que teníamos en el porche. Quizás esta va a ser la última oportunidad que voy a tener con él de mostrarme como una verdadera sádica, pensé. Verle así de desarmado me había hecho venirme arriba - ¡¡¡¡jajajaja!!!! - reí a carcajadas, mientras me dejaba caer de golpe, arrodillada entre sus piernas abiertas, insensible al dolor de mis rodillas desolladas por la incontrolada caída sobre las duras baldosas. La adrenalina desenfrenada mientras le resobaba soezmente los huevos había conseguido que no fuera capaz de darme cuenta de nada más de lo que sucedía a mi alrededor – Ay, primo, primo… nunca hubiera esperado que te ibas a poner celoso… precisamente tú… si este par de guarras en realidad hubieran preferido quedarse aquí conmigo a comer salchichas… - Pude sentir clavándose en mis espaldas las furibundas miradas de aquel par de guarras – Y, ¿sabes qué, primito? Creo que me voy a zampar un par de huevos ahora para acompañar a la salchicha… – le solté mientras mi mano se cerraba con fuerza estrujándole aquellos cojones que parecía que no iban a parar jamás de producir lefa.
- ¡¡¡¡¡AAAAHHHHHHH!!!!! – el alarido de Pablo resonó en todo el vecindario.
Y así, mientras escuchaba los gemidos entrelazados de los orgasmos de mis amigas, me entretuve un rato puteando a mi primo, maltratando sus pelotas, comiéndole salvajemente los huevos y tirando de ellos una y otra vez. A pesar del dolor, la excitación de tener así a su prima del alma fue demasiado para Pablo, y su tranca (que, como de costumbre, tampoco es que se hubiera calmado demasiado) volvió a ponerse tiesa como un palo. Yo me había metido enteros sus grandes testículos en la boca y, a pesar de que sus largos pelos se me pegaban al paladar y a la entrada de la garganta, disfrutaba como una loca de aquella situación, y me dedicaba a succionárselos con fuerza, gozando del bamboleo de su nardo duro siguiendo los tirones de mis chupetazos, golpeando mi carita cada vez que me los metía hasta dentro del todo y podía sentirlos así, bombeando semen siempre, incansablemente, en su interior.
Para mi sorpresa aquello hizo que mi primo se corriera nuevamente, sin tener que tocarse la polla y sin que fuera necesario que yo hiciera nada más. Los chorros de leche volando por todo el porche fueron un auténtico espectáculo. Joder con el niño, se veía que estaba realmente muy caliente… bueno, aquello se lo había podido notar en los huevos realmente, que ardían, literalmente, cuando los tenía metidos en mi boca.
Bien, visto lo visto estaba en racha así que, aprovechando un momentáneo destello de lucidez, entendí que me convenía por lo menos tratar de sacar algún partido de aquella inesperada ventaja. Contemplé a Meri a mi lado, rebozándose por el suelo del porche en medio de una monumental corrida, junto a la silla que había ocupado instantes antes y en la que ahora se sentaba Pablo, contemplando atónito los fuegos artificiales que brotaban de su polla sin que él hubiera creído hacer nada para llamarlos. Mi pequeña amiga no iba a ser una opción. Afortunadamente, estaba Nuria. Siempre estaba Nur. Y, por mucho que me jodiera, iba a ser infinitamente mejor. Me giré hacia ella, que seguía sobre el césped, en el espacio que mediaba entre el porche y la piscina. Felina, se estiraba a cuatro patas sobre la hierba brillante, con su piel oscura lanzando destellos por el sudor y su cara de pantera a punto de saltar sobre su presa. Yo no había entendido qué coño había pasado en el videoclub, pero por la reacción de mis amigas algo parecía decir que las cosas no habían ido bien aquella vez. Con razón tenían tantas ganas de rabo…
- Nur, si quieres polla, a este le hace falta que alguien se la maje un poco también, que está el pobre que se ha corrido ya dos veces y ni con eso se le baja…
Efectivamente, y por increíble que pudiera parecer, mi pobre primo la seguía teniendo absurdamente dura. Yo no me cansaba de pasar las manos por aquella dureza, pero me estaba calentando a horrores y estaba empezando a necesitar algo más que repetirle la enésima mamada… Nurita, divertida y agradecida, se abalanzó con aquel aire de tigresa asalvajada sobre su presa. Estaba feliz y me hizo feliz a mí.
- Gracias, ¡gracias! ¡gracias, mi amor! – me dijo abrazándome y besándome con ganas, pero sin dejar de agarrarle el rabo a Pablo. Se lo estaba majando ya mientras me morreaba, y me siguió agradeciendo mientras se lo sudaba a dos manos, como le gustaba a ella. Aquella gratitud desmedida, y el gesto de placer máximo de Pablo, aferrándose a la silla de plástico, agitándose como si estuviera a punto de ser ejecutado en la silla eléctrica, me hizo entender de golpe la realidad: pese a haber tenido todo el tiempo y todas las oportunidades del mundo, ellos no habían llegado a hacer nada realmente mientras yo había estado fuera de combate. Era cierto que les había visto magrearse y comerse con lujuria, pero es que aquello era en verdad lo máximo que habían llegado a hacer. No habían tenido sexo, ni mucho menos. Ni un mal orgasmo que llevarse a la boca… y eso se notaba ahora.
Me habían estado esperando.
Y ahora Nuria estaba feliz, no solo por tener entre sus manos lo que llevaba días deseando, sino por tenerme al fin, completamente, de vuelta. En compensación, mi amiga hizo que aquel momento resultara fácil y llevadero también para mí. Sorprendentemente, al final el aterrizaje de la noche loca y de la decisiva mañana que la había seguido estaba siendo suave y asumible para todos, y eso me ayudó a afrontar con otro ánimo todo lo que mi primo me había hecho antes.
Fui separándome de ellos dos, poco a poco, y cuando me quise dar cuenta estaba abrazada a Mer, enredada con su cuerpo y con su boca. Empezamos a sobarnos el coño la una a la otra casi sin darnos cuenta, al constatar lo que Nur le estaba haciendo a mi primo. Joder, estaba tan empalmado que era lo normal, teniéndola tan dura era imposible que mi lujuriosa amante no se ensañara al máximo con ella, sudándola a fondo con sus dos manos empapadas en sus sudores mezclados con el abundante preseminal que no paraba de salirle de la punta del rabo a él, además de los abundantes restos de sus corridas.
- Te huele el rabo a babas de Laura, mi niño – le decía ella con cara de guarra, y su polla se ponía todavía más dura.
- Joder, Lau… - me susurraba Meri, hundiendo su cara en mi cuello para evitar ver cómo Nuria tiraba de la piel de su polla hacia abajo con tanta fuerza que parecía que el prepucio se le iba a terminar por soltar de la base del glande hinchado y supurante.
Y, sin embargo, yo no podía dejar de mirar aquello: Nur nos estaba dando una clase magistral de cómo conseguir que le saltara de nuevo todo el esperma, en una explosión final que consiguió dejar en nada hasta la fiesta de fuegos artificiales que le acababa de provocar yo antes con la comida de huevos.
- ¡Vamos! ¡Vamos! ¡¡¡¡Vamos!!!! – la animaba yo, al tiempo que animaba a mis propios dedos a hundirse en la vagina de Merita, que se retorcía de placer entre mis manos.
El final fue tan excesivo que los cuatro tuvimos que tomarnos una larga pausa para conseguir recobrarnos. Pero aquella vez era mi propia calentura la que no parecía estar dispuesta a remitir. Nuria siempre me ha dicho que yo, igual para otra cosa no valdré, pero que desde luego con el sexo me puedo ganar la vida, que en eso parece que por algún motivo tengo un cerebro privilegiado, jijiji. Lo cierto es que yo me sentía repentinamente renovada, feliz por cómo habían girado los acontecimientos, agradecida a la generosidad de Pablo y mis amigas, y muerta de amor por ellos. Pero, ¿cómo no iba a agradecerles yo en aquel momento lo que habían hecho por mí? Se merecían una recompensa. Una que estuviera a la altura de lo que ya habíamos avanzado la noche pasada, a la altura del frenazo que habían decidido dar por la mañana al ser consciente de mi todavía injustificado pero evidente estado de necesidad...
- Estoy pensando una cosa… - empecé.
- A ver, miedo me das – soltó enseguida Nurita. Ella y yo éramos los que estábamos en mejor estado de los tres. En cuanto a Pablo, era un auténtico despojo humano. Meri empezó a reír a carcajadas ante el comentario de mi novia.
- No, a ver… precisamente – traté de arrancar –si es justo por eso que lo digo… me parece que se nos ha ido la cosa un poco de las manos…
- ¿Un poco? – susurró Meri. Parecía que había recobrado la capacidad de hablar, al menos.
- ¡Tía, que le hemos dejado seco! – gritó Nur. Nuevas risas de Meri, aunque ahora ya a carcajadas.
- Vale, vale… pues por eso – traté de terminar - ¿Qué os parece si…
- ¡A mí bien! – soltó Nur, demasiado de buen humor ahora como para evitar interrumpir continuamente. Las cantarinas carcajadas de María le hicieron terminar de recobrar por fin el suficiente vigor como para conseguir sentarse en el suelo del porche junto a mí. Nurita nos miraba, con la cabeza en el regazo de mi primo, junto a su polla por fin flácida, aunque alargada y nada empequeñecida todavía. Él, por su parte, seguía desmadejado con el cuerpo totalemnte empotrado en la silla de plástico.
- No seas pesada, Nur… déjame acabar.
- Venga, preciosa, ¿qué habías pensado? – me animó a terminar Mer, repentinamente intrigada.
- Pues eso, ¡que tenemos que hacer algo para reanimar al niño!
- ¿Y qué es lo que has pensado, cacho puta? – preguntó Nuria. - Porque miedo me das.
- ¿Yo? ¿Por qué? – pregunté poniendo carita de ángel. Si solo estaba pensando en que a Pablo le vendría bien un masaje…
- Uy, uy, uy… - susurró María.
- …y que se lo podíamos dar las tres juntas… - mi carita de buena se cambió por mi mejor cara de lolita traviesa.
- ¡¡¡¡Sí!!!! – exclamaron mis amigas al unísono. No sé si fue aquel grito o quizás más bien mi proposición indecente, pero mi primo consiguió levantar la cabeza de la silla por primera vez.
- A ver, a ver, pero no vayáis tan rápido…
- ¡Ah! Que hay un pero… - dijo Mer, divertida.
- Pues claro que lo hay – continué yo con su mismo tono de broma - ¿O qué pensabais? ¡Como nos pongamos las tres en bolas a meterle mano tal como está, nos acaba viniendo a buscar la policía!
- Pues mejor, ¿no? – dijo riendo Nuria - ¡que se unan a la fiesta, joder!
- No, no. En serio ahora – corté sus risas – os digo en serio lo del masaje. Pero tenemos que estar todos con ropa interior…
- ¿En serio? – me preguntó Nuria, incrédula.
- Bueno, por mí vale – le dijo Mer.
- Ya te vale, tía – trató de protestar Nurita.
- Pues poneros braguitas, al menos. Yo también prefiero no llevar sujetador, hace demasiado calor. Aunque en realidad eso es mucho más peligroso para mí que para vosotras…
- ¡Serás puta! – me dijo Nuria riendo, acusando mi pulla hacia su pecho casi plano – Estoy deseando quedarme embarazada para que me crezcan las tetas, tía…
- ¡Jejejeje! Mira que eres bruta, Nur – le dijo Meri.
- Venga, va – zanjé –pues entonces nosotras vamos a ponernos braguitas, ¿vale? Y yo le cojo unos calzoncillos a mi primo…
Pablo se nos había quedado mirando con cara de estar alucinando en colores, pero fue incapaz de decir nada. Cuando parecía que se iba a incorporar, con aquel rabito extrañamente flácido colgando entre sus piernas, nosotras tres ya habíamos salido disparadas hacia la habitación de ellas. Meri iba delante, y ya estaba metiendo la mano en su maleta cuando Nur y yo entramos detrás de ella por el ventanal del jardín.
- Joder, Mer, ¡cómo vas de disparada! ¿Hay ganas, eh? – le dijo Nurita riendo.
- Desde luego, tía… no veas – le respondió ella, sacando unas bragas blancas de su maleta, y recogiendo a la vez un tanguita del suelo junto a la maleta de Nuria. – Toma, ponte éste mismo, va – le dijo, lanzándoselo a las manos.
- Joder, ¿no había uno más sucio? – le respondió ella, al atraparlo al vuelo y ver la prenda que le había dado nuestra amiga. Era una de las bragas que había usado Nur los últimos días y, efectivamente, mostraba unos evidentes manchones resecos de flujo que, dado el mínimo tamaño de la prenda, habían rebasado con mucho la cara interior de la prenda, y cubrían en realidad prácticamente toda la tira vertical de la misma.
- Bah, qué más te dará… si lo vamos a poner todo perdido igualmente ahora – Meri iba, efectivamente, como una moto, y parecía poco dispuesta a perder el tiempo allí con el trámite de “vestirnos” - ¡Pilla, Lau! – me gritó, lanzándome otra prenda interior que acababa de recoger del suelo. Eran las braguitas semi tanga de Nuria que yo me había puesto esta mañana.
- Joder, pues si las suyas están sucias, estas es que están empapadas todavía… - reí.
- Pues como tu coño, so zorra – me dijo Mer, calzándose a toda prisa su prenda íntima.
- Waw… - exclamó Nur, sinceramente admirada. Se trataba de unas braguitas completas y blanquísimas, que pese a no ser tanga, eran bastante más escandalosas que cualquier tanga, puesto que salvo una alta banda de encaje floridamente decorado que recogía el elástico de la cintura, todo el resto de la tela por debajo de ella era como una finísima gasa blanca extremadamente transparente. El coñito de Meri, casi infantil así con las piernas cerradas, se delineaba nítidamente bajo la tela, y la perfección de sus redondos y morenos glúteos llenaba deliciosamente toda la parte trasera de aquellas bonitas bragas.
- ¿Te gusta? – le preguntó Meri, contoneándose coqueta para que pudiéramos admirar el efecto de aquella prenda en su cuerpo.
- Joder, te quedan de miedo… ¿y a nosotras nos dejas con estas mierdas sucias? – Nurita no parecía muy convencida de ponerse aquel pegote de flujos resecos en su salido y excitado coño.
- Tía, con el morbo que dan esas bragas manchadas… - le soltó, con total sinceridad por su parte. En realidad, si yo era bastante fetichista con lo de la ropa interior, y con lo de sus manchas, olores y demás… María siempre lo había sido como yo, pero multiplicado por diez.
- Eso a vosotras, Mer, que siempre habéis sido unas cerdas.
- Ay, Nur, no le des más vueltas a eso ahora… - traté de terciar yo, que tampoco estaba para mucha pérdida de tiempo.
- Mira, yo si quieres te la cambio… que en realidad a mi me apetece llevar tanga y los tuyos son mucho más… - le empezó a proponer Meri a Nur.
- ¿Guarros? – apunté yo.
- Puta – me respondió Nurita. – Pues, ¿sabes qué? Por mí bien… me encantan esas bragas, Mer… - Dicho y hecho, María se sacó las braguitas y se las tendió a mi novia, que le devolvió su tanga.
- Joder, tía, ¡que ya las has mojado! – exclamó Nuria riéndose cuando tomó la prenda interior de María en sus manos. Efectivamente, cuando se las puso ella, sus excesivos y siempre jugosos labios menores quedaron perfectamente a la vista, dado que la finísima tela blanca había quedado transformada casi en un film transparente en el extremo inferior de las braguitas, que lucía un redondel de humedad bastante amplio. Lo peor era que, con o sin humedad, el efecto de aquellas bragas en Nuria era infinitamente más sexual que en María, porque aquellos dos enormes labios que se le veían perfectamente, aplastados contra la tela entre sus piernas, dejaban el coñito de Mer, definitivamente, a la altura del de una niñita pequeña.
- Sí que vas caliente, Mer… - le dije a mi amiga, que ya se había puesto el tanga de Nur. Se le veía el culo al completo, como si no llevara absolutamente nada, y los bollos de sus gruesos labios mayores se le salían definitivamente por delante – La verdad, yo creo que habéis ganado las dos con el cambio… - les dije.
- Ya, bueno… pero si Nur se quejaba de bragas sucias creo que las acaba de mojar del todo ella ahora - se rió a carcajadas Meri, señalando a nuestra amiga. – Efectivamente, el rodelón de humedad había aumentando enormemente su tamaño y profundidad, y un leve brillo como de humedad cubría el vello fino y clarísimo que recubría sedosamente la parte superior de sus morenísimos muslos alrededor de su sexo.
- Joder, pero… ¿qué os pasa a las dos? Estáis chorreando, sí que le tenéis ganas…
- No lo sabes bien, Laurita – la respuesta de Nur había sido más seca de lo que habría cabido esperar.
- ¿Pero qué pasa? ¿No os habéis desfogado en el videoclub?
- Mira, tía, no me hables – Nuria se giró, e hizo ademán de avanza hacia el ventanal del jardín, aunque se quedó quieta finalmente. – Menudo puto desastre, tu amigo…
- ¿Quién? ¿El de siempre?
- Sí, el baboso del mostrador… - Nur me miró enfadada.
- Al que llamabas “el calamar”, el otro día – apuntó Meri.
- Joder, qué asco de tío… - no pude reprimir una mueca de repugnancia.
- Sí, asqueroso pero efectivo – sentenció Nuria.
- ¿Pero no…? – no me atrevía ni a preguntar.
- Que no, Lau. Con ésta se ha corrido antes de tiempo… y conmigo ha pegado gatillazo…
- ¿¿Qué?? – lo cierto era que no daba crédito… era cierto que el tipo era un baboso repugnante, pero follando conmigo había sido extraordinariamente solvente. Y ellas habían repetido con él varias veces precisamente por eso…
- ¿Gatillazo? – le pregunté, incrédula - ¿Y contigo, precoz? – añadí, mirando a Nur – bueno, aunque eso me cuadra más, la verdad, si de hecho el primer día me extrañó que aguantara tanto con las dos… pero sobre todo contigo – tuve que reconocer. – Pero, de todas formas, ¿te la llegó a…?
- Qué va, tía – fue Meri quien me respondió – si se lo echó todo fuera… Y luego conmigo empezó a hacerme de todo, pero estaba mucho más torpe que las otras veces, y cuando me la metió y empezó a… en fin, que para abajo.
- Joder… - no sabía qué decir. Con razón habían llegado las dos, y seguían ahora, tan tremendamente cachondas.
- Sí, joder. Joder es lo que necesitamos, Lau – protestó Nur.
- Bueno, bueno – le dije molesta. No me gustaba su tono.
- ¿Tú tampoco has mojado, no? – me preguntó Meri, con tono que trataba de resultar comprensivo.
- ¡Qué va a haber mojado! ¿No has visto el numerito de antes? – evidentemente, Nurita no estaba en absoluto a gusto con la situación. Estaba claro que había esperado mucho más de mí… traté de improvisar una justificación, pero no me salían las palabras de la boca. ¿Qué le podía decir? ¿Que había sido incapaz de dar el paso decisivo, y que mi primo mismo me había rechazado, directamente, por causa de dicha indecisión mía?
- Tampoco os podéis quejar… - traté de protestar – esa paja que le has hecho antes, Nur…
- Mejor déjalo, Lauri… - trató de frenarme Meri.
- ¿Os liaríais por lo menos, no? – preguntó secamente Nuria.
- ¡Qué sí, qué, sí! Yo sí que he tenido una mañana bastante intensita, ¿vale? Entre sesentainueves y demás, lo cierto es que casi no hemos parado…
- Ya. Pero te has parado ahí. Como siempre. – Nuria se puso a andar de nuevo, avanzando despacio pero decididamente hacia el jardín.
- ¿No habéis llegado a nada más…? – preguntó Mer, cogiéndome de la mano.
- Hemos hecho bastante más, Mer… solo que no hemos hecho lo que ella quiere…
- Yo también lo quiero, preciosa.
- Mira, no sé si quiero contar más de lo que ha pasado esta mañana aquí – mis ojos estuvieron a punto de llenarse de lágrimas. Meri se dio cuenta.
- Tampoco tenemos tiempo para eso ahora – me dio un suave pico en los labios – Vete a por sus calzoncillos, ¿vale? Te esperamos fuera – terminó, y se puso en movimiento ella también, siguiendo los pasos de Nuria. - ¡Ah! ¡Y pilla también aceite para el masaje! – su última mirada, al decir aquello, fue acompañada de una de sus dulcísimas sonrisas, cargada también de picante travesura.
Yo abrí la puerta del pasillo y me metí a mi habitación para pasar al baño a por el aceite y también al vestidor, donde estaba la maleta de Pablo. Pillé los primeros gayumbos que estaban amontonados sobre esta, y salí, casi corriendo, rumbo al jardín. Nuria había cogido de la mano a mi primo, y le acariciaba la espalda entre sonrisas cómplices y besitos. A sus pies, María estaba estirando una toalla gruesa y seca sobre el césped.
- Ah, ¡por fin! Ya estás aquí… - me sonrió ella desde el suelo.
- Toma, primo – le dije a Pablo, estirando la mano en la que llevaba sus calzoncillos, uno de aquellos slips que le quedaban siempre, invariablemente, apretados. Fue Nuria la que estiró el brazo para recogerlos de mi mano, y ayudó a Pablo a ponérselos. Yo traté de ignorar todo aquello.
- Pues venga, Pablo… ¡al suelo! – le dijo María, palmeando sobre la toalla. - ¿Cómo hacemos?
- Túmbate boca abajo, primo… – le pedí yo, acuclillada junto al extremo de la toalla más cercano a mí - …así, mirando hacia donde estás ahora – continué, señalando el extremo contrario.
Pablo estaba completamente callado. Se había estado dejando acariciar y besar por Nurita todo aquel tiempo, pero lo había hecho prácticamente inmóvil, hierático, casi atemorizado. Hasta que tuvo por fin los slips puestos, hubiera dicho que estaba tratando de no empalmarse, y casi hubiera dicho que pareció aliviado cuando pudo por fin echarse al suelo y tenderse boca abajo sobre la toalla, en la posición que acababa de indicarle yo. Gateando sobre él, abrí el bote de aceite y le fui soltando un buen chorretón de arriba abajo, desde la nuca hasta las pantorrillas. Cuando llegué al final, me quedé arrodillada allí, junto a sus pies, y mirando asombrada el trasero de sus slips, dije:
- Joder, primito… ¿pero qué te ha pasado aquí? – Acababa de darme cuenta en ese momento: los calzoncillos de Pablo lucían un hermoso roto justo en el medio de su trasero… Llevé hasta allí mis manos, y jugué a meterle un dedo por aquel pequeño boquete…
- Hostia, prima… - Pablo se encogió al sentirme entrar, mientras que mis dos amigas se agachaban junto a mí, riendo divertidas…
- Estoy segura de que lo usa para meterse cosas… - apuntó Nuria, divertida, mientras pasaba las suaves yemas de sus dedos justo por debajo del elástico de sus gayumbos.
- Sí, - la animé yo, complacida de ver que todo volvía a fluir normal entre ella y yo después de que la nube negra que la había rodeado instantes antes pareciera haber pasado de largo por fin. – Eso o que se lo rompió su hermano… - ellas debían de haber estado pensando algo parecido, y mi primo tuvo que soportar nuestras carcajadas mientras nos imaginábamos a Carlos violando a su hermano sin aguantarse ni para quitarle la ropa y yo, introduciendo un dedo de mi otra mano en aquel agujero, tiraba con decisión hacia sus extremos, rajando la tela para ampliar considerablemente aquel orificio. La raja del culo de mi primo apareció perfectamente visible ante nosotras, calculé que justo a la altura de su ano.
- Uffffff… - resopló María, sobándose sin disimulo el coño delante de la cara de mi primo. Yo no di importancia a aquello, porque me moría de ganas de empezar de una vez.
- A ver, si os parece yo había pensado que nos repartiéramos su cuerpo… - ellas me miraron golosas. Sin duda aquella imagen les estaba resultando más que sugerente.
- Creo que es de justicia que le dejemos el culo a Merita, ¿no, Nur? Ya que es su vicio, que al menos pueda conocer también el de él antes de que se lo rompa él a ella. – Mis amigas cerraron y suspiraron al escucharme decir aquello. Pablo temblaba. – ¿Te sientas entonces en su culo para hacerle la espalda y los hombros? – Meri me contestó abriéndose sin más sobre el cuerpo de mi primo, y descendiendo hasta juntar su culo prácticamente desnudo al de Pablo. Sentí que me mojaba toda al contemplar ante mí aquella visión, donde solo les faltaba un empujón para juntar sus respectivos anos a aquellos dos cerdos que tan fanáticos eran del sexo anal - Y tú y yo… - le dije a Nur, para terminar - pues si te parece, ya que estamos puestas así, te quedas tú con la cabeza y yo le hago las piernas – terminé. En realidad, me había preocupado de elegir mi parte preferida: las piernas. Los muslos, y… un acceso libre a su sexo.
- ¿En serio? ¿Para mí la cabeza? Joder, pero… - empezó a protestar otra vez Nur.
- A ver, Nurita… - reí yo – tengo claro que vas a ser capaz de sacarle provecho a algunas cosas que están en su cabeza – le expliqué, guiñándole un ojo y relamiéndome los labios muy lentamente con la lengua humedecida. Aquello debió ser suficiente para que la voracidad de Nur terminara por vencer a su sentimiento de protesta.
Tras aquellas breves instrucciones, ya no fue necesario mucho más. Yo le separé las piernas un poco para meterme entre ellas, y las fui tomando por turnos en mi regazo para hacerle los pies, primero, y luego las pantorrillas y los gemelos. Al avanzar hasta allí, tal como estaba, sus pies quedaban a la altura de mis tetas al aire, entrando en contacto de forma directa. Lejos de rehuir aquel encuentro, me complací en excitarme frotándome contra él de forma explícita, y Pablo me devolvió aquella sensación masajeando mis senos con sus pies como buenamente podía, aunque lo cierto era que, para entonces, él tenía ya demasiados estímulos que a tender a la vez.
Meri se estiraba para llevar sus manos hasta el cuello de él, y luego se volvía a echar hacia atrás para bajar por su espalda, aunque desde el primer momento se dedicó a aprovechar aquel movimiento para refrotar su culo contra el de mi primo, apretándose contra él, sin duda con intención de abrirse lo máximo posible. No tardó en olvidar el masaje de su espalda para agarrarse sin más a la cintura de él y empezar a masajearse ella misma el culo y el chocho abiertos contra el trasero de Pablo, que se había preocupado en elevar lo suficiente como para amplificar al máximo las sensaciones de Merita.
Tanto ella como yo nos descubrimos empezando a jadear más pronto de lo esperado, de lo calientes que íbamos, y ante la tremenda eficacia que estaban teniendo los rozamientos de nuestros cuerpos con el suyo. Lo cierto es que tanto él como nosotras sudábamos copiosamente ya, y desde luego nosotras dos estábamos gimiendo con total exageración, pero es que la situación en sí nos invitaba, y sentir que la otra desplegaba a la vez tanto deseo y placer nos hacía compenetrarnos y sincronizar el ritmo creciente de nuestros eróticos jadeos, que no hacían sino excitarnos todavía más.
No tardé en ser consciente de que mi masaje avanzaba por sus piernas, facilitado no ya por el aceite corporal que yo le había extendido al empezar, sino por los ríos de sudor que surcaban su piel ya en todas direcciones. Mi primo ardía bajo nuestras manos. Animada por aquellas sensaciones, empecé rápidamente a subir el tono de mi masaje, jugando con la cara interior de sus muslos, aunque todavía todo dentro de límites casi convencionales.
En realidad, todo iba bien hasta que Nur, que había empezado arrodillada ante él, con sus dedos hundidos en la mata de pelo sudada de su cabeza, se sentó cruzando las piernas, poniendo la cabeza de mi primo entre ellas. En un primer momento pensé, inocente de mí, que evidentemente lo hacía por comodidad y para evitar que se le durmieran las piernas. Nurita aprovechó aquella nueva posición para masajear su cuero cabelludo en profundidad. Y al verla recordé aquella sensación a la perfección. Y me mojé todavía más al hacerlo.
Alguna vez me había hecho aquello a mí antes… aunque estaba sin bragas. Pero, para el caso, me temía que mi primo debía de estar sintiendo casi lo mismo que yo en aquella ocasión: el olor del sexo de Nur se reconcentra en esa cueva, te embriaga, acabas buscándola desesperada, tu lengua se estira y estira hasta acabar dentro de ella. Era algo inevitable. Nur nunca ha tenido un olor tan fuerte como el mío, ni de lejos. Bueno, es cierto que yo huelo mucho, muy fuerte y penetrante cuando me excito. Pero tampoco olía tanto como María, ni en general comparada con casi cualquier mujer. Salvo que estuviese realmente caliente, claro. En aquellas ocasiones… joder, mi amiga puede llegar a resultar como pasar por delante de una pescadería de esas de las grandes, de esas que acumulan todo tipo de género, desde el marisco más fresco y fragante hasta intensas sardinazas que llevan días pidiendo ser retiradas… ¿Cómo no abalanzarse sobre un manjar así cuando te lo pasan por delante de la cara? Ahora, con la tierna carita de mi pequeño primo metida hasta la cocina en su caliente y sucia cueva, sus bragas seguramente podían estar consiguiendo parar algo todo aquello, aunque podía imaginar como estaría Pablo en aquel momento. Joder, el aire se había llenado de aroma a mar embravecido, nuestros tres coños rugían en mareas bravas arrastrando todo tipo de olorosos seres marinos… pero, con todo, y a pesar de la distancia, el olor a coño de Nuria me estaba golpeando con fuerza hasta a mí. Pobre Pablo, pensé… va a destrozarle.
Me asomé tratando de mirar más allá del cuerpo de Meri cuando noté cómo el cuerpo de mi primo se tensaba y estiraba, intentando avanzar, intentando llegar hasta ella, hasta su centro, hasta su interior mismo. Decidí acelerar al máximo para asegurarme de que mi primito se portaba con ella como era debido. Aquella peste a coño de Nuria me dejaba claro que su calentura era extrema, y entendí que la jugada en falso del videoclub debía de haberla dejado no solo a mil, sino furibundamente insatisfecha. Y pocas cosas hay más peligrosas para un hombre que mi amiga Nuria insatisfecha… Me estiré más y metí mis manos directamente en su entrepierna, deslizando bajo las perneras de sus slips, que el frotamiento continuado de Nuria sobre su culo había llevado nalgas arriba, además. Sin impedimento alguno, ya que tenía puesto el culo en pompa para que ella pudiera pajearse mejor sobre él, pude cogerle la polla a la primera, y noté al instante cómo se empalmaba de golpe y por completo. Pero yo también estaba a mil, y necesitaba más y lo necesitaba ya, así que sin soltar su pene erecto, con mi otra mano empecé a hurgarle todo. Evidentemente, mi masaje en sus muslos ya no era nada inocente, como nada inocente había sido aquel masaje que el coño de Meri le estaba dando en el culo desde el primer momento. ¿Lo ves, mi niño? Tú tampoco tienes por qué ser inocente con Nuria… pensé.
Mis bragas empezaron a chorrear cuando Meri se dobló sobre el cuerpo de mi primo, frotándose frenética contra su culo, y pude ver de frente la cara de Nur, que se estaba conteniendo en complicados gestos las ganas de ponerse a gritar de placer. Evidentemente, mi primito debía estar ya consiguiendo algo bien rico avanzando por sus muslos hacia el centro mismo de su placer. Mer seguía frotándose abiertamente contra el culo de mi primo, y también debía estar enloquecida viendo lo que estaba haciendo Nur.
Joder. Pero yo quería más. Quería aquel culo… egoístamente, metí un poco la mano entre el de Meri y el suyo. Ella convulsionó al sentir mi presión precisamente allí, y por ese motivo no opuso la menor resistencia cuando, haciendo palanca entre ellos, la empujé lo mínimo necesario para que ella resbalara hacia la baja espalda de Pablo. Había perdido aquel contacto directo con el culo de mi primo, pero en su nueva postura tenía todavía más recorrido y más facilidad para frotarse su coñito contra él, y estaba tan abierta y tan perra que aquello fue precisamente lo que hizo, aún más descaradamente, sin que se le pasara por la cabeza quejarse lo más mínimo. Yo también estaba súper salida, así que, en cuanto tuve el camino libre, aproveché para meterle las dos manos juntas dentro de sus slips, que pude notar que estaban totalmente mojados de ella. Mi primo estaba ardiendo allí dentro, y yo me puse igual al empezar a sobarle la raja, el culo entero, el ano, los huevos, la tranca toda dura…
Pablo se revolvió y sentí cómo se lanzaba torpemente hacia Nuria. Mis incursiones en su sexo le hacían moverse sin control, pero sus movimientos le permitían acabar siempre un poco más dentro de Nur, que ya cerraba los ojos y gemía alto como una puta, echando la cabeza hacia atrás. La conozco, y estaba a punto de perder el control. Pero yo ya lo había perdido, también María, que estaba dejando empapada la espalda de mi primo, y yo me descubrí jadeando como puta mientras me lanzaba a boca abierta, enloquecida, a por su culo. Hacía muchos meses que no se lo tocaba así, que no se lo comía… aquello me había vuelto loquísima desde nuestras primeras veces. Se lo empecé a masajear entero, con fuerza, sobándoselo abiertamente sobre el calzoncillo. Mis manos chocaron varias veces, inevitablemente, contra el sexo mojado de Mer, que estaba hinchado y caliente y había desbordado por completo la estrecha tira del tanga de Nuria. Aunque debía estar casi corriéndose, mi amiga no pudo evitar girarse para mirarme, asombrada, queriendo ver lo que estaba haciendo entre sus piernas... Alucinó por completo al ver el magreo que le estaba metiendo al culo de mi primo, y pateando nerviosamente se levantó lo suficiente como para poder girarse y ponerse así cara a cara conmigo para poder ayudarme. Nuestras manos parecían luchar por poseer aquellos glúteos ardientes y mojados. Nuestros dedos no tardaron en abalanzarse por aquel agujero en sus slips a la búsqueda de su ano, y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos tironeando de la tela con tal furia que pronto aquel agujero acabó ocupando casi todo el trasero de mi primo, que tenía el calzoncillo hecho jirones entre nuestras frenéticas manos. Fue Mer la que empezó entonces a retirarle el slip, sin más. Yo sabía que aquello iba contra mis normas, iba contra toda razón y toda prudencia. Si había pedido que mantuviéramos aquella mínima garantía de seguridad que era nuestra ropa interior, era por algo. Pero yo no estaba para pensar, sinceramente. Quería culo, quería a Pablo, y lo tenía todo allí, tan cerca, al alcance mismo de mis manos…
Así que ayudé a Meri a sacarle aquel resto de tela de su culo, y yo misma se lo bajé hasta los tobillos para terminar de quitárselo del todo. Volví a lanzarme sobre él, conteniendo a penas la terrible tentación de quitarme yo también las bragas, que pude aplacar mejor al ponerle mis manos encima y empezar a subirlas lascivamente por sus piernas, sus muslos, toda su raja, sus glúteos, donde se encontraron con las de Meri acariciando, apretando, arañando con saña, pellizcando hasta el dolor. Aquello que le estábamos haciendo María y yo en el culo fue lo que empezó a desencadenar todo. Nuria, mirándonos perder la cabeza, consideró que había llegado también su momento. Abrió las piernas y le dio vía libre a Pablito. Mi primo avanzó con decisión, sin dudar ni un momento sobre qué era lo que tenía que hacer en ese momento, y le clavó la cara en su coño.
Entre las tres le habíamos llevado juntas a meterse allí dentro. Yo dudé por un momento, no sabía qué hacer, de repente me volvía a apetecer follar más que nada, pero justo en aquel momento Meri se puso a abrirle el culo y a dejarle caer en la raja gruesos goterones de su baba. Pablo iba a mil, también. Junto al olor a coño de Nuria, podía oler el culo de mi primo, podía oler su polla. Mi cabeza se me fue por un momento, y acabé sin pensar con la nariz, la boca, la cara entera dentro de la raja del culo de mi primo. Meri se tiró a mi lado, sin preguntar, y entre las dos empezamos a comerle el culo a Pablo mientras seguíamos sobándoselo a saco… eso y todo el resto de su cuerpo al que tenemos acceso. Afortunadamente para mí, aquello incluía también parte de su sexo. Mientras, Nurita gemía como una loca. Básicamente, mi primo le estaba comiendo el coño a lo bestia, aunque fuera a través de las bragas. Pero tenía que estar siendo sumamente especial para ellos dos, porque en verdad aquella fue su primera vez, ya que ni siquiera la noche anterior habían sido capaces de llagar a tanto con ellas… solo se había atrevido a tocarlas, a correrse sobre ellas, levemente dentro de Mer incluso, pero aunque ellas sí se lo tocaron todo y ya aprovecharon para mamarle y pajearle del tirón, él fue incapaz de follarles nada a ellas... Fue incapaz, o quizás fue más bien capaz de controlarse… porque, por mucho que me costara entenderlo, se habían pasado toda la mañana controlándose las ganas los tres durante el rato que yo había estado fuera de combate.
Pero Pablo empezaba a no poder más. Porque ahora estaba empezando a atreverse con Nuria a llegar hasta el fondo… mi niño ya no podía aguantar más tampoco. Mi superhombre, mi dominante… volvía a ser un tierno niño salido, yo había conseguido acabar con aquella resistencia física y mental suya, tan fuera de toda norma. Porque si estaba haciendo todo aquello en el coño de Nuria, era solo porque yo se lo había permitido, porque había sido yo misma quien le había incitado. Y, en cualquier caso, yo misma estaba tan jodidamente caliente, que hubiera sido completamente incapaz de detenerle, aunque hubiera querido. Pero quién podía querer parar nada, ya. Por qué parar toda aquella delicia cuando los cuatro estábamos disfrutando así...
La máquina avanzaba a toda velocidad, cada vez más rápida, directa al precipicio. Yo, la conductora, había enloquecido por completo, perdiendo el rumbo y el control. Y, entonces, cuando estábamos ya a punto de perdernos en un accidente sin remedio, la salvación llegó desde donde menos se la esperaba: Nur, entre jadeos, se puso a gritar:
- ¡No! ¡¡No!! ¡¡¡NO!!! ¡¡PARAD!! ¡¡¡¡NO, NO, NO!!!! ¡¡PARAD!! ¡¡PARA, PABLO!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NO!!!
En uno de aquellos noes, mi amiga consiguió dar un salto hacia atrás. Pablo se incorporó de golpe, extrañado, casi enfadado, aprovechando que nosotras nos habíamos retirado de él, rodando al suelo desde su culo.
Solo al cesar el contacto sobre su coño, EN su coño, Nuria fue capaz de recuperarse. Mi novia estaba sudando más que nadie, completamente empapada, roja como un tomate… Las bragas de María lucían entres sus patas abiertas, y parecían del más transparente de los cristales de tan empapadas como estaban en torno a su vulva… y os digo yo que no todo allí era la saliva de mi primo.
- Jodeeeeeerrrr… - rodó la voz de Pablo al quedar, frente a frente, con tan poderosa imagen. Os he contado ya que esas braguitas de Mer eran realmente eróticas, pero verlas así, absolutamente mojadas de los flujos de Nuria y de las babas de mi primo, con ella tan morenaza, y aquella tela blanca, transparentada al máximo, luciendo sobre su cuerpo, con todo el potorro abierto y pegado al máximo contra la tela. Mi coñito volvió a escupir sus jugos cuando me di cuenta que un leve matojito de pelo, aún incipiente, apenas un mechón luchando por crecer en la piel tersa de su pubis, estaba empezando a asomar justo por encima de su raja, negro en la negrura de su piel mojada.
María y yo habíamos dejado a mi primo totalmente en pelotas al perder la cabeza con su culo. Él fue consciente de aquello al quedarse allí, contemplando el chochazo de Nuria todavía abierto delante de su cara, pero pese a todo aún protegido por aquellas malogradas braguitas. No sé qué sentiría el pobre en aquel momento, pero sin duda debía de verse vencido y desvalido ante aquellas tres hienas que no habían tenido el menor pudor en violarle y aprovecharse de él de aquella manera. Le vi retorcerse sobre el césped, como intentando recolocar su postura en el suelo para acomodar la brutal bestia que nosotras tres habíamos despertado entre sus piernas, y que seguía allí, pidiendo a gritos algo que comer. Cuando llevó una mano hacia su trasero, tratando de tapar al menos algo su robada desnudez, flipando al hacerlo al descubrirse bañado en babas mezcladas de María y mías, me resultó tan tierno como no me había resultado desde la primera vez que me dejé meter mano por él.
A rastras, Nur empezó a retirarse, encogiendo cada vez más sus piernas. Meri se puso torpemente de pie, y empezó a recular también. Nurita intentó ponerse de pie con ella, aunque no pudo conseguirlo a la primera.
- Tranquila, tranquila, mi amor… - le dije, avanzando hacia ella, aunque fue María, que estaba más cerca de su cuerpo, la que finalmente le ayudó a levantarse del suelo. - Tranquila, mi amor – repetí - no ha pasado nada, es solo un crío - intenté justificarla a ella.
Sabía que no era necesario justificarle a él. Pero sí a ella, o nunca iba a ser capaz de rematar lo que ya habíamos empezado. Era la primera vez que la veía reaccionar de una manera semejante mientras estábamos teniendo sexo. Pero no me costaba demasiado entender qué era lo que había pasado. En realidad, también a Mer y a mí nos acababa de pasar lo mismo. Solo que ella le estaba sintiendo directamente metido dentro de su coño, y eso… claro, marca la diferencia. El motivo que había hecho detenerse a Nuria era sencillo. Era el mismo motivo que me tenía a mí misma paralizada desde hacía meses. Exactamente el mismo que me había impedido seguir hasta el final aquellos últimos días, cada vez que él y yo habíamos estado a punto de… Joder, era algo insensato. Pero era así. Lo que sentía cada vez que mi primo me ponía la mano encima, ni más ni menos. Y ahora le acababa de pasar a Nuria… a la salvaje sexual de Nurita en persona. La había paralizado. Y es que aquello era demasiado. Por incomprensible o exagerado que pueda parecer. Todavía hoy día me lo parece, en ocasiones. Como si no hubiéramos sido nosotras mismas, como si algo dentro de todo aquello hubiera estado… trucado, desde el principio. Pero así era. Y lo que acababa de pasarle a Nuria me ayudaba a asimilar muchas de mis reacciones de los últimos días, también. Aquellos momentos de excitación tan máxima, tan desmesurada que, sencillamente, ya no puedes seguir. Esa sensación de que estás acumulando tanto placer, que de repente parece que ya no vas a ser capaz de sentir placer nunca más, porque no asimilas que pueda haber más placer después de eso. El morbo. Era el morbo. Aquella fue la única explicación que conseguimos darnos después, cuando todo pasó, cuando nosotras tres todavía intentábamos comprender por qué todo había sido tan… exagerado. Tan inevitable. Y tan brutal.
- Vamos, vamos, preciosa – María hizo rápidamente la difícil tarea de tirar de ella para sacarla de allí, llevándosela entre sollozos. - Tranquila, tranquila, Nuri… - Había que entender a Nuria. Aquella mañana el cerdo del videoclub había pegado un gatillazo con ellas, y las había dejado por completo en la mierda. Pero en aquel momento, había sido Nurita la que había pegado el gatillazo con nosotros… - Mi pobre primo me miraba atónito desde el suelo, mientras ellas se retiraban hacia la casa. Se había sentado sobre la toalla revuelta, y se agarraba la polla con gesto dolorido. La tenía como un martillo…
- Pero… pero… Pablo… - Nuria solo acertaba a decir aquello, mientras señalaba la insultante dureza de mi primo. Era evidente lo que nos quería decir: no le podíamos dejar así.
- Vamos, idos las dos, ahora… vamos, yo me encargo, yo termino esto. Tranquila, amor… - les dije. La cara de mi primo no podía revelar mayor estupor ante lo que estaba pasando. Todavía mientras María se la llevaba, la cara de Nurita nos contemplaba con gesto atemorizado.
Yo me agaché a recoger sus gayumbos. Estaban destrozados, literalmente, pero solo por la parte trasera. El resto, aunque literalmente empapado, al menos todavía mantenía la forma. Mira, ya total… me dije.
- Anda, ponte esto, al menos… - era todo absurdo. Yo mismo tenía las bragas chorreando, y se me veía todo, aunque tampoco me molesté en recolocármelas. Los dos sudábamos como cerdos. Es que si sus slips no hubieran estado empapados, habría dado lo mismo porque los habría empapado al ponérselos otra vez. Joder, para colmo su glande descapullado e hinchado no paraba de soltar preseminal… Qué sé yo, ¿qué podía hacer?
Aquello era demasiado. Con Pablo siempre era demasiado, ya lo he dicho. Para cuando consiguió ponerse por fin aquella tela empapada sobre su cuerpo sudoroso, y logró dominar su verga más que morcillona para dejarla al menos medio cubierta por aquel andrajo en el que María y yo habíamos convertido su ropa interior, pensé que ya era demasiado tarde. Era demasiado tarde para ser consciente de que el efecto era casi peor así. Peor por lo desmesuradamente erótico que me resultó. Mis pezones saludaron aquella visión mientras no podía evitar morderme los labios para tratar de contener una expresión de placer todavía más evidente. Mierda de gayumbos, me dije. No era solo que los hubiéramos destrozado, no. Era todo. Aquella tela tan fina, tan suave, tan adaptable… Demasiado pequeños, seguro. Demasiado viejos, claro. Por eso le quedaban pequeños. Y por eso la tela… vieja, gastada. Por eso se había roto, por eso María y yo la habíamos rasgado casi sin querer… Joder. Su descomunal tranca, aún a medio gas, se dibujaba perfectamente definida, como si estuviese desnuda, o enfundada en film transparente, tiesa, hacia arriba... mucho peor que solo desnudo... como si llevara una anaconda metida en la ropa interior. Aquella tela era tan fina, o estaba tan desgastada de puro vieja, que se le había quedado pegada totalmente alrededor de su nabo bañado en humedad. Como digo la tenía hacia arriba, aunque en la parte de abajo le colgaba también tremendo paquete, con aquellos cojonazos que gastaba y que se le habían retraído, endurecidos, sin duda debido a la excitación continua y a aquella interminable producción de esperma que, pese a todo, aquel joven cuerpo parecía ser siempre capaz de soportar sin problema. Y, sobre ellos, la tranca desplegada hermosamente, aunque no totalmente endurecida, sino formando más bien una montaña deliciosamente curvada desde sus huevos hasta el filo mismo del elástico de aquella prenda, haciendo que todo quedase marcado, como impreso en aquella tela mojada, las líneas de sus largos pelos empapados, las delicadas venas que irrigaban su poderoso miembro, leves y sutiles todavía en su alucinante juventud, claro, pero evidentes y tan prometedoras. Su soberbio glande, alargado, completamente descapullado, desafiante aún bajo la tela, aprisionado violentamente por el elástico pero luchando por asomar la punta en aquel abultamiento de la goma por el que se veía gotear aquel hilo claro, brillante y mínimo que adiviné espeso, ácido y precursor de una nueva corrida que ya se estaba preparando en sus siempre dispuestas pelotas.
¡Qué ganas de follármelo todo, por dios!
Sin darme cuenta siquiera, yo me había puesto en cuclillas junto a él. Sí, para poderle ver aquello más de cerca, ni más ni menos. Me había entrado un hambre de polla que no veas. De su polla. Como si obedeciera únicamente a su propia voluntad, vi mi brazo estirarse, mi mano abrirse para acariciar todo aquello, y de pronto se la estaba sobando a saco. Joder…
Levanté la vista, temblando como de miedo y de emoción. Meri mantenía abrazada a una todavía incapacitada Nurita, las dos mirándonos con la boca abierta desde el enorme ventanal del salón, que estaba totalmente abierto hacia el porche. Hice que Pablo se volviera a tumbar en la toalla, y le tiré desesperada del calzoncillo… hizo falta tan solo un leve tirón para que aquello se le deslizara como si estuviera tan untado en aceite como el resto de su cuerpo. Comprendí al instante que no se trataba solo de mi acción retirándole por segunda vez aquella prenda íntima, apenas unos segundos después de haberle ordenado que se la volviera a poner. No, ahora también era el propio cipote el que se levantaba para venir a mi encuentro. El cuerpo de mi primo parecía reaccionar a voluntad, como si aquel maldito sátiro pudiera decidir en cuestión de segundos si su pene debía replegarse o alzarse más orgulloso y resistente que un mástil de bandera.
Miré hacia mis amigas. Habían retrocedido hasta el sofá del salón, donde Meri había dejado a Nurita, para después volver y apartar la mesa del porche lo suficiente para que nada interrumpiera la visual directa entre nosotras. Mer me conocía, y sabía que yo me disponía a ofrecerles a los tres el espectáculo del que la inoportuna quiebra de Nuria nos había privado tan desafortunadamente. Esperé a que mi amiga volviera al sofá con mi novia, y en aquel preciso momento cerré mi manita con fuerza sobre las pelotas de Pablo. Mi primo se encogió de dolor, y al recuperarse de aquel inmerecido ataque, acompañando a su cuerpo distendiéndose, aquello terminó de hincharse y consiguió romper por fin la resistencia del elástico de su cintura. El slip cedió y bajó como un resorte de goma hasta la altura de sus pelotas. Su verga emergió por fin ante nosotras, levantándose majestuosa con toda su dimensión y potencia. Ante nosotras tres, sí, pero sobre todo ante mí y para mí. Lo sentía mucho por ellas, pero estaba demasiado caliente, y a aquellas alturas tenía ya demasiadas ganas de tocársela. Se le había puesto tan jodidamente dura de repente que el falo se le subía y bajaba en espasmos reflejos, como el péndulo de un reloj. A mis amigas se les salían los ojos y a mí se me caía la baba. Puta Nuria, pensé… si hubieras aguantado quién sabe dentro de qué coño podía estar ahora esta tranca, me dije. Gracias a que me digné a no quitarme las bragas tal cual y follármelo ya allí mismo… pero no podía hacerle aquella putada a ella. La quería demasiado como para cimentar mi relación con Pablo sobre el fracaso de ella.
Pero estaba puta, muy puta. Eso era una realidad. Me eché hacia delante, sobre él, y me monté sobre su cuerpo, sentándome con mis piernas recogidas encima de él, dejando sus propias piernas entre las mías. Incapaz de resistir la atracción de su miembro, aquella lanza insultante delante de mí se alzaba hasta casi tocar mi cuello. Tranquila, Laura… pensaba. Tienes que ser más sutil de lo que acostumbras. Infinitamente más sutil de lo que desearías… Tan solo le estabas haciendo un masaje. Bien, me dije, pues si estamos de masajes, le haré un masaje. Mi cuñado Guille me había enseñado como hacerle aquello… el cursi de Javito llamaba a aquello “masaje tántrico de pene”, aunque lo cierto era que con él nunca pude hacerlo como es debido, porque a su pequeña pollita le falta recorrido para que algo así nos pudiera llegar a dar todo el jugo que se le puedo sacar. Eso del tamaño me había hecho que no solo lo hubiese probado con Carlos, el hermano mayor de Pablo, sino que realmente hubiera llegado a incluirlo como una de las prácticas sexuales más habituales entre nosotros en los últimos meses. Con Pablo, por el contrario, y a pesar de que tenía una polla perfecta para algo así, jamás había querido hacérselo… Una más de mis absurdeces, de las tonterías que llevaba acumuladas por no querer continuar aquella relación con él por su corta edad y excesiva proximidad familiar. Pero en aquel momento, allí en el jardín de mis padres, sola frente a él, todo aquello no me parecía ya más que una enorme montaña de despreciables prejuicios. Yo creo que María no tenía ni la más menor idea de que yo era capaz de hacer algo así. Nur sí, ella sabía que yo ofrecía esas cosas cuando trabajábamos juntas, aunque no recuerdo que me hubiera visto hacerlo nunca.
En fin, tampoco me voy a poner ahora a dar una clase magistral de cómo hacerlo. Mis movimientos resultaron además sumamente automáticos. Profesionales. Yo no daba crédito a aquello que estaba haciendo, y lo que estaba sintiendo al hacerlo me tenía tan sumamente consternada que hasta tenía miedo por la reacción final que pudiera llegar a tener mi cuerpo. Empecé a estrujarle primero las bolas, en movimientos estrujantes y rotatorios, firmes pero controlados, utilizando aquellos tirones para obligar a la piel de su falo a bajarse hacia abajo al máximo, haciendo que su pene descapullara tanto que parecía que se lo iba a pelar literalmente. Su preseminal escurría a chorro sobre mi mano, mientras mi otra mano empezaba a juntar todos aquellos charcos de sudores mezclados con restos del aceite corporal que recubrían el agitado cuerpo de mi asombrado primo, llevándolos hasta su pubis y empezando a usarlos para untar su rabo entero, de abajo a arriba y vuelta a bajar, aprovechando ya para hacerle las primeras pasadas a mano abierta por aquel capullo tan expuesto como ni el mismo se lo había visto nunca jamás. Cuando acabé de lubricarlo, parecía que hubiera metido su rabo en aceite. Al liberarlo de mis manos, el bamboleante movimiento de péndulo del cipote se reanudó, violento, amenazando con arrancarme un brazo o una mano en uno de aquellos tremendos golpes de mazo. Le volví a agarrar las pelotas para detener aquellos movimientos impulsivos y paralizar su falo. Aquellas bolas parecían haber quedado relajadas, aunque muy calientes y con aquel incansable rumor interno, pero sin aquella dureza rígida de antes, con la piel del escroto reblandecida y suavizada al máximo, más todavía teniendo en cuenta que la lubricación máxima que yo le había brindado había hecho que todos sus pelos, largos pero finos y rubios, y todavía relativamente poco abundantes, se quedaran totalmente pegados a su piel haciendo el efecto de estar casi totalmente depilado.
Subí la mano hasta la base misma de aquella brutal mandanga. La tenía dura y más gorda que nunca. Podía sentirla palpitando, caliente y férrea cuando apretaba las manos tratando de aplastarla. Y así, apretándola hasta que él empezó a quejarse de dolor, comencé a pajearle brevemente, tan solo la base del pene, haciendo repetidamente aquellos movimientos cortos y bruscos de arriba a abajo. Mis tetas hinchadas golpeaban su glande al hacerlo, pero es que no podía evitarlo: se me iba el cuerpo hacia aquella maravilla.
- ¿Te acuerdas cuando Nurita te enseñó el otro día a darme un masaje de coño, primo? Pues ahora tu primita te va a enseñar cómo se hace un masaje de polla… - me relamí literalmente del gusto al decir aquello, aunque con tan poco éxito que no pude evitar que se me cayeran las babas encima de él. Decidí aprovechar aquel pequeño fallo y, sujetándole con firmeza su dolorida polla bajo mi boca, empecé a soltarle encima, fuera de programa, toda la saliva que fui capaz de producir, sudándole la polla suavemente con aquella lúbrica mezcla. – Menuda bestia tienes, primo – le sonreí, regocijándome mientras recorría una y otra vez su miembro de arriba a abajo.
Después de aquello, los dos estábamos en un punto en que todo resultó extraordinariamente fácil, casi elemental. En realidad cualquiera que me hubiera visto así, hubiera pensado que no se podía hacer con aquella enorme polla nada distinto de lo que yo le estaba haciendo. Su vigor inusitado, su excepcional tamaño, su perfecta juventud, mi excitación máxima… todo me llevaba a extremar con él cualquiera de las sucesivas técnicas que fui ensayando en su masaje. El gemía y jadeaba y se daba golpes, con las manos manchadas de tierra y césped ya que había hecho surcos junto a su cuerpo tendido en el jardín, arañando la fértil y oscura capa superior mientras repetía mi nombre a gritos. También me llamó puta más veces en aquel rato de lo que me lo había llamado en todo aquel año junto… y Pablo siempre había usado aquel apelativo para referirse a mí desde la primera vez que le puse la mano encima. Podía escuchar a mis amigas jadeando también en el salón, pero qué queréis que os diga, yo solo tenía ojos para aquel ser divino que tenía entre las manos.
Tampoco voy a fingir ahora que aquello se extendió durante mucho tiempo. A ver, ya lo he dicho muchas veces, mi primo siempre ha tenido buen aguante, en general bastante por encima de la media, diría yo. Pero no hay que olvidar que entonces no era todavía más que un crío. Y que llevábamos ya un rato que… joder. Después de aquella vez, me ha pedido millones de veces que le volviera a hacer esos masajes, claro. Naturalmente, yo ya nunca le he vuelto a poner pegas, a eso ni a nada. Si hay alguien a quien acabo concediéndole siempre todos los caprichos, por sucios o bestias que sean, es a él. Y puedo asegurar que con él he podido perfeccionar mi habilidad técnica en ese campo al máximo; sí, le he llegado a dar largos masajes, larguísimos, agotadores diría yo. Qué os voy a decir, a veces una también se cansa un poco de los hombres exageradamente vigorosos, y se aburre cuando de repente se pasan ahí dale que te pego, traca traca traca durante horas, literal, a lo mismo. Pero aquella vez, en todo caso, ya digo que no fue así. Qué va, más bien todo lo contrario. Su cara congestionada, su cuerpo temblando, las uñas clavadas otra vez en los surcos en la tierra, los cojones endureciéndose de repente y aquel calor en la polla… Mucho antes de lo que esperaba, comparecieron de repente ante mí, de golpe, todas las señales de su orgasmo. Yo lo agradecí, no obstante. Mi coño llevaba rato reclamando desesperado que lo soltara todo ya y que yo misma o quien fuera me hiciera reventar hasta morir cuanto antes. Y, sin embargo, me tocaba esperar todavía un poco más: era Pablo el que se estaba muriendo del gusto en aquel preciso momento.
Levanté la cara hacia ellas. María tenía empotrada a Nuria contra el sofá y le había metido desde atrás toda la mano, completa, hasta el brazo. Cuando Nuria se abría de aquella manera absurda, solo podía significar que… ¡joder! Mis manos, cerradas en torno al miembro de mi primo, sintieron la subida de su leche en su interior. Elevé rápida pero suavemente el pulgar de mi mano derecha por toda la costura de la piel de su tronco en la parte inferior del mismo, hasta el punto donde la piel se le agarraba al borde abierto y redondeado de su glande, separando sus dos cachetes hasta el orificio mismo de aquel volcán, que ya había entrado en erupción. Sentí el golpe húmedo de su semen en mi yema, y el río de lava blanca empezó a manar, acumulándose con increíble rapidez en su cabeza y bajando veloz y sedosamente por la tersísima piel del capullo hasta alcanzar su borde, que se curvaba en una graciosa ladera levemente ascendente, como si fuera una pista de saltos de esquí desde la que su río de lefa saltó en alegre cascada cipote abajo. Aquella corrida, en la que los sollozos de Pablo acompañaron al lloriqueo nervioso de Nuria, brutalmente penetrada por María, fue lenta, vigorosa y muy, muy copiosa. Y yo no pude evitarlo: casi desde el primer momento dejé de jugar a controlar aquella fuente de leche y volví a pajearle con fuerza, con aquellos violentos y desgarradores tirones con los que Nur le había hecho reventar en fuertes disparos de felicidad tan solo un rato antes. Empezó a largarme un trallazo tras otro, directos a la cara, al pelo, a la boca, a las tetas…
Sobre mí. Brutal. Sencillamente brutal. Me había dejado empapada. Me levanté de él, majestuosa, blanca, impertérrita y feliz, bañada en su semen y, con paso tranquilo y firme, me dirigí hacia la casa. Hacia ellas. Os dije que iba a ir más allá con él, os prometí llegar hasta el final, o por lo menos hasta el límite de lo posible, hasta el último confín que mi mente fuera capaz de explorar por ahora, deseé decirle. María había parado de follarse a Nuria y ahora le estaba terminando de sacar la mano del coño, libreando su cuerpo sudado y permitiéndola, por fin, relajarse, destrozada y saciada sobre el manchado cuero del sofá. Las podía ver esperarme, asombradas, deseosas. Cuando entendieron mis intenciones, se volvieron a mirar entre ellas, nerviosas y relajadas al mismo tiempo.
Allí, con mi primo todavía delante, desnudo y sudoroso, medio empalmado y manando leche aún (aunque el masaje sexual que le había dado le había dejado exprimido de tal manera que consideré que había dejado calmada su excitación por un buen rato, pese a lo desmesurado del momento), di a beber su semilla todavía caliente a mis dos amigas, y amantes, de mi propio cuerpo. María y Nurita me lamieron y chuparon el vientre, los brazos, la cara, las tetas, el cuello… el cuerpo entero, para recoger hasta la última gota de la espesa y viscosa lefa de mi primo, que fueron tragando con avidez animal mientras él nos contemplaba, impotente, físicamente impotente, con aquella polla que no conseguía ya recuperar su vigor, sino que, al contrario, parecía desinflarse cada vez más mientras, con la garganta desecada, contemplaba, por primera vez ahora de manera nítida y directa, a diferencia de la revuelta orgía de la noche anterior, cómo su semen acababa dentro de otras mujeres que no eran yo. Y, sin embargo, aquella vez el no estaba invitado, no podía entregarse a disfrutarlo, no conseguía siquiera que su pene respondiera para darse él mismo su merecido premio por aquello, el mágico y brutal momento para él había pasado, ¡¡¡y ahora era yo la que me estoy llevando el premio final!!!
Evidentemente, a nosotras tres nos hacía falta descargarnos mucho más que a él, y más todavía a María y a mí, así que sin comerlo ni beberlo empezamos a liarnos sin necesidad de mediar palabra, sacándonos Nuria las bragas a nosotras dos con habilidad, y acabamos desnudas y tiradas en el suelo en una especie de 69 a tres. Yo me abalancé a por el coño de Mer. La verdad, le llevaba teniendo ganas desde que estábamos las tres dale que te pego encima de Pablo, cuando yo tenía su culo y su chocho delante de mi cara venga a frotarse sobre él. Además, a Nur le apestaba el coño de lo cerda que le había puesto Pablo, y todavía más después de lo burra que había sido María luego con ella. Pero, para ser sincera, a mí en ese momento es que me costaba mirarla a la cara. Y cuando digo a la cara, lo mismo me vale decir al coño. Así que me aferré al duro culito de María para empotrarme en aquella conchita que estaba pidiendo guerra desde hacía rato, y me abrí bien de patas para recibir a Nur, a la que no le costó seguir el rastro hasta mi placer, ya que tenía el potorro tan abierto y caliente que en cuanto empezó a darme lengüetazos con todas sus ganas sentí como si me lo estuviera poniendo del revés. Escuchaba mientras lo hacíamos los gemidos de placer de mi novia, al ritmo que los sonoros chupetones de María en su coño terminaban de vaciarla y de tranquilizar su cuerpo y su alma. En cualquier caso, nos dedicamos a amarnos así, profunda y libremente ignorándole a él por completo, como si no estuviera, como si no fuera un pobre niño, indefenso a quien debíamos proteger de aquellas perversiones de la vida… No. Nada había ya de nuevo para mi primito una vez habíamos llegado hasta allí. Y, francamente, a aquellas alturas, lo que tuviéramos que hacer era ya mejor hacerlo siempre delante de él.
Pero… ¿de verdad os habíais creído eso de que había sido capaz de dejar tan exhausto a mi primo que ya no se le levantaba? Jijiji.
Infelices. Sí, vosotros y yo misma, también, entonces.
Habíamos seguido comiéndonoslo todo unas a otras hasta que acabamos las tres, completamente rendidas, tiradas en suelo. Os recuerdo que hacía un calor asfixiante. Yo había caído tirada la más cerca del ventanal, boca arriba, y me giré un poco para pegar mi cabeza al marco de aquella ventana, quedando en perpendicular a esta, tratando de capturar al menos un poco de la levísima brisa que parecía llegar de fuera, sudando espatarrada con el cuerpo pegado todo lo que podía al suelo de mármol blanco.
Solo fui consciente de su llegada cuando ya le tenía encima. Nadie había visto a Pablo acercarse porque no se había levantado. Quizás no había sido capaz de hacerlo. Qué más da. El caso es que había rodado de su toalla sobre el césped, y había gateado por el jardín y el porche hasta el salón. Como un gatito se había desplazado, tranquilo, despacio. Dándonos tiempo a corrernos, a desfallecer, a caer casi desmayadas. A que estuviéramos vacías, muertas, desarmadas. Fue entonces cuando terminó de avanzar, gateando hacia mí, y le vi asomar lo primero su cabeza sobre la mía, olisqueándome realmente como un gato, acariciándome con su nariz húmeda y su cara sudada, oliendo mi cuerpo, desde mi pelo bañado en sudor hasta mi cuello, y de ahí bajando, oliéndolo todo hacia mi coño. Para cuando pasó rozando mis tetas y mis pezones enloquecidos, aquel coño mío recién corrido ya estaba retumbando y llorando a mares otra vez. Para cuando llegó a mi coño, mi primo se entretuvo, lindo gatito, en olerlo y lamerlo muy despacio, juguetón. Mi coño olía a coño, a mi coño para ser concreta, a coño de hembra en celo, de mujer caliente, de puta ansiosa. Olía a mi coño y a la saliva de Nuria. Y eso no hay gato que se lo salte…
Ya no solo era su nariz, no solo su lengua. Aquel gato me buscaba, y me iba a encontrar rápido, claro. Solo me di cuenta de que me iba a matar cuando sentí aquel golpe en mi cabeza. Un golpe suave y húmedo con algo muy duro en mi coronilla. Luego aquel algo húmedo y suave, pero duro y afilado, dibujó un surco caliente por mi cabeza, mi frente, el arco de mi nariz, según avanzaba el gatito hacia mi coño, hacia dentro de mi coño, y para cuando aquello deslizó por la base de mi nariz, inundándome de un excitantísimo olor a polla sudada, yo ya tenía abiertos los labios y le estaba llamando. Mis amigas se estaban girando hacia nosotros, me acariciaban los costados, las tetas, el pubis que él lamía mientras, al sentir mis labios solícitos, aflojaba por completo sus piernas y se dejaba caer en mí de golpe. La verdad, creo que aquello le debió doler más a él, pero a mí me dejó clavada y a su merced, eso está claro. Joder que si había recuperado su vigor, mi primo. Si lo dudáis, coged una tubería de acero y tratad de clavárosla hasta la garganta en un solo golpe, y veréis lo que os digo.
Me agarré a él como una desesperada y nos hicimos otro 69 más allí mismo, delante de ellas. El me lo abría todo con sus dedos, separándome los labios y demás pliegues para poder entrarme hasta la cocina, aprovechando que al atacar mi cuerpo desde arriba mi exposición era completa. Después de haberme clavado y taladrado bien a golpe de polla contra el suelo, consiguió salir a duras penas de mí, resbalando y jadeando. Evidentemente, clavarse así en mi garganta había sido muy caliente, pero no era la mejor manera de follarme la boca. Le agarré la punta de la polla con cariño y le besuqueé el glande para indicarle el camino de entrada nuevamente. Mientras él me hacía un frenético dedo, consiguió recolocarse para poder metérmela bien esta vez, lenta y disfrutonamente.
Desde luego, Pablo y yo le estábamos cogiendo auténtico vicio a lo de hacernos sesentainueves aquel último día, pero mis amigas todavía no habían tenido la ocasión de ser verdaderamente testigos de ello. Y, a juzgar por las palabras y caricias que nos dedicaban, parecían bastante más que asombradas.
Pablo había conseguido encontrar la postura adecuada para empezar a zumbarme la polla entera dentro de la boca, entrando y saliendo de mí sin parar, cada vez más rápido. No había dejado de majarme el chocho mientras con sus expertos deditos, así que yo podía utilizar libremente mis manos para acariciarle a él, sobarle su rico cuerpo o tratar de frenarle cuando embestía con demasiada saña. Según su polla se iba calentando y sus cojones empezaban de nuevo a animar su blanca producción, la actividad de su mano se fue disparando. Claro. Pablo había llegado a ver, igual que yo, cómo Mer se trajinaba a Nurita con toda la mano dentro de su coño. Por dios Pablo, eso no es algo que cualquiera sepa hacer… me dije, mientras me esforzaba por abrirme al máximo para él, separando las piernas como una puta y abriéndome el sexo con los dedos. Solo esperaba que ellas le ayudaran si había algún problema… Poniendo mi mano sobre la suya, le enseñé la manera de ir colocando un dedo tras otro para que todos pudieran entrar. Aunque fue un poco difícil, así con la cabeza desencajada a golpe de pollazos, no fue necesaria más ayuda en mi desaforada almeja. Cuando Pablo tuvo las yemas de todos los dedos en mi interior, aquello entro solo, casi como si estuviera siendo sorbido por una aspiradora. Llevaba cachonda tanto rato que lo tenía dilatado como para dar a luz.
Pablo se volvió loco por un momento. Sus cojones empezaron a golpearme los labios mientras su glande sacaba chispas de mi garganta y su mano de mi coño. Se había echado por completo encima de mí, y empujaba repetidamente la mano en mi interior con toda su fuerza. Yo jadeaba lo que podía con aquella tranca en mi boca, y aunque mantenía apoyadas mis manos contra su torso ya había perdido la esperanza de ser capaz de aplacar sus ataques de furia. Afortunadamente, yo creo que Pablo no se atrevía a meter la mano completa dentro de mí, le debía de estar dando reparo realmente poder hacerme daño o algo, porque aunque yo le esperaba ya hasta el brazo, no llegó ni a perder la mano entera allí. Eso sí, poco importaba que entrara más o menos: me había abierto del todo, y se había introducido ya lo suficiente como para, llena y estimulada en 360º, empezar a arrancar convulsiones forzadas de mi sexo, demasiado parecidas ya a un orgasmo.
Vamos, que estábamos ya los dos que no aguantábamos ni un minuto más. De tanto impulso en mi interior, empecé a sentir de repente de nuevo su aliento en mi concha. Debía de estar oliendo rico yo, porque notaba cómo él me tiraba dentelladas como si me quisiera comer viva. En un momento dado a él se le salió la polla de mi boca, pero aprovechó la oportunidad para dejarse caer hacia delante y, casi tumbado sobre mí, pasar las manitas por debajo de mi culo, usándolas para abrir mi bollo a tope (aunque tenía la vagina desbocada todavía), y meter la cabeza como si fuera un bebé naciendo que de repente quería volver a encontrar su camino hacia mi útero. Yo me estaba corriendo viva ya, porque cuando me sacó la mano de golpe aquello reventó sin remedio y ya no pude parar, pero por mucho que patalear y gritara el me tenía cogida con fuerza y no quiso apartar su boca de mí en ningún momento. En aquella situación, solo me quedaba una salida, claro. Aferré su polla dura con una mano y me abracé a él mordiéndole el cuerpo con fuerza mientras le pajeaba sin ningún miramiento. Ahora lo pienso, y estaba tan desquiciada y él la tenía tan dura que podía haberle partido la polla a la primera de cambio en un mal movimiento.
A él no debió de molarle mucho aquello, yo sí que debía de estar haciéndole realmente daño, aunque él no pudiera quejarse con su cara toda hundida en mi vagina abierta. Pero aún así su cuerpo se revolvió y su polla empezó a golpear mi cara en sus violentos intentos de penetrarme de nuevo. Yo la cogí, dispuesta a guiarla hasta mis labios para complacerle, aún a sabiendas de que en aquel estado de enajenación dejarle que me penetrara tan duro y tan violentamente podía llegar a ser fatal. Afortunadamente, María estuvo rápida ahí, y empezó a deslizar unos cojines debajo de mi cuerpo para permitir que me acomodara adecuadamente para recibirle. Cuando le puse la cabeza en mis labios, fue tremendo. Como si hubiera dejado entrar en mí de golpe a un camión de seis ejes. Y una vez que hubo entrado hasta el fondo, los siguientes dos, tres, veinte golpes, qué sé yo, fueron implacables, contundentes, fuertes. Hasta dentro todos. Hasta los huevos.
- ¡Joder, tía! ¡¡Que la va a matar!! – oí gritar nerviosamente a Nuria. Pero su voz me llegaba como si hablara desde otra dimensión.
- Tranquila, tía… parece mentira que no hayas visto nunca a Lau haciendo esto… - la voz de Mer, pese a todo, también parecía cualquier cosa menos tranquila.
- Joder, sí… pero al que no había visto nunca haciéndolo es a su primo…
- Ya, joder… ¡qué cipotazo!
Yo llevaba ya un rato corriéndome, claro y, aunque en aquel primer momento, cuando todavía no me la había enterrado como una bestia salvaje en la garganta yo me había corrido como una perra, sí, para cuando él terminó mis orgasmos me habían arrasado por completo ya y estaban en aquel momento final meciéndome ya más bien en un suave baile de placer y humedad.
Pablo no. Pablo reventó como una explosión atómica. Fue él quien se la sacó de golpe y giró mi cuerpo en el suelo, sobre aquel mar de cojines, hasta tenerme otra vez delante de él, cara a cara, alucinada viéndole agarrarse la polla con dolor y abrirme las piernas para colarse dentro…
- No, no, no… - empecé a gemir como una boba.
- Prima, ¡prima! ¡Quiero frotarme! Solo eso, prima, ¡necesito!, joder, necesito hacerlo, necesito frotarme… me gustaría frotarme, por favooorr - me soltó, con toda la polla temblándole entre las manos. Miré a estas sin saber qué decir, abierta como en la consulta de un ginecólogo delante de mi primo. Nur se mordió los labios.
- Vamos Lau, no vas a dejar al chiquillo así – me dijo Mer, dudando.
- Dios. ¡¡Dios!! - Estiré la mano hasta la polla de Pablo. Tenía un gesto de dolor, de llanto contenido, que dejaba claro que no aguantaba más. – Vale. Vale. Pero sólo frotarte, ¿sí? Joder, Nada de intentar meterla, Pablo. Ni de más mamadas… hostia… y sobre todo, no te vuelvas a acercar a mi boca, que tengo la garganta reventada... – solo me di cuenta de las animaladas que le estaba soltando cuando él ya me hubo saltado encima, comenzando a restregar su cuerpo sudado contra el mío, empapado...
Hasta que, de repente, me di cuenta de que era yo, para mi sorpresa, la que estaba botando y refregando toda mi concha abierta contra la punta de su miembro. De nuevo cerca, de nuevo a punto, de nuevo me estaba pajeando entera, me estaba pajeando viva con su nardo empalmado y a punto de correrse, incluyendo clítoris, y me la apretaba tanto en la entrada, que estaba tan dilatada... mmmhhhh
- ¡¡¡¡¡¡DIOOOOOOOOOSSSS!!!!!!
Pensé que me follaba.
Pero, afortunadamente, mi primo aquella vez estaba totalmente al límite, como ya había dicho. Así que, como no podía ser de otra manera, cuando yo empecé así él duró muy poco más. Prácticamente nada, de hecho. Podría hasta resultar sorprendente lo rápido que se me había corrido encima, pero es que él iba realmente a mil… o a cien mil. En realidad, más inaudito fue que yo consiguiera acompañarle, otra vez, nuestras corridas mezcladas en aquel mar de sudores, supongo que por eso seguí y seguí dejándole que me untase todo el coño con su leche, y le dejé seguir hasta mucho después de haber acabado, o quizás no solo le dejaba, sino que más bien era yo quien le incitaba... Métemela, métemela toda mi amor, joder, ¡QUIERO MOJAR!, ¡¡FÓLLAME, PABLO!!, soñé que le decía…
Mientras me removía de placer en el suelo, con mi primo untándome su polla cremosa y dura por toda la vulva, empecé a apretarme las peras y a estrujarme los pezones, quizás tratando de sentir algún tipo de dolor que aplacara en algo aquella desmesurada sensación de placer en mi coño. Tenía que pensar algo rápido para poder bajarle la trempada porque sentía que yo misma iba a explotar si continuaba haciéndome aquello, pero es que no era capaz de parar... UUUFFFFFF... era de coña, su glande apoyado en mi vulva recontrabierta daba pequeños saltitos en mi interior antes de continuar recorriéndome, y eso lo hacía una y otra vez, nos faltaba tan solo aquel mínimo empujón, mientras Pablo no dejaba de apretarme en la boca del coño y de lubricarme todo con su calor y su humedad insaciables… Me estaba repitiendo lo de antes, sí, aquel intento de… cierto que ya me lo había hecho, y me había dejado destrozada cuando se retiró sin… pero ahora era todo tan fácil... sabía de sobra que no me la iba a meter en aquel momento, pero el deslizar de su tranca dura sobre mi chocho era tan delicioso que yo misma me abría más y me frotaba contra él, buscando que aquel celestial contacto no se detuviera ya nunca… ohhhh ¿qué me pasaba? me pregunté, ¿porqué aquellos cambios cambios constantes en mi estado de ánimo, en mis deseos?
Mientras Pablo me hacía aquello, mis amigas nos miraban impacientes, o más bien ansiosas en realidad… hasta que, pegadas a mí, empezaron a besarme a la vez y a llevar su mano a mi sexo. Fueron ellas las que untaron aquel barrizal blanco que la leche de mi primo estaba formando con los flujos que no paraban de salirme del coño, y lo usaron para recorrer mi cuerpo, por dentro y fuera, para, lubricadas sus manos, apretar con ella a Pablo en mi interior, como tratando de meterle dentro de mí, casi empujándome hacia él para que termináramos de consumar de una puñetera vez. Sin embargo, mi primo fue consciente de que mi reticencia, en el fondo, permanecía. Los músculos de mi estómago y de mis muslos tensionados, las manos tratando de pegarse al suelo para detener mi descenso en su falo, mi cabeza que se movía agitada y aquel leve pataleo de niña pequeña enfadada…
Fue él quien se retiró. No sé de dónde sacó las fuerzas para hacerlo, pero lo hizo. Afortunadamente, al retirarse él, mis amigas llenaron su espacio con total fluidez, y me penetraron a la vez con sus manos empapadas en lefa, y se acostaron sobre mi cuerpo bañándose en su lefa y nuestros sudores, que ahora se mezclaban también con los de ellas, y me metían la lengua hasta la campanilla, por turnos o a la vez.
Dios, ¡qué reventón! Mira que soy gritona cuando me corro, pero lo de aquel día… Mis amigas se apartaron, asustadas. Hasta para ellas había resultado exagerado…
- ¡Joder, Lau! ¿Estás bien? – preguntó Mer.
- Ufffff… ¡¡síííí!! Joder, tías… uffff ¡estoy muuuy bien!!!
- ¡Jajajajaja! – atronó Nur con su carcajada. Pablo me miraba, todavía asustado, asomando la cabeza tras ellas.
- Pero… ¿qué ha pasado? – rio también María.
- ¿Qué qué me ha p…? Joder, pues relajando al niño… ¡ya sabéis! ¡¡¡Jijijiji!!! – me uní a sus carcajadas.
Pablo era el único que no reía en aquel momento. Pero se le veía feliz…
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@laualma super zorra me dejaste con la polla dura me tendré que masturbarme, eres una calienta pollas con tus relatos Saludos desde Venezuela 🔥🍆💋💐🇻🇪
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