LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 12 - 26.07.2012 - siesta-fiesta
Desperté junto a él, y estuve un corto rato acariciándole todo, ensimismada. Lo malo fue que, de pronto, empecé a recordar una tras otras las escenas de lo que había pasado en el baño y se me acabó echando todo encima de golpe. Me incorporé, agitada, nerviosa, y noté que estaba transpirando intensamente otra vez. Estábamos los dos desnudos de pies a cabeza, claro, y por alguna razón aquello me hizo sentir tal vergüenza que me abalancé sobre el tanguita blanco, aquel casi inexistente y minimísimo, que había llevado antes de venir a aquella cama para lo que yo misma dije que iba a ser echarme una siesta… Me lo puse rápida aunque algo aparatosamente por culpa de todo aquel sudor. Tampoco es que hubiera mejorado demasiado, al fin y al cabo aquello me dejaba todo al aire, sin tapar siquiera la raja al completo. Me asomé sobre el cuerpo de Pablo y miré el reloj: joder, todavía no son ni las tres, pensé. Todo estaba yendo tan desesperadamente despacio aquel días. Sería por el calor, pero parecía que las horas se estiraban como si estuvieran fundidas, y eso hacía que, de pronto, todo pareciera tener cabida en ellas.
Miré a mi primo. ¿Pero cómo coño podía tener la polla tan grande estando totalmente en reposo? Ni asomo de erección, pero joder, ¡qué tamaño!
Sentí que me moría por su sexo. Y, aquel día, yo ya no estaba para negarme muchos caprichos. O será que hacía ya rato que había dejado de actuar sensatamente. Me agaché pegada a él y le cogí la polla con una mano para empezar a metérmela en la boca. Estaba totalmente relajado, ya digo, pero aún así la tenía morcillona y grande. No pude evitar recordar a mi cuñado Guille, una vez que le hice aquello… “joder Laura, es que imagina, tú ahí medio dormido, o dormido del todo, y de pronto notas como que te vas despertando, de eso que sales como entre brumas de un sueño profundo, y resulta que hay una diosa como tú que te la está chupando, y ya te digo que hay pocas cosas tan sabrosas en la vida, sobre todo al ver que me lo estás haciendo por tu propio placer, Laura, porque vas perra y te has calentado y quieres polla, y casi lo que menos te importa es darme placer a mí, di la verdad… pero para mí es que eso es casi lo mejor, porque sé que no me la estás chupando para complacerme, de eso nada, sino que me la estás chupando porque te mueres de ganas; porque estás cachonda, y eso es fantástico, Laura, de verdad que no hay nada más fantástico que cuando estás cachonda, y la mejor manera de que te coman la polla es que ella (o él) lo hagan porque disfrutan comiéndotela, no que lo haga por complacerte... joder, sí, que te la coman es bueno siempre, pero cuando lo haces por puro egoísmo y yo en el fondo te importa un bledo, porque lo que tú estás satisfaciendo es una urgencia primaria tuya, pues todo se vuelve mucho más especial, ¿no crees?”
Y así era aquella tarde con mi primo. Tenía hambre de polla. Un hambre voraz, insaciable. Pero no de cualquier polla, además. De la de Pablo. Porque no existe una polla como la suya… Solo te importan las pollas, prima… las duras palabras de Pablo resonaban en mi cabeza. Tienes razón, mi vida, me decía mientras me empezaba a dar un atracón con su falo, todavía inerte, pero no toda la razón… porque la única polla que me importa ahora es la tuya.
“Jijijijiji”, recuerdo que aquellas palabras de Guille me hicieron reír como a una tonta, tanto que se me empezó a escapar su semen, con el que estaba jugando todavía en mi boca después de haberle despertado tan rico de aquella siesta que dormimos juntos. “¿Y tú te crees que a mi no me pasa lo mismo cuando me quedo dormida y eres tú el que empiezas a comérmelo tan suavemente que tardo media hora en despertar (joder, Laura, es que tú duermes muy profundamente, se metió él conmigo, calla idiota, reí yo antes de seguir), y entonces hasta tengo que buscarte con las manos y tocarte la cabeza para saber que no he estado soñando y que no me he corrido en sueños, porque tú sabes que yo me corro en sueños mucho…”
La polla de mi primo se fue empalmando, inevitablemente, con mi masaje bucal improvisado. Pero yo no buscaba su semen, en realidad no quería que se despertara, no quería casi su polla se despertara tampoco, aunque no niego que moría por volver a sentir su dureza. Se la comí un largo rato, tratando casi de que nada en él reaccionara, pero cómo evitar que una tranca tan perfecta reaccione, cómo contenerse cuando ese tronco se empieza a llenar de sangre, y se pone tan dura que ya solo te quedan ganas de follar como una zorra, eternamente y sin control. Y entonces, claro, pues pasa que cuando te quiere dar cuenta ya has perdido el control, y eso me pasó con Pablo, que cuando yo estaba ya desesperada por meterme todo aquel monstruo completo en la boca yo ya no pensaba en no despertar a nadie, y lo mismo daba porque era evidente que el monstruos se había despertado y me estaba rompiendo la boca de intentar encajármelo dentro entero, pero también mi primo estaba despierto ya, y me cabalgaba la boca a saco, él ya sabía cómo conseguir aquel garganta profunda, aquella mamada completa que aquel día le estaba repitiendo hasta la saciedad, si es que puede llegar a saciarse una insaciable como yo.
Cuando Pablo se corrió, descubrí con sorpresa que tampoco él se había saciado. Aquello nos hizo pasar a besarnos, sucios y todo de semen como estábamos, él todavía cachondísimo, yo siempre caliente claro, sintiendo como me hacía girarme, como me alcanzaba desde atrás, yo dejándome hacer como una marioneta en sus manos, muerta de placer al sentir su calor en mi espalda, mientras me abrazaba, me acariciaba suave y me sobaba las tetas sin piedad, y al mismo tiempo me empezaba a meter su serpiente entre las piernas, dura como un palo, caliente, y yo me abría para él sumisa, pero ahora por voluntad propia, sin necesidad de tontas apuestas ni intimidaciones, dejándole muerta de ganas que me la empezara a repasar otra vez por el coño abierto, pero no porque él lo quisiera sino porque yo no resistía ya ni un segundo sin tenerla allí, porque solo me importaban las pollas y, de todas las pollas, tan solo me importaba la suya, que él estaba frotando adelante y atrás contra mi raja, y siguió haciéndolo mientras se masturbaba hasta que consiguió que me corriera, y él sorprendentemente lo volvió a hacer también, acompañándome en mi dulce despertar.
Joder ¿no iba a ser capaz de parar nunca, ya? Estábamos casi todavía dormidos, pero yo ya iba como una moto. Me había puesto a mil con aquello, me había dejado la raja totalmente abierta y nuevamente empapada de su semen caliente… Pero él seguía tirado encma de mi cuerpo, buscándome la boca y por eso seguían los besos también, y yo buscándole a él, abrazándole y… y…
- Joder, Pablo… que no se te baja…
- Uffff… sí, prima… es que estoy demasaido…
- Ya,, pero te has corrido dos veces y… ¡ufff!
- Es que ya sabes que me gustas demasiado…
- Joder, sí, pero ¿tan dura? Es que me da miedo hasta tocarla y… ¡ufffff!
- Aymmmmm
- Joder… ¿no te duele?
- Uffff… un poco… creo que… necesito…
- Pero ¿otra corrida? – le corté, temiendo que fuera a pedirme que le dejar meterla en mi coño… No. ¿De verdad? ¿Así ya sin más? Sin antes… - Yo puedo mamarte otra vez si quieres – le sonreí – lo hago feliz, pero… es que parece que cada vez que te hago correrte se te pone más dura…
- Ufff… Laura… - yo se la estaba empezando a sudar otra vez, y aquello pareció que terminaba por sacarle de quicio. Su pene se puso tieso como un mazo y parecía que iba a explotar de tanta tensión. También tenía los huevos muy duros, y aquello me alarmaba todavía más, si cabe.
- ¿Quieres ir donde ellas? – le pregunté, improvisando una monumental locura sobre la marcha.
- ¿Qué dices, Laura? – me dijo él, empezando a agarrarse el nabo duro y a tratar de apartar mis manos, como si no soportara más aquel atroz placer.
- Sí – confirmé… de repente no supe si estaba tratando de devolverle un favor, o más bien todo el sadismo con el que me había tratado en el baño - ¡y follarle también la boquita a Meri mientras duerme!
Yo no supe si la cara que me puso Pablo fue de sorpresa, de incredulidad, alegría o acojone absoluto. O todo lo anterior junto…
Tampoco me molesté en comprobarlo. De repente aquello me había parecido una genial idea, no me preguntéis por qué, porque ni yo misma lo entiendo. A ver, habíamos empezado tal cual aquella loca mañana, con mi primo jugando con su polla en la boquita y la cara de Mer y despertándola con toda aquella leche calentita que le había llevado a la cama. Supongo que, con todo lo que había pasado por la noche y todo lo que acabaría pasando luego, a ninguna de nosotras se nos pasó por la cabeza echarle nada en cara a Pablo sobre aquella barbaridad que había hecho. Jo, si es que hasta él tuvo que echarle huevos para atreverse a eso… Yo creo que, en el fondo, nos dejó tan en shock que ni la propia María parecía haber sido realmente consciente de lo que le había hecho. Ufffff… bueno, quizás si vierais a María durmiendo, ese gesto que pone con su boquita, la manera en que su cuerpo desnudo parece de repente el lugar más acogedor del mundo. No sé, cualquiera habría perdido la cabeza igual que Pablo en una situación así.
Pero ahora… joder, ahora se me había metido en la cabeza aquello, y de repente me iba la vida en volver a ver algo así, solo que esta vez en serio, quería la tranca dura de mi primo metida hasta los huevos en la boca de mi amiga, y no solo repasándosela soezmente por encima y sudándole la cara con ella.
Antes de que él pudiera protestar, yo ya me había incorporado y estaba tirando de él para sacarle de la cama. Dimos la vuelta por el jardín, porque teníamos más fácil la salida por allí que por el pasillo, con la cama nido de mi habitación allí siempre en medio, y los dubitativos quejidos de mi primo se cortaron en seco cuando entramos en la habitación de ellas. Como nosotros, dormían con todo abierto de par en par, puertas y ventanas. También los coños, claro. No tengo ni que aclarar que estaban desnudas, ¿no? Evidentemente, ya no había secretos con mi primo. Dormían profundamente. De hecho, Mer hasta emitía un suave ronquido desde lo más hondo de sus sueños. Por el olor y las manchas de sus cuerpos, creo que hasta Pablo tuvo que tener claro que habían estado follando hasta muy poco antes de entrar nosotros. Yo las había podido escuchar varias veces haciéndolo, de hecho. Nuria estaba encogida en posición fetal, medio atravesada en mitad de la cama, con la cabeza hacia el ventanal por el que acabábamos de entrar, metida bajo un brazo, y los pies encima de su almohada. En la mano, sujetaba todavía un vibrador pequeño, que sin duda habían estado usando en sus juegos y que estaba totalmente manchado de quién sabe qué deliciosos jugos.
María se encontraba al otro lado de la cama, acostada boca arriba, totalmente estirada y abierta de piernas. Su cuerpo estaba girado 180º, con los pies en la cabecera y la cabeza a los pies. Imaginé que había acabado así tras algún tipo de 69. Sus pequeñas tetas redondas de pezones prietos y oscuros se levantaban como dos montículos en su cuerpo moreno. El coño, totalmente liso y rasurado, le brillaba con furia, pero aunque se le notaba abierto, no llegaban a vérsele los labios, al menos no desde nuestra posición. Aquella postura de Meri era perfecta para lo que estaba pensando hacer. Con la cabeza en el extremo inferior de la cama, levemente salida incluso (mis padres no son muy altos, precisamente), le quedaba ligeramente inclinada hacia abajo, con toda su bella cabellera castaña derramándose sobre la colcha arrugada y sucia.
- Ven, primo… con cuidado – le dije, tirando de él mientras le hacía una señal de cautela, llevándome un dedo a los labios – sshhhh… - mi primo quiso protestar, pero yo le puse una mano en su boca y le empujé hacia ella con decisión.
Pablo tenía la tranca como un garrote todavía. Al empujarle sobre María, y gracias a la posición de ella, y a que la altura de la cama era perfecta respecto al paquete de mi primo, aquella barra caliente se deslizó directa sobre la carita de ella. Un surco de presemen se marcó en su rostro, atravesándolo en diagonal desde la frente a la barbilla.
- Uffffff… - gimió él.
- Joder – gemí yo, asomándome desde detrás de su cuerpo para coger la boca de ella con una mano y, metiéndole mi dedo gordo entre las manos, abrírsela mientras reconducía con la otra mano el aparato de Pablo – vamos primo, no seas maricón ahora… - le incité, empujando su cuerpo desde atrás.
Pablo no se decidía, pero tampoco se resistía. Su capullo acabab de tropezar con los labios de Mer. Ella, al notarlo, abrió los labios como en un impulso reflejo. El glande descendió un poco hacia el interior de su boca, y ella sacó mínimamente la lengua, acarició aquella punta tensa y rosada, y cerró los labios en un gesto de chupetón sobre aquella. Medio capullo de Pablo estaba ya dentro.
- Joder… joder… - Pablo temblaba, incapaz de avanzar. Su polla vertía ya líquidos en el interior de mi amiga, cuya boca empezaba a hacerse agua también de forma inconsciente. Me aparté un poco de mi primo, para recolocar aquello dentro de mi amiga, y volví a pegarme a la espalda de Pablo.
Apreté mi pubis contra su culo, y empujé. Una mezcla transparente de saliva y presemen escurrió por la comisura de los labios de Mer mientras la polla de mi primo la penetraba, muy dulcemente. En un acto reflejo, los labios de mi amiga se paretaron de nuevo, y empezaron a mamar como los de un bebé.
- Dios… - dije yo, sin poder dejar de apretarme contra su culo. Aquello seguía entrando.
Pero yo ya no hacía falta allí. Mi primo estaba echando humo… Sus manos subieron hasta la cara de ella, y empezaron a acariciarla mientras culeaba suavemente en ella, aprovechando para acomodar su postura y la de la boca de Mer. Tenía más de media polla dentro ya, y mi amiga tragaba como si nada.
Desafiando toda razón, yo me subí a la cama para poder ver aquello de cerca. Pablo seguía culeando, y sus cojones ya reposaban sobre la frente de ella. Cogí su cuerpo entre mis brazos, y la levanté ligeramente para poder empujarla hacia mi primo. Al borde de la cama, su cabeza cayó todavía más para atrás, y su mandíbula se abrió por completo para dejar paso a mi primo sin impedimento alguno ya. Pablo empujó más, hasta que tuvo más de tres cuartas partes de su nardo metidas dentro de ella. Joder, estaba demasiado duro… no iba a entrar. Su cuerpo temblaba y no se decidía a seguir. Mer estaba empezando a hacer ruidos raros con la boca, y alrededor de la polla de Pablo caía ya abundante saliva de ella mezclada con los jugos de él.
- Sigue – le ordené, con mirada fiera – Sigue. Meri puede con eso y con más – le piqué. Pero era verdad lo que decía.
Para animarle, me abrí bien de piernas y me coloqué de tal manera que quedara con todo bien expuesto para él. Me empecé a sobar el sexo a mano abierta, mientras empezaba a jugar con mis deditos de la otra mano en la rajita de Meri, que no solo resultó estar bien abierta, sino todavía caliente y húmeda. O quizás era que su cuerpo, aún dormido, sabía ya lo que estaba pasando y había empezado a reaccionar…
Entonces pasaron varias cosas a la vez, que provocaron que todo se empezara a desmadrar. En primer lugar, él avanzó de golpe hasta que los pelos de su pubis y sus huevos empezaron a meterse ya en la boca y la nariz de María. Ella, con todo ya prácticamente dentro, acusó el golpe, y se convulsionó en una tos seca y rasposa que, sin embargo, no terminó de despertarla todavía. Yo, en cambio, me puse tan cachonda que sin darme casi cuenta tenía ya tres dedos dentro y había empezado a patear, extasiada de ver aquello. Lo malo fue que, entre mis bruscos movimientos, los gemidos de Pablo, las toses de Mer y demás, acabamos despertando a Nurita, a la que casi estaba usando yo de colchón para tumbarme.
- ¡Hostia, Laura! ¿Pero se puede saber qué coño hacéis?
Yo traté primero de abrazarme a su cuerpo para liarme con ella, pero mi novia se revolvió para acercarse más a la cara de Mer mientras trataba de abrir del todo sus ojos y de quitarse las legañas que todavía empañaban su visión. Pablo le sujetaba ya la cara con fuerza a Mer para poder follarle la boca a discreción, lo que en aquella postura le estaba resultando terriblemente sencillo, por más que la longitud y la extraordinaria dureza de su miembro agarrotado le estuvieran impidiendo llegar hasta el fondo. Por la violencia de sus empollones, parecía claro que mi primo quería ya metérsela entera, huevos incluidos, pero en cada golpe ya antes de llegar a la base de su tallo se podía escuchar un sonido sordo y encharcado, acompañado siempre de una convulsión en el cuerpo de María. La retirada de aquel nabo arrastraba siempre como un ruido de desagüe y abundantes babas de María le escurrían por las mejillas, antes de que mi primo culminara la siguiente embestida, que tropezaba una y otra vez con la misma resistencia antes de poder enterrarse completo dentro de ella. Yo me estaba majando ya el potorro a lo bruto, pero tuve que parar cuando vi que Nurita abría la boca y la acercaba a la boca abierta y repleta de nuestra amiga.
- ¡Eh, eh! ¿Pero tú estás loca? – tiré de ella con fuerza hacia mí para separarla de la tentación.
- ¡Ey, para, gilipollas! – el cuerpo de Nuria pateó, golpeando con fuerza a María en el costado.
Nur y yo empezamos a pelear, justo en el momento en el que María despertaba. Bueno, fue inevitable que se despertara, claro, pero es que cuando lo hizo ya era inevitable que se dejara ir hasta el final con aquello que le estaban haciendo. Pablo la aferraba con una fuerza feroz, exagerada para su edad, quizás, pero es que el estar apalancado de aquella manera hasta dentro de su garganta le daba una situación de ventaja que dejaba a Mer inútil para su propia defensa. Sinceramente, y aunque ella manoteó intentando pegar a mi primo -pero estando tan confundida y ahogada casi no acertó ni a rozarle-, creo que no podría haber evitado aquello ya ni mordiéndole., porque es que él la tenía tan absurdamente dura que, en aquella posición en que María había quedado totalmente expuesta y vulnerable, dudaba hasta de que fuera posible que hiciera la suficiente fuerza con la mandíbula.
Pero quién querría hacer aquello. Porque, claro, una cosa es el despertar, que no puedes ni respirar, que no sabes lo que te pasa, que crees que te están matando. Pero luego ya no. Es una polla, sabes que es una polla. Y te excitas. Y más cuando, como en aquella ocasión, sabes qué polla es, y te gusta porque la llevas deseando como una puta desde hace días. Eso le pasó a Meri. Que dejó de retorcerse y de intentar defenderse así, de golpe. Y, sin más, se agarró con las dos manos muy fuerte contra el duro culo de mi primo, echando todavía más el cuerpo hacia atrás para dejar que su cabeza cayese todavía más fuera de la cama y que aquello ya se abriera del todo y en el mejor ángulo posible para mi primo. Al sentir aquello, él embistió con todas sus fuerzas, pero ni aún así consiguió meterle los huevos en la boca: seguía aquella resistencia en María que le impedía hasta meterse el último dedo de su tranca dentro. Joder, lo malo es que el empuje de mi primito estaba siendo tan bestia que si terminaba cediendo le podía acabr pasando factura a ella…
Mi pequeña pelea con Nuria terminó de golpe cuando se dio cuenta de que Mer había despertado, y que ya no era solo que Pablo le estuviera violando la boca, sino que ahora era ella la que también le comía el rabo, y de una manera tan total y salvaje como seguramente ella no podría nunca llegar a hacer. Mi querida Nur nunca había sido amiga de las pollas grandes para llegar a aquellos excesos… su, por lo demás, divino cuerpo parecía no estar hecho para el garganta profunda, el anal ni para las folladas más hondas. Vi como su boca se apretaba de furia, sus manos se cerraban temblorosas y sus ojos brillaban, acuosos de lágrimas. De un último puñetazo consiguió apartarme del todo, y aprovechó para saltar de la cama, aunque acabó tropezando y caída a los pies. Entre insultos y lloriqueos se arrastró por el suelo tratando de levantarse y, trastabillando, se encerró en el baño con un sonoro portazo. No me preocupé mucho por ella, sin duda se estaría pajeando a lo bestia ya… Yo hice lo mismo, y dejé que mis manos empezasen a jugar con mis labios y buscasen mi vagina empapada, no sin antes separarle las piernas a Meri y meterme allí entre ellas para bucear en aquel caliente y delicioso chochito, sabiendo que el dolor de un garganta profunda siempre se lleva mejor si te puedes correr a la vez.
Pablo empezó a eyacular dentro de ella sin que hubieran conseguido rematar, no obstante, aquel garganta profunda. De todas formas, es que él lo había hecho todo de una manera bastante salvaje. Al principio, mientras le ayudaba yo a meterla, conseguí que fuera despacio y suave, pero en cuanto le dejé solo el pobre se había desbocado y, claro, así era difícil que ella pudiera meterse todo dentro. A mí misma me hubiera sido muy difícil con aquella trempada monumental de él. Joder, bastante había tenido con que ella hubiera sido al final capaz de llegar hasta donde llegó, sin contar con que había gestionado bastante bien la avalancha de lefa en su garganta, a pesar de que había acabado con todos los morros llenos de semen, que chorreaba por sus mejillas y le caía por la barbilla anegada hasta el cuello.
Cuando acabó, con Mer todavía desbordada, medio ahogada y pareciendo que sin acabar de saber qué había pasado, él se dobló sobre ella, y vi escurrirse su rabo flácido, arrastrándose por la cara sucia de ella mientras él casi se iba de espaldas contra la cómoda del cuarto de mis padres. Yo fui incapaz de ayudarle, porque me pilló rebuscando orgasmos entre las piernas de mi amiga, y para cuando levanté la cara embarrada de flujo él ya se había hostiado en la espalda. Me sorprendió verle tan pequeño de nuevo, desnudo y temblando, y con aquella picha desinflada, perdido ya todo el vigor, colgando alargada y mojada de saliva de Mer y tropezones de semen que iban poco a poco resbalando al suelo. Pero ya no me dio tiempo a prestar atención a mi pequeño primo que, avergonzado, o agotado quizás, simplemente, se deslizó hacia la puerta de entrada a la habitación, decidido a emprender la huida por el pasillo… Supongo que ver cómo había dejado a María debió de ser suficiente para asustarse.
Realmente, en cuanto ella pudo quitarse de encima a aquel animal, se dobló en dos sobre la cama, y en el acto se dejó caer de lado con fuerza, yéndose de cabeza contra el suelo y arrastrando todo su cuerpo detrás. Afortunadamente, llevaba por delante las dos manos, y pudo quedar así allí tirada, destrozada, a cuatro patas reptando por el suelo sin parar de toser, de rascarse su garganta y de vomitar semen y babas. Yo me tiré detrás de ella, tratando de sujetarla entre mis brazos para evitar que se golpeara en la cabeza con el suelo mientras iba soltándolo todo en sucesivas arcadas. La verdad, aquel final estaba siendo tan excesivo que hasta yo me empecé a preocupar. Era la primera vez que veía una reacción semejante, y desde luego que era la primera vez que veía a María así por comerse un rabo, con lo viciosa que ha sido ella siempre con las pollas grandes. Su cuerpo temblaba en mis manos, mientras parecía que no iba a terminar de deshacerse nunca en aquel charco de lefa babada. Sin embargo, enseguida me di cuenta de que aquello empezaba a remitir cuando noté que la muy zorra estaba empezando a rebozar su cara contra aquella mancha que se había formado en el suelo de la habitación de mis padres, hocicando entre restos de semen como si fuera una cerdita. No tardó en, al parecer completamente repuesta, desembarazarse de mi vano abrazo para empezar a gatear sobre aquel charco, lamiéndolo como una puta para no dejar escapar ni una gota de aquella corrida que era, también es cierto, su más que merecido premio.
Joder… después de todo, parecía que, por mucho que le hubiera costado recuperarse a mi amiguita, no estaba ni mucho menos molesta, sino todo lo contrario...
- ¡Uaaaauh! ha sido brutal, Lau... ¡¡Garacias!! – se levantó de golpe su carita, mirándome muy sucia pero con una sonrisa de oreja a oreja. Si supierais la increíble belleza que puede tener una sonrisa de Mer, entenderíais mejor la magnitud de aquella imagen.
- Ehhhh – dudé yo - ¿Gracias? – vaya, no era aquella la reacción que me había esperado… de hecho, es cierto que Pablo se había pasado, bueno, que yo me había… que los dos nos habíamos pasado. María debería de haber tenido un cabreo monumental, con mucha más razón que Nuria, a quien tampoco le faltaba, precisamente.
- Sí, bueno, esto... – me dijo señalando los restos de aquel charco sucio sobre el blanco mármol del suelo con un gesto de la cara, mientras se limpiaba la boca con el dorso del antebrazo – quiero decir, que ¿ha sido tu idea, verdad? Bueno, o si realmente va tan salido ya que ha sido de él, está claro que tú se la has permitido...
- No, no, si me has pillado, jijiji – sentí que me ponía absurdamente roja como un tomate mientras ella se incorporaba para acercarse a mí - en realidad fui yo quien... – me calló con un beso profundo, enlazando sus brazos alrededor de mi cuello. Su boca sabía a semen viejo y saliva rancia, pero estaba preciosa, con esta belleza de las mujeres guapas recién folladas, bien folladas… y muy caliente, tan caliente como yo.
Empezamos a comernos la boca, a juntar lenguas y boquitas, y ella me dejaba beber los restos del fruto de mi primo de su propia cara...
- Uffff… ¡pues qué bien que seas tan zorra, tía! ¡Jejejeje!
- Entonces, ¿te ha gustado de verdad?
- ¿Pero tú estás de broma? ¿Pero cómo coño no me iba a gustar…?
- Ay, no sé… es que por un momento pensé que estaba siendo demasiado…
- Ya, eso sí… - sonrió - ¿parecía que me iba a matar, no? ¡Jejejeje!
- Joder, ¡pero no veas cómo!
- Uffff… es que, joder, Lau… lo de tu primito es mucho… - esta vez fue mi sonrisa la que se desplegó de una manera exagerada; de repente, me sentía orgullosa de Pablo y de haber sido yo la que había descubierto sus increíbles dotes para el sexo – que mira que a mí me gustan las pollas grandes, eh, bien lo sabes tú, tía…
- ¡Y tanto! Jijijiji –no pude evitar reírme con su comentario.
- Pero joder, Pablo… es que no sé lo que tiene…
- Ya… a mí me pasa igual…
- Sí, claro… pero, me refiero, joder, que no es la polla más grande que nos hemos metido ¿no?
- Ni mucho menos, aunque, con su edad…
- Ya, joder. Que le crecerá, en eso tienes razón… pero, es que además del tamaño…
- La dureza – afirmé, rotunda.
- ¡Eso!
- Es que no tiene nada que ver, Mer. Te lo llevo diciendo años. Cuando se ponen tan duras, joder… es que no hace falta que sea grande. Que la de Pablo lo es, además…
- Ya… Tu cuñado, ¿no?
- Exacto, Guille. Siempre te lo decía, ¿te acuerdas? Y tú no me creías, pero la suya era con mucho infinitamente mejor que hasta algunos de tus negros…
- ¡No todos, eh!
- No, no todos… -concedí – pero vamos, ¡que hasta que no lo comprobaste por ti misma no paraste!
- Ya, joder… aunque él no es que se hiciera mucho de rogar tampoco, ¿verdad?
- Qué morbo tu historia con Guille, siempre me ha parecido súper excitante.
- Pues anda que la tuya… - replicó Mer.
- Bueno, sí… demasiado larga, supongo. – Quise acabar aquella conversación sobre mi cuñado, que de repente había nublado mi buen humor. Meri me lo notó.
- ¿Sigues mal con él?
- Sí. Bueno, o él conmigo…
- Ya.
- No sé, vale, imagino que en algún momento nos volvimos gilipollas los dos, sin más.
- ¿Pero sigues pensando lo de que él quería algo más contigo?
- Ay, Mer, no sé… yo… Prefiero dejar el tema, ¿sí?
- ¡Vale, vale! Aunque me gustaría que algún día llegaras a contármelo todo.
- Jo, Mer, es que ya sabes que prefiero pasar de ello. Me gustaría guardar en mi cabecita todo lo bueno que tuvimos, que estuvo guay…
- Ya. Y tirar la llave…
- Bueno, pues sí – repliqué algo molesta.
- No te insisto, preciosa. Pero… oye…
- ¿Qué?
- A ti… ¿no te importaría si yo, algún día, vuelvo a liarme con él, verdad?
- ¿Con Guille? No, ¿por qué? – mentí, mientras sentía un helado puñal de celos abriéndome en canal desde la boca hasta el coño; joder, me dije, ¿pero qué reacción era aquella, así de repente? – Pero que sigue casado y tal, tú veras… - le solté, absurdamente, como si aquello marcara alguna diferencia para nosotras.
- Joder, que lo digas tú, Laurita… Que él seguiría fiel si no hubiera sido por ti, presiosa.
- Por lo menos hasta que hubieras llegado tú, so zorra – le contesté, muy molesta. Meri me ignoró y siguió hablando como si nada.
- Y yo tengo pareja también, es verdad… y Nuri está casada… Vamos, y la mitad de las personas con las que te acuestas tú, por lo menos. ¿Y qué? ¿Pero cuándo te ha importado a ti eso?
- Mira Mer, por mí puedes acostarte con mi cuñado si quieres, ¿vale? Pero lo que a mí respecta, prefiero seguir hablando de su polla que volver a hablar de él. – Meri me miró, callando por un momento, con un gesto de valoración. Me di cuenta de que ella tenía más claro que yo misma que yo le seguía teniendo muchas ganas a Pablo, pero respetó mi petición y lo dejó ahí.
- Ok. Lo haré. O lo intentaré, al menos. ¿Quieres que te diga si… o prefieres no saber nada?
- No, no, tú si eso cuéntame… Pero oye, ¿tú te sigues liando con muchos tíos?
- Bueno… sí, claro… ¿por?
- No, es que como estás tan bien con Portu…
- Nah, pero si ya sabes cómo es él, si le mola hasta compartirme con sus amigos y esas cosas…
- Sí, cierto… - recordé momentos vividos con ellos – No, es que como estáis buscando tener hijos, de repente me había entrado la duda.
- Ya, pero hija, vuelta a la adolescencia, anticonceptivos o métodos alternativos, no queda otra. Que por cierto, me tengo que ir al ginecólogo a por la puta píldora del día después en un rato… - Recordé de golpe el capullo de Pablo echando su semen sobre el coño de mi amiga, recordé cómo aquel líquido fatídico resbalaba por la boca abierta de su vagina…
- Joder, sí. Ya os vale…
- Es que, ¡qué polla, tía!
- Ya… DURA – le dije, con mirada viciosa.
- Como la de Guille…
- Sí. Mejor. Más grande, quiero decir.
- Todavía…
- Y más bonita, ¿no?
- Bueno…
- No digo que la de Guille no tenga morbazo, - maticé – que a mí ese tipo de rabos así gordos y venosos ya sabes que me ponen a mil, pero la de Pablo, jo, es que parece una estatua griega…
- ¡Jejejeje! Qué mística te pones de repente, Lauri…
- Bueno, ¿pero la tiene dura como la piedra, o no?
- Joder.
- Pues por eso ha estado a punto de matarte.
- No me lo recuerdes. O sí – volvió a reír Mer.
- En serio, cuando se les queda más morcillona, al final te entra en la boca y se va amoldando a lo que hay mucho más fácil, pero una roca como la suya…
- Uffff… - Meri se estremeció, recordando.
- O te abres… o te abre.
- Calla y no sigas, porque me va a dar algo, Laurita.
- Vale, vale… solo es eso, que lo tengas en cuenta si… bueno, ya me entiendes. No es una polla cualquiera.
- Desde luego – respondió mi amiga, con una mirada de aceptación significativamente lujuriosa. – Pero oye, que no te he preguntado… ¿y tú qué tal...? ¿Todo bien, preciosa? - me preguntó ella, entre morreo y morreo, porque a raíz de nuestra conversación primero nuestras manos, y luego nuestras bocas, habían empezado a buscarse. No me apetecía mucho contestar, pero tampoco podía esquivar sin más la pregunta. Evidentemente, lo que Mer quería saber era si Pablo y yo habíamos follado ya. Pensé que me iba a resultar difícil contarle sin tener que dar mil explicaciones que no me apetecía dar que me había follado, sí, pero que había sido una follada falsa con una polla falsa, aunque había acabado dejándome llena de su semen verdadero, y que había sido tan falsa como la follada que yo le había hecho con la falsa polla a él, abriéndole aquel culo tan caliente y que tanta hambre estaba pasando allí, lejos de su hermano… Así que opté por pasar expresamente de puntillas por encima de todo aquello. Ya tendríamos tiempo de largas charlas y de contarnos nuestras películas con detalle, pero en aquel momento la tarde parecía estar reclamándonos otro tipo de actividades…
- Sí, sí... claro... bueno, normal, quiero decir... – pffff, no sabía ni cómo decirlo.
- Ya, vamos, que no habéis follado... – Meri fue al grano, cosa que yo casi agradecí, porque me sentía confusa y no sabía bien por dónde salir, ya que tampoco le iba a mentir.
- Joder, Mer. Qué gusto me da hablar contigo, me conoces tanto que no hace falta ni que yo diga algo mínimamente inteligible para que tú me entiendas - las dos reímos largo y alto - ¿Y vosotras? – le devolví la pregunta, no solo por cambiar de tema ya, sino con sincera curiosidad, porque no en vano llevaba horas pensando cómo coño se las había arreglado él para conseguir mi consolador de arnés que había utilizado para violarme en el baño – porque… una pregunta, mi primo ¿ha llegado a…?
Meri se puso roja al instante cuando se dio cuenta de lo que le ibra apreguntar, y hasta se atragantó con aquellos restos de semen que no parecía que fuera a dejar de tragar nunca.
- Ey, ey… tranqui… quiero decir, vamos, ya sé que sí – la calmé acariciando su carita – solo es que quiero saber qué pasó, cómo se las arregló para coger mi… eh…
- ¿Tu rabo?
- Mi consoldor.
- Jejeje… bueno, sí, como tú prefieras… - Mer estaba aún tragando, pero volvía a sonreír confiada, y por fin consiguió explicarme – a ver, preciosa, pues la cosa es que tu primo apareció de repente en nuestra habitación… a nosotras nos pegó un susto de muerte, claro, verle entrar así… así me refiero a que llegó corriendo y completamente empalmado, pero completamente, que nosotras estábamos follando, claro, y de la manera menos instructiva para un niño, por decirlo de alguna forma...
- Joder. Pero… ¿él…?
- No, no. Si nosotras pensamos lo mismo, parecía que nos iba a saltar encima, yo que sé, que nos quería violar…
- Ojalá, ¿verdad?
- Y tanto, preciosa… Pero para nada. Nos miró, claro… bueno, supongo que era imposible no mirarnos, en el plan que estábamos. Pero se ve que él iba a lo que iba. Fue directo a la maleta, como si ya supiera donde estaban..
- Los consoladores…
- Sí, eso. Pilló los dos consoladores grandes, la prótesis y la manguera, y entonces… - su voz se quebró de golpe, y su rostro se tiñó de nuevo de un rubor inesperado.
- Oh, no… joder – cerré mis ojos para escuchar lo que seguía…
- Lo siento, Lau. Fue demasiado rápido todo… no sé, si no te lo estuviera contando ahora creo que en media hora estaría pensando que no fue más que un sueño. Estaba… estaba…
- Empalmadísimo, sí. Ya lo has dicho. Yo también le ví así, tranquila.
- No. Sí, bueno, quiero decir, que sí la tenía como una piedra. Pero que me refiero a que iba salidísimo…
- Sádico, te refieres… - qué horror. No le había bastado mostrarse así conmigo, solamente…
- Súper sádico.
- Os los metió.
- Empezó a follarnos los coños con aquello, Lau. Sin compasión. Joder, Lau… nos pilló en pleno… en fin, que estábamos… nos abrimos, nos abrimos las dos para él cuando él se acercó… joder, le tenemos tantas ganas, pero ya sé que no es motivo para… sin embargo, él, su cara… aquella determinación, tía… no hubiéramos sido capaces de frenarle.
Por supuesto, me dije. Ellas fueron incapaces de pararle, igual que yo había sido incapaz de controlarle cuando empezó a jugar conmigo y a humillarme en el suelo del baño. Y, para cuando se dieron cuenta de lo que había, al igual que me había pasado a mí, ya estaban experimentando tal placer que entendieron, aunque tarde, que aquello ya no tenia freno.
- Es que no sé qué nos pasó a las dos, Lau… yo creo que de repente habíamos asumido que él ya podía habernos hecho cualquier cosa, porque era como si nos hubiera anulado nuestra voluntad y no fuéramos más que un juguete sexual en sus manos…
Dios. ¿Cómo había hecho aquel niñato para someternos a las tres al mismo tiempo, en una sola jugada?
- ¿Pero os folló? – le solté de golpe… de repente sentí aquel sudor frío rodando por mi espalda.
- No, no, preciosa, ¡qué va!, tranquila… tan solo nos masturbó… ¡con aquellos juguetes, eh! Seguía allí con la polla todo tiesa y tal, pero no nos tocó con ella… al revés…
- ¿Al… revés? – más mierda buena viniendo, me dije.
- Bueno… nosotras… le correspondimos, claro…
- ¿Le correspondisteis?
- Pajeándole solo. Entre las dos. Pero él, en cuanto se corrió, que nos lo echó todo encima, se separó sin más, y se fue…
- ¿Con mi arnés, no?
- Sí, con tu arnés en la mano… puffff, empapado de mí, preciosa… nosotras nos quedamos besándonos desesperadas, porque estábamos nerviosísimas, y Nuri todavía llevaba la manguera clavada en el chocho, y estábamos todo llenas de su semen, y nos empezamos a sobar y a refrotar, revolcándonos, y cuando me quise dar cuenta ella me había metido a mí el otro lado de la manguera y estábamos ahí follando dale que te pego, ensartadas de nuevo cada una en un extremo de aquel consolador… A tu primo no volvimos a verle, pero ya me temía que algo gordo te debía de estar haciendo...
- Joder, pues sí, la verdad… dices tú que iba sádico… Conmigo al principio pasó de mi, luego desapareció, entiendo que estaba con vosotras, pero yo no sabía qué hacía ni donde estaba, hasta que le vi aparecer con aquello en la mano… no sé si todavía venía mojado de ti, preciosa, pero me folló con ello... – me puse a temblar. No pude seguir contándole más.
Mer me besó para tranquilizarme, y ya no me siguió preguntando.
- ¿Sabes dónde está mi arnés ahora? Creo que lo tiene él todavía… ¿o lo volvió a traer aquí después de…? – le pregunté yo.
- Pues ni idea, tía… aquí ya no volvió a aparecer hasta ahora, cuando le has traído tú.
- Ya. – Me quedé pensativa. Evidentemente, yo no era quién para reprochar nada a Pablo, y manos a mis amigas, por lo que fuera que hubieran podido hacer. Traté de controlas aquella especie de ira que me quemaba en mi interior. – Mira, creo que voy a entrar a ver a Nur… - le dije, señalando la puerta del baño, donde se había encerrado, con un gesto de mi cara.
- Jo… ¿tú crees que se habrá molestado por?
- ¿Nur? Pero parece mentira que no la conozcas, mi amor… Esta se ha puesto cachonda como una burra, y ya. Igual le han dado celos de que yo haya metido la polla de Pablo en ti en vez de en ella, pero vamos, que de ahí a cabrearse…
- No sé… está un poco rara, de verdad.
- Bueno, pasa de ella. Ya sabes que esta tía flota sobre los problemas. Siempre ha ido a lo que ha ido.
- Y tú siempre la has envidiado por eso…
- Voy a entrar, ¿vale? – preferí no contestar a su comentario. Evidentemente, y aunque no lo fuera, sonaba a reproche por mi ya demasiado evidente elección de Nuria frente a la propia María. Joder, hasta Pablo se había dado cuenta de lo nuestro… Tenía que decirle algo a Mer, ya. Pero era cierto que, primero, debería hablar en serio con Nurita.
- Vale - Mer se esforzó en sonreír. Yo valoraba muchísimo cómo estaba llevando ella todo aquello – Oye... ¿te parece bien si voy a buscar a tu primo? – me preguntó mientras me daba un último y apasionado beso, y se levantaba, quedando ante mí desnuda y radiante, aunque muy sucia y cubierta de todo tipo de restos – me sabe mal que se haya ido preocupado por lo que me ha hecho, no quiero que pienses que me ha molestado…
- ¡Pero claro que no, tonta! Si por eso te lo he traído… jo, yo creo que, aunque me siga pareciendo raro, ya hay cosas que es normal que pasen entre vosotros…
- No, tranqui… ¡si solo quiero hablar, de verdad! Que no voy a…
- Tú ve, ¡dale! – le dije… - aunque, - no pude evitar añadir, en el último momento - igual estaría bien que te pusieras unas braguitas, por si acaso… Bueno, no sé… yo creo que me voy a quedar desnuda ya, pero lo digo por si tú... ya que vas a…
- Creo que tienes razón – contestó ella, sin asomo de segundas intenciones en sus palabras. – Además, me voy a tener que ir en nada, a lo del ginecólogo – añadió, mientras se acercaba a su maleta a buscar una braguita.
- Voy a buscar a Nur - le dije. Y me metí al baño sin añadir nada más, asegurándome de dejar bien cerrada la puerta.
Pillé a Nuria justo saliendo de la ducha.
- Lo siento por lo de antes, - me miró en cuanto entré con una de sus preciosísimas y maravillosas sonrisas que me tenían cautivada - necesitaba darme una ducha fría para evitar tener que trajinarme al niño o morir... - me soltó aquello como si nada, tan sonriente… la bruta de ella.
- Qué bestia eres... – reí yo - ¿Qué tal?
- ¿Que qué tal? Pero tía, ¿por qué coño Mer y yo no nos lo hemos montado más veces a solas? ¡Esa zorra es una máquina del sexo!
- Joder, pues mira que te lo he dicho yo veces…
- Ya, ya… será que siempre he preferido montármelo contigo que con nadie más, morena… - otra vez aquella sonrisa. Estaba tan hermosa. Y tan desnuda… mmmmmm. - ¿Sabes? Ahora comprendo tus dudas – joder, me dije… ¿está hablado sin más de lo nuestro? Pero si Nur siempre se negaba en rotundo a hablar de nada que pudiera tener que ver con ningún tipo de relación seria entre nosotras… - María es un monstruo del sexo.
Me quedé muda por un momento. No solo por la facilidad con la que ella había introducido el tema de lo nuestro… sino porque, al mismo tiempo, no había dicho ni media palabra de Pablo. No, conocía demasiado bien a mi amiga. Evidentemente, ella seguía con mi primo metido en la cabeza. Meri tenía razón, estaba rara. Joder, conozco a Nurita, y conocía también demasiado bien aquella cara suya: no era falsedad, qué va, era compasión lo que trataba de ocultar. Entendí que callaba sobre Pablo por compasión hacia mí.
Esa era la diferencia entre Nuria y María. Mer, realmente, no habría seguido por nada del mundo, de tener ocasión. Pero Nurita siempre toma lo que quiere. Bueno, en eso es como yo, en realidad. Quizás por eso siempre me había vuelto loca. Quizás por eso mismo ella se había fijado, precisamente, en mí, también. Pero ahora era eso lo que estaba sucediendo, también, por eso había sacado lo nuestro en aquel mismo momento en el que expresaba su consciente esfuerzo de contención para no “trajinarse” a mi primo. Joder, el único motivo de que Nur no se zumbara a Pablo era, efectivamente, que estaba en un instante en el que no haría nada contra mí. Y aquello, viniendo de ella, no podía ser un comentario sin más, qué va: era una advertencia. Si se contenía, era solamente por lo que yo ya le había prometido a ella, de alguna manera: que más pronto que tarde, no solo yo, sino también ella se lo iba a follar de todas maneras.
En cualquier caso, a mí me alivió y agradecía aquella ganas suyas por hacer bien las cosas, o, al menos, dejármelas hacer a mí como yo consideraba que era mejor. Mejor para mí, y también para él, claro. Porque si fuera por Pablo… Me forcé a no pensar aquello; pero llevaba ya demasiados días tratando de no pensar en la, cada vez más, evidente atracción fatal hacia Nuria que estaba arrebatando, irremisiblemente, a mi pequeño primo. ¿O no eran más que celos? Mis eternos, insoportables, infinitos celos de siempre por Nur… Respira, Laura, respira, me dije. Traté de calmarme. Seguramente Nuria no lo entendía. Joder… quizás yo tampoco, ya… quizás ellos tres tenían razón, y la que estaba equivocada era yo. Hacía ya varios días que venía actuando más por impulsos que por razonamientos cabales, que por ningún tipo de estrategia sensata, por más que me hubiera estado convenciendo a mí misma de que estaba desarrollando los planes más geniales y maquiavélicos.
Y, sin embargo ¿me había parado a pensar en qué significaba que, por una vez, Nurita hubiera puesto por delante mis deseos a los suyos? Que estuviera renunciando a un claro objetivo sexual, que ya estaba en sus garras, a todas luces, tan solo porque yo así lo quería… Me admira, me admira… me dije. Mi amiga, mi amante, mi amor… mi… novia? Nunca hubiese pensado que mi amor por ella pudiera ser correspondido, que su amor por mí pudiera llegar a tanto, hasta el fin… Renunciar a un polvo tan deseado, era para Nur el mayor de los sacrificios exigibles.
Y, entonces, lo vi clarísimo. Una vez más, aunque aquella vez mucho más claro todavía, si cabe: esto se acabó. Me debía a ellos, joder. A los tres, porque no solo Nur se estaba mordiendo las manos para no “trajinarse al niño”, aunque sin duda su sacrificio era, con mucho, el más valorable. No podía seguir retrasando aquello: me iba a follar a mi primo, se lo iba a entregar a mis amigas y me iba a prometer a Nuria. Si ella quería, yo estaba dispuesta a llegar hasta el final, me dije mientras ella me rodeaba con sus brazos y me empezaba a besar con una ternura brutalmente apasionada.
- Pero no hay nadie como tú, mi amor…
Reconozco que me costó no pedírselo en aquel mismo momento. En el fondo, por un instante lo único que me apeteció fue estar con ella, a solas, siempre. Salir de allí, dejar atrás a Mer y, sobre todo, a mi primo. Que se lo montasen ellos si querían.
Pero no podía. No podía. Tenía que cerrar ya lo de mi primo. Por mí: me estaba volviendo loca, después de un año de tratar de negarme la evidencia, no podía más, y era absurdo seguir evitando aquello. Por él: proteger a mi primo del sexo era inviable ya, igual que protegerle de mí; le estaba haciendo más daño dejándole de lado de lo que le hice cuando me abrí de piernas para él, por joven que fuera. Por Nuria: mi novia no iba a dejar aquel asunto a medias ya. Tampoco Pablo iba a renunciar a probarla, por mucho que me negara a pensar en eso. La atracción entre ambos era demasiado fuerte ya.
Nuria aflojó su abrazo tan fácilmente como lo había anudado sobre mi cuerpo. Graciosamente, abrió la puerta del baño y salió a la habitación.
- ¿Tú te vas a vestir hoy? – me preguntó, admirando mi cuerpo desnudo.
- Yo creo que no, ¿no? – respondí, mientras me giraba hacia el jardín mecánicamente, buscando a mi primo y a María, al recordarme a ella aquella pregunta, y encontrarme preguntándome a mí misma dónde estarían. – JO-DER – le solté a Nuria, señalando hacia el jardín.
- Hostia con la Meri…
Salimos corriendo hacia ellos. Lo que nos había chocado tan crudamente fue verles a los dos, tirados sobre una tumbona en el jardín, al otro lado de la piscina. Bueno, en realidad, tumbada boca arriba en la tumbona y con las piernas abiertas estaba María… Mi primo estaba entre aquellas piernas, boca abajo… y tumbado sobre nuestra amiga. Totalmente desnudo.
- ¿Pero… están…? – fueron las últimas palabras que le escuché pronunciar a Nurita mientras ambas nos lanzábamos a detener aquel despropósito sin pensar.
Ya cuando nos empezamos a acercar nos dimos cuenta de que la sangre no estaba llegando al río: María seguía, por fortuna, púdicamente vestida con sus braguitas, unas sólidas bragas de tira ancha, negras y, al parecer, limpias. Al menos hasta justo antes de aquello. Pero tampoco Pablo parecía estar tratando de llegar más lejos, por más que su cuerpo desnudo estuviera perfectamente acomodado entre los muslos abiertos de María. Sin duda, sexo con sexo… tan solo separados por aquella fina tela. Pablo, pese a todo, ni siquiera culeaba ni se frotaba contra ella. Se limitaban a besarse, algo cerdamente, sí, pero era un morreo sin más. Mi primo le tenía cogidas las manos a ella, y se las levantaba por encima de la cabeza. En aquella postura, ella quedaba si cabe todavía más expuesta, y Pablo lo aprovechó para regalarle a nuestra amiga unas profundas lamidas en las axilas, delicadamente depiladas y absolutamente suaves y apetecibles…
- ¿Pero qué hacéis? – la voz de Nuria, pese a nuestra alarma, sonó perfectamente natural y calmada.
- JO-DER – volví a repetir yo, sin poder disimular mi agitación. Ver como mi primo le estaba chupando los sobacos a María me acababa de poner a mil. Aquél era uno de mis fetiches más inconfesados y, aunque por lo general me gusta hacerlo con tíos de sobacos peludos, era algo que yo también solía hacer con Mer, cuyas axilas me habían atraído incluso antes de mi primera relación lésbica (que fue, además, precisamente con ella). Quizás en algún momento yo le había hecho aquello a Pablo, no era algo que pudiera recordar en aquel momento (o quizás me había visto hacérselo a su hermano) pero, desde luego, tenía bien claro que él desde luego que jamás me lo había hecho a mí.
Al escucharnos llegar, mi primo se detuvo en seco y se giró sobre María, tan asustado y sorprendido que se acabó cayendo al suelo. Ya digo que iba completamente desnudo, y allí tirado en el césped junto a la tumbona, pataleando como una cucaracha panza arriba, nos volvió a dejar otra vez admiradas al verle aquella polla colgando, larga y grande, aunque era cierto que estaba totalmente en reposo, eso sí, enrojecida y chorreando líquido viscoso, como si ya no pudiera para de soltar preseminal... Miré a María: tenía los muslos y el vientre brillantes de aquel mismo líquido.
- Pero… pero… - balbucí.
- Lo siento, ¡lo siento, preciosa! No ha pasado nada, solo estábamos… solo estábamos hablando – me dijo antes de que yo consiguiera articular palabra, cerrando las piernas y quedándose sentada en la tumbona, mientras se tapaba absurdamente los pechos con los brazos.
- ¿Pero tú no tenías la consulta en el ginecólogo justamente ahora? – conseguí preguntar, por fin.
- No… quiero decir… es que me acaba de llamar la enfermera, que me la retrasan hasta las ocho…
- ¿Hasta las ocho? – le preguntó, extrañada, Nuria - ¿pero qué puta hora es esa de las ocho, Mer?
- Sí, bueno… es que ya os dije que es con este señor, que es amigo de mi padre…
Mi primo poniéndose en pie nos sacó de aquella conversación, que estaba siendo realmente surrealista en un momento como aquel. De repente, Nur y yo nos dimos cuanta de que, además de su propio y enorme pene, que le colgaba bamboleando entre las piernas, resulta que tenía también otro, más, uno enorme, erecto y salvaje, enredado entre unas correas de cuero negro, y que ahora levantaba con su mano delante mismo de mi cara.
- Toma, prima – dijo muy serio. – Esto es tuyo- sentenció.
Las tres nos quedamos con caras de circunstancias. Evidentemente, aquel juguete debía de haber marcado, y mucho, la conversación que pudiera haber tenido María con mi primo. Bueno, era cierto que había sido yo misma quien le había preguntado a ella si sabía dónde había acabado mi juguete, no podía echarle en cara que le hubiera preguntado, a su vez, ella a Pablo. Evidentemente, María había tenido que comprobar casi de inmediato que mi primo no se había quedado para nada preocupado de haber estado a punto de reventarle la garganta a base de pollazos.
Pero ya era tarde para reaccionar: mi primo lo había vuelto a hacer. Al ponerme mi consolador gigante en la cara, aquella polla gorda y venosa que vibraba en su mano temblorosa, Pablo me había dejado desarmada no solo a mí, sino también a mis amigas. No sé hasta dónde habría sido capaz de llegar con María si hubiéramos tardado un poco más en llegar, pero verle allí con nuestro juguetito, entre nosotras, como amenazándonos o… mejor, todavía, proponiéndonos jugar…
Cuando se acerca con aquello en la mano, yo estiré la mía hacia él como para cogerlo, pensando que me lo quería dar. Que supongo que era lo que quería, pero qué más da. Nuestros dedos se tocaron, y saltó la chispa. Las yemas se recorrieron, las manos se entrelazaron y, para cuando yo hube recibido por fin aquel fálico trofeo, Pablo estaba ya completamente pegado a mí y nuestras pieles comenzaban a compartir su abundante humedad, de nuevo. Me tomó con su otra mano por el cuello y empezamos abesarnos desenfrenadamente, mientras yo, casi inconscientemente, le empezaba a acariciar la espada cada vez más hacia abajo… claramente buscándole el culo.
¿De verdad os habíais pensado que no iba a estar obsesionadita después de que me pidiera –y yo le obedeciera- que le follara el culito con mi consolador en la ducha? No eran caricias, precisamente: mis manos le estaban tanteando abiertamente el culo.
Al principio me sorprendió escuchar las exclamaciones de sorpresa y como de alarma absoluta de mis amigas, que diría que comenzaron cuando realmente casi no estábamos haciendo más que besarnos todavía, pero es que es cierto que todo acabó pasando rápido, desmesuradamente rápido. Evidentemente, si yo me hubiera parado a pensar un poco aquello, jamás lo hubiera hecho, pero estábamos en un huracán, desenfrenados, sí, y es que esto ya no había quien lo pudiera parar.
Pablo se volvió loco en cuanto notó que yo le empezaba a tocar el culo, especialmente cuando se dio cuenta de que no eran para nada meras caricias, sino que desde el principio se lo estaba abriendo ya, buscándole la raja. Naturalmente, y al igual que a mí, mi follada de antes le había puesto a mil, y es que fue algo tan increíblemente especial… Total, que para cuando me quise dar cuenta, ignorando por completo que mis amigas estaban allí con nosotras, mirándonos escandalizadas, yo ya se la había ensartado, de golpe, y era yo la que le tenía entonces allí en plan sádico, doblado de rodillas ante mí mientras se la clavaba en sus entrañas una y otra vez, como si le estuviera apuñalando, agarrándole con fuerza mientras tanto la polla, que se le había puesto dura como un mazo. Escandalizadas es la palabra, sí, aunque yo ya no entendía cómo ellas podían llegar a escandalizarse de nada con Pablito, después de lo que todas habíamos hecho, pero es que las estaba escuchando gritar escandalizadas, y a mí eso me daba igual porque yo gritaba de furia y él gritaba de placer, o de dolor, pero yo lo hacía de puro desenfreno, de lo absoluta y perfectamente salida que estaba...
- ¡¡¡Toma, toma, TOMAAAAAAAA!!!
No recuerdo cómo acabamos aquello. Recuerdo a Nur metiéndose otra vez una mano entera dentro. Recuerdo mi cuerpo y el de Pablo entrelazados completamente cubiertos de semen y flujos. Recuerdo que María me acababa de explicar, antes de salir al jardín, que Pablo las había follado a las dos durante la siesta con aquel consolador y con la manguera, el consolador favorito de mi amiga y que Mer se había traído a aquellas improvisadas vacaciones, un enorme trasto de plástico negro brillante, grueso y flexible, que tenía modelados dos enormes y apetitosos capullos, uno en cada extremo de aquella barra de placer…
Para cuando recuperé la conciencia de nuevo, recuperándome de la caída en aquel abismo de desenfreno y lujuria, y vi de golpe todo aquello, en realidad lo que me pasó es que me quedé colgada de mi amiga, que tenía ensartada casi la mitad de aquella bestia en su culo perfecto y divino, y me miraba con una expresión perversa y totalmente salida, tan cerda y caliente como creo que jamás la había visto antes.
Ya os he dicho que a mi amiga Mer siempre le había flipado el sexo anal. Lo que no os he dicho es que, aunque a mí me costó unos cuantos años más que a ella decidirme a probarlo, yo también perdía literalmente el culo por aquellas prácticas.
Mira a tu prima, Pablito, me dije… todavía tienes mucho que aprender, primo, pensaba mientras, caliente como una mona, abandonaba la suave y pringosa calidez del cuerpo de Pablo y me acercaba a María, dispuesta a juntar mi culo con el suyo, con aquello tan enorme bien ensartado dentro de las dos. Iba tan perra que no me costó lo más mínimo metérmelo. El problema, claro, llegó cuando noté en mis nalgas el contacto blando y caliente de las nalgas de mi amiga. Nuestros coños, muy abiertos y ardientes, casi se juntaron por completo por un momento, con sus húmedos labios baboseante buscándose para besarse.
Vi a mi primo colocar mi arnés sobre el suelo para, abriéndose él mismo el ojete con la otra mano, sentarse sobre él mientras se empezaba a zumbar la polla todavía dura, y cada vez más… Mientras sentía mi propio culo crujir de dolor, vi a Nur arrastrase hasta él para sujetarle aquel enorme falo de plástico, lo que le permitió a él acomodar su postura para poder contemplar mejor nuestro espectá-culo, mientras saltaba a lo salvaje sobre su nuevo amigo íntimo… En un momento dado, cuando Mer y yo ya nos estábamos follando vivas, apalancadas a cuatro patas en el suelo como dos perras, gritando de dolor y de aquel increíble y delicioso placer, que no es comparable con nada, Nur aprovechó para correr hasta su habitación. Volvió disparada para sujetarle la polla (la de plástico) a mi primo, mientras ella nos miraba alucinada y empezaba a masturbarse el coño abierto con un pequeño vibrador que había recuperado de su maleta, pasándoselo por sus labios y por su vulva, sin meterlo, majándose el clítoris súper hinchado y muy salido, hasta sollozar de placer entre gritos de dolor contenidos por sus dientes mordiendo sus labios. Meri y yo habíamos hecho entrar en acción nuestras respectivas manitas, porque íbamos demasiado a mil como para ser capaces de soportar aquello durante mucho tiempo, sin contar con que además nos estábamos dando realmente duro con aquella manguera infernal. Pablo empezó a correrse, y saltaba como loco sobre mi consolador con arnés mientras explotaba, salpicando con su semen caliente a Nuria, que seguía metida debajo de él para sujetarle con fuerza su falsa polla bien dentro del culo…
Sí, mi primo es de los que, cuando le enculan fuerte, se empalman y se corren como si nada, como si fuesen una tía. Y allí quedó, tirado en el suelo, con la cara agonizante empotrada contra el césped, tan destrozado que Nuria pasó sobre él para llegar a cuatro patas hasta donde estábamos Mer y yo también hocicando ya en el suelo, incapaz de sujetarnos por nosotras mismas, únicamente sujetas por aquel vástago brutal que nos mantenía unidas por el ojete… Nurita se quedó allí, con la carita pegada a nuestros culos unidos, y yo podía ver el suyo mostrándose en pompa justo a la altura de mi cara, tan moreno, tan perfecto, tan virginal, aquel culo nunca hoyado por polla humana ni animal…
Lo que pasó a continuación, puede parecer menor, pero entenderíais que es algo absolutamente significativo si hubierais conocido a la Nurita de entonces. Creo que no es la primera vez que lo digo, pero cuando me refiero a su trasero como “virginal culo”, estoy hablando literalmente. Porque, al menos hasta entonces, lo era. Pero es que ella siempre había tenido una aversión, o un pánico irracional más bien, qué sé yo, al sexo anal. Y por aversión me refiero a que casi no le podías meter ni un dedito. Yo, que soy muy pesada, y ya he dicho que muy fanática del culo, pues alguna vez había conseguido jugar allí un poquito con la puntita de algún dedo, o de la lengua… pero ni eso, oye.
Y, sin embargo, mientras aquella Nur desquiciada al vernos a María y a mí partirnos el culo mutuamente, que no paraba de masturbarse con aquel pequeño pero realmente efectivo vibrador, vi a mi primito, apenas repuesto de su corrida, arrastrase tras ella por el suelo, resollando, con el pollón de plástico todavía clavado en el culo, temblando mientras se agarraba a las piernas de ella y le trepaba, las manos blancas embadurnando de blanca lefa el perfecto culo negro de Nuria… el perfecto y abierto culo negro de Nuria. Porque mi amada tenía el culo abierto. Le boqueaba. Y Pablo lo deseaba ya, tanto como yo.
Supongo que todo lo que él y yo acabábamos de hacer en aquella siesta, lo que Mer y yo estábamos haciendo en aquel preciso instante, todo eso era más que suficiente como para declarar inaugurada la temporada de los anales. Una temporada que, con el pequeño Pablo de por medio, y con la tímida anal de Nuria con nosotras, habíamos tenido forzosamente aparcada aquellos días. Pero, al fin y al cabo, cuando todavía le permitía a mi primo mantener relaciones conmigo, antes de la prohibición total, más allá de pajas y comidas, lo que solíamos hacer era que él me follaba por el culo… y no hacía tanto tiempo, en realidad, de nuestra última vez. ¿Cómo no iba a desear un cerdo como él el culazo de Nur, tanto como había deseado el mío, o más? Aquel culo perfecto… ¿Cómo iba a imaginar él que una puta de libro como Nurita no iba a atreverse jamás a meterse nada por allí, por ese agujero que tan apetitoso resultaba? Aquel agujero más negro que su negro culo, aquel agujero negro que estaba tan abierto que mi primo lo estaba inundando de su semen, lefa blanca en negro culo, blanco esperma escurriendo dentro de aquel negro esfínter boqueante, que se tragó, sin más, así cálidamente lubricado en semen como estaba, todo el dedo de Pablo cuando este se lo puso encima y empezó a apretar, delicadamente pero con decisión.
Nur no dijo nada, tan solo un leve y muy erótico jadeo, arqueando su espalda y echando la cabeza atrás en una mueca de dolor. No. De placer. ¡De placer, hostia! Pablo le estaba haciendo un dedo en el culo a Nuria, y no cualquier dedo, su dedo medio, el dedo corazón, el dedo más grande siempre, el más largo que, en las manos largas de mi primo, estamos hablando de algo considerablemente largo. Y el cerdo de él se lo giraba dentro del culo, se lo removía en su orto sucio y nunca antes abierto, yo se lo podía notar a Nur porque ella se retorcía como una cerda, estaba a punto de revolcarse de placer, y no era para menos…
¡Mi primo Pablo acababa de desvirgarle el culo!
Me doblé de golpe, súbitamente reventada por un orgasmazo implacable, mientras Meri me pateaba y chillaba como una cerda en plena matanza, sin duda corriéndose todavía más rico que yo, si cabe, sin parar de pajearnos ni de encularnos la una a la otra.
No pude ver más de cómo Pablo acabó con Nur a golpe de dedo en su culo. Yo estaba ya tirada por el suelo, María estaba tirada y revolcándose por el suelo, y también Nur había reventado y pataleaba de placer sobre el áspero césped. No pude ver cómo acabó, pero la había matado de placer.
Nos costó recuperarnos de aquella. Había sido inesperada, realmente rápida, y exageradamente sádica y fiera. Joder, Nuria. Su culo. No todos los días una puta consumada vuelve a perder la virginidad…
Joder, joder…
Solo se escuchaba aquella palabra, entre jadeos violentos y hondos, pronunciada con nuestras cuatro trémulas voces. Había sido demasiado fuerte, aquella vez.
Avanzando reptando como una babosa, con aquel aparato del demonio todavía demasiado incrustado en mi estómago, conseguí acercarme hasta ella. Al menos la cara. Cara contra cara, empezamos a besarnos, mientras poco a poco yo conseguía sacarme aquella lanza que me tenía empalada… pero más que empalada lo que seguía era empalmada, cachonda, caliente, muerta de amor por Nuria. También ella parecía estarlo por mí, a juzgar por la pasión con la que me recibía, como diciéndome, lo conseguí, Lurita, he conseguido dejar que me follen el culo por fin, como tú siempre me has pedido, y aquella pasión y aquella entrega me la demostró alcanzándome aquella verga mía, aquella prótesis todavía caliente, con el arnés colgando manchado de semen, y todo el plástico cubierto de aquella turbia película procedente de los intestinos de mi primo, que sin pensar ella y yo empezamos a lamer, a chupar con ansia mientras nos besábamos, comiendo y limpiando todo como dos furcias mamando polla juntas, y casi sin querer me la estaba atando yo otra vez, firme y sujeta a mi pubis y mis muslos, aquel pollón desmedido y siempre a punto que mi novia no paraba de sudarme con sus dos manos mientras nos seguíamos besando, suave, muertas de amor, joder estas dos putas son insaciables, no son capaces de parar, escupía la voz gangosa de mi joven primo, mientras Nuria y yo nos escupíamos en la cara y yo la llenaba de polla, porque sí, porque para cuando me quise dar cuenta ya estaba dentro de ella, con Pablo alucinando, putas, pedazo de putas, pero que putas que sois, y a mí no solo no me molestaba, sino que me excitaba tanto que mi primo me viera follármela, más todavía porque él quiere pero no puede, y a Nur también le estaba volviendo loca que yo la follara así, delante de él, su mayor, su más increíble deseo, y así claro, me voy a correr, y ella se va a correr conmigo, y es todo tan bonito, todo tan perfecto, morir así con ella, matándonos las dos de amor…
No.
No.
¡¡¡NOOOOOO!!!
¿Pero qué es lo que quería?
Había sido yo la que había abierto aquel grifo.
No. No fui yo. No esta vez. El trajo mi arnés, la primera vez en la ducha. El me pidió que le follara el culo con aquello. Él me lo echó a la cara la segunda vez, justo un momento antes, aqueí en el jardín. Meri fue quien trajo la manguera, quien se la metió hasta el estómago y me miró con aquella cara de guarra. Nuria se dejó meter un dedo, joder, le entregó su culo virgen a mi primo… No fui yo la que había abierto la caja de Pandora de los anales, pero su tapa estaba ya abierta, de par en par, desencajada, irrecuperable, imposible de cerrar...
Nuria sintió su peso, notó su cuerpo y sus manos sobándome, sobándola, vio su cara hundiéndose en mi cuello y me notó temblar y quedarme helada, parada en su vagina, con mi polla tocando su útero, completamente sumergida en ella.
Evidentemente, aquel despropósito de siesta tenía que tener aquel final de escándalo.
- ¿Qué pasa? – asustada, Nur me había cogido la cara entre sus manos y me miraba con los ojos muy abiertos. Pablo se había tumbado sobre mí, que estaba tumbada sobre ella, y yo había dejdo de besarla y, aunque justo en ese momento estábamos tan acarameladas que, en realidad, estábamos follando muy despacito, era evidente que yo me había quedado totalmente parada.
- ¡Pablo! – contesté yo, asustada y con la voz quebrada.
- ¿Te está follando el coño? – Su pregunta era evidente.
Pero yo no me había parado por eso. Pablo llevaba aguantando estoicamente ya demasiados días, sabiendo que yo quería follar pero que no me rebajaba a pedírselo. Me hubiera muerto porque él me hubiera violado, sin mi consentimiento, en cualquier momento. También en aquel, en realidad, aunque para entonces yo ya estuviera firmemente decidida a dar el paso, aunque hubiera entendido al fin, aunque quizás ya demasiado tarde, que era lo mejor para todos, que era lo que debía hacer, que quería entregarme a mi primo y ser suya para siempre… Yo estaba encima de Nuria, follándomela, con el orto abierto de par en par, reventado por el consolador gigante de María. Me estaba follando a la mujer que amaba, cuando de repente noté cómo se volvía a llenar, brutalmente, mi culo.
-¡Dime! ¿Te la ha metido, Lau? ¿Te ha llenado el coñño?
- No… el culo – le respondí, roja de dolor, incapaz de hablar, a punto de desmayarme.
Pablo me empezó a cabalgar rotundamente, con toda su fuerza. A partir de ahí, iba a ser él quien marcara el ritmo de mi polla dentro del coño de Nurita, e iba a ser él quien la llevara, finalmente, al orgasmo. Pero ya daba igual, sabía que no me quedaba otra que dejarle hacer. ¿Qué otra alternativa tenía? Cuando le prohibí mi coño, al principio de todo, casi un año antes, después de nuestras primeras y alocadas veces, le había permitido mantener mi culo como un refugio seguro para nuestra lujuria. Ahora, cuando me tenía ya a punto de abrirme de piernas de forma definitiva para él, prohibirle follarme el culo habría sido una vuelta atrás absurda, inconcebible. Un castigo injusto e inmerecido. Y, sin embargo, por primera vez en dos semanas, mi primo me estaba follando de verdad, el culo sí, pero follando con todas las de la ley. Delante de ellas dos. Aunque para María y Nuria, aquello parecía que les resultaba perfectamente normal…
Pablo empezó a jadear con grititos nerviosos y exageradamente infantiles, que contrastaban con la rudeza de su follada y el tamaño y dureza de su polla dentro de mí.
- ¿Y ahora? ¿Qué pasa ahora? – me preguntó Nur al notar aquel cambio en Pablo, sin dejar de jadear ella misma en una ola que anunciaba un orgasmo inminente, una corrida que, me dolía reconocer, no le estaba provocando yo sino que era mi propio primo el que nos estaba colocando al borde del cielo a las dos a la vez.
- Creo que Meri le está comiendo el culo a él… - le jadeé como pude a Nur en la cara. Pero lo tenía claro, podía escuchar los ruidos de Mer, como de perro comiendo groseramente su húmeda comida en un cuenco pequeño y sucio pero repleto… Me sabía todavía la boca a culo de mi primo, después de haber limpiado la polla que tenía dentro de mi amiga de los restos de él, que la había tenido metida en el culo justo antes. Decidí abandonarme a aquel placer sin igual y hundí la lengua en la garganta de Nuria mientras estallaba en mil orgasmos con cada golpe de las polla dura de Pablo en mis castigados intestinos.
Nos tiramos un buen rato en aquella posición, inmóviles, los cuatro. Para cuando conseguimos separarnos, éramos cuatro despojos, cuatro montañas de babas y semen, de mierda y sudor apestoso, innombrable. Aunque tenía el culo partido, y veía las estrellas al moverme, conseguí ponerme en pie y avanzar hasta la ducha de la piscina. Meterme debajo del agua me ayudó a recuperar mis fuerzas… Evidentemente, necesitábamos, y mucho, rebajar un poco nuestra temperatura.
- ¿A alguien le apetece un bañito en la pisci?
Yo no esperé su respuesta, y me puse a bañar, desnuda bajo el sol, disfrutando de aquel maravilloso momento sin igual. Poco a poco, tras pasar cada uno de ellos por la ducha, fueron sumándose a mí en el agua. Por primera vez en todos aquellos días, y pese a estar los cuatro totalmente en bolas, nos estuvimos bañando un rato, sin más, como personas civilizadas, en lugar de como cuatro salidos, como cuatro lascivos sin remedio, borrachos de sexo e incapaces de poner freno a su lujuria. Pero, en realidad, por un momento parecía que lo que estábamos era, más bien, asustados. Como si todo aquello hubiera conseguido superarnos por un momento, como si fuéramos conscientes de que se nos había ido demasiado de las manos y se nos había desbordado, como si –tal vez también por estar los cuatro, momentáneamente al menos, saciados- hubiéramos decidido tratar de ensayar una tregua.
Nurita y Meri fueron las primeras en salir, juntas, del agua. Yo fui detrás de ellas, pero como vi que iban hacia su habitación me quedé sentada en el bordillo de la piscina, hablando con mi primo. Sin embargo, ellas no tardaron en volver a aparecer ante nosotros, vestidas ahora con sendas braguitas. Vale que eran tangas, pero aunque los tenían empapados eran dos tangas bastante sencillos, negro uno y gris oscuro el otro y que, en el momento actual, me resultaban el colmo de la decencia. Vamos, que si hubieran salido de allí vestidas las dos con hábito de monja, no me hubiera chocado más.
Me puse majestuosamente de pie, exhibiendo con orgullo mi desnudez ante ellas:
- Si no os importa, yo creo que voy a seguir así, no me apetece… - le dije.
- Ehhh… - dudó Nur.
- No, no, por mí guay – me sonrió Meri – pero yo creo que voy a quedarme un rato así… joder, que si no voy a acabar llegando al ginecólogo caliente como una mona, y tampoco es plan – se rió. Efectivamente, sus tetas hinchadas y sus negros pezones visiblemente erectos, manifestaban con total crudeza su elevado grado de excitación. A Nurita le pasaba lo mismo, salvando la distancia del reducidísimo volumen de sus planas tetitas.
- Bien, sí, claro… como queráis. – Confirmé. En realidad, por mucha braga que vistieran, seguían siendo una visión arrebatadoramente erótica.
Empezamos a movernos las tres hacia el porche, tratando de alargar aquella tregua improvisada, y visiblemente inestable, al menos un rato más. Me giré hacia la piscina:
- ¿Vienes, primo?
- Sí, sí, voy… - respondió, cohibido, mientras empezaba a nadar perezosamente hacia la escalinata de salida. – Es que…
Era que. Cuando Pablo empezó a emerger, avanzando por aquella escalera, pudimos entender claramente sus reparos. Llevaba la polla totalmente venida arriba. Era increíble, pero después de todo, y ducha y baño incluido, tenía la tranca dura y tiesa como el brazo de un marinero.
- Oye, no te irás a avergonzar por eso ahora, ¿verdad? – se apresuró a decirle Nuria, inusualmente comprensiva.
- Sí, si ya has visto que, en realidad, eso nos gusta, y además bastante más de lo que podías haber pensado al principio, jejeje – bromeó María.
- Mira, yo creo que si te resulta más cómodo, nos podemos quitar las bragas y estamos todos en igualdad de condiciones… - la apresurada propuesta de Nuria me dejó claro dos cosas: la primera, que se había vestido a regañadientes, casi obligada por una María que, ella sí, se había calzado unas bragas convencida de que no podía seguir follando como una descosida justo antes de ir a ver al ginecólogo, y menos aún si como decía era amigo de su padre jijiji. Y, la segunda, que no estaba dispuesta por nada del mundo a que aquella maravilla que tenía mi primo entre las piernas volviera a desaparecer de su vista, y menos teniendo en cuenta que algo así podía propiciar que a mí me volviera a dar una de esas pájaras mías de intentar que dejáramos de hacer el cerdo como si nada… Con lo bien que íbamos, jijiji. Pablo nos miraba a las cuatro, con el cipote temblando al viento como el asta de una bandera.
- No, Nuria, si es que… precisamente veros en bolas es lo que me pone así… - María ahogó una risa, mientras Nuria se relamía mirando cómo él se aplastaba la polla, como tratando de evitar que apuntara disparada hacia nosotras tres – Mira, si no os importa me voy a tumbar un poco aquí en el césped, a ver si se me baja…
- Cómo nos va a importar, primo… - le dije yo.
- Jo, perdón…
- ¡Pero qué tenemos que perdonar! – se quejó Meri.
- Pues… el estar tan caliente siempre… por favor, no me lo tengáis en cuenta, ¿vale? - era increíble que el hombre que acababa de follarme el culo como si se tratara de un caballo semental, y al que quería entregar mi coño en propiedad, fuera ahora aquel pequeño chaval, desvalido y tímido… La verdad que a ratos todavía me costaba asimilarlo.
- Que no, que tú tranquilo, - insistió María, - que no tenemos nada que perdonar… - le repitió. – Ahora, que lo de no tenerte eso en cuenta… uffff, ¡es cierto que eso va a ser más difícil!
Todos le reímos la ocurrencia, incluso el propio Pablo, mientras se tumbaba aparatosamente, boca abajo, en el suelo, recolocándose aquella barbaridad para poder ponerse a tratar de descansar en la toalla. Bueno, pensé, ni tan mal tenerle ahí tumbado un ratito… a ver si nos deja respirar un poco, el insaciable. El despertar de la siesta había resultado ser devastador para los cuatro.
Mer y Nuria avanzaron hacia el porche, donde se quedaron sentadas en los dos sillones de plástico que estaban junto al ventanal del salón, al otro lado de la mesa del porche, y mirando hacia el jardín. Yo valoré sentarme también, pero he de decir que tenía el ojete tan abierto que me temí el brinco de dolor que iba a pegar si me sentaba, así que aparentando que prefería estirar las piernas un poco, me quedé de pie, al otro lado de la mesa respecto a ellas y mirando de espaldas al jardín. Allí de pie, podía ofrecerles a ambas mi coño al aire, inusualmente rasurado por completo, lo que me dejaba todo expuesto y visible, y más todavía en aquella situación de excitación continua que hacía que fuera ya todo el rato con todo abierto, hinchado y salido. Ni que decir tiene que nos esmeramos las tres en obviar mi coño al aire tanto como estábamos obviando su exagerado cipote. Aunque, por mucho que pueda parecer increíble, tampoco nos costó tanto. Ellas podían ver a mi primo tirado en el césped (yo no, porque estaba mirando hacia ellas y de espaladas al jardín y a la piscina), vale, pero al fin y al cabo él estaba tumbado boca abajo en el suelo. Por muy en bolas que fuera, no podían verle más que el culito que, en realidad, y dada su tierna edad, pues tampoco era ni mucho menos lo más excitante de su anatomía (he de decir que cuando fue creciendo, se le puso culazo al niño, además). Y, por lo que respecta a nosotras, en realidad estábamos más que acostumbradas a vernos en bolas y a pasar tiempo desnudas juntas.
Total, que nos pusimos a charlar, sin más. Era agradable poder estar las tres cotorreando de temas intrascendentes y ligeros, dejando descansar la mente y el cuerpo por un rato, como si nada de todo aquello estuviera pasando en realidad. Yo me sentía descansada, y hasta refrescada tras el baño, aunque era apenas media tarde todavía, y el calor pegaba aún fuerte. En aquel preciso momento, yo estaba allí de pie, apoyada en la mesa, contándoles algo a ellas. Recuerdo bien que podía sentir la brisa en mi culo, refrescando mi torturado ojete, y que aquel airecillo me hacía cosquillas en mi coño, también. La sensación era más que reconfortante. Las peras me colgaban, allí inclinada hacia ellas sobre la mesa, dos peras excitadas todavía, con los pezones de piedra como dos canicas gordas, dos ubres bamboleantes, de las que me di cuenta que a mis amigas les costaba apartar la vista, deslizando la mirada por las curvas de mi canalillo y de mis abultadas areolas. A estas se les estaba empezando a hacer la boca y el coño agua. Bien.
Aquello me puso cachonda. Joder, pensé que iba a aguantar más, pero es que estaba híper estimulada. Abrí bien las piernas, para sentir mejor aquel placer en mis partes, que me estaba empezando a recorrer de tal manera que casi me hacía sentirme penetrada. Mhhh. Mi chocho me colgaba.
Espera. ¿Penetrada?
Entonces la noté: aquella barra, dura, caliente. Larga. Avanzando, milímetro a milímetro. Rozando mis colgajos. Apretándose contra mi vulva. Aunque no empuja hacia arriba, hacia mi coño, sino hacia delante, hacia la mesa. Pero estaba tan dura, y aquella dureza era como que le obligaba a ponerse vertical para evitar partirse, estallando en mil pedazos por la presión, que en su avance y en su frotarse con mi raja húmeda, parecía como si me buscara una boca del coño que se encontraba desconsoladamente abierta desde hacía ya horas. Cerré los ojos un momento, más para concentrarme en aquella deliciosa sensación que para pensar en qué demonios estaba pasando.
Lo primero que vi al abrir los ojos fue a estas flipar. Luego le pude sentir a él claramente a mi espalda. Me miré entre las piernas, y pude comprobar que tenía polla. Quiero decir, me había aparecido una polla allí, bajo mi coño, un cipote enorme, desmesurado, duro y jugoso a la vez. Pero no era mía, claro. Ojalá. Era suya, en relaidad. Que ni tan mal. Bueno, aunque ya lo habríais imaginado, claro. Pero tratad de imaginar ahora también lo que era para mí que me apareciera aquello de repente entre las piernas. Joder. ¿No?
Tampoco dije nada. Estábamos en un momento en que ya no teníamos que molestarnos en explicar nada si no queríamos. Y lo que queríamos era sentirnos, los unos a los otros, si más. No dije nada, tan solo volví a cerrar los ojos, una vez comprobada la existencia de aquel enorme miembro erecto entre mis piernas, y me limité a abrir bien éstas. La polla avanzó entre ellas, hasta que pude sentir los pelos de su pubis en mi culo desnudo. La polla paró. La polla intentaba controlar su respiración detrás de mí. Yo también necesitaba controlarme.
Empezó a moverse para atrás. El problema fue que luego se deslizó de nuevo hacia delante, frotándose rico contra mi chocho abierto y la cara interior de mis muslos, que sudaban. Y otra vez, atrás, adelante. Ris, ras. La polla había empezado a pajearse contra mi coño, delante de ellas. Usando mi sexo y mis muslos para darse placer. Y yo le dejé, claro. Porque para placer el que estaba sintiendo yo. Porque no es que me estuviera poniendo, es que directamente me estaba masturbando a mí también, su propia paja me estaba pajeando a mí a la vez, y yo ya estaba tan caliente que no podía ni quiero parar, no quería que parase y no me importaba que ellas dos me estuvieran mirando. Joder, si estaban tan putas como yo. Nur, que se había bajado su mínimo tanga y se había empezado a hacer un dedito sabroso. Meri, echada sobre la mesa, literalmente, reptando cual babosa para acercarse a nosotros, para vernos mejor, para no perder detalle de mi coño abierto, sudoroso, loco por ser follado por aquel vergote que tanto ella como yo estábamos ansiando tanto… Pero yo es que aquel vergote lo tenía entre las piernas, ella no. Casi como si fuera mi propia polla y ella estuviera allí babeando por comérmela. Joder…
Bajé la vista, y la vi tal cual, aquella pollaza que me salía entre las piernas, partiéndome la almeja, separándome con rudeza los labios menores, que la abrazaban libidinosamente, como dos moluscos desenfrenados, sin poder impedir que siguiera incrustándose contra mis labios mayores, apretados, calientes, con el clítoris hinchado golpeando su glande, que asomaba, asomaba y volvía a asomar.
Lo siguiente que hice fue agarrarla, porque a ver quién es la guapa que tiene una polla dura entre las piernas y se resiste sin agarrarla. Se la apreté con fuerza, aplastándosela con la mano. Por si me quedaba alguna duda de que aquella polla era suya y no mía, cuando me la empecé a sobar le escuché gemir a mis espaldad. Luego me puse a gemir yo también, y no solo porque me estuviera él sobando a mí mi coño a golpe de polla, sino porque más allá de la masturbación en sí es que la situación me tenía echando chispas, y además cuando yo le agarré la polla él me metió a mí sus brazos entre mi cuerpo y mis brazos, abrazándome desde atrás, y aprovechando para cogerme y sobarme las tetas, claro. Joder, no, aquel no era en absoluto mi plan, Pablo me estaba magranado otra vez, y encima así delante de ellas, pero os juro que lo que yo quería, de verdad, era tener la tarde en paz, que durara aquella tregua insensata que podíamos haber tenido en vez de que estuviera otra vez detrás de mí, amenazando con ponerme mirando a Cuenca en la puta cara de mis amigas. Pero comprendí que estar así los cuatro, tenerme así Pablo, era ya algo inevitable. Le dejé hacer, ¿qué otra opción habría tenido? Porque lo peor era que el cabrón de él me estaba matando del gusto, claro. Empecé a pegar, más que gemidos, pequeños grititos de niña tonta corriéndose, y un absurdo me voy, me voy, me voy, me voy como lloriqueando mientras, efectivamente, me corría encima de él.
No sé, la escena podía llegar a ser un poco ridícula, ahora que la recuerdo y lo escribo, pero por algún motivo (sería el momento, la tensión sexual de aquellas dos semanas, acumulada y reventando, o qué sé yo) estar allí de espectadoras de aquella ñoña peli porno adolescente parecía estar resultando insuperablemente erótico para mis amigas, que nos miraban alucinando y absolutamente cachondas. Nuria galopaba su coño mientras me miraba correrme, que lo estaba haciendo literalmente a mares, sobre la verga de mi pequeño primo, mancillando nuevamente mi palabra con el ardor de mi flujo chorreante. Una vez más. Qué más daba ya… Después de haberle dejado penetrarme de nuevo... Joder, Pablo me había reventado el culo, es que era muy fuerte. Pero, una vez llegados allí, ¿por qué no le abría ya la última puerta? Pero dudaba, claro, todavía dudaba, al fin y al cabo nuestros últimos meses antes de la prohibición total estuvimos tanto tiempo así, tan solo a boca y culo, que tampoco me resultaba una opción tan rara...
Curioso que me diera por ir de modosita, cuando estaba guarreando de aquella manera con él y delante de ellas, ¿no? Quizá fue también el calor, bueno, o mi mano ayudando a su paja, no sé, pero en seguida noté que él también estaba a punto de venirse. Retiré la mano; había decidido dejarle hacerlo a su gusto, porque cuando su cuerpo empezó a dar los primeros síntomas de la corrida, él empezó a revolverse, nervioso, como si estuviera tratando de hacer algo más… Y, efectivamente, al soltar yo su verga, Pablo se lanzó a embestirme con violencia desde atrás, firmemente asido a mis pechos, que parecía que iban a reventar de sus apretones. Otra vez, otra vez me tenía así, tan a punto, tan preguntándome por qué era tan cabrón de no ser él el que directamente me follara, por qué sencillamente no cambiaba de postura para metérmela dentro, sin más. Si solo tenía que empujarme, obligarme a tumbarme sobre la mesa y ofrecerle mi sexo abierto, que él podría tomar sin problemas desde atrás para violarme a su antojo. Porque yo no es que no me estuviera resistiendo y le estuviera dejando hacer, es que estaba salida como una guarra, y se notaba claramente que me iba a dejar hacer ya lo que fuera. Pero joder, ¿por qué no me embestía igual que estaba haciendo, pero con la polla metida dentro de mi coño? Cabronazo, por qué, ¡¿por qué me quieres obligar a que te suplique, a que te lo pida, a que me arrastre ante ti rogando que me folles? Pero la velocidad de su falsa follada era tal que ya me estaba matando del todo antes de poder esperar siquiera a que yo le pidiera nada, aunque tampoco es que se hubiera molestado lo más mínimo en que yo le permitiera hacerme aquello o no, como antes cuando me dio por detrás sin avisar. ¿Por qué cojones me podía violar el culo sin avisar, por qué me podía asaltar como estaba haciendo en aquel momento, pero no se dignaba a forzarme para follarme de una puñetera vez? Tenía que admitirlo, aquel niñato me conocía mejor que yo misma, sabía de sobra que en aquel momento estaba ya todo maduro y que por detrás no le iba a poner la menor objeción ya... Joder, lo que no se daba cuenta era de que tampoco se la pondría ya por delante... O sí. O sabía siempre que para mí no es lo mismo una cosa que otra. O, joder, qué duro era darse cuenta de eso, sencillamente sabía que lo más seguro era que yo le dejara entrar ya, pero que no quería follarme simplemente, que ese momento él ya lo creía superado, y que ahora lo que quería es someterme. Tendrás que arrastrarte, Laura, parecía decirme cada vez que su polla pasaba de largo, apretándose contra mi húmeda y ávida entrada.
No podía evitar seguir y seguir corriéndome como un grifo abierto. Aquella sensación de sometimiento a mi primo, ya casi total… Pero, sobre todo, la exposición, aquella manera que Pablo estaba teniendo de exhibirme ante ellas, de enseñarles el nivel de depravación al que había llegado con él… Aquella manera que tenía de obligarme a mostrar nuestro sexo en público me volvía loca. Maldito crío…
Aquellas jodidas embestidas. Una, dos, tres, cuatro veces… No sé, perdí la cuenta rápido, porque cada una de ellas me estaba provocando un nuevo orgasmo, un brutal orgasmo que se superponía al anterior, porque en cada embestida su polla me golpeaba el coño, la entrada del coño, de mi vagina, abierta y anhelante, un golpe seco tras otros en la boca de mi deseo, antes de resbalar hacia afuera y repasarme toda aquella barra candente por los labios... Naturalmente que en aquella situación lo de menos ya era si yo le deseaba dentro aún o no, si estaba dispuesta o no a dejarle entrar o a reclamar que me follara de una… No, qué va. Joder, ¿podría acaso un pelele sometido como yo hacer algo contra aquella poderosa barra de hierro al rojo? Podía notar su calor y su humedad abajo, también. Pero me había matado, me violaba anulada, vencida, tanto que ni siquiera era capaz de tocarme, o de tocarle, y los brazos me colgaban inertes e inútiles a los lados.
No podía ni siquiera verle, mientras que él parecía poder llegar a cualquier rincón de mi anatomía, parecía poder usar y abusar cada pequeña parte de mi cuerpo a su antojo, ya había empezado a besarme el cuello, mi cuello que siempre ha sido mi punto débil, y me cuando me besaba así yo me derretía en él. Que sí, que me estaba vaciando como una guarra sobre su verga dura mientras él se corría pasando la polla entre mis piernas, entre mi coño abierto delante de ellas, y yo no veía mis ríos sino que solo veía sus fuertes chorros cruzar todo el ancho de la mesa, espesando el charco que unía aquella trayectoria entre mi cuerpo y el de Nurita, la pobre, que se encontraba también sumida en pleno orgasmo.
Pablo pegó los que fueron sus últimos gritos. Afortunadamente, mi primo hacía el esfuerzo de sujetarme, o lo que fuera que pudiera hacer conmigo su joven cuerpo, pero aquello era importante, porque me caía, no era capaz ni de sostenerme a mí misma. Según se fue parando y separándose de mí, sentí que poco a poco iba consiguiendo reponerme, lo suficiente al menos como para no caer desfallecida. Me costaba horrores. Todo se había tensado.
Todos esperando a que yo me sostuviera, a que no cayera, a que me levantara, y consiguiera sobreponerme… Cuando por fin lo logré, supe que estaba roja de vergüenza. Obviamente, era el centro de atención de los tres: mis amigas me miraban expectante, pero podía Sentir también los ojos de Pablo taladrándome la espalda. Joder, qué humillación.
¿Humillación?
Quizás mi rojo se pueda confundir con ira, me dije. Saqué fuerzas de flaqueza para logra hacer lo que hice, para girarme y abofetearle en la cara con todas mis ganas. En realidad, tampoco sé por qué hice aquello, no sé qué supuesta dignidad pretendía yo preservar con aquel burdo gesto. Si de verdad creía que algo de todo aquello podía haber estado mal, lo que tenía que haber hecho habría sido pararle desde el principio, claro. Pero no fue solo falso pudor… en realidad creo que mi ira era real, y se debía claramente a no haber sido follada ya. Y, sin embargo, la bofetada tuvo un éxito inesperado. Pero no era más que un niño, claro. Cómo no iba a pasar aquello, si además se tenía que haber sentido en la cima del mundo al cogerme así y… Pablo empezó a temblar al notar que iba a ponerse a llorar delante de nosotras. De repente, toda su proeza se había venido abajo, zas, con aquel bofetón, como un castillo de naipes. Mirando con rencor el charco de lefa que nos dejaba como manjar, me soltó y me escupió a la cara. Mientras su baba me escurría, caliente y viscosa, por la mejilla, estuve a punto de volver a cruzarle la cara. Me había sentado tan bien darle el primer golpe que de repente quería seguir…
- No es justo, Laura... – pero yo estaba caliente, muy caliente, lo suficiente como para llevarme la mano a la cara para limpiarme su salivazo, y abrir luego bien la boca y, sacando la lengua, lamer toda aquella baba jugosa y fresca delante de su cara…- Mira que eres zorra, joder… - me dijo con auténtico odio adolescente – por mí os podéis comer las tres todo el yogur, ¡so putas!
Cuando me giré siguiendo la dirección que sus ojos y el gesto de su mentón habían hecho hacia lo que quedaba a mis espaldas, él aprovechó para darse la vuelta y salir de allí a la carrera.
Mi primo tenía toda la razón: éramos tres putas calientes, y estábamos cachondas como tres auténticas zorras. Pero, es que todo aquel yogur que nos había tirado en la mesa para alimentarnos era tan jugoso… Cuando me di la vuelta, Nuria ya había empezado a comer. Yo me agaché sobre la mesa dispuesta también a no desaprovechar aquel manjar que tanto deseaba: joder, estaba todavía caliente, en su punto. María me empezó a buscar la lengua en seguida en nuestra aparatosa lamida de la corrida de mi primo. Cuando acabamos de sacar brillo a la mesa, de manera natural, nos entrelazamos, nos empezamos a besar, de pie en medio del porche, nos comenzamos a sobar furiosas y, para cuando nos quisimos dar cuenta estábamos las tres desnudas, otra vez delante de él, a punto de...
Maldito sádico… ¿se había retirado solamente para que nosotras nos sintiéramos libres de actuar como unas cerdas jugando con su lefa? Y ahora volvía a ver el fruto de aquella calentura bestial que nos había provocado sentirnos así de desinhibidas y guarras… Nur y yo habíamos aprisionado a la pequeña María entre nuestros cuerpos, yo me frotaba contra ella desde su espalda y, al igual que Pablo acababa de hacer conmigo, le sobaba a placer las tetitas a manos llenas, mientras ella se dejaba comer la boca por mi novia que la atacaba desde delante, aprovechando cuando Meri lanzaba sus manos hacia atrás buscando mi cuerpo para deslizarle ella las manos vientre abajo por la ruta de su mojado sexo.
- Chicas, chicas, a ver, quizás deberíamos buscar un poco de intimidad antes de... – soltó de repente Meri, confundida, mirándome con cara de extrañeza. En el fondo era natural, claro, yo le acababa de cruzar la cara a mi primo, pero parecía que ahora no tenía el menor empacho en ponrme a follar delante de él.
- Joder, Meri – aquel bofetón de realidad me había cortado el rollo a mí, porque me devolvió brutalmente al mundo real, un mundo donde los primos no follan y las amigas no se lo montan delante de niños pequeños. Pablo me miraba cabreado, con la mejilla toda roja aún de mi bofetón. Joder, me había puesto tan caliente dárselo... – A ver, tienes razón, hostia… Estamos demasiado acelerados hoy, y creo que necesitamos calmarnos un poco…
- ¿Y qué propones, morena? – preguntó Nuria, diría que más confundida que molesta de que le estuviéramos cortando el rollo con María.
- ¡Propongo masaje! – dije con una gran sonrisa.
Y mi propuesta fue extraordinariamente bien recibida por los tres…
...dicen de mí que tengo buen sabor
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