LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 11 - 25.07.2012 - tarde
Cuando terminé de preparar la comida, yo estaba tremendamente acalorada, y además muy caliente. Hacía rato que les había vuelto a ver a los tres rondando por el jardín, y Mer y Nur no tardaron en sentarse a hablar al sol, luciendo sus espectaculares cuerpos mínimamente cubiertos por sus poco discretas braguitas. Pablo todavía demoró un rato en aparecer. Cuando lo hizo se unió directamente a la pareja de mujeres, si bien se sentó en el bordillo de la piscina, algo alejado de ellas, metiendo los pies en el agua. Ellas se acercaron a él formando un pequeño corrillo, y hablaban y gesticulaban con total normalidad pese a su práctica desnudez. Mi primo llevaba su mandanga en reposo y todo lo bien guardad en su apretado slip que aquella reducida tela era capaz. Bueno, al menos la llevaba guardad y en reposo cuando le vi aparecer en el jardín y sentarse junto al agua… porque con aquellos dos pares de tetas divinas meneándose delante suyo, la verdad que yo no sabía si él sería capaz de aguantar. Pero tampoco me iba a quedar en la cocina esperando a que el pobre niño reventara con ellas: ¡prefería hacerle reventar yo!
Así que apresuré todo lo que pude el cocinado, a pesar de estar sudando la gota gorda allí dentro, y salí pitando rumbo a la piscina. Llegué junto a ellos casi a la carrera, y me despojé de mis bragas en su cara, mientras les explicaba algo aturulladamente que la comida estaba lista pero que quería pegarme un baño porque dentro hacía un calor insufrible, y yo estaba muy caliente. Lo dije así intencionadamente: “además, yo estoy muy caliente” porque quería provocar, como siempre, pero además es que era verdad. Cuando me agaché para sacarme las bragas, la fina tela se hizo un rulito arrastrada por mi pegajosa piel, y al tirar de los elásticos y quitármela por los pies con una mano, dejándola caer justo al lado de donde estaban sentados ellos, todos pudimos ver perfectamente el jugoso pastelito de crema que se había quedado pegado en la parte interior de la minimísima tela de aquel tanguita. Lo cierto es que un pastel gemelo, quizás algo mayor, estaba pegado a mis labios y esparcido también por mi vulva. Al verme así los tres se quedaron callados, pasmando para el manchurrión de mi tanga y para mi sexo desnudo y boqueante que se exponía claramente excitado ante ellos, con los labios hinchados y el clítoris a medio empalmar saliendo de su capucha como pidiendo a gritos una boca que lo succionara.
- Joder, Laurita… cómo vienes – me dijo Meri en voz perfectamente audible por todos, mientras deslizaba sus dedos sobre mis bragas, hundiendo con firmeza sus yemas en mi agria esencia condensada en aquel puré blanquecino y espeso.
Pese a su incitadora actitud, yo me limité a hacer lo que había ido a hacer realmente, y de un salto entré en el agua. Cuando emergí pude comprobar que solo mi primo se había levantado para seguirme en el baño, admirando con sorpresa que había visto mi apuesta y había decidido doblarla: Pablo se sacó los gayumbos, tirando de su verga algo morcillona para sacarla sin problema, y saltó a la piscina en dirección a mí, solo después de haberle lanzado a Nurita aquella prenda suya todavía caliente, y seguramente también olorosamente húmeda. Con admirable puntería, sus calzoncillos cayeron justo entre las manos de mi amiga. Aunque, si he de ser sincera, he de decir que mi atención en ese momento estaba centrada totalmente en aquel joven cuerpo que acababa de brincar para zambullirse, porque su falo bamboleante volando libremente hacia mí acababa de aumentarme varios grados la temperatura del coño. Mi cuerpo recibió al suyo con ganas y alegría, y al momento nos entregamos los dos a esos juegos de agua que veníamos ensayando durante varios días, pero que aquella mañana convertimos de manera definitiva en una especie de preámbulo sexual en toda regla, dejándonos disfrutar mutuamente, sobre todo, de la amplitud y generosidad de nuestros órganos sexuales.
Nurita se levantó para acercarse a nosotros, con un gesto entre divertido y feliz, que culminaba la belleza morena y perfecta de su cuerpo joven y admirablemente formado. Finalmente, se sentó en el bordillo justo al lado de donde Pablo y yo chapoteábamos escandalosamente, todavía con los gayumbos de mi primo en su mano. Y así, metiendo los pies en el agua, se dedicó a charlar y bromear con nostros, participando en parte de nustros juegos mientras, sin pretender para nada disimularlo, se dedicaba a olisquear la tela íntima que mi primo que acababa de estar cubriendo sus partes solo unos segundos antes, dándole incluso unos sutiles lametazos de vez en cuando. María, sin embargo, ya se había empezado a retirar cuando vio a Nur tomar nuestra dirección en la piscina, y para cuando ésta se volvió a sentar junto a nosotros, ella ya se había perdido dentro de la casa, sin que le pudiera dar tiempo ni a ver cómo Nurita disfrutaba sin pudor de las esencias sexuales de mi pequeño primito. Pero no os vayáis a pensar que Meri iba de inocente en aquella retirada, no… mi caliente amiga se había ido sin duda a buscar un baño, porque llevaba mis sucísimas bragas en la mano. Lástima, me dije, con lo que me hubiera gustado que en aquel momento Merita hubiera dado rienda a sus instintos fetichistas allí mismo, en el jardín, delante de todos…
Para cuando Mer reapareció, trayendo ya las cosas de la comida a la mesa del porche, mi primo y yo habíamos terminado por arrastras con nosotros a Nurita, obligándola así a participar de nuestros cada vez más pervertidos juegos. Lo que disfruté en aquel momento, quitándole las braguitas a tirones mientras mi primito la sujetaba con fuerza, aprovechando para meterle mano en las tetas y en el culo con el mayor de los atrevimientos posibles, es algo que jamás seré capaz de olvidar. La cerda de Nur, pese a todo, no hizo grandes esfuerzos para evitar ser desnudada o sobeteada, y en realidad parecía que se estuviera concentrando más bien en tratar de disimular el placer que le estaba dando también la situación. En los siguientes juegos compartidos, fueron varias las veces que mis manos se encontraron con las suyas cuando se zambullían tratando de buscar la polla de Pablo.
Al ver aparecer a María, no tardamos en ir calmando nuestros juegos, y Pablo se retiró un momento a una esquina, sin duda tratando de conseguir la calma necesaria para que su verga excitada recobrase un tamaño y forma mínimamente presentables. Nur no se molestó en esperarnos, y nadó hasta la escalinata de la piscina, donde se habían quedado varadas sus braguitas, premonitoriamente enredadas con la ropa interior de Pablo. Sin preocuparse por su total desnudez, fue subiendo escalón tras escalón una vez recuperado su tanga. A mí misma me costo mantener una respiración estable cuando la vi salir, emergiendo paso a paso en su perfecta desnudez, exhibiendo su cuerpo totalmente libre y deseable, con su pubis terso y brillante abierto en canal por sus aleteantes labios que gritaban con furor el nivel de excitación de su vulva. El pobre Pablo bajó la cabeza al ver aquello, pero no por pudor o vergüenza, sino para tratar de evitar que una nueva erección se desatara involuntariamente entre sus piernas, dándose la vuelta para retirar su mirada de tanto y tan fuerte deseo, quedando castigado en aquel rincón de pensar de la piscina donde su pene adolescente trataba de calmarse. Se perdió así el espectáculo de su culo redondo y negro como de mulata caribeña chorreando agua, cuando ella se giró y avanzó con su tanguita en la mano en dirección a María. La que sí que la vio así, en la plenitud de su desnudez, fue nuestra amiga, claro, y a juzgar por la expresión de su rostro no pareció muy complacida del desparpajo nudista de Nur. Pero mi diosa estaba ya por encima del bien y del mal, y con majestuosidad llegó hasta la mesa del porche contoneando sus caderas y haciendo arder el aire con el meneo de sus nalgas. Solo allí, ya al lado de María, se agachó para meterse las bragas por las piernas, tirando de ellas hacia arriba. Me hizo gracia ver que, desde mi perspectiva, la vista cambiaba muy poco, realmente: la muy puta se había puesto uno de esos tanguitas que solo cubre por delante, mientras que la tela trasera había sido sustituida por dos finos cordones verticales que surcaban sus glúteos a la mitad de cada cachete, quedando sujetos por tres cordones horizontales de cada lado, que rodeaban sus caderas hasta el triangulito del pubis. En medio de aquella fina red, la morena y turgente piel de su precioso culazo refulgía provocadoramente.
Siguiendo los pasos de Nuria, me dirigí también a la mesa para ayudar a mis amigas a terminar de colocar todas las cosas de la comida. María suspiró al verme llegar a mí también en pelota picada, especialmente porque, a diferencia de Nuria, yo ni siquiera me iba a vestir ese mínimo para comer. Evidentemente, lo cierto es que no tenía ni bragas que vestir, porque precisamente María me las había levantado para pegarse una de sus pajas con premio que tanto le gustan. Su ánimo terminó de revolucionarse al ver que Pablo me había imitado, y se estaba sentando con nosotras regalándonos el bamboleo de su polla feliz y, afortunadamente para todas, lo suficientemente relajada como para poder hacer la vista gorda de aquello. Especialmente porque, a diferencia de mí, mi primito sí que había dejado su ropa interior intencionadamente olvidada, flotando encallada en los escalones que descendían piscina adentro.
Vista la situación, lo cierto es que yo me las prometía muy felices para conseguir aliviar mi calentura, y quién sabe si también conseguir dar ese paso definitivo que los cuatro llevábamos días esperando. Sin embargo, y pese a mis evidentes intentos de acercarme a él, el ambiente se había terminado por serenar casi de golpe, y la comida discurrió de una manera perfectamente relajada. En aquel contexto, y por muy desnudos que estuviéramos los dos, no se dieron opciones reales de conseguir una aproximación suficientemente efectiva y, al mismo tiempo, "accidental", por así decirlo. Joder, ¿pero cómo estaba tan tranquilo el niño después de lo de la piscina, y lo demás de antes? No sé, que vale que Nur pudiera estar algo más descargada después de pegar el polvo con el del videoclub, pero es que en verdad parecía que yo era la única que estaba nerviosa y tensa, con una más que evidente excitación difícil de controlar. Pero, a pesar de todo, supe contenerme y disimularlo, al fin y al cabo soy una profesional y… mientras terminábamos de comer acabe por decidir que, seguramente, iba a ser mucho mejor esperar a la siesta...
Como os podréis imaginar, al engullir mi último bocado no di ni la más mínima opción a la sobremesa, sino que al terminar, nerviosa, les dije casi escupiendo que necesitaba una siesta, exagerando hasta lo indecible mi propio estado de necesidad. Ante mi petición, los tres me miraron con una mueca torcida en sus labios, sospechosamente parecida. Joder, quizás había sido demasiado evidente, o quizás es que ya todo lo era a aquellas alturas… desde luego que, en cualquier caso, parecía que estaba perfectamente claro el verdadero sentido de mis palabras. Bien, me dije… pues si todo está tan asumido ya, entonces:
- ¿Pablo, te vienes conmigo? - ¿queríais evidencia?, me dije, algo molesta por lo áspero que se había hecho el momento.
No fue un silencio tenso, de esos que se pueden cortar, porque no estábamos desde luego en esas; la comida había sido relajada en todos los sentidos, y pese a que la temperatura sexual había sido alucinantemente neutra, teniendo en cuenta cómo habíamos empezado el día, nuestra casi general desnudez y mi propia y desmesurada calentura, habíamos mantenido una actitud divertida y distendida. Pero fue un silencio molesto, porque señalaba innecesariamente mi petición como si fuera rara, como si fuera anormal, como si no me hubiera metido en la cama a mi primo en la mitad de las siestas de aquellos días, como si ellas mismas no le hubieran hecho ya varias pajas, desesperadas las dos queriendo más… ¿Y mi propio primo, de qué coño iba? ¿Por qué me había rechazado cuando le saqué la polla y se la puse dura delante de ellas al volver de la calle? ¿Pero a qué venía ese remoloneo ahora, esa cara de oveja llevada al matadero? ¿Pero este niño no quería follarme con todas sus ganas?
Pablo se levantó despacio, sin decir nada, pero siguiéndome obediente como un niño bueno, un niño bueno que avanzaba en pelotas delante de mis amigas, con su muy glorioso pene bamboleando entre sus piernas a la vista de todas. Yo le guié hasta mi habitación, más confusa que molesta, y cuando hubo entrado detrás de mí cerré el ventanal del jardín por el que habíamos entrado y la cortina. Sin darle tiempo a abrir la boca, me tumbé directamente en mi cama, así, tal cual venía, desnuda y expectante… aquella tarde tenía que avanzar, pensé, avanzar de forma definitiva, o al final se me iba a terminar escapando como agua entre los dedos... quedaba demasiado poco para que volvieran mis tíos a buscarnos para irnos de vacaciones, y se acabaran aquellos días locos de libertad en los que parecía que se había convertido nuestra inolvidable estancia conjunta en la casa de mis padres. Y, en aquellos días, por incomprensible que me siguiera pareciendo, el deseo por él había crecido tan fuerte en mí, y lo estaba compartiendo tan intensamente con mis amigas, que de alguna manera el pequeño cabrón había conseguido vencer mi resistencia y tenerme deseando volver a hacerlo absolutamente todo con él, tras casi un año de negativas y prohibiciones continuas después de haberle desvirgado el verano anterior.
Y así, muerta de ganas, por segundo día le ofrecí mi desnudez integral. Pero aquella tarde lo hice apostándolo todo, dispuesta a cualquier cosa para vencer aquella aparente reticencia que le había invadido de forma inesperada: aquella tarde le esperé en la cama, tumbada desnuda delante de él, con los ojos y las piernas bien abiertas. Ya estaba, aquello era la declaración de intenciones definitiva. ¿Significaba eso que iba a dejarle ya, sin más? ¿Que sería el día, acaso, en que volviera a metérmela en el coño que le ofrecía ansiosa, abierto y hambriento? Pues lo cierto era que lo dudaba, y mucho. Mi actitud exagerada tenía como objetivo real subirle la libido al nivel de la mía y hacerlo evidente para poder estar ambos a la par antes de juntar nuestros cuerpos hasta llegar, si acaso, tan solo un peligrosísimo paso más allá de lo que habíamos llegado aquella misma noche. Hacer que me llevar al borde mismo del abismo, pero sin dejarle que me despeñara todavía por él. Sin embargo, el jarro de agua fría que habían supuesto para mí su negativa al final de la mañana y toda la comida y la salida de ésta, me habían hecho terminar de perder la cabeza y exponerme innecesariamente haciéndole creer que lo tenía ya todo a su alcance… quería emborracharle con la miel de mi sexo, pero debía evitar caer yo misma en mi propia borrachera de deseo, porque no estaba dispuesta todavía a dejarme follar por él.
En definitiva, que seguía jugando con mi primo. O intentándolo, al menos. Porque a aquellas alturas, el niño tenía ya el culo pelado de mis juegos y mis tonterías… Y me lo iba a hacer ver desde el primer momento cuando, en lugar de saltarme directamente entre las piernas para zumbarme con su polla violentamente endurecida, arrastró simplemente su falo apenas morcillón hasta la cama nido que usaba cuando dormía en mi habitación, que seguía desde el primer día abierta y pegada a la mía. Allí se tumbó boca abajo privándome hasta de la vista de su deseado sexo joven y vigoroso, sin duda también para ayudarse a terminar de controlar su deseo y su erección que, estaba segura, había visto asomar a su pene tan solo un segundo antes. Joder, que no era indiferencia, por mucho que lo llevara aparentando desde el final de la mañana casi, sino que estaba tratando de devolverme el golpe después de haber soportado demasiado tiempo mis jueguitos con él y, ahora también mis provocaciones y celos valiéndome para ello de mis amigas. Todo aquello ocurrió en silencio, y por un momento pensé que quizás él sencillamente estaba recuperando el protocolo de nuestros primeros días en aquella casa, donde yo solo le permitía tocarme durante las siestas, mientras aparentaba fingir su sueño profundo que los dos sabíamos que era falso. Agarrándome a aquel falo ardiendo, perdón, ¡clavo ardiendo!, ¿en qué estaría pensando?, traté de dormirme, o aparentar que dormía, claro, pero lo cierto era que hasta eso me costaba de los nervios que tenía. Me costaba asumir aquel nivel de tensión, porque me daba perfecta cuenta de que mis nervios provenían directamente de mis ganas por él, de las ganas que tenía de que me tocara, de que me usara, de me follara de una puta vez. Yo pensaba que él fliparía por tenerme allí a su alcance, de nuevo sin bragas, que quizás pensase que esta vez no me podía dejar escapar, quisiera yo o no. Casi deseaba que él me forzase, que forzase la situación o que incluso me obligase físicamente, pero que terminásemos de una jodida vez. Es que temía no ser capaz de dar yo el paso y liarla luego, más tarde, o al día siguiente... pocas oportunidades más iba a tener antes de que llegaran mis tíos, aunque pese a todo estaba convencida de necesitar aún una última prórroga. Aunque, si él me obligara y me lo hiciera sin esperar mi permiso, si tan solo diera ese mínimo e intrascendente paso… joder, es que una violación en ese momento hubiera sido algo mucho más lógico y esperable que lo que me esperaba aquella tarde ¿pero no estaba tan perdidamente encoñado por mí el muchacho?
Porque resulta que el cabrón de mi primo sí tenía preparado ese día una sorpresa para mí, algo que no podía en absoluto esperarme. Porque nunca pensé que sería capaz de lo que hizo: él también tenía su estrategia. Supongo que mi superioridad vital y sexual me habían hecho sentirme segura, inexpugnable, perfectamente capaz de dominar a aquel pequeñajo. Y, en realidad, aquello nunca había sido así: ¿o cómo había conseguido acabar varias veces entre mis piernas el año anterior? ¿Cómo había sido capaz de hacerme aceptar una normalidad demencial con él, con contactos sexuales casi diarios, antes de que me diera cuenta de que aquello era una aberración imperdonable? Cierto que le había parado los pies en seco en aquel momento, vale, pero, después de todo aquello ¿cómo era posible que estuviera otra vez a punto de caer en lo mismo? Pero lo estaba deseando. Y no solo yo, que detrás de mis muslos abiertos guardaban cola los de mis amigas Nuria y María… Vale, quizás por todo aquello había terminado asumiendo que el niño tenía realmente una capacidad sexual innata, además de evidentes dotes físicas para ello, y eso le bastaba para poder confundir a cualquier mujer como nosotras, por muy experimentadas que fuéramos las tres. Per hasta ahí, ¿eh? Que más allá de eso le seguía viendo como un niñato, mi pequeño primo… incapaz de toda estrategia. Y, fíjate por dónde, de repente me veía allí, a punto de perder los nervios porque el pequeño cabrón me acababa de rechazar un par de veces… hay que joderse.
No sé, quizás después de tantas pajas era que me estaba haciendo una paja mental también yo. Quizás, sencillamente, Pablo se había cansado, y había pensando simplemente que repetir lo mismo ya no tenía tanto morbo. Porque, por explícita y abierta que yo le esperara en mi cama, lo cierto es que era verdad que en el fondo yo no quería ir más allá todavía, y quizás, de alguna manera, ¿no podía aquel crío haber sido capaz de leer aquella verdad en el fondo mismo de mi alma? Habíamos pasado por demasiados momentos íntimos él y yo, aunque en el fondo él no tenía ni idea de mi verdadera vida, claro (si casi ni a su hermano mayor le había confesado prácticamente nada en nuestros ratos de remoloneo y confesiones entre polvo y polvo), si hasta descubrir el nivel de mis relaciones lésbicas con mis amigas había sido un pequeño shock para él. Joder, ¿de verdad mi primito podía escudriñar de aquella manera tan… “adulta” mis deseos y sentimientos más profundos?
Sea como fuere, el niñato bastardo había decidido calentarme de tal manera que, conociéndome como fuera que me conociera, iba a controlar magistralmente mi punto de ebullición durante una siesta que estaba a punto de convertirse en una experiencia claustrofóbica y absolutamente sádica. Cuando sentí su contacto por fin, yo ya estaba desesperada y en un mar de dudas, ahogada de calor y de ganas, sucia y puta como nunca, tentada de mandarlo aquella vez sí todo definitivamente a la mierda. ¿Qué podía pasar si era yo la que finalmente violaba a aquel crío de mierda? Joder, qué locura… Ni me di cuenta del momento en que yo misma empecé a acariciarme, pero cuando lo hice me dejé llevar con tal falta de fe que desde el primer momento me taladré el chocho con cuatro dedos girando y rascando en mi interior con furia. Lo malo era que me veía incapaz de alcanzar un orgasmo que sólo podría llegar si era él quien lo reclamaba, y allí estaba chorreando junto a su cuerpo desnudo y lánguido, respirando con la levedad de un ángel dormido, que era lo que parecía en aquel momento en que no encontraba ni rastro del demonio que llevaba tentando con follarme once largos días… Mi olor pronto empezó a anegar la habitación, lo sentía ahogándome y mojando mi cuerpo con una humedad pantanosa y perversa que pringaba las paredes y los muebles de mi cuarto y nos iba enterrando en aquel mar espumoso que mi coño vomitaba sin cesar.
Fue en aquel momento cuando su mano llegó a mí, me gustaría decir que liberadora, pero mi deseo obligadamente contenido durante tanto rato, en realidad durante todo la comida también, en realidad desde que volvimos de la calle, desde antes de que yo me fuera a cocinar confundida por su rechazo junto a la piscina… Pero ahora por fin llegaba, e iba directo a mi coño. No le sentí moverse, me asustó cuando me tocó, sobresaltándome como a una niñita, y giré la cabeza para mirarle cuando noté su mano caer de golpe sobre la mía, sobre aquella mano mía que había convertido en garra para tratar de arrasar mi sexo en una búsqueda enloquecida de mis orgasmos frustrados de aquel día. Le esperaba mirándome ansioso, le esperaba pequeño, implorante, celoso, perdido como había sido siempre. No daba crédito de verle indiferente, sin haberse movido ni un milímetro desde que se dejó caer sobre la cama, con su infantil carita enterrada entre la almohada y su brazo izquierdo flexionado, sin que nada en su cuerpo diera la más mínima señal de movimiento más que una casi imperceptible y muy espaciada respiración que aseguraba una total tranquilidad, un control, absoluto de la situación y de su propio deseo, mientas su mano derecha encontraba la mía incrustada en mi sexo, y la arrancaba sin problema de allí abusando de mi lubricación, de mi insatisfacción infinita, de mi impotencia… Sus dedos, todos, entraron en mí de golpe, no solo rellenando el vacío que mi propia mano había dejado, sino demostrándome que solo él tenía el control total ya de todo lo que allí ocurría: no solo de su cuerpo, sino también del mío, de forma absoluta, precisa y perfectamente detallada.
Varias veces me masturbó esa tarde, sumergiéndose en mí con furia, hasta que notaba que encogía los dedos de los pies, respiraba agitada y empezaba a temblar y a gemir su nombre, tratando de aferrarme absurdamente a mi colchón descarnado, pues hacía demasiado ya que mis sábanas, guarrísimas de nuestros sudores y líquidos sexuales eran solo un mojón retorcido bajo mi cuerpo. Pablo me masturbaba con violencia pero, al mismo tiempo, con precisión de cirujano, apretando mis resortes más ocultos con una maestría y una perfección que podía modular sin esfuerzo el volumen de mi gozo y la dimensión de mi placer. Y mi cuerpo reaccionaba virulentamente, convulsionando en aquella marejada como golpeado por un mar desatado que lo zarandeaba y lo lanzaba una y otra vez contra las rocas. Había perdido todo asidero, toda razón, y mi vida pendía solo de un hilo de moco espeso que manaba de mi coño y me conectaba íntimamente a la voluntad infranqueable de mi primo a través de su mano. Evidentemente, en aquellas condiciones yo era incapaz de todo, y no podía ni participar de aquella bestial y a la vez infernal experiencia sexual en la que solo Pablo decidía, ni pedirle siquiera que parar, o que acelerar y me diera más, hasta la muerte, ni tan solo tratar de fingir, soñar con recuperar el control de algo en mi cuerpo y en mi vida, o desear tan solo ser capaz de ocultar aquellos orgasmos que se empezaban a desatar en lo más hondo de mi esencia como el retumbar profundo de un volcán justo antes de entrar en erupción. Entonces él paraba, siempre, ahogando mi coño con su mano, vaciándome, apretándome, cerrándome, dejándome siempre al borde del estallido final y definitivo, cada vez más brutal, cada vez más final y cada vez más implacablemente definitivo. Pero nunca llegaba, siempre faltaba y me dejaba allí muerta, ahogada y miserable, incapaz de soportar aquel dolor atronador en mi cabeza y en mi cuerpo, que solo parecía remitir cuando aquella mano maldita volvía a moverse de nuevo dentro de mi cuerpo, siempre con la misma saña, siempre con el mismo odio escondido y visceral que quería acabar conmigo para siempre.
Y así una y otra vez hasta que, simplemente… paró.
Fingiendo despertar, Pablo se levantó sin más y se fue al baño. No trató de disimular una inconmensurable erección de sorprendente dureza, hasta para él. Tampoco parecía que fuera necesario, ya que yo fui incapaz ni de amagar seguirla. Es que básicamente era incapaz ni de moverme, porque casi no podía ni ver, ni respirar, ni escuchar, ni sentir nada, envuelta como estaba en aquella baba grumosa de olor a coño y pringue de coño y coño palpitante y deseo muerto. Cierto que tenía ya mis ojos llenos de lágrimas, o quizás era también mi propio flujo vaginal, pero cuando le oí salir del baño, pasar a su habitación y abrir la puerta del jardín para irse sin más de allí, casi rompo a llorar directamente. Quizás sí lo hice…
Me había dejado destrozada, jamás había sentido algo ni siquiera un poco parecido, ni el hombre más sádico, ni el más pervertido que hubiera tocado mi cuerpo alguna vez había sido nunca capaz de tanto. Estaba paralizada, era como si me hubiera roto la columna vertebral, que me dolía con un dolor sonoro de un color blanco deslumbrante, destellante, fríos y seco. Mi cuerpo necesitaba correrse imperiosamente, pero de una manera que yo no conocía: necesitaba orgasmar para vivir, necesitaba correrme, necesitaba eyacular para que el aire volviera a entrar en mis pulmones y mi sangre volviera a correr por mis venas. No pensé lo que hacía, y allí desnuda, salida y animal, me masturbé como una adolescente desatada, como la ninfómana perdida que era, como la puta apocalíptica en la que me mi primo me había convertido, chuleándome sin piedad, follándome a mí misma como una zorra de los infiernos, metiéndome incluso lo primero que pillé por ahí, aquel niñato hijo de puta me había lanzado su largo tubo de desodorante a su cama al salir del baño, o igual siempre había estado allí, igual lo tenía todo preparado, pero yodo me daba igual como me daba igual también destrozarme el sexo con aquel jodido bote porque yo tenía que correrme…
Joder.
¡Joder!
Ni me di cuenta de cuándo había vuelto a entrar en mi cuarto.
Quizás llevaba tiempo allí. Quizás nunca se había ido. Quizás él mismo me había puesto aquel bote anacrónicamente grande entre las manos, su desodorante que llevaba casi dos semanas viéndole usar a diario, y yo gritaba y me follaba como una perfecta zorra, como la ramera más sucia de la película porno más zafia y vulgar, y al verle allí delante de mí no fui capaz de parar porque lo quería todo y necesitaba sacar aquella bestia que me devoraba las entrañas pero era incomprensiblemente incapaz de hacerme llegar a mí misma al orgasmo, y mi primo me miraba y sonreía como un imbécil, como un niñato estúpido después de hacer una broma pesada e imperdonable a su profesora:
- ¡Ay! …perdona, Laura… que no sabía que estabas… - soltó el maldito, entre risas.
Y no le contesto, no le puedo a hablar para decirle que se vaya, que le odio, que no quiero verle nunca más, que es el peor cerdo que ha pisado jamás esta tierra, pero solo grito y jadeo y bramo como una vaca preñada dando a luz y le agarro del brazo tratando de atraerle hacia mí y solo logro aferrarme a él como si estuviera a punto de caer al abismo y su brazo fuera mi último asidero posible en esta vida, y estoy ya tan al borde, tenerle al lado me pone tan al borde, sentirle mirándome impúdico, lascivo y demencialmente sádico me cabalga de tal manera que siento que me desborda y me atropella como si realmente me estuviera follando y hundo a toda velocidad aquel bote que me quema las entrañas mientras me las destroza empapado en mí y todo se vuelve ya insuperablemente exagerado, y de su malévola sonrisa de joker salen silbando unas pablaras bailarinas con timbre de serpiente “joder prima, pajéate tranquila, claro, tú suéltalo todo, que yo ya me voy”, pero no se va el mu cerdo, allí bien carca, cada vez más mirándolo bien todo, y no porque mi mano le agarre porque ya no lo hace sino que destroza y pajea y castiga mi clítoris incendiado, y ya no le quiero allí, le quiero fuera, le quiero fuera, le quiero muerto, desmembrado, colgado, ejecutado, puto bastardo, maldito niño, mi primo, mi amor, mi amante…
La convulsión final me quebró la columna con tal virulencia que me estremecí de un dolor intenso que me dejó pegada al colchón, llorando y mordiéndome los labios mientras me agarraba con fuerza a aquella tela putrefacta que mi cuerpo al deshacerse estaba corrompiendo como si fuera el paso de mil siglos. Sentí un destello de pánico inflamado al encontrarme así, totalmente expuesta e incomprensiblemente inmovilizada ante él, con mi cuerpo a punto de correrse, reclamando a gritos aquel orgasmo delante de su sonrisa de loco. Pablo, sin dejar escapar ni un gemido, se limitó a levantarme la pierna que estaba de su lado y dejármela inmovilizada. Yo tenía la otra bloqueada contra la pared, también en posición levantada. Mi primo asomó la cabeza sobre mi sexo, y al instante lo sentí rebullir como si algo en mi interior se hubiera desatado por fin. Fue humillante. Pablo soplo sobre mi sexo y, como si fuera el aliento divino que da (o devuelve) la vida, mi pubis se empezó a sacudir, arrastrando en sus violentos espasmos al resto de mi cuerpo, mientras una fuente de fantasía escupía chorros desde lo más profundo de mi vagina y sentía un dolor indescifrable hasta en el último milímetro de mi vulva hinchada y dolorida.
Pablo me vio correrme sin moverse, admirando mi eyaculación animal con aquella espantosa sonrisa y una risa de loco, de niño idiota, de anormal recién escapado de su encierro justo después de matar a su madre.
Nunca había conocido una humillación tan total. Porque eso es lo que había querido desde el primer momento, humillarme, supe mientras lloraba como una estúpida sin ser capaz todavía de moverme, ni de controlar aún mi cuerpo ni dejar de orgasmar.
- ¡Uauuuuuh! ¡Qué pasada! ¡QUÉ ZORRA! – escuché recitar a su voz gangosa mientras se levantaba y abría la cortina y el ventanal del jardín que se alzaba justo delante de mi cama.
Cuando salió yo todavía me estaba corriendo, en medio de un ingente charco de flujo, sin capacidad de reacción.
* * *
Después de aquello, finalmente yo sí que me quedé dormida. No sé cuánto tiempo fue, aunque lo cierto es que sospecho que enrealidad muy poco. Me desperté tranquila, descansada y despejada, aunque al recordar lo que había pasado mis ojos se anegaron de lágrimas… Hijo de puta, pensé mientras revivía cómo me había ido en mares sobre mi cama, corriéndome como no recordaba haberme corrido jamás.
Sin embargo, no tardé en levantarme. Como digo, me encontraba sorprendentemente relajada, sorprendentemente lúcida. Aquel orgasmo imposible había sido tan arrollador que, a pesar de lo traumático de la experiencia, había en mí una energía extraña que me hacía sentir como si acabara de nacer a una nueva vida. Cogí el reloj de mi mesilla: todavía era pronto; mi siesta debía haber sido ínfima, porque lo que sí que había sido larga era la… era lo que coño fuera que me había hecho mi primo.
Sabías que iba a hacerlo, Pablo, sabías perfectamente lo que iba a pasar, no me preguntes cómo pero sabías lo que había en el fondo de mi mente mejor que yo, y conoces a la perfección cómo reacciona mi cuerpo… me las has metido doblada... Gemí hondamente mientras me imaginaba a mi primo disfrutando su triunfo.
Porque sí: me había ganado. Después de aquello, sabía que no tenía sentido seguir resistiéndome.
Porque no: yo nunca había dominado o controlado para nada a aquel crío. No me preguntéis como pero él podía jugar conmigo a su antojo. Y yo ya no podía más. Le amaba y le deseaba como creo no haber deseado más que a un puñado de personas. Y ya no estaba dispuesta a dejar que nada se interpusiera entre mi deseo y yo.
Después de asomarme a pasillo y jardín y comprobar que la casa, aparentemente, sesteaba en silencio, cerré de nuevo puerta y ventanal y me fui al baño, donde me di una ducha fría y rápida. No necesitaba recomponerme ni relajarme, tan solo quitarme los kilos de mugre que yo misma me había echado encima. Y, ya de paso, terminar de enfriarme del todo. Creía que procedía hacerlo, una vez asumido que Pablo tenía el mando. Si iba a rendirme, quería hacerlo dignamente, y a mi ritmo. Esperaba al menos ser capaz todavía de eso…
Decidí que lo primero era ponerme algo de ropa. Después de lo que Pablo me había hecho, tampoco podía salir sin más, de nuevo desnuda o con braguitas. Sin olvidar que el tanga que me había puesto por la mañana me había desaparecido cuando Mer me lo cogió para masturbarse. Pasé al vestidor, donde me probé varias combinaciones, todas mis bragas con camiseta y camisa, incluso con tops y combinaciones de lencería más o menos eróticas. Con una ella me sentí especialmente cañón, un body de encaje negro sobre tela blanca transparente y una camisa vaquera abierta encima. Evidentemente, aquello era demasiada ropa para vestirme esa tarde, pero como me veía tan sexy, aproveché para coger mi móvil y sacarme una foto para Lucas. Con ganas de volver a ser muy traviesa con él, me aparté la tela de la parte inferior del body para ofrecerle a mi vecinito una visión perfecta de mi coño: pelado integral como estaba, y todavía hinchado y abierto después de lo de antes, esperaba que el niño se pagase una buena paja a mi salud. Deseé con toda mi fuerza tenerle allí aquella tarde, qué bien me hubiera venido para tranquilizar mis ánimos…
Finalmente, cuando me di cuenta de que ya sonaban voces en el jardín, me decidí por unas bragas de las nuevas y una camiseta blanca ajustada y corta, del tipo de la que tan buen resultado le había dado por la mañana a Meri. Al fin y al cabo, me esperaba una tarde tensa.
Salí por su habitación al jardín, aprovechando que tenía el ventanal abierto. Pablo se bañaba en calzoncillos en la piscina, hablando a gritos con mis amigas que al parecer todavía estaban dentro de su habitación, a pesar de que tenían su ventanal abierto de par en par. Pablo miraba con avidez al interior, tanto que ni me saludó cuando me vio salir a mí primero. Enseguida comprendí por qué: cuando ellas aparecieron, franqueando la puerta de su ventanal, descubrí perpleja que estaban completamente desnudas. Con un rápido saludo me ignoraron también, y se lanzaron al agua de cabeza para bañarse con él.
Bien, la tarde había empezado mal: iba a tener mucho que calentar si quería reponerme de la brutal paliza que me había pegado mi primo, y quitarme de paso el tremendo cabreo que llevaba en aquel momento.
Naturalmente, a medida que transcurría el tiempo, la efervescencia de sus juegos y la alegría de sus gritos fueron remitiendo bajo mi atenta mirada que, pese a todo, no quiso seguirles en su baño. Mis amigas fueron las primeras en empezar a moderar casi inconscientemente su euforia, aunque de manera veloz y eficaz. Sin duda maldecían su error de cálculo, porque debieron salir de su habitación, eufóricas tras su siesta (que a buen seguro estuvo acompañada de fiesta), convencidas de que yo pensaba pasar el día tan desnuda, guarra y caliente como me había metido a dormir con Pablo. Sin embargo, después de lo que él me había hecho, yo tenía bien claro que me debía guardar muy mucho de aquellos saltos al vacío sin red. Lo cual no significaba que me fuera a echar atrás, claro estaba… de hecho tenía unas ganas locas de zorrear directamente con los tres, pero naturalmente era absurdo pretender llamar la atención cuando mis amigas se estaban dedicando, dentro del agua, a rebozar su cuerpo desnudo contra la joven anatomía de mi primo. Pese a todo, yo estaba a gusto y relajada, aunque me temo que seguramente era la única de los cuatro que realmente lo estaba. Les miraba divertida, y me gustaba lo que veía, y les animaba y les incitaba y me reía con ellos. Quizás mis amigas no las tenían todas consigo, o no me creían. Quizás en verdad yo no estaba tan serena como parecía, y mi cuerpo lanzaba unas señales diferentes a las que mi mente pensaba. Quizás sencillamente ellas estaban todavía menos preparadas que yo, y sin estar yo prendiendo directamente el fuego el suyo terminaba por extinguirse por sí mismo como una cerilla sin oxígeno.
Al final fue mi primo el primero en romper la baraja de manera definitiva. Casi en medio de un juego con ellas, salió sin más de la piscina y agarró una toalla para secarse aparatosamente aunque de mala e insuficiente manera a mi lado. De repente parecía pequeño y vulnerable (vamos, parecía que tenía la edad que realmente tenía), incapaz de responder de manera inteligible a mis comentarios y bromas, y haciendo un aparatoso esfuerzo para tratar de ocultar y minimizar el efecto de la importante erección que abultaba sus calzoncillos. Pero la tela, escasa y empapada, se pegaba a aquel bulto caliente y en tensión… tan caliente y en tensión como él. Pablo terminó por aprovechar el momento en que ellas salieron del agua detrás de él, chorreando dulzor por toda su integral desnudez, para perderse repentinamente en su habitación. Mis amigas me miraron algo extrañadas, pero yo seguía tan natural y jovial como antes mientras ellas secaban sus preciosos cuerpos a conciencia.
- Joder, tías, estáis guapísimas hoy… no sé qué os pasa, si es de polvo que habéis echado en la siesta o qué, pero tenéis el guapo subido… - les piropeé con sinceridad.
- Gracias, Lau… - respondió Nuria en primer lugar.
- Tú también estás tremenda, preciosa – le cortó Mer.
- ¿Pero… estás bien, mi amor? – continuó Nur.
- ¿Bien? Sí, sí… perfecta… digamos que la siesta me ha dejado… “descansada” y “repuesta” ¡jijiji! En fin, preparada para disfrutar de esta maravillosa tarde con vosotros… hoy toca pasarlo bien, ¿no? – le dije guiñándoles un ojo, sin que aquellos esfuerzos por mi parte parecieran minar la reticencia de mis amigas.
Algo no terminaba de ir del todo bien, y la forma en que ambas se envolvieron en sus toallas cuando Pablo reaparecía de su habitación, que sujetaron con firmeza a la altura de sus pechos, cegando por completo su radiante desnudez, parecía dejar claro por dónde iban los tiros. Que yo hubiera recuperado bragas, e incluso camiseta (por mucho que las braguitas fueran escandalosamente ridículas y la camiseta tan ceñida y corta que iba marcando pezones como una putita caliente), las había pillado con el paso cambiado. Y, al parecer, también a mi primo, que nos sorprendió poniéndose una camiseta que traía entre sus manos cuando retornó al jardín con nosotras. Lo que pasa es que era una camiseta negra y con las mangas y el cuello recortados, quedando como unos tirantes amplios en exceso, y además corta también, como la mía, de manera que cuando se la puso, con su cuerpo todavía básicamente empapado, y aquellos gayumbos blancos saturados de agua apretados contra su paquete hinchado, que parecía que estaba dibujado en la tela mojada…
- Uffffff… - suspiramos las tres al verle de aquella guisa. Era alucinante que un crío como él pudiera resultar tan absolutamente erótico, pero es que parecía salido de una página de fotos porno.
- La verdad, primito, es que tú te estás vistiendo, pero a mí me está dando un calor de verte… - le solté, emputecida e inconsciente, indiferente ante el hecho de haber retomado la pala con la que venía cavando mi propia tumba desde hacía días. Ten cuidado, Laurita, me dije a mí misma, y no olvides quién manda aquí realmente, no intentes jugar con él otra vez, o puede ser la última oportunidad que tengas para hacerlo.
Pero lo cierto es que mis ganas de jugar habían vuelto, y más todavía al ver que ellos parecían bloqueados esperando que yo les guiara a dondequiera que quisiera llevarles. Ya mientras hablábamos allí mismo, en un improvisado corro de tumbonas junto a la piscina, yo empecé a jugar con mi camiseta subiéndola a ratos sin complejos por encima de alguna de mis tetas, mientras me quejaba del calor, como si quisiera ventilar mi torso. Mi pecho hinchado y mi pezón provocadoramente erecto desmentían por completo mi aparente indiferencia. Al final, y por mucho que estuviéramos en el jardín, el aire se volvió a poner irrespirable. Entre mis jueguecitos sacando teta una y otra vez, unas tetas que además dejaban bien a la luz mi creciente calentura, y mi primo que hasta con aquella camiseta estaba increíblemente más cañón y morboso que de costumbre, la tensión sexual fue en claro aumento, tanto que mis amigas no parecieron hacer grandes esfuerzos por recolocar sus toallas cuando empezaron a notar que aquellas telas resbalaban primero sobre sus senos descubiertos y luego sobre sus delicados cuerpos… Pablo, que nunca había perdido aquella incipiente erección que le atormentaba al salir de la piscina, lucía ahora una importante tienda de campaña, instalada de manera permanente en su entrepierna. Aunque sus calzoncillos se habían secado, al calor de la tarde y de su cuerpo cachondo, tenía la polla tan lanzada que, cuando empezó a relajarse, disfrutando de nuestras continuas y poco disimuladas miradas hacia su cuerpo y su hombría, de indiscutible atractivo, se recostó cada vez más cómodamente en su tumbona, abriendo las piernas para exhibirse ante nosotras sin importarle que la tienda de campaña fuera ya tan brutal que hubiera separado por completo los elásticos de su entrepierna, dados del todo de sí, dejándonos ver sus huevos hinchados en el interior de aquellas cuevas oscuras que se formaban en el inicio de sus muslos, por donde emergían como llamaradas los largos pelos revueltos de su cipote y sus testículos. Aquello era respondido por nuevas apariciones de mis tetas, además de toqueteos explícitos de las tres en nuestros respectivos coñitos, que empezaban a echar humo (por lo menos el mío, quedaba mínimamente oculto tras mi tanguita, porque lo que era ellas, una vez despojadas de sus toallas, estaban jugando a repasar sus deditos entre sus labios con peligrosa indiferencia).
Y, sin embargo, nos habíamos estancado en aquella falta de pudor explícita pues, de alguna manera, aquella inversión de papeles en la que ellas aguantaban desnudas mientras mi primo y yo seguíamos moderadamente vestidos, dentro de nuestro impúdico exhibicionismo, claro, no dejaba de tener un poco enrarecido el ambiente. Comprenderéis que, en una situación así, no me quedó más remedio que cargar con artillería pesada; en el fondo me lo estaban pidiendo a gritos los tres, especialmente Pablo, cuya polla parecía demostrar las reacciones ante mis fugaces tetazos que su dueño parecía querer evitar. Lo que estaba claro era que yo no podía dejar que se me escapase la tarde, después de haber empezar tan bien por la mañana… Cierto era que el día se había ido diluyendo estrepitosamente desde que me fui con Nur a comprar, y ahora él casi parecía que seguía pasando de mí, aunque era evidente que su polla estaba diciendo otra cosa. Y, al fin y al cabo, me había quedado claro que en la siesta Pablo me había dejado un claro mandato: yo debía dejar ya mis jueguecitos con él y tomarme en serio lo de dar los pasos que nos faltaban para… en fin, que tenía que ponerme las pilas.
- Ay, no sé qué nos pasa – interrumpí de repente la conversación con rudeza – pero parece que, a pesar del calor, nos hemos quedado fríos… A ver, ¿quién me da un masaje de hombros? – les dije mientras me quitaba del todo la camiseta, luciendo por fin casi tan desnuda como ellas. Me había dispuesto a terminar cuanto antes con aquella guerra fría absurda. – Creo que he debido tener alguna mala postura en la siesta, y tengo una contractura tremenda aquí – añadí estirando el brazo para frotarme el cuello y la zona del omóplato izquierdo, aprovechando para lucir pectorales delante de ellos.
- … - los tres parecían haberse quedado de piedra.
- María… ¿te animas tú? Si fuera para otra cosa, igual prefería a Nur, no lo niego, pero tú y Pablo sois muy buenos dando masajes en los hombros y en la espalda… y tú tienes mucha más fuerza y conoces mi cuerpo mejor que nadie – le animé, guiñándole un ojo. María parecía no ser capaz de salir de su asombro.
- Pero… ¿pero ellos?
- Bueno, igual mi primito puede darte un masaje a ti también, Nur… - improvisé mientras escuchábamos una especie de gemido ahogado de Pablo.
- Bueno, venga… si Pablo se anima, yo también, sonrió María traviesa, levantándose con todo el esplendor de su desnudez, y acercándose a mi primo para tomarle de la mano y animarle a levantarse.
- Por mí guay ¿no? Nur… ¿no irás a decir que no a un masaje de mi primito, verdad? A ti te vuelven loquita los masajes de pies, y él no es nada malo haciéndolos… - naturalmente ahí obvié decir nada de que, los contados masajes de pies o de lo que fuera que me pudiera haber hecho Pablito habían acabado siempre, pero siempre es siempre, en corrida.
- ¡Vamos, Nurita! – exclamó María, inesperadamente entusiasmada con la idea de entregar a nuestra amiga a los leones… - Sería la primera vez que te niegas a…
- Pues yo quiero – zanjó mi primo, levantándose, todavía de la mano de María, que ahora tiraba de él hacia Nuria. El cerdo de Pablo no dejó de mirar soezmente y con todo el descaro el coño de María, que con la emoción del momento parecía haberse abierto y florecer de las ganas, dejando ver su tímida pepita y sus pequeños y tiernos labios asomando entre su robusta vulva. A pesar de la efusividad de Meri, mi primito avanzó todavía muy lentamente hacia Nur, dado que esta todavía no había dado su aprobación a mi idea (sorprendentemente).
- Miedo me dáis, - dijo por fin – pero vosotros mismos, si el niño quiere y a su prima le parece bien…
- Claro que quiero… - insistió el niño.
- ¿Y por qué había de parecerme mal? – corté yo, mientras María avanzaba, ya ella sola, hacia mi tumbona – Ya me dirás qué puede tener de malo un masaje de pies… - completé, burlona, mientras el enorme paquete desbocado de Pablo, con todos sus pelos saliendo por los laterales del slip levanatados por aquella brutal tienda de campaña, se arrodillaba ya ante Nuria, quien le tendía los pies juntos mientras se dejaba caer de nuevo en su tumbona, con sus piernas púdicamente cerradas y dejándole ver, por el momento, únicamente una tímida raja en la piel morena y perfectamente rasurada de su pubis.
Por mi parte, yo dejé que Meri ocupara mi lugar, sentada en mi tumbona, y yo me puse a sus pies, sentada en el césped entre sus piernas, dándole la espalda. Ella no se hizo de rogar, y en seguida me retiró dulcemente la melena del cuello y me puso sus firmes y suaves manos sobre los hombros desnudos: las tenía calientes y húmedas, y podía sentir el calor pegajoso de sus palmas mezclándose con la fina película de calor y excitación que cubría también todo mi torso en aquel momento. Ni qué decir tiene que las dos nos colocamos mirando en dirección a Nuria y a la espalda de mi primo, quien había tomado ya los pies de ella entre sus manos. Recordé aquella sensación, sus manos cogiendo mis pies para acariciarlos, besarlos y masajearlos, antes de ponérselos sobre su polla tiesa y dura para masturbarse con ellos. Me estremecí con esa imagen en mi mente al sentir el tibio beso de Mer en la base de mi cuello, que marcó la señal de inicio de su masaje. En su posición, elevada sobre mí pero muy pegada a mi cuerpo, tenía un ángulo perfecto para acceder a mis hombros y mi torso.
- Siéntate en la tumbona de Nuria, primo – le ordené – que allí lo vas a poder hacer mejor…
Nuria cerró los ojos y se abandonó del todo, dejando su cuerpo reposar por completo en la tumbona mientras suspiraba al sentir que Pablo se volvía a levantar y le separaba y recolocaba un poco sus pies, obligándola a doblar las piernas y colocarlas sobre las suyas cuando él se sentó, finalmente, en el extremo final de la tumbona. Estaba clara mi intención al hacer que Pablo se colocara así, y Nuria sabía de sobra cómo iba a terminar aquello (ésa y no otra era la razón de sus suspiros y su actitud de inevitable abandono, pues tenía muy claro que nada iba a parar ya el peligroso regalo envenenado que le acababa de mandar). También María había comprendido perfectamente mis intenciones, y me lo confirmó cuando, en los primeros compases de su masaje, sus manos se estiraron pasando sobre mis hombros hasta mis clavículas, en una sedosa y audaz caída hacia mis senos, que aferró, sopesó y magreó a conciencia (en un masajeo tan estimulante como innecesario para deshacer la contractura de mi espalda), aprovechó para susurrarme al oído:
- Mira que eres zorra…
Yo sonreí mientras agarraba sus manos sobre mis tetas para animarla a demorarse un poco más allí, cosa que ella hizo, regalándome un largo morreo sobre mi cuello que me dejó medio marcado de moratones y muchas babas, mientras yo observaba a mi primito iniciar su ataque sobre mi amiga. El pequeño sátiro no iba a defraudarme, ya que con sutileza se fue colocando cada vez un poco más cerca de ella. De aquella manera, mientras se colocaba uno de los pies plantado directamente sobre su pecho, y lo empezaba a masajear ya vigorosamente por el talón y el empeine, obligaba al otro, que reposaba entre sus piernas cruzadas, a entrar en contacto directo con aquella desmedida erección que se le disparaba entre las piernas. Mi primo me miró por un momento, supongo que para comprobar mi posible reacción o la de María, ya que Nuria por el momento seguía con los ojos cerrados y los dos brazos cruzados sobre su cara, y no parecía que fuera a ponerle ningún límite a sus posibles avances, a pesar de que yo la había dejado deliberadamente expuesta a Pablo, con las piernas ya abiertas y sin posibilidad de cerrarlas para ocultar su coño (también es cierto que ella se podía haber tapado con las manos pero, por el contrario, las había subido hasta la cabeza, dejando no solo su coño abierto totalmente al descubierto, sino exhibiendo con ello sus pequeños pechos con notable éxito, ya que quedaban perfectamente visibles y colocados para la cada vez más ávida mirada de mi primo). Lo que Pablo debió ver al mirarnos no solo le tuvo que tranquilizar, sino que a buen seguro le excitó e incitó a avanzar libremente, al tener totalmente claro ya que yo acababa de abrir el grifo, concediéndole además el premio gordo de mi amiga Nuria en bandeja… María seguía hundida en mi cuello y en mis tetas, por lo que Pablo ni siquiera pudo establecer contacto visual con ella, aunque su forma de sobarme y magrearme ya hablaba por sí misma. Igual que mi forma de dejarme hacer, y de dejarle hacer a él, con una cara de hedonismo desmedido, ya que me encontraba abandonada al placer y expectante porque mi primito me ofreciera el mejor de los espectáculos con mi novia. Hice amago de lanzarle un beso, pero no sé si llegué a hacerlo, porque lo cierto fue que me asaltó un ramalazo de placer ante la manera que estaba teniendo María de perderse en mi cuerpo, indiferente del todo por el momento al masaje, placer que se vio acrecentado al ver que Nuria por fin parecía reaccionar, y lo hacía empezando a mover su pie libre sobre el paquete bien duro de Pablo, por el momento únicamente tanteando el terreno y sopesando sus evidentes cualidades.
Creo que Pablo debía estar tan sorprendido y admirado como yo de que las cerdas de mis amigas continuaran en bolas completamente mientras yo no solo lo permitía, sino que acababa de lanzarnos a un peligroso juego de masajes que difícilmente podía acabar de otra manera que la que todos estáis pensando. Yo no podía ver el coño de mi amiga, claro, pero la perspectiva que tenía de él mi primo era directa, y tenía su mirada clavada allí como hacía un momento la había tenido en el de María. Imaginaba el sexo de Nuria, abierto ya con seguridad por y para mi primo, con las desmedidas y delicadísimas membranas de sus labios menores desparramadas ya como carne de ostra sobre las sutiles pero firmes esponjas de sus labios mayores. Quizás hasta dejando el orificio de su vagina al descubierto, empezando ya a supurar líquidos aún fluidos y apenas enturbiados, pero sin duda ya con ese embriagador aroma a destilado que tiene mi amada amiga… ¿Cuánto tiempo llevaba Pablo deseando poder disfrutar así de una visión tan nítida, gloriosa, perfecta, completa e inacabable de la mejor parte de la perfecta anatomía de Nurita? Sabía lo que estaba pensando, el muy cerdo… me había dado cuenta de que cuando nos miraba últimamente, cada vez más sus ojos se perdían con descaro en lo que podía alcanzar a ver de nuestros coños: mi primo ya no pensaba en otra cosa que meterla hasta el fondo en cualquiera de nuestras acogedoras cuevas. O en las tres, a ser posible, una detrás de otra, una y otra vez…
Era delirante verle así, tratando de saciar sus ganas de coño a base de admirar y adorar el de mi amiga, uno de los coños más rabiosamente bellos, morbosos y deseables que yo misma he conocido jamás. Pero Pablo seguía todavía con aquellos calzoncillos, que parecían a punto de reventar con su incontenible erección, y aquella camiseta recortada que le daba un aire adulto y lleno de morbo, que a buen seguro estaba poniendo a mis amigas tan calientes como a mí, mientras que ellas dos estaban totalmente en bolas y yo misma poco menos que también, además de estar las tres visiblemente cachondas ya… Joder, primo, pensé, éste es tu premio entonces, ésta es tu recompensa, el botín de tu victoria tras haberme dejado arrasada, vencida y sin armas esta tarde… ya somos tuyas. Cómo se merecía el pobre aquella vista impagable del chocho bien abierto y ardiente de Nurita, nadie cómo él había hecho tanto para llegar a mí, nunca.
Casi podía anticipar cada uno de nuestros movimientos con perfecta definición antes de que llegaran. María se había dejado caer ya sobre mi cuerpo, casi desnudo, sudado y empitonado bajo sus manos de zorra enloquecida. Desde el primer momento había renunciado a intentar siquiera aparentar un masaje, nunca ha sabido dar masajes de pecho además, así que todo había sido puro magreo, puro y delicioso magreo nada más, pero de alguna manera parece que me tenía unas ganas incontrolables, porque es que la tenía ya subida encima como un mono, buscando más de mi cuerpo y buscándome la boca, llenándome de babas y de feroces arañazos en su furia sexual desatada. Trato de dar una última mirada a mi primo y su circunstancial pareja mientras me siento perderme cada vez más entre la cabellera y el cuello de María que me envuelve por completo en una tibia y fragante embriaguez y su lengua que ya me busca la garganta y sus labios que muerden los míos con sanguinaria rabia. Esta vez es Nuria la que, tras haber dejado sus brazos caer a ambos lados de la tumbona, me está mirando fijamente. Hemos follado en grupo muchas veces ella y yo, y nos hemos visto hacer de todo así también, en parejas cruzadas… a aquellas alturas ya sabíamos interpretar perfectamente nuestras formas de joder y de desmadrarnos y de abandonarnos sin más al placer. Y ella sabía bien que manera de dejarme hacer por María implicaba también una autorización explícita para que ella hiciera y se dejara hacer por mi primo. Lo último que llegué a ver antes de perderme en la devoradora María fue cómo el pie libre de Nuria abandonaba definitivamente su actitud tímida y mortecina para sustituir el tímido tanteo en la verga de mi primo por un evidente masajeo que, sin que le costara el menor esfuerzo, alcanzó rápidamente el objetivo de llevarla a tocar pelo al introducirse sin más por la desbocada abertura que culminaba el camino de la cara interior de su muslo coronado por aquella tienda de campaña insaciable que parecía capaz de tragarse a mi amiga por completo.
Nuestro jueguito había pasado a grado 2. Yo me moría de placer ante los besitos de María y sus sobeteos en mis peras duras al aire, por lo que decidí darme rienda suelta y dejarme llevar sin más por el placer, sin disimulo, metiendo mis manos en mis pequeñísimas braguitas para empezar a darme una merecida masturbación, a la espera de que la propia María descubriera mis delicias al aire esperando su llegada. Por su parte, y mientras Pablo había dejado de sobarle el pie a mi amiga para empezar a sobarle directamente su pierna y su muslo brillante de sudor y vete tú a saber de qué más, estirándose tanto como para empezar a alcanzar a rozar su coño famélico con la punta de los dedos, la propia Nuria había empezado a recorrerle la verga dura con su pie en contacto directo desde dentro de sus propios slips. En un momento dado, Pablo me echó una última mirada, sin duda embobado al ver que el último y más deseado coño de la casa había hecho también su entrada en escena, soltando un suspiro hondamente prometedor al tiempo que su verga, sometida ya a fuertes meneos por el pie de mi amiga, alcanzó una erección total y perfecta, haciéndole dar un respingo al tiempo que el falo terminaba por rebasar ya inevitablemente el elástico de su pobre calzoncillo, saliéndosele la tranca disparada, de golpe más de un palmo fuera. Nuria se puso cachondísima al verle aquello, sacando su pie de dentro del gayumbo y juntándolo con el otro para empezar una feroz y directa masturbación a aquel dios fálico que se abalanzaba hacia ella cada vez que mi primo amagaba con asaltarle el coño en su continuo deslizar por el muslo de ella con sus manos. Que yo me estuviera dejando comer y sobar las tetas por Mer delante del niño, le había concedido a Nur, evidentemente, licencia para matar. Y acababa de demostrarme que estaba dispuesta a usarla.
Pero aquella locura había entrado ya, finalmente, en su definitivo grado 3. María, al escucharme tragarme mis gemidos, se paró un momento a mirarles también, y verle a él tan desproporcionadamente empalmado siendo pajeado por Nuria en tan erótica postura terminó por desmadrar también a mi provisional amante, que en su demencial ataque a mi cuerpo consiguió por fin conquistar mi coño, llegando a incrustarme sus dedos como garfios en la boca moqueante de mi sexo estrujando a muerte, ya de paso, mi inflamadísima pepita. Aquel contacto directo y rudo con el paraíso me hizo ponerme a mil en cuestión de milésimas, y supe ya que en cuestión de segundos todo habría acabado para nosotras, porque yo habría terminado de perder el control de mi cuerpo y estaría rodando por el suelo con María. En un último destello de lucidez, traté de pararme a valorar si realimente debía dejar que todo se disparase, suponiendo que todavía pudiera tener alguna posibilidad cierta de conseguir detener aquello con éxito. Pero mi primo estaba ya vencido y sometido también por Nuria, esa sublime diosa del sexo que había conseguido no solo controlar sino someter el propio deseo infinito del chiquillo que ahora se bamboleaba en el borde de la tumbona, tratando de evitar caer rodando sobre el césped mientras sus fuerzas y su voluntad parecían abandonarle ante una Nurita que había conseguido que él dejara hasta de mirarla y de tocarla, hasta de seguir persiguiendo el sueño de su coño, y se limitara a concentrarse en el placer inconmensurable que en aquel momento estaba centrado en su verga jadeante, dejándose pajear sin más por los pies de mi amiga, gimiendo como un gatito satisfecho. Pero estaba claro que aquella excepcional polla necesitaba todavía más, y mi primo se lo iba a dar todo porque sabía que Nuria se lo iba a dar todo, por lo que, agarrándose aquel duro vástago con las manos, deslizó estas sobre los pies de Nurita, que seguían pajeándole con furia, y los apretó fuerte alrededor de su polla dura, que emergía ya completa fuera de su ropa interior, sujetando con firmeza el conjuto para evitar que se deshiciera el contacto, mientras se ponía en pie a horcajadas sobre la tumbona y se subía a esta de rodillas, aproximándose todavía más al cuerpo desnudo de mi amiga, siempre con los pies de ella pegados a su miembro, dejándola todavía más abierta, más expuesta, más entregada. Aprovechó la nueva posición para bajar levemente su slip, que quedó por un momento encajado por debajo de sus hinchados cojones, antes de que terminará por deslizarse hasta sus rodillas muslos abajo cuando él volvió a tomar los pies de ella y, apretándolos con fuerza contra su nabo tieso como un roble, se la empezó a hacer él mismo con los pies de Nur.
Pablito se estaba pajeando con los pies de mi novia. Es cierto que tres días atrás yo le había pajeado con mis pies también, después de comer cuando estábamos todavía sentado los cuatro a la mesa, pero también es cierto que aquella vez yo me esforcé en evitar que se le saliera fuera la polla, y que en ningún momento mis pies llegaron a tocar su carne ni él llegó a tocar ni menos aún a manejar mis pies, aunque al final él iba tan caliente al tenerme así que terminó por correrse a lo bestia, de todos modos. Y es que entonces aquellas cosas todavía eran deslices, casos excepcionales, algo que pasaba casi sin quererlo y que se desmadraba por no haber podido controlarlo. Pero hoy… hoy lo estábamos convirtiendo ya en la norma, YO lo había convertido en nuestra norma, lo había llegado a normalizar todo que parecía no solo dispuesta ya a dejarme llevar por sus alocados e imprudentes deseos, sino a convertirme yo misma en la instigadora de nuestra definitiva caída en el pecado y la depravación absoluta. Les había concedido la libertad absoluta para dar el paso, y ahora ellos lo iban a dar con la misma naturalidad con la que todos estábamos aceptando ya follarnos los unos a los otros sin necesidad de separarnos ni de ocultarnos.
Pero la libertad es algo temible, y con razón llevaba yo once días negándome a aceptarla en aquella casa. Cuando me quiero dar cuenta, mi primo ha dejado de pajearse, ha soltado los pies de Nuria y sus manos cuelgan inertes a los lados de su cuerpo que retoma ese bamboleo lánguido, como de borracho o drogado. Porque Nuria había vuelto a tomar las riendas, actuando en consecuencia con la libertad otorgada, aunque todavía seguía jugando con la sensualidad de haberse encontrado aquello sin quererlo, de aparentar que no le gustaba lo que había sido obligada a hacer pero que, al mismo tiempo, tampoco podía evitarlo, y así jugaba, jugaba y seguía jugando, y en aquellos momentos llegué hasta a temer por mi primo, porque tenía la sensación que el abrazo mortal de Nurita le estaba alcanzando. Sólo yo habría sido capaz de pararla, de tratar de detener aquella locura y, al menos, suavizar la caída de él en las redes de ella, hacer que fuera parte de algo mayor, y que él se diera cuenta de que únicamente así lo iba a ver siempre Nuria, él como una parte más de su sexualidad múltiple y cósmica, que es enorme y con una vasta experiencia, pero mi pequeño primo en aquel instante se sentía único y especial, luminoso y lleno de dicha al haber sido elegido por la divinidad… ¿Cómo hacerle entender a mi primito que más allá de hoy y más allá de ahora, nunca hay nada? Que, en realidad, para mí tampoco iba a ser nunca nada más que sexo, una polla enorme y un hombre lleno de morbo, quizás con más polla y más morbo que la mayoría, pero solo sexo y puro sexo siempre, porque mi primo más querido ya lo era y siempre lo iba a ser, y eso jamás cambiaría, pero tampoco lo iba a cambiar el mejor y más violento de los sexo, y eso era lo que quería que él viera, eso era lo que necesitaba que entendiera y la razón última de mis miedos, que por fin identificaba más allá del pudor y las convenciones sociales y los tabús más ancestrales contra el incesto, contra los límites de edad, contra la profanación de las relaciones únicas y especiales, y no era más que ese temor simple y elemental porque un ser todavía perfecto y luminoso como él pudiera entender lo que no era, creer lo que no existía y desear lo que nunca sería, en lugar de vernos, desearnos y tratarnos como lo que éramos, tan solo carne y sexo encarnado para él, para saciar su desmesura, para entragarnos juntos a nuestra común depravación, que nos quisiera y deseara como putas sin otro principio que el carnal, y no como unas ninfas inocentes y generosas que lo estaban iniciando en el mundo más bello y feliz de cuantos pueden llegar a existir. Aquél era el quid de la cuestión, el por qué de mi miedo a hacerle daño, ¿y cuál podría ser la manera de protegerle?, pero no podía pensar, ni tampoco él que estaba ya subido en una nube rumbo a los cielos, porque la paja de Nuria avanzaba al mismo ritmo que la deliciosa Meri sobre mi cuerpo...
El desenlace final quizás era inevitable, pero no por eso me siento orgullosa de ello. Nuria, evidentemente, se volvió completamente loca al ser consciente de dónde hasta dónde había llegado todo, al ser consciente, en realidad, del grado de libertad casi absoluta que yo le había concedido tan graciosamente. Y así se dispuso, extasiada y desatada como una caldera de vapor a punto de estallar, a lanzarse disparada al ataque final de aquella polla, la más grande, la más dura, la más deseada, y que ahora por fin le era justamente entregada a su lasciva voluntad. ¿Quién habría sido capaz de no actuar como ella? La imagen era demasiado absolutamente erótica, su cuerpo desnudo bañado en sudor, su carita de niña buena mientras se estrujaba las peras y miraba a mi primo al borde del orgasmo con carita de niña buena y jugando con un dedito en la comisura de sus labios abiertos e insinuantes, mientras sus piernas abiertas y alzadas se erguían para tomar aquella tranca inmortal en un abrazo de oso, pajeándola con vigor de follada de caballo, mientras del surtidor de su sexo manaba su cálido licor entre las flores de ostra de su vulva de otra galaxia. Y así, Nurita, a manos libres y sin bragas, con el coño caliente y húmedo, que hasta desde donde estaba yo podía olérselo, porque estaba cerda como un animal en celo, se empezó a acariciar y rápidamente pasó de las caricias a pajearse como la ninfómana que era delante del niño, delante de nosotras, completamente desnuda y sin dejar nunca de hacer aquella paja perfecta e implacable a la verga más dura y excitada que yo había visto nunca.
¿Pero cómo iba a poder recuperarse de aquello mi primo? ¿Cómo conseguir escapar de aquella imagen, cómo no enamorarse de Nuria, cómo verla como mero sexo y no como la diosa del sexo que era, y querer adorarla siempre y vivir por ella y en ella para siempre jamás? Si hasta a mí me había pasado: yo era la primera que había caído en sus redes y había confundido la realidad con el deseo. Y ahora la amaba, la amaba como a nada ni a nadie y sentía unos celos profundos, un odio repentino, negro y feroz por mi primo, por lo que estaba sintiendo en mi lugar, por lo que me estaba arrebatando.
Casi a golpes me quité a Meri de encima, que quedó tirada en el suelo, asombrada y magullada mientras yo me abalanzaba sobre Pablo, estando a punto de tirarle de un empujón al suelo cuando me tropecé con mis propias braguitas, que se me habían enredado hechas un lío entre mis piernas.
- Bueno, bueno, primito, yo creo que ya está bien, necesitas desahogarte que esto se está poniendo tenso… - conseguí farfullar, medio agarrada a él para no caerme, y tirando de su cuerpo con violencia cuando conseguí recuperar el equilibrio y soltar el tanguita enredado en mis pies.
Mis palabras sonaron como un jarro de agua fría sobre sus cuerpos calientes. Los tres se detuvieron bruscamente al oírlas. Bueno, Nuria es que se había quedado sin polla que masturbar, así que digamos que su mano se le quedó congelada también, derritiéndose dentro de su coño caliente. Y María es que, directamente, se había quedado sin Laura que comer…
Yo había conseguido separar a Pablo medio metro apenas de la tumbona, y le retenía allí, cogido por los brazos desde atrás, mientras su erección violenta se zarandeaba en perpendicular a su cuerpo escandalizando hasta a nuestra propia confusión.
- ¡Hostia, Laura! – Nuria se levantó de un salto dándose palmadas y puñetazos en las piernas, sin poder ocultar su furia y frutración. Pateó la tumbona y empezó a pasear alrededor de la piscina como desquiciada, sin saber qué hacer.
Pablo temblaba atónito junto a mí, casi sollozando, pero tenía tal erección que directamente no era capaz ni de moverse. María nos miraba desde el suelo boquiabierta, sin ser capaz casi ni de respirar.
- Vamos, primo, ¡háztela! - le ordené, exageradamente nerviosa.
Pero todos entendíamos de sobra lo que estaba pasando allí, así que, sin decir palabra, se giró hacia mí, dando uno, dos pasos hacia atrás, y se volvió a voltear quedando ahora mirando en dirección contraria a nosotras, hacia la casa. Nuria detuvo sus vertiginosas vueltas alrededor de la piscina para observar el desenlace, quedando parada muy cerca de mí. Por un momento parece que mi primo va a huir, a salir corriendo de nuevo como cuando se avergonzaba de no ser capaz de controlar sus erecciones delante de nosotras. Pero no, aquella vez se quedó quieto, no iba a salir corriendo rumbo al baño. Se agachó un momento para terminar de bajarse el slip, que había quedado enganchado a la altura de sus pantorrillas, y se lo sacó por los pies con manos ágiles, ofreciéndonos una vista inmejorable de su duro, majestuoso y perfecto culito adolescente, con un orto negro bien abierto a base de dejarse follar por su hermano, enmarcado por una cálida estrella de piel marrón clarito enmarcada por atractivas vetas rosadas. Al volver a incorporarse, se empezó a masturbar por fin. Las tres seguimos atentamente sus movimientos, conteniendo la respiración. Parecía que las tres estábamos pensando “es salvaje, qué manera de pajearse”. Nuria parecía haberse tragado su fugaz cabreo y también le observaba con total atención, respirando agitadamente y con la mano todavía brillante de sus propios flujos. Hasta que yo le llamé:
- Pablo.
Cachonda, excitada, me abrí el sexo con las manos y me saqué sensualmente los labios mientras me estrujaba el clítoris empalmado delante de mi primo. Mis amigas fliparon. Él me miraba alelado, y su verga se estremeció, por un momento, ella sola en su mano quieta, con una violenta convulsión. Me pareció que se iba a correr sola, por aquellos movimientos tan raros... parecía imposible pero ya le había visto así varias veces y sabía ya que él no era algo anormal. Es más, aquella tarde tenía razones de sobra para venirse a mares sin necesidad de mayor estímulo, después de todo lo que acababa de darle mi amiga. Pero no iba a ser así: de inmediato se la sujetó con firmeza con sus dos manos a la vez, y empezó a darle fuertes meneos, casi como si se estuviera follando a sí mismo las manos. Su joven cuerpo, tan dispuesto a todo por nosotras, se nos ofrecía así en toda su belleza, envuelto tan solo en aquella camiseta negra recortada, con un dibujo desgastado de algún grupo musical... Era la imagen misma de la juventud, la perfección, el deseo, el morbo, con aquella prenda que le hacía supersensual, marcando su cuerpo desnudo, joven pero bien formado, con sus musculitos en el pecho y los brazos bajo sus sobacos peludos que asomaban por la amplia apertura de las mangas cortadas, y aquel abdomen fuerte y el culo duro, con el nabo tan tieso y taaan largo, mientras culeaba y movía la tripa y el pubis en el mete y saca de su chorra en sus manos, que a la vez subían y bajan por el duro tronco, en una forma curiosa de pajearse que nunca antes había visto en ningún tío, y con ese rabazo que tiene la hacía todavía mucho más erótica y excitante, que además la tenía súper sudada, con una leve curvatura hacia arriba incluso, impropia de él, pero que algo me decía que era debida a una erección imposible por lo exagerada, como si la piel ya no le diera para más, como si no le permitiera aquel rabo seguir creciendo más, alcanzar todo el vigor que Nuria le había dado, o le había exigido, pero su potencia llenaba lo que había y aún le sobraba, y la polla entonces se le curvaba y él dale que te pego, y nosotras absortas, hasta que yo cogí a Nuria de la mano y le pedí que viniera con nosotras, llevándola junto a María que seguía en el suelo sin poder apartar la vista de aquella paja imponente de mi primo que se estaba haciendo como nunca, como un tributo a nuestros cuerpos cachondos.
María ya se estaba acariciando en el suelo cuando nos agachamos junto a ella. Aunque ello me suponía perderme momentáneamente el espectáculo de mi primo, me puse de rodillas girándome hacia ella, y me tiré al suelo entre sus patas abiertas para besarle el coño. Me moría de ganas por aquello, las estaba necesitando a horrores y, por algún motivo, mi cuerpo me pedía como nunca establecer contacto directo con un sexo femenino. Penetré el chumino encharcado de Mer con dedos y lengua y se lo sorbí fuertemente para degustar los deliciosos flujos de aquella almeja fresquísima, mientras ella se retorcía de placer. Me di cuenta que mi agitada noche con Pablo, que había sido maravillosa pero forzosamente incompleta al haberme vetado yo misma culminar cualquier intento de penetración, me había dejado en un estado de ansiedad total que solo había logrado apaciguar entregándome a Nuria de la manera más sádica posible. Pero aquella ansiedad, que ella misma había matado por completo follándose otra vez al cerdo del videoclub, en mí había vuelto a hacer presa cuando mi primo empezó a rehuirme antes y durante la comida, para terminar de estallar con su jueguecito sadomaso de la siesta. Y, al igual que aquella mañana, mi cuerpo clamaba por ser entregado a la más brutal sesión de sexo lésbico para conseguir aplacar mis ánimos.
Luchando por separarme de aquel placer insondable que me brindaba el sexo de mi amiga, conseguí levantarme para recibir a Nuria, que se había puesto junto a nosotras. Meri subió detrás de mí, y por un momento cuando por fin estuvimos las tres juntas, las obligué a mirar a mi primo. Él seguía dándole a la zambomba, pero se le notaba atónito por lo que nos estaba viendo hacer delante suyo, ya que empezamos a acariciarnos por todas partes y a besarnos con exagerada lascivia con el único propósito de calentarle. Mis dos amigas habían entrado automáticamente en mi juego sin necesidad de hablar nada, pero es que en realidad, aunque aumentar las revoluciones de aquel grupo de pervertidos que nos habíamos juntado en casa de mis padres parecía de repente nuestra única obsesión, lo cierto es que estábamos muy calientes las tres y, más allá de desear la polla de Pablo, teníamos también muchísimas ganas las unas de las otras, sin más. Y es que, por otro lado, estando tan cachondas como estábamos parecía evidente que cualquiera de nosotras tres íbamos a necesitar bastante más que un crío masturbándose para quedarnos a gusto.
Abrazada a mis amigas, las tres en bolas, besándonos, sobándonos y riendo, nos empezamos a mover de repente hacia el ventanal de la habitación de ellas, que quedaba de nuestro lado. Fue una reacción en absoluto premeditada, sino que salió casi instintiva como si no fuera ninguna de nosotras la que empujaba a las demás hacia allí, sino que las tres nos habíamos puesto en marcha de repente como si una fuerza misteriosa e irresistible nos estuviera atrayendo hacia su habitación. Necesitábamos más que caricias y, a decir verdad, seguramente ya habíamos dado el espectáculo suficiente delante de Pablo. Hasta nuestra capacidad de perversión tenía un límite, y quizás es que hasta nuestras propias ganas de follar se estaban viendo acuciadas por la necesidad de dejar de martirizar por un momento al pobre niño. Sin embargo, todos estábamos demasiado calientes, demasiado juguetones, y tanto a él como a nosotras nos era muy difícil renunciar, así sin más, a aquel momento mágico que acabábamos de vivir, aunque por otro lado, enredadas como íbamos en nuestras caricias eróticas y besos cargados de pasión, parecía que hiciera ya una eternidad de aquel momento en que Nuria pajeaba a mi primo con sus pies, ofreciéndole su desnudez mientras María y yo montábamos el numerito a su lado.
Nuestra huida improvisada todavía tenía que superar un pequeño escollo: mi primo, claro. Él estaba empalmado, excitadísimo y desatado. Sujetando siempre a dos manos su erección gigante, dio dos pasos titubeantes hacia nosotras cuando vio que empezábamos a movernos, como si nada, hacia la habitación de ellas. Lógicamente, en su cabeza no cabía que fuéramos a dejarle allí tirado sin terminar la fiesta, pero es que las tres ardíamos, y para nosotras una fiesta con él no podía ser considerada como tal, ya que yo todavía no iba a permitirle ni a él ni a nosotras dar el paso que todos ansiábamos. Era consciente de que había tocado ya la Libertad con la yema de los dedos, por primera vez estaba empezando a enfocar con cabeza mis miedos y temores y a entender el por qué profundo y real de mis reticencias con él. Pero todavía necesitaba ser capaz de entender cómo debía hacer para gestionar todo aquello. Necesitaba tiempo aún, tan solo un poquito más de tiempo, aunque sabía que me había quitado ya la mayor parte del peso de encima y estaba preparada para correr algún riesgo desde ese preciso momento, para dar algún paso importante hacia la solución definitiva… y, sin embargo, en aquel preciso instante estaba tan perra que solo podía pensar en follar con ellas, en un sexo conocido y seguro, salvaje y rápido y brutalmente efectivo. Después, ya veríamos cómo seguir…
Se produjo un momento de tensión cuando Pablo nos alcanzó interrumpiendo nuestra vía de escape hacia el dormitorio, sin dejar de apuntarnos nunca con su magnífica verga tiesa, que seguía machacándose sin parar. La situación era surrealista, él allí con la polla dura como una tabla y nosotras tres visiblemente perras, desnudos todos y mirándonos sin saber qué hacer ni qué decir, como si fuéramos unos adolescentes primerizos que querían jugar a descubrir el sexo pero no sabían cómo hacerlo. Pablito tampoco sabía qué decir, así que me miraba como idiota mientras se pelaba el cipote.
- Si no estuviésemos ya en bolas, te diría que nos estás desnudando con la mirada, primo – me atreví a romper el silencio.
Él me miraba embobado, pero no llegaba a apartarse de nuestro camino.
- ¿Nos dejas pasar, Pablo? ¿Puedes moverte, o es que ya solo eres capaz de pajearte? – me reí de él, con crueldad. Sentí que Nuria me pellizcaba en la parte baja de la espalda, como queriéndome mandar el mensaje de que frenara un poco mi salida de tono. Me conocía bien, así que seguramente tenía buena razón en hacerlo, porque hasta a mí misma me habían sonado demasiado duras mis palabras, pero es que no soportaba ver a mi primo allí en medio y me moría de ganas por entrar con ellas a la casa para follar de una puta vez.
- Es que... me gustas mucho, prima – contestó él con una sincera inocencia, que contrastaba con la desatada virilidad que se desbordaba entre sus manos.
- ¿Ah, sí? – le preguntó rápidamente Nuria, a quien vi agachándose de repente junto a mí para recoger algo del suelo - ¿Te gusta ver a tu prima en bolas…?
- Eh… bueno, sí…
- ¿…caliente…?
- Ufffff… Laura…
- ¿…y con ganas de follar? – terminó Nur.
- Joder…
- Entonces seguro que te gustarán sus braguitas mojadas también, ¿no? – nos sorprendió ella finalmente, mientras le entregaba una especie de amasijo informe y chorreante, que no eran más que mis braguitas nuevas, que ya parecían viejitas casi del tremendo estreno que les había dado.
Es cierto que me quedaban bastante imponentes, y de hecho le había pillado a él fichándomelas en el breve intervalo que las había llevado puestas aquella tarde, y tenía claro ya entonces que, a pesar de su frialdad en aquellos momentos le habían molado y le habían puesto bastante. De hecho ya he comentado que esa tarde mi primo había empezado a mirar con descaro a nuestros coños, estuvieran o no tapados por braguitas o bañadores, lo mismo le daba, pero era muy significativo que hubiera dejado de disimular por completo cuando nos miraba abiertamente el sexo por expuesto que estuviera (y, ciertamente, cuanto más expuestas estábamos más y más fijamente nos lo miraba).
Nuria me dio las bragas a mí:
- Uffff, están empapaditas. Empapadas de mí, primo.
- Doy fe - me apoyó Nur – literalmente ¡empapadas!
- Me parece que el revolcón de antes contigo ha sido demasiado largo y demasiado fuerte, Meri... – mi amiga sonrió y me cogió la mano delante de ellos cuando le dije aquello – No me extraña que me hayas dejado con ganas de más…
- Uffff… - suspiró ahora Nurita, al ver cómo estaba aprovechando de bien la salida que ella misma me había dado en forma de bragas sucias.
- Pues toma, primito, te las dejo – sonreí estirando hacia él la mano con aquel burruño dentro - que a mí ahora no me van a hacer falta, ¡jijiji!
- Me gustan mucho tus bragas, prima – contestó él como un robot al recibirlas.
Todo un éxito mi compra de lencería, hay que decirlo… creo que nunca olvidaré el día de el estreno de aquellas nuevas braguitas, de banditas marrones y grises y tela ligera, con aquella especie de purpurina que las cubría, como una lluvia dorada, ¡jijiji!
La escena volvió a acelerarse por un momento cuando él cogió mi húmedo tanga y se lo repasó por todo el cipote completo, de arriba abajo, dejando surcada de mi humedad babosa la piel blanca y tensa de su tranca ya tremendamente empapada de por sí. Su forma de tocarse con mis bragas, continuando al tiempo su enloquecida masturbación, era un completo despropósito, soez y burda, sucia y lasciva, y se convirtió en absolutamente pornográfica cuando de su simple paja pasó a tocarse entero, sobándose todo el cuerpo delante de nosotras, comenzando también a repasarse mi prenda íntima por toda su cara ante la mía que lo miraba todo atónita y boquiabierta, viéndole oler y comer mi intimidad condensada en aquel pequeño trozo de tela. Junto con las risas nerviosas de mis amigas nuestro propio calor fue creciendo todavía más ante aquel febril espectáculo, y pronto empezamos a acompañar a Pablo en su numerito, y mientras él se masturbaba y jugaba con mis braguitas nosotras tres no parábamos de tocarnos y darnos besitos. Pero mi primo cabalgaba ya sobre mi deseo en forma de flujos empastados en mi tanga, absorto con su propio cipote y la munición que yo misma le había dado. Y así, de repente, pareció que nos necesitaba ya a nosotras tan poco como nosotras a él o que, de alguna manera, todos habíamos terminado al fin de asumir que todavía no tocaba, que todavía no había llegado la hora, su hora, nuestra hora… Y, como no tocaba, lo mejor que podíamos hacer todos era centrarnos en lo que sí que está por el momento a nuestro alcance, que no era poco.
Estaba claro que el mismo Pablo tenía aquello muy claro, y por eso precisamente estaba así, súper salido y completamente a punto de estallar, pero sin atreverse si quiera a amagar con juntarse a nosotras, por más que nos estuviéramos dando el lote y casi follándonos ya delante de él. Y yo no dudaba que, pese a todo, tanto a él como a ellas les apetecería quedarnos allí, y juntarnos, ya, todos. Pero no era mi idea. No tocaba. Aunque apeteciera. Y eso era así, y yo ya no aguantaba más, y las caricias de mis amigas estaban arreciando mientras él no paraba de pajearse con mis bragas en la boca.
En esa precisa postura le aparté con cuidado, dando por fin el paso al frente que iba a disolver por fin aquel momento demencialmente erótico.
- Por favor, Pablo, ahora déjanos pasar… que estamos muy calentitas.
Y así, mientras entrábamos en la habitación, riendo por mis palabras y calientes como monas por todo lo que acabábamos de hacer los cuatro, escuchamos el ruido de su primer orgasmo a mis espaldas. No fuimos capaces de resistir la tentación de girarnos para verle, y he de decir que hicimos bien en dar esa vuelta, por mucho que enfrentarnos a aquel auténtico espectáculo hubiera significado exponernos de nuevo a un riesgo innecesario y desmesurado. Porque cuando mi primo finalmente estalló, lo hizo en una verdadera orgía de semen; temblando como si acabara de ser alcanzado por un rayo, trastabilló hasta darse de espaldas contra un árbol. Se había girado tras nosotras cuando pasamos de largo junto él y ahora nos miraba, casi caído en el suelo, temblando semi recostado contra aquel tronco, y agarrándose con fuerza con las dos manos aquel otro tronco que le nacía a él entre las piernas, apretándolo con furia por su base, estrujándose los cojones que tenía rojos e hinchadísimos. Mientras, la parte superior del falo, libre, convulsionaba desde casi las piernas, en un movimiento oscilatorio veloz como un látigo que le hacía subir sola, alentada por un trallazo que tiraba de ella hacia su cuerpo, con su semen volando en parábola, restallando sobe su camiseta negra que de repente parecía haber quedado bañada en blanco en cuestión de segundos, mientras aquel restallar de su polla e latigazos bestiales se repetía una, dos, tres cuatro veces, y luego su rabo empezó a bambolearse, disparando semen ya sin control, a un lado y a otro.
Mis amigas me devoran mientras contemplamos el desenlace: hablando sobre aquel momento tiempo más tarde con ellas, las tres coincidimos en que había sido una de las eyaculaciones más bellas y poderosas que habíamos visto jamás. Miramos pasmadas cómo acababa Pablo, que se estaba corriendo entre violentos estertores, lanzando trallazos de semen a varios metros de distancia, hasta acabar resbalando por completo con su espalda pegada al árbol, y de ahí al suelo donde quedó tendido jadeando sin resuello.
Me costó infinito tomar la decisión, pero separándome un momento de ellas, aprovechando que habían dejado de tocarme mientras miraban alucinando el festival de la leche que estaba dando mi primito, me di la vuelta y atravesé definitivamente el ventanal para entrar en la habitación. Al verme pasar, María me siguió al momento y, para cuando llegué a la cama, pude sentir también la reconfortante presencia de Nurita desnuda a mis espaldas. Sé que a ella le había tenido que costar irse especialmente, abandonar aquel espacio que, por un momento, había sido mágico, aquel momento en que había tenido la fuerza infinita del sexo de Pablo en sus pies, ambos desnudos, y en el que de hecho las tres habíamos pensado en culminar nuestra ofrenda definitiva ese dios salvaje que se nos acaba de manifestar afuera.
Las esperé ya en la cama. Tanto ellas como él habían accedido, finalmente, a aceptar sin condiciones la tregua que les acababa de imponer.
- Nur, cierra el ventanal y la cortina, por favor. Y tú, Meri, echa el cerrojo de la puerta, porfi, que no quiero que entre ahora ni que vea lo que hacemos, y estoy segura de que lo va a intentar por todos los medios... – les pedí.
Pude notar que Mer dudaba mientras que Nurita, curiosamente, me obedeció al instante, hasta que María también se acercó a la puerta, y escuché por fin cómo la cerraba y echaba el cerrojo, mientras Nur se tumbaba en la cama y yo me acuclillaba ante ella, con toda la cabeza ya hundida furiosamente en su coño.
Joder, puedo asegurar que no era solamente yo la que iba como una moto aquella tarde, desde luego que las tres necesitábamos desfogarnos y soltar todos los demonios que llevábamos dentro. Nuestro sexo fue denso, intenso y furioso, eterno y cercano. Fue verdadero y, hasta en un alarde de cursilería, me atrevería a decir que fue cósmico. No sé, fue especial. Que, seguramente, no fue ni de lejos el mejor sexo de nuestra vida, ni tan siquiera la mejor sesión de sexo que habíamos tenido entre nosotras, o que habíamos de tener en el futuro. Pero lo que pasó en aquella habitación, al fin y al cabo, pertenece a otra historia, una más íntima y personal sin duda, entre Nuria, María y yo, y creo que lo mejor es que allí se quede, al menos de momento. En todo caso, si algo ha de decir ahora sobre lo que hicimos, me quedaré en afirmar rotundamente que nuestra actuación estuvo plenamente a la altura de la situación que habíamos creado las tres con Pablo a lo largo de aquellos días. Y que ni yo ni ninguna de las tres nos arrepentimos lo más mínimo de haber elegido encerrarnos sin él para saciar así nuestro ardor.
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@laualma que vicio de relato me la meneo leyendote y por ti zorra
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@laualma hacía tiempo que te esperaba
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