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6 julio, 2026 08:45
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
CAPÍTULO III - Juegos callejeros
La única parte realmente buena de ese periodo final de la infancia era cuando estaba en la calle, que era en realidad casi todo el tiempo. Incluso cuando teníamos que estar en la escuela, mis amigos y yo nos escapábamos para jugar a imitar las fiestas de nuestros padres. Yo era una niña todavía, todos lo éramos, claro, pero recuerdo que casi siempre era la preferida que ellos elegían primero para desnudarme y hacerme pasar de uno a otro. Eran juegos de niños, pero a mí me gustaba que ellos me prefirieran a mí que a mis amigas. Por eso siempre me esforzaba por ser más lanzada y atrevida que el resto. Es posible que mi exhibicionismo naciera ahí, pero en realidad yo creo que es que yo siempre he sido así, de siempre me ha gustado andar desnuda delante de la gente sin preocuparme de que me vieran... o, precisamente, disfrutando de ello. Lo que pasa es que en las fiestas de Padre aprendí que eso podía no solo ser divertido para los hombres, como cuando mis amigos jugaban con nosotras, sino que los hombres del patio también podían llegar a disfrutar físicamente de la desnudez de las jóvenes y las mujeres. Pronto supe que a eso le llamaban "excitarse" y, ya con mis amigos, me empeñaba en descubrir durante nuestros juegos la manera en que mi desnudo pudiera excitarles también a ellos. Lo malo es que ninguno de ellos entendía bien aquellos juegos y, como yo tampoco sabía realmente lo que había que hacer, pues acabábamos siempre jugando a otras cosas. Pero a mí me gustaba que me vieran desnuda y que me tocaran y me separaran las piernas para verme la raja de entre los muslos, y como disfrutaba de ello a veces me preguntaba si eso sería "excitarse". Porque si era así, tenía muy claro que excitarse era bueno y me gustaba y quería aprender a hacerlo de verdad.
Pensándolo bien ahora, la verdad es que no creo que mi exhibicionismo tenga al final tanto que ver con todo aquello. Si lo pienso, y visto desde mi presente, el morbo que me da mostrar mi desnudez e incluso dejarme ver en situaciones abiertamente sexuales, en realidad no es más que una de las más claras manifestaciones de mi búsqueda constante de situaciones en las que sentirme sexualmente deseada. Era muy pequeña entonces, pero no iba a tardar tanto en descubrir lo que era el deseo, y desde el primer momento supe que sentir ese deseo hacia mi cuerpo iba a ser, sin la menor duda, la cosa que más intensamente me haría excitarme. Y así es todavía hoy, porque sentir ese deseo sucio y profundo sobre mi piel ha sido lo que, con diferencia, ha conseguido siempre ponerme más cachonda a lo largo de toda mi vida. Evidentemente, desnudarme con poco más de medio ciclo lunar para mis amigos, en realidad no podía ser más que un juego de niños, en el que ninguno de nosotros sabía lo que estábamos haciendo, ni siquiera cuando, conforme fuimos avanzando en aquellos entretenimientos, ellos me empezaron a meter los dedos en la rajita o me pedían que les dejara tocarme y abrirme el culo. Eran solo juegos, por mucho que yo siempre disfrutara mucho de todo aquello.
Lo sé porque yo entonces no era capaz de sentir placer físico. Claro, repito que todo eran chiquilladas entre nosotros, éramos tan inocentes… Quiero decir, que ¿a qué edad se puede empezar realmente a sentir placer sexual? Tampoco sabría decirlo, como no sería capaz de darle un nombre a lo que yo sentía cuando alguno me proponía algún encuentro a solas, o se buscaba la manera de sorprenderme en algún rincón solitario y oscuro, y me pedían que les dejara tocarme. Lo que sí sé es que disfrutaba, de eso no dudo, de que me gustaban aquellas situaciones en las que fui aprendiendo lo que es sentir el ardor de un hombre en mi cuerpo, y por eso las permitía primero, pero enseguida empecé a buscarlas y favorecerlas. Y sé que en algún momento yo también empecé a sentir algo más que el puro disfrute del juego.
Aunque seguían siendo simples juegos, y por eso, cuando jugábamos, nunca teníamos límites. Es lo maravilloso de esa edad, ¿verdad? Poder jugar a cualquier cosa, porque todo es posible y es fácil.
Bueno, no sé si fácil es la palabra correcta. Quiero decir, para nosotros todo lo era, pero pronto aprendimos que no todo el mundo era igual de divertido que Padre, o que la mayoría de las jóvenes que venían al patio. De hecho, según nos fuimos haciendo un poco más mayores, aprendimos casi instintivamente a buscar rincones apartados de los mayores para poder continuar con nuestros juegos. Quizás era solo que hay determinadas personas que pierden esa capacidad de juego al crecer, y para ellos las cosas acaban siendo siempre difíciles y aburridas, como le pasaba a mi madre. Pero a nosotros nos daba igual, porque no dejábamos de jugar nunca. Es más, de alguna manera, siempre conseguíamos que nuestros juegos fueran cada vez más divertidos y emocionantes. Según fuimos aprendiendo a jugar, llegué pronto a conseguir que, cuando ya me tenían totalmente desnuda a mí y todos habían jugado ya a besarme y acariciarme y a tocarme entre las piernas, pues primero otras chicas empezaron a quitarse ropa y a dejarse besar, tocar y explorar como yo. También lo hacíamos entre nosotras, porque además teníamos mucha curiosidad por nuestros cuerpos, pero a veces la única manera de conocerlo de verdad era con otra chica...
Luego algunos de los chicos empezaron a desnudarse también, porque sabíamos que es lo que hacían los mayores en el patio, y jugábamos a frotarnos y lamernos, o ellos se sacaban el pito, o me pedían a mí que fuera yo la que se lo sacara. Yo había visto que las jóvenes que jugaban con los mayores eran capaces incluso de hacer crecer los pitos de los padres, así que les explicaba a todos que, de alguna manera, ésa tenía que ser la siguiente fase del juego. Tenía muchísima curiosidad por saber cómo podía ser aquello, pero era difícil, porque al principio no sabíamos bien cómo conseguir que pasara, aunque desde el primer día en que los chicos empezaron a desnudarse por completo, ya pasaba a algunos se le ponía dura en el mismo momento en que yo me desnudaba entera también o les dejaba tocarme. Es cierto que a la mayoría no les pasaba eso de primeras, pero casi todos acababan consiguiéndolo tarde o temprano. También porque a mí me gustaba sentir cómo les crecía, y hacía todo lo que se me ocurría para conseguirlo, sobre todo para que les pasara con el pito entre mis manos o teniéndolo apretado contra mi cara o mi cuerpo desnudo. "Disfrutaba" muchísimo de aquello, sobre todo por lo nerviosos que se ponían a veces cuando llegaba a ponérseles muy dura gracias a mí, y a mí sentir aquella dureza tan rara y tan exagerada me asustaba pero al mismo tiempo me atraía tanto que ya no quería apartar mi cara o mis manos o mi cuerpo de ella, y entonces me daba cuenta de que aquel calor y aquel nerviosismo que sentía no era miedo en realidad, pero ya no sabía explicármelo, y cuando trataba de contárselo a mis amigas tampoco me entendían. Alguno de los chicos a los que les pasó eso de ponérseles pero muy, muy dura, me reconoció que aquello también le hacía "disfrutar", y uno me dijo que era mejor que jugar a la pelota en el descampado de detrás del mercado del pescado, que siempre era lo que más les gustaba a todos.
Pero a base de jugar y jugar, acabé convirtiéndome en una experta en conseguir que se sus pitos crecieran y se pusieran duros conmigo, y pronto se corrió la voz y todos los chicos del barrio venían a buscarme para probar lo que hacía. Incluso alguno más mayor, alguno que había pasado ya su primer ciclo lunar o estaba a punto de hacerlo, y que de repente cuando se sacaban el pito lo llevaban todo en vuelto en pelo, como los mayores de las fiestas, y hasta se les sentía diferente cuando les crecía, porque resulta que a los más mayores el pito les cambiaba mucho al crecer, igual que a nosotras se nos hinchaban las areolas de los pezones y se nos abultaba el pecho y la vulva y nos crecían pliegues en la raja que a ellos les encantaba tocar con el dedo y sentir cómo se humedecían, y a ellos se les salía la punta al crecerles el pito y se les llenaba de pis, pero de un pis especial porque era pegajoso y viscoso pero súper fragante, y todos nos poníamos muy nerviosos con aquello y "disfrutábamos" juntos y a la vez. Aquello me hizo buscar cada vez más a esos chicos algo mayores que yo, porque es que en realidad yo andaba ya algo aburrida de los pitos pequeños de mis amigos, y me encantaban aquellos pitos de chicos mayores que eran diferentes ya, aunque no llegaran a ser como como los pitos tan grandes que veía a los amigos de padre en sus fiestas cuando "disfrutaban" y se les ponían tan grandes y duros. Aunque creo que entonces ni siquiera era capaz de relacionar aquellas cosas tan grandes y oscuras con los delicados penes de mis amigos, que parecía de juguete, y en realidad para mí era como si fueran cosas diferentes, aunque sabía que en el fondo tenían algo que ver, pero yo me imaginaba que tenía que algo les tenía que pasar al crecer para que les cambiase así, como ocurría con los gusanos que se convertían en mariposas enormes y hermosas... Para mí uno de los mayores secretos de la infancia fue siempre averiguar de dónde salían las pollas y las tetas.
No conseguí entender algo más hasta que no pude empezar a tocar aquellos pitos a los que ya les empezaba a salir pelo alrededor, y entonces yo me daba cuenta de que también sentía cada vez más cosas cuando se los empezaba a tocar, y ellos me dejaban oler su pelo y acariciar sus pequeñas pelotas, y hasta lamerlas y metérmelas en la boca para sentir lo calientes que estaban y cómo se les movían por dentro. Recuerdo que cuando lo hacía, mientras apretaba fuerte su pito en la otra mano, pues entonces de repente podía sentirla crecer muy, muy rápido, y al final si que era capaz de conseguir ya siempre que se pusieran súper duros y tan nerviosos, y las pelotas se les calentaban tanto que quemaban en la boca, y al final a alguno se les mojaba tanto aquella punta que les había empezado a asomar que algunas gotas hasta caían en mi mano, y yo entonces podía probar su pis sin que ellos me vieran ni me dijeran que era una gurra sucia por hacerlo.
Sí tengo claro que mi pasión por las pollas nació en aquel momento. Eran sólo los pequeños pitos de los amigos del barrio, pero a mí me fascinaba ver cómo cambiaban cada pocos meses, y las cosas que les pasaban cuando yo las tocaba. Recuerdo la primera vez que uno de ellos soltó no ya esas gotitas, sino un chorrito más largo de ese líquido. Tuve la suerte de atrapar el chorro en mi manita, que puse en forma de cuenco para evitar que cayera, y como a mí me gustaba todo lo que tuviera que ver con sus pitos, pues no me dio asco, al revés, me entró la curiosidad al poder ver tanto junto, y me di cuenta que no era de color amarillo transparente como el pis, sino de un tono grisáceo y traslúcido, y además así como algo más espeso y menos ligero, y entonces, como había tanto, hasta lo olí y lamí para ver a qué sabía, pensando como otras veces que él no estaría ahí mirando mi mano. Pero debió ser porque él también había notado que se le había salido un chorro entero en vez de unas gotitas, que era la primera vez que le pasaba, al menos conmigo, y el chico me miró cuando su pito soltó aquello, seguramente con la misma curiosidad que yo al ver que había conseguido atrapar el líquido en mi manita, pero luego vio que chupaba con la lengua aquel chorro, además bastante exageradamente, porque es que estaba bueno y porque noté que se me empezaba a escurrir por la mano, y él se asustó mucho porque pensó que me estaba bebiendo su pis y que me podía morir, pero yo le dije que no era pis porque sabía rico, y él entonces aunque no se lo terminaba de creer, cuando se lo pedí me dejó lamerle el líquido que se le seguía saliendo cada vez más de la punta del pito, y al final a él también le gustó y disfrutó mucho de que se lo hiciera. Tiene gracia, ahora que lo pienso. Morir por beber un poco de pis…
Con la de veces que me han duchado a mí con pis, y la de veces que he bebido meados. Que eso me guste tanto también tiene que venir de aquellos tiempos, porque me cuerdo perfectamente que cuando empecé a hacerlo siempre pensaba que si realmente fuera pis tampoco me importaría ni me daría asco, porque en realidad yo cada vez sentía que, de alguna manera y a mi modo, cada vez "disfrutaba" más de poder tocar y lamer los pitos de los chicos del barrio, sobre todo si les crecía tanto y se les ponía tan dura que se les salía la punta y empezaban a mojar así. La verdad es que creo que hasta llegué a tener ganas de probar incluso un poco de pis para poder saber qué se sentía, porque sabía ya entonces que tenía que ser divertido y "disfrutable", es algo que nunca había pensado, pero la escritura te permite parar y darte cuenta de cosas.
Es una pena no haberme puesto a escribir antes. Recordar todo esto me gusta. Recordar mis primeras pollas, cuando sabía todavía tan poco de todo que ni entendía por qué me resultaba tan maravilloso lo que hacíamos, pero simplemente lo seguíamos haciendo con una ternura inocente y tan bonita, buscando algo que llamábamos"disfrutar", pero sin saber ni siquiera en realidad lo que buscábamos. Sí, me recuerdo tierna e inocente haciendo aquello, pero tan insaciable, también, tan obsesionada ya por ir más allá, por aprender cuanto antes lo que venía después. Porque, desde mis primeros juegos, inevitablemente luego volvía a casa y me imaginaba tocando y lamiendo esos grandes trozos de carne oscura de los amigos de padre, que todavía no sabía cómo les salían a los hombres pero sabía que tenía que tener que ver con lo que les pasaba a los pitos de mis amigos, y entonces yo ya no era capaz de pensar en otra cosa. A veces daba vueltas y vueltas en la cama imaginado aquello, sobre todo si había fiesta en el patio, lo que cada vez era más frecuente, por otra parte. Y entonces a veces Padre me permitía andar entre ellos, y cuando notaba que estaban especialmente contentos y todo el mundo se reía mucho, entonces a veces me ponía medio desnuda yo también y trataba de acercarme todo lo que podía a aquellos hombre y me quedaba pasmada mirando a su entrepierna... A veces a alguno se daba cuenta, pero yo no me apartaba, y entonces muchas veces veía cómo a él se le engordaba incluso un poco al verme, y ahí ya me ponía muy nerviosa si él me miraba riendo y me la ofrecía para probar a tocarla. Pero yo sabía que no debía, porque a las hermanas mayores de mis amigos a las que sacaban a jugar con los padres, las llevaba siempre Padre, y era él quien siempre las recibía y organizaba, y las iba repartiendo a sus amigos, pero a mí nunca me miraba en esos momentos, porque yo no era parte de sus juegos, y eso lo tenía claro y sabía que no debía llevarle la contraria nunca. Y, de alguna manera, algo me decía que menos que nada debía llevarle la contraria en eso temas...
Así que en aquella época todavía me tenía que conformar con imitar sus juegos con mis propios amigos. Lo bueno es que poco a poco parecía que se corría más rápidamente entre ellos la voz de lo que me gustaba hacerles, y a partir de ellos a otros chicos nuevos de la escuela y del barrio, y así cada vez era más frecuente que vinieran chicos todavía incluso más mayores, de los que habían celebrado el año lunar hasta uno o dos años largos antes. Yo estaba muy orgullosa de mí misma, porque todavía me faltaba mucho aún para completar el ciclo lunar, así que me ponía feliz de ser admitida por chicos tan mayores para que jugara con ellos, porque me daba cuenta que era un poco igual que cuando los padres admitían a las chicas mayores del patio y del barrio en sus fiestas. Por eso yo trataba de ser tan atrevida y decidida como las veía a ellas en las fiestas del patio, que se dejaban desnudar enteras y ayudaban a los padres a conocer su cuerpo guiándoles con sus propias manos, a veces incluso a varios a la vez. Así que, en cuanto veía llegar a chicos mayores nuevos, yo me iba con ellos directa, confiada en que me propondrían ellos mismos jugar, y si no lo hacían me ofrecía yo tratando de no mostrar vergüenza, y levantándome el vestido para que supieran que ya sabía cómo hacer el juego aunque fuera más pequeña que ellos. A veces los que no me conocían dudaban al verme, pero luego siempre se juntaban conmigo cuando veían que seguía jugando en serio, y yo "disfrutaba" mucho cuando ellos me alababan tanto a medida que yo me seguía quitando la ropa, hasta que me quedaba desnuda del todo y entonces les cogía las manos para hacer que me tocaran la piel desnuda en las mismas partes y de la misma manera que veía hacer a las chicas con los amigos de Padre, y entonces los chicos más mayores querían siempre ya jugar conmigo más que nada, y apartaban si podían a los más pequeños para quedarse solos conmigo, y yo entonces les dejaba tocar mi rajita entera, que siempre era lo que todos querían primero, pero también si podía les dejaba meterme sus dedos por detrás, o yo misma les enseñaba cómo hacerlo, que aunque eso a muchas de mis amigas les daba asco, a mí me gustaba mucho porque luego cuando me los sacaban sentía como ese alivio grande que da hacer caca cuando tienes muchas ganas. Como yo siempre era más atrevida y más divertida que la mayoría de mis amigas, incluso que algunas de sus hermanas mayores, pero que todavía no eran tan mayores como para que les dejaran jugar ya con los padres y, además, siempre estaba buscando saber lo que venía después de lo que ya sabía, y por eso no paraba de buscar juegos nuevas, acabé siendo la amiga preferida de un montón de chicos, y sobre todo me preferían cada vez más los más mayores de los que todavía seguían juntándose con las de nuestra edad, aunque en realidad a todos nos daba bastante igual la edad al final, y cuando los juegos se alargaban y se reunía mucha gente, era frecuente que al final acabáramos jugando todas las amigas con todos los chicos que aparecían, y muchas veces seguíamos probando juegos también entre nosotras, sobre todo para aprender a besarnos con lengua como hacían las chicas mayores en el patio con los padres.
Creo que ahí empecé a entender ya por fin lo boba que había sido hasta entonces, porque empecé a ver que los pitos de aquellos chicos más mayores eran cada vez más grandes cuando conseguía que se les pusieran duros y además cada vez se les veían más oscuros también, igual que sus pelotas, y alguno de ellos las tenía grandes y blandas en lugar de pequeñitas y duras como la mayoría, y a mí me hacía cosquillas en la nariz cuando me dejaba lamérselas con la lengua, porque las tenían llenas de pelo, y a ellos que yo le lamiera las pelotas no les daba asco sino que lo disfrutaban y les ponía todavía más duro el pito. Me di cuenta también de que los chicos más mayores tenían casi todos ya mucho pelo alrededor del pito, y a alguno de ellos la punta se le llegó a salir entera cuando hice que se le pusiera dura con mi lengua y mis besos porque me dijeron que nunca les habían hecho algo así y que cuando yo se lo hacía sentían cosas que no habían sentido antes, como si su pito tuviera vida propia.
La primera vez que me pasó eso, pero no así como un poco, sino del todo, con uno de los chicos que además tenía la punta tan grande y gorda que cuando se le salió entera pareció literalmente que se le iba a reventar, pues todo el mundo alrededor se asustó mucho al principio, porque debieron de pensar que se le había roto el pellejo de la punta, pero yo me puse muy contenta porque sabía que a los padres se les salía también toda la punta entera y se les ponía así de grande y roja y brillante, hinchada como un gran sombrero colorado, y aunque en nuestros juegos nunca habíamos visto nada parecido, yo sí que lo había visto en el patio y me puse muy contenta, porque sabía que lo que pasaba no era nada malo sino, al revés, lo que pasaba era que a ese chico le había crecido ya mucho el pito y se le estaba empezando a poner como los de los los padres, así que casi era como si yo le hubiera hecho crecer a uno de los padres el pito, pero tanto que la punta se le había salido entera por encima del pellejo y le había crecido como una pelota del juego de mesa, y además le estaba empezando a gotear mucho pis de ese traslúcido y grisecito. Creo que debí sentirme especialmente mayor por haber logrado aquello, y más todavía teniendo en cuenta que aquel chico en realidad era tan mayor ya que casi podía estar como uno más en algunas de las fiestas del patio donde mi padre juntaba a más gente de lo normal, en esas en las que admitía a mujeres algo más mayores, y también a chicos un poco más jóvenes.
Como sentí que todo el mundo me miraba y me alababa por lo que acaba de hacer, y el chico me estaba pidiendo que no parara de chuparle (recuerdo que así dijio, "sigue chupando, tía, que lo haces muy bien", aunque yo no acababa de entender del todo lo que quería decir, pero sí tenía claro lo que tenía que seguir haciendo), me envalentoné y se la empecé a lamer toda con más ganas que nunca, porque ya había visto en el patio que las chicas siempre empezaban así cuando les habían puesto tan grande el pito a los hombres y ellos ya no se conformaban con jugar con las manos, y yo ya quería probar lo que se sentía al hacer eso, y además sabía que igual no volvía a tener la suerte de conseguir que a un chico le creciera tanto y tan dura y prefería aprovechar al máximo, sobre todo mientras él no me hiciera parar por no saber bien lo que tenía que hacer. Además, es que sentí un calor tan grande al notar que nos estaba rodeando un montón de gente, que ya no pude ni quise contenerme y empecé a besarle aquella cosa, tan dura y tan enorme que ya no era un pito sino otra cosa que yo no sabía cómo llamar, pero me encantaba, y yo sabía que lo tenía que estar haciendo bien a pesar de no saber, porque él no me obligaba a parar y, además, otros chicos se habían acercado tanto que estaban empezando a tocarme por todo el cuerpo a la vez, y yo no sabía que se pudiera sentir todo lo que estaba sintiendo, porque estaba como "disfrutando" demasiadas cosas a la vez, y sentí que me tenía que tocar yo también la raja, aunque ya tenía un dedo allí cuando empecé a hacerlo, un dedo que me empezó a abrir y a intentar entrar como cuando me lo hacían por detrás, aunque yo no sabía que por donde el pis pudiera entrar un dedo también, y sentí que de hecho me empezaba a hacer pis, pero no le di importancia porque el pito del chico estaba echando chorros ya todo el rato también, y alguno hasta le saltaba un poquito y me mojaba la carita cuando yo le acercaba la boca con la lengua fuera y se la lamía por toda la punta gorda y cabezona, como cuando me daba besos con lengua con alguna de mis amigas durante los juegos, y al besarle y chuparle yo de esa manera la cabeza del pito entera al chico, metiéndola toda dentro de mi boca, aunque la tenía muy grande y gorda y con la piel muy tensa, y me encantaba acariciarla con la lengua, resulta que él se puso muy nervioso y me empezó a sujetar la cara para mantenerme pegada a él, y casi sin darme cuenta me acabé metiendo entera toda la punta, chupando como cuando bebíamos los zumos con cañas, y todo el pito estaba muy caliente y con la cabeza enorme tan mojada de aquel líquido que no era su pis pero tampoco era mi saliva y que a mí me gustaba.
Los otros chicos que, mientras tanto, tenían el turno para tocarme el cuerpo, empezaron a decirme que mi raja también estaba toda mojada y alguno dijo que me debía estar haciendo pis, pero seguí notando más manos tratando de tocarme toda la raja para ver lo mojada que estaba, y me pasaban sus dedos como intentando separarme los lados de la raja, abriéndome la rajita pequeña y apretando con el dedo así con fuerza, aunque yo pensé que quizás lo hacían para poder taparme mejor el agujero del pis, por si de verdad se me empezaba a salir y, en realidad, hasta yo notaba que se me había mojado todo entre las piernas ya, pero es que no quería parar de tener aquella punta del pito tan caliente y tan dura en mi boca, porque "disfrutaba" mucho de cómo se sentía así sin nada de piel que la cubriera. Además, el chico me tenía apretada muy fuerte la cabeza y no me dejaba separarme, y le escuchaba decirme cosas que no entendía, porque de repente susurraba con voz grave y arrastrada como hacían los padres en el patio cuando las jóvenes les tocaban así como yo a él, y a mí me entraron ganas de probar a meterme su pito todavía más dentro de su boca y empecé a hacer lo de chupar como la caña de una bebida, pero todo lo fuerte que fui capaz, porque me daba cuenta de que haciéndolo el pito duro se le metía más dentro de mi boca, lo que pasa es que entonces él me tiró del pelo hacia atrás para levantar mi cabeza, y sacó toda aquella cabeza del pito tan hinchada de mi boca, y ahí pues ya todos dejaron entonces de tocarme y le preguntaron que por qué paraba y él respondió que es que le habían entrado muchas ganas de hacer pis, pero que ahora no podía hacerlo y que le dolía el pito por el pis. Y todos estábamos asombrados porque de repente la tenía grande y oscura y dura como un padre, brillante cubierta de mis babas y temblando mucho sin que nadie la tocara, y nunca antes se le había puesto así a ninguno de ellos. Pero el chico dijo luego que había sido la vez que más había disfrutado conmigo, y que le gustaría repetir algún día, y después de aquello todos me pedían que se lo hiciera igual y que les enseñara cómo se me mojaba la rajita. Y así supe por fin de dónde salían las pollas de los padres, y deseé como nunca seguir probando y aprendiendo a jugar con ellas porque había disfrutado como nunca, y yo también había sentido un poquito de ganas de hacer pis, pero cada vez estaba más segura de que no era pis aquello, y que en cambio tenía mucho que ver con cómo seguir avanzando en nuestros juegos..
Después de aquel día empecé a notar cambios en cómo mi cuerpo "disfrutaba" de los juegos, sobre todo porque cada vez notaba más cosas nuevas, y además descubría formas de "disfrutar" que no conocía, incluso haciendo cosas que ya había hecho antes. Me di cuenta de que, por ello, empecé a actuar diferente con los chicos, como obligándoles a hacerme ciertas cosas o a tocarme en ciertos sitos o de cierta manera. A ellos les gustaba mucho también ser ellos los que me quitaban la ropa, porque yo me ponía súper nerviosa cuando lo hacía, y entonces les cogía las manos y les hacía tocar todo mi cuerpo de formas que ninguno de ellos imaginaba que fuera posible tocar a alguien. Y a mí hubo un momento en que todo aquello me daba calor y me ruborizaba, además de humedecerme mucho la rajita y hacer que me sudaran los sobacos, aunque yo siempre supe que aquello pasaba porque ya entonces me ponía nerviosa y "disfrutaba" muchísimo más de lo normal sintiendo todas esas atenciones, miradas y gestos de deseo sobre mi cuerpo, por mucho que para nosotros fuera solo un juego, sobre todo cuando me daba cuenta de que yo era el principal centro de atenciones, miradas y deseos. Lo que me sorprendía en aquellos momentos era la nueva intensidad de las sensaciones que sentía mi cuerpo. A veces eran tan fuertes que me parecían... no sé, diferentes.
Mi grupo de amigos no paraba de crecer, y definitivamente los chicos más mayores me apreciaban por encima de ninguna otra de mis amigas, e incluso por encima de la mayoría de las chicas de su edad, aún siendo realmente guapas y casi tan formadas como las chicas que llevaban los padres a sus fiestas del patio.
Escribiendo ahora esto he recordado algo que decían siempre de mí, y que me resulta curioso porque lo había olvidado por completo. Por algún motivo, esa Profecía que tanto se ha extendido estos últimos años entre los esclavos de la República sobre esa mujer salvadora que ha de venir a liberarlos a todos, resulta que ya era conocida entonces... Y vuelve en estos momentos a mi memoria un recuerdo difuso de cómo jugábamos a veces a lo que llamábamos sencillamente "la profecía", y resulta que en aquellos juegos era yo siempre la salvadora de esclavos, porque todos me llamaban siempre a mí la Folladora de Hombres cuando me ponía tan dejándome que me tocaran todo y que me metieran todos los pitos que querían por la boca. Aunque lo cierto es que no era más que una broma de adultos que, al trasladar a nuestros juegos, dejábamos sin contexto, porque ninguno sabíamos lo que quería decir aquello, pero lo que todos los chicos y mis amigos tenían claro era que si alguna vez tenían que elegir entre todas las niñas a la que querían que los salvara de algo como hombres, me iban a elegir a mí, y cuando jugábamos a eso después de salvarlos yo tenía que desnudarlos siempre, y entonces ya seguíamos jugando a nuestro juego de todos los días, que en realidad era el que más nos gustaba y con el que más nos divertíamos.
Cuando me quise dar cuenta había dejado de frecuentar a mis amigos de siempre, y todo mi grupo había sido sustituido por chicos considerablemente mayores que yo. Muchas de mis amigas seguían yendo con nosotras, pero la mayoría de ellas se limitaba ahora a mirar cómo jugaba yo con ellos, sin atreverse a participar, porque de repente todos aquellos chicos tenían ya unos cuerpos tan desarrollados, que habían dejado de tener nada que ver con los de nuestros amigos de siempre, muchos de los cuales seguían siendo los niños de los juegos de toda la vida, con los cuerpos de niños de toda la vida. Aquello paralizaba a cada vez más chicas, porque de alguna manera sabían que estaban entrando en un nuevo lugar, donde los juegos tenían otras reglas que ya no eran las que nosotras habíamos conocido, y por algún motivo no se sentían seguras. Pero su estupidez nos venía maravillosamente a las demás, porque así acababa siendo frecuente que fuéramos muchas menos chicas que chicos las que participábamos activamente en los juegos, y así tocábamos a más y podíamos jugar todas al tiempo. En aquellas ocasiones ellas sabían bien que las nuevas reglas del juego se reducían simplemente a tratar de replicar cada cosa que yo me atreviara a hacer, por lo que aquellas veces únicamente las más osadas se decidían a desnudarse junto a mí y a dejarse tocar por los chicos que estaban esperando a que les tocara el turno para jugar conmigo, ya que ellos solían ordenarse cada vez una escrupulosa jerarquía de edad y tamaño del pene, como sabán que solían hacer los mayores en las fiestas de padres, de manera que cuando hacían aquello era yo la que empezaba siempre con los más mayores y mejor dotados.
Con ellos me demoraba siempre más de lo normal, porque en realidad sus pitos eran ya prácticamente en todo parecidos a las pollas de los padres, solo que todavía de un tamaño más pequeño, pero igual de oscuras, y peludas, y sudorosas, y se les ponían más duras todavía que a los padres, sobre todo más duras que nunca cuando yo conseguía que se le les saliera la punta entera de la piel, mientras ellos gemían disfrutando con lo que yo les hacía con la boca. Y en aquellos juegos, cada vez más especiales, y cada vez más específicamente sexuales ya, yo también disfrutaba especialmente con ellos, porque era con los que notaba las sensaciones más nuevas y emocionantes siempre, ya que sus cuerpos habían empezado por fin a cambiar de verdad, y a dejar en toso de ser cuerpos de chicos para empezar a demostrar todas las características físicas de los hombres, y cada vez con más de ellos me empezó a pasar que cuando yo se la ponía dura con mis caricias y lamidas me quedaba alucinada al descubrirme otra vez tocando una polla de verdad, por mucho que ellos no fueran hombres completos todavía, pero ya tenían pelo duro en su pubis y hasta vello en sus pelotas, que también empezaban a descolgarse y a cambiar de forma y de tacto. Para mí ir descubriendo aquellos cambios, en general todos los cambios de sus cuerpos, era algo que, sin darme cuenta, también me iba cambiando a mí poco a poco, porque una vez que has tocado una polla ya no quieres volver a lamer un pito por bonito que sea, y a mí me encantaba que aquellos cuerpos de los hermanos mayores, que ya no se parecían a los de sus hermanos pequeños que habían sido mis amigos de siempre, me abrazaran estando ambos desnudos.
Y es que una vez que has probado al hermano mayor, ya no quieres seguir jugando tampoco con el pequeño, y sentir aquellos cuerpos fibrosos en los que se empezaban a marcar la musculatura y las formas masculinas, tan nerviosos y sudorosos siempre en el cálido y empalagoso clima de los callejones del puerto de La Ciudad, era siempre el mejor pasatiempo que podíamos imaginar.
Lo que pasaba era, en realidad, que era yo la que seguía siendo una cría que no tenía ni idea de nada, por más que me gustara tanto descubrir cosas nuevas y me pasara los días haciendo exploraciones por todo el barrio y el puerto, siempre dispuesta a conocer a algún amigo de juegos nuevo. Pero claro, como ni a mí ni a mi grupo original de amigos nos había llegado todavía la fertilidad, no podíamos entender las implicaciones de aquellos cambios corporales de aquellos chicos mayores que, de repente, se habían vuelto mi pandilla permanente para seguir practicando y avanzando en nuestro juego de siempre. Sin embargo, aquellos cuerpos jóvenes, sometidos por mí a una inaudita actividad sexual para chicos de su edad, maduraban inevitablemente a saltos agigantados, como si mi avidez de conocimientos y experiencias les estuviera reclamando terminar su desarrollo cuanto antes para poder colmar por fin mi sed de conocimientos de manera total.
(lau.alma @yahoo.com)
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





